Aunque goce y gozo suenen tan similares, en realidad son muy distintos.
Gozar, como gozo, ocurre cuando tenemos la sensación de felicidad plena, de que no podríamos pedir nada más en nuestra vida.
Gozar, como goce, ocurre cuando nuestro cuerpo se siente placentero, derivado esto de cualquiera de sus actividades: sexo, comida, música, etc.
Habitualmente, la expresión "¡qué gozada!" suele referirse al goce del cuerpo; aunque, dicha por un místico, se podría referir al goce del espíritu.
Resumiendo, podríamos decir que el gozo es la felicidad del alma, de nuestro espíritu, porque en ese momento nuestra vida es plena, cumple sus objetivos y se dirige hacia su fin. El goce, es la felicidad del cuerpo, el placer momentáneo de cualquiera de nuestros sentidos. Suele ser efímero y ajeno al resto de circunstancias de nuestra vida.
Esta sería la interpretación psicológica y sensorial; pero tiene también una interpretación espiritual. Cuando Jesucristo dice "¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" [Mateo 16, 26]. Es decir, ¿de qué le sirve al hombre empeñarse en obtener el goce de los sentidos, la felicidad del cuerpo, si esto le impide alcanzar la felicidad del alma, la auténtica felicidad vital?
Esto no significa que cualquier goce impida el gozo; pero, si nos obsesionamos con aquel, nunca alcanzaremos este. El goce de los sentidos es parte de la naturaleza humana, creada así por Dios; y no hay nada creado que no sea bueno; en el momento y bajo las circunstancias adecuadas, ¡claro! Pero, si obtener este goce a cualquier precio nos desvía del camino de la felicidad humana, que debe abarcar alma y cuerpo, de poco nos servirán esos efímeros ratos de placer y nos veremos abocados a la tristeza del alma.
De nuevo, Jesucristo nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida [Él mismo es esas tres cosas], porque el Dios-hombre es quien mejor conoce nuestra naturaleza.
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