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domingo, 7 de diciembre de 2025

Acciones espirituales del hombre

La realidad de que el ser humano tiene una dimensión espiritual, se constata por su memoria, inteligencia y voluntad; pero también realiza otras funciones espirituales que le convierten en una criatura cualitativamente superior a cualquiera de las otras. Veámoslas:

El hombre es el único animal que posee un lenguaje simbólico[1]: Los animales suelen expresar algunas sensaciones básicas mediante algún tipo de lenguaje, ya sea sonoro o corporal: miedo, amenaza, cortejo, etc.; pero en modo alguno han elaborado un lenguaje sobre conceptos abstractos ni utilizan símbolos que deban ser interpretados; y, por supuesto, carecen de escritura o expresión gráfica.

A lo largo de la Historia, el hombre ha demostrado que es capaz de progresar con su esfuerzo y su ingenio. El progreso[2] también es algo exclusivo del hombre. Los animales pueden modificar su conducta basándose en su experiencia, incluso pueden adaptar el entorno a sus necesidades (los nidos de los pájaros son un buen ejemplo); pero esto no significa que progresen. Las abejas y las hormigas constituyen sociedades altamente organizadas que construyen elementos muy elaborados; pero no han progresado como especie: siguen haciéndolo igual que hace miles de años.

Quizá la que mejor se identifique como una actividad espiritual sea el Arte[3]porque no tiene utilidad material alguna para la vida del sujeto, por lo que los animales no emplean esfuerzos en esto. El arte es una manifestación de las aptitudes del hombre que se realiza por el mero hecho de mostrarlas. Y esto es así, incluso cuando las circunstancias vitales del hombre son difíciles y debería  emplear su esfuerzo en asegurarse el sustento y el cobijo. Las pinturas rupestres que aparecen durante el Paleolítico —hace 40.000 años— y que se extienden por todo el planeta evidencian el impulso artístico del hombre incluso cuando todavía no tiene dominada ni la agricultura —que aparece hace unos 12.000 años— ni la ganadería —que data de hace 9.000 años— que le aseguren su subsistencia. El arte, es algo desvinculado de la mera materia y nunca hubiese formado parte de un proceso evolutivo natural, por su irrelevancia con respecto a las necesidades y la perpetuación de la especie. No obstante, se puede afirmar que el arte tiene una utilidad que transciende la mera materialidad del hombre.

Otra manifestación de la dimensión espiritual del hombre es la moral. La ética, entendida como los principios y valores que rigen un comportamiento. Los animales siguen sus instintos y esto les puede llevar a acertar en su conducta o equivocarse; pero nunca se plantearán si sus actos han sido buenos o malos con respecto a sí mismos o al resto de la especie. El ser humano es el único que se plantea si un acto, realizado en su provecho, es bueno para los demás —incluso para el entorno natural— o es perjudicial. Incluso puede plantearse la corrección ética de realizar únicamente actos que le deparen un provecho propio.

Dejamos para el final la que es en sí misma una manifestación espiritual: la religión, entendida como las creencias o el sistema cultural que, mediante diversos ritos, intenta poner en contacto al hombre con lo trascendente o sobrenatural. En los animales no hay ningún comportamiento que intente conectarlos con lo sobrenatural, ni siquiera instintivamente. En el hombre, la religión como manifestación espiritual se ha producido a lo largo de toda su historia y en la totalidad de las áreas geográficas y culturas. En la actualidad, la era de la ciencia y la tecnología, se mantienen las religiones en todo el planeta, aunque las creencias y ritos difieran mucho unos de otros[4]; pero en todo caso pretenden un contacto con los sobrenatural; y en la mayoría de las religiones se cree en la permanencia del individuo después de la muerte corporal, como lo demuestra el desarrollo desde tiempos prehistóricos de los ritos funerarios.

Un comportamiento exclusivo del hombre es el hecho de que esté dispuesto a dar su vida en defensa de una idea. Un animal puede arriesgar su existencia para defender a sus crías o al resto de la manada; pero ninguno lo haría sin que un peligro físico se lo exigiese. El hombre, desde tiempos ancestrales, ha entregado su vida por sus ideales, su patria, su honor y otros motivos que en nada tienen que ver ni con la subsistencia material ni con los instintos. De este modo, el hombre muestra su convencimiento de que hay principios más valiosos que la propia vida, poniéndola en riesgo por defenderlos. Esta valentía podría potenciarse por el convencimiento de que perdiendo la vida no lo pierde todo, porque su parte espiritual persistiría.


[1] El lenguaje simbólico es la forma de comunicación que usa signos para expresar mensajes. [2] El progreso es un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana (Wikipedia) [3] El arte es la actividad o producto realizado con una finalidad estética y también comunicativa, mediante la cual se expresan ideas, emociones y, en general, una visión del mundo, a través de diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros, corporales y mixtos (Tatarkiewicz). [4] Se estima que en el mundo hay 4.200 religiones. Según un estudio del Pew Research Center de 2017, en torno al 77% de la población mundial practica alguna religión: cristianismo, el 31%; islam, el 24%; hinduismo, el 15% o budismo, el 7%; y un 0,2% el judaísmo. El 16% de la población mundial no tiene afiliación religiosa [https://elordenmundial.com/cuantas-religiones-hay-mundo/]

domingo, 30 de noviembre de 2025

El principio espiritual del hombre

Si el hombre puede realizar funciones no materiales es porque dispone de un principio espiritual al que llamamos alma. Al no ser material, tiene que haber sido infundida espiritualmente por Dios en el momento en que el cuerpo comienza a existir. Las principales facultades del alma son la memoria, el entendimiento y la voluntad. Las dos primeras podrían considerarse como comunes a otros animales evolucionados, pero si las analizamos detenidamente vemos que en el hombre tienen características distintas y muy superiores.

Memoria[1] y entendimiento[2]: Los animales poseen cierta memoria más o menos amplia. Por otra parte, sus instintos les permiten adaptar su conducta según su experiencia y aplicarlo cuando los sucesos y las circunstancias se repitan. Esto es lo que nos permite amaestrarlos: aprenden que recibirán un premio o un castigo según se comporten. Pero en modo alguno alcanzan un conocimiento intelectual que les permita analizar las causa y efectos de sus actos o de los acontecimientos de su entorno, para poder aplicar este conocimiento en circunstancias distintas. En el hombre, la memoria no es solo un recuerdo automático, sino que puede provocar sentimientos o condicionar la actuación. El entendimiento humano permite sacar conclusiones de las experiencias, averiguar sus causas y aplicar el conocimiento en circunstancias distintas. Es lo que permite el progreso.

Pero la tercera facultad del alma, la voluntad, es exclusiva del hombre, sin que tenga ningún tipo de reflejo en el animal. Es la facultad que le otorga la libertad y le permite autodeterminarse

Voluntad[3]: El animal está vinculado al instinto de su especie y debe seguirlo ciegamente ante cada circunstancia. El instinto procura la mejor adaptación a la naturaleza del animal y la preservación de la especie. Por el contrario, el ser racional, el hombre, no está sometido al instinto, aunque también lo tiene, sino que puede eludirlo e incluso oponerse a él y seguir un camino dañino para él mismo o la especie. Esta capacidad de autodeterminarse mediante su voluntad es exclusiva del hombre. El hombre puede usar esta libertad que le ofrece su voluntad de muchas formas, pero la más extraordinaria y opuesta a la actividad instintiva de los demás animales es su capacidad de amar: la decisión  de buscar el bien de otro por encima del bien propio. Por desgracia, otros usos de esa libertad, como la autodegradación y el suicidio, también son prueba de que la voluntad humana está independizada de su instinto.

Pero no son estas las únicas funciones espirituales que distinguen al hombre del resto de animales, elevándolo a una categoría intrínsecamente superior: el lenguaje simbólico, el progreso, el arte, la ética y la religión son manifestaciones espirituales que no se dan en los animales y que hacen del hombre ese ser tan especial. Lo veremos en siguientes entradas.



[1] La memoria es una capacidad mental que registra, retiene y recupera información del pasado, como imágenes, ideas, sentimientos o experiencias. [2] El entendimiento es la capacidad humana de comprensión, asimilación y procesamiento de información, ideas o conceptos. [3] La voluntad es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta (RAE). La voluntad es el apetito racional que tiende de modo natural a lo que la inteligencia descubre como bueno, superando los estímulos de agrado y desagrado, para descubrir otras dimensiones en los objetos.

martes, 10 de marzo de 2020

El Verbo Divino, La Palabra.

Dice el comienzo del evangelio de San Juan que al principio existía El Verbo, La Palabra. A Dios se le designa en el cristianismo con este término: La Palabra. Y es curioso que sea precisamente la palabra, las palabras, las que vengan a demostrar (de un nuevo modo) la existencia de La Palabra. Me explico:
La semiótica (la ciencia que estudia los signos, la escritura) no puede explicarse sin pensar en que existe una mente detrás que ha creado las palabras con esos signos y que es capaz de entenderlas cuando las lee. El significado de los signos (valga la redundancia), no puede ser casual, aleatorio; el lenguaje no puede explicarse en base a meras leyes físicas y químicas. 
Si vemos una palabra escrita en la arena de una playa, no pensamos que ha sido un cangrejo que al andar erráticamente ha construido esos signos. Sabemos con certeza que un ser inteligente la ha escrito con la intención de que otros seres inteligentes la lean y la entiendan. Es decir: ha querido transmitirnos una información o un sentimiento. Entonces, la palabra más larga que existe, el ADN, el código genético, 3.500 millones de letras perfectamente ordenadas, ¿sí puede explicarse con física y química? ¿deriva de cambios aleatorios no guiados? No sería más razonable pensar que alguien inteligente la ha escrito para que las células vivas puedan interpretarla (por cierto, la ciencia no ha podido explicar cómo "leen" y aplican su código genético las células... deben ser más listas que nosotros).
La información es algo distinto de la física y la química, no se puede reducir a movimientos de partículas elementales. La información, no sólo es interpretada correctamente por alguien distinto de quien la produjo, sino que incluso puede provocar sentimientos. La información se plasma sobre la materia (un libro) pero no es material y puede generar actividad inmaterial, sentimientos (quizá porque la información es la forma de comunicarse las almas, no los cuerpos).
Esta realidad está haciendo tambalearse muchas teorías materialistas y cosmovisiones ateas del universo.
Las palabras no pueden explicarse sin una inteligencia que las produzca inteligencia: ¿será por esto por lo que Dios se denomina a sí mismo la Palabra?
Todo procede de la nada o todo procede de Dios: ¿qué es más difícil de creer?

domingo, 8 de marzo de 2020

¿Han enterrado los científicos materialistas a la Ciencia?

Si Dios no existe, todo razonamiento tiene que ir de abajo hacia arriba: de la persona hacia las cosas. Las conclusiones del cerebro humano no son sino movimientos aleatorios de las partículas fundamentales que lo forman. Entonces, ¿cómo fiarme de las conclusiones?
Pero, el entendimiento, la memoria y la voluntad, no parece que sean casuales. Estas potencias del alma -a decir de los cristianos-, no parecen casuales. Nuestro entendimiento llega a conclusiones similares para problemas similares: la respuesta nunca es casual. La memoria va almacenando información, que aflora bastante ordenada cuando la necesitamos, sólo se nos presenta aleatoriamente en los sueños. La voluntad suele seguir también pautas definidas, según el carácter y el temperamento de cada persona. 
Entonces, si la mente humana no es algo simplemente físico, la ciencia no puede explicarla, porque la ciencia sólo explica lo material. Y si no puede explicarla, tampoco podemos aceptar las conclusiones del naturalismo evolutivo: que todo ha evolucionado por casualidad.
los auténticos científicos (aquellos que no recurren a la casualidad para explicar lo que no entienden) están empezando a enterrar al ateísmo, como modo de evitar el enterrarse a sí mismos. Porque para hacer ciencia se necesita una base de racionalidad, creer que existen leyes para ser estudiadas; y el ateísmo (con su aleatoriedad) la destruye: si el cerebro es mera química, no es fiable.

jueves, 1 de noviembre de 2018

No vamos a salir vivos.

Sigo con la entrada anterior y de la importancia de tener presente en esta vida terrena nuestra vida espiritual. Es decir, no quedarnos sólo en la visión material, y dejar para la otra vida el trato con Dios, sino frecuentar ésta ya "entre los pucheros" como decía Santa Teresa de Ávila.

A raíz de todo esto, me he acordado de lo que dice mi amigo Paco a sus conocidos cuando los ve demasiados preocupados y agobiados por las cosas de este mundo:

- No sé por qué te preocupas tanto de esta vida, si no vamos a salir vivos de aquí.

Efectivamente, nuestro cuerpo, la parte material de esta vida -que es bien corta- no va a salir viva de aquí, por mucho que nos preocupemos...

Con esta broma, quiero hacerte ver la necesidad de ir compaginando ya aquí nuestros actos materiales con los espirituales que realizaremos en la otra vida... Es lo único que nos podremos llevar para allá.

viernes, 20 de julio de 2018

La voluntad de Dios es nuestra norma; pero la conciencia individual es inviolable.

Siguiendo con lo expuesto en la entrada anterior, la dignidad de cada alma es tan alta, que sólo puede juzgársela atendiendo a su propia conciencia.
Es cierto que no se puede despreciar ni una tilde de la Ley, pero la Ley al final no es lo importante; lo importante es la actitud con la que actuamos. Y en esto, la Ley de Dios es totalmente distinta a la Ley o justicia humanas, que se fija únicamente en los actos externos y sus consecuencias. Para Dios, lo importante es que hayamos actuado según nuestro conocimiento del bien y el mal; y que lo hayamos hecho por amor a Dios y al prójimo.
Porque, en definitiva, lo que a Dios le importa es la medida de nuestro amor, no la eficacia en cumplir sus normas. si así lo hubiese querido, entonces no habría creado hombres, sino máquinas perfectas sin posibilidad de error... y carentes e todo cariño.

domingo, 8 de julio de 2018

Importa la vida eterna; pero ésta se consigue en esta vida


¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? 
Evidentemente, lo importante es disfrutar toda la eternidad en el cielo de la presencia y el amor de Dios. Pero este mismo Dios ha querido que ese disfrute nos lo ganemos durante nuestra vida temporal: nos pide nuestro amor, cuando todavía no podemos ver completamente el suyo. Y nos lo ganamos con nuestra actitud, porque en realidad el cielo es un mero regalo de Dios, que nunca podríamos alcanzar con nuestra solas fuerzas.
Por esto, en la vida cristiana, existe la oración y la acción, la meditación y el trabajo; y lo correcto no es rezar un poco y trabajar otro poco; sino que lo perfecto es alumbrar toda nuestra acción con la oración: en definitiva, mantener lo más posible a lo largo de nuestra vida esa presencia del Dios que nos ama y al que pretendemos amar. 
Si actuásemos así no sólo nos estaríamos ganando el cielo durante nuestra vida terrena, ¡es que ya lo estaríamos viviendo!

jueves, 3 de noviembre de 2016

El estiércol

Recientemente he leído una idea que me ha resultado especialmente positiva y esperanzadora(1).
El mal en nuestra vida es algo que se queda allí, descomponiéndose, pudriéndose; y esto es algo que puede llevar a la desesperación a quien tiene un pasado de pecador. Incluso puede parecer una rémora para los que, sin ser pecadores empedernidos, no acabamos de superar nuestros defectos, cayendo una y otra vez en los mismos pecados y faltas.
Pues bien, la idea que he leído es que toda esa podredumbre es lo que produce un terreno magníficamente abonado para que después pueda crecer en él todo lo bueno que queramos sembrar y dará magníficos frutos. El estiércol acumulado en nuestra vida, ¡no es un obstáculo, sino un trampolín para cambiar y dar frutos!
¿Demasiado optimista? Pues también me lo pareció a mí al principio, hasta que recordé que la idea ni es nueva ni de ningún teólogo. La idea la expuso por primera vez el propio Jesucristo, y al menos en dos ocasiones:

  •  Cuando la pecadora entra en casa del fariseo para ungirle los pies y todos se escandalizan porque se deje tocar por una prostituta, Él se defiende diciendo "ésta ha amado mucho porque se le ha perdonado mucho: al que más se le perdona, más ama". Podría haber dicho que se le perdonaban los pecados porque amaba; pero lo dijo exactamente al revés: el amor proviene del perdón. Y entonces podríamos decir que sin perdón no hay amor. Y para que haya perdón es necesario que haya habido ofensa. Es decir, el pecado es la base del amor...; es la base para que se despierte un gran amor... 
  • En otra ocasión Jesucristo afirma: "hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que no necesitan convertirse". De nuevo la base de la alegría es el pecado...
No son mis palabras, sino la Sagrada Escritura la que afirma que sobre un terreno abonado con pecados nace el amor y la alegría... Eso sí, una vez sembrado con arrepentimiento.
Me parece una idea esperanzadora para los que tenemos que arrepentirnos con demasiada frecuencia.



(1) En el libro MAS FUERTE QUE EL ODIO del autor TIM GUENARD, cuya lectura recomiendo porque es un claro ejemplo vivo de lo que digo.

miércoles, 29 de octubre de 2014

City of Angels

En la película City of Angels (Nicolas Cage y Meg Ryan) puedes escuchar esta explicación del llanto: ...el llanto es consecuencia de la emoción; cuando el espíritu es más fuerte que el cuerpo -la materia-, éste se resiente y reacciona excitando las glándulas lacrimales, que fisiológicamente solo deberían servir para lubricar los ojos. 
Cuando el alma asume el control del cuerpo, las reacciones de ésta ya no se corresponden con las funciones fisiológicas, sino que éstas pueden alterarse; y estos cambios son como la manifestación de que en el alma pasa algo. El llanto es la manifestación del alma humana en el cuerpo, y éste tiene que "lubricar esa fricción" que se produce entre lo espiritual y lo material...
Yo añadiría que la sonrisa, la risa y la carcajada, que tampoco responden a ninguna función fisiológica, también son manifestación del alma en el cuerpo.
Ni llorar, ni reír son cosas de niños, sino de humanos adultos "con mucha alma"...

domingo, 20 de enero de 2013

Tus pecados te son perdonados (2)

Como ya vimos en la anterior entrada con este mismo título, Jesús nos perdona los pecados quizá cuando nosotros esperabamos de El otra cosa; quizá esperábamos que nos ayudase con nuestras dificultades o nos curase una enfermedad; pero El "sólo" nos perdona...
 
Es curioso cómo atribuimos a Dios todas las funciones menos la que le es más propia. Le consideramos nuestro médico o nuestro asesor personal o incluso nuestro adivino de los sorteos de la lotería; y no nos damos cuenta de que Dios es fundamentalmente "nuestro Dios"; es decir, Aquél que nos ha creado para que seamos felíces amándole; y para esto, el perdón es mucho más importante que la salud, el éxito y, por supuesto, el dinero.

Porque la función primordial del hombre -aquello para lo que ha sido creado- es estar en Dios; y el pecado le separa de Dios... Lo principal del hombre no es tener salud, ni techo, ni comida, ni trabajo: lo principal es estar en Dios y eso nos lo ha traído Cristo redimiéndonos; es decir, regalándonos el perdón de nuestros pecados.

Pero no debemos confundirmos. Precisamente por nuestra dignidad de hijos de Dios, que es consecuencia de nuestra trascendencia espiritual, debemos respetar también nuestra dignidad inmanente, como hombres creados y con necesidades materiales que debemos satisfacer. Ningún hombre puede consentir que su prójimo carezca de lo necesario; y mucho menos con la excusa de que eso no es lo fundamental para su salvación. Sólo Dios puede decidir cuándo un hombre ha de prescindir de lo conveniente, incluso de lo necesario, para acercarse más a Él; el hombre siempre ha de buscar el bien, material y espiritual del prójimo, sin excepción.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La muerte para los no creyentes

Sigo con mis reflexiones de la entrada anterior.
Los no creyentes, también tienen miedo a la muerte; y en muchos casos más que los creyentes. De hecho, cuanto más secularizada está una sociedad, menos se puede hablar de la muerte en público.
Volvemos a dejar aparte el comprensible miedo al color o al sufrimiento de los seres queridos. Pero además de éstos, los no creyentes también tienen miedo a la muerte en sí misma, y esto ya no es comprensible. Para alguien que no cree en la vida eterna, la muerte es un punto final del que no debería preocuparse, ya que ningún bien o mal puede depararle. Pero no es así, el miedo a ese punto final persiste irracionalmente. No creo que sea una mera cuestión de instinto, que lógicamente aflora en situaciones de peligro, ya que el miedo persiste cuando el tema se suscita en momentos en los que no existe peligro alguno.
¿Por qué coinciden en esto los creyentes y los no creyentes?
Pienso que, en ambos casos, el miedo no es al trance, ni a lo que se deja, sino a lo que se debe afrontar al llegar al más allá. Por supuesto, los creyentes saben que deberán afrontarlo –y deberían prepararse para ello, manteniendo una vida lo más cerca de Dios posible-; pero creo que los no creyentes tienen una duda tan intensa sobre la posibilidad de tener que afronta la presencia de un Dios que les ha creado y mimando en esta vida y a quién ellos ni siquiera han reconocido, que esa mera duda ya les produce terror. Y además, en su caso es más difícil refugiarse en la misericordia de un Dios en el que no creen.
Todo esto me reafirma en mi creencia de que tanto la vida como la muerte son más fáciles para el creyente.  

viernes, 2 de noviembre de 2012

El miedo a la muerte

Hoy, tras la fiesta de todos los santos de ayer, es el día de todos los difuntos. Es decir, de aquellos que ya dejaron este mundo y todavía no están en el Cielo; porque si ya estuviesen, serían santos, declarados o no. Y este es un día que nos recuerda la muerte, ese trance por el que todos hemos de pasar; y del que prácticamente no se puede hablar porque produce cierto terror en toda la cultura occidental.
¿Qué supone la muerte para los creyentes? Pues para un cristiano, la muerte es el trance mediante el cual se separan temporalmente alma y cuerpo: el cuerpo se pudre aquí en la tierra y el alma se enfrenta a su juicio particular. ¿Por qué habría de darnos tanto miedo este trance a los que esperamos una vida mejor? Por supuesto, existe un miedo fundado a que el trance sea doloroso o traumático; y esto es comprensible. También sería comprensible estar preocupado por lo que les ocurrirá a nuestros seres queridos, si dependen de nosotros para solventar sus necesidades fundamentales. Pero yo observo que el miedo a la muerte persiste aún cuando no se prevean ni dificultades para los deudos ni un trance doloroso. Y llego a la conclusión de que si se esperase llegar a la presencia de Dios y gozar infinitamente de su gloria, el miedo no estaría en absoluto justificado; luego la mayoría de los creyentes tiene miedo a enfrentarse a un juicio del que no saldrán demasiado bien parados. Y esto también es muy comprensible, porque todos tenemos suficientes pecados como para que nos pese –y mucho- verlos todos juntos el día del Juicio.
Quizá, si tuviésemos tan presente la misericordia de Dios como nuestros pecados, el miedo disminuiría mucho; y, sobre todo, debemos tener la firme esperanza de que Dios no dejará condenarse a nadie que realmente quiera unirse a Él, por mucha que sea su debilidad. Eso sí, contemplar la bondad de Dios y nuestra mísera condición y recordar las veces que le hemos dado la espalda, nos puede hacer pasar por un mal trago en el purgatorio; pero siempre tendremos la certeza de que es algo temporal y que nos espera toda una eternidad de felicidad junto a Dios.

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Buenas personas?

El Cristianismo no es un camino para llevarnos a ser “buenas personas”; el Cristianismo pretende hacernos perfectos, aunque nunca lo logremos en esta vida. Ya comenté en una entrada antigua [el jardín del alma] que nuestra vida espiritual se parece a un jardín: no basta con que no haya cardos, sino que debe tener flores hermosas y olorosas. Por lo mismo, no basta con que el cristiano se limite a no “hacer mal a nadie”, sino que es necesario que haga el bien, mucho y a muchos. Y creo que es esta falta de obras buenas, positivas, lo que hace sospechar del cristianismo a lo que nos ven desde afuera.
En este sentido, tan lejos está de la perfección el que se limita (quizá como postura vital más cómoda) a “ser buena persona” que el que no tiene escrúpulos para aprovecharse de los demás: ninguno de los dos colabora al bien. Por supuesto, desde un punto de vista simplemente ciudadano, siempre es mejor no hacer mal a los demás; pero esta postura cómo da a veces nos lleva a consentir injusticias que deberíamos tratar de evitar; y en estos casos, nuestra omisión se parece mucho a la acción mala de los demás.
Y desde el punto de vista espiritual, todo hombre alejado de Dios y anclado en una postura egoísta con respecto a los demás, está muy lejos de su perfección como ser humano.
Lo que Cristo pretendió con su encarnación y su mensaje fue transformar al hombre en una criatura nueva, incardinarla en Dios; y esta transformación puede ser más fácil y profunda en los que llevan una “mala vida”, que en los que nos conformamos con “no hacer mal a nadie”. El Evangelio está lleno de ejemplos del empecinamiento de los buenos y el arrepentimiento de los malos.

jueves, 8 de julio de 2010

El hambre de las almas

Los cristianos tenemos el alimento que puede saciar el hambre de todas las almas; y en vez de distribuirlo entre todos, lo tenemos retenido en almacenes húmedos, sin valorarlo como se merece y permitiendo que se corrompa.
No me estoy refiriendo ahora al hambre corporal (que sí tratamos de aliviar en la medida de nuestras posibilidades), sino al espiritual, que tenemos totalmente olvidado. Y tampoco me estoy refiriendo específicamente a la Eucaristía. Me refiero al mensaje evangélico que Cristo nos dijo que ensenásemos a todas las gentes.

Nos preocupamos mucho por mejorar las condiciones materiales de nuestros hermanos; y nos olvidamos de que lo principal para un cristiano es difundir el mensaje evangélico; lo otro, la ayuda material, bien la pueden proporcionar muchos filántropos aunque sus almas también pasen hambre. Pero la ayuda espiritual sólo la puede prestar quien antes la ha recibido y aceptado.

Escamotear a los demás el mensaje evangélico, la solución cristiana para el mal del hombre, es el mayor pecado del creyente. Y lo malo es que dejamos de difundir nuestro mensaje porque pensamos que sería ridículo proponer a un mundo pagano y materialista soluciones espirituales; y son precisamente éstas las que necesitan y están esperando de nosotros.

La Historia, y en definitiva Dios, nos juzgara por esta omisión que ha permitido el extravió de la humanidad.

martes, 9 de marzo de 2010

El alma de los seres vivos.

¿Que es la vida? Esta es una de las muchas respuestas que la ciencia no ha sabido darnos: no existe una definición de vida que sea aplicable a la totalidad de los seres vivos. ¿Por qué a algo que cambia totalmente a lo largo de su existencia, se le considera que es un mismo ser? ¿Qué es lo que le mantiene en la identidad, cuando han cambiado todos sus elementos? ¿Por qué el bebé y el anciano -tan diferentes- son la misma persona? ¿Y el gusano de seda y la mariposa?

Los filósofos tratan de explicarlo diciendo que toda vida está ligada a un alma, que es lo permanente aunque lo material cambie. Por supuesto, hay alma vegetal, alma animal y alma humana.

Hasta aquí la filosofía... ahora empezaré a divagar...

En el caso de los seres vivos en general, sería Dios mismo su alma, quien les da forma y los mantiene en su ser a lo largo del tiempo. Sin embargo, en el caso del hombre ha querido ir más lejos. Por supuesto, nuestra alma es parte de Dios, como cualquier otra criatura que sin Él no recibe el ser (en Él somos, nos movemos y existimos); pero nos ha querido crear a su imagen y semejanza. Y como lo propio de Dios es la libertad -no está condicionado ni determinado por nada-, ha querido crear esa alma libre, con voluntad independiente. De un modo que no podemos llegar a entender (aunque estemos en Dios), nuestra alma puede decidir libremente permanecer en la vida divina o separarse de ella. Dios ha querido mantener en la existencia al hombre que rechaza s Gracia, al que le vuelve la espalda y rechaza la vida divina; a pesar de esto, siguen vivos tanto su cuerpo como su alma. Pero al alma que no está unida a Dios le falta lo fundamental; ese hombre se convierte en una naturaleza incompleta, separada de su Creador ya no es la naturaleza diseñada por Éste. Y Bien podemos decir que la naturaleza humana separada de Dios es incluso inferior a la de los animales o plantas, que siempre permanecen en Él, fieles a su naturaleza.

Hay quien dice que no existe el infierno. ¿Es que puede haber peor infierno que descubrir -en la otra vida- las consecuencias de tan garrafal error? Éste es el infierno: lamentar eternamente la eterna separación de Dios.

lunes, 15 de octubre de 2007

El jardín del alma

Otra de las equivocaciones al presentar el Cristianismo a personas que se acercan a conocerlo, es empeñarse en hacerles un catálogo de cosas que deben evitar. Me explicaré con otro ejemplo.

Ahora nos tenemos que imaginar que nuestra alma es como un jardín: en esa tierra pueden crecer tanto las flores más bonitas como los cardos y malas hierbas.

Si nos dedicásemos exclusivamente a arrancar las malas hierbas y cortar los cardos, conseguiríamos un terreno limpio, pero no un jardín. Si cultivamos flores preciosas, pero no eliminamos las malas hierbas, el jardín no podrá lucir y éstas acabarán marchitando a aquéllas. El ideal es hacer ambas cosas: cultivar lo bonito y arrancar lo feo.

Así pasa en nuestra alma: si sólo nos limitamos a evitar los pecados y cumplir rutinariamente las normas, tendremos un alma limpia pero no hermosa. Por otra parte, pretender hacer obras buenas sin evitar el pecado sería un absurdo que nos llevaría a tener un alma aborrecible.

Quizá la táctica más acorde con el mensaje evangélico sea cultivar activamente las obras buenas y esforzarnos para eliminar las malas obras en cuanto aparezcan; pero teniendo muy claro que lo importante es lo primero. Dedicarse obsesivamente a luchar contra el pecado no tendría sentido si simultáneamente no cultivamos las obras buenas: tener un terreno limpio en el que no lucen ni el amor a Dios ni el amor al prójimo, podrá ser filantropía, pero en ningún caso será cristianismo.

Santa Teresa de Jesús lo explicaba en sus memorias: la lucha debe ponerse entre hacer el bien o hacer un bien mejor... el que así actúa ya tratará de rechazar el mal.


lunes, 7 de mayo de 2007

El Alma del Mundo

Sigo con la Carta a Diogneto, porque creo que debemos volver la vista a esos tiempos remotos, que tanto se parecen a los actuales en los que se pretende volver oficialmente al paganismo.

...lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos
en el mundo.

El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo,
y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo.

El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo.

El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible.

La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, solo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, solo porque renuncian a los placeres.

El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en una prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo.

El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la
inmortalidad en los cielos.

El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen
sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no seria licito para ellos desertar.

¡Qué mal está el mundo actual!

Pero, ... ¿no será que tiene el alma enferma?; ese alma que debemos ser nosotros...

lunes, 4 de diciembre de 2006

Cultivar nuestra alma

Nuestra alma es como un campo: en esa tierra pueden crecer tanto los cardos y malas hierbas como las flores.
Si nos dedicásemos exclusivamente a arrancar las malas hierbas y cortar los cardos, tendríamos un terreno limpio, pero no un jardín. Si cultivamos flores preciosas, pero no eliminamos las malas hierbas, el jardín no podrá lucir.
El ideal es hacer ambas cosas: cultivar lo bonito y evitar los cardos.


Así pasa en nuestra alma, si sólo nos limitamos a evitar los pecados, tendremos un alma limpia; pero no hermosa. Por otra parte, pretender hacer obras buenas sin evitar el pecado sería un absurdo que nos llevaría a tener un alma aborrecible. Quizá la táctica más acorde con el mensaje evangélico sea cultivar activamente las obras buenas y estar atentos a eliminar las malas obras en cuanto aparezcan. Dedicarse obsesivamente a luchar contra el pecado no tendría sentido si, simultaneamente, no cultivamos las obras buenas.

Santa Teresa de Jesús explicaba cómo debe ser el cultivo del alma en una de sus memorias:


"Qué fácil resulta librar el combate entre el bien y el mal y decidirse a favor del bien; pero cuando nos debatimos interiormente entre el bien y lo que es un bien mejor, la situación es enteramente otra".

Nuestra preocupación debe situarse en el nivel de elegir entre los mejores bienes (cultivar las flores más hermosas), dando por descontado que rechazaremos el mal (arrancaremos los cardos) en cuanto se presente.


jueves, 9 de marzo de 2006

¿Dónde está el alma?

Una de las excusas más tontas para no reconocer la espiritualidad del ser humano es que la biología todavía no ha encontrado dónde se sitúa el alma humana. Y digo que es una excusa tonta porque si pudiésemos situarla en alguna parte concreta del cuerpo humano, entonces ya no sería el principio espiritual del hombre, sino parte de su organismo material.

No obstante, no suelo rendirme fácilmente ante los retos; y creo que puedo decir dónde se encuentra el alma humana. Voy a ello:

Si nos dan un golpe en una pierna, enseguida notamos dolor en el sitio en el que nos han golpeado. Quizá, si no fuese por el dolor, ni siquiera seríamos conscientes de esa parte de nuestro cuerpo. Esto ocurre especialmente con nuestros órganos internos: si no nos duelen, ni nos acordamos de que existen.

Pues bien, si nos dañan el alma insultándonos, atentando contra nuestra dignidad o la de nuestros seres queridos, enseguida nos duele...; y muchas veces es un dolor más intenso que el que poduce un golpe o una enfermedad. Otras veces lo que duele es el amor o el desamor...
¿Dónde nos duele? Desde luego no es una parte concreta del cuerpo, aunque se nos encoja el estómago; pero nos duele... de esto estamos seguros. Lo que ocurre es que cuando el golpe lo recibe nuestro espíritu, lo que nos duele es el alma... Ya sólo tenemos que determinar dónde nos duelen el amor o las humillaciones, para saber dónde está el alma... ; pero lo que es seguro es que tenemos alma, porque a veces nos duele... y mucho.

lunes, 3 de octubre de 2005

¿Quién ha creado nuestra alma?

Si te paras a pensar un momento, reconocerás que en muchas ocasiones de tu vida actúas siguiendo un sentimiento: amor, odio, deseo, tristeza, inquietud, miedo etc. Eres perfectamente consciente de que tu persona no se reduce a un mero organismo biológico en el que se producen complejas actividades metabólicas: además del hambre, el dolor, el frío y otras sensaciones, también te motivan -habitualmente con más fuerza- tus sentimientos, que no están determinados por tus sentidos. Nuestra memoria, nuestro entendimiento y nuestra voluntad nos incitan a hacer cosas que no tienen relación directa con nuestra situación material. En definitiva, te estoy hablando del alma humana, aquello que no queda explicado por la mera materia de nuestro cuerpo. Pues bien, una de las pruebas de la existencia de Dios la puedes encontrar dentro de ti mismo, precisamente en la existencia de tu alma: sólo un principio espiritual superior la ha podido crear. Tomo prestado de Santo Tomás este argumento, que debe comenzar con la demostración de la existencia del alma.

Para comprobar la existencia del alma humana, deberemos comenzar por averiguar si existen en el hombre manifestaciones espirituales (aquellas que no tienen partes, que no son sensibles, que superan el espacio). En caso afirmativo, dichas manifestaciones deberán provenir de un principio espiritual, no material, del hombre; y este principio sería lo que llamamos el alma.

Siete son, según Santo Tomás, las operaciones espirituales que puedes reconocer:
1ª.- El conocimiento intelectual, que se contrapone al conocimiento únicamente sensible de los animales. El humano es un conocimiento abstracto, capta la realidad en sí misma y forma los conceptos. Es capaz de captarse a sí mismo como realidad y decir: yo. La diferencia entre el aprendizaje del hombre y el instinto animal es que éste pertenece a la especie (se transmite de padres a hijos por los genes), mientras que aquél es individual y lo debe desarrollar cada hombre por sí mismo, utilizando la inteligencia.
2ª.- El lenguaje simbólico, derivado de la capacidad de conocimiento intelectual que posee el hombre: puede adjudicar un nombre a una cosa, porque capta su concepto. Los animales sólo tienen el lenguaje emotivo: manifiestan angustia, miedo, hambre, frío o celo, de la forma que les indica su instinto; pero no se transmiten conceptos.
3ª.- La libertad, que manifiesta la capacidad de autodeterminación del hombre. Los genes, la herencia, condicionan inicialmente tu forma de ser, pero en último extremo no te determinan: tu actuación concreta depende de tu voluntad. Cada hombre posee una personalidad singular e irrepetible. Por el contrario, los animales son simples copias de sus padres tanto en lo fisiológico como en su comportamiento.
La actuación del hombre no viene directamente determinada por su conocimiento sensible de las cosas, sino por su conocimiento intelectual, que es el que moverá su voluntad en un sentido (búsqueda del bien conocido) u otro. Los animales reaccionan de manera instintiva y predeterminada ante cualquier estímulo sensible: el instinto les obliga siempre a buscar su bien y evitar el mal. Por el contrario, el hombre es libre porque no está determinado ni por el bien, ni por el placer, ni por el instinto.
4ª.- El progreso, como consecuencia del conocimiento humano de las leyes que rigen la naturaleza: de este modo puede aplicarlas o eludirlas a su conveniencia. Los animales, incluso los más sofisticadamente organizados (hormigas, abejas) no han progresado en sus métodos, ya que no los adaptan a su conocimiento, sino a su instinto; su evolución, cuando existe, depende de mutaciones genéticas aleatorias.
El hombre no ha dejado de progresar desde que apareció sobre la tierra: no sólo se adapta al medio que lo rodea, sino que, en muchos casos, adapta este medio a su propia conveniencia.
5ª.- El arte, que es la manifestación del concepto abstracto de belleza y la valoración de su contemplación. Los animales únicamente hacen aquello que les resulta útil para su vida, no tienen sentido de la estética.
6ª.- La ética, consecuencia de la captación del bien en cuanto bien por parte de la conciencia humana. Esta es una actividad espiritual: los animales no tienen conciencia, sino instinto; el único bien que persiguen es la satisfacción de sus necesidades. Al contrario, el hombre al ser libre y poder elegir entre el bien o el mal, sí necesita un código de conducta por el que regirse.
7ª.- La religión, que manifiesta la tendencia del hombre al infinito, la necesidad de buscar otra meta en cuanto que una está alcanzada: la necesidad de perpetuarse y trascender esta vida. Los animales, por el contrario, se sacian en cuanto satisfacen sus necesidades vitales: ni tienen sentido de transcendencia ni se preguntan por el más allá.

Si puedes realizar estas siete operaciones espirituales es porque tienes un alma, que es tu principio espiritual. Tu alma humana no puede provenir de tus padres (que tienen cada uno su propia alma) porque el alma no es divisible (como se dividen los cromosomas). Tus padres no te han transmitido el alma como te transmitieron el color del pelo o tus facciones. Tú tienes tu propia alma (memoria, entendimiento y voluntad) independiente y distinta de la de tus padres. Luego, si no proviene de tus padres, tiene que provenir directamente de un ser espiritual superior a ellos: Dios. De esta forma, la existencia de Dios se presenta como condición necesaria a la existencia de tus actividades espirituales.

Por eso, si negamos a Dios, también tenemos que negar la capacidad espiritual del hombre, condenándolo a ser simple materia animal. Ya no existiría una moral objetiva, sino mero instinto animal; y cualquier comportamiento humano debería ser aceptado, porque el hombre no tendría más dignidad que una piedra o una oveja.

Observarás ahora que no es casualidad que la norma moral objetiva sea negada por una sociedad que se olvida habitualmente de Dios.