viernes, 19 de febrero de 2010

Insisto: el mal no existe

Quisiera introducir una matización en mi entrada del 18 de junio pasado, en la que afirmaba que el mal no existe.

Efectivamente, el mal no existe, es solo la ausencia de bien. Pero el que sí existe es el maligno: es el "malo" del que pedimos que nos libere Dios en la versión latina del Padrenuestro (...sed líberanos a malo, amén, en vez del líbranos del mal, amén). Pero el malo no puede "hacer" el mal, porque no puede crear nada. Es Dios el que crea, el que "hace" ; y siempre hace el bien; y el maligno se limita a intentar destruir ese bien, porque odia a Dios y todas sus obras; y cuando lo logra aparece ese vacío que llamamos mal... su máximo logro es el vacío.

Quizá esta limitación sea la causa de su odio a Dios, de su rabia; en el fondo producida por la constatación de la estupidez que es renegar de su condición de criatura y perder todos los dones que de la misma podrían venirle, para quedarse en eso, en el vacío ....

miércoles, 17 de febrero de 2010

El ataque a los cristianos

Hablabamos de que con frecuencia se ataca a los cristianos. Unas veces, el ataque es la simple reacción de quien se ve desenmascarado en su táctica de dominar al hombre haciendole esclavo de sus pasiones. Otras veces nos atacan con razón, ya que nuestra conducta social deja mucho que desear y puede pecar de hipocresía: con nuestras denuncias buscamos más protejer nuestros propios intereses que el bien común que tanto predicamos. Y en estas ocasiones, el enemigo no ataca tanto al Cristianismo, como a nosotros, que somos un garabato de cristianos, más preocupados en defender nuestros privilegios y derechos que en defender nuestra fe.

Sólo cuando nos comportemos como auténticos cristianos, que propongamos las soluciones sociales cristianas que buscan el bien común sin miedo a lo que podamos perder personalmente, nos podremos quejar de que se ataca al Cristianismo.

Cuando los cristianos actuamos en política deberíamos ser más valientes con nuestras propuestas sociales, no sólo en lo que a moral social se refiere, sino también en lo relativo a la moral económica: la especulación financiera, la inmobiliaria, la explotación laboral y las reivindicaciones laborales excesivas de los sindicatos, deberían estar abiertamente rechazadas; aunque en muchos casos perjudiquemos a amigos.


Si en nosotros viesen autenticos cristianos, tratando de vivir evangélicamente y defendiendo la dignidad del prójimo, entonces muy probablemente no seríamos el centro de sus ataques; y si lo fuésemos, podríamos estar orgullosos por ello.

lunes, 15 de febrero de 2010

Propiedad y comunismo

Sigamos con el tema económico de la entrada anterior.

Decíamos que con frecuencia los descreídos nos reprochan nuestro apego a la propiedad en perjuicio del hermano que tiene menos. En ocasiones es una mera postura política para desacreditar nuestra fe; pero en otros casos se trata del planteamiento generoso de quien se preocupa seriamente por su prójimo. Puede producir escándalo hablar de la voluntad de Dios al pobre cuando uno vive en la opulencia, no porque el mensaje sea equivocado, sino porque se puede poner en tela de juicio la rectitud de nuestro discurso.
Algo así ocurre con los planteamientos radicales comunistas. ¿Qué les llevó a pensar que para abolir la propiedad privada había que eliminar la religión? ¿No recordaban que los primeros cristianos ya ponían todo en común? Quizá les condujo a ese error el comprobar que los que defendíamos la igual dignidad de todo hombre por ser hijo de Dios, estuviésemos más dispuestos a compartir la filiación divina que nuestras propiedades.

También es cierto que, una vez puesta en marcha su revolución -anulando tanto la propiedad privada como la libertad y la dignidad del hombre-, la única fuerza con capacidad de oponérseles fuese el Cristianismo, auténtico refugio frente a los más diversos ataques a la dignidad y naturaleza del hombre. El comunismo reaccionó redoblando sus ataques al Cristianismo; y nosotros, como en un acto reflejo de defensa, nos acercamos a su opuesto; y este es un grave error. Efectivamente, el capitalismo, en su empeño por mantener la propiedad privada a toda costa, también anula la libertad y la dignidad de aquellos que poco o nada poseen.

Por supuesto, el cristianismo no se alinea con ninguna de las posturas. La concepción social cristiana admite la propiedad privada como figura natural en la que descansa la estructura económica; pero no como un derecho absoluto de cada hombre, sino como el mejor método para alcanzar el bien común. Como nos recordaba Juan Pablo II, toda propiedad tiene una hipoteca social: es exclusivamente mía mientras que mi hermano no la necesite para garantizarse un nivel de vida digno.

Debemos tener cuidado los cristianos cuando defendemos con demasiado entusiasmo los derechos económicos y nos revelamos contra los altos impuestos: siempre nos podrán recordar aquello de bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.

Ahora tenemos una buena ocasión para practicar estas teorías: compartir con el inmigrante cuando estamos en crisis económica.

sábado, 13 de febrero de 2010

Fe y economía

Hace pocos días se leía en el Evangelio de la Santa Misa el pasaje en el que Jesús, al pasar por la región de los gerasenos, expulsa una legión de demonios de un endemoniado y los envía a una piara de cerdos, que acaban despeñados.

Siempre me ha resultado muy curioso este Evangelio, no por lo que se refiere a la "legión de demonios", sino por la reacción de los conciudadanos del poseído.

Sería de esperar que los gerasenos, al encontrarse con una persona tan poderosa como para curar a un loco endemoniado con su sola palabra, se alegrasen mucho y tratasen de retener a ese personaje para que actuase en su provecho. Es decir, ante tamaña maravilla le alagarían y conminarían a quedarse en su ciudad.

Pues ¡no señor! Los gerasenos no ven la maravilla del poder de Jesús, sino el desastre al que ha arrojado a sus puercos. Es cierto que ese taumaturgo podría curar a todos los enfermos de Gerasa, podría explicarles las escrituras mejor que ningún otro rabino y, en definitiva, podría transmitirles su inmensa sabiduría; pero el precio sería demasiado caro si, a cambio, les destroza la economía de la región, basada evidentemente en la ganadería porcina: dos mil cerdos es un precio muy alto por la salvación de cuerpo y alma.

Y esos gerasenos no eran judíos -ya que criaban cerdos-, sino paganos. Es curiosa la preferencia que todas las culturas -incluyo la occidental, aunque sea cristiana- damos a la economía sobre la salud, la moral o la sabiduría. Estamos dispuestos a cualquier sacrificio por nuestra fe, siempre que no nos afecte al bolsillo.

No es de extrañar que, con tan cicatera actitud, debamos retroceder con frecuencia ante los reproches de paganos generosos: por muy equivocados que sean sus planteamientos, su generosidad es frecuentemente más cristiana. Con esta actitud no convenceremos a nadie; antes debemos convencernos nosotros de que el rico no entrará en el Reino: así de claro, sin paliativos.Y rico es todo aquél que pone su confianza en las riquezas o se afana únicamente en conseguirlas.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Dar gloria a Dios

Muchas veces me he preguntado para qué creó Dios a los ángeles y por qué creó a tantos. Espero que los ángeles perdonen mi supina ignorancia, pero los espíritus puros son exclusivamente "entendimientos libres o voluntades inteligentes": lo único que hacen es pensar, adherirse o no a la voluntad de Dios,... imagino que en definitiva así es como le aman. Y Dios ha creado millones de seres que se limitan a someter libremente su entendimiento y amar... sin hacer ninguna otra cosa...

Cada vez que me enfrento a algún aspecto del obrar de Dios que no entiendo o me parece absurdo, en vez de rechazarlo, trato de imaginar cuál es el motivo de Dios para obrar así. Por supuesto, me es imposible conocer las razones de Dios; pero su obrar muchas veces nos da pistas de su Ser. Si Dios es capaz de crear millones de seres simplemente para que le amen en un solo acto que se prolonga por toda la eternidad, entonces es que el amor de sus criaturas es algo muy importante para Dios; y que le es muy importante el amor de cada una de ellas, porque Dios sabe distinguirlo, como cualquier madre distingue el cariño de cada uno de sus hijos.

Y ahora trataremos de llevar este razonamiento a un plano más práctico para nosotros.

Si Dios sabe distinguir a cada uno de los ángeles, que son aparentemente uniformes, cómo no va a distinguir a cada uno de los hombres, que se diferencian mucho más que aquellos. Es más, Dios busca esa diferenciación y quiere que cada hombre le dé gloria -le ame- de una manera individual e irrepetible. Dios no ha querido la uniformidad de la raza humana, sino la diversidad de caracteres, entendimientos y voluntades; así tampoco quiere la uniformidad de la santidad humana.

Así vemos que a algunos santos les concedió gracias para que le amasen de forma casi perfecta. A nuestra Santísima Madre, incluso le concedió esas gracias de forma preventiva ya que fue concebida Inmaculada: el plan de Dios para ella así lo requería y ella respondió a ese plan como ninguna otra criatura ha respondido.

Pero a otros santos no les ahorro los problemas ni las tentaciones, quizá porque buscaba que le amasen precisamente con su lucha. A San Pablo le contestó "te basta mi gracia", cuando le pidió que le liberase de cierto "aguijón" que le tentaba. Así, a algunos hombres los quiere muy identificados con Cristo [San Juan evangelista, el Padre Pío, sor Faustina Kovalska], mientras que a otros los quiere luchando en medio del mundo por parecerse cada vez más a Él. Incluso hay hombres a los que la gracia les llega muy remotamente, y se les hace muy difícil no ya la santidad, sino el no caer en demasiadas aberraciones.

¿Es que Dios nos discrimina? En absoluto, es que Dios nos va a exigir la respuesta en función a los medios que previamente nos haya dado y a su plan específico para nosotros. No es discriminación lo que produce con esas distinciones, sino diferenciación, diversidad y, en definitiva, mayor amor y gloria.

Por tanto, no se trata de encontrar el modelo de cómo Dios quiere que los hombres le amen, sino de encontrar el modo especifico como Dios quiere que cada uno de nosotros le amemos, con nuestras peculiaridades y defectos.

miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Merece la pena ese "ideal"?

He estado apartado del blog durante todo el mes pasado y no he podido opinar hasta ahora sobre el comentario que alguien ha hecho a mi última entrada.

Por supuesto que quien apuesta todos sus ahorros a un solo caballo debe de estar muy convencido de ello, no lo pongo en duda; pero una cosa es estar muy convencido y otra -muy distinta- es estar acertado. Además no puedo compartir sus conclusiones:

No arriesga su alma por un "ideal", sino por el mero placer. Ha echado sus cálculos y cree que le compensa apostar a la no existencia de un juicio final, con tal de poder satisfacer todos sus caprichos sin límites. No creo que nadie pueda calificar de "ideal" el embriagarse, darse golpes o acostarse con su prima [muchos no haríamos ninguna de esas cosas ni aunque nos pagasen por ello].

Tampoco comparto el final de su comentario: hacer todo eso "sin consecuencia alguna"; porque esos mal llamados ideales provocan pésimas consecuencias -exista o no exista un juicio final-, ya en esta vida.

Con razón dice que ha apostado todos sus ahorros no sólo a un solo caballo, sino al "más lento". Nunca puede ganar, ya que exista o no exista Dios -que sí existe-, pagará en esta vida las consecuencias de sus actos. Y es que no acabamos de entender que las normas que Dios nos impone con la Ley Natural son sólo el reglamento para disfrutar plenamente de la vida,... ahora y después.

Gracias a Dios, en la otra vida contamos con su Misericordia...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La muerte

En la entrada anterior hablábamos del miedo al "fin del mundo". Por supuesto, sonó como algo apocalíptico y lejano. Pero si en vez de hablar del fin del mundo en general hablásemos de nuestro propio fin, entonces ya es algo que nos suena mucho más cercano y cierto.


Creo que se le puede aplicar lo mismo que allí dijimos. La muerte, como todo lo desconocido, puede generar temor; pero no es el mismo temor el del justo que el de quien tiene que rendir unas cuentas que no le cuadran: ¿y si estaba equivocado y sí existe un Dios que me ama infinitamente y a quien yo he ignorado?; ¿y si lo que realmente valía la pena no era mi placer, sino mi amor manifestado por mi sufrimiento?


Lo que nos tiene que preocupar no es la llegada de lo desconocido, el trance en sí mismo, ni el dolor que pueda conllevar. Lo que nos tiene que preocupar es evitar el chasco de encontrarnos con quien nos ama y haberle rechazado, para siempre, para siempre...


Para el cristiano que ha querido amar a su buen padre Dios, la muerte no es más que la operación quirúrgica que por fin le libera de todos sus dolores e incomodidades: despertarse de la anestesia ya en casa -el Paraíso-, o tras un mal post-operatorio -el purgatorio-, pero curados para siempre, para siempre...


Así visto: ¿quién no querría operarse cuanto antes?

lunes, 28 de diciembre de 2009

La venida del Reino

Es habitual el miedo -incluso entre cristianos piadosos- a la llegada del Reino de Dios a la Tierra, debido a la idea de que éste llegará con sufrimiento. Este temor está generalizado, quizá por una interpretación demasiado literal del Apocalipsis.


Evidentemente, la venida de Cristo para juzgar a vivos y muertos producirá una modificación de las leyes de la naturaleza a las que estamos acostumbrados; y es este cambio -esta inseguridad- la que producirá miedo incluso entre los justos. Pero muy distinta debe ser la actitud de unos y otros: los justos deben superar el miedo al comprobar que todo está controlado por quien nos ama; los pecadores experimentarán terror al comprobar sus errores, que han malgastado sus vidas y que ahora tendrán que rendir cuentas. E imagino que este miedo al Juicio será bastante mayor que el provocado por los fenómenos naturales producidos por la alteración de las leyes ordinarias.


Esto es en esencia lo que nos viene a decir el Apocalipsis: el Malo tratará de aprovechar el miedo para ganar la batalla definitiva entre los que duden; quizá provoque sufrimiento entre los justos en una última tentativa de ganárselos; pero a la postre, será vencido y se instaurará el Reino de Dios, algo que imagino similar a la situación del Paraíso previa al primer pecado.


Personalmente, me encantaría que esto sucediese hoy mismo. Ya sé que me va a suponer un susto inmenso; pero la perspectiva es tan maravillosa, que lo estoy deseando. Y esto no es masoquismo, no. Imaginemos que a un enfermo crónico y con constantes incomodidades se le ofreciese la posibilidad de operarse y curarse para siempre: ¿rechazaría la operación por miedo al dolor que ésta le pueda producir? Tengo certeza de que, por el contrario, estaría deseando operarse y acabar de una vez con sus problemas.


Venga a nosotros tu Reino, Señor; y venga cuanto antes.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El valor del sufrimiento

Seguiré con el tema de la última entrada, aunque no sea muy propio de este tiempo navideño.


Con la encarnación de Verbo y el modo que escogió para redimirnos, el sufrimiento ha dejado de ser algo inútil para convertirse en fuente de salvación; y de salvación múltiple, porque salva no sólo al que sufre, sino que también alcanzan sus efectos al pecador que permanece ajeno a dicho sufrimiento. De hecho, a todos nos alcanzó la redención, a pesar de que permanecimos ajenos al sufrimiento de Cristo en su pasión.


Por supuesto, no se trata de provocar el dolor sin más -lo que sería absurdo-, sino de aceptar el dolor como la más perfecta prueba de amor. En más, lo que realmente tiene un valor casi infinito es el amor que se manifiesta con el sufrimiento voluntariamente aceptado, incluso buscado en beneficio de otro; porque en este caso, el sufrimiento es simplemente la forma inequívoca y mejor de manifestar amor.


Ya sé que esto resultará difícil de entender o aceptar en una civilización obsesionada por el placer, el confort y la calidad de vida. Pero, ¿son estas cosas las que nos trae el amor?; ¿realmente el enamorado busca su comodidad? Evidentemente, el que ama de verdad no se preocupa de su placer, sino del bien de la persona amada. Entonces, ¿es nuestro afán de placer síntoma de que no queremos amar?, ¿de que nos queremos amar sólo a nosotros mismos?... Que cada uno se conteste...


El cristiano -también el cristiano de nuestros días- no es el que acepta el sufrimiento sin más, sino quien conoce el sentido de dicho sufrimiento, quien lo acepta por amor sabiendo que Cristo -que nos dio ejemplo en este camino- multiplicará el valor de nuestro sufrimiento y conseguirá que produzca efectos incalculables, tan inmensos como los tuvo su propia pasión: la liberación del hombre del mal y su redención plena.


Porque cuando se le da un sentido al sufrimiento, éste empieza a ser útil(1). Así lo entendieron tantos santos: atesoraban el sufrimiento como el avaro sus monedas. __________________
(1) Esto no es sólo una recomendación ascética, sino que es también una terapia psicológica: en dar sentido al sufrimiento se basa la Logoterapia de Víctor Frankl.

Feliz Navidad

En Navidad recordamos la venida de Dios a la Tierra, porque quiso compartir con nosotros la condición humana; es un simple recordatorio, pero sería bueno aprovechar para recibirle en nuestro corazón, si los agobios del año nos han hecho desalojarle de él. Y abrir nuestro corazón también a tantas personas a las que también desalojamos con demasiada facilidad.

Feliz Navidad.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Antiguo y Nuevo Testamento

Estamos en tiempo de Adviento, rememorando la época en la que se esperaba la llegada del Señor, lo que efectivamente ocurrió hace 2009 años. Pero este recuerdo se hace con una fundamental diferencia: aquellos hombres no sabían cómo iba a influir en sus vidas la venida del Mesías (de hecho, tenían una idea muy equivocada sobre la misión del Mesías); y nosotros sabemos perfectamente qué es lo que vino Jesús a cambiar en el mundo. Ahora tenemos la certeza de que no vino a proclamar la hegemonía de Israel sobre todas las naciones, sino para abrir su mensaje a todos los pueblos: a universalizar (esto es lo que significa "católico") el Reino, rechazando cualquier tentación "nacionalista" por parte del pueblo elegido. Pero también se produce otro cambio fundamental que suele pasar inadvertido. La gran diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es la actitud de Dios con los hombres.

Durante todo el Antiguo Testamento Dios defiende a su pueblo de sus enemigos (salvo cuando le quiere dar un escarmiento por su infidelidad). Así ocurre con Abraham y los amorreos, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, cuando les saca de Egipto y destruye al ejército del faraón, cuando les entrega la Tierra Prometida, cuando Elías acaba con los sacerdotes de Baal o cuando David les libera de los filisteos: Dios aniquila el mal en beneficio de su pueblo. Pero en el Nuevo Testamento cambia radicalmente esta "estrategia": ahora se combate el mal, se redime al pueblo, ofreciéndose Dios mismo como víctima y el Imperio Romano cae a base de mártires. Ya no sale Dios en nuestra ayuda cada vez que estamos en peligro. Ahora lo que se exige es que se conjure el mal con el propio sacrificio. Por decirlo con palabras del apóstol Pablo: "que completemos en nuestro cuerpo lo que le falta a la pasión de Cristo, a la redención".

Con la llegada del Señor se produce un cambio radical en nuestra relación con el mal: ahora somos nosotros los que tenemos que inmolarnos para conseguir la conversión de los enemigos, siguiendo el ejemplo de Cristo. Es una de las muchas paradojas de Dios: exige el sufrimiento del Justo para el perdón del pecador.

De esta forma, el sufrimiento ya no es algo a evitar, sino fuente de salvación.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Fe o entendimiento

No quisiera que las últimas entradas diesen la sensación de que estoy en contra de que el hombre use su razón para tomar sus decisiones, o de la necesidad de que las actitudes del hombre deben ser razonables. Lo que he querido decir es que nuestro razonamiento tiene un cauce dentro del que debe que moverse. Este cauce es nuestra fe: la verdad que nos ha sido revelada. Por lo tanto, si nuestros razonamientos nos llevan fuera de ese cauce, si contradicen nuestra fe, entonces debemos descartarlos por estar -con toda probabilidad- equivocados. Y este error suele ser debido a la facilidad con la que nuestro entendimiento queda cegado por nuestro capricho y nuestro orgullo.


De hecho, Jesús nunca pregunta si "nos hemos enterado" de su mensaje, si lo hemos comprendido, sino que únicamente nos pregunta si "nos lo creemos". Porque lo importante no es llegar a descifrar las razones de nuestra fe, sino vivir conforme a ella, vivir conforme a la verdad que se nos ha revelado. La base de nuestro trato con Dios es la fe, no el entendimiento; y si esa fe nos parece razonable -o llegamos a razonarla- será bueno si nos lleva a seguirla con más ahínco. Pero si no logramos entenderla, también será bueno si la aceptamos y vivimos; incluso mejor, porque .... bienaventurados los que crean sin haber visto... o entendido.


Por esto, la Eucaristía es la piedra de toque del cristianismo: porque es la aceptación plena de la palabra de Jesús sin ningún apoyo racional. La presencia real de Cristo en la Eucaristía, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, no tienen más prueba de credibilidad que su palabra. La fe en la Eucaristía es la mejor manifestación de nuestra fe rendida en Dios.

Y esta es la exigencia que se nos impone: id y predicad el Evangelio; quien crea se salvara, quien rehuse a creer, se condenara.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La primacía de nuestra razón

Sigo con el tema de la obsesión que el hombre moderno tiene con la primacía de nuestra razón sobre cualquier otro medio de conocimiento o norma de conducta. Que el mal es irracional y que la razón endiosada lleva al mal es un hecho histórico del que hay sobrados ejemplos:


La revolución francesa, hija de la razón ilustrada, proclamó la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad como fundamentos de la sociedad racional, rechazando el mensaje cristiano que hasta entonces había sido su fundamento: sustituyó a Dios por la diosa razón. Esto era irracional, porque el propio cristianismo es el que trajo la libertad, la igualdad y la fraternidad a la Tierra; y la prueba de esta irracionalidad es que no dudaron en imponer su libertad, su igualdad y su fraternidad llevando a Francia a la peor época de terror de su historia que acabó no solo con estos tres principios, sino también con todos los padres de la revolución.

Los siguientes que trataron de imponer la razón como medio de llegar al paraíso del proletariado -a quienes pretendía proteger-, también empezaron por renegar del Dios que se hizo defensor de los más desfavorecidos. De nuevo, esta actitud es sospechosamente irracional; y de nuevo terminó con la exterminación de aquellos a quienes se pretendía beneficiar: el proletariado pasó de la miseria capitalista (de la que sí se puede ir saliendo), a la esclavitud marxista que no sólo le dejó en la miseria, sino que además le degeneró como ser humano; y en muchos casos llegó a la eliminación física (unos cincuenta millones de personas y, entre ellas, a casi todos los primeros revolucionarios).


Otros trataron de imponer su razón -con exclusión de Dios- como medio de sacar a su patria de la humillación: los nazi-onalismos. Y, por supuesto, su razón les decía que todos los medios de revancha eran válidos. Los mejores científicos y juristas del mundo, los germanos, se pusieron en seguida a razonar: y llegaron a la conclusión (que convirtieron en Ley) de que los judíos no eran personas y de que se podía exterminar a todo el que no contribuyese al engrandecimiento de su Reich. Lejos de su Dios y en manos de su razón y su fuerza acabaron destruyendo esa patria que habían tratado de fortalecer; y haciéndola caer en la vergüenza de la que habían tratado de escapar. Lo malo es que en su caída arrastraron a decenas de millones de víctimas de la guerra que provocaron; seis millones de ellos exterminados científica y racionalmente.


Aunque a alguien le pueda escandalizar, me atrevería a afirmar que detrás de todas las razones nacionalistas, racistas y excluyentes, existe un rechazo de Dios: ¿como si no se puede afirmar que unos hombres son superiores a otros?


Y llegamos a la más moderna de las irracionalidades, al ataque del hombre contra su propia naturaleza, a la destrucción racional de la familia; pero no como consecuencia del vicio y la debilidad, sino presentado como el paradigma del comportamiento: es decir, con orgullo.


Y llegamos al peor de los holocaustos que jamás ha conocido la humanidad: al delito que se cometía ocultamente por vergüenza o incapacidad de arrostrar las consecuencias de los propios actos, y que ahora se le presenta como un derecho, más en concreto como un derecho humano. ¿Hay algo más irracional que llamar derecho humano a la eliminación del hombre? Pues ahí está: el aborto, el asesinato del más indefenso por su propia madre y su médico, es... ¡un derecho humano! Si los anteriores errores que hemos comentado llevaron a la exterminación de quienes los provocaron, ¿a quién exterminará este abominable error?

No, la norma de conducta no puede ser nuestra razón -que tan dramáticamente se equivoca cuando está alejada de Dios-, nuestra norma debe ser una Ley superior que nos ponga limites.

lunes, 2 de noviembre de 2009

De espaldas a Dios no hay salvación posible

Hay una frase evangélica que resulta especialmente difícil de entender:

...De modo que los que miran miren y no vean, y los que oyen oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone... (Mc 4:12).

¿Es que Dios no quiere que los hombres se conviertan para poder perdonarles los pecados? ¡Claro que Dios busca la salvación de todos!, pero una salvación basada en los méritos de Cristo, en su gracia, no en nuestra propia capacidad de entendimiento.

Trataré de explicarme mejor.

El camino para nuestra salvación pasa por los diez mandamientos y por las bienaventuranzas; y bien podría haber quien, habiendo tenido conocimiento de éstos, llegue a la conclusión de que son un camino correcto de comportamiento humano (algo así como hicieron los estoicos en la antigüedad) y por propio convencimiento lo siga.

Pero Dios no quiere que nos salvemos por la coherencia de su mensaje, ni porque nuestro entendimiento nos dice que debemos aceptarlo. Dios lo que quiere es que nos acerquemos a Él, que cumplamos su voluntad por amor a Él, porque es suya, no porque hemos llegado a la conclusión de que es lógica y entonces la aceptamos. Si actuamos así, entonces estamos supeditando la voluntad de Dios a la nuestra, a nuestro previo reconocimiento. No, lo que nos tiene que guiar es nuestra deseo de servir al Dios porque nos ama.

El maligno anda muy suelto en nuestros días y sabe que a un hombre inteligente y soberbio como se le separa de Dios es dejándole en manos de su propio razonamiento. Por eso, la característica del hombre actual es que todo lo quiere entender: necesita razonamientos y evidencias antes de actuar; y no se somete a nada que antes no haya comprendido. De esta forma, convierte a la razón en su dios; y al renegar del Dios que lo ama y es la Verdad, queda en manos del maligno que fácilmente lo engaña y confunde su entendimiento; y un entendimiento confundido es incapaz de apreciar la irracionalidad de su conducta. El mal actual, en vez de ser la consecuencia de nuestra debilidad de naturaleza caída, muy frecuentemente es la consecuencia de una razón que ha perdido el norte.

Por esto, sólo cuando nos volvamos de nuevo hacia Dios recuperaremos el sentido común.

viernes, 16 de octubre de 2009

Los católicos y la vida pública

Vuelvo a la carga con este tema de la participación de los católicos en la vida pública. Por supuesto, estoy a favor de que los católicos intervengamos en cuantos foros públicos podamos. Pero no puede tratarse de una participación más, como la que pueda tener cualquier otra persona sin convicciones religiosas. Si se nos anima a participar no es para defender nuestros intereses o nuestro punto de vista sobre cuestiones económicas o sociales. El cristiano debe implicarse para tratar de realizar lo mejor posible el Reino de Dios en la Tierra. Los católicos tenemos la obligación grave de llevar nuestras convicciones a la vida pública, en la medida de nuestras posibilidades; y, en todo caso,¡hacerlas públicas!


Insisto en esto porque parecería que la función de los políticos católicos fuese defender los derechos de la Iglesia (que los tiene) o de los ciudadanos católicos como tales (que también los tienen). Esto es posible y conveniente; pero se trata de un objetivo secundario. El objetivo primario tiene que ser difundir el mensaje evangélico, implantar la concepción social cristiana como la mejor manera de alcanzar el bien común en cualquier sociedad.

Lo otro, defender nuestros derechos o demostrar nuestras capacidades y la altura intelectual de nuestros correligionarios, no sólo es muy secundario, sino que puede llegar a ser contraproducente si no va acompañado de una clara propagación de nuestra fe.

El prestigio intelectual es vano si no le acompaña un auténtico prestigio espiritual; y siempre es mejor este último.

viernes, 9 de octubre de 2009

La espiritualidad es importante.

Hay un mundo de placeres y de cosas; pero también hay un mundo mucho mas importante de amores, sentimientos, determinaciones e ideales, que es lo que debe constituir nuestra auténtica vida. Este último es el mundo espiritual y su fuente es Dios.

Por esto, la espiritualidad es muy importante: porque el hombre no sólo es materia, sino también espíritu; y si rechaza esta segunda parte de su naturaleza, se degrada por debajo de los animales. Efectivamente, la situación del hombre no espiritual es peor que la de los animales irracionales, pues éstos cuentan con sus instintos para ayudarles a comportarse coherentemente con su naturaleza. Pero el hombre queda huérfano de toda guía si rechaza sus pulsiones espirituales.

Quizá esta sea la causa de tanto comportamiento absurdo como se puede ver en un mundo que no sólo ha dado la espalda a Dios, sino que también la ha dado a su naturaleza espiritual.

¡Y así nos va!

martes, 6 de octubre de 2009

La religión progresista

Por muy laicistas que se presenten, los progresistas son auténticos obsesos religiosos, que pretenden imponer su religión a sangre y fuego. ¿Que esto es una contradicción? ¡Por supuesto! Es sólo una más de las contradicciones en las que cae una sociedad que ha decidido rechazar a su Creador.

¿En qué consiste esta religión? Pues para mostrároslo, empezaré por enseñaros su decálogo, después sus dogmas y para terminar su liturgia... que de todo tienen.


Estos son los diez mandamientos progresistas:

  1. Serás tolerante sobre todas las cosas.
  2. No tomarás el progresismo a broma.
  3. Santificarás el día del orgullo gay.
  4. Honrarás a las parejas de tus padres/madres, con independencia de su orientación sexual.
  5. No matarás animales ni plantas.
  6. No usarás del sexo sin preservativo.
  7. No escamotearás el impuesto ecológico.
  8. No dirás que tienes la verdad ni que ésta existe.
  9. No consentirás pensamientos espirituales.
  10. No renunciarás a nada que puedas desear.
También cuentan con sus dogmas; es decir, aquellas verdades que se proclaman como ciertas sin una demostración científica que las avale, o incluso aunque la evidencia diga lo contrario:

  • Dios no existe.
  • Todo existe por mera casualidad evolutiva.
  • El hombre es una evolución a un estado animal superior no espiritual: no tiene alma.
  • Hombre y mujer no son diferentes.
  • El sexo es una creación cultural, lo auténtico es el género que cada uno elija libremente.
  • Se puede cambiar de sexo a libre voluntad.
  • Todos los personajes históricos que destacan por sus cualidades humanas fueron homosexuales.
  • La ciencia siempre nos llevará a un estado de progreso superior.
  • Lo moral es la conducta de la mayoría.
  • La Iglesia Católica en la peor enemiga del progresismo [de este pseudo-progresismo, por supuesto]

Y su liturgia incluye una serie de ritos y festividades, como el día del orgullo gay, con sus "procesiones" y todo. También cuentan con sus santuarios y ciudades santas: La ONU y San Francisco.

Lo único que su religión no tiene es lo esencial: el trato con el Dios creador.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Hemos vuelto al fariseismo?

Los cristianos, al igual que los fariseos del tiempo se Jesús, hemos convertido nuestra fe en algo sociológico: cumplimos la apariencia, pero nuestro corazón esta lejos del Señor; no acabamos de creernos que Él es el camino, la verdad y la vida; que su palabra debe ser nuestra norma de comportamiento. Así, tratamos de amoldar el Evangelio a nuestra vida, haciéndolo compatible con nuestra lógica mundana, en vez de amoldar nuestra vida al Evangelio, según la lógica de Dios.

Los fariseos actuaban así porque lo que buscaban era mantener la estructura social de Israel como nación, por eso se aferraban tanto a tradiciones y ritos. No podemos juzgar si lo hacía así por pensar que esa era lo mejor para el pueblo elegido, o más bien trataban de mantener sus privilegios como "guardianes de la ortodoxia". Pero lo cierto es que habían olvidado que era Dios -y no sus tradiciones- el que tenía que salvarles enviando al Mesías.

Frente al laicismo imperante, podemos caer en la tentación de empeñarnos en mantener la estructura social de la Iglesia y nuestros derechos ciudadanos -la clase de religión, nuestras procesiones y cofradías, nuestros templos-; y olvidarnos de que lo importante es vivir profundamente nuestra fe, el mensaje evangélico, dando testimonio de santidad a nuestros hijos y hermanos...

Busquemos el Reino de Dios y la santidad, que lo demás se nos dará por añadidura.

martes, 8 de septiembre de 2009

La sociedad actual está muy enferma

Por supuesto, no me estoy preocupando por la gripe A, ni por la gripe aviar, ni por los pollos locos o las vacas locas o cualquiera de las pseudo-pandemias que han asustado al mundo recientemente.

Me refiero a que la sociedad actual esta muy enferma del espíritu, lo que es mucho más grave que todas las posibles enfermedades del cuerpo. El principal síntoma de un espíritu enfermo es que confunde el bien con el mal y la verdad con la mentira. No es tanto que haga el mal o diga mentiras -que esto ha ocurrido siempre desde que la naturaleza humana cayó en el primer pecado-, sino que niega la verdad y busca el mal no por debilidad, sino con auténtico propósito maligno.

Seguro que hay quien piensa que exagero; por eso quiero comentar los ejemplos que me han llevado a esta afirmación.
  • Se niega la creación Divina de todo lo que existe; y como no se le encuentra otra justificación a la existencia de todo esto, el mundillo científico no tiene empacho en decir que es consecuencia de la casualidad . Un científico que niega la causalidad y defiende la casualidad no es que sea mentiroso, sino que tiene el espíritu enfermo y ha perdido hasta el sentido del ridículo.
  • Se niega la existencia de Dios, alegando que ésta es materia de fe, no de razón; pero se adora a la diosa fortuna [la casualidad], lo que es mucho más irracional.
  • Una sociedad que tiene la sensibilidad de legislar con duras penas el maltrato animal o la supresión de ciertas crías de animales o huevos de aves, no tiene ninguna vergüenza en propugnar el aborto de fetos humanos; incluso se tiene la desfachatez de defenderlo como un derecho humano fundamental y parte de la salud reproductiva: ¿Cómo se puede llamar salud a la supresión de una vida humana? ¿Puede un espíritu que no esté enfermo defender semejante disparate?
  • Como decíamos, nuestra sociedad defiende la máxima pureza de la naturaleza y su conservación estricta, incluso a costa de que el hombre empeore sus condiciones de vida o le resulten más complicadas o caras. Y esto es positivo, ya que la Naturaleza que Dios creó es buena. Pero simultáneamente se defiende la adulteración de la naturaleza humana, hasta el extremo de considerar la desviación de la homosexualidad como una actividad incluso más positiva que la heterosexualidad. Por supuesto no se puede alterar la fauna o la flora de una pequeña comarca; pero sí se puede fomentar la transexualidad: ese imposible científico que oculta a las incautas víctimas que una modificación de la apariencia no varía la composición cromosómica de cada una de las células del cuerpo humano, que siempre permanecerán con el sexo con el que fueron creadas.
  • Parece como si hubiese un interés expreso en exaltar cualquier vicio que tenga connotaciones morales. Se convierte en héroes sociales a personajes cuyo único mérito es cambiar de pareja sexual cada seis meses y provocar constantes escándalos. Esta sociedad enferma no se da cuenta de que con esta actitud se está destruyendo a sí misma. Pero a los vicios que no tienen connotaciones morales se les ataca con dureza, como ocurre en todo occidente con el tabaco. Por supuesto, no se es tan estricto con el alcohol, ya que la moral cristiana considera inmoral su consumo hasta la borrachera; y claro, la sociedad no podía reprobar aquello que reprueba la moral. Es curioso que para perseguir estos nuevos "pecados sociales" moralmente neutros no se respetan ni algunas de las libertades individuales que tanto le costó a esta sociedad conseguir.
  • Otro de los síntomas de la enfermedad del espíritu es la intromisión de los poderes públicos en la vida privada de las parejas, haciendo publicidad de cómo se deben repartir las tareas domésticas; pero luego les permiten a esas mismas parejas divorciarse en tres meses sin necesidad de dar ni siquiera una razón. Claro, lo primero no está regulado por la moral y por eso se propone; pero lo segundo sí y se debe dejar al libre albedrío de los interesados, conviertiendo el contrato matrimonial en el único que la ley permite no cumplir.
  • Del mismo modo, se niegan las propias raíces cristianas de la sociedad occidental; y para sustituirlas, se admite toda superstición y superchería importadas de oriente.
  • Y si echamos un vistazo a las bellas artes, comprobaremos que ahora se presentan las mayores aberraciones como si fueran magníficas creaciones artísticas: los que anteponen el mal al bien, acaban anteponiendo lo horroroso a la belleza.
  • Y en el campo del pensamiento y la filosofía los síntomas de enfermedad no son inferiores. Ahora la medida de todas las cosas no es la realidad o la naturaleza de las cosas, sino la voluntad del hombre: si yo quiero ser mujer ¿qué importa que los cromosomas de todas mis células sean masculinos? Por supuesto, no les basta con negar la metafísica, sino que se llega a negar incluso la lógica más fundamental: la misma joven que no puede ni comprar un paquete de tabaco hasta los dieciocho años, puede abortar libremente sin ni siquiera decírselo a sus padres.

En definitiva, la sociedad progresista -paradigma de la enfermedad del espíritu- establece un estrecho margen para lo que se considera socialmente correcto y proscribe sin piedad todo lo demás: la tolerancia es impuesta con total intolerancia; todo el que no comparta el libertinaje moral y la estricta disciplina ecológica en proscrito drásticamente.
Son todas estas contradicciones que he expuesto las que ponen de manifiesto que no sólo la naturaleza del hombre está caída, sino que su espíritu está gravemente enfermo y se guía por la maldad intrínseca, explícita y conscientemente buscada.

¿Quién sino Dios sanará a esta sociedad?

domingo, 30 de agosto de 2009

En el Santuario de Fatima

He aprovechado las vacaciones estivales para pasar unos días en el Santuario de Fátima; y he podido comprobar que todavía sigue muy viva la fe en algunos lugares.

Una de las cosas que llama la atención es la cantidad de jóvenes y hombres que se ven por allí rezando el rosario, en la capilla del Santísimo (que está permanentemente expuesto a la adoración) o esperando en los confesionarios. Os aseguro que una visita a Fátima echa por tierra el tópico de que la religión es sólo cosa de cuatro viejas. Se ven familias enteras, matrimonios jóvenes con bebés, parejas jóvenes... y muchos sacerdotes a los que se les nota que son sacerdotes. Y, por supuesto, dentro del recinto del santuario el silencio y el recogimiento son más que aceptables (salvo los inevitables grupos de españoles e italianos, siempre tan bulliciosos).

Solíamos asistir a la Misa en castellano de las 19,15 horas. La preside algún sacerdote de cualquiera de los muchos grupos de Españoles que allí van; y es habitual que diga una pequeña homilía. En una de ellas me impresionó mucho un comentario del sacerdote. Al referirse a la fe de Nuestra Señora cuando aceptó la voluntad de Dios que le fue manifestada por el ángel en la Anunciación, comentó: "menos mal que la Virgen no fue a consultar a un cura, porque entonces todavía estaríamos esperando la encarnación"
. Inmediatamente explicó lo que quería decir. Se refirió a su experiencia de que muchos curas siempre tratan de facilitar la vida de los fieles; y trató de reproducir el supuesto diálogo de la Virgen con el cura de la época:
<<¿Estás segura de que era un ángel? ¿No estarás muy cansada y lo confundes con un sueño?
Una decisión así hay que tomarla después de pensarlo mucho.
¿Has pensado el escándalo que provocarás en tu pueblo? ¿Qué dirá el bueno de José?>>

Efectivamente, muchos curas bienintencionados aparcan la providencia y la gracia a la hora de aconsejar a sus fieles. Tratan de hacerles el cristianismo tan fácil y agradable, que lo acaban desvirtuando. Por una parte, debemos contar siempre con la ayuda de Dios: nunca nos pedirá nada que no nos haya dado Él antes. Por otra parte, tenemos las palabras de Jesús: quien quiera seguirme que cargue con su cruz... si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros... Nunca dijo el Señor que seguirle o hacer la voluntad de Dios fuese cosa fácil, al menos en el arranque; aunque luego... mi yugo es suave y mi carga ligera.

Quizá esta sea la clave del catolicismo claudicante actual: en vez de coger el rábano por las hojas... nos dedicamos a templar gaitas.