La ascensión de Jesucristo, que hoy celebramos, a los cielos es el culmen de su resurrección y de toda su vida en su naturaleza humana. También da razón de nuestra esperanza en nuestro destino final: estar por toda la eternidad a su lado en el cielo.
A veces, esta esperanza hace que minusvaloremos nuestra vida en la tierra: esta vida en el tiempo y con las limitaciones propias de toda naturaleza humana. Es cierto que lo esencial para todo creyente es la salvación eterna; y que esto se puede conseguir después de una mala vida, con el debido arrepentimiento. Pero creo que esto no es el plan de Dios para los humanos. Quiso crear ángeles que le acompañasen siempre en el cielo, una vez aceptada su voluntad; o que cayesen al infierno, en caso contrario. También quiso crear hombres, seres que tienen que renovar constantemente su voluntad y luchar contra las propias limitaciones. Esto no puede ser un "fallo" de la creación, sino algo querido expresamente por Dios. Si Él, que es amor, pide amor a sus seres creados, quiso que en el caso del hombre este fuese meritorio, que no apareciese espontáneamente, sino por un esfuerzo de la voluntad. Quiso que el amor fuese la consecuencia de "querer amar", salvando las dificultados y las propias debilidades, incluso a pesar de que el amor sea una moneda de dos caras en las que se alternan el gozo y el sufrimiento; y de que corramos el riesgo de no siempre conseguirlo o incluso refugiarnos en el egoísmo.
Ese es mi convencimiento y, por tanto, tengo la seguridad de que la vida terrena es inmensamente importante, que hay que vivirla con intensidad, disfrutando de sus bienes y luchando contra sus males. En definitiva, amando intensamente hasta que nos duela ese amor [como nos decía la Santa Teresa de Calcuta]. Y esto no es un defecto de la vida humana, sino su grandeza: lograr amar por haber querido amar.
Después, en el cielo, amaremos en un constante acto de voluntad inmutable, pero, si se me permite decirlo, ese amor ya no será meritorio. No puedo imaginarme cómo será amar a Dios en el cielo, porque "ni ojo vio ni oído oyó"; pero no quiero desperdiciar mi vida en la tierra sin intentar amar a Dios a pesar de lo mucho que me cuesta.