Los cristianos celebramos la Semana Santa, el tiempo en el que Jesucristo fue humillado y destrozado públicamente hasta la muerte ignominiosa en la cruz; pero, después, y esto es lo importante, resucitó, demostrando así que poseía la divinidad, además de su humanidad.
He afirmado en ocasiones que la muerte de Cristo no la provocaron los romanos o los judíos, los ejecutores materiales. Ni siquiera fue provocada por nuestros pecados, aunque sirvió para librarnos de ellos. La crucifixión de Cristo la provocó su amor: solo el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la humanidad que había creado pudo llevar a la muerte al Dios-hombre, porque ninguna otra potencia podría haberlo hecho. Él mismo lo afirma en Juan 10, 1: "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". También en Mateo 26, 53: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”.
También he afirmado que el amor tiene dos caras. Por una parte, la cara gozosa de amar y sentirse amado; por otra, el sufrimiento. Esta es la prueba del amor: llegar a sufrir por el otro. Ya sea un sufrimiento activo (buscando el bien del ser amado) o pasivo (por perder al ser amado). Dios nos ama, pero ¿también sufre? Evidentemente, Dios no puede sufrir, por mucho que nos ame. Entonces, siendo Dios el Amor, ¿cómo es que carece de esta característica del amor? No pretendo conocer a Dios más allá de lo que Él nos ha revelado; pero también me ha dado una inteligencia y el Espíritu nos inspira la sabiduría para que podamos conocerlo hasta cierto grado. Por eso, me atrevo a afirmar que Dios encontró la manera de que su Amor también fuese capaz de sufrir: hacerlo en Jesucristo. El Dios-hombre fue capaz de amar y sufrir hasta el extremo durante su paso por la Tierra. No solo durante la Pasión, sino también en otros momentos, como cuando llora la muerte de Lázaro, o ante la visión de Jerusalén que será destruida y cuando se compadece de tantos a los que alimenta o cura. Y quizá también sea capaz de sufrir esa naturaleza humana que está incardinada en la Santísima Trinidad, compartiendo la naturaleza divina en la persona del Hijo.
Es una idea... A mí me ayuda a amar más a quien me ama hasta sufrir.