Siguiendo con la idea de mi anterior entrada, quiero insistir en que me parece que para un cristiano --y quizá para cualquier hombre-- la vida temporal en la Tierra es muy importante y determinará el resto de su vida eterna. De algún modo, pretendo elevar a la categoría de "dogma" el refrán español que dice "a Dios rogando y con el mazo dando", o "hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra". Si pensamos que lo importante es la eternidad y que esta vida es un simple pasaje que hay que superar, estaríamos desperdiciando lo que constituye nuestra propia naturaleza: somos seres racionales que debemos actuar --y actuar bien-- mientras dure nuestra vida temporal.
Esta es mi opinión, pero creo que tiene cierta base teológica.
El primer indicio lo encontramos en la propia vida de Jesucristo: ¿Por qué el Mesías pasa treinta años en la tierra sin mostrarse a su sociedad ni predicar? La única justificación es que el hombre fue creado para esto, para vivir normalmente. Por supuesto, cumpliendo las normas divinas, como lo hizo Cristo durante esos treinta años. Pero si tener que hacer nada especial hasta que en las bodas de Caná hizo su primer milagro y se reveló al mundo.
Por cierto, no eligió el Templo, ni la sinagoga para hacer su primera revelación, sino un banquete, la unión civil y religiosa de dos personas, la fundación de una futura familia: ¿hay algo más humano y terrenal que esto? Pues Jesús quiso bendecirlo no con agua, sino con abundancia de vino, porque la alegría también es muy humana; y Cristo vino a la Tierra para mostrarse como verdadero Dios, pero, sobre todo, como verdadero hombre que vivía su vida terrenal.