martes, 5 de mayo de 2026

La ciencia confirma la grandeza de Dios

Existe la creencia generalizada de que la Humanidad ha creído en la existencia de seres superiores [los judeocristianos creen en un Dios creador, desde 1900 años antes de Cristo] debido a su falta de conocimientos científicos. Se supone que, como esos hombres atrasados no eran capaces de explicar la existencia del Universo, pues lo achacaban a dichos seres superiores. Así que se asimiló la religión a la ignorancia o falta de información.

A finales del siglo XIX, la ciencia empezó a hacer descubrimientos fabulosos en el cosmos, el átomo, la evolución de la vida y las especies, etc. Entonces se pensó que, como la existencia del cosmos, la materia y la vida había sido aclarada, la ciencia revelaba el origen de todo esto y ya no eran necesarios los seres superiores que lo justificasen.

Pero ocurrió que los descubrimientos científicos siguieron profundizando en estas realidades y lo que descubrieron les llevó a una conclusión muy distinta. La teoría del Big Bang [la gran explosión de energía que creó el Universo] y el descubrimiento y codificación del ADN [el ácido desoxirribonucleico, la molécula que contiene la información genética que regula la formación y vida de todos los seres vivos, compuesta por seis mil millones de nucleótidos perfectamente ordenados], nos han mostrado que todo ese orden, el perfecto y minucioso desarrollo de la materia desde la energía inicial, las leyes físicas, el orden en la cadena de ADN, que no puede ser espontáneo, no pueden tener otro origen que el de una Inteligencia Superior que lo haya diseñado. Esta es la razón por la que, superada una primera etapa de la evolución científica, la mayoría de los científicos (físicos, químicos, médicos, biólogos, matemáticos) son personas creyentes en dicha Inteligencia Superior. Tras este cambio, la religión, como creencia en un Ser Superior, ya no es fruto de la ignorancia, sino deducción lógica de los descubrimientos científicos: ha pasado a ser manifestación de conocimiento.

Ya lo advirtió la Biblia: "Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento muestra la obra de sus manos" [salmo 19]; pero hemos tardado siglos en conocer a fondo estas realidades.

miércoles, 22 de abril de 2026

Las leyes de la Física y de la evolución

Dicen los neo-ateos que no existe una Inteligencia Creadora, que todo el Universo puede explicarse con las leyes de la Física y la de la evolución. En primer lugar, debemos aclarar que la Física sí tiene leyes que se cumplen y afectan a la energía y la materia; pero la evolución de las especies es una mera teoría que, por tanto, no tiene leyes, sino meras suposiciones que, además, están bastante superadas por el neo-evolucionismo, que sigue siendo una teoría no demostrada... y, quizá, no demostrable.

En todo caso, estas leyes no rebatirían la existencia de una Inteligencia Creadora, a la que los cristianos llamamos Dios, sino todo lo contrario. Que la materia tenga unas leyes intrínsecas, es decir, una capacidad auto-organizadora, como la llaman algunos científicos, pone de manifiesto que dicha materia fue creada precisamente con esa cualidad. Si la primera célula que apareció (¿por causalidad?) tenía la potencialidad de evolucionar e ir ordenando su ADN para llegar a convertirse en el animal racional que es el hombre, es precisamente porque dicho ADN había recibido esa cualidad.

La principal ley de la Física es la de la Entropía: todo tiende al desorden si alguien no lo ordena. Cuando una energía explotó en el llamado Big Bang y fue el comienzo del Universo, lo lógico hubiese sido un caótico desarrollo de dicha energía y su posterior conversión en materia también caótica. Sin embargo, desde el comienzo la energía respondió a una leyes que la dirigieron; y a la posterior materia también. Esto es lo que nos ha permitido estudiar la "historia" del Universo. Dos grandes científicos recibieron el Premio Nobel precisamente por demostrar que ese orden existía desde el comienzo y que el desarrollo posterior de la materia (formando estrellas, planetas y galaxias) no fue casual [Arno Pencias (1933-2024) y Robert Woodrow Wilson (1936), doctores en ciencias físicas, recibieron conjuntamente por su descubrimiento el Premio Nobel de Física en 1978.]

Las leyes de la Física y de la evolución demuestran la existencia de Aquel que las creó, por mucho que a los cientificistas les moleste.

domingo, 19 de abril de 2026

El valor de la vida

La mentalidad moderna tiende a igualar todo tipo de vida, desde la vegetal (los ecologistas), hasta la animal y la humana, negando así cualquier atisbo de trascendencia en el hombre. Esto podría ser lógico en una sociedad influenciada por el racionalismo extremo y el cientificismo, que niegan la dimensión espiritual del hombre. Pero incluso los más escépticos deberían reconocer que en el hombre se produce algo que no existe en los demás seres vivos; y esto es lo que, a mi juicio, le da a la vida humana un valor exponencialmente mayor que cualquier otro tipo de vida: la capacidad de amar y ser amado. Sospecho que hasta el más ateo de los hombres ha amado algo alguna vez en su vida; y, con toda seguridad, ha ansiado ser amado por otro o ha gozado con dicho amor.

Los vegetales deben ser cuidados como parte de la naturaleza; pero creo que pocos sentimientos pueden despertarnos. Con respecto a los animales, se puede decir lo mismo, aunque los de compañía, las mascotas, sí que nos suscitan ciertos sentimientos: llegamos a querer a ese ser al que cuidamos y nos recibe alegre cuando volvemos a casa. Pero esto solo indica que ese animal es susceptible de ser amado; aunque nunca podrá llegar a amar, porque el amor es un acto de la voluntad, y los animales no tienen voluntad sino instinto. Su vida, por tanto, debe ser respetada e intentar evitarle cualquier sufrimiento; pero el valor de esa vida nunca podrá ser comparable al valor de la vida de un ser humano.

Esta es la razón (es decir: razonable y lógica), por la que los cristianos nos oponemos al aborto y a la eutanasia. No es un simple postulado moral que afecte a nuestra religión. Es que tanto el aborto como la eutanasia son la negación de esa capacidad especial del hombre: amar y ser amado. Cuando se mata un feto se le está negando que llegue a amar; pero, sobre todo, se está manifestando que no se le ama. Y lo mismo ocurre con aquellos que pasan por una situación tal que, a su entender, no merece la pena seguir viviendo. Siempre merece la pena ser capaz de amar y de ser amado, cualquiera que sean las circunstancias de esa vida. El que se niega a continuar su vida, también se niega a amar y a dejarse amar. Es muy duro lo que voy a decir; pero la eutanasia es, a mi parecer, un acto de egoísmo, entendido este como el rechazo del amor.

El aborto y la eutanasia son el fracaso del amor, tanto por activa como por pasiva.

miércoles, 15 de abril de 2026

Cristianismo social

A veces se le achaca al cristianismo el defecto de ser demasiado espiritual, pensar solo en la otra vida y desentenderse de los problemas de la vida presente. Por una interpretación equivocada de la ascética, se considera que los cristianos tienen que aceptar los reveses de la vida con paciencia y esperar la bienaventuranza del Cielo. Creo que no es así, en absoluto.

Una cosa es que el cristiano, por ascética, afronte con esperanza sus dificultades y otra es que se resigne o desentienda de los males del mundo. La prueba es que la Iglesia ha desarrollado toda una Doctrina Social, cuyo propósito es mejorar las condiciones de vida de todos los hombres. Esta idea parte de la encíclica Rerun Novarum (las nuevas cosas) de Leon XIII (el actual Papa ha querido llevar este mismo nombre, quizá para continuar con este propósito). Puede encontrarse un breve resumen en este enlace [Rerum Novarum] y comprobar que la Iglesia se preocupa por asuntos tan sociales como la cuestión obrera, la propiedad privada o el papel del Estado en la sociedad.

Pero, en realidad, esto no es un invento de León XIII, sino que la Biblia ya trata estos asuntos en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento:

El profeta Isaías (1, 17) nos ordena: "buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda...".

En el libro del Levítico (19, 13) se pide: "No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana".

En el libro del Éxodo (22, 20-27): "No molestes ni oprimas al forastero, porque también vosotros fuisteis forasteros en Egipto. No maltrates a la viuda ni al huérfano..."; "Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como avaricioso, ni le impondrás usura".

En el Deuteronomio (24, 14-15): "No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra o en tu ciudad. Le darás cada día su jornal, antes de la puesta del sol, pues es pobre y espera impaciente su salario"

En la carta a los Romanos (13, 7): "Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.

Y en la carta de Santiago (5, 4): He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos”.

En la profecía de Malaquías (3, 5): "Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos”.

Incluso la cuestión de la inmigración ya estaba contemplada en el libro del Éxodo. La Iglesia se ocupa del alma de sus fieles; pero también exige justicia para su cuerpo.

jueves, 9 de abril de 2026

Camino de Emaús

Este es uno de mis pasajes favoritos: cuando Cristo resucitado se aparece a los dos discípulos que entristecidos se vuelven desde Jerusalén al pueblo de Emaús. Entre otros motivos, me gusta porque revela cierto sentido del humor de Jesucristo, al no descubrirse hasta el final, y el cariño que quiere demostrar a los que ve alicaídos. Pero lo que quiero resaltar en esta entrada es que la iniciativa siempre es de Jesucristo, de Dios .

Él se une por el camino a los dos discípulos y les va explicando las escrituras. Ellos no solo no entienden lo que les dice es que ¡ni siquiera lo reconocen! Solo cuando Cristo decide revelarles su identidad, ya en la casa, partiendo el pan, es cuando lo reconocen y recuerdan la sensación que tuvieron mientras estuvo con ellos: "se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el  camino, cuando nos abría las Escrituras?" (Lucas 24:32).

A veces, ante la evidencia, tampoco comprendemos. Lo dice el salmo 19: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos". Pero nosotros preferimos decir que toda esa maravilla se ha creado por casualidad, evolucionando desde algo que no sabemos definir. En algún momento, Dios decide abrirnos los ojos, mostrarnos sus obras y otorgarnos la fe; y, entonces, lo vemos claro, todo cuadra y nuestro corazón arde de alegría por el descubrimiento.

Lo mismo ocurre con el mensaje evangélico: es algo maravilloso. Los judíos pudieron contemplar milagros asombrosos; pero muchos no ven ni entienden, no reconocen a Jesucristo. Al parecer, solo los sencillos tienen la mente suficientemente abierta como para reconocerlo... Y, en nuestros días, ocurre lo mismo: solo el encuentro con Cristo, a iniciativa de Él, nos permite conocerlo, creerle y acabar amándolo.

La fe cristiana es razonable; pero solo con la razón no se alcanza: necesitamos que Cristo se nos muestre.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa: amor y sufrimiento

Los cristianos celebramos la Semana Santa, el tiempo en el que Jesucristo fue humillado y destrozado públicamente hasta la muerte ignominiosa en la cruz; pero, después, y esto es lo importante, resucitó, demostrando así que poseía la divinidad, además de su humanidad. 

He afirmado en ocasiones que la muerte de Cristo no la provocaron los romanos o los judíos, los ejecutores materiales. Ni siquiera fue provocada por nuestros pecados, aunque sirvió para librarnos de ellos. La crucifixión de Cristo la provocó su amor: solo el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la humanidad que había creado pudo llevar a la muerte al Dios-hombre, porque ninguna otra potencia podría haberlo hecho. Él mismo lo afirma en Juan 10, 1:  "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". También en Mateo 26, 53: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”.

También he afirmado que el amor tiene dos caras. Por una parte, la cara gozosa de amar y sentirse amado; por otra, el sufrimiento. Esta es la prueba del amor: llegar a sufrir por el otro. Ya sea un sufrimiento activo (buscando el bien del ser amado) o pasivo (por perder al ser amado). Dios nos ama, pero ¿también sufre? Evidentemente, Dios no puede sufrir, por mucho que nos ame. Entonces, siendo Dios el Amor, ¿cómo es que carece de esta característica del amor? No pretendo conocer a Dios más allá de lo que Él nos ha revelado; pero también me ha dado una inteligencia y el Espíritu nos inspira la sabiduría para que podamos conocerlo hasta cierto grado. Por eso, me atrevo a afirmar que Dios encontró la manera de que su Amor también fuese capaz de sufrir: hacerlo en Jesucristo. El Dios-hombre fue capaz de amar y sufrir hasta el extremo durante su paso por la Tierra. No solo durante la Pasión, sino también en otros momentos, como cuando llora la muerte de Lázaro, o ante la visión de Jerusalén que será destruida y cuando se compadece de tantos a los que alimenta o cura. Y quizá también sea capaz de sufrir esa naturaleza humana que está incardinada en la Santísima Trinidad, compartiendo la naturaleza divina en la persona del Hijo.

Es una idea... A mí me ayuda a amar más a quien me ama hasta sufrir.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Fe, razón y ciencia

No se alcanza la fe ni por razonamientos muy sesudos ni por descubrimientos científicos, porque la fe es la adhesión voluntaria a la revelación: no es un convencimiento, sino un acto de la voluntad con la ayuda de la gracia divina.

Lo que pretendo con este blog es transmitir la idea de que, aunque la fe viene de la revelación, también puede ser razonada, razonable y respaldada por la realidad científica. Esto último, entre otros motivos, porque la ciencia es el instrumento dado por Dios para que conozcamos su creación, por lo que no puede haber incompatibilidad entre la fe y el conocimiento científico, por mucho que les pese a los neo-ateos.

La fe nunca será certeza, por lo que tampoco podemos buscar que ese razonamiento lógico o las pruebas científicas nos aporten dicha certeza. Lo que el creyente debe intentar es que con su intelecto y los conocimientos científicos pueda dar el salto a la lógica y verificar que aquello que cree es "razonable" y encaja en nuestro conocimiento de la naturaleza.

Personalmente, cuanto más razono y más conozco los avances científicos, mejor compruebo que lo que he asumido por fe no sólo es lógico, sino que se presenta como la opción más probable. En la mayoría de los casos, veo que los argumentos que se oponen a dicha fe se limitan a invocar "el azar", "la casualidad", "la capacidad ordenadora de la materia" (sin que expliquen quién le ha otorgado dicha capacidad), incluso aluden a influencias "extraterrestres", sin explicar quién creó a dichos extraterrestres o les otorgó la capacidad de crear vida u ordenarla.

Mi consuelo es que la mayoría de los científicos serios (incluyendo a muchos de los Premios Nobel de Física, Química, Biología o Medicina) opinan muy parecido.