Sigamos profundizando en el tema de la
entrada anterior.
El amor de Dios es incondicional, porque
Dios no puede cambiar su actitud hacia nosotros en función de nuestro comportamiento.
Dios nos ha creado y redimido porque nos ama infinitamente, como sólo Dios
puede amar; y ese amor no depende de nuestra correspondencia.
Es cierto que odia el pecado, pero no
como un hecho en sí mismo, sino porque significa la separación entre el hombre
y Dios: es la manifestación de nuestro rechazo a sus indicaciones y a la Creación que nos ha regalado...
Efectivamente, el pecado supone una
rebelión contra la providencia de Dios, contra la naturaleza que Él nos ha
otorgado; y esto hace que nosotros nos separemos de Él. Esto es lo que Dios
odia: nuestro alejamiento. Por eso, en cuanto volvemos a Él, se olvida del
pecado porque ha desaparecido su efecto pernicioso. Lo mismo ocurre con nuestro
egoísmo y nuestras ofensas a los demás: nos separan de Dios: porque si Dios es
amor, el egoísmo es el anti-Dios.
Por supuesto, Dios olvida nuestro pecado cada vez que manifestamos arrepentimiento;
pero nosotros viviremos en la otra vida el amor de Dios con la misma intensidad
con que lo hayamos vivido en esta vida; y si estábamos totalmente alejados, no
podremos compartirlo. No es que Dios nos castigue y rechace; es que nosotros habremos
optado por rechazarle a Él.
Así visto, el pecado es más grave para nosotros que para Dios, porque Él lo olvida pero nosotros recordaremos nuestro desamor, hasta que nos reciba plenamente en el cielo.
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