Jesucristo nos dijo: "la verdad os hará libres"; pero el hombre moderno prefiere contraponer libertad y verdad, como si fuesen cosas incompatibles.
Efectivamente, la verdad nos libera, desde el punto de vista de que nos permite elegir con conocimiento de causa (y conocimiento de los efectos). Pero el hombre moderno que no quiere encontrar ningún obstáculo a su soberana voluntad se encuentra con que la verdad, al ser conocida en todo su esplendor, limita sus posibilidades de elección: es muy difícil conocer la verdad y darle la espalda.
Por ejemplo: ante una foto de un niño abortado en la que se ve claramente la verdad del homicidio, nadie es capaz de defender esa atrocidad y, mucho menos, de cometerla. Por eso, para no limitar las posibilidades de elección de las mujeres, se prefiere ocultar la verdad y seguir con la mentira de que el aborto es una simple operación quirúrgica, la extirpación de un pequeño tumor... del pre-embrión.
Pero el hombre moderno va más allá. No le es suficiente con dejarse engañar, con preferir la mentira a la verdad. Para poder ser "libre" totalmente, para que su soberana voluntad (la ley del deseo) no encuentre límite alguno, es preciso negar la verdad: no existe una verdad, sino mi verdad, muchas verdades, tantas como deseos... y cambiantes según las circunstancias. De este modo, se libera también de la necesidad de buscar la verdad antes de decidir, evita esa penosa sensación de estar dejándose engañar constantemente: si no hay verdad, tampoco hay mentira; si no hay verdad, la única norma es mi deseo.
Pero la realidad es muy tozuda: negar la verdad y seguir la ley del deseo no lleva a la felicidad que parecía prometer, sino al vacío existencial y la angustia.
Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog (28-9-2005).
miércoles, 23 de abril de 2008
viernes, 18 de abril de 2008
La mentira y el pecado
Dos cosas nos quitan la libertad: la mentira y el pecado. La mentira porque nos impide elegir con conocimiento de causa, por lo tanto, no hacemos lo que queremos, sino lo que nuestra ignorancia nos obliga a hacer. El pecado, porque nos esclaviza. Ambos son armas del maligno: padre de la mentira e incitador al pecado.
Es decir, es la mentira lo que nos destruye, precisamente por ser lo opuesto a la voluntad de Dios; luego la mentira es el pecado y el pecado es la mentira. Ambas son la misma cosa: ¿no es el pecado la mentira con la que satán quiere destruirnos? El "seréis como Dioses" que prometió a nuestros primeros padres y nos promete a todos constantemente, ¿no es a la vez pecado y mentira; mentira y pecado?
"La verdad os hará libres"; y se podría añadir: "La verdad os liberará del pecado".
¡Hoy, quizá más que nunca, es imprescindible buscar la verdad!
Entresaco del libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVI las siguientes frases: El núcleo de la revelación bíblica es el Decálogo, que no queda abolido [con el Nuevo Testamento] sino que resplandece con mayor claridad en toda su profundidad y grandeza. La voluntad de Dios nos introduce en la verdad de nuestro ser, nos salva de la auto destrucción producida por la mentira. Dice Jesús: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió".
Es decir, es la mentira lo que nos destruye, precisamente por ser lo opuesto a la voluntad de Dios; luego la mentira es el pecado y el pecado es la mentira. Ambas son la misma cosa: ¿no es el pecado la mentira con la que satán quiere destruirnos? El "seréis como Dioses" que prometió a nuestros primeros padres y nos promete a todos constantemente, ¿no es a la vez pecado y mentira; mentira y pecado?
"La verdad os hará libres"; y se podría añadir: "La verdad os liberará del pecado".
¡Hoy, quizá más que nunca, es imprescindible buscar la verdad!
domingo, 13 de abril de 2008
¿Cualquier religión vale?
Cuentan que un general mejicano, durante la persecución de los cristianos que allí se produjo, reconoció: "Para vivir cualquier religión vale; pero para morir, sólo vale la religión Católica".
¡Qué verdad más profunda!
Si lo único que pretendemos es que transcurran nuestros días, sin especiales complicaciones ni esfuerzos, entonces con cualquier sucedáneo podremos tranquilizar nuestra conciencia, saciar el hambre de trascendencia que todo ser humano siente. Con algunas prácticas de piedad o "meditación trascendental", alguna acción filantrópica y, por supuesto, mucha ecología (que compromete sólo por fuera), nos habremos engañado.
Pero si pensamos en la felicidad eterna, en el juicio que todos tendremos que rendir al final de nuestros días, que "al atardecer de la vida nos examinarán en el amor" (como decía San Juan de la Cruz), ya no nos bastará cualquier religión. Porque desde este punto de vista necesitamos el amor, la misericordia y la justicia de Dios, para no morirnos del susto sólo de pensarlo: presentarnos con nuestra mediocridad ante el que es el SER, la VERDAD y la BONDAD. Entonces necesitamos la Gracia, los Sacramentos y la ayuda de la Iglesia para poder llegar al final con un mínimo de posibilidades.
Efectivamente, para vivir nos podría bastar con la "meditación trascendental" o la Misa dominical rutinaria; pero para morir necesitamos una Religión en la que Dios es Padre... en la que Dios es Amor.
¡Qué verdad más profunda!
Si lo único que pretendemos es que transcurran nuestros días, sin especiales complicaciones ni esfuerzos, entonces con cualquier sucedáneo podremos tranquilizar nuestra conciencia, saciar el hambre de trascendencia que todo ser humano siente. Con algunas prácticas de piedad o "meditación trascendental", alguna acción filantrópica y, por supuesto, mucha ecología (que compromete sólo por fuera), nos habremos engañado.
Pero si pensamos en la felicidad eterna, en el juicio que todos tendremos que rendir al final de nuestros días, que "al atardecer de la vida nos examinarán en el amor" (como decía San Juan de la Cruz), ya no nos bastará cualquier religión. Porque desde este punto de vista necesitamos el amor, la misericordia y la justicia de Dios, para no morirnos del susto sólo de pensarlo: presentarnos con nuestra mediocridad ante el que es el SER, la VERDAD y la BONDAD. Entonces necesitamos la Gracia, los Sacramentos y la ayuda de la Iglesia para poder llegar al final con un mínimo de posibilidades.
Efectivamente, para vivir nos podría bastar con la "meditación trascendental" o la Misa dominical rutinaria; pero para morir necesitamos una Religión en la que Dios es Padre... en la que Dios es Amor.
miércoles, 9 de abril de 2008
El trigo y la cizaña
Muchas veces nos quejamos de que Dios consienta el mal y la corrupción en el mundo, sin caer en la cuenta de que es precisamente la "paciencia" de Dios la mejor garantía de nuestra salvación. ¿Que sería de nosotros, si Dios nos extirpase del mundo la primera vez que metemos la pata?
Lo explicó muy bien Jesús con su parábola del trigo y la cizaña. Cuando lo sembradores preguntan al dueño de la tierra si tienen que arrancar la cizaña que ha crecido junto al trigo... "Él les dijo: no, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega". (Mt 13, 24-30).
Gracias a la bondad de Dios, la cizaña sigue creciendo junto al trigo. Y no es tanto porque al arrancar la cizaña se pueda dañar el trigo, sino porque todos somos en muchos momentos cizaña... y si nos arrancasen entonces, no tendríamos oportunidad de cambiar. En la vida real, la cizaña y el trigo se van intercambiando: todo santo tiene un pasado; y todo pecador un futuro.
Por esto, los momentos de profundas crisis morales y de fe que Dios consiente, no son sino oportunidades para que todos nosotros podamos mejorar.
La presencia del mal en el mundo no tiene que ser ocasión de desesperanza o pérdida de la fe, sino de agradecimiento a Dios por su infinita "paciencia".
Lo explicó muy bien Jesús con su parábola del trigo y la cizaña. Cuando lo sembradores preguntan al dueño de la tierra si tienen que arrancar la cizaña que ha crecido junto al trigo... "Él les dijo: no, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega". (Mt 13, 24-30).
Gracias a la bondad de Dios, la cizaña sigue creciendo junto al trigo. Y no es tanto porque al arrancar la cizaña se pueda dañar el trigo, sino porque todos somos en muchos momentos cizaña... y si nos arrancasen entonces, no tendríamos oportunidad de cambiar. En la vida real, la cizaña y el trigo se van intercambiando: todo santo tiene un pasado; y todo pecador un futuro.
Por esto, los momentos de profundas crisis morales y de fe que Dios consiente, no son sino oportunidades para que todos nosotros podamos mejorar.
La presencia del mal en el mundo no tiene que ser ocasión de desesperanza o pérdida de la fe, sino de agradecimiento a Dios por su infinita "paciencia".
martes, 8 de abril de 2008
Contra el mal, transmitir amor.
Seguiremos hablando de nuestra lucha contra el mal.
Si no es contra la carne ni contra la sangre, si nuestra lucha es contra el mal, contra el maligno, entonces debemos adaptar nuestras armas a la pelea. Si el hombre es esclavo de la mentira y del pecado (¿serán ambas la misma cosa?), no sabrá reconocer la verdad ni la virtud, por mucho que nos empeñemos en mostrárselas. Por lo tanto, no se trata de luchar contra el mal con argumentos y manifestaciones públicas: por cada razón nuestra, el maligno les suscitará cien que les llevarán a posiciones mucho más cómodas y placenteras; y quizá esos contra-argumentos confundan a muchos de los nuestros....
No se trata de con-vencer al que está equivocado; se trata de conseguir que quiera ser convencido; se trata de cambiar su corazón. Y sólo hay una forma de cambiar el corazón de un hombre: transmitiendo el bien y la bondad, en definitiva, amando. Porque hay una distancia infinita entre "explicar" el bien y la verdad y "transmitir" el bien y la bondad: las teorías se quedan en eso, en teorías; pero el amor llega fácilmente al corazón y lo transforma.
Se trata de que los demás sientan el amor en la verdad y en la virtud, para que por sí mismos quieran conseguirlos. Como la parábola de la perla valiosa, el tesoro escondido y las demás similares: el que los encuentra vende cuanto tiene para conseguirlo. Entonces ya no necesitamos armas, porque es el convertido el que está deseando que le venzamos, el que ansía la verdad y la virtud: caen sus escamas de sus ojos y ya lo ve todo claro.
¡Ay, si pudiésemos transmitir esta amor!
Si no es contra la carne ni contra la sangre, si nuestra lucha es contra el mal, contra el maligno, entonces debemos adaptar nuestras armas a la pelea. Si el hombre es esclavo de la mentira y del pecado (¿serán ambas la misma cosa?), no sabrá reconocer la verdad ni la virtud, por mucho que nos empeñemos en mostrárselas. Por lo tanto, no se trata de luchar contra el mal con argumentos y manifestaciones públicas: por cada razón nuestra, el maligno les suscitará cien que les llevarán a posiciones mucho más cómodas y placenteras; y quizá esos contra-argumentos confundan a muchos de los nuestros....
No se trata de con-vencer al que está equivocado; se trata de conseguir que quiera ser convencido; se trata de cambiar su corazón. Y sólo hay una forma de cambiar el corazón de un hombre: transmitiendo el bien y la bondad, en definitiva, amando. Porque hay una distancia infinita entre "explicar" el bien y la verdad y "transmitir" el bien y la bondad: las teorías se quedan en eso, en teorías; pero el amor llega fácilmente al corazón y lo transforma.
Se trata de que los demás sientan el amor en la verdad y en la virtud, para que por sí mismos quieran conseguirlos. Como la parábola de la perla valiosa, el tesoro escondido y las demás similares: el que los encuentra vende cuanto tiene para conseguirlo. Entonces ya no necesitamos armas, porque es el convertido el que está deseando que le venzamos, el que ansía la verdad y la virtud: caen sus escamas de sus ojos y ya lo ve todo claro.
¡Ay, si pudiésemos transmitir esta amor!
miércoles, 12 de marzo de 2008
Nuestra lucha es contra el mal
Nos recuerda Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret las palabras de San Pablo a los cristianos de Éfeso: .....porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos... (Efesios 6, 11-12). Esta frase tienen plena aplicación actual: los niveles de corrupción de la sociedad actual no son debidos a los simples errores o pasiones humanas. El alcance territorial y la intensidad de las aberraciones que hoy se plantean con toda normalidad, incluso contradiciendo las más elementales razones sociales, ponen de manifiesto que todo se debe a un plan perfectamente organizado por el maligno, que utiliza además las debilidades y pasiones humanas para acelerar y magnificar su efecto.
Por ejemplo, ¿cómo una mente racional puede encontrar lógico que una niña de 17 años no pueda ni siquiera comprar tabaco; pero que pueda consentir relaciones sexuales plenas con adultos o abortar desde los 12 años sin consentimiento paterno? ¿Cómo el mismo legislador que cierra los ojos ante las torturas a que se someten a los fetos durante los abortos, puede aprobar una Ley que proteja a los animales de los malos tratos en sus traslados? ¿Qué sociólogo fomenta las uniones homosexuales en una sociedad envejecida por la falta de natalidad? Ante la destrucción de la sociedad actual por falta de fidelidad matrimonial, ¿qué ciudadano recomendaría como solución el divorcio rápido? Y lo que es más extraño: las personas que no están directamente involucradas en esta situaciones, ¿cómo no denuncian estas estulticias sociales?
La propia irracionalidad de muchos de los males que actualmente acosan a la sociedad occidental, la rapidez con que se han extendido estas absurdas propuestas, y el silencio con el que son recibidas por personas supuestamente sensatas, manifiestan a las claras que responde al plan preconcebido por quien quiere destruir la naturaleza humana como forma de destruir la creación de Dios; y utiliza como primer arma la mentira, que queda encubierta por el interés de quien satisface en ella sus pasiones o fomenta su soberbia.
Porque muchos de los actuales planteamientos insensatos se han basado en mentiras que no tienen ningún apoyo ni sociológico ni científico; pero que nadie quiere desmentir; o no se atreven a hacerlo por temor a ser tachados de retrógrados, es decir por la soberbia de no perder su prestigio.
A menudo nos empeñamos en atacar a las personas que lideran estas posturas, o pensamos que cambiándolas mejorarán las cosas; pero el problema no son ellos (pobres tontos equivocados), sino en el mal que subyace y alienta esas insensateces... y subyace también en personas que sin defenderlas abiertamente, se han dejado atraer por la misma pasión o la misma soberbia; personas que nos parecen mejores o tienen actuaciones acertadas en otros campos, pero que en el fondo ya están infiltradas con ese mal.
No quiero, no puedo, ponerme pesimista, ya que me consta que el Bien triunfó sobre el mal definitivamente cuando Cristo resucitó. Simplemente quiero poner de manifiesto que nuestra lucha debe centrarse en ser nosotros mejores, en hacer mejores a los demás, en rechazar ese mal pequeño, que parece no tener relevancia, como modo de frenar el mal que nos parece enorme.
No basta con resistir pasivamente al mal, tenemos que ahogarlo con nuestro bien.
Y recemos para que Dios se decida a rectificar el rumbo de la humanidad, en vez de esperar a que nos despeñemos por el precipicio al que nos dirigimos a buen paso.
Por ejemplo, ¿cómo una mente racional puede encontrar lógico que una niña de 17 años no pueda ni siquiera comprar tabaco; pero que pueda consentir relaciones sexuales plenas con adultos o abortar desde los 12 años sin consentimiento paterno? ¿Cómo el mismo legislador que cierra los ojos ante las torturas a que se someten a los fetos durante los abortos, puede aprobar una Ley que proteja a los animales de los malos tratos en sus traslados? ¿Qué sociólogo fomenta las uniones homosexuales en una sociedad envejecida por la falta de natalidad? Ante la destrucción de la sociedad actual por falta de fidelidad matrimonial, ¿qué ciudadano recomendaría como solución el divorcio rápido? Y lo que es más extraño: las personas que no están directamente involucradas en esta situaciones, ¿cómo no denuncian estas estulticias sociales?
La propia irracionalidad de muchos de los males que actualmente acosan a la sociedad occidental, la rapidez con que se han extendido estas absurdas propuestas, y el silencio con el que son recibidas por personas supuestamente sensatas, manifiestan a las claras que responde al plan preconcebido por quien quiere destruir la naturaleza humana como forma de destruir la creación de Dios; y utiliza como primer arma la mentira, que queda encubierta por el interés de quien satisface en ella sus pasiones o fomenta su soberbia.
Porque muchos de los actuales planteamientos insensatos se han basado en mentiras que no tienen ningún apoyo ni sociológico ni científico; pero que nadie quiere desmentir; o no se atreven a hacerlo por temor a ser tachados de retrógrados, es decir por la soberbia de no perder su prestigio.
A menudo nos empeñamos en atacar a las personas que lideran estas posturas, o pensamos que cambiándolas mejorarán las cosas; pero el problema no son ellos (pobres tontos equivocados), sino en el mal que subyace y alienta esas insensateces... y subyace también en personas que sin defenderlas abiertamente, se han dejado atraer por la misma pasión o la misma soberbia; personas que nos parecen mejores o tienen actuaciones acertadas en otros campos, pero que en el fondo ya están infiltradas con ese mal.
No quiero, no puedo, ponerme pesimista, ya que me consta que el Bien triunfó sobre el mal definitivamente cuando Cristo resucitó. Simplemente quiero poner de manifiesto que nuestra lucha debe centrarse en ser nosotros mejores, en hacer mejores a los demás, en rechazar ese mal pequeño, que parece no tener relevancia, como modo de frenar el mal que nos parece enorme.
No basta con resistir pasivamente al mal, tenemos que ahogarlo con nuestro bien.
Y recemos para que Dios se decida a rectificar el rumbo de la humanidad, en vez de esperar a que nos despeñemos por el precipicio al que nos dirigimos a buen paso.
miércoles, 5 de marzo de 2008
¿Derechos de los católicos?
Otra confusión habitual con respecto al cristianismo y la vida pública es el ejercicio de nuestros derechos. Por supuesto que todo hombre -cualquiera que sea su Fe- puede reclamar sus derechos: ¡por eso son derechos!
Pero cuando un católico se adentra en la vida pública, o un particular participa en la vida social, lo hace -como ya hemos dicho- por vocación de servicio al bien común y a los demás. Entonces, por su propio peso se desprende que ya no podrá ejercer todos sus derechos, sino que cederá algunos para beneficio de los demás; y asumirá obligaciones que no le son en sí mismas exigibles, pero que facilitan su labor. En esto consiste nuestro un auténtico servicio público basado en la caridad.
Porque, si los católicos nos rigiésemos por el mismo código de derechos y obligaciones que los demás, ¿en qué nos distinguiríamos? ¿Acaso es éste el espíritu de las bienaventuranzas o el sermón de la montaña? Y mucho menos: ¿podemos usar el nombre de católicos para exigir derechos o rechazar obligaciones?
Por supuesto, esto es tan aplicable al católico particular como a la Iglesia como institución.
Civilmente tenemos los mismos derechos y obligaciones que los demás; pero nuestra Fe nos impone muchas más obligaciones sociales y nos restringe alguno de nuestros derechos.
Esta es la vocación del cristiano.
Pero cuando un católico se adentra en la vida pública, o un particular participa en la vida social, lo hace -como ya hemos dicho- por vocación de servicio al bien común y a los demás. Entonces, por su propio peso se desprende que ya no podrá ejercer todos sus derechos, sino que cederá algunos para beneficio de los demás; y asumirá obligaciones que no le son en sí mismas exigibles, pero que facilitan su labor. En esto consiste nuestro un auténtico servicio público basado en la caridad.
Porque, si los católicos nos rigiésemos por el mismo código de derechos y obligaciones que los demás, ¿en qué nos distinguiríamos? ¿Acaso es éste el espíritu de las bienaventuranzas o el sermón de la montaña? Y mucho menos: ¿podemos usar el nombre de católicos para exigir derechos o rechazar obligaciones?
Por supuesto, esto es tan aplicable al católico particular como a la Iglesia como institución.
Civilmente tenemos los mismos derechos y obligaciones que los demás; pero nuestra Fe nos impone muchas más obligaciones sociales y nos restringe alguno de nuestros derechos.
Esta es la vocación del cristiano.
miércoles, 27 de febrero de 2008
¿Gobierno u oposición?
Otra consecuencia de la vocación hacia el bien común de todo cristiano, especialmente plasmada en aquellos que se dedican a la vida pública, es que el católico no puede seguir la táctica habitual de confrontación y división del contrario. La búsqueda del bien común nos llevará a admitir lo bueno que haya en cada propuesta, la formule quien la formule; y a rectificar los errores propios cuando se pone de manifiesto que nuestra propuesta no es la mejor.
Pero claro, para poder seguir esta táctica nueva, no podemos depender de los intereses de partido; no podemos supeditar nuestros principios a la continuidad en el servicio público, ni al beneplácito de la opinión pública. Es decir, de nada sirve mantener el gobierno a toda costa como plataforma para hacer el bien común, si para ello nos vemos obligados a forzar nuestras propias convicciones o acallarlas, en definitiva, a soslayar el bien común. En estas condiciones, el poder o la influencia política de nadas sirven para la transmisión de nuestras propuestas sociales.
El que accede a la política como servicio tiene que estar dispuesto a hacerlo desde la oposición, modelando y encauzando las propuestas y actuaciones de aquellos que ejercen el gobierno: una oposición leal, pensando más en servir a la población con nuestras iniciativas y críticas que en derribar al gobierno para sustituirlo. Parece utópico, pero sería un camino mucho más rápido, honesto y democrático de alcanzar dicho gobierno: que la defensa honrada de planteamientos y valores sociales y democráticos lleve a que el pueblo deposite su confianza en políticos tan despegados de sus intereses.
Se produciría la paradoja habitual: buscar antes el bien común que el poder es la mejor manera de que la sociedad deposite en nosotros su confianza; y así alcanzar el gobierno desde el que ponerlo en práctica.
Pero claro, para poder seguir esta táctica nueva, no podemos depender de los intereses de partido; no podemos supeditar nuestros principios a la continuidad en el servicio público, ni al beneplácito de la opinión pública. Es decir, de nada sirve mantener el gobierno a toda costa como plataforma para hacer el bien común, si para ello nos vemos obligados a forzar nuestras propias convicciones o acallarlas, en definitiva, a soslayar el bien común. En estas condiciones, el poder o la influencia política de nadas sirven para la transmisión de nuestras propuestas sociales.
El que accede a la política como servicio tiene que estar dispuesto a hacerlo desde la oposición, modelando y encauzando las propuestas y actuaciones de aquellos que ejercen el gobierno: una oposición leal, pensando más en servir a la población con nuestras iniciativas y críticas que en derribar al gobierno para sustituirlo. Parece utópico, pero sería un camino mucho más rápido, honesto y democrático de alcanzar dicho gobierno: que la defensa honrada de planteamientos y valores sociales y democráticos lleve a que el pueblo deposite su confianza en políticos tan despegados de sus intereses.
Se produciría la paradoja habitual: buscar antes el bien común que el poder es la mejor manera de que la sociedad deposite en nosotros su confianza; y así alcanzar el gobierno desde el que ponerlo en práctica.
domingo, 24 de febrero de 2008
Política y Fe
El objetivo último de un católico debe ser transmitir nuestra Fe, que es el mayor bien que tenemos y, por tanto, la mejor manera de cooperar al bien común.
Pero para transmitir la Fe no es necesario detentar el poder público: se puede hacer, como siempre se ha hecho, desde el callado ejemplo de nuestras vidas. Es más, el poder suele ser un flaco aliado de la Fe y la verdad... y está demasiado cerca de la tentación de corrupción, o por lo menos, del provecho personal.
Si no somos capaces de transmitir nuestra Fe sin el amparo del poder público, no la transmitiremos nunca: porque el objeto de la Fe no son las cuestiones públicas y materiales, sino el propio Dios y el amor al prójimo. Muy al contrario, la experiencia demuestra que el poder suele sofocar y corromper esa misma Fe que pretende defender.
Deberíamos, por tanto, preocuparnos más por transmitir nuestra Fe usando los medios comunes a nuestro alcance, que de criticar las posturas contrarias que puedan aparecer públicamente, en especial cuando provienen de formaciones políticas: podría confundirse nuestra evangelización con demagogia; y nuestra búsqueda del bien común, con la defensa de intereses privados, sean legítimos o no.
Pero para transmitir la Fe no es necesario detentar el poder público: se puede hacer, como siempre se ha hecho, desde el callado ejemplo de nuestras vidas. Es más, el poder suele ser un flaco aliado de la Fe y la verdad... y está demasiado cerca de la tentación de corrupción, o por lo menos, del provecho personal.
Si no somos capaces de transmitir nuestra Fe sin el amparo del poder público, no la transmitiremos nunca: porque el objeto de la Fe no son las cuestiones públicas y materiales, sino el propio Dios y el amor al prójimo. Muy al contrario, la experiencia demuestra que el poder suele sofocar y corromper esa misma Fe que pretende defender.
Deberíamos, por tanto, preocuparnos más por transmitir nuestra Fe usando los medios comunes a nuestro alcance, que de criticar las posturas contrarias que puedan aparecer públicamente, en especial cuando provienen de formaciones políticas: podría confundirse nuestra evangelización con demagogia; y nuestra búsqueda del bien común, con la defensa de intereses privados, sean legítimos o no.
lunes, 18 de febrero de 2008
¿Rezar o gritar?
Hay quien asegura que la única esperanza de nuestra civilización ante la presente crisis es que los católicos triunfen al construir la sociedad de acuerdo con el plan de Dios, de acuerdo con la propia naturaleza social del hombre, empezando por rescatar la familia, su célula básica. Pero nuestro éxito dependerá más de nuestra propia vida interior, de nuestro amor personal a Dios, que de nuestra organización política.
Por esto, la actuación del católico en la política tiene que buscar más el servicio de la verdad que a la imposición de un programa concreto; la transmisión de valores, que el ámplio consenso. Nuestros escritos, nuestras manifestaciones públicas, las hacemos para sacar del error al ciudadano, tantas veces engañado por quien sólo tiene intereses partidistas. Por supuesto, podemos proponer soluciones técnicamente ingeniosas y convincentes, dentro del amplio márgen que la actuación pública y el bien común proporcionan; podemos dedicarnos a la organización; pero entonces no estaremos construyendo la sociedad cristiana y no podremos contar con la ayuda del Único que puede ayudarnos.
Si, además, nos limitamos a criticar al gobierno de turno -con o sin razón- con el único objetivo de derribarle o enajenarle el voto, entonces se confundirán nuestras propuestas sociales con objetivos menos nobles; y, sin darnos cuenta, podríamos estar defendiendo intereses incluso innobles de quien se sube a nuestro carro con el único afán de sacar provecho.
Más nos valdría, si queremos tener éxito, actuar en política más por amor al prójimo que por odio al contrario: veríamos que es bastante más efectiva una cadena de oración (que derramará sus gracias sobre ambas partes), que una manifestación callejera millonaria; y, además, ¡la oración nunca enfadará al contrario!
Nuestro único grito debería ser: ¡más oración y menos manifestación!
Por esto, la actuación del católico en la política tiene que buscar más el servicio de la verdad que a la imposición de un programa concreto; la transmisión de valores, que el ámplio consenso. Nuestros escritos, nuestras manifestaciones públicas, las hacemos para sacar del error al ciudadano, tantas veces engañado por quien sólo tiene intereses partidistas. Por supuesto, podemos proponer soluciones técnicamente ingeniosas y convincentes, dentro del amplio márgen que la actuación pública y el bien común proporcionan; podemos dedicarnos a la organización; pero entonces no estaremos construyendo la sociedad cristiana y no podremos contar con la ayuda del Único que puede ayudarnos.
Si, además, nos limitamos a criticar al gobierno de turno -con o sin razón- con el único objetivo de derribarle o enajenarle el voto, entonces se confundirán nuestras propuestas sociales con objetivos menos nobles; y, sin darnos cuenta, podríamos estar defendiendo intereses incluso innobles de quien se sube a nuestro carro con el único afán de sacar provecho.
Más nos valdría, si queremos tener éxito, actuar en política más por amor al prójimo que por odio al contrario: veríamos que es bastante más efectiva una cadena de oración (que derramará sus gracias sobre ambas partes), que una manifestación callejera millonaria; y, además, ¡la oración nunca enfadará al contrario!
Nuestro único grito debería ser: ¡más oración y menos manifestación!
domingo, 17 de febrero de 2008
La política al servicio de la verdad
Hablábamos en la anterior entrada sobre la necesaria coherencia de los católicos en su actuación política; que tiene que ser una vocación de servicio al bien común.
Pues bien, quizá la primera clave nos la da Benedicto XVI en el discurso que no le dejaron pronunciar los liberales y tolerantes (que son los primeros en imponer censuras y decidir qué es lo que se puede tolerar) en la universidad La Sapienza: el primer servicio es hacer política en base a la verdad.
La actuación del católico no puede limitarse a la lucha por conseguir mayorías aritméticas, sino que debe desarrollar un "procedimiento argumental sensible a la verdad". Pero, con frecuencia, la sensibilidad a la verdad cede ante la sensibilidad de los intereses partidistas o la conveniencia de dar la razón al público, para conseguir su voto. Por esto mismo, sería interesante escuchar otras instancias distintas de aquellas que, como los partidos políticos, tienen intereses concretos en la determinación de qué es la verdad. Por esto es especialmente necesario el servicio de aquellos que acceden a la vida pública para servir al bien común en vez de hacerlo para servirse de ella: sus opiniones resultan más fiables. También por esto es más infame el ataque a la Iglesia cuando expresa sus opiniones morales y su ética social, ya que lo hace bastante más independientemente que aquellos agentes sociales que persiguen un interés propio.
No obstante, tenemos que reconocer que el ejemplo de tantos que se dicen católicos no es precisamente el que acabamos de exponer; y que también se ha podido confundir, en algunas desafortunadas ocasiones, la defensa del bien común con la defensa de los legítimos derechos de la Iglesia; que los tiene, pero que deben ceder siempre ante el bien común.
Hasta que no haya un ejemplo claro de anteposición del bien común al personal en la actuación de los políticos católicos, nuestra influencia en la vida pública será nula o negativa.
Pues bien, quizá la primera clave nos la da Benedicto XVI en el discurso que no le dejaron pronunciar los liberales y tolerantes (que son los primeros en imponer censuras y decidir qué es lo que se puede tolerar) en la universidad La Sapienza: el primer servicio es hacer política en base a la verdad.
La actuación del católico no puede limitarse a la lucha por conseguir mayorías aritméticas, sino que debe desarrollar un "procedimiento argumental sensible a la verdad". Pero, con frecuencia, la sensibilidad a la verdad cede ante la sensibilidad de los intereses partidistas o la conveniencia de dar la razón al público, para conseguir su voto. Por esto mismo, sería interesante escuchar otras instancias distintas de aquellas que, como los partidos políticos, tienen intereses concretos en la determinación de qué es la verdad. Por esto es especialmente necesario el servicio de aquellos que acceden a la vida pública para servir al bien común en vez de hacerlo para servirse de ella: sus opiniones resultan más fiables. También por esto es más infame el ataque a la Iglesia cuando expresa sus opiniones morales y su ética social, ya que lo hace bastante más independientemente que aquellos agentes sociales que persiguen un interés propio.
No obstante, tenemos que reconocer que el ejemplo de tantos que se dicen católicos no es precisamente el que acabamos de exponer; y que también se ha podido confundir, en algunas desafortunadas ocasiones, la defensa del bien común con la defensa de los legítimos derechos de la Iglesia; que los tiene, pero que deben ceder siempre ante el bien común.
Hasta que no haya un ejemplo claro de anteposición del bien común al personal en la actuación de los políticos católicos, nuestra influencia en la vida pública será nula o negativa.
jueves, 31 de enero de 2008
Los católicos y la política
Los católicos debemos participar en la vida publica por dos razones: por una parte, nuestra vocación es de servicio y éste es un servicio social; por otra, participar en la vida pública es un modo de transmitir el Evangelio de forma práctica. Pero ambas razones nos comprometen a participar de una forma específica: con espiritu de servicio y como modelo de vida evangélica. El católico que se apunta a la política no puede hacerlo como está al uso: más para servirse de ella, que para servir a los demás; y sus propuestas electorales tienen que basarse más en la búsqueda del bien común, que en el afán de ganar votos para perpetuarse en el poder.
En España estamos en pre-campaña electoral; pero vemos que ninguno de los partidos relevantes [los que tienen auténtica presencia social] cumple los anteriores requisitos: sin excepción, pretenden servirse de la política; y para conseguir los votos necesarios son capaces de cualquier cosa.
No obstante, hay católicos declarados entre los miembros relevantes de los partidos españoles; en algunos partidos, muy especialmente. Entonces ¿por qué no se cumplen en esos partidos los requisitos de servicio y bien común? Quiza sea porque la mayoría de los católicos, al poco de llegar al mundo de la politica, ya están más preocupados por los intereses de su partido que por los motivos que les llevaron a la política: ...si de todas formas no iba a conseguir cambiar nada, mejor que esté yo a que me sustituya un ateo..., se dicen. Esta es la falacia que les permite seguir en partidos e instituciones que atentan directamente contra su fe. Y esto es tremendamente falso, porque para hacer -o consentir- el mal es mejor que el responsable sea un ateo, a que sea una persona con etiqueta católica: porque el ateo, ni escandaliza ni compromete su fe; pero el católico que consiente con su voto y apoyo público ese mal, escandaliza y prostituye su Fe.
¿Cómo debe comportarse un político católico ante el actual panorama? Pues está muy claro: o actúa coherentemente con su fe, o se retira... aunque eso le cueste el puesto de trabajo.
¿Cómo debe comportarse un votante católico? Pues está igual de claro, buscando con su voto defender los valores evangélicos, o votando en blanco... aunque eso suponga la derrota del partido que más defiende su sintereses personales.
Por supuesto, estoy hablando de política; pero no es mi intención hacer política desde este blog, sino transmitir la Doctrina Social de la Iglesia al respecto.
En España estamos en pre-campaña electoral; pero vemos que ninguno de los partidos relevantes [los que tienen auténtica presencia social] cumple los anteriores requisitos: sin excepción, pretenden servirse de la política; y para conseguir los votos necesarios son capaces de cualquier cosa.
No obstante, hay católicos declarados entre los miembros relevantes de los partidos españoles; en algunos partidos, muy especialmente. Entonces ¿por qué no se cumplen en esos partidos los requisitos de servicio y bien común? Quiza sea porque la mayoría de los católicos, al poco de llegar al mundo de la politica, ya están más preocupados por los intereses de su partido que por los motivos que les llevaron a la política: ...si de todas formas no iba a conseguir cambiar nada, mejor que esté yo a que me sustituya un ateo..., se dicen. Esta es la falacia que les permite seguir en partidos e instituciones que atentan directamente contra su fe. Y esto es tremendamente falso, porque para hacer -o consentir- el mal es mejor que el responsable sea un ateo, a que sea una persona con etiqueta católica: porque el ateo, ni escandaliza ni compromete su fe; pero el católico que consiente con su voto y apoyo público ese mal, escandaliza y prostituye su Fe.
¿Cómo debe comportarse un político católico ante el actual panorama? Pues está muy claro: o actúa coherentemente con su fe, o se retira... aunque eso le cueste el puesto de trabajo.
¿Cómo debe comportarse un votante católico? Pues está igual de claro, buscando con su voto defender los valores evangélicos, o votando en blanco... aunque eso suponga la derrota del partido que más defiende su sintereses personales.
Por supuesto, estoy hablando de política; pero no es mi intención hacer política desde este blog, sino transmitir la Doctrina Social de la Iglesia al respecto.
miércoles, 9 de enero de 2008
Conocimiento científico
He leído que los científicos se sienten muy orgullosos de que el conocimiento científico es el mejor de cuantos tipos de conocimiento existen. Ignoro a qué otros tipos de conocimiento pueden referirse (intuición, tradición, Fe, ...); pero creo que el conocimiento científico no es tan científico como ellos creen.
Basan su orgullo profesional en que el conocimiento científico es el que más rápidamente cambia cuando cambian las evidencias en las que se soportaba, porque no son fanáticos que se aferran a una postura inamovible. Tengo que reconocer que en esto son muy honrados y sinceros: es verdad que en el momento en que cambian las evidencias, ellos cambian sus posturas; pero también es verdad que dichas evidencias cambian con demasiada frecuencia.
Y es que el conocimiento científico no se basa en algo absolutamente cierto e infalible; el conocimiento científico no es algo radicalmente exacto (salvo los resultados matemáticos). En la práctica totalidad de los casos, las conclusiones científicas (esas afirmaciones dogmáticas e irrefutables a las que nos tienen acostumbrados) se basan en su convencimiento -es decir, fe- de que los datos de los que disponen reflejan fielmente la realidad (la verdad, que diría un filósofo). En el fondo, la certeza científica se basa en la fe que ellos mismos tienen en sus métodos. Y, claro, cuando esa fe se ve truncada por un método o una evidencia distinta, la cambian inmediatamente. Y no les duelen prendas en decir que las afirmaciones dogmáticas e irrefutables que habían mantenido hasta ayer, hoy ya están equivocadas; y así afirman dogmática e irrefutablemente una nueva verdad eterna... ¡hasta nuevo cambio!
Esto es así porque ni la capacidad humana (que es muy limitada), ni el método científico (que se basa en la fe que el científico tiene de sí mismo) dan para más. Por lo tanto, no se les puede reprochar que las verdades científicas eternas sean simplemente temporales... y menos verdades y menos científicas de lo que nos gustaría.
Lo que sí se les debe reprochar es esa soberbia científica que les lleva a ridiculizar a los que basamos nuestro conocimiento en la Fe (Fe en Dios, no en el hombre)... y venimos manteniendo la misma Fe desde hace cuatro mil años, sin que nadie -con razonamientos de peso- nos haya podido disuadir de que estamos en lo cierto.
¡Ya es ridículo basar la soberbia científica en que cambian fácilmente de parecer!
Basan su orgullo profesional en que el conocimiento científico es el que más rápidamente cambia cuando cambian las evidencias en las que se soportaba, porque no son fanáticos que se aferran a una postura inamovible. Tengo que reconocer que en esto son muy honrados y sinceros: es verdad que en el momento en que cambian las evidencias, ellos cambian sus posturas; pero también es verdad que dichas evidencias cambian con demasiada frecuencia.
Y es que el conocimiento científico no se basa en algo absolutamente cierto e infalible; el conocimiento científico no es algo radicalmente exacto (salvo los resultados matemáticos). En la práctica totalidad de los casos, las conclusiones científicas (esas afirmaciones dogmáticas e irrefutables a las que nos tienen acostumbrados) se basan en su convencimiento -es decir, fe- de que los datos de los que disponen reflejan fielmente la realidad (la verdad, que diría un filósofo). En el fondo, la certeza científica se basa en la fe que ellos mismos tienen en sus métodos. Y, claro, cuando esa fe se ve truncada por un método o una evidencia distinta, la cambian inmediatamente. Y no les duelen prendas en decir que las afirmaciones dogmáticas e irrefutables que habían mantenido hasta ayer, hoy ya están equivocadas; y así afirman dogmática e irrefutablemente una nueva verdad eterna... ¡hasta nuevo cambio!
Esto es así porque ni la capacidad humana (que es muy limitada), ni el método científico (que se basa en la fe que el científico tiene de sí mismo) dan para más. Por lo tanto, no se les puede reprochar que las verdades científicas eternas sean simplemente temporales... y menos verdades y menos científicas de lo que nos gustaría.
Lo que sí se les debe reprochar es esa soberbia científica que les lleva a ridiculizar a los que basamos nuestro conocimiento en la Fe (Fe en Dios, no en el hombre)... y venimos manteniendo la misma Fe desde hace cuatro mil años, sin que nadie -con razonamientos de peso- nos haya podido disuadir de que estamos en lo cierto.
¡Ya es ridículo basar la soberbia científica en que cambian fácilmente de parecer!
martes, 18 de diciembre de 2007
¿Pecado?
Se puede definir el pecado de muchas formas. Las más conocidas son:
"Es la transgresión voluntaria de la Ley de Dios"; o bien, "Es la ofensa a Dios, consciente y voluntaria".
Se dice que la sociedad actual no tiene "conciencia de pecado", no considera que deba arrepentirse de nada. La sociedad actual no es consciente de "transgredir la Ley de Dios", ni es consciente de "ofenderle"... por supuesto, estoy hablando de personas creyentes y con cierta vida religiosa. ¡La prueba manifiesta es que los confesonarios están llenos de telarañas!
Veíamos hace poco que estamos inmersos en la "cultura del deseo"; y que esta cultura ha eliminado no sólo la moral, sino incluso a la razón como base de nuestro comportamiento. Entonces, ¿cómo extrañarse de que no haya conciencia de pecado? Si la norma de conducta es mi deseo; y sólo hago lo que deseo: ¿cómo puedo pecar? ¿cómo puedo ofender a Dios, si yo soy mi dios?
Ahora vienen al caso otras definiciones de pecado más sofisticadas, más académicas:
"El pecado no es más que un acto moralmente malo un acto en discordia con la razón informada por la ley Divina" (Santo Tomás, “De Malo”, 8:3).
"El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta" (Catecismo,1849).
¿Cómo admitir entonces el pecado, si no hay más razón que mi deseo?
Lo vio mejor el gran San Agustín: "El pecado es amor de sí hasta el desprecio de Dios" (S. Agustín, civ. 1,14,28). Esto sí que se entiende, porque la cultura del deseo no es más que "amor de uno mismo".
Quizá así la humanidad admita la existencia del pecado: el ser creado para amar, se ama sólo a sí mismo.
Quizá sea por esto que en una sociedad que no admite ni la Fe ni las razones se produzcan conversiones asombrosas simplemente por que el individuo se encuentra con Dios, con el Amor... y esto es lo único que pueden sentir superior a su propio deseo: prefiero sentirme amado por Dios, que sentirme amado sólo por mí mismo.
Quizá tenemos que predicar menos y "mostrar más a Dios"... si es posible, con nuestra pobre vida.
"Es la transgresión voluntaria de la Ley de Dios"; o bien, "Es la ofensa a Dios, consciente y voluntaria".
Se dice que la sociedad actual no tiene "conciencia de pecado", no considera que deba arrepentirse de nada. La sociedad actual no es consciente de "transgredir la Ley de Dios", ni es consciente de "ofenderle"... por supuesto, estoy hablando de personas creyentes y con cierta vida religiosa. ¡La prueba manifiesta es que los confesonarios están llenos de telarañas!
Veíamos hace poco que estamos inmersos en la "cultura del deseo"; y que esta cultura ha eliminado no sólo la moral, sino incluso a la razón como base de nuestro comportamiento. Entonces, ¿cómo extrañarse de que no haya conciencia de pecado? Si la norma de conducta es mi deseo; y sólo hago lo que deseo: ¿cómo puedo pecar? ¿cómo puedo ofender a Dios, si yo soy mi dios?
Ahora vienen al caso otras definiciones de pecado más sofisticadas, más académicas:
"El pecado no es más que un acto moralmente malo un acto en discordia con la razón informada por la ley Divina" (Santo Tomás, “De Malo”, 8:3).
"El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta" (Catecismo,1849).
¿Cómo admitir entonces el pecado, si no hay más razón que mi deseo?
Lo vio mejor el gran San Agustín: "El pecado es amor de sí hasta el desprecio de Dios" (S. Agustín, civ. 1,14,28). Esto sí que se entiende, porque la cultura del deseo no es más que "amor de uno mismo".
Quizá así la humanidad admita la existencia del pecado: el ser creado para amar, se ama sólo a sí mismo.
Quizá sea por esto que en una sociedad que no admite ni la Fe ni las razones se produzcan conversiones asombrosas simplemente por que el individuo se encuentra con Dios, con el Amor... y esto es lo único que pueden sentir superior a su propio deseo: prefiero sentirme amado por Dios, que sentirme amado sólo por mí mismo.
Quizá tenemos que predicar menos y "mostrar más a Dios"... si es posible, con nuestra pobre vida.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Nueva encíclica: "SPE SALVI"
"SPE SALVI facti sumus": en esperanza fuimos salvados. Así comienza la segunda carta encíclica de Benedicto XVI. En principio puede parecer una paradoja que la Esperanza salve... pero el Papa lo explica muy bien.
Sí, la Esperanza en Dios y en la vida eterna es lo que nos salva, lo que nos redime de nuestra esclavitud; y nos salva porque nos libera de todas las ataduras al mundo. Por el contrario, la esperanza en cualquier otra cosa nos ata, nos esclaviza a esa cosa, nos somete a ella. Así visto, la Fe es la "sustancia" de la Esperanza: aquello que esperamos. Si creemos en Dios y la vida eterna, ¡ese Dios y esa vida serán nuestra Esperanza!
Por esto, la humanidad que carece de Fe no tiene nada trascendente en lo que esperar; y se queda sujeta a cosas de las que nada puede esperarse. Así, muchos son esclavos de su placer, de sus posesiones, de su ciencia o su ideología: han puesto en estas cosas su esperanza de felicidad; pero como éstas no pueden proporcionar la felicidad esperada, siguen atados a ellas -aumentándolas- hasta lograrla... cosa que nunca consiguen. Este alcanzar el objetivo (placer, poder y poseer) pero sin obtener la felicidad prevista, es la causa de la angustia vital que invade nuestra sociedad.
Y es que realmente el hombre no posee estas cosas, sino que ellas le poseen a él.
Ahora se entiende mucho mejor el consejo evangélico: "Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, éste la salvará" (Lc 9.24)
Sí, la Esperanza en Dios y en la vida eterna es lo que nos salva, lo que nos redime de nuestra esclavitud; y nos salva porque nos libera de todas las ataduras al mundo. Por el contrario, la esperanza en cualquier otra cosa nos ata, nos esclaviza a esa cosa, nos somete a ella. Así visto, la Fe es la "sustancia" de la Esperanza: aquello que esperamos. Si creemos en Dios y la vida eterna, ¡ese Dios y esa vida serán nuestra Esperanza!
Por esto, la humanidad que carece de Fe no tiene nada trascendente en lo que esperar; y se queda sujeta a cosas de las que nada puede esperarse. Así, muchos son esclavos de su placer, de sus posesiones, de su ciencia o su ideología: han puesto en estas cosas su esperanza de felicidad; pero como éstas no pueden proporcionar la felicidad esperada, siguen atados a ellas -aumentándolas- hasta lograrla... cosa que nunca consiguen. Este alcanzar el objetivo (placer, poder y poseer) pero sin obtener la felicidad prevista, es la causa de la angustia vital que invade nuestra sociedad.
Y es que realmente el hombre no posee estas cosas, sino que ellas le poseen a él.
Ahora se entiende mucho mejor el consejo evangélico: "Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, éste la salvará" (Lc 9.24)
lunes, 10 de diciembre de 2007
La cultura del deseo
Como veíamos en la entrada anterior, en nuestra sociedad occidental se ha implantado la cultura del deseo: el objetivo fundamental de la mayoría de la población es satisfacer plenamente sus deseos y hacerlo cuanto antes.
Pero esto no es ninguna novedad: siempre el hombre ha tendido a satisfacer sus deseos. La novedad -y el problema- es que ahora esta satisfacción del deseo es la base de todo comportamiento humano: ya no es la Fe, ni la ética, ni siquiera la razón... la motivación humana es simplemente el deseo.
Debido a esto, ya no sirven los razonamientos para tratar de reconducir una conducta desviada, porque la razón ya no es suficiente motivo para que yo cambie mi conducta y deje sin satisfacer mi deseo: el que una acción sea irracional no tiene mayor trascendencia, porque el único objetivo es satisfacer mi deseo. Por supuesto, también han quedado vacíos de toda significación términos como deber, honor, compromiso, lealtad, fidelidad... y cualquier otro que pueda desviarme de mi deseo en cada momento.
La contestación que más se oye hoy en día es: ¿por qué no voy a hacerlo, si me apetece? Y ante tamaño "razonamiento", ni los motivos morales que aduzcamos, ni la demostración de la irracionalidad del comportamiento servirán para nada:... ¡porque les apetece! La cultura del deseo presupone que el hombre es el único dios de sí mismo: y su deseo se convierte en la única ley.
No es que no existan razones... y de mucho peso: es que la racionalidad ha dejado de ser su norma de comportamiento. Porque la razón sirve para dirigir la voluntad... pero ya no se actúa conforme a la propia voluntad, sino según el propio deseo.
Y no confundamos voluntad con deseo: la voluntad es la decisión adoptada en uso de nuestra libertad, después de una deliberación sobre lo bueno y lo malo de las diversas opciones; el deseo es simplemente lo que me apetece aquí y ahora, sin deliberación alguna.
Esto es mucho más grave de lo que parece. No es que el hombre se comporte inmoralmente (que esto lo ha hecho siempre); es que ni siquiera busca razones para justificar su inmoralidad. Si el animal racional ya no se comporta como tal, sino que sigue simplemente el deseo, el impulso, el instinto: entonces... ¿que nos diferencia de los animales irracionales?
Como tantas veces en la Historia, una vez más estamos ante la desintegración de una sociedad cuyos miembros, pretendiendo ser como "dioses", se están convirtiendo simplemente en animales.
Ya lo mostrábamos en la entrada anterior: los irracionales no son los que "creen en Dios", sino los que "se creen dios".
Pero esto no es ninguna novedad: siempre el hombre ha tendido a satisfacer sus deseos. La novedad -y el problema- es que ahora esta satisfacción del deseo es la base de todo comportamiento humano: ya no es la Fe, ni la ética, ni siquiera la razón... la motivación humana es simplemente el deseo.
Debido a esto, ya no sirven los razonamientos para tratar de reconducir una conducta desviada, porque la razón ya no es suficiente motivo para que yo cambie mi conducta y deje sin satisfacer mi deseo: el que una acción sea irracional no tiene mayor trascendencia, porque el único objetivo es satisfacer mi deseo. Por supuesto, también han quedado vacíos de toda significación términos como deber, honor, compromiso, lealtad, fidelidad... y cualquier otro que pueda desviarme de mi deseo en cada momento.
La contestación que más se oye hoy en día es: ¿por qué no voy a hacerlo, si me apetece? Y ante tamaño "razonamiento", ni los motivos morales que aduzcamos, ni la demostración de la irracionalidad del comportamiento servirán para nada:... ¡porque les apetece! La cultura del deseo presupone que el hombre es el único dios de sí mismo: y su deseo se convierte en la única ley.
No es que no existan razones... y de mucho peso: es que la racionalidad ha dejado de ser su norma de comportamiento. Porque la razón sirve para dirigir la voluntad... pero ya no se actúa conforme a la propia voluntad, sino según el propio deseo.
Y no confundamos voluntad con deseo: la voluntad es la decisión adoptada en uso de nuestra libertad, después de una deliberación sobre lo bueno y lo malo de las diversas opciones; el deseo es simplemente lo que me apetece aquí y ahora, sin deliberación alguna.
Esto es mucho más grave de lo que parece. No es que el hombre se comporte inmoralmente (que esto lo ha hecho siempre); es que ni siquiera busca razones para justificar su inmoralidad. Si el animal racional ya no se comporta como tal, sino que sigue simplemente el deseo, el impulso, el instinto: entonces... ¿que nos diferencia de los animales irracionales?
Como tantas veces en la Historia, una vez más estamos ante la desintegración de una sociedad cuyos miembros, pretendiendo ser como "dioses", se están convirtiendo simplemente en animales.
Ya lo mostrábamos en la entrada anterior: los irracionales no son los que "creen en Dios", sino los que "se creen dios".
domingo, 9 de diciembre de 2007
¿Qué es más racional: la Fe o el deseo?
Tradicionalmente se ha identificado la Fe con una "credulidad irreflexiva"; y ateísmo o agnosticismo se identifica con "duda razonada y razonable". Desde el punto de vista teórico así debería ser: si yo "creo" es porque rechazo las razones que me hacen dudar; si "dudo" es porque he admitido las demás posibilidades que me muestra la razón.
Pero paradójicamente en la realidad ocurre lo contrario. Me encuentro con personas con una Fe profunda e inquebrantable que se empeñan en buscar constantemente razones de su Fe y dan razones de su Esperanza (la tercera virtud teologal, la Caridad, no es necesario razonarla, porque ésta sí la admite todo el mundo sin discusión). Por ejemplo, un Santo Tomás de Aquino -que metía la cabeza dentro del Sagrario para tener mejor inspiración divina- se molestó en escribir la Summa Teológica y desarrollar las cinco vías que demuestran la existencia de Dios.
Por el contrario, es muy habitual encontrar científicos ateos o agnósticos que niegan de partida la existencia de Dios y no se molestan en razonar su negación, ni en buscar una justificación alternativa a la existencia del cosmos o a la vida espiritual del hombre. Su respuesta habitual es que "todo es fruto de la casualidad"; y aunque esta conclusión no es ni remotamente científica ni racionalmente válida, en nombre de la razón, ¡no razonan nada más! Irracionalmente, se empeñan en negar de partida todo lo que no pueden comprobar empíricamente; pero tampoco pueden comprobar la teoría de la relatividad, ni la fuerza electromagnética, ni tienen idea de lo que pueda ser la atracción gravitatoria, ni la vida, ni el amor... y, sin embargo, sí afirman su existencia, a la vista de los efectos que todo ello produce.
Peor aún. El ateo conduce irracionalmente su vida; se empeña en seguir una moral que le destroza espiritual y anímicamente; rechaza la providencia divina, pero se sujeta al augur de los videntes y adivinos; evita la liturgia, pero se somete a la moda; proclama un mundo de reducida natalidad y homosexualidad, y pretende perpetuar la especie.
En nombre de la "diosa razón", de la libertad, la igualdad y la fraternidad se perpetró la peor época de terror en Francia: la dictadura de la Guillotina. Los que "mataron" a Dios para "liberar" al hombre, tienen a sus espaldas los mayores asesinatos masivos que la Historia ha conocido (y que difícilmente podrán superarse en el futuro): nazismo y comunismo, ya sea éste soviético, chino o camboyano.
Quizá sea por esto que hoy en día el dilema no es Fe o razón, sino Fe o "deseo": porque hoy en lo que nadie cree es en la razón. Así, el mundo se divide en dos grandes grupos: los que creen en un Dios, y lo anteponen a su deseo; y los que creen en su deseo y se somenten en cuerpo y alma a él. Para estos, el deseo se convierte en el demonio que los esclaviza y engaña: les promete alcanzar la felicidad satisfaciendo sus deseos; pero, en cuanto los satisfacen, esa felicidad se les escurre entre los dedos como agua cogida con las manos.
La experiencia nos demuestra que a la luz de la Fe, la vida es más racional que bajo la oscura cultura del deseo: si no nos sometemos al Dios creador, nos quedamos sujetos a los demonios y pasiones que rigen el mundo ajeno a la Fe.
Nos liberamos de un Dios amor; y nos sometemos al peor tirano: nuestro deseo.
_______________________
P.D.: Por supuesto, existen personas sin Fe que tratan de seguir el dictado de su conciencia, más o menos adaptada a la Ley Natural; pero he querido mostrar sólo los dos extremos, porque el dilema actual es entre los que "creen en Dios" y los que "se creen dios"; siendo éstos últimos los auténticos irracionales.
Pero paradójicamente en la realidad ocurre lo contrario. Me encuentro con personas con una Fe profunda e inquebrantable que se empeñan en buscar constantemente razones de su Fe y dan razones de su Esperanza (la tercera virtud teologal, la Caridad, no es necesario razonarla, porque ésta sí la admite todo el mundo sin discusión). Por ejemplo, un Santo Tomás de Aquino -que metía la cabeza dentro del Sagrario para tener mejor inspiración divina- se molestó en escribir la Summa Teológica y desarrollar las cinco vías que demuestran la existencia de Dios.
Por el contrario, es muy habitual encontrar científicos ateos o agnósticos que niegan de partida la existencia de Dios y no se molestan en razonar su negación, ni en buscar una justificación alternativa a la existencia del cosmos o a la vida espiritual del hombre. Su respuesta habitual es que "todo es fruto de la casualidad"; y aunque esta conclusión no es ni remotamente científica ni racionalmente válida, en nombre de la razón, ¡no razonan nada más! Irracionalmente, se empeñan en negar de partida todo lo que no pueden comprobar empíricamente; pero tampoco pueden comprobar la teoría de la relatividad, ni la fuerza electromagnética, ni tienen idea de lo que pueda ser la atracción gravitatoria, ni la vida, ni el amor... y, sin embargo, sí afirman su existencia, a la vista de los efectos que todo ello produce.
Peor aún. El ateo conduce irracionalmente su vida; se empeña en seguir una moral que le destroza espiritual y anímicamente; rechaza la providencia divina, pero se sujeta al augur de los videntes y adivinos; evita la liturgia, pero se somete a la moda; proclama un mundo de reducida natalidad y homosexualidad, y pretende perpetuar la especie.
En nombre de la "diosa razón", de la libertad, la igualdad y la fraternidad se perpetró la peor época de terror en Francia: la dictadura de la Guillotina. Los que "mataron" a Dios para "liberar" al hombre, tienen a sus espaldas los mayores asesinatos masivos que la Historia ha conocido (y que difícilmente podrán superarse en el futuro): nazismo y comunismo, ya sea éste soviético, chino o camboyano.
Quizá sea por esto que hoy en día el dilema no es Fe o razón, sino Fe o "deseo": porque hoy en lo que nadie cree es en la razón. Así, el mundo se divide en dos grandes grupos: los que creen en un Dios, y lo anteponen a su deseo; y los que creen en su deseo y se somenten en cuerpo y alma a él. Para estos, el deseo se convierte en el demonio que los esclaviza y engaña: les promete alcanzar la felicidad satisfaciendo sus deseos; pero, en cuanto los satisfacen, esa felicidad se les escurre entre los dedos como agua cogida con las manos.
La experiencia nos demuestra que a la luz de la Fe, la vida es más racional que bajo la oscura cultura del deseo: si no nos sometemos al Dios creador, nos quedamos sujetos a los demonios y pasiones que rigen el mundo ajeno a la Fe.
Nos liberamos de un Dios amor; y nos sometemos al peor tirano: nuestro deseo.
_______________________
P.D.: Por supuesto, existen personas sin Fe que tratan de seguir el dictado de su conciencia, más o menos adaptada a la Ley Natural; pero he querido mostrar sólo los dos extremos, porque el dilema actual es entre los que "creen en Dios" y los que "se creen dios"; siendo éstos últimos los auténticos irracionales.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
El Evangelio, ¿es de derechas o de izquierdas?
Cuando uno lee el Evangelio con el objetivo de conocer mejor a Cristo y seguirle, tiene muy claro que lo importante no es responder a la pregunta que he formulado, sino imitarle en cada ocasión de nuestra vida.
Pero cuando uno lo lee tratando de encontrar un código social o moral, entonces le gustaría encasillar este código en los moldes actuales... Y mucho más cuando lo que uno pretende es justificar en el Evangelio su propia postura social o política. En este último caso, a cada cual le interesa dejar bien claro que Dios pertenece a su propio partido; y que dejó dicho sin lugar a dudas que todo el Mundo debe regirse por ese mismo "programa electoral".
Veamos entonces a qué ideología pertenece el Evangelio.
Unos dicen que es de izquierdas, marxista: ya que defiende al más débil y ataca las estructuras y normas sociales obsoletas; proclama la bienaventuranza de los pobres; multiplica el pan y lo reparte por igual entre todos. Pero no es marxista: porque pone lo espiritual por encima de lo material; y la salvación del alma antes que la del cuerpo; y defiende la dignidad individual de cada persona, como ser creado y amado por Dios, sin que se le pueda convertir en un mero elemento al servicio de la comunidad.
Otros dicen que es de derechas, capitalista: porque defiende la tradición, la autoridad y hace a un recaudador de impuestos su discípulo (dad al César lo que es del César; y a Dios lo que es de Dios); se hospeda en casa de los ricos; y recomienda a los pobres conformarse con su suerte y confiar en la Providencia. Pero no es capitalista: conseguir beneficios y acumular fortuna no es la meta del hombre (bienaventurados los pobres de espíritu); la propiedad privada tiene una hipoteca social, el bien común: si quieres ser mi discípulo ve vende cuanto tienes y dalo a los pobres...
Los más despistados afirman que es nacionalista: toda la Biblia defiende al Pueblo de Dios, lo libra de sus enemigos y de quienes pretenden oprimirlos; les rescata del destierro y les devuelve a su tierra prometida. Pero no es nacionalista: no se vincula con la lucha terrorista de los zelotes y predice la destrucción del Templo a manos de Tito; abre el mensaje evangélico a todas las naciones (id y enseñad a todas las gentes...) y nos hace hermanos a todos los hombres (Padre nuestro que estás en los cielos...).
De la misma forma, podríamos rebatir que el Evangelio sea un alegato revolucionario religioso, patriota unificador, ultraconservador, postmoderno, legalista, liberal, etc...
La realidad es que el Evangelio tiene algo de cada uno de esos planteamientos sociopolíticos: pero no lo integra en su totalidad, sino que los une cogiendo sólo lo bueno de cada uno de ellos:
Busca el bien común, pero sin alienar a la persona individual.
Acepta la propiedad privada, pero sujeta al bien común.
Mantiene la Ley Divina; pero libera de las costumbres y cargas innecesarias.
Proscribe radicalmente el pecado, pero perdona al pecador arrepentido.
Ama su tradición y su pueblo, pero sin excluir al extranjero con sus propias tradiciones.
Vive en el mundo, pero no es del mundo.
Conoce las necesidades humanas (multiplicación del pan), pero afirma la primacía de las necesidades espirituales (no solo de pan vive el hombre).
Libera al hombre con la Verdad; pero le sujeta al mandato del amor (amaos unos a otros como Yo os he amado).
El Evangelio no es un panfleto en el que justificar una ideología: es un profundo manual de vida para aplicarlo completo a cada circunstancia y para vivirlo con el prójimo... no podemos ir tomando sólo lo que nos interesa y rechazando el resto.
Por eso, identificar el Evangelio con alguna de las ideologías es mutilarlo hasta dejarlo irreconocible; y utilizarlo para defender nuestra ideología frente al prójimo, es lo más contrario al propio mensaje evangélico.
Pero cuando uno lo lee tratando de encontrar un código social o moral, entonces le gustaría encasillar este código en los moldes actuales... Y mucho más cuando lo que uno pretende es justificar en el Evangelio su propia postura social o política. En este último caso, a cada cual le interesa dejar bien claro que Dios pertenece a su propio partido; y que dejó dicho sin lugar a dudas que todo el Mundo debe regirse por ese mismo "programa electoral".
Veamos entonces a qué ideología pertenece el Evangelio.
Unos dicen que es de izquierdas, marxista: ya que defiende al más débil y ataca las estructuras y normas sociales obsoletas; proclama la bienaventuranza de los pobres; multiplica el pan y lo reparte por igual entre todos. Pero no es marxista: porque pone lo espiritual por encima de lo material; y la salvación del alma antes que la del cuerpo; y defiende la dignidad individual de cada persona, como ser creado y amado por Dios, sin que se le pueda convertir en un mero elemento al servicio de la comunidad.
Otros dicen que es de derechas, capitalista: porque defiende la tradición, la autoridad y hace a un recaudador de impuestos su discípulo (dad al César lo que es del César; y a Dios lo que es de Dios); se hospeda en casa de los ricos; y recomienda a los pobres conformarse con su suerte y confiar en la Providencia. Pero no es capitalista: conseguir beneficios y acumular fortuna no es la meta del hombre (bienaventurados los pobres de espíritu); la propiedad privada tiene una hipoteca social, el bien común: si quieres ser mi discípulo ve vende cuanto tienes y dalo a los pobres...
Los más despistados afirman que es nacionalista: toda la Biblia defiende al Pueblo de Dios, lo libra de sus enemigos y de quienes pretenden oprimirlos; les rescata del destierro y les devuelve a su tierra prometida. Pero no es nacionalista: no se vincula con la lucha terrorista de los zelotes y predice la destrucción del Templo a manos de Tito; abre el mensaje evangélico a todas las naciones (id y enseñad a todas las gentes...) y nos hace hermanos a todos los hombres (Padre nuestro que estás en los cielos...).
De la misma forma, podríamos rebatir que el Evangelio sea un alegato revolucionario religioso, patriota unificador, ultraconservador, postmoderno, legalista, liberal, etc...
La realidad es que el Evangelio tiene algo de cada uno de esos planteamientos sociopolíticos: pero no lo integra en su totalidad, sino que los une cogiendo sólo lo bueno de cada uno de ellos:
Busca el bien común, pero sin alienar a la persona individual.
Acepta la propiedad privada, pero sujeta al bien común.
Mantiene la Ley Divina; pero libera de las costumbres y cargas innecesarias.
Proscribe radicalmente el pecado, pero perdona al pecador arrepentido.
Ama su tradición y su pueblo, pero sin excluir al extranjero con sus propias tradiciones.
Vive en el mundo, pero no es del mundo.
Conoce las necesidades humanas (multiplicación del pan), pero afirma la primacía de las necesidades espirituales (no solo de pan vive el hombre).
Libera al hombre con la Verdad; pero le sujeta al mandato del amor (amaos unos a otros como Yo os he amado).
El Evangelio no es un panfleto en el que justificar una ideología: es un profundo manual de vida para aplicarlo completo a cada circunstancia y para vivirlo con el prójimo... no podemos ir tomando sólo lo que nos interesa y rechazando el resto.
Por eso, identificar el Evangelio con alguna de las ideologías es mutilarlo hasta dejarlo irreconocible; y utilizarlo para defender nuestra ideología frente al prójimo, es lo más contrario al propio mensaje evangélico.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Cristianos en la sociedad actual
Hoy empieza el tiempo litúrgico de Adviento, tiempo de espera y de esperanza; imagino que por esto hace dos días Benedicto XVI hizo pública su segunda carta encíclica "Spe salvi", "en esperanza fuimos salvados" (Romanos 8, 24).
Nos viene muy bien que en estos tiempos tan alejados de la Fe se nos hable de la Esperanza; pero yo he seguido leyendo el texto de San Pablo a los romanos (cristianos insertos en una sociedad tan corrompida como la nuestra) y al llegar al capítulo 12 me encuentro con ciertas recomendaciones que son también muy actuales:
"Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración... Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis... No devolváis a nadie mal por mal: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres. No os venguéis, queridísimos, sino dejad el castigo en manos de Dios, porque está escrito: Mía es la venganza, yo retribuiré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; al hacer esto amontonáis ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien."
Y esto lo dice en una sociedad en la que el adulterio, la homosexualidad, el aborto y cualquier forma de placer son los ídolos habituales... ¿os recuerda algo?; pero lo dice en medio de una persecución en la que los cristianos perdían no sus privilegios, sino su vida entre los dientes de las fieras... ¿es que Nerón era más piadoso que nuestros gobernantes actuales?
La diferencia entre aquellos cristianos de Roma y los actuales cristianos de occidente no es que la sociedad en la que vivimos sea peor, sino que aquellos vivían su Fe a fondo, antes de pretender difundirla. No querían cambiar de un golpe todo el orden social corrompido, sino ir cambiando ellos y a los que les rodeaban. No buscaban afianzar sus derechos como ciudadanos romanos (el esclavo que se convertía en cristiano seguía siendo esclavo); y mucho menos, alcanzar privilegios. Pretendían santificar las realidades terrenas (justicia, paz, progreso, ...) atrayendo a los demás a Cristo, mediante el ejemplo de su Fe y su Caridad: no discutían el Evangelio, sino que lo vivían y proclamaban... ¡y acabaron transformando el mundo!
Creo que los cristianos en occidente (muy particularmente en España) hemos equivocado el rumbo; menos lucha sociopolítica y más oración y caridad con el prójimo, incluso con el que no es de los nuestros; menos hacernos los mártires porque nos quitan nuestros privilegios, y más ser mártires porque proclamamos y vivimos nuestra Fe.
Pongamos nuestra esperanza en Dios y no en las estructuras políticas y sociales, que de nada sirven si están vacías de Él.
Nos viene muy bien que en estos tiempos tan alejados de la Fe se nos hable de la Esperanza; pero yo he seguido leyendo el texto de San Pablo a los romanos (cristianos insertos en una sociedad tan corrompida como la nuestra) y al llegar al capítulo 12 me encuentro con ciertas recomendaciones que son también muy actuales:
"Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración... Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis... No devolváis a nadie mal por mal: buscad hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de vuestra parte, vivid en paz con todos los hombres. No os venguéis, queridísimos, sino dejad el castigo en manos de Dios, porque está escrito: Mía es la venganza, yo retribuiré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; al hacer esto amontonáis ascuas de fuego sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien."
Y esto lo dice en una sociedad en la que el adulterio, la homosexualidad, el aborto y cualquier forma de placer son los ídolos habituales... ¿os recuerda algo?; pero lo dice en medio de una persecución en la que los cristianos perdían no sus privilegios, sino su vida entre los dientes de las fieras... ¿es que Nerón era más piadoso que nuestros gobernantes actuales?
La diferencia entre aquellos cristianos de Roma y los actuales cristianos de occidente no es que la sociedad en la que vivimos sea peor, sino que aquellos vivían su Fe a fondo, antes de pretender difundirla. No querían cambiar de un golpe todo el orden social corrompido, sino ir cambiando ellos y a los que les rodeaban. No buscaban afianzar sus derechos como ciudadanos romanos (el esclavo que se convertía en cristiano seguía siendo esclavo); y mucho menos, alcanzar privilegios. Pretendían santificar las realidades terrenas (justicia, paz, progreso, ...) atrayendo a los demás a Cristo, mediante el ejemplo de su Fe y su Caridad: no discutían el Evangelio, sino que lo vivían y proclamaban... ¡y acabaron transformando el mundo!
Creo que los cristianos en occidente (muy particularmente en España) hemos equivocado el rumbo; menos lucha sociopolítica y más oración y caridad con el prójimo, incluso con el que no es de los nuestros; menos hacernos los mártires porque nos quitan nuestros privilegios, y más ser mártires porque proclamamos y vivimos nuestra Fe.
Pongamos nuestra esperanza en Dios y no en las estructuras políticas y sociales, que de nada sirven si están vacías de Él.
lunes, 15 de octubre de 2007
El jardín del alma
Otra de las equivocaciones al presentar el Cristianismo a personas que se acercan a conocerlo, es empeñarse en hacerles un catálogo de cosas que deben evitar. Me explicaré con otro ejemplo.
Ahora nos tenemos que imaginar que nuestra alma es como un jardín: en esa tierra pueden crecer tanto las flores más bonitas como los cardos y malas hierbas.
Si nos dedicásemos exclusivamente a arrancar las malas hierbas y cortar los cardos, conseguiríamos un terreno limpio, pero no un jardín. Si cultivamos flores preciosas, pero no eliminamos las malas hierbas, el jardín no podrá lucir y éstas acabarán marchitando a aquéllas. El ideal es hacer ambas cosas: cultivar lo bonito y arrancar lo feo.
Así pasa en nuestra alma: si sólo nos limitamos a evitar los pecados y cumplir rutinariamente las normas, tendremos un alma limpia pero no hermosa. Por otra parte, pretender hacer obras buenas sin evitar el pecado sería un absurdo que nos llevaría a tener un alma aborrecible.
Quizá la táctica más acorde con el mensaje evangélico sea cultivar activamente las obras buenas y esforzarnos para eliminar las malas obras en cuanto aparezcan; pero teniendo muy claro que lo importante es lo primero. Dedicarse obsesivamente a luchar contra el pecado no tendría sentido si simultáneamente no cultivamos las obras buenas: tener un terreno limpio en el que no lucen ni el amor a Dios ni el amor al prójimo, podrá ser filantropía, pero en ningún caso será cristianismo.
Santa Teresa de Jesús lo explicaba en sus memorias: la lucha debe ponerse entre hacer el bien o hacer un bien mejor... el que así actúa ya tratará de rechazar el mal.
Ahora nos tenemos que imaginar que nuestra alma es como un jardín: en esa tierra pueden crecer tanto las flores más bonitas como los cardos y malas hierbas.
Si nos dedicásemos exclusivamente a arrancar las malas hierbas y cortar los cardos, conseguiríamos un terreno limpio, pero no un jardín. Si cultivamos flores preciosas, pero no eliminamos las malas hierbas, el jardín no podrá lucir y éstas acabarán marchitando a aquéllas. El ideal es hacer ambas cosas: cultivar lo bonito y arrancar lo feo.
Así pasa en nuestra alma: si sólo nos limitamos a evitar los pecados y cumplir rutinariamente las normas, tendremos un alma limpia pero no hermosa. Por otra parte, pretender hacer obras buenas sin evitar el pecado sería un absurdo que nos llevaría a tener un alma aborrecible.
Quizá la táctica más acorde con el mensaje evangélico sea cultivar activamente las obras buenas y esforzarnos para eliminar las malas obras en cuanto aparezcan; pero teniendo muy claro que lo importante es lo primero. Dedicarse obsesivamente a luchar contra el pecado no tendría sentido si simultáneamente no cultivamos las obras buenas: tener un terreno limpio en el que no lucen ni el amor a Dios ni el amor al prójimo, podrá ser filantropía, pero en ningún caso será cristianismo.
Santa Teresa de Jesús lo explicaba en sus memorias: la lucha debe ponerse entre hacer el bien o hacer un bien mejor... el que así actúa ya tratará de rechazar el mal.
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