La realidad de que el ser humano tiene una dimensión espiritual, se constata por su memoria, inteligencia y voluntad; pero también realiza otras funciones espirituales que le convierten en una criatura cualitativamente superior a cualquiera de las otras. Veámoslas:
El hombre es el único animal que posee un lenguaje
simbólico: Los animales suelen expresar algunas sensaciones básicas mediante algún tipo de lenguaje, ya sea sonoro o corporal: miedo, amenaza, cortejo, etc.; pero en modo alguno han elaborado un lenguaje sobre conceptos abstractos ni utilizan símbolos que deban ser interpretados; y, por supuesto, carecen de escritura o expresión gráfica.
A lo largo de la Historia, el hombre ha demostrado que es capaz de progresar con su esfuerzo y su ingenio. El progreso también es algo exclusivo del hombre. Los animales pueden modificar su conducta basándose en su experiencia, incluso pueden adaptar el entorno a sus necesidades (los nidos de los pájaros son un buen ejemplo); pero esto no significa que progresen. Las abejas y las hormigas
constituyen sociedades altamente organizadas que construyen elementos muy
elaborados; pero no han progresado como especie: siguen haciéndolo igual que
hace miles de años.
Quizá la que mejor se identifique como una actividad espiritual sea el Arte, porque no tiene utilidad material alguna para la vida del sujeto, por lo que los animales no emplean esfuerzos en esto. El arte es una manifestación de las aptitudes del hombre que
se realiza por el mero hecho de mostrarlas. Y esto es así, incluso cuando las circunstancias vitales del hombre son
difíciles y debería emplear su esfuerzo en asegurarse el sustento y el cobijo. Las pinturas rupestres que aparecen durante el
Paleolítico —hace 40.000 años— y que se extienden por todo el planeta
evidencian el impulso artístico del hombre incluso cuando todavía no tiene dominada
ni la agricultura —que aparece hace unos 12.000 años— ni la ganadería —que data
de hace 9.000 años— que le aseguren su subsistencia. El arte, es algo desvinculado de la mera materia y nunca
hubiese formado parte de un proceso evolutivo natural, por su irrelevancia con
respecto a las necesidades y la perpetuación de la especie. No obstante, se
puede afirmar que el arte tiene una utilidad que transciende la mera
materialidad del hombre.
Otra manifestación de la dimensión espiritual del hombre es la moral. La ética, entendida como los principios y valores que rigen un
comportamiento. Los animales siguen sus instintos y esto les puede llevar a acertar en su conducta o equivocarse; pero nunca se plantearán si sus actos han sido buenos o malos con respecto a sí mismos o al resto de la especie. El ser humano es
el único que se plantea si un acto, realizado en su provecho, es bueno para los
demás —incluso para el entorno natural— o es perjudicial. Incluso puede plantearse la corrección ética de realizar únicamente actos que le deparen un provecho propio.
Dejamos para el final la que es en sí misma una manifestación espiritual: la religión, entendida como las creencias o el sistema cultural que, mediante
diversos ritos, intenta poner en contacto al hombre con lo trascendente o
sobrenatural. En los animales no hay ningún comportamiento que intente conectarlos con lo sobrenatural, ni siquiera instintivamente. En el hombre, la religión como manifestación espiritual se ha producido a lo largo de toda su historia y en la totalidad de las áreas geográficas y culturas. En la actualidad, la era de la ciencia y la tecnología, se mantienen las religiones en todo el planeta, aunque las creencias y ritos difieran mucho unos de otros; pero en todo caso pretenden un contacto con los sobrenatural; y en la mayoría de las religiones se cree en la permanencia del individuo
después de la muerte corporal, como lo demuestra el desarrollo desde tiempos
prehistóricos de los ritos funerarios.
Un comportamiento exclusivo del hombre es el hecho de que esté
dispuesto a dar su vida en defensa de una idea. Un animal puede arriesgar su
existencia para defender a sus crías o al resto de la manada; pero ninguno lo
haría sin que un peligro físico se lo exigiese. El hombre, desde tiempos
ancestrales, ha entregado su vida por sus ideales, su patria, su honor y otros
motivos que en nada tienen que ver ni con la subsistencia material ni con los
instintos. De este modo, el hombre muestra su convencimiento de que hay principios más
valiosos que la propia vida, poniéndola en riesgo por defenderlos. Esta valentía podría potenciarse por el convencimiento de que perdiendo la vida no lo pierde todo, porque su parte espiritual
persistiría.