sábado, 23 de febrero de 2019

Fe, Esperanza y Caridad

Tres son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

Hay quienes buscan sinceramente la Fe y no acaban de encontrarla; quizá porque la Fe es un don de Dios que se lo concede a quien Él quiere; aunque en principio siempre quiera concedérselo al que se lo pida.

Esta situación les puede llevar también a perder la Esperanza en que algún día la encuentren; y así necesitarían estas dos virtudes teologales.

Pero lo curioso del asunto es que ni la Fe ni la Esperanza son las virtudes fundamentales para el trato con Dios. De hecho, el hombre que más de cerca trató a Dios, Jesucristo, nunca tuvo ni Fe ni Esperanza. No es que esté yo poniendo en duda las virtudes de Cristo, sino que Él por ser precisamente quien era, no tenía Fe, sino certeza; ni tenía que Esperar nada, porque ya sabía lo que ocurriría en el futuro. Jesucristo pasó por la Tierra practicando únicamente la Caridad, que es lo que nos ocurrirá en la otra vida: tampoco tendremos Fe, sino que veremos a Dios o sabremos que estamos condenados a no verlo; y ya no habrá nada en lo que esperar, porque habremos alcanzado nuestro fin, para bien o para mal.

Por supuesto, la idea no es mía, sino del Apóstol san Pablo:

La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía.  Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño. Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad. [1 Corintios 13 8]

Entonces, ¿por qué siempre nos preocupamos de alcanzar la FE, olvidándonos a veces de la Caridad?
¿No será la Caridad -el amor de Dios- el mejor camino para encontrar la FE? 

jueves, 21 de febrero de 2019

¿Cuál es nuestra fe?


Fe no es creer que Dios nos puede hacer lo que le pedimos, sino creer que es Todopoderoso y nos puede guardar en el bien, a pesar de los males temporales.

Si estuviésemos bien convencidos de esto, entonces no nos vendrían esas crisis de Fe cada vez que perdemos a un pariente o se nos tuerce al plan de vida que teníamos trazado.
Eugene Boylan lo expresaba muy bien con palabras parecidas a estas: Pensamos que Dios debe ayudarnos a realizar nuestros planes; pero la situación es totalmente la contraria, somos nosotros los que debemos adaptarnos a los planes que Dios tiene previstos para nosotros, porque su plan siempre es el mejor de los posibles.

Y viviendo así la Fe, nos resultaría mucho más fácil vivir la otra virtud cardinal: la Esperanza. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Pienso, luego existo


Pienso, ¡luego existo!
Esta famosa frase de Descartes (que tanta confusión trajo, haciendo creer a algunos que era el propio pensamiento el que nos daba la existencia; cuando es la existencia la que nos da la posibilidad de pensar) siempre me pareció bastante triste: hay muchos otros aspectos de la vida, bastante más agradables, ue nos confirman nuestra existencia.

Personalmente, yo la sustituiría por: Soy amado, luego existo.

La constatación de la existencia ya no es un acto inmanente de mi mismo por mí mismo, sino relacional: mi existencia se manifiesta por la existencia de otro que me ama; mi existencia se justifica por la del Otro (Dios, en primer lugar) que desea mi existencia para así poder amarme; o que se alegra de mi existencia y la suya para que pueda surgir el amor. Se nuevo amor y alegría se emparejan.

Mi existencia no es un acto casual ni evolutivo, sino la consecuencia de que otro la ha querido: como causa remota Dios, como causa inmediata los padres: ambos me engendran por amor. Por eso, soy de la opinión de que los hijos hay que engendrarlos, nunca fabricarlos...

Si tuviese esto más en cuenta cada vez que quiero transmitir el mensaje evangélico: que el Cristianismo es la religión de amor y por eso sus discípulos tienen que sentirse siempre más queridos que adoctrinados o informados. Transmitir el mensaje evangélico es transmitir el amor de Dios y la alegría de saber que nos ama; aunque -como nos recordaba el Papa- la caridad nunca puede ocultar la verdad. Precisamente por que amamos al otro es por lo que queremos que rectifique sus errores, más que por mantener una pureza de normas que sin caridad no servirían para nada.

viernes, 15 de febrero de 2019

Felicidad y alegría



La felicidad es fruto del amor, no de la comodidad de nuestra vida... El que ama y se siente amado, es feliz.
La alegría es fruto del convencimiento de estar haciendo lo que es correcto, la alegría no procede del placer ni de la diversión, salvo cuando éstas son consecuencia de dicho actuar correcto.
Y esta alegría se complementa con la esperanza (nuestra seguridad) de que si procuramos seguir en el camino, llegaremos a buen puerto, a pesar de las dificultades, a pesar de nuestras caídas.
No confundamos felicidad con confort, ni alegría con placer: son conceptos muy distintos y, a veces, incompatibles.
Si pretendemos ser felices amando, entonces tenemos que estar dispuestos a afrontar el dolor; y afrontar el dolor por amor, no apaga la alegría.



miércoles, 13 de febrero de 2019

El dolor es la prueba del amor.

Ya he comentado en alguna entrada anterior que el dolor es la prueba inequívoca del amor: si alguien está dispuesto a sufrir por otro es indudable que lo hace porque lo ama. 
Quizá otra prueba del amor es la alegría: no sólo com-padecerse con el otro es prueba de que lo amamos, sino que "com-alegrarse" (es decir: alegrarse de la felicidad o los éxitos ajenos) también es una forma de demostrar que se ama, ya que ni el dolor ni la alegría por el bien ajeno nos proporcionan personalmente nada de lo que podamos sacar un provecho (si es que amar no fuese ya en sí mismo suficiente provecho).

Por el contrario, el placer suele ser una prueba muy sospechosa del amor, porque cuando disfrutamos con el otro es difícil distinguir cuándo lo hacemos para nuestro propio placer y cuándo lo hacemos para proporcionar ese placer al otro: habitualmente estas dos situaciones son indisociables. 

Pienso ahora en nuestro maestro del amor (habría que poner ambas con mayúscula: Maestro y Amor), que no es otro que Cristo. Evidentemente, Él nos demostró su amor sufriendo gratuitamente por nosotros; pero también demostró su amor a los demás compartiendo con ellos los ratos agradables, su felicidad: en las bodas de Caná de Galilea y en tantos banquetes a los que asistió porque era invitado o porque su anfitrión quería demostrar la alegría de haberlo conocido. Fue tan habitual su voluntad de compartir la alegría de los demás, que los fariseos llegaron a reprochárselo:  "come con publicanos y pecadores".

Pero, si no me falla la memoria, Cristo no se molestó en dejarnos ni un solo ejemplo de demostración de su amor por la vía del placer. Y esto es lo que me hace afirmarme en mi opinión de que el placer es una prueba sospechosa del amor.


domingo, 18 de noviembre de 2018

No es el amor lo que se acaba, sino la paciencia de los amantes…


Me explicaré:
Por muy perfecto que sea un amor, los que lo ejercen son humanos y por tanto imperfectos.
No se puede esperar del amado que no nos falle nunca; hasta es posible que nos defraude en ocasiones. Por muy sincero que sea su amor, cometerá errores; incluso en momentos de debilidad, si tiene la imprudencia de tontear con la tentación, cometerá alguna infidelidad. Todo esto es compatible con el amor, por eso, porque somos humanos e imperfectos. 
Lo que hay que comprobar periódicamente es si las tres condiciones imprescindibles del amor se mantienen firmes: 
  • preferir al amado, 
  • dar sin esperar nada a cambio y 
  • buscar siempre su bien. 

Y la prueba definitiva es siempre el dolor: si alguien sufre por su amado, ese amor es auténtico. Por el contrario, cuando solo hay gozo, ese amor es sospechoso de ser interesado.
Lo que ocurre con frecuencia es que no tenemos paciencia suficiente para esperar a comprobar si el amor de nuestro amado es auténtico; y a veces echamos todo a perder al primer error, por impacientes. Y perdemos una magnífica oportunidad de compartir nuestra vida con alguien que nos quiere.
Por fortuna, la paciencia de Dios es tan inmensa como su misericordia; y Él espera siempre nuestras demostraciones de amor, aunque sean en número bastante menor que nuestros fallos. Por eso, porque sabe que somos humanos e imperfectos.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Se ha manifestado la bondad y el amor de Dios.

Un párrafo de la lectura de hoy de la carta de san Pablo a Tito (3, 1-7) ha llamado mi atención:

Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

La bondad de Dios se manifiesta con nosotros por su misericordia, no por nuestros méritos. Su "misericordia", que procede de "miserere corde", corazón compasivo. Y ¿qué es compadecerse?, pues lo que literalmente dice: "padecer con", sufrir con el sufriente. 

Yo lo interpreto así: Dios, que contempla nuestra debilidad, nos envía a Jesucristo para que, padeciendo con nosotros y por nosotros, nos consiga ese "baño del nuevo nacimiento" y, por su gracia, tengamos la esperanza de salvarnos.

Y esa esperanza no se apoya en nuestra fortaleza, ni en nuestra determinación, ni en la seguridad de que cumpliremos los mandamientos de Dios, sino en su bondad. Porque salvarnos no es otra cosa que poder compartir el amor de Dios; y para esto basta con que queramos amarle... porque su misericordia hará el resto. 

No me lo invento yo, lo dice el apóstol: Cristo ha manifestado la bondad de Dios y su amor al hombre... Ya sólo queda dejarse amar; y volver a querer amarle cada vez que le hemos dado la espalda.

Todo lo demás, nuestros esfuerzos y luchas, no deben ser más que nuestra forma de manifestarle a Dios que queremos dejarnos amar por Él; pero si convirtiésemos todo eso en nuestro objetivo, entonces habríamos perdido nuestro norte y nos estaríamos perdiendo el amor de Dios. 

sábado, 3 de noviembre de 2018

¿Miedo a la muerte?

Por supuesto que un cristiano en plenitud de su fe no debería tener miedo alguno a ese tránsito entre esta vida y la futura; porque la muerte no es otra cosa que el encuentro con Cristo. Pero como ninguno estamos en la plenitud de nuestra fe; y muchos ni siquiera nos acercamos a ella, la muerte nos despierta unas incógnitas que pueden producir miedo. Y mucho más a aquellos que han seguido una vida contraria al ideal cristiano; y temen el castigo de sus faltas.

Es legítimo tener miedo al este trance, a pesar de que la muerte sea parte de la vida terrena: en concreto, su última parte. A veces lo que nos agobia de la muerte es el dejar a nuestros deudos desamparados sin nuestra ayuda. Y, por otra parte, para los parientes y amigos del difunto, la muerte supone la separación de un ser querido; y este dolor a veces no se compensa ni siquiera con la seguridad de que el difunto disfrutará de una vida gloriosa en el cielo. Por otra parte, la subsistencia de nuestros instintos animales -aunque deberían estar sometidos al control de nuestra razón- hace que el instinto de supervivencia nos induzca a rechazar la muerte.

Quizá la situación ideal de un cristiano que pretende ser coherente con su fe sea afrontar el pensamiento de la muerte con la esperanza de que en la vida futura será plenamente feliz y que desde el Cielo podrá ayudar a los suyos mucho mejor que desde la Tierra.

Para ilustrar mejor esto, incluyo el comentario de un buen cristiano, que llevó una vida santa y entregada a los demás, que contestó cuando ya de avanzada edad le preguntaron si tenía miedo a la muerte:

- La vida eterna será tan larga, que no me importaría llegar allí un poco más tarde...

Es legítimo querer seguir en la vida terrenal en la que Dios quiso que pasásemos la primera parte de nuestra existencia; y esto, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.


jueves, 1 de noviembre de 2018

No vamos a salir vivos.

Sigo con la entrada anterior y de la importancia de tener presente en esta vida terrena nuestra vida espiritual. Es decir, no quedarnos sólo en la visión material, y dejar para la otra vida el trato con Dios, sino frecuentar ésta ya "entre los pucheros" como decía Santa Teresa de Ávila.

A raíz de todo esto, me he acordado de lo que dice mi amigo Paco a sus conocidos cuando los ve demasiados preocupados y agobiados por las cosas de este mundo:

- No sé por qué te preocupas tanto de esta vida, si no vamos a salir vivos de aquí.

Efectivamente, nuestro cuerpo, la parte material de esta vida -que es bien corta- no va a salir viva de aquí, por mucho que nos preocupemos...

Con esta broma, quiero hacerte ver la necesidad de ir compaginando ya aquí nuestros actos materiales con los espirituales que realizaremos en la otra vida... Es lo único que nos podremos llevar para allá.

martes, 30 de octubre de 2018

Fiesta de Todos los Santos

El próximo día 1 de noviembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de Todos los Santos; es decir, conmemoramos a todas aquellas personas que han llevado una vida santa y están en el Cielo, gozando de la presencia de Dios, que se han merecido. Pero se trata también de las personas que por su falta de notoriedad no han sido canonizadas (declaradas santas) oficialmente. Seguro que todos conocemos a algunas de ellas: personas con una vida anónima, pero entregada a Dios y a los demás.

Al día siguiente, la Iglesia celebra el día de Todos los Difuntos; es decir, aquellas personas que habiendo muerto en gracia de Dios, deseando salvarse, necesitan todavía hacer penitencia por sus pecados. Por supuesto, esto hay que entenderlo siempre teniendo en cuenta la misericordia de Dios; y viéndolo más que como una condena temporal (como si de una cárcel se tratase), como un profundo dolor por los pecados cometidos, al contemplar directamente la bondad de Dios. ¿Quién no se ha arrepentido de alguna estupidez que haya hecho y le gustaría castigarse a sí mismo por ello? Pues algo así es el purgatorio. Pues bien,. esta fiesta está instituida para que los vivos recemos a Dios por esos difuntos que todavía están purgando (si es que lo podemos entender desde una dimensión temporal), como muestra de amor por ellos. Os recuerdo que esta es una de las Obras de Misericordia Espirituales: rezar a Dios por vivos y difuntos.

Pero lo que me importaba resaltar es que estas dos fiestas no confrontan directamente con la otra vida. No me gusta llamarla vida eterna, porque para los hombres esa eternidad comienza cuando nacemos, no cuando morimos. Y quizá sea bueno aprovechar estas fiestas para pensar más en que en esa otra vida podremos disfrutar de nuestros méritos (mejor dicho, del amor de Dios) sin los sufrimientos y dificultades que padecemos en esta. Y al revés, pensar que nuestra vida terrenal y nuestras cosas materiales son sólo una pequeña parte de lo que el hombre puede vivir aquí: está también esa "vida interior" o vida espiritual que ensanchará infinitamente nuestros horizontes terrenales.

Dos buenas fiestas para pensar en todo esto.

martes, 2 de octubre de 2018

Oración por la Iglesia (2)

En concreto, el Papa nos pide que recemos el Santo Rosario durante el mes de octubre (tradicionalmente dedicado a esta oración); y, además nos pide que recemos una oración concreta a la Virgen María y otra a San Miguel Arcángel.
La oración a la Virgen es:
Bajo tu protección nos acogemos,
Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas 
que te dirigimos en nuestras necesidades, 
antes bien líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
Amén
La oración a San Miguel es:
San Miguel, defiéndenos en la lucha, 
sé nuestro amparo contra la perversidad 
y las asechanzas del demonio, 
que Dios humille su soberbia. 
Y tú, príncipe de la milicia celeste, 
arroja al infierno a Satanás 
y demás espíritus malignos 
que vagan por el mundo para
perdición de las almas. Amén.

Oración por la Iglesia

El Papa nos pide oración por la Iglesia, para que supere este momento tan conflictivo por el que está pasando.
La Iglesia, como institución de Jesucristo, es perfecta; pero como sociedad humana, tiene todas las debilidades y defectos del ser humano. Por eso, no siempre hace las cosas bien; y esto sería perdonable, porque a ningún hombre se le puede exigir la perfección.
El problema es cuando algunos miembros de la Iglesia, actuando en cuanto tales, en uso de su autoridad espiritual y moral, causan un daño intencionado a otro hombre, algunas veces a los más indefensos. Esto no es perdonable; y es lógico que cuando estos casos se conocen la Humanidad entera nos lo reproche.
Cristo ve nuestras miserias y las perdona con misericordia, porque conoce nuestras debilidades. Pero cuando observa el mal intencionado realizado sobre los más indefensos por miembros destacados de la Iglesia, entonces tiene que sufrir de nuevo lo que sufrió en la Pasión, para redimir a su Iglesia de semejante abominación.
No hay excusa alguna. Ni el prestigio de la Iglesia, ni la defensa de las demás almas del escándalo que podría producirse, ni los millones de hombres a los que la Iglesia ha ayudado en su necesidad, su enfermedad o su ignorancia, son excusa para ocultar esos casos: todo eso habría que ponerlo en juego para evitar que hubiese un caso más...
La Iglesia es una institución al servicio de los hombres; y debe evitar por todos los medios a su alcance que se utilice para hacerles daño: cualquiera que sea el coste.
Y que Dios en su infinita misericordia perdone a los culpables y sane a las víctimas: la Iglesia sólo puede ocuparse de lo segundo.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Lo perfecto

Pero además de evitar el pecado (que es lo que causa el mal al hombre) y de tratar de hacer el bien, incluso con amor al prójimo, existe un camino más perfecto, que es el que Cristo nos enseña después del discurso de las Bienaventuranzas:

Pero a vosotros los que oís, os digo: 

Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen;

bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; 
y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
A cualquiera que te pida, dale; 
y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, 
así también haced vosotros con ellos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores aman a los que los aman.
Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.
Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, 
y prestad, no esperando de ello nada; 
y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; 
porque él es benigno para con los ingratos y malos.
Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. (Lucas 6, 27-36)

Éste es el camino de la perfección. Como ninguno somos perfectos, no lograremos seguirlo; pero es bueno conocerlo para, por lo menos, intentarlo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Hacerlo por amor

La mención que más me gusta sobre lo que es hacer el bien, la encontramos en la carta del Apóstol San Pablo a los Corintios:

"Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe".

"Y si tuviera profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor, nada soy".

"Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve".(1 Corintios 13:1-13)

Porque de lo que se trata no es sólo hacer el bien, que esto lo puede hacer cualquier filántropo  o buena persona. De lo que se trata es de hacerlo con amor, como reflejo hacia los demás hombres del amor con que Dios nos ama.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Hacer el bien

Evidentemente, debemos evitar el pecado porque éste es lo que resulta malo para el hombre; pero si lo que nos mueve a hacerlo es el amor, entonces además de evitar el pecado, debemos intentar hacer el bien.
Y ¿qué es el bien?
Pues existen el la Biblia varias respuestas:
La primera la encontramos en el Salmo 14, en donde encontramos unas cuantas claves de lo que es hacer el bien:

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente 
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo 
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El pecado

Dios no quiere que pequemos, pero no por una manía suya de imponernos su voluntad, sino por puro amor: Él es quien mejor que nadie conoce nuestra naturaleza y lo que es bueno para ella y para nuestra felicidad; por eso, porque quiere que seamos felices, porque nos ama, es por lo que rechaza nuestro pecado.
Por supuesto, nuestro rechazo de sus normas, en definitiva de su amor, también es una ofensa hacia Aquél que tan bien nos quiere; y es por esto por lo que nosotros debemos evitar el pecado: no por el castigo, ni por sometimiento a un Ser superior (como ocurría en el Antiguo Testamento y en tantas otras religiones), sino porque no queremos ofender a quien nos ama y quisiéramos amar.

martes, 18 de septiembre de 2018

Los nacionalismos



Los nacionalismos radicales, entendidos como aquellas posturas en las que se rechaza de plano al que no pertenece a la propia nación y se le margina como a un ser inferior -o que simplemente se postula el separatismo como forma de diferenciación-, son opuestos a la concepción social cristiana. Pero no deben confundirse con el patriotismo, entendido como el amor por la propia patria o tierra que, como todo amor, siempre es positivo. El patriota defiende lo suyo, sin despreciar nada y orgulloso de compartir lo suyo con los demás, sin separatismos ni marginaciones.

Son contrarios a la concepción social cristiana por el mismo concepto de cristianismo, abierto a toda la humanidad, cultura, raza o concepción política; porque la llamada de Cristo, en contraposición a la Antigua Alianza que se establece sólo con el pueblo judío, fue universal. Esta es la mayor novedad del mensaje evangélico: la llamada universal. Y, de hecho, el cristianismo se extendió rápidamente por todo el mundo conocido; y posteriormente se fue extendiendo por los nuevos territorios que se fueron conociendo (América y extremo oriente) por la acción de los evangelizadores.

Fue el nacionalismo extremo de los judíos el que les lleva a crucificar al Justo: no quieren admitir que los paganos (despreciables para ellos) puedan estar llamados por Dios en igualdad de condiciones. Y para no ceder en su pretensión de superioridad, cometen el absurdo de someterse al dictamen de Pilatos, el gobernador Romano; e incluso proclamar aquello de "no tenemos más rey que el César".  Los nacionalistas, sometiéndose a los conquistadores para reivindicar su soberanía: quizá el nacionalismo, además de fanático, sea torpe. 

Pero consiguen acabar con Cristo, el rabino que vino a predicar para todos una misma esperanza, sin distinción, y una hermandad universal como hijos de Dios. ¿Acabar con Cristo? Más bien lo que consiguieron fue expandir el cristianismo por todo el Imperio Romano. 

El cristianismo es lo radicalmente opuesto al nacionalismo: y esto lo proclamó Cristo que pertenecía a un pueblo sojuzgado de verdad por los romanos.

Es mi convencimiento.

domingo, 9 de septiembre de 2018


He logrado cumplir mis aspiraciones literarias con la publicación de mi primera novela, que además ha sido galardonada con el Primer premio del Certamen literario Didaskalos (mayo 2018).
Creo oportuno anunciarlo en este blog, debido al contenido de la misma: la evolución de un alma que tras sentir el remordimiento por su pasado, es capaz de reconducir su vida; y reencontrarse con Dios.
Estoy seguro de que gustará a los lectores de este blog.
Adjunto reseña editorial con toda la información.


Un señorito nuevo en el pueblo
Primer premio en el I Certamen literario Didaskalos mayo 2018 
La editorial Didaskalos ha concedido a esta novela, “Un señorito nuevo en el pueblo”, de José Alberto Fernández López, el primer premio en el I Certamen literario organizado en 2018 por la propia editorial. Es interés de la editorial publicar relatos auténticos, que ofrezcan una trama vital, personajes densos, que viven vidas auténticas, en las que se da una verdadera transformación. Nada de esas noveluchas flácidas en las que personajes estereotipados ejecutan la trama prevista o, al revés, nos sorprenden con giros estrambóticos, pero poco reales. Creo que esta es la virtud principal de “Un señorito nuevo en el pueblo”. Fernando, el protagonista de la novela, es un hombre desgarrado por la tristeza de una vida vana. El deseo de viajar y de volver a la vieja casona familiar en el pueblo, va a abrir su vida a encuentros inauditos y le va a conducir a la visión de un nuevo sentido, al descubrimiento de nuevas posibilidades de una vida grande y bella.
EAN: 9788417185121 ; ISBN: 978-84-17185-12-1 ; Depósito legal: M-25830-2018
Páginas: 212 ; Ancho: 15 cm; Alto: 21 cm
Fecha publicación: 07-08-2018
Precio: 16 euros.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Creer en el Evangelio

Te he retado a leer el Evangelio con la mente abierta, con sencillez, sin prejuicios.
Efectivamente, allí hay algo que nos supera: un profundo conocimiento de la naturaleza humana, del designio del hombre. Algunos mensajes son tan sublimes, que no parecen humanos; parecen el consejo que un buen Dios nos quiere dar para que alcancemos la felicidad. Pero están entremezclados con otros muy duros, difíciles de aceptar y difíciles de creer...; porque son muy exigentes para lo que pensamos que la felicidad debe ser fácil de alcanzar, y que no deberíamos tener que renunciar a nada para alcanzarla.
Por eso, cuando comprobamos que el mensaje no es humano, es divino, entonces debemos hacer el propósito de creerlo en su totalidad: en lo que nos gusta y en los que nos disgusta. Tener fe en el Evangelio. La fe en general, y en concreto la fe en la Palabra de Dios, es como cuando se observan las galaxias o nebulosas a través de un telescopio: si se mira a una de ellas directamente parece como que desaparece, parpadea, una vez está y otra no. Pero si se la mira como de reojo, o se observa el conjunto, entonces aparecen todas ellas en su esplendor.
Esto pasa también en otros campos del conocimiento: por intuición, sabemos lo que algo concreto es; pero cuando tratamos de explicarlo o definirlo, no sabemos.
Con la Palabra de Dios pasa lo mismo. La espiritualidad del hombre, su determinación, sus pasiones, su generosidad y el amor traslucen sin lugar a dudas que existe algo más que la simple materialidad y que convive con ello; más que convivir de forma superpuesta, se entrelaza, lo impregna la naturaleza. Pero cuando trato de vislumbrar a Dios en un momento concreto, en un hecho concreto, sobre todo si es una desgracia, parece como que no lo veo, como que se esconde. La intuición nos muestra a Dios sin dudas; pero cuando queremos apresarlo en nuestro intelecto, se nos escapa.
Lo mismo ocurre con su Palabra de Dios: un mensaje concreto, una frase concreta, podemos no entenderla o no querer aceptarla: pero en su conjunto, sabemos que es cierta, lo intuimos.
Entonces: ¿no es insensato rechazar lo que no nos gusta? ¿Rechazaríamos de un buen médico la medicina amarga?
No vamos a encontrar un médico que nos quiera más y nos conozca mejor que Aquél que nos creó.


martes, 4 de septiembre de 2018

Creer es razonable: pero ¿eso es todo?


Creer en Dios es lo más razonable. De hecho la fe es una de las fuentes del conocimiento (ver entrada). Pero esta fe no sería más que un conocimiento que adquirimos: Dios existe, sí, ¿y qué?...
Por eso, lo importante es lo que san Juan Pablo II llamaba la fe práctica: la religión. Religión (re-ligare) significa trato con Dios; y para llevar nuestra fe al trato con Dios y con los demás, tenemos que acercarnos al Evangelio: la nueva noticia transmitida por Jesucristo.
Lo que me hace practicar la religión, tratar de ponerme en contacto con ese Dios creador no es mi inteligencia (sé que existen muchas cosas que me importan un bledo), aunque ésta sea la que me lleva a la certeza de su existencia. Yo trato a Dios porque conocí el mensaje evangélico y me enamoré de él: del mensaje y de Jesucristo, el hombre-Dios que me lo revela. No creo posible acercarse al evangelio y no salir transformado… Ni creo posible leer el Evangelio y pensar que es invención humana: un hombre no podría decir cosas tan sublimes de una forma tan sencilla.

La conversión, el acercamiento a Dios no lo produce la fe razonada, sino el encuentro personal con Cristo que se produce en el Evangelio. ¿Qué exagero?: ¡pruébalo!