lunes, 27 de julio de 2026

Vivir amando; amar viviendo

Vivir amando es el mejor consejo que puede darse, ya que el secreto de la felicidad está precisamente en esto: en amar y sentirse amado. Pero ¿cómo amar? Pues recientemente me he topado con esta expresión que utilizo de título de esta entrada: Vivir amando y amar viviendo.

Amar viviendo: así de simple y está al alcance de todos. El mero hecho de vivir se convierte en una manifestación de amor si entregamos nuestra vida. Y digo mal, porque la vida no es nuestra, no nos pertenece, por esto está destinada a entregarse. Decimos "nuestra" vida, porque es la que anima nuestra alma; pero no puede ser "nuestra" en sentido de propiedad, porque la hemos recibido gratis, no nos la hemos dado nosotros, ni siquiera teníamos derecho a recibirla, aunque, una vez recibida, tengamos derecho, y obigación, a conservarla. Lo mismo ocurre con esas otras vidas que se nos dan: las de nuestros hijos. Los hijos son "nuestros" en un sentido de procedencia, no de propiedad. Sus vidas no nos pertenecen, aunque tengamos la responsabilidad de cuidarlas. Por lo tanto, no tenemos derecho a que esas vidas se nos den, ni tenemos derecho a "fabricárnoslas" por medios ilegítimos, ni tenemos derecho a conseguirlas prescindiendo del progenitor que completará la vida de ese descendiente. Además, tampoco tenemos derecho a determinar sus futuros, porque la vida de nuestros hijos es suya; y serán ellos los que deberán determinarlas.

Por el mismo motivo, tampoco tenemos derecho a disponer de nuestra vida, porque no nos pertenece. Cualquier vida, por deteriorada que esté, es susceptible de seguir amando, simplemente viviendo; y tampoco puede privar a los demás de expresarnos su propio amor. Amar viviendo es entregar la vida; y quitárnosla, o pedir que nos la quiten, es la manera de arrebatársela a los demás.

La vida puede entregarse por los demás o por un ideal, porque, una vida que se entrega, en realidad se gana: ha alcanzado su objetivo final. Pero una vida que se arrebata, se pierde, no ha cumplido su finalidad.

¿Es duro? Por supuesto que es duro; pero ¿es que no lo es vivir amando? Pues amar viviendo también lo es. Pero no olvidemos que la felicidad no se puede confundir con la comodidad ni la alegría con el placer. Se pude ser feliz, incluso alegre, en condiciones duras: simplemente amando.

Este es el secreto de la felicidad...: aquí y después.

miércoles, 22 de julio de 2026

Pedro: ¿me amas más que estos?

En una canción del grupo musical católico Hakuna se dice algo así como: ¿qué viste en mí?, que a pesar de mis pecados todavía dices que me amas...

Esto me ha hecho pensar: ¿Dios nos ama a pesar de nuestros pecados?, o, más bien, nos ama precisamente por ellos. Antes de que alguien se escandalice, me explico.

Dios nos ha creado libres y débiles, tanto que frecuentemente -al menos yo-, caemos en el pecado. Pero quizá es esto lo que Dios aprecia de nosotros -en realidad, lo único que puede apreciar, puesto que todo lo demás nos lo ha dado Él-. Aprecia que, a pesar de nuestra debilidad y torpeza, todavía queramos permanecer junto a Él.

El título de esta entrada hace referencia al pasaje en el que Cristo, ya resucitado, confirma a Pedro en el primado de la Iglesia (Juan, 21, 15-19). Pero no se limita a decírselo, sino que antes quiere recordarle su triple traición, cometida mientras Él está preso y siendo juzgado. Le recuerda que esa traición se produce justo después de que Pedro, fanfarrón, le asegure que daría su vida por Él. Por esto, le hace la triple pregunta: Pedro: ¿me amas más que estos? Cristo le está diciendo que conoce su debilidad, su impulsividad vana para ofrecer la vida y luego acobardarse; y lo hace justo antes de confirmarlo en el primado. Es como si le quisiese decir: "te conozco, sé que me has defraudado, pero, a pesar de esto que he visto en ti, te amo más de lo que tú me amas; y confío en ti".

Quizá Dios nos ama porque pecamos...; pero, como Pedro, confiamos en que Él nos siga amando y, por eso, queremos seguir a su lado. Es una idea que me suscita mucha esperanza, porque, de lo contrario... ¿qué sería de mí? 

sábado, 18 de julio de 2026

La vida temporal

Aparentemente, para los cristianos lo fundamental es la salvación y la vida eterna; y esto es algo incuestionable. No obstante, no debemos olvidarnos de que, antes de ese momento, tenemos toda una vida temporal que completar. Dios no nos ha hecho ángeles, sino que quiso que tuviésemos un cuerpo material, con sus debilidades e imperfecciones, tanto físicas como morales. Al parecer, Dios quiso crear seres libres que, para demostrar su amor a Él, tuviesen que esforzarse en superar sus tendencias naturales -y una naturaleza herida por el pecado-, para poder cumplir con el plan que diseñó para nuestras vidas. Es decir: la vida temporal es la etapa que nos sirve para merecer. El propio Cristo nos lo dice en el Evangelio: en el juicio final se nos preguntará qué hemos hecho por Él y por los demás:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mateo 25, 34-36).

Creo que deberíamos valorar esta vida temporal como algo muy especial que los ángeles no tienen: poder amar a Dios y a los demás mediante el esfuerzo, demostrando así que es auténtico amor, nacido de nuestra voluntad. Imagino que el amor en el cielo será perfecto y glorioso; pero carecerá de esa característica tan especial que es el esfuerzo y la posibilidad de demostrar nuestra determinación.

Esta vida azarosa con frecuencia nos decepciona, porque no somos capaces de vivirla como nos habíamos propuesto. El propio San Pablo se queja de esto en Romanos 7, 19-25:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Pues esto, que tanto nos molesta, es el mejor regalo que Dios podía hacer a una de sus criaturas: la capacidad de amarlo, a pesar de nuestra naturaleza caída. Quizá este es el motivo por el que Dios, en su infinita misericordia, está siempre dispuesto a perdonarnos. 

Esta vida no es un valle de lágrimas, ¡sino una asombrosa oportunidad!

viernes, 10 de julio de 2026

Los pilares de nuestro cristianismo

Los primeros pilares de nuestro cristianismo son la fe y la esperanza.

La fe en Dios Padre, creador y auténtico padre; en el Hijo, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros y, a través del Evangelio, nos muestra el camino de la felicidad; y en el Espíritu Santo (el Amor Eterno), que con su gracia nos permite mantener esa fe.

La esperanza en que las promesas se cumplirán, que podremos gozar de la vida eterna junto a Dios; pero también la esperanza en que seremos capaces de mantener la fe, de llegar al final del camino, fundamentalmente con la ayuda del Espíritu.

Si esa fe y esa esperanza, creo que ni siquiera empezaríamos el camino; y esto es lo que debemos transmitir a los demás para divulgar el Evangelio. Pero ni la fe ni la esperanza podrán dar sus frutos si no se apoyan en el tercer pilar: la caridad. Sin sentir y corresponder al amor de Dios, sin enamorarnos de Jesucristo, sin el amor que nos infunde el Espíritu, sería imposible seguir el camino. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas si no nos impulsa el amor? ¿Rezar por los enemigos o poner la otra mejilla?: ¡imposible!, si no lo hacemos por Cristo, que nos enamora. Ya lo dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). O san Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor".

Es la caridad, la que nos permitirá no solo vivir nuestra fe con esperanza, sino también transmitirla: "Amaos unos a otros en esto conocerán que sois mis discípulos" (Juan 13, 35). Sin amor, no es posible evangelizar a quien no se siente amado.


viernes, 26 de junio de 2026

La cruz

La cruz, el dolor en nuestra vidas, no es una prueba que Dios nos manda, aunque muchas veces así se diga, y mucho menos es un castigo.
La cruz, el dolor, es el regalo que Dios nos permite hacerle a Él.
Porque la única prueba fiable del amor es el sufrimiento. El amor puede ser auténtico cuando produce placer; pero la certeza de que es auténtico la alcanzamos cuando seguimos amando a pesar del dolor.
La cruz, el dolor, es la posibilidad mediante la cual Dios permite que le demostremos nuestro amor: a Él y a los demás. Y, porque nos ama, no quiere sustraernos a esa posibilidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La Trinidad

Por supuesto, no pretendo haber entendido el misterio de la Santísima Trinidad; pero quizá si he comprendido un poco mejor su composición. Ha sido a raíz de una canción del grupo Hakuna. En un momento se refieren a la Trinidad como "Padre, Hijo y Amor Eterno", sustituyendo la habitual denominación de Espíritu Santo. Al principio me extrañó este cambio; pero después me emocionó. Según la teología cristiana, Dios-Padre es amor; y la fecundidad de ese amor engendra (no crea) desde la eternidad a Dios-Hijo, que es quien se encarnará en la naturaleza humana de Cristo, manteniendo también la naturaleza divina en una sola persona. El Hijo corresponde al amor del Padre y este amor recíproco de la divinidad es tan perfecto e intenso que se personifica: el Espíritu Santo no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo. Pero, si como hemos visto, todo es fruto del amor, ese Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, no tiene otra sustancia que el mismo amor, por lo que el nombre de Amor eterno le corresponde perfectamente.

El Espíritu Santo es la persona menos conocida de la Trinidad. De Él se predica que es quien actúa en el mundo y en las personas. Se le atribuyen los siete dones: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. También se mencionan sus doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero su acción pasa inadvertida a los hombres, al contrario de lo que se atribuye al Padre (la creación) o al Hijo (la redención). No pongo en duda nada de lo anterior; pero la mención del coro de Hakuna al Amor Eterno, me sugiere que quizá sería más inteligible para nuestras torpes mentes presentar al Espíritu como dador de amor, que a la postre es lo que produce sus frutos y del que proceden sus dones. 

Gracias, Hakuna.

martes, 9 de junio de 2026

La cruz pastoral del Papa León XIV

El Papa León XIV ha retomado el estilo de la cruz pastoral (también llamada férula pontifical) que utilizó San Juan Pablo II, tan característica por tener el travesaño horizontal curvado hacia abajo en sus extremos. 


Pero, en vez de tratarse de un Cristo agonizante, que cuelga de sus brazos ya muerto, el Papa León lo ha sustituido por un Cristo resucitado, con los brazos elevados, a pesar de que todavía tiene los pies clavados al madero.          
Me gustaría saber qué interpretación le da el Papa León a esta imagen tan atípica. La Oficina papal para las Celebraciones Litúrgicas afirma que el Papa con esta imagen pretende unir la expresión del amor de Cristo muriendo en la Cruz con la manifestación de su triunfo resucitando. Esta es nuestra esperanza: que la muerte ya no tiene la última palabra. Pero este Cristo glorioso sobre la Cruz también nos transmite la idea de que nosotros, antes de resucitar, deberemos afrontar con esperanza el dolor humano, que no nos ha sido evitado, como no le fue evitado a Cristo.
La realidad es que el cristianismo nace en la Cruz, pero se fundamenta en la resurrección. Todo el amor que Cristo nos manifiesta en la Cruz se habría quedado en una simple heroicidad, en un asombroso sacrificio, si Él no hubiese resucitado, demostrándonos que su mensaje evangélico es cierto y que podemos seguir contando con Él "todos los días hasta el fin del mundo".
La Cruz me enamora, me infunde la caridad; pero es la resurrección en lo que se fundamenta mi fe y mi esperanza.