Recientemente he escuchado una idea que me ha parecido muy oportuna: para el cristiano, la cruz, el sufrimiento, es lo que nos hace dejar de amar. Efectivamente, cuando afrontamos una angustiosa contrariedad pretendemos encontrar un culpable al que reprochárselo y llegar a odiarlo, ignorando que el odio no hace sino incrementar nuestra amargura. Algunos, ante el sufrimiento o la cruz, dan la espalda a Dios, por considerarlo el culpable por no evitarlo.
La naturaleza humana es como es; e, instintivamente, se intenta evitar el dolor, ya sea físico o moral. Esta no es una actitud reprochable, pero ¿es la mejor? ¿No hay forma de evitar que el sufrimiento nos arrastre a la desesperación y el odio? Quizá exista una alternativa.
Si es cierto que la consecuencia del sufrimiento es dejar de amar, entonces la manera de aminorar el dolor, de poder afrontarlo mejor, con esperanza, sería ¡seguir amando! La alternativa es ahogar el mal que nos agobia con amor. Es decir, convertir el sufrimiento en sacrificio, en algo que ofrecemos a los demás o por ellos. Nuestro ejemplo es Jesús durante su crucifixión: no odia a los que le están torturando, al contrario, los perdona; y aprovecha para llevarse al cielo a Dimas, el buen ladrón. Esto, junto con su aceptación voluntaria de la Pasión, es lo que transforma esa horrible tortura en sacrificio. Otro ejemplo, más cercano, es el de la madre, que sufre al traer al mundo un hijo, pero ella lo convierte en sacrificio, precisamente porque espera con amor a ese hijo.
Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austríaco, superviviente de los campos de concentración nazis, afirmaba que cualquier sufrimiento es superable si se le encuentra un sentido. Para los cristianos, ese sentido es el sacrificio por los demás.