lunes, 2 de noviembre de 2026

El plan de Dios para cada uno


Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Esto es lo que habitualmente se llama "vocación". En realidad, al hombre le resulta imposible cumplir ese plan a la perfección. La única que lo logró fue la Virgen María, concebida sin pecado. Ella cumplió la voluntad de Dios exactamente como Él quería que se hiciese; y no fue precisamente una vocación fácil la de ser madre del Mesías, que acabaría entregando su vida en una cruz. Algunos, los santos, con bastante fidelidad al plan. Otros, con importantes desviaciones, aunque siempre volvamos al camino. Los más díscolos se alejan definitivamente de la senda, al menos, durante una larga temporada de sus vidas. Y los demás, en el mejor de los casos, hacemos lo que podemos.
El plan de Dios, aunque nos pueda parecer arduo, es el mejor de los planes para cada uno; por supuesto, mucho mejor que el que nosotros nos trazamos. El problema es que carecemos de una visión lo suficientemente amplia como para constatarlo. Imaginemos que a uno de los leones del zoo se le ha perdonado la cautividad y se ha decidido devolverlo a su hábitat natural, en la sabana africana. Lo primero que harán será meterlo en una jaula bastante cerrada, para transportarlo por carretera y, después, por barco, hasta su destino. El animal pensará que se le está privando de la escasa libertad que tenía en el zoo; y, seguramente, su comodidad y su alimentación durante el trayecto serán mucho peores que allí. Incluso puede temerse que acabará en algún matadero y que sus días tocan a su fin. Solo al llegar descubrirá que se le ha concedido el paraíso. Todos los planes de fuga que hubiese trazado durante el cautiverio se habrían revelado contraproducentes, pues nunca lo hubiesen permitido volver a la sabana africana. 
Algo así nos ocurre durante la vida: hacemos planes suponiendo que conocemos nuestro futuro, cuando la realidad es que solo Dios lo conoce y puede diseñar la ruta para alcanzarlo. En el caso de los santos, estos se han fiado del plan de Dios, a veces por caminos tortuosos, y han alcanzado el final feliz. Los demás, nos quejamos de las incomodidades y sacrificios, ignorando que son el precio para alcanzar una maravillosa meta.





lunes, 26 de octubre de 2026

El Antiguo y el Nuevo Testamento

Se comenta con frecuencia la diferente actitud que Dios muestra en el Antiguo con respecto al Nuevo Testamento. En aquel, Dios aparece como más justiciero y vengador, inflamado de ira cada vez que el hombre se desvía de sus caminos; lo que ocurre con demasiada frecuencia. Por el contrario, Cristo nos muestra un Dios Padre, que cuida de sus criaturas y que está pronto al perdón y la misericordia. Esto es así, basta con leer la Biblia para comprobarlo; pero, quizá, deberíamos matizarlo y tratar de encontrar la razón de esa diferente actitud.

En el Antiguo Testamento, Dios ha creado al hombre y este no hace sino desviarse de su camino, empezando por Adán y Eva (Dios ya "fracasa" con sus primeras criaturas libres), pasando por los hombres de la época de Noe o el episodio de Babel. Cuando se elije un pueblo, Israel, este le falla constantemente; y, casi siempre sus reyes también fallan (empezando por los tres primeros: Saúl, David y Salomón, sus elegidos personalmente). Al parecer, la ira de Dios está más que justificada, aunque ahora, tras el mensaje evangélico, nos asombre. Hay que mencionar que Dios, en varias ocasiones, establece alianzas con sus escogidos. Son pactos que deben cumplir ambas partes. Dios es fiel siempre a su promesa; y los hombres (con la única excepción de Abraham) siempre son infieles. Por lo tanto, es justo que el incumplimiento del pacto tenga sus consecuencias. Dios es quien da la vida, por lo que el hecho de quitarla (y en el Antiguo Testamento hay muchas muertes) no es sino la consecuencia de que esa vida se haya desviado del camino de Dios. No obstante, en el Antiguo Testamento, Dios también perdona siempre a la humanidad, aunque no lo haga a ciertas personas concretas. Si no hubiese sido así, esa humanidad no habría perdurado hasta la venida de Cristo.

En el Nuevo Testamento, el planteamiento es distinto: es Dios el que se ha hecho hombre, precisamente para redimir a la humanidad. Desde ese momento, la dignidad del hombre como tal se eleva hasta el punto de que hay una naturaleza humana incardinada en la Trinidad: la del Hijo. Una vez redimido, y a tan alto precio, Dios quiere que el hombre le siga. Ya no hay pacto, sino que la predilección de Dios por el hombre ha sido "comprada" por el Hijo, y el hombre disfruta "gratis" (sin contrapartida por su parte) de ella. Además, Dios quiere que la vida de cada hombre sirva para amarlo a Él y al prójimo; por esto, prefiere mantener las vidas desviadas, con esta esperanza del cambio; antes que suprimirla, aunque este sería su derecho como Creador.

Evidentemente, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento es el mismo; pero su actitud es diferente después de que un Dios-Hombre, al que el Padre ama como Hijo, ha redimido a la humanidad. Y el Espíritu participa de ese amor, tratando de mantener al hombre en la senda correcta, con sus inspiraciones.

Y, aun así, a pesar de la infinita misericordia de Dios, el hombre continúa desviándose.

lunes, 19 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones (III)

Siguiendo con el tema del mal, veamos ahora el punto de vista de los que, además de creer en un Dios padre y providente, siguen sus normas.

Esta entrada se dirige a quienes tienen fe práctica, es decir, tratan de vivir su fe con coherencia; y asumen realmente el mensaje evangélico. En este caso, el mal, ya sea el físico o el moral, se afronta de otra forma, con una visión superior y trascendente, que hace que, esos hechos que son negativos en sí mismos, se puedan observar como etapas superables, como un paso hacia un final óptimo. Cuando realmente se piensa que esta etapa temporal es cortísima, comparada con la eterna, que existe un cielo en el que gozaremos de forma indescriptible y contemplaremos y conoceremos a Dios mismo, las contrariedades de la vida se afrontan con mucha menos gravedad.

Este planteamiento no es fácil, ya que el dolor, las tragedias, la pérdida de un ser querido, afectan a nuestro cuerpo y, también a nuestra alma; pero, pasado el primer momento de desconcierto, puede verse que el ser querido "está mejor en la otra vida de lo que lo estaba en esta", y también se puede ofrecer el dolor por una causa noble. En todo caso, esta superación solo puede conseguirse con la gracia de Dios. Y ayuda mucho el vivir el resto de las normas que nos propone el Evangelio, empezando por las bienaventuranzas. Si ponemos nuestra esperanza en los bienes materiales o en el bienestar personal, los reveses de la vida nos hundirán en el abismo.

Pero, en este tercer supuesto, también se pone de manifiesto que la culpa por no entender el misterio del mal en el mundo es nuestra, no de Dios, que nos da los instrumentos para entenderlo y sobrellevarlo; y quizá nosotros no los utilizamos con la intensidad que debiéramos.

martes, 13 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones (II)

Siguiendo con el mal en el mundo, veamos ahora el segundo punto de vista con el que puede afrontarse. 

Debemos contemplar ahora el punto de vista de aquellos que sí creen en un Dios creador y preocupado por sus criaturas —fundamentalmente los judeocristianos y los islamistas—. A estos es a los que los escandaliza que, siendo Dios padre y bueno, consienta que exista ese mal en el mundo. En este caso, la explicación es más complicada; pero posible. 

Como ya dijimos, el mal no existe, sino que es ausencia de bien, tanto el mal material como el moral. Dios crea al hombre libre, porque es lo óptimo, lo que le permite hacer el bien y amar, aunque esto tenga también consecuencias colaterales desagradables: la libertad le permite odiar y hacer el mal. Dios nos crea así, con una garantía finalista, que no nos asegura el bien en cada momento de nuestra vida, sino al final, proporcionándonos la gloria eterna: al final todo termina bien; y si no ha terminado bien es que todavía no era el final. Ante los reveses de la vida, esto resulta duro de sobrellevar; pero Dios sabe que esta forma de vida humana es la más perfecta que podía "diseñar", aunque tenga sus sombras.

La cuestión es que el plan de Dios —que no es ni aleatorio ni casual, como la supuesta evolución de la naturaleza— tiene sus normas que debemos cumplir para llegar a ese buen fin y se puedan afrontar las "sombras" de la vida. Aquellos que, creyendo en la dimensión espiritual del hombre, pero no siguiendo las normas divinas —el reglamento de instrucciones de nuestra vida—, se enfrentan con el mal moral o físico sin los recursos para poder sobrellevarlo; y no pueden comprenderlo y acaban culpando a Dios de lo que les ocurre. Esperan que Dios lo arregle todo milagrosamente, sin caer en la cuenta de que habitualmente el mal lo provoca el hombre con su libertad; y de que Dios nos ha proporcionado los medios para superarlo, si siguiésemos sus indicaciones. En realidad, la culpa de no entender la existencia del mal y de no saber cómo afrontarlo, no es de Dios Padre, sino nuestra por no haber seguido correctamente el designio de Dios y no haber tenido la visión sobrenatural, la esperanza en la felicidad final, que se nos exige como hijos suyos.

Con respecto al mal material, las catástrofes naturales, el sufrimiento humano, el problema es el mismo: el corto punto de vista de los creyentes pero no practicantes. Sin la visión sobrenatural, se considera que cada suceso catastrófico termina en sí mismo, en vez de verlo en el largo plazo, en ese final que Dios promete; y que nos permitiría comprender que las contrariedades de la vida son escollos de un magnífico camino que nos conduce a la felicidad.

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones

Uno de los argumentos que utilizan los ateos y agnósticos para rechazar la existencia de un Dios creador y padre de todos es la existencia de mal en el mundo. Esto, por supuesto, es innegable; pero debemos verlo más detenidamente.

En primer lugar, el mal no existe por sí mismo: es simplemente la ausencia de bien. Y si podemos llamarlo "mal", es porque lo comparamos con el bien. Tenemos una concepción de cómo son las cosas "buenas" y, cuando no ocurren así, las llamamos "malas". En realidad, lo extraño no es el "mal", sino el "bien". Si la realidad procede de la mera evolución de la materia, sin un Creador que la haya dirigido, lo extraño es que se produzca el "bien", que las cosas funcionen como lo esperamos y queremos. Resumiendo: si no existiese un Dios padre y creador que nos ha mostrado el "bien", no podríamos quejaros cuando este no sucede.

Por otra parte, existen dos tipos de males: el mal moral (el que provocamos los hombres) y el mal físico (el que provoca la naturaleza con sus catástrofes). Ambos se derivan del plan de Dios, que ha creado a los hombres libres para que puedan amar (lo más grande que puede hacer un hombre), pero también pueden usar esa libertad para el mal; y de esto no tiene culpa Dios, sino nosotros. El mal de que causa la naturaleza sí es debido a la evolución de la creación diseñada por Dios; pero ¿es realmente mal?

Pues, ante el mal en el mundo hay tres formas de afrontarlo: En primer lugar, la forma de verlo de aquellos que carecen de una fe en un Dios que nos ha creado libres y destinados a una felicidad eterna. En este grupo deberíamos incluir tanto a los ateos o agnósticos como a aquellos que creen en dioses crueles, o despreocupados de la humanidad, que nos consideran sus siervos o están más preocupados por luchar entre ellos en un paradisíaco Olimpo. En este caso, se considera que el hombre no es sino una mera evolución casual provocada por la materia, que ha llegado a alcanzar cotas de inteligencia. Es simplemente un animal un poco más evolucionado; pero el hecho de que tenga inteligencia, hoy en día, tampoco parece tan extraordinario, cuando vemos que las simples máquinas —entes no vivos— también disponen de dicha inteligencia y bastante más rápida y efectiva que la humana. Si somos producto de la naturaleza y su aleatoria evolución —que ya extinguió especies enteras de un plumazo, como pueden ser los dinosaurios— ¿por qué extrañarnos que ocurran catástrofes que acaben con mies de vidas? Sería el caso de los terremotos, erupciones, inundaciones, pandemias, etc… Si somos juguetes de la naturaleza, seres casuales, no tenemos mayor valor que los demás animales o los seres inertes. “La naturaleza lo dio, la naturaleza lo quitó”, podríamos decir. En este caso, no se trataría tanto de un “mal material”, sino de la simple evolución. 

Con respecto al mal moral, el causado por el hombre, la actitud debería ser semejante a la del caso anterior. Si todos somos fruto de la casual evolución natural, entonces no tendría sentido alegar un código moral para calificar la conducta humana. Cada ser —vegetal, animal y animal racional— debe buscar su supervivencia por encima de los demás. En todo caso, se debería respetar el instinto de supervivencia de la especie, cuidando los progenitores de su prole, para asegurar la reposición de los individuos. Pero todo lo que pase de esto no le podría ser exigible a ningún ser humano. Aquellos que por ser más débiles cayesen víctimas de los más fuertes o adaptados, serían fruto de la “limpieza” que la propia naturaleza debe efectuar, para mantener las especies lo más vigorosas posibles —de hecho, la teoría de la evolución de Darwin llevó a al eugenesia, la pseudo ciencia que pretende “mejorar la raza humana”, suprimiendo a los menos capaces—. El asesinato, la explotación de unos por otros, el robo, las violaciones, no serían sino consecuencias lógicas y aceptables de la propia evolución.

El anterior párrafo se ha redactado de forma intencionadamente muy cruda, que resultará dolorosa para la mayoría de los lectores. Pero, si lo pensamos detenidamente, todo lo dicho es coherente con una evolución casual de la naturaleza y, especialmente, con la teoría de la evolución de las especies por selección natural. La vida es así; y la ley de la selva es su norma. Al autor le ha resultado aberrante escribirlo; pero ante la ausencia de una fe en un Creador, padre de todos, esta es la postura razonable. Si nos resulta terrible, incluso a los ateos y agnósticos, quizá sea porque sí tengamos una dimensión espiritual que excede a la simple materia y que nos indica que lo dicho es una barbaridad. Pero los evolucionistas, ateos y agnósticos, que no crean en dicha dimensión espiritual, deberían encontrar razonable y coherente lo expuesto.



martes, 29 de septiembre de 2026

El reino de Dios está en tu corazón

"Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, 21ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros" [Lucas 17, 20-21].

"Dichosos los limpios de corazón...." [Mateo 5, 8].

El Evangelio nos da pistas para que descubramos que el Reino de Dios no es una organización política ni social (como pensaban los judíos), sino una actitud de los hombres. El Reino está entre nosotros. Mejor dicho: está en nosotros, en nuestra voluntad, dirigida hacia el bien. En el corazón limpio y que ansía hacer el bien.

Si el Reino está en el corazón de los hombres, bastaría con que cada uno quisiese realizarlo para que inmediatamente se materializara. Una vez más, Dios ha puesto a nuestra disposición lo que le pedimos, pero somos nosotros los que no lo llevamos a la práctica.

Hay una anécdota de san Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II, sobre este asunto. Hablando con un cardenal de lo mal que estaba el mundo entonces (y corría el año de 1963, en el que el mundo estaba mucho mejor que ahora: todavía no había perdido la razón), le comentaba: "Si usted y yo empezamos a comportarnos bien, habrá dos bribones menos en el mundo...".

Pues eso: realicemos el Reino cada uno en nuestro corazón y se acabará materializando sobre toda la Tierra.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Sufrimiento vs sacrificio

Recientemente he escuchado una idea que me ha parecido muy oportuna: para el cristiano, la cruz, el sufrimiento, es lo que nos hace dejar de amar. Efectivamente, cuando afrontamos una angustiosa contrariedad pretendemos encontrar un culpable al que reprochárselo y llegar a odiarlo, ignorando que el odio no hace sino incrementar nuestra amargura. Algunos, ante el sufrimiento o la cruz, dan la espalda a Dios, por considerarlo el culpable por no evitarlo.

La naturaleza humana es como es; e, instintivamente, se intenta evitar el dolor, ya sea físico o moral. Esta no es una actitud reprochable, pero ¿es la mejor? ¿No hay forma de evitar que el sufrimiento nos arrastre a la desesperación y el odio? Quizá exista una alternativa.

Si es cierto que la consecuencia del sufrimiento es dejar de amar, entonces la manera de aminorar el dolor, de poder afrontarlo mejor, con esperanza, sería ¡seguir amando! La alternativa es ahogar el mal que nos agobia con amor. Es decir, convertir el sufrimiento en sacrificio, en algo que ofrecemos a los demás o por ellos. Nuestro ejemplo es Jesús durante su crucifixión: no odia a los que le están torturando, al contrario, los perdona; y aprovecha para llevarse al cielo a Dimas, el buen ladrón. Esto, junto con su aceptación voluntaria de la Pasión, es lo que transforma esa horrible tortura en sacrificio. Otro ejemplo, más cercano, es el de la madre, que sufre al traer al mundo un hijo, pero ella lo convierte en sacrificio, precisamente porque espera con amor a ese hijo.

Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austríaco, superviviente de los campos de concentración nazis, afirmaba que cualquier sufrimiento es superable si se le encuentra un sentido. Para los cristianos, ese sentido es el sacrificio por los demás.