jueves, 6 de agosto de 2026

Dios necesita de nuestra oración

En ocasiones se oye esta pregunta: Si Dios lo sabe todo, nos conoce y nos ama, ¿por qué es necesaria la oración para que Él actúe?

La respuesta es sencilla: porque Dios, ante todo, nos ha hecho libres. La libertad es lo único que puede conceder mérito a nuestras acciones y lo único que permite que seamos capaces de amarlo a Él y a los demás. Sin libertad, el amor resulta imposible. En esto es en lo que Dios nos creó "semejantes" a Él: en nuestra libertad, que es lo que nos faculta para amar. Si hay algo que Dios no puede hacer, porque sería contrario a su propio proyecto creando al hombre, es forzar nuestra libertad; o modificar las circunstancias de modo que esta quede anulada. Pero, en su infinita sabiduría, supo hallar la forma de compaginar ambos objetivos, intervenir, pero sin menoscabar la libertad: la oración. Cuando somos nosotros los que le pedimos expresamente algo, lo hacemos libremente y, al concedérnoslo deja intacta nuestra libertad. Más aún: si ofrecemos algún sacrificio, lo que estamos mostrando es el interés que tenemos para que nos conceda eso que pedimos. Entonces, Dios tiene muy claro que no suplantará nuestra libertad al realizar algún acto más o menos extraordinario, en respuesta a nuestras peticiones. 

Pero la oración y el ofrecimiento de sacrificios también puede tener otro objetivo: implorar por el bien de un prójimo. Aquí Dios utiliza una escusa por semejanza: es el ser humano el que ruega por aquel que está necesitado, por lo que, si le concede esa petición, tampoco se estará menoscabando la libertad ni del que pide ni del destinatario de la oración.

En la historia de la Humanidad, y la personal de cada uno, Dios es el que lo hace el "casi todo" y nosotros aportamos el "casi nada"; pero, para salvaguardar nuestra libertad, es necesario que nosotros aportemos ese "casi nada". Nos lo dijo el propio Jesucristo: "pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá".


sábado, 1 de agosto de 2026

El justo debe ser humano

Dice el libro de la Sabiduría (12, 18-19) refiriéndose a la conducta de Dios: 

Tú nos juzgas con bondad y nos gobiernas con gran amor; porque sabes usar tu poder, y lo aplicas cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano, e infundiste a tus hijos la esperanza, porque dejas arrepentirse a los que pecan.

Porque si Dios nos juzga con bondad, el hombre, en especial el justo, también debe ser bondadoso (humanitario) con los demás, incluso con los que pecan, porque siempre tendrán la posibilidad de arrepentirse y alcanzar el perdón.

En el Evangelio encontramos muchos pasajes que son reiteración de esto: "no juzguéis y no seréis juzgados"; "no he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores"; "saca primero la viga de tu ojo para poder sacar después la paja del ojo ajeno"; "perdonad hasta setenta veces siete"...

El cristianismo es la religión del amor, pero también -o quizá por eso- es la religión de la misericordia y el perdón, que reconoce la debilidad humana y siempre da otra oportunidad.

Es una lástima que, por una serie de errores cometidos en nombre del cristianismo, esto no se reconozca o, incluso, se califique al cristianismo como una religión intransigente. Los hechos (la caridad desplegada siempre por los buenos cristianos) y los dichos (el propio Evangelio) demuestran lo contrario.

lunes, 27 de julio de 2026

Vivir amando; amar viviendo

Vivir amando es el mejor consejo que puede darse, ya que el secreto de la felicidad está precisamente en esto: en amar y sentirse amado. Pero ¿cómo amar? Pues recientemente me he topado con esta expresión que utilizo de título de esta entrada: Vivir amando y amar viviendo.

Amar viviendo: así de simple y está al alcance de todos. El mero hecho de vivir se convierte en una manifestación de amor si entregamos nuestra vida. Y digo mal, porque la vida no es nuestra, no nos pertenece, por esto está destinada a entregarse. Decimos "nuestra" vida, porque es la que anima nuestra alma; pero no puede ser "nuestra" en sentido de propiedad, porque la hemos recibido gratis, no nos la hemos dado nosotros, ni siquiera teníamos derecho a recibirla, aunque, una vez recibida, tengamos derecho, y obigación, a conservarla. Lo mismo ocurre con esas otras vidas que se nos dan: las de nuestros hijos. Los hijos son "nuestros" en un sentido de procedencia, no de propiedad. Sus vidas no nos pertenecen, aunque tengamos la responsabilidad de cuidarlas. Por lo tanto, no tenemos derecho a que esas vidas se nos den, ni tenemos derecho a "fabricárnoslas" por medios ilegítimos, ni tenemos derecho a conseguirlas prescindiendo del progenitor que completará la vida de ese descendiente. Además, tampoco tenemos derecho a determinar sus futuros, porque la vida de nuestros hijos es suya; y serán ellos los que deberán determinarlas.

Por el mismo motivo, tampoco tenemos derecho a disponer de nuestra vida, porque no nos pertenece. Cualquier vida, por deteriorada que esté, es susceptible de seguir amando, simplemente viviendo; y tampoco puede privar a los demás de expresarnos su propio amor. Amar viviendo es entregar la vida; y quitárnosla, o pedir que nos la quiten, es la manera de arrebatársela a los demás.

La vida puede entregarse por los demás o por un ideal, porque, una vida que se entrega, en realidad se gana: ha alcanzado su objetivo final. Pero una vida que se arrebata, se pierde, no ha cumplido su finalidad.

¿Es duro? Por supuesto que es duro; pero ¿es que no lo es vivir amando? Pues amar viviendo también lo es. Pero no olvidemos que la felicidad no se puede confundir con la comodidad ni la alegría con el placer. Se pude ser feliz, incluso alegre, en condiciones duras: simplemente amando.

Este es el secreto de la felicidad...: aquí y después.

miércoles, 22 de julio de 2026

Pedro: ¿me amas más que estos?

En una canción del grupo musical católico Hakuna se dice algo así como: ¿qué viste en mí?, que a pesar de mis pecados todavía dices que me amas...

Esto me ha hecho pensar: ¿Dios nos ama a pesar de nuestros pecados?, o, más bien, nos ama precisamente por ellos. Antes de que alguien se escandalice, me explico.

Dios nos ha creado libres y débiles, tanto que frecuentemente -al menos yo-, caemos en el pecado. Pero quizá es esto lo que Dios aprecia de nosotros -en realidad, lo único que puede apreciar, puesto que todo lo demás nos lo ha dado Él-. Aprecia que, a pesar de nuestra debilidad y torpeza, todavía queramos permanecer junto a Él.

El título de esta entrada hace referencia al pasaje en el que Cristo, ya resucitado, confirma a Pedro en el primado de la Iglesia (Juan, 21, 15-19). Pero no se limita a decírselo, sino que antes quiere recordarle su triple traición, cometida mientras Él está preso y siendo juzgado. Le recuerda que esa traición se produce justo después de que Pedro, fanfarrón, le asegure que daría su vida por Él. Por esto, le hace la triple pregunta: Pedro: ¿me amas más que estos? Cristo le está diciendo que conoce su debilidad, su impulsividad vana para ofrecer la vida y luego acobardarse; y lo hace justo antes de confirmarlo en el primado. Es como si le quisiese decir: "te conozco, sé que me has defraudado, pero, a pesar de esto que he visto en ti, te amo más de lo que tú me amas; y confío en ti".

Quizá Dios nos ama porque pecamos...; pero, como Pedro, confiamos en que Él nos siga amando y, por eso, queremos seguir a su lado. Es una idea que me suscita mucha esperanza, porque, de lo contrario... ¿qué sería de mí? 

sábado, 18 de julio de 2026

La vida temporal

Aparentemente, para los cristianos lo fundamental es la salvación y la vida eterna; y esto es algo incuestionable. No obstante, no debemos olvidarnos de que, antes de ese momento, tenemos toda una vida temporal que completar. Dios no nos ha hecho ángeles, sino que quiso que tuviésemos un cuerpo material, con sus debilidades e imperfecciones, tanto físicas como morales. Al parecer, Dios quiso crear seres libres que, para demostrar su amor a Él, tuviesen que esforzarse en superar sus tendencias naturales -y una naturaleza herida por el pecado-, para poder cumplir con el plan que diseñó para nuestras vidas. Es decir: la vida temporal es la etapa que nos sirve para merecer. El propio Cristo nos lo dice en el Evangelio: en el juicio final se nos preguntará qué hemos hecho por Él y por los demás:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mateo 25, 34-36).

Creo que deberíamos valorar esta vida temporal como algo muy especial que los ángeles no tienen: poder amar a Dios y a los demás mediante el esfuerzo, demostrando así que es auténtico amor, nacido de nuestra voluntad. Imagino que el amor en el cielo será perfecto y glorioso; pero carecerá de esa característica tan especial que es el esfuerzo y la posibilidad de demostrar nuestra determinación.

Esta vida azarosa con frecuencia nos decepciona, porque no somos capaces de vivirla como nos habíamos propuesto. El propio San Pablo se queja de esto en Romanos 7, 19-25:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Pues esto, que tanto nos molesta, es el mejor regalo que Dios podía hacer a una de sus criaturas: la capacidad de amarlo, a pesar de nuestra naturaleza caída. Quizá este es el motivo por el que Dios, en su infinita misericordia, está siempre dispuesto a perdonarnos. 

Esta vida no es un valle de lágrimas, ¡sino una asombrosa oportunidad!

viernes, 10 de julio de 2026

Los pilares de nuestro cristianismo

Los primeros pilares de nuestro cristianismo son la fe y la esperanza.

La fe en Dios Padre, creador y auténtico padre; en el Hijo, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros y, a través del Evangelio, nos muestra el camino de la felicidad; y en el Espíritu Santo (el Amor Eterno), que con su gracia nos permite mantener esa fe.

La esperanza en que las promesas se cumplirán, que podremos gozar de la vida eterna junto a Dios; pero también la esperanza en que seremos capaces de mantener la fe, de llegar al final del camino, fundamentalmente con la ayuda del Espíritu.

Si esa fe y esa esperanza, creo que ni siquiera empezaríamos el camino; y esto es lo que debemos transmitir a los demás para divulgar el Evangelio. Pero ni la fe ni la esperanza podrán dar sus frutos si no se apoyan en el tercer pilar: la caridad. Sin sentir y corresponder al amor de Dios, sin enamorarnos de Jesucristo, sin el amor que nos infunde el Espíritu, sería imposible seguir el camino. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas si no nos impulsa el amor? ¿Rezar por los enemigos o poner la otra mejilla?: ¡imposible!, si no lo hacemos por Cristo, que nos enamora. Ya lo dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). O san Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor".

Es la caridad, la que nos permitirá no solo vivir nuestra fe con esperanza, sino también transmitirla: "Amaos unos a otros en esto conocerán que sois mis discípulos" (Juan 13, 35). Sin amor, no es posible evangelizar a quien no se siente amado.


viernes, 26 de junio de 2026

La cruz

La cruz, el dolor en nuestra vidas, no es una prueba que Dios nos manda, aunque muchas veces así se diga, y mucho menos es un castigo.
La cruz, el dolor, es el regalo que Dios nos permite hacerle a Él.
Porque la única prueba fiable del amor es el sufrimiento. El amor puede ser auténtico cuando produce placer; pero la certeza de que es auténtico la alcanzamos cuando seguimos amando a pesar del dolor.
La cruz, el dolor, es la posibilidad mediante la cual Dios permite que le demostremos nuestro amor: a Él y a los demás. Y, porque nos ama, no quiere sustraernos a esa posibilidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La Trinidad

Por supuesto, no pretendo haber entendido el misterio de la Santísima Trinidad; pero quizá si he comprendido un poco mejor su composición. Ha sido a raíz de una canción del grupo Hakuna. En un momento se refieren a la Trinidad como "Padre, Hijo y Amor Eterno", sustituyendo la habitual denominación de Espíritu Santo. Al principio me extrañó este cambio; pero después me emocionó. Según la teología cristiana, Dios-Padre es amor; y la fecundidad de ese amor engendra (no crea) desde la eternidad a Dios-Hijo, que es quien se encarnará en la naturaleza humana de Cristo, manteniendo también la naturaleza divina en una sola persona. El Hijo corresponde al amor del Padre y este amor recíproco de la divinidad es tan perfecto e intenso que se personifica: el Espíritu Santo no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo. Pero, si como hemos visto, todo es fruto del amor, ese Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, no tiene otra sustancia que el mismo amor, por lo que el nombre de Amor eterno le corresponde perfectamente.

El Espíritu Santo es la persona menos conocida de la Trinidad. De Él se predica que es quien actúa en el mundo y en las personas. Se le atribuyen los siete dones: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. También se mencionan sus doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero su acción pasa inadvertida a los hombres, al contrario de lo que se atribuye al Padre (la creación) o al Hijo (la redención). No pongo en duda nada de lo anterior; pero la mención del coro de Hakuna al Amor Eterno, me sugiere que quizá sería más inteligible para nuestras torpes mentes presentar al Espíritu como dador de amor, que a la postre es lo que produce sus frutos y del que proceden sus dones. 

Gracias, Hakuna.

martes, 9 de junio de 2026

La cruz pastoral del Papa León XIV

El Papa León XIV ha retomado el estilo de la cruz pastoral (también llamada férula pontifical) que utilizó San Juan Pablo II, tan característica por tener el travesaño horizontal curvado hacia abajo en sus extremos. 


Pero, en vez de tratarse de un Cristo agonizante, que cuelga de sus brazos ya muerto, el Papa León lo ha sustituido por un Cristo resucitado, con los brazos elevados, a pesar de que todavía tiene los pies clavados al madero.          
Me gustaría saber qué interpretación le da el Papa León a esta imagen tan atípica. La Oficina papal para las Celebraciones Litúrgicas afirma que el Papa con esta imagen pretende unir la expresión del amor de Cristo muriendo en la Cruz con la manifestación de su triunfo resucitando. Esta es nuestra esperanza: que la muerte ya no tiene la última palabra. Pero este Cristo glorioso sobre la Cruz también nos transmite la idea de que nosotros, antes de resucitar, deberemos afrontar con esperanza el dolor humano, que no nos ha sido evitado, como no le fue evitado a Cristo.
La realidad es que el cristianismo nace en la Cruz, pero se fundamenta en la resurrección. Todo el amor que Cristo nos manifiesta en la Cruz se habría quedado en una simple heroicidad, en un asombroso sacrificio, si Él no hubiese resucitado, demostrándonos que su mensaje evangélico es cierto y que podemos seguir contando con Él "todos los días hasta el fin del mundo".
La Cruz me enamora, me infunde la caridad; pero es la resurrección en lo que se fundamenta mi fe y mi esperanza.





miércoles, 27 de mayo de 2026

La vida terrenal (2)

Continuando con la entrada anterior, vemos que el mensaje evangélico siempre se refiere a la vida terrenal y, después, a sus consecuencias en la otra vida, que dependerán del comportamiento en esta. Los consejos que nos da Jesucristo son siempre prácticos, aunque algunos resulten duros de oír. Cuando nos habla del juicio, se refiere a las obras de misericordia que hayamos hecho en esta vida a los demás. Al final de la vida te examinarán en el amor, afirmó San Juan de la Cruz; y debemos aprovechar este tiempo para amar lo mejor que podamos.

La parábola de los talentos es una muestra de esto que digo. Dios no nos ha conferido nuestras facultades para que las guardemos con celo sin aplicarlas, esperando a que nos llegue el momento de subir al cielo. Nos pide que arriesguemos, que las utilicemos, aunque nuestra naturaleza humana nos aboque al pecado; como Dios mismo arriesgó al crearnos con la libertad de poder rechazarlo y pecar. Si así lo hizo será porque merece la pena.

Otro pasaje evangélico que secunda mi afirmación es el de la transfiguración del Señor. Los apóstoles estaban como en el cielo y por eso se ofrecen a hacer tres tiendas para quedarse siempre allí, disfrutando de ese momento de gloria. Pero este no es el destino del hombre en la tierra. La visión de la transfiguración desaparece y ellos tienen que seguir con su vida ordinaria. Lo mismo ocurre tras la ascensión de Jesucristo al cielo: unos ángeles les preguntan: "varones de galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?". Es una manera de reprocharles que están perdiendo el tiempo, que ellos tienen que seguir con su tarea. El hombre puede tener momentos de exaltación espiritual, incluso éxtasis, pero estos son la excepción en la vida terrenal.

No podemos vivir como si estuviésemos en el cielo, ya que estamos en la tierra. Ni siquiera las vocaciones contemplativas de los monasterios, que se separan de la vida del mundo, pueden ignorar que están en su vida terrenal y deben comportarse como tal dentro de sus circunstancias: amar y servir a Dios y a los hermanos; aunque sea a distancia.

Quiero aprovechar mi vida terrenal para hacer eso que únicamente el ser humano puede hacer: amar a pesar de mi debilidad, de mi naturaleza caída que me incita al pecado, que no es otra cosa que el egoísmo. 

Quiero ser avaricioso de tiempo para poder ejercer ese amor el mayor tiempo posible, para compensar los muchos momentos que derrocho siendo egoísta. 

Y luego en la continuación eterna de la vida, disfrutar de la intensidad de amor que haya sido capaz de alcanzar; porque una vez le oí decir a un sacerdote santo y sabio que en el cielo el que más disfruta no es el que ha pecado menos, sino el que ha amado más.

¡Pues eso!



sábado, 23 de mayo de 2026

La vida terrenal

Siguiendo con la idea de mi anterior entrada, quiero insistir en que me parece que para un cristiano --y quizá para cualquier hombre-- la vida temporal en la Tierra es muy importante y determinará el resto de su vida eterna. De algún modo, pretendo elevar a la categoría de "dogma" el refrán español que dice "a Dios rogando y con el mazo dando", o "hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra". Si pensamos que lo importante es la eternidad y que esta vida es un simple pasaje que hay que superar, estaríamos desperdiciando lo que constituye nuestra propia naturaleza: somos seres racionales que debemos actuar --y actuar bien-- mientras dure nuestra vida temporal.

Esta es mi opinión, pero creo que tiene cierta base teológica.

El primer indicio lo encontramos en la propia vida de Jesucristo: ¿Por qué el Mesías pasa treinta años en la tierra sin mostrarse a su sociedad ni predicar? La única justificación es que el hombre fue creado para esto, para vivir normalmente. Por supuesto, cumpliendo las normas divinas, como lo hizo Cristo durante esos treinta años. Pero si tener que hacer nada especial hasta que en las bodas de Caná hizo su primer milagro y se reveló al mundo.

Por cierto, no eligió el Templo, ni la sinagoga para hacer su primera revelación, sino un banquete, la unión civil y religiosa de dos personas, la fundación de una futura familia: ¿hay algo más humano y terrenal que esto? Pues Jesús quiso bendecirlo no con agua, sino con abundancia de vino, porque la alegría también es muy humana; y Cristo vino a la Tierra para mostrarse como verdadero Dios, pero, sobre todo, como verdadero hombre que vivía su vida terrenal.

domingo, 17 de mayo de 2026

La ascensión de Jesucristo a los cielos

La ascensión de Jesucristo, que hoy celebramos, a los cielos es el culmen de su resurrección y de toda su vida en su naturaleza humana. También da razón de nuestra esperanza en nuestro destino final: estar por toda la eternidad a su lado en el cielo.

A veces, esta esperanza hace que minusvaloremos nuestra vida en la tierra: esta vida en el tiempo y con las limitaciones propias de toda naturaleza humana. Es cierto que lo esencial para todo creyente es la salvación eterna; y que esto se puede conseguir después de una mala vida, con el debido arrepentimiento. Pero creo que esto no es el plan de Dios para los humanos. Quiso crear ángeles que le acompañasen siempre en el cielo, una vez aceptada su voluntad; o que cayesen al infierno, en caso contrario. También quiso crear hombres, seres que tienen que renovar constantemente su voluntad y luchar contra las propias limitaciones. Esto no puede ser un "fallo" de la creación, sino algo querido expresamente por Dios. Si Él, que es amor, pide amor a sus seres creados, quiso que en el caso del hombre este fuese meritorio, que no apareciese espontáneamente, sino por un esfuerzo de la voluntad. Quiso que el amor fuese la consecuencia de "querer amar", salvando las dificultados y las propias debilidades, incluso a pesar de que el amor sea una moneda de dos caras en las que se alternan el gozo y el sufrimiento; y de que corramos el riesgo de no siempre conseguirlo o incluso refugiarnos en el egoísmo.

Ese es mi convencimiento y, por tanto, tengo la seguridad de que la vida terrena es inmensamente importante, que hay que vivirla con intensidad, disfrutando de sus bienes y luchando contra sus males. En definitiva, amando intensamente hasta que nos duela ese amor [como nos decía la Santa Teresa de Calcuta]. Y esto no es un defecto de la vida humana, sino su grandeza: lograr amar por haber querido amar.

Después, en el cielo, amaremos en un constante acto de voluntad inmutable, pero, si se me permite decirlo, ese amor ya no será meritorio. No puedo imaginarme cómo será amar a Dios en el cielo, porque "ni ojo vio ni oído oyó"; pero no quiero desperdiciar mi vida en la tierra sin intentar amar a Dios a pesar de lo mucho que me cuesta.

martes, 5 de mayo de 2026

La ciencia confirma la grandeza de Dios

Existe la creencia generalizada de que la Humanidad ha creído en la existencia de seres superiores [los judeocristianos creen en un Dios creador, desde 1900 años antes de Cristo] debido a su falta de conocimientos científicos. Se supone que, como esos hombres atrasados no eran capaces de explicar la existencia del Universo, pues lo achacaban a dichos seres superiores. Así que se asimiló la religión a la ignorancia o falta de información.

A finales del siglo XIX, la ciencia empezó a hacer descubrimientos fabulosos en el cosmos, el átomo, la evolución de la vida y las especies, etc. Entonces se pensó que, como la existencia del cosmos, la materia y la vida había sido aclarada, la ciencia revelaba el origen de todo esto y ya no eran necesarios los seres superiores que lo justificasen.

Pero ocurrió que los descubrimientos científicos siguieron profundizando en estas realidades y lo que descubrieron les llevó a una conclusión muy distinta. La teoría del Big Bang [la gran explosión de energía que creó el Universo] y el descubrimiento y codificación del ADN [el ácido desoxirribonucleico, la molécula que contiene la información genética que regula la formación y vida de todos los seres vivos, compuesta por seis mil millones de nucleótidos perfectamente ordenados], nos han mostrado que todo ese orden, el perfecto y minucioso desarrollo de la materia desde la energía inicial, las leyes físicas, el orden en la cadena de ADN, que no puede ser espontáneo, no pueden tener otro origen que el de una Inteligencia Superior que lo haya diseñado. Esta es la razón por la que, superada una primera etapa de la evolución científica, la mayoría de los científicos (físicos, químicos, médicos, biólogos, matemáticos) son personas creyentes en dicha Inteligencia Superior. Tras este cambio, la religión, como creencia en un Ser Superior, ya no es fruto de la ignorancia, sino deducción lógica de los descubrimientos científicos: ha pasado a ser manifestación de conocimiento.

Ya lo advirtió la Biblia: "Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento muestra la obra de sus manos" [salmo 19]; pero hemos tardado siglos en conocer a fondo estas realidades.

miércoles, 22 de abril de 2026

Las leyes de la Física y de la evolución

Dicen los neo-ateos que no existe una Inteligencia Creadora, que todo el Universo puede explicarse con las leyes de la Física y la de la evolución. En primer lugar, debemos aclarar que la Física sí tiene leyes que se cumplen y afectan a la energía y la materia; pero la evolución de las especies es una mera teoría que, por tanto, no tiene leyes, sino meras suposiciones que, además, están bastante superadas por el neo-evolucionismo, que sigue siendo una teoría no demostrada... y, quizá, no demostrable.

En todo caso, estas leyes no rebatirían la existencia de una Inteligencia Creadora, a la que los cristianos llamamos Dios, sino todo lo contrario. Que la materia tenga unas leyes intrínsecas, es decir, una capacidad auto-organizadora, como la llaman algunos científicos, pone de manifiesto que dicha materia fue creada precisamente con esa cualidad. Si la primera célula que apareció (¿por causalidad?) tenía la potencialidad de evolucionar e ir ordenando su ADN para llegar a convertirse en el animal racional que es el hombre, es precisamente porque dicho ADN había recibido esa cualidad.

La principal ley de la Física es la de la Entropía: todo tiende al desorden si alguien no lo ordena. Cuando una energía explotó en el llamado Big Bang y fue el comienzo del Universo, lo lógico hubiese sido un caótico desarrollo de dicha energía y su posterior conversión en materia también caótica. Sin embargo, desde el comienzo la energía respondió a una leyes que la dirigieron; y a la posterior materia también. Esto es lo que nos ha permitido estudiar la "historia" del Universo. Dos grandes científicos recibieron el Premio Nobel precisamente por demostrar que ese orden existía desde el comienzo y que el desarrollo posterior de la materia (formando estrellas, planetas y galaxias) no fue casual [Arno Pencias (1933-2024) y Robert Woodrow Wilson (1936), doctores en ciencias físicas, recibieron conjuntamente por su descubrimiento el Premio Nobel de Física en 1978.]

Las leyes de la Física y de la evolución demuestran la existencia de Aquel que las creó, por mucho que a los cientificistas les moleste.

domingo, 19 de abril de 2026

El valor de la vida

La mentalidad moderna tiende a igualar todo tipo de vida, desde la vegetal (los ecologistas), hasta la animal y la humana, negando así cualquier atisbo de trascendencia en el hombre. Esto podría ser lógico en una sociedad influenciada por el racionalismo extremo y el cientificismo, que niegan la dimensión espiritual del hombre. Pero incluso los más escépticos deberían reconocer que en el hombre se produce algo que no existe en los demás seres vivos; y esto es lo que, a mi juicio, le da a la vida humana un valor exponencialmente mayor que cualquier otro tipo de vida: la capacidad de amar y ser amado. Sospecho que hasta el más ateo de los hombres ha amado algo alguna vez en su vida; y, con toda seguridad, ha ansiado ser amado por otro o ha gozado con dicho amor.

Los vegetales deben ser cuidados como parte de la naturaleza; pero creo que pocos sentimientos pueden despertarnos. Con respecto a los animales, se puede decir lo mismo, aunque los de compañía, las mascotas, sí que nos suscitan ciertos sentimientos: llegamos a querer a ese ser al que cuidamos y nos recibe alegre cuando volvemos a casa. Pero esto solo indica que ese animal es susceptible de ser amado; aunque nunca podrá llegar a amar, porque el amor es un acto de la voluntad, y los animales no tienen voluntad sino instinto. Su vida, por tanto, debe ser respetada e intentar evitarle cualquier sufrimiento; pero el valor de esa vida nunca podrá ser comparable al valor de la vida de un ser humano.

Esta es la razón (es decir: razonable y lógica), por la que los cristianos nos oponemos al aborto y a la eutanasia. No es un simple postulado moral que afecte a nuestra religión. Es que tanto el aborto como la eutanasia son la negación de esa capacidad especial del hombre: amar y ser amado. Cuando se mata un feto se le está negando que llegue a amar; pero, sobre todo, se está manifestando que no se le ama. Y lo mismo ocurre con aquellos que pasan por una situación tal que, a su entender, no merece la pena seguir viviendo. Siempre merece la pena ser capaz de amar y de ser amado, cualquiera que sean las circunstancias de esa vida. El que se niega a continuar su vida, también se niega a amar y a dejarse amar. Es muy duro lo que voy a decir; pero la eutanasia es, a mi parecer, un acto de egoísmo, entendido este como el rechazo del amor.

El aborto y la eutanasia son el fracaso del amor, tanto por activa como por pasiva.

miércoles, 15 de abril de 2026

Cristianismo social

A veces se le achaca al cristianismo el defecto de ser demasiado espiritual, pensar solo en la otra vida y desentenderse de los problemas de la vida presente. Por una interpretación equivocada de la ascética, se considera que los cristianos tienen que aceptar los reveses de la vida con paciencia y esperar la bienaventuranza del Cielo. Creo que no es así, en absoluto.

Una cosa es que el cristiano, por ascética, afronte con esperanza sus dificultades y otra es que se resigne o desentienda de los males del mundo. La prueba es que la Iglesia ha desarrollado toda una Doctrina Social, cuyo propósito es mejorar las condiciones de vida de todos los hombres. Esta idea parte de la encíclica Rerun Novarum (las nuevas cosas) de Leon XIII (el actual Papa ha querido llevar este mismo nombre, quizá para continuar con este propósito). Puede encontrarse un breve resumen en este enlace [Rerum Novarum] y comprobar que la Iglesia se preocupa por asuntos tan sociales como la cuestión obrera, la propiedad privada o el papel del Estado en la sociedad.

Pero, en realidad, esto no es un invento de León XIII, sino que la Biblia ya trata estos asuntos en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento:

El profeta Isaías (1, 17) nos ordena: "buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda...".

En el libro del Levítico (19, 13) se pide: "No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana".

En el libro del Éxodo (22, 20-27): "No molestes ni oprimas al forastero, porque también vosotros fuisteis forasteros en Egipto. No maltrates a la viuda ni al huérfano..."; "Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como avaricioso, ni le impondrás usura".

En el Deuteronomio (24, 14-15): "No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra o en tu ciudad. Le darás cada día su jornal, antes de la puesta del sol, pues es pobre y espera impaciente su salario"

En la carta a los Romanos (13, 7): "Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.

Y en la carta de Santiago (5, 4): He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos”.

En la profecía de Malaquías (3, 5): "Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos”.

Incluso la cuestión de la inmigración ya estaba contemplada en el libro del Éxodo. La Iglesia se ocupa del alma de sus fieles; pero también exige justicia para su cuerpo.

jueves, 9 de abril de 2026

Camino de Emaús

Este es uno de mis pasajes favoritos: cuando Cristo resucitado se aparece a los dos discípulos que entristecidos se vuelven desde Jerusalén al pueblo de Emaús. Entre otros motivos, me gusta porque revela cierto sentido del humor de Jesucristo, al no descubrirse hasta el final, y el cariño que quiere demostrar a los que ve alicaídos. Pero lo que quiero resaltar en esta entrada es que la iniciativa siempre es de Jesucristo, de Dios .

Él se une por el camino a los dos discípulos y les va explicando las escrituras. Ellos no solo no entienden lo que les dice es que ¡ni siquiera lo reconocen! Solo cuando Cristo decide revelarles su identidad, ya en la casa, partiendo el pan, es cuando lo reconocen y recuerdan la sensación que tuvieron mientras estuvo con ellos: "se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el  camino, cuando nos abría las Escrituras?" (Lucas 24:32).

A veces, ante la evidencia, tampoco comprendemos. Lo dice el salmo 19: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos". Pero nosotros preferimos decir que toda esa maravilla se ha creado por casualidad, evolucionando desde algo que no sabemos definir. En algún momento, Dios decide abrirnos los ojos, mostrarnos sus obras y otorgarnos la fe; y, entonces, lo vemos claro, todo cuadra y nuestro corazón arde de alegría por el descubrimiento.

Lo mismo ocurre con el mensaje evangélico: es algo maravilloso. Los judíos pudieron contemplar milagros asombrosos; pero muchos no ven ni entienden, no reconocen a Jesucristo. Al parecer, solo los sencillos tienen la mente suficientemente abierta como para reconocerlo... Y, en nuestros días, ocurre lo mismo: solo el encuentro con Cristo, a iniciativa de Él, nos permite conocerlo, creerle y acabar amándolo.

La fe cristiana es razonable; pero solo con la razón no se alcanza: necesitamos que Cristo se nos muestre.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa: amor y sufrimiento

Los cristianos celebramos la Semana Santa, el tiempo en el que Jesucristo fue humillado y destrozado públicamente hasta la muerte ignominiosa en la cruz; pero, después, y esto es lo importante, resucitó, demostrando así que poseía la divinidad, además de su humanidad. 

He afirmado en ocasiones que la muerte de Cristo no la provocaron los romanos o los judíos, los ejecutores materiales. Ni siquiera fue provocada por nuestros pecados, aunque sirvió para librarnos de ellos. La crucifixión de Cristo la provocó su amor: solo el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la humanidad que había creado pudo llevar a la muerte al Dios-hombre, porque ninguna otra potencia podría haberlo hecho. Él mismo lo afirma en Juan 10, 1:  "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". También en Mateo 26, 53: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”.

También he afirmado que el amor tiene dos caras. Por una parte, la cara gozosa de amar y sentirse amado; por otra, el sufrimiento. Esta es la prueba del amor: llegar a sufrir por el otro. Ya sea un sufrimiento activo (buscando el bien del ser amado) o pasivo (por perder al ser amado). Dios nos ama, pero ¿también sufre? Evidentemente, Dios no puede sufrir, por mucho que nos ame. Entonces, siendo Dios el Amor, ¿cómo es que carece de esta característica del amor? No pretendo conocer a Dios más allá de lo que Él nos ha revelado; pero también me ha dado una inteligencia y el Espíritu nos inspira la sabiduría para que podamos conocerlo hasta cierto grado. Por eso, me atrevo a afirmar que Dios encontró la manera de que su Amor también fuese capaz de sufrir: hacerlo en Jesucristo. El Dios-hombre fue capaz de amar y sufrir hasta el extremo durante su paso por la Tierra. No solo durante la Pasión, sino también en otros momentos, como cuando llora la muerte de Lázaro, o ante la visión de Jerusalén que será destruida y cuando se compadece de tantos a los que alimenta o cura. Y quizá también sea capaz de sufrir esa naturaleza humana que está incardinada en la Santísima Trinidad, compartiendo la naturaleza divina en la persona del Hijo.

Es una idea... A mí me ayuda a amar más a quien me ama hasta sufrir.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Fe, razón y ciencia

No se alcanza la fe ni por razonamientos muy sesudos ni por descubrimientos científicos, porque la fe es la adhesión voluntaria a la revelación: no es un convencimiento, sino un acto de la voluntad con la ayuda de la gracia divina.

Lo que pretendo con este blog es transmitir la idea de que, aunque la fe viene de la revelación, también puede ser razonada, razonable y respaldada por la realidad científica. Esto último, entre otros motivos, porque la ciencia es el instrumento dado por Dios para que conozcamos su creación, por lo que no puede haber incompatibilidad entre la fe y el conocimiento científico, por mucho que les pese a los neo-ateos.

La fe nunca será certeza, por lo que tampoco podemos buscar que ese razonamiento lógico o las pruebas científicas nos aporten dicha certeza. Lo que el creyente debe intentar es que con su intelecto y los conocimientos científicos pueda dar el salto a la lógica y verificar que aquello que cree es "razonable" y encaja en nuestro conocimiento de la naturaleza.

Personalmente, cuanto más razono y más conozco los avances científicos, mejor compruebo que lo que he asumido por fe no sólo es lógico, sino que se presenta como la opción más probable. En la mayoría de los casos, veo que los argumentos que se oponen a dicha fe se limitan a invocar "el azar", "la casualidad", "la capacidad ordenadora de la materia" (sin que expliquen quién le ha otorgado dicha capacidad), incluso aluden a influencias "extraterrestres", sin explicar quién creó a dichos extraterrestres o les otorgó la capacidad de crear vida u ordenarla.

Mi consuelo es que la mayoría de los científicos serios (incluyendo a muchos de los Premios Nobel de Física, Química, Biología o Medicina) opinan muy parecido.

domingo, 22 de marzo de 2026

El milagro de la vida

Ya he comentado en otras entradas que la evolución del universo en general y de la vida en particular ha requerido de ciertos saltos cualitativos que "parecen" haber estado programados desde el principio. Hablando claro: la creación fue diseñada por un Ser superior e infinitamente inteligente.

Recientemente, la Academia de las Ciencias de Estados Unidos ha premiado a varios investigadores por demostrar, de nuevo, que la evolución de la vida ha experimentado esos saltos inexplicables, salvo que estuviesen ya previstos por quien propicia esa vida. Cuatro físicos y biólogos españoles, Jordi Bascompte, Bartolo LuqueFernando Ballesteros  y  Enrique Muro, acaban de ganar  el premio Cozzarelli de la prestigiosa Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos al mejor estudio del año en biología por haber descrito el paso necesario y fundamental, para que la vida pudiese dejar de ser exclusivamente microviana y pasarse a formar organismos complejos.

Los primeros seres vivos eran microbios aparecidos hace unos 3.500 millones de años. Pero para seguir evolucionando necesitaban fabricar proteínas cada vez más largas, hasta que llegaron a un punto en el que ya no podían alargar más las moléculas. Entonces ocurrió el hecho extraordinario (¿milagro? en el sentido de intervención divina en la creación): hubo un “cambio de fase algorítmico” que permitió, por ejemplo, que un solo gen pudiese fabricar varias proteínas, y que la complejidad pudiese seguir aumentando. Esa capacidad surgió en secuencias de ADN no codificantes, que no tenían la receta para fabricar proteínas; y esto es lo extraordinario. Sin estas largas secuencias genéticas, también conocidas como  ADN basura, y capaces de multiplicarse a lo largo del genoma, no podría haber dado el salto, la revolución, 1.000 millones de años después de la aparición de la vida. Esta permitió la posterior aparición de células complejas, y de los organismos pluricelulares: hongos, plantas y animales, entre ellos, los humanos. 

Lo que muestra el trabajo de los científicos premiados “es que no puede haber formas intermedias, porque ese cambio, esa transición, tiene que suceder, como predice la física, con una transición de fase". Una intervención especial, lo llamaría yo.

Evidentemente, han sido inmediatamente criticados por los dogmáticos evolucionistas, que afirman que toda fuente de orden procede del azar (la casualidad), según la ya muy superada teoría de la evolución de Darwin; pero que ellos defienden como un dogma científico sin base probatoria alguna: ¿quién puede probar el azar? No soportan que nuestra fe pueda ser razonable cuando sus postulados no lo son (¿casualidad?) y se ven rebatidos por la Ciencia.