jueves, 19 de febrero de 2026

Cuaresma

Acabamos de entrar en la Cuaresma del año 2026. Se trata de un tiempo especial que los católicos dedicamos a prepararnos para vivir la Semana Santa y, sobre todo, la alegría de la Resurrección del Señor, que es el hecho más importante del cristianismo; porque, como dice San Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (I Corintios 15, 17).

Tradicionalmente, se ha considerado la Cuaresma como un tiempo de arrepentimiento y penitencia; y esto está muy bien, porque "el que esté sin pecado que tire la primera piedra" (Juan 8, 7). Pero, en realidad, es un tiempo de oración, limosna y ayuno (es decir, hacer la OLA); y la penitencia se menciona al final, después del trato con Dios y de la caridad con los hermanos.

Pero esa idea de que se trata de un tiempo triste y sacrificado, proviene de otra idea también antigua y que ha calado profundamente en los fieles: que el cristianismo es una carga para los creyentes. La realidad es todo lo contrario: el cristianismo, revelado por Jesucristo en el Evangelio, es una religión gozosa, que hace clamar a San Pablo: "¡Alegraos siempre en el Señor, de nuevo os lo digo: alegraos! (Filipenses 4, 4)

¿No es realmente un gozo saber que tenemos un Padre Eterno que nos ama? ¿No es gozoso que nuestro mandamiento fundamental sea amar? ¿No es un gozo que en el Evangelio descubramos el misterio del hombre? ¿Que tengamos una guía para nuestra vida? ¿Que se nos ofrezca el perdón siempre que nos arrepintamos? ¿Que dispongamos de la comunidad en la Iglesia y la ayuda d elos sacramentos? ¿Que la fe y la caridad nos acaben llevando a la esperanza?

Y es así como termina la Cuaresma: con la esperanza de la resurrección, la alegría de la Pascua, el alimento de la Eucaristía y el consuelo del Espíritu Santo. Como he afirmado en anteriores ocasiones: lo difícil no es ser cristiano, sino afrontar la vida sin serlo. Aunque, como todos experimentamos, la fe no nos libre de los problemas terrenos, a veces muy graves, pero nos ayuda a afrontarlos y superarlos.

¡Feliz Cuaresma!

miércoles, 11 de febrero de 2026

Creer en Dios o creer a Dios

En post anteriores (desde el 14 de octubre en adelante) he intentado transmitir razonamientos lógicos y pruebas científicas de que el universo ha debido ser causado por un Ser superior. Mi convencimiento personal es que lo más razonable es admitir la existencia de ese  Ser superior, que yo identifico como el Dios de los cristianos y judíos, creador de todas las cosas.

Pero ¿esto me convierte en una persona religiosa? Creo que no, que si admito la existencia de un Dios, entonces soy un deísta o un teísta; pero todavía no me hace una persona religiosa. Es lo que en otras entradas he definido como la fe "teórica" o la fe "práctica" de la que habló San Juan Pablo II. La fe práctica es cuando llevo a mi vida esas creencias; y los cristianos basamos nuestras creencias en la Palabra de Dios: en la Biblia y, más en concreto, en el mensaje evangélico. Cuando creo es la enseñanza de Cristo y la pongo en práctica es cuando "creo a Dios", además de creer en su existencia.

La fe en un ser superior nos puede dar noción de cuál es el "misterio del hombre"; pero es creer a Dios, la fe práctica, lo que nos permitirá asumir ese misterio y llevarlo a término... Y todo hombre puede compartir y realizar este asombroso proyecto de ser realmente humano.


domingo, 1 de febrero de 2026

El Evangelio de san Juan (y 3)

Quiero terminar con esta entrada el comentario del comienzo del Evangelio de San Juan.

14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. 15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. 16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Para poder iluminarnos mejor, la Palabra de Dios se hizo carne como nosotros, compartió todas nuestras circunstancias, debilidades y sentimientos. La ley, la normativa, nos fue revelada en el Antiguo Testa-mento, pero la realidad divina y, sobre todo, el misterio del hombre, nos fue revelado por Jesucristo, el único hombre que, por ser también Dios, podía hacerlo. El Evangelio, por tanto, no solo es una guía espiritual sobre cómo debemos los hombres tratar con nuestro Creador, es también una guía sobre la propia naturaleza humana, que nos enseña a ser hombres de verdad durante nuestra etapa temporal. Esta etapa no puede ser despreciada; al contrario, debe de ser muy importante para nuestra existencia, cuando Dios quiso que, antes de permanecer para siempre con Él, tuviésemos esta vida terrena. La clave, evidentemente, está en el amor, que solo puede desarrollarse desde la libertad. Fue su último mandamiento: amaos unos a otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos [Jn 13,34]