Continuando con la entrada anterior, vemos que el mensaje evangélico siempre se refiere a la vida terrenal y, después, a sus consecuencias en la otra vida, que dependerán del comportamiento en esta. Los consejos que nos da Jesucristo son siempre prácticos, aunque algunos resulten duros de oír. Cuando nos habla del juicio, se refiere a las obras de misericordia que hayamos hecho en esta vida a los demás. Al final de la vida te examinarán en el amor, afirmó San Juan de la Cruz; y debemos aprovechar este tiempo para amar lo mejor que podamos.
La parábola de los talentos es una muestra de esto que digo. Dios no nos ha conferido nuestras facultades para que las guardemos con celo sin aplicarlas, esperando a que nos llegue el momento de subir al cielo. Nos pide que arriesguemos, que las utilicemos, aunque nuestra naturaleza humana nos aboque al pecado; como Dios mismo arriesgó al crearnos con la libertad de poder rechazarlo y pecar. Si así lo hizo será porque merece la pena.
Otro pasaje evangélico que secunda mi afirmación es el de la transfiguración del Señor. Los apóstoles estaban como en el cielo y por eso se ofrecen a hacer tres tiendas para quedarse siempre allí, disfrutando de ese momento de gloria. Pero este no es el destino del hombre en la tierra. La visión de la transfiguración desaparece y ellos tienen que seguir con su vida ordinaria. Lo mismo ocurre tras la ascensión de Jesucristo al cielo: unos ángeles les preguntan: "varones de galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?". Es una manera de reprocharles que están perdiendo el tiempo, que ellos tienen que seguir con su tarea. El hombre puede tener momentos de exaltación espiritual, incluso éxtasis, pero estos son la excepción en la vida terrenal.
No podemos vivir como si estuviésemos en el cielo, ya que estamos en la tierra. Ni siquiera las vocaciones contemplativas de los monasterios, que se separan de la vida del mundo, pueden ignorar que están en su vida terrenal y deben comportarse como tal dentro de sus circunstancias: amar y servir a Dios y a los hermanos; aunque sea a distancia.
Quiero aprovechar mi vida terrenal para hacer eso que únicamente el ser humano puede hacer: amar a pesar de mi debilidad, de mi naturaleza caída que me incita al pecado, que no es otra cosa que el egoísmo.
Quiero ser avaricioso de tiempo para poder ejercer ese amor el mayor tiempo posible, para compensar los muchos momentos que derrocho siendo egoísta.
Y luego en la continuación eterna de la vida, disfrutar de la intensidad de amor que haya sido capaz de alcanzar; porque una vez le oí decir a un sacerdote santo y sabio que en el cielo el que más disfruta no es el que ha pecado menos, sino el que ha amado más.
¡Pues eso!