sábado, 18 de julio de 2026

La vida temporal

Aparentemente, para los cristianos lo fundamental es la salvación y la vida eterna; y esto es algo incuestionable. No obstante, no debemos olvidarnos de que, antes de ese momento, tenemos toda una vida temporal que completar. Dios no nos ha hecho ángeles, sino que quiso que tuviésemos un cuerpo material, con sus debilidades e imperfecciones, tanto físicas como morales. Al parecer, Dios quiso crear seres libres que, para demostrar su amor a Él, tuviesen que esforzarse en superar sus tendencias naturales -y una naturaleza herida por el pecado-, para poder cumplir con el plan que diseñó para nuestras vidas. Es decir: la vida temporal es la etapa que nos sirve para merecer. El propio Cristo nos lo dice en el Evangelio: en el juicio final se nos preguntará qué hemos hecho por Él y por los demás:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mateo 25, 34-36).

Creo que deberíamos valorar esta vida temporal como algo muy especial que los ángeles no tienen: poder amar a Dios y a los demás mediante el esfuerzo, demostrando así que es auténtico amor, nacido de nuestra voluntad. Imagino que el amor en el cielo será perfecto y glorioso; pero carecerá de esa característica tan especial que es el esfuerzo y la posibilidad de demostrar nuestra determinación.

Esta vida azarosa con frecuencia nos decepciona, porque no somos capaces de vivirla como nos habíamos propuesto. El propio San Pablo se queja de esto en Romanos 7, 19-25:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Pues esto, que tanto nos molesta, es el mejor regalo que Dios podía hacer a una de sus criaturas: la capacidad de amarlo, a pesar de nuestra naturaleza caída. Quizá este es el motivo por el que Dios, en su infinita misericordia, está siempre dispuesto a perdonarnos. 

Esta vida no es un valle de lágrimas, ¡sino una asombrosa oportunidad!

viernes, 10 de julio de 2026

Los pilares de nuestro cristianismo

Los primeros pilares de nuestro cristianismo son la fe y la esperanza.

La fe en Dios Padre, creador y auténtico padre; en el Hijo, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros y, a través del Evangelio, nos muestra el camino de la felicidad; y en el Espíritu Santo (el Amor Eterno), que con su gracia nos permite mantener esa fe.

La esperanza en que las promesas se cumplirán, que podremos gozar de la vida eterna junto a Dios; pero también la esperanza en que seremos capaces de mantener la fe, de llegar al final del camino, fundamentalmente con la ayuda del Espíritu.

Si esa fe y esa esperanza, creo que ni siquiera empezaríamos el camino; y esto es lo que debemos transmitir a los demás para divulgar el Evangelio. Pero ni la fe ni la esperanza podrán dar sus frutos si no se apoyan en el tercer pilar: la caridad. Sin sentir y corresponder al amor de Dios, sin enamorarnos de Jesucristo, sin el amor que nos infunde el Espíritu, sería imposible seguir el camino. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas si no nos impulsa el amor? ¿Rezar por los enemigos o poner la otra mejilla?: ¡imposible!, si no lo hacemos por Cristo, que nos enamora. Ya lo dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). O san Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor".

Es la caridad, la que nos permitirá no solo vivir nuestra fe con esperanza, sino también transmitirla: "Amaos unos a otros en esto conocerán que sois mis discípulos" (Juan 13, 35). Sin amor, no es posible evangelizar a quien no se siente amado.


viernes, 26 de junio de 2026

La cruz

La cruz, el dolor en nuestra vidas, no es una prueba que Dios nos manda, aunque muchas veces así se diga, y mucho menos es un castigo.
La cruz, el dolor, es el regalo que Dios nos permite hacerle a Él.
Porque la única prueba fiable del amor es el sufrimiento. El amor puede ser auténtico cuando produce placer; pero la certeza de que es auténtico la alcanzamos cuando seguimos amando a pesar del dolor.
La cruz, el dolor, es la posibilidad mediante la cual Dios permite que le demostremos nuestro amor: a Él y a los demás. Y, porque nos ama, no quiere sustraernos a esa posibilidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La Trinidad

Por supuesto, no pretendo haber entendido el misterio de la Santísima Trinidad; pero quizá si he comprendido un poco mejor su composición. Ha sido a raíz de una canción del grupo Hakuna. En un momento se refieren a la Trinidad como "Padre, Hijo y Amor Eterno", sustituyendo la habitual denominación de Espíritu Santo. Al principio me extrañó este cambio; pero después me emocionó. Según la teología cristiana, Dios-Padre es amor; y la fecundidad de ese amor engendra (no crea) desde la eternidad a Dios-Hijo, que es quien se encarnará en la naturaleza humana de Cristo, manteniendo también la naturaleza divina en una sola persona. El Hijo corresponde al amor del Padre y este amor recíproco de la divinidad es tan perfecto e intenso que se personifica: el Espíritu Santo no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo. Pero, si como hemos visto, todo es fruto del amor, ese Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, no tiene otra sustancia que el mismo amor, por lo que el nombre de Amor eterno le corresponde perfectamente.

El Espíritu Santo es la persona menos conocida de la Trinidad. De Él se predica que es quien actúa en el mundo y en las personas. Se le atribuyen los siete dones: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. También se mencionan sus doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero su acción pasa inadvertida a los hombres, al contrario de lo que se atribuye al Padre (la creación) o al Hijo (la redención). No pongo en duda nada de lo anterior; pero la mención del coro de Hakuna al Amor Eterno, me sugiere que quizá sería más inteligible para nuestras torpes mentes presentar al Espíritu como dador de amor, que a la postre es lo que produce sus frutos y del que proceden sus dones. 

Gracias, Hakuna.

martes, 9 de junio de 2026

La cruz pastoral del Papa León XIV

El Papa León XIV ha retomado el estilo de la cruz pastoral (también llamada férula pontifical) que utilizó San Juan Pablo II, tan característica por tener el travesaño horizontal curvado hacia abajo en sus extremos. 


Pero, en vez de tratarse de un Cristo agonizante, que cuelga de sus brazos ya muerto, el Papa León lo ha sustituido por un Cristo resucitado, con los brazos elevados, a pesar de que todavía tiene los pies clavados al madero.          
Me gustaría saber qué interpretación le da el Papa León a esta imagen tan atípica. La Oficina papal para las Celebraciones Litúrgicas afirma que el Papa con esta imagen pretende unir la expresión del amor de Cristo muriendo en la Cruz con la manifestación de su triunfo resucitando. Esta es nuestra esperanza: que la muerte ya no tiene la última palabra. Pero este Cristo glorioso sobre la Cruz también nos transmite la idea de que nosotros, antes de resucitar, deberemos afrontar con esperanza el dolor humano, que no nos ha sido evitado, como no le fue evitado a Cristo.
La realidad es que el cristianismo nace en la Cruz, pero se fundamenta en la resurrección. Todo el amor que Cristo nos manifiesta en la Cruz se habría quedado en una simple heroicidad, en un asombroso sacrificio, si Él no hubiese resucitado, demostrándonos que su mensaje evangélico es cierto y que podemos seguir contando con Él "todos los días hasta el fin del mundo".
La Cruz me enamora, me infunde la caridad; pero es la resurrección en lo que se fundamenta mi fe y mi esperanza.





miércoles, 27 de mayo de 2026

La vida terrenal (2)

Continuando con la entrada anterior, vemos que el mensaje evangélico siempre se refiere a la vida terrenal y, después, a sus consecuencias en la otra vida, que dependerán del comportamiento en esta. Los consejos que nos da Jesucristo son siempre prácticos, aunque algunos resulten duros de oír. Cuando nos habla del juicio, se refiere a las obras de misericordia que hayamos hecho en esta vida a los demás. Al final de la vida te examinarán en el amor, afirmó San Juan de la Cruz; y debemos aprovechar este tiempo para amar lo mejor que podamos.

La parábola de los talentos es una muestra de esto que digo. Dios no nos ha conferido nuestras facultades para que las guardemos con celo sin aplicarlas, esperando a que nos llegue el momento de subir al cielo. Nos pide que arriesguemos, que las utilicemos, aunque nuestra naturaleza humana nos aboque al pecado; como Dios mismo arriesgó al crearnos con la libertad de poder rechazarlo y pecar. Si así lo hizo será porque merece la pena.

Otro pasaje evangélico que secunda mi afirmación es el de la transfiguración del Señor. Los apóstoles estaban como en el cielo y por eso se ofrecen a hacer tres tiendas para quedarse siempre allí, disfrutando de ese momento de gloria. Pero este no es el destino del hombre en la tierra. La visión de la transfiguración desaparece y ellos tienen que seguir con su vida ordinaria. Lo mismo ocurre tras la ascensión de Jesucristo al cielo: unos ángeles les preguntan: "varones de galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?". Es una manera de reprocharles que están perdiendo el tiempo, que ellos tienen que seguir con su tarea. El hombre puede tener momentos de exaltación espiritual, incluso éxtasis, pero estos son la excepción en la vida terrenal.

No podemos vivir como si estuviésemos en el cielo, ya que estamos en la tierra. Ni siquiera las vocaciones contemplativas de los monasterios, que se separan de la vida del mundo, pueden ignorar que están en su vida terrenal y deben comportarse como tal dentro de sus circunstancias: amar y servir a Dios y a los hermanos; aunque sea a distancia.

Quiero aprovechar mi vida terrenal para hacer eso que únicamente el ser humano puede hacer: amar a pesar de mi debilidad, de mi naturaleza caída que me incita al pecado, que no es otra cosa que el egoísmo. 

Quiero ser avaricioso de tiempo para poder ejercer ese amor el mayor tiempo posible, para compensar los muchos momentos que derrocho siendo egoísta. 

Y luego en la continuación eterna de la vida, disfrutar de la intensidad de amor que haya sido capaz de alcanzar; porque una vez le oí decir a un sacerdote santo y sabio que en el cielo el que más disfruta no es el que ha pecado menos, sino el que ha amado más.

¡Pues eso!



sábado, 23 de mayo de 2026

La vida terrenal

Siguiendo con la idea de mi anterior entrada, quiero insistir en que me parece que para un cristiano --y quizá para cualquier hombre-- la vida temporal en la Tierra es muy importante y determinará el resto de su vida eterna. De algún modo, pretendo elevar a la categoría de "dogma" el refrán español que dice "a Dios rogando y con el mazo dando", o "hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra". Si pensamos que lo importante es la eternidad y que esta vida es un simple pasaje que hay que superar, estaríamos desperdiciando lo que constituye nuestra propia naturaleza: somos seres racionales que debemos actuar --y actuar bien-- mientras dure nuestra vida temporal.

Esta es mi opinión, pero creo que tiene cierta base teológica.

El primer indicio lo encontramos en la propia vida de Jesucristo: ¿Por qué el Mesías pasa treinta años en la tierra sin mostrarse a su sociedad ni predicar? La única justificación es que el hombre fue creado para esto, para vivir normalmente. Por supuesto, cumpliendo las normas divinas, como lo hizo Cristo durante esos treinta años. Pero si tener que hacer nada especial hasta que en las bodas de Caná hizo su primer milagro y se reveló al mundo.

Por cierto, no eligió el Templo, ni la sinagoga para hacer su primera revelación, sino un banquete, la unión civil y religiosa de dos personas, la fundación de una futura familia: ¿hay algo más humano y terrenal que esto? Pues Jesús quiso bendecirlo no con agua, sino con abundancia de vino, porque la alegría también es muy humana; y Cristo vino a la Tierra para mostrarse como verdadero Dios, pero, sobre todo, como verdadero hombre que vivía su vida terrenal.