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jueves, 6 de agosto de 2026

Dios necesita de nuestra oración

En ocasiones se oye esta pregunta: Si Dios lo sabe todo, nos conoce y nos ama, ¿por qué es necesaria la oración para que Él actúe?

La respuesta es sencilla: porque Dios, ante todo, nos ha hecho libres. La libertad es lo único que puede conceder mérito a nuestras acciones y lo único que permite que seamos capaces de amarlo a Él y a los demás. Sin libertad, el amor resulta imposible. En esto es en lo que Dios nos creó "semejantes" a Él: en nuestra libertad, que es lo que nos faculta para amar. Si hay algo que Dios no puede hacer, porque sería contrario a su propio proyecto creando al hombre, es forzar nuestra libertad; o modificar las circunstancias de modo que esta quede anulada. Pero, en su infinita sabiduría, supo hallar la forma de compaginar ambos objetivos, intervenir, pero sin menoscabar la libertad: la oración. Cuando somos nosotros los que le pedimos expresamente algo, lo hacemos libremente y, al concedérnoslo deja intacta nuestra libertad. Más aún: si ofrecemos algún sacrificio, lo que estamos mostrando es el interés que tenemos para que nos conceda eso que pedimos. Entonces, Dios tiene muy claro que no suplantará nuestra libertad al realizar algún acto más o menos extraordinario, en respuesta a nuestras peticiones. 

Pero la oración y el ofrecimiento de sacrificios también puede tener otro objetivo: implorar por el bien de un prójimo. Aquí Dios utiliza una escusa por semejanza: es el ser humano el que ruega por aquel que está necesitado, por lo que, si le concede esa petición, tampoco se estará menoscabando la libertad ni del que pide ni del destinatario de la oración.

En la historia de la Humanidad, y la personal de cada uno, Dios es el que lo hace el "casi todo" y nosotros aportamos el "casi nada"; pero, para salvaguardar nuestra libertad, es necesario que nosotros aportemos ese "casi nada". Nos lo dijo el propio Jesucristo: "pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá".