Vive el mundo una etapa convulsa por culpa de un microscópico organismo. Algo que es imposible ver si no es con un microscopio trae en jaque a la humanidad y toda su organización: instituciones, sociedad, economía.
Ahora que el hombre se creía Dios, porque pensaba que por fin dominaba la creación, nos damos cuenta de que dependemos de factores que en modo alguno podemos controlar.
El hombre, como Dios, ya podía estar en todas partes a la vez, mediante internet.
Los desplazamientos son instantáneos: puedo hablar y ver a alguien de las antípodas con el teléfono que llevo en el bolsillo.
La técnica y la informática están dominadas.
Conocemos tanto el universo como las partículas elementales.
Y hemos descubierto el cuaderno de apuntes de Dios (el ADN) y podemos crear y replicar vida.
Por otra parte, nos constituimos dueños de la vida y decidimos quién puede y quien no puede vivir: el aborto y la eutanasia ya son derechos en muchos países.
Nunca el hombre se pudo sentir más orgulloso de sus logros.
Sólo nos faltaba controlar el cambio climático para poder desafiar sin miedo a Dios.
Pero, como suele ocurrir, este enorme hombre tecnológico tenía los pies de barro. Y ese barro se llama miedo. Más que miedo, pánico: un microorganismo nos ha arrancado de golpe todo lo que teníamos:
Nos ha confinado en nuestras casas.
Ha interrumpido la enseñanza.
Aplica la eutanasia sin nuestra autorización (y muy probablemente también esté acabando con jóvenes que padecían otras patologías).
Toda la economía financiera se ha evaporado en unas cuantas sesiones de Bolsa.
La economía productiva se ha paralizado.
Nos ha demostrado lo equivocados que estaba nuestros miedos anteriores a una posible guerra nuclear o el cambio climático.
El microscópico virus ha afectado más a la sociedad y la economía que cualquiera de las grandes guerras mundiales.
Todo, porque tenemos miedo de perder nuestras privilegiadas vidas, porque no nos creemos que la vida posterior sea infinitamente mejor que la presente, porque nos hemos dado cuenta que el señor de la vida no es el hombre, sino el virus. Que todo el mundo moderno no es más que un castillo de naipes. Que nuestras seguras seguridades no tenían ningún fundamento, porque no se apoyaban en Aquél que todo lo puede.
Dicen que es un castigo de Dios. No es cierto. El hombre se basta para destruirse a sí mismo sin necesidad de la intervención divina. Al contrario, cuando la estupidez humana llegue al límite, será Dios quien nos saque de esta.
Y deberíamos aprovechar para construir un nuevo mundo mucho más humano, que no es otra cosa que construir el mundo que Dios quiso que hiciésemos: basado más en el amor que en la competencia; más en el trabajo que en la especulación; más en la producción que en la intermediación; y en donde toda vida se respete simplemente porque cada persona es capaz de amar y sentirse amado, al margen de su capacidad productiva o financiera.
Todo será para bien, seguro.
Mientras tanto, consolemos a los que sufren.
Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog (28-9-2005).
domingo, 22 de marzo de 2020
martes, 10 de marzo de 2020
El Verbo Divino, La Palabra.
Dice el comienzo del evangelio de San Juan que al principio existía El Verbo, La Palabra. A Dios se le designa en el cristianismo con este término: La Palabra. Y es curioso que sea precisamente la palabra, las palabras, las que vengan a demostrar (de un nuevo modo) la existencia de La Palabra. Me explico:
La semiótica (la ciencia que estudia los signos, la escritura) no puede explicarse sin pensar en que existe una mente detrás que ha creado las palabras con esos signos y que es capaz de entenderlas cuando las lee. El significado de los signos (valga la redundancia), no puede ser casual, aleatorio; el lenguaje no puede explicarse en base a meras leyes físicas y químicas.
Si vemos una palabra escrita en la arena de una playa, no pensamos que ha sido un cangrejo que al andar erráticamente ha construido esos signos. Sabemos con certeza que un ser inteligente la ha escrito con la intención de que otros seres inteligentes la lean y la entiendan. Es decir: ha querido transmitirnos una información o un sentimiento. Entonces, la palabra más larga que existe, el ADN, el código genético, 3.500 millones de letras perfectamente ordenadas, ¿sí puede explicarse con física y química? ¿deriva de cambios aleatorios no guiados? No sería más razonable pensar que alguien inteligente la ha escrito para que las células vivas puedan interpretarla (por cierto, la ciencia no ha podido explicar cómo "leen" y aplican su código genético las células... deben ser más listas que nosotros).
La información es algo distinto de la física y la química, no se puede reducir a movimientos de partículas elementales. La información, no sólo es interpretada correctamente por alguien distinto de quien la produjo, sino que incluso puede provocar sentimientos. La información se plasma sobre la materia (un libro) pero no es material y puede generar actividad inmaterial, sentimientos (quizá porque la información es la forma de comunicarse las almas, no los cuerpos).
Esta realidad está haciendo tambalearse muchas teorías materialistas y cosmovisiones ateas del universo.
Las palabras no pueden explicarse sin una inteligencia que las produzca inteligencia: ¿será por esto por lo que Dios se denomina a sí mismo la Palabra?
Todo procede de la nada o todo procede de Dios: ¿qué es más difícil de creer?
domingo, 8 de marzo de 2020
¿Han enterrado los científicos materialistas a la Ciencia?
Si Dios no existe, todo razonamiento tiene que ir de abajo hacia arriba: de la persona hacia las cosas. Las conclusiones del cerebro humano no son sino movimientos aleatorios de las partículas fundamentales que lo forman. Entonces, ¿cómo fiarme de las conclusiones?
Pero, el entendimiento, la memoria y la voluntad, no parece que sean casuales. Estas potencias del alma -a decir de los cristianos-, no parecen casuales. Nuestro entendimiento llega a conclusiones similares para problemas similares: la respuesta nunca es casual. La memoria va almacenando información, que aflora bastante ordenada cuando la necesitamos, sólo se nos presenta aleatoriamente en los sueños. La voluntad suele seguir también pautas definidas, según el carácter y el temperamento de cada persona.
Entonces, si la mente humana no es algo simplemente físico, la ciencia no puede explicarla, porque la ciencia sólo explica lo material. Y si no puede explicarla, tampoco podemos aceptar las conclusiones del naturalismo evolutivo: que todo ha evolucionado por casualidad.
los auténticos científicos (aquellos que no recurren a la casualidad para explicar lo que no entienden) están empezando a enterrar al ateísmo, como modo de evitar el enterrarse a sí mismos. Porque para hacer ciencia se necesita una base de racionalidad, creer que existen leyes para ser estudiadas; y el ateísmo (con su aleatoriedad) la destruye: si el cerebro es mera química, no es fiable.
jueves, 5 de marzo de 2020
¿Es el amor una mera conexión neuronal?
El
ateísmo tiene una visión reduccionista del universo y el mundo: todo puede explicarse por la física y
la química; hasta lo que parece menos material. Según los científicos materialistas, incluso los sentimientos no son más que consecuencias de conexiones nerviosas de mi
cerebro, movimientos aleatorios de partículas elementales. Pero, si es así,
¿cómo he llegado a la conclusión de que mi cerebro está compuesto por
partículas elementales? ¿Es esta conclusión también consecuencia de "movimientos aleatorios de partículas elementales". Pero hay algo que me degrada como ser humano: mi afecto, mi voluntad, mi amor, ¿son sólo conexiones nerviosas? ¿entregué mi vida a una mujer, porque en mi cerebro se produjo un cotocircuito? Cuando tomo una decisión importante: ¿son las partículas elementales las que la toman aleatoriamente por mí? ¿Que movimiento de esas partículas es el que me llevó a creer en un Dios Padre y a amarlo?
Yo prefiero pensar que fui creado por amor a imagen y semejanza de mi Creador, quien quiso que fuese libre para poder amarlo libremente, aunque eso me diese la posibilidad de desobedecerle e incluso de no creer en Él y pensar que todo es una conclusión casual de mis neuronas. Así de grande creo que es mi Creador y así de grande su amor hacia nosotros.
martes, 3 de marzo de 2020
Todos tenemos algún tipo de fe
Todos tenemos
una cosmovisión, una creencia sobre cómo es el universo, de dónde procede y a dónde va. Algunas de estas cuestiones han sido comprobadas empíricamente; pero otras son simples suposiciones [por ejemplo, lo de los agujeros negros]. Pero si nos creemos algo que no hemos comprobado, entonces es que tenemos fe en eso.
Por lo tanto, la Fe se suele referir a la religión; pero también abarca muchos otros aspectos de la vida: todo lo que creo o considero que lo sé, sin haberlo comprobado personalmente, es fe en quien me lo cuenta. A veces ese convencimiento está más fundado que otras veces.
Hay quien cree que la Tierra es plana; yo creo que es redonda, porque esta forma explica muchos de los fenómenos que ocurren, además de que he visto fotos hechas desde satélites. Por supuesto, los que piensan que es plana, dicen que todo esto son engaños y trucos. Entonces yo razono y llego a la conclusión de que la probabilidad de que sea redonda es mayor que la probabilidad de que sea plana [lo que explica, por ejemplo, la evolución de las horas según la latitud, cómo se ve el horizonte, que Magallanes pudiese dar toda la vuelta, que el océano no se desborde por el fin de la Tierra, que la sombra sea distinta a la misma hora según la situación en el globo]. Es decir, convierto en certeza lo que sólo sé porque otros me lo han dicho.
Habitualmente se entiende por FE el
conocimiento cuando no hay evidencias; pero eso no significa que sea irracional. Yo no he visto por mi mismo la redondez de la Tierra, no tengo esa evidencia; pero aseguraría lo que fuese a que es cierto, porque mi razón me dice que, aunque no tenga evidencia, es así.
Lo mismo me ocurre con mi Fe religiosa. Tuve noticias de Dios porque de niño mi madre me lo explicó. después recibí una mejor formación religiosa en el colegio. Y ya de adulto, he podido completar mi formación por mi mismo. y esto me ha llevado a poder razonar mi Fe; y llego a la conclusión de que lo razonable es creer en la existencia de un Dios creador e inteligente del que procede todo lo que compruebo que está ordenado. Deduzco que mi Fe es correcta cuando pienso que si hay algo ordenado no será por casualidad, sino por que Alguien lo ha ordenado. Y, además, compruebo que miles y miles de personas más inteligentes que yo y más estudiosas han llegado a la misma conclusión en todas las épocas y culturas de la humanidad. No son evidencias (como tampoco las tengo de la redondez de la Tierra) pero son indicios suficientes como para asegurar que mi FE no es “ciega”, sino razonable y razonada.
Otros, por el contrario, piensan que todo existe y evoluciona por casualidad. Pero entonces, tendré que preguntarme, como lo hizo en su tiempo nada menos que Charles
Darwin (el padre del evolucionismo)¿son de fiar las conclusiones del cerebro humano, que ha evolucionado de
especies inferiores?
Pues yo le respondo: Sólo puede fiarse de su razón quien sabe que ha sido creado por un Ser Inteligente; y no por la casualidad.
sábado, 29 de febrero de 2020
No hay contradicción entre Dios y ciencia.
Algunos confunden a Dios con los dioses mitológicos (como el dios del trueno, el de la fertilidad,
etc., que les servían a los antiguos para justificar lo que no podían entender). Dios es la causa de todo, el creador de todo, de lo que podemos
explicar y de lo que no podemos explicar todavía. Dios
crea las leyes que la ciencia estudia: no hay incompatibilidad ni contradicción
entre Dios y la ciencia.
Igual que un artista puede valorar mejor una obra de
arte (admirar la genialidad del artista) que un lego en la materia; así un
científico puede valorar o conocer la obra de Dios mejor, admirarse por sus
leyes, que un inculto. Cuanto más se sabe del universo, más se admira a Dios.
Stephen Hawking dice
que no necesitamos a Dios, porque la ciencia lo explica todo; pero la ciencia
no explica la gravedad, sólo nos muestra leyes para calcularla y trabajar con
ella: la ciencia realmente no explica nada, sino que simplemente nos muestra
cómo funciona el universo.
Lo que ocurre es que a veces se confunde el concepto de explicación. Por ejemplo, si nos hacemos la
pregunta “El agua hierve en la tetera: ¿por qué?” Una explicación sería: “porque
el calor del fuego la hace hervir”; pero otra explicación podría ser: “porque
yo quiero una taza de té”. Ambas son correctas. La primera es científica (la causa causante)y
la segunda es personal (la causa final). Estas dos explicaciones no compiten entre ellas ni se
contradicen, sino que se complementan y necesitamos las dos. ¿Cuál es la más
importante? Para el sediento, la importante es la segunda. Pero Hawking
piensa que sólo la primera es importante. Dios no compite con la ciencia en la
explicación del universo.
Algunos científicos niegan la existencia de Dios porque dicen que han estudiado todo el universo y no han visto a Dios. Y es verdad, y lógico: Dios no está en el universo, lo ha creado. Podríamos estudiar el motor de combustión durante
siglos, pero nunca encontraríamos en él a Henry Ford, que fue el que lo inventó. Veremos sólo los diseños que él hizo para que funcionase.
Lo mismo ocurre con Dios y el universo, puedes explicarlo sin encontrarlo, pero
ahí está su huella diseñadora. Si podemos hacer ciencia es porque existe Dios y sus leyes nos permiten estudiar lo que Él ha creado.
Si podemos estudiar el motor de combustión es porque Henry Ford lo diseñó.
Quizá es sólo cuestión de que cada uno se dedique a estudiar lo que le corresponde, sin tratar de negar la existencia del otro, simplemente porque no está en su campo de estudio.
jueves, 27 de febrero de 2020
¿Es la religión un cuento de hadas?
Veíamos en la entrada anterior que la Fe o la Religión no son cuentos para niños, sino para adultos, porque son estos los que la difunden, estudian, razonan y defienden.
Algunos ejemplos:
Isaac Newton, el científico que formuló la ley de la gravedad, se maravillaba de un Dios que había creado leyes en la naturaleza para que pudiésemos entenderla y describirla.
Si embargo, Stephen Hawking se escudaba precisamente en la gravedad para negar a Dios: como ya sabía cómo funcionaba el universo, ya no necesitaba más explicaciones. Pero quizá a esa mente privilegiada [aunque demasiado orgulloso de sí mismo] se le escapaba un detalle: ¿quién había establecido esa ley que a él le permitía conocer el funcionamiento del universo? ¿La casualidad?
También fue Stephen Hawking quien pronunció una frase muy poco científica, pues no se molestó en demostrarla: “la religión es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la oscuridad”. A la que contestó el matemático John Lennox con otra frase no menos ingeniosa: "el ateísmo es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la luz".
El premio Nóbel de literatura Czeslaw Misloz dijo: "el ateísmo es el auténtico opio del pueblo, porque nos libera de la posibilidad de responder por nuestros crímenes y el daño hecho a los demás".
Es curioso cómo los científicos materialistas, que todo lo demuestran, hablan de la religión como si fuesen auténticos teólogos... pero sin molestarse en estudiar teología.
Algunos ejemplos:
Isaac Newton, el científico que formuló la ley de la gravedad, se maravillaba de un Dios que había creado leyes en la naturaleza para que pudiésemos entenderla y describirla.
Si embargo, Stephen Hawking se escudaba precisamente en la gravedad para negar a Dios: como ya sabía cómo funcionaba el universo, ya no necesitaba más explicaciones. Pero quizá a esa mente privilegiada [aunque demasiado orgulloso de sí mismo] se le escapaba un detalle: ¿quién había establecido esa ley que a él le permitía conocer el funcionamiento del universo? ¿La casualidad?
También fue Stephen Hawking quien pronunció una frase muy poco científica, pues no se molestó en demostrarla: “la religión es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la oscuridad”. A la que contestó el matemático John Lennox con otra frase no menos ingeniosa: "el ateísmo es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la luz".
El premio Nóbel de literatura Czeslaw Misloz dijo: "el ateísmo es el auténtico opio del pueblo, porque nos libera de la posibilidad de responder por nuestros crímenes y el daño hecho a los demás".
martes, 25 de febrero de 2020
¿Es la Fe un cuento de hadas?
Los que se empeñan en decir que "no creen" (cuando la realidad es que "creen" que todo es materia, lo que por supuesto no pueden demostrar, por eso es una mera creencia) se afanan en ridiculizarnos a nosotros, los ingenuos que "sí creemos" (es decir: creemos que esa materia ha sido creada).
El argumento más peregrino, pero ofensivo, que se les ocurre es decir que creer en un Dios creador es lo mismo que creer en papá Noel o el ratoncito Pérez. Así nos comparan a los "creyentes" con los niños ingenuos.
El matemático John Lennox; rebate esta afirmación con un razonamiento tan sencillo como concluyente:
Otros dicen que la creencia en Dios no es más que la respuesta a la necesidad de tener un Padre en el cielo que nos saque las castañas del fuego cuando no podemos hacerlo por nuestras propias fuerzas.
El argumento más peregrino, pero ofensivo, que se les ocurre es decir que creer en un Dios creador es lo mismo que creer en papá Noel o el ratoncito Pérez. Así nos comparan a los "creyentes" con los niños ingenuos.
El matemático John Lennox; rebate esta afirmación con un razonamiento tan sencillo como concluyente:
- Sólo los niños creen en los cuentos de hadas, el ratoncito Pérez o papá Noel.
- Pero un alto porcentaje de los adultos de la humanidad, durante todos los tiempos, todas las civilizaciones y todas las zonas geográficas, cultos o incultos, sabios o necios (incluido el 65% de los premios Nóbel del siglo XX), han creído en la existencia de un Ser superior del que procede todo. Y han creído en esto, porque lo dedujeron de la propia existencia de ese todo que ven.
Otros dicen que la creencia en Dios no es más que la respuesta a la necesidad de tener un Padre en el cielo que nos saque las castañas del fuego cuando no podemos hacerlo por nuestras propias fuerzas.
Pero entonces, siguiendo el mismo razonamiento simplón, podríamos decir que el ateísmo es la respuesta al deseo de no tener un Juez que nos juzgue ni un
legislador que nos indique cuál debe ser nuestro comportamiento.
La verdad es que creer en ese Padre del cielo nos complica la vida bastante más de lo que nos la resuelve, porque Él nos pide nuestra correspondencia y no nos garantiza su ayuda "material".
Pero a los ateos, su increencia les simplifica la vida, porque les libera de una moral que les obligue a rendir cuentas.
Entonces: ¿cuál de las dos posturas es más interesada?
sábado, 22 de febrero de 2020
¿Agradecimiento?
Si alguien nos hubiese salvado la vida, ¿qué actitud deberíamos tener hacia él? Imagino que se lo agradeceríamos y lo trataríamos con afecto y deferencia.
Mucho más si fuera una persona más importante que nosotros y si hubiese arriesgado su vida para salvar la nuestra. Toda nuestra familia estaría a su disposición para tratar de recompensarle en la medida de sus posibilidades por lo que había hecho.
¿Y si esa persona hubiese muerto en el intento? Pues se lo agradeceríamos a su familia y trataríamos de que su recuerdo fuese honrado en todas partes.
Pero, si actuásemos de otra manera; si no le mostrásemos agradecimiento; si lo ignorásemos: ¿cuál podría ser su reacción? Imagino que se sentiría dolido y nos despreciaría o, cuando menos, nos ignoraría.
¡Pues no! Cuando esa Persona que murió por salvarnos se da cuenta de que lo ignoramos, su reacción es empeñarse en que acudamos a Él para que así pueda mostrarnos que nos perdona. Es Él quien nos persigue para perdonarnos nuestra falta de correspondencia.
¿Puede existir mayor muestra de amor?
Y no nos enteramos...
Mucho más si fuera una persona más importante que nosotros y si hubiese arriesgado su vida para salvar la nuestra. Toda nuestra familia estaría a su disposición para tratar de recompensarle en la medida de sus posibilidades por lo que había hecho.
¿Y si esa persona hubiese muerto en el intento? Pues se lo agradeceríamos a su familia y trataríamos de que su recuerdo fuese honrado en todas partes.
Pero, si actuásemos de otra manera; si no le mostrásemos agradecimiento; si lo ignorásemos: ¿cuál podría ser su reacción? Imagino que se sentiría dolido y nos despreciaría o, cuando menos, nos ignoraría.
¡Pues no! Cuando esa Persona que murió por salvarnos se da cuenta de que lo ignoramos, su reacción es empeñarse en que acudamos a Él para que así pueda mostrarnos que nos perdona. Es Él quien nos persigue para perdonarnos nuestra falta de correspondencia.
¿Puede existir mayor muestra de amor?
Y no nos enteramos...
miércoles, 19 de febrero de 2020
¿Ha enterrado la ciencia a Dios?
Si queréis conocer la respuesta, os recomiendo que veáis el siguiente enlace del matemático John Lennox; es una conferencia muy larga (90 minutos) pero merece la pena cada instante que escuchéis. Está en inglés; pero se le entiende bien y tiene subtítulos en castellano.
Os resumo: no sólo no ha enterrado la ciencia a Dios, sino que es la existencia de Dios lo que permite que haya ciencia...
Os resumo: no sólo no ha enterrado la ciencia a Dios, sino que es la existencia de Dios lo que permite que haya ciencia...
La ciencia existe porque los intelectuales creyeron que había leyes que regulaban los fenómenos naturales; que una Inteligencia estaba detrás del Cosmos que conocían. Si se hubiese creído que toda la evolución era meramente casual, entonces nadie se hubiese molestado en hacer ciencia para descubrir las leyes de la casualidad (lo que es una contradicción in terminis).
Por lo tanto, la discusión no es entre "religión y ciencia" o "fe y razón", sino entre la concepción del Cosmos que tiene cada uno. A algunos, su razón los lleva a creer en una Inteligencia creadora; mientras que a otros su razón los lleva a creer que sólo existe la materia. Es decir: ambos usan la razón para llegar a una conclusión, que creen verdadera, sin que ninguno de ellos pueda demostrar esa verdad. No es una discusión entre creyentes y no creyentes, ni entre pensadores y no pensadores, sino entre iguales que alcanzan, razonando, conclusiones opuestas.
No hay científicos creyentes y científicos no creyentes, sino científicos ateos (que creen que Dios no existe) y científicos teístas (que creen que Dios sí existe).
Así visto, los creyentes en Dios no deberían dejarse llevar por esa especie de complejo de inferioridad por ser menos razonables que los ateos; y los ateos no deberían demostrar esa superioridad por afirmar algo que nunca podrán demostrar... y achacarlo a "la casualidad".
martes, 18 de febrero de 2020
Pido disculpas a los científicos... no materialistas
Habitualmente me refiero a los científicos de forma algo despectiva, presuponiendo que TODOS tienen la misma cosmovisión de un universo exclusivamente material, creado por casualidad y que ha evolucionado hasta ahora también de forma casual y no guiada.
Pero la realidad es que muchos científicos (la mayoría) comparten una cosmovisión muy similar a la mía (y correcta, ¡claro!) consistente en que si algo existe es porque Alguien lo ha creado; y si algo está ordenado es porque Alguien lo ha ordenado.
Recientemente he sabido que el 65% de los Premios Nobel del siglo XX son creyentes en un Dios creador: ¡casi mayoría de dos tercios!
Por lo tanto, en adelante, me referiré a los científicos materialistas, por una parte; y a los científicos teístas, por otra. Y para entradas anteriores, cuando me refiero despectivamente a los científicos, estoy hablando de los primeros. ¿Por qué despectivamente? Porque considero que la razón que dan de que todo ha evolucionado por casualidad es la menos científica de todas las razones posibles: son ellos los que se desprestigian a sí mismos.
Lo de la "casualidad" lo podemos decir los ignorantes; pero los científicos tiene que dar razones fundadas en datos empíricos.
Pero la realidad es que muchos científicos (la mayoría) comparten una cosmovisión muy similar a la mía (y correcta, ¡claro!) consistente en que si algo existe es porque Alguien lo ha creado; y si algo está ordenado es porque Alguien lo ha ordenado.
Recientemente he sabido que el 65% de los Premios Nobel del siglo XX son creyentes en un Dios creador: ¡casi mayoría de dos tercios!
Por lo tanto, en adelante, me referiré a los científicos materialistas, por una parte; y a los científicos teístas, por otra. Y para entradas anteriores, cuando me refiero despectivamente a los científicos, estoy hablando de los primeros. ¿Por qué despectivamente? Porque considero que la razón que dan de que todo ha evolucionado por casualidad es la menos científica de todas las razones posibles: son ellos los que se desprestigian a sí mismos.
Lo de la "casualidad" lo podemos decir los ignorantes; pero los científicos tiene que dar razones fundadas en datos empíricos.
domingo, 16 de febrero de 2020
E=mc2
Tengo un inmenso respeto por Einstein, entre otras cosas, porque cuando él investigaba y llegaba a esas conclusiones tan asombrosas, decía que lo hacía para lograr saber en qué pensaba Dios cuando estaba creando este universo que él estudiaba.
Su teoría general de la relatividad llega a conclusiones asombrosas, como que la masa se hace infinita cuando se viaja a la velocidad de la luz. Yo pensaba que no había nada infinito, salvo la sabiduría y poder de Dios…
Pero Einstein sí demostró que sus teorías eran realidad al desarrollar la bomba atómica. Demostró su fórmula: E= M * C2. La energía es igual a masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Es decir, un gramo de masa se convierte en 300.000 * 300.000 unidades de energía = 90.000.000.000. Es una cifra fabulosa.
Pero ¿qué pasa si damos la vuelta a la ecuación? ¿Cuánta energía es necesaria para generar la masa? Pues igual de fabulosa que la que se libera. Para “crear un átomo” haría falta toda la energía de una abomba atómica… Pero, entonces ¿cuánta energía hizo falta para crear TODO EL UNIVERSO? ¿Infinita?
El Big Bang (el primer instante del universo), ¿fue la aparición instantánea de infinita energía? ¿De dónde salió toda esa energía? ¿Hace falta un poder infinito para crear infinita energía?
Como siempre, la ciencia es incapaz de responder estas preguntas… ¿Tendremos que acudir a la fe para obtener respuesta?
viernes, 14 de febrero de 2020
San Valentin
Hoy es el día de los enamorados. Pero ¿qué es el amor?
Pues para los científicos materialistas el amor es algo tan poco romántico como una serie de reacciones físicas y químicas aleatorias en el cerebro, que producen hormonas y le transmiten al cuerpo cierta sensación de agrado. Luego para los científicos materialistas el amor entre dos personas no existe, simplemente porque la persona como tal no existe, sólo somos reacciones químicas aleatorias; y hoy se pueden producir con esa pareja; pero mañana se producirán con otra.
Para el resto de los mortales, que creemos en que existe la persona, compuesta por cuerpo y alma, el amor es la determinación de la voluntad (alma) de buscar el bien de la pareja (de su cuerpo y de su alma) una vez que esas reacciones químicas nos han mostrado su atracción. Y al ser una decisión de la voluntad, esa determinación se mantiene muchos años después de que las reacciones químicas (las hormonas que nos provocaron pasión) hayan desaparecido.
Por eso, hoy, día de San Valentín, de los enamorados, lo celebran no sólo los adolescentes cargados de hormonas, sino todos aquellos que han mantenido su decisión de buscar el bien de otra persona y están dispuestos a seguir manteniéndola, digan los que diga la física y la química de su cuerpo.
Pero no podemos obviar la opinión de los científicos materialistas, porque ha calado tan hondo en algunos sectores de la sociedad, que provoca esos vaivenes de la voluntad que se mueve tan rápido como las hormonas aparecen y desaparecen: el juramento de fidelidad de por vida que muchos harán hoy a su pareja, desaparecerá mañana o en una semana, si las hormonas cambian de dirección.
Porque parece que algunos sí responden al modelo de los científicos materialistas: su amor no es sino una serie de reacciones aleatorias de las partículas fundamentales de su cerebro, sin que éstas estén regidas por inteligencia, memoria o voluntad alguna.
Por cierto, para los cristianos el Amor es una Persona, mejor dicho, una Trinidad de Personas; y del Amor que se tienen deriva todo el resto del amor del universo. Por eso, cuando amamos nos endiosamos, trascendemos nuestra propia naturaleza. Como dice el protagonista de Los Miserables: amar a otro es ver la cara de Dios.
Pues para los científicos materialistas el amor es algo tan poco romántico como una serie de reacciones físicas y químicas aleatorias en el cerebro, que producen hormonas y le transmiten al cuerpo cierta sensación de agrado. Luego para los científicos materialistas el amor entre dos personas no existe, simplemente porque la persona como tal no existe, sólo somos reacciones químicas aleatorias; y hoy se pueden producir con esa pareja; pero mañana se producirán con otra.
Para el resto de los mortales, que creemos en que existe la persona, compuesta por cuerpo y alma, el amor es la determinación de la voluntad (alma) de buscar el bien de la pareja (de su cuerpo y de su alma) una vez que esas reacciones químicas nos han mostrado su atracción. Y al ser una decisión de la voluntad, esa determinación se mantiene muchos años después de que las reacciones químicas (las hormonas que nos provocaron pasión) hayan desaparecido.
Por eso, hoy, día de San Valentín, de los enamorados, lo celebran no sólo los adolescentes cargados de hormonas, sino todos aquellos que han mantenido su decisión de buscar el bien de otra persona y están dispuestos a seguir manteniéndola, digan los que diga la física y la química de su cuerpo.
Pero no podemos obviar la opinión de los científicos materialistas, porque ha calado tan hondo en algunos sectores de la sociedad, que provoca esos vaivenes de la voluntad que se mueve tan rápido como las hormonas aparecen y desaparecen: el juramento de fidelidad de por vida que muchos harán hoy a su pareja, desaparecerá mañana o en una semana, si las hormonas cambian de dirección.
Porque parece que algunos sí responden al modelo de los científicos materialistas: su amor no es sino una serie de reacciones aleatorias de las partículas fundamentales de su cerebro, sin que éstas estén regidas por inteligencia, memoria o voluntad alguna.
Por cierto, para los cristianos el Amor es una Persona, mejor dicho, una Trinidad de Personas; y del Amor que se tienen deriva todo el resto del amor del universo. Por eso, cuando amamos nos endiosamos, trascendemos nuestra propia naturaleza. Como dice el protagonista de Los Miserables: amar a otro es ver la cara de Dios.
miércoles, 12 de febrero de 2020
Los agujeros negros
Los astrofísicos nos explican singularidades del universo que parecen historias de ciencia ficción; pero ellos están muy convencidos de lo que dicen.
Por ejemplo, nos hablan de los agujeros negros que se forman por el colapso de una estrella que genera un campo gravitatorio tan fuerte que ni siquiera la luz puede escapar de ellos. Pero esto no es lo más importante. Esos agujeros negros son lo que llaman una singularidad; es decir, que no puede saberse nada más de ellos precisamente porque no emiten ninguna información; y que allí se pueden producir sucesos extraordinarios. Por ejemplo, que el espacio-tiempo se curve de tal manera que entrando en uno de ellos se pueda salir instantáneamente a millones de años luz de distancia; incluso que esa curvatura del tiempo pudiese permitir aparecer en una época anterior o posterior al tiempo corriente, como si los instantes temporales se congelasen para poder visitarlos a nuestro antojo, como si estuviésemos adelantando o retrasando la reproducción de una película. Por supuesto, nada de esto se ha comprobado empíricamente, entre otras cosas por la propia definición de agujero negro: “ninguna información puede escapar a su atracción”. Lo han deducido todo a base de desarrollos matemáticos que les indican que todo esto es posible. Es decir: sus conclusiones son producto de su inteligencia…
Nosotros, vulgares mortales, nos creemos lo que ellos nos dicen -que ni siquiera han podido comprobar-, porque antes nos hemos creído que ellos son inteligencias superiores a nosotros.
Vale, puede que sea razonable.
Pero lo curioso es que, cuando los creyentes les decimos que hay conexión entre lo natural y lo sobrenatural, que algunos hechos del pasado proyectan sus efectos sobre el futuro, que los “agujeros espirituales” de la creación la pueden conectar con “el Creador”, entonces nos llaman ingenuos, necios, ignorantes…
¿No será que cuando somos ingenuos, necios e ignorantes es cuando nos creemos lo que ellos, sin prueba alguna, nos dicen?
sábado, 8 de febrero de 2020
El amor en el cielo
El pasado día 6 de febrero falleció mi madre, después de casi 97 años de vida cristiana; y lo hizo 18 años y 4 días después de que falleciese mi padre a sus 90 años.
No logro imaginarme cómo puede haber sido ese encuentro entre dos almas que compartieron su vida en la tierra durante casi 50 años de matrimonio.
Por una parte, pienso que la presencia omnipotente de la Santísima Trinidad eclipsará cualquier otro tipo de relación humana; y que la compañía de Jesucristo resucitado, Dios Hijo y hombre verdadero, saciará todo el amor de nuestro corazón. Es razonable que sea así... Pero, por otra parte, pienso que quizá esta razonamiento sólo valga para la razón humana, que imagino es muy distinta de la razón divina.
Porque Dios es amor y el amor humano no es sino reflejo del amor divino; y por esto, precisamente por esto, yo creo que la presencia de la Trinidad y de Jesucristo resucitado, por muy plenas que en sí mismas sean, no harán sino acrecentar cualquier amor humano; y, además, éste se manifestará sin los defectos y limitaciones que el amor terreno siempre tiene.
Y ya puestos a imaginar, creo que, así como el cuerpo resucitará en su plenitud, sin los defectos que hubiese podido tener en la tierra, el amor humano se manifestará en el cielo también en su momento de mayor plenitud.
Por eso me imagino el encuentro de mi madre con mi padre como aquel primer encuentro que tuvo lugar hace unos ochenta años, en el que ella se enamoró de él porque le atrajo su voz.
Y espero que desde allí arriba cuiden a sus cuatro hijos, doce nietos y diez bisnietos igual que lo hicieron mientras estuvieron con nosotros.
Descansen en la gloria de Dios; y que allí nos vayamos encontrando todos.
No logro imaginarme cómo puede haber sido ese encuentro entre dos almas que compartieron su vida en la tierra durante casi 50 años de matrimonio.
Por una parte, pienso que la presencia omnipotente de la Santísima Trinidad eclipsará cualquier otro tipo de relación humana; y que la compañía de Jesucristo resucitado, Dios Hijo y hombre verdadero, saciará todo el amor de nuestro corazón. Es razonable que sea así... Pero, por otra parte, pienso que quizá esta razonamiento sólo valga para la razón humana, que imagino es muy distinta de la razón divina.
Porque Dios es amor y el amor humano no es sino reflejo del amor divino; y por esto, precisamente por esto, yo creo que la presencia de la Trinidad y de Jesucristo resucitado, por muy plenas que en sí mismas sean, no harán sino acrecentar cualquier amor humano; y, además, éste se manifestará sin los defectos y limitaciones que el amor terreno siempre tiene.
Y ya puestos a imaginar, creo que, así como el cuerpo resucitará en su plenitud, sin los defectos que hubiese podido tener en la tierra, el amor humano se manifestará en el cielo también en su momento de mayor plenitud.
Por eso me imagino el encuentro de mi madre con mi padre como aquel primer encuentro que tuvo lugar hace unos ochenta años, en el que ella se enamoró de él porque le atrajo su voz.
Y espero que desde allí arriba cuiden a sus cuatro hijos, doce nietos y diez bisnietos igual que lo hicieron mientras estuvieron con nosotros.
Descansen en la gloria de Dios; y que allí nos vayamos encontrando todos.
domingo, 15 de diciembre de 2019
La cabeza y el corazón
Hace poco, un sacerdote sabio me ha dado un gran consejo: no dejes que lo malo de tu cabeza pase a tu corazón. Me pareció lógico; pero he tardado en comprenderlo en profundidad.
Nuestra naturaleza humana, dañada por el pecado, permite que en nuestra cabeza se susciten pensamientos malos: el odio, la envidia, el rencor, la impureza, la avaricia y otros muchos.
Quizá esto es inevitable, porque son reacciones instintivas o generadas porque llevamos mucho tiempo sin combatirlas y permitiendo que se adueñen de nuestra cabeza.
Pero lo que sí podemos hacer es evitar que esos sentimientos negativos lleguen y se apoderen de nuestro corazón. Reaccionar a tiempo y rechazarlos, aunque sigan martilleando en nuestra cabeza para abrirse paso. Es sencillo: simplemente que nuestro corazón los rechace, que no quiera tenerlos.
Que ante el odio que nos suscita nuestro enemigo, nuestro corazón quiera amarlo, aunque no pueda. Y ante la envidia por el bien ajeno que nosotros deseamos; que nuestro corazón quiera alegrarse por el otro. Y ante el rencor, desear poder perdonar e incluso olvidar. Y ante la avaricia, querer tener un corazón generoso. Y ante la impureza, que nuestro corazón desee el bien del otro, en vez de desear al otro para nuestro placer.
Éste sería el Reino de Dios en la Tierra: que en nuestros corazones no se asentase nunca el mal de nuestras cabezas.
Y, mucho mejor, lo contrario: que en nuestras cabezas fomentemos lo que de bueno haya en nuestro corazón. Convertir en costumbre los sentimientos positivos que en nuestro corazón se despiertan a veces: al ver el sufrimiento ajeno, la pobreza, la exclusión o el desprecio. Convencer a nuestra cabeza de que tenemos que fomentar la generosidad, el amor, el acogimiento y el aprecio...
En definitiva: este es el método para llevar a la práctica el mensaje evangélico.
Nuestra naturaleza humana, dañada por el pecado, permite que en nuestra cabeza se susciten pensamientos malos: el odio, la envidia, el rencor, la impureza, la avaricia y otros muchos.
Quizá esto es inevitable, porque son reacciones instintivas o generadas porque llevamos mucho tiempo sin combatirlas y permitiendo que se adueñen de nuestra cabeza.
Pero lo que sí podemos hacer es evitar que esos sentimientos negativos lleguen y se apoderen de nuestro corazón. Reaccionar a tiempo y rechazarlos, aunque sigan martilleando en nuestra cabeza para abrirse paso. Es sencillo: simplemente que nuestro corazón los rechace, que no quiera tenerlos.
Que ante el odio que nos suscita nuestro enemigo, nuestro corazón quiera amarlo, aunque no pueda. Y ante la envidia por el bien ajeno que nosotros deseamos; que nuestro corazón quiera alegrarse por el otro. Y ante el rencor, desear poder perdonar e incluso olvidar. Y ante la avaricia, querer tener un corazón generoso. Y ante la impureza, que nuestro corazón desee el bien del otro, en vez de desear al otro para nuestro placer.
Éste sería el Reino de Dios en la Tierra: que en nuestros corazones no se asentase nunca el mal de nuestras cabezas.
Y, mucho mejor, lo contrario: que en nuestras cabezas fomentemos lo que de bueno haya en nuestro corazón. Convertir en costumbre los sentimientos positivos que en nuestro corazón se despiertan a veces: al ver el sufrimiento ajeno, la pobreza, la exclusión o el desprecio. Convencer a nuestra cabeza de que tenemos que fomentar la generosidad, el amor, el acogimiento y el aprecio...
En definitiva: este es el método para llevar a la práctica el mensaje evangélico.
sábado, 7 de diciembre de 2019
¿Por qué Dios juega al escondite?
Hay una pregunta clásica de los agnósticos: ¿por qué Dios que es omnipresente ha querido ocultarse? ¿Por qué juega al escondite con el hombre, forzándonos a creer cuando podría mostrarse para que le viésemos?
Les responderé con otra pregunta: ¿quién dice que no se muestra?
Si Dios es un ser espiritual: ¿cómo podríamos verlo mejor?
Pues a Dios lo vemos constantemente de la única forma en que podemos verlo: a través de sus obras, de su magnífica y complicadísima Creación, de las leyes que tan inteligentemente rigen dicha creación y que el hombre va descubriendo poco a poco.
Lo que ocurre es que NO queremos verlo: Dios no se esconde, sino que nosotros cerramos los ojos de nuestra razón para no verlo.
Y cuando alguien, razonablemente, dice que lo ve en la naturaleza, en el alma humana, en el amor entre los hombres, en tantos sitios en los que se muestra inequívocamente, entonces los que tienen los ojos cerrados se burlan de él y dicen que es un crédulo, que tiene fe...
¿Fe? Si basta con abrir los ojos, o el corazón...
Les responderé con otra pregunta: ¿quién dice que no se muestra?
Si Dios es un ser espiritual: ¿cómo podríamos verlo mejor?
Pues a Dios lo vemos constantemente de la única forma en que podemos verlo: a través de sus obras, de su magnífica y complicadísima Creación, de las leyes que tan inteligentemente rigen dicha creación y que el hombre va descubriendo poco a poco.
Lo que ocurre es que NO queremos verlo: Dios no se esconde, sino que nosotros cerramos los ojos de nuestra razón para no verlo.
Y cuando alguien, razonablemente, dice que lo ve en la naturaleza, en el alma humana, en el amor entre los hombres, en tantos sitios en los que se muestra inequívocamente, entonces los que tienen los ojos cerrados se burlan de él y dicen que es un crédulo, que tiene fe...
¿Fe? Si basta con abrir los ojos, o el corazón...
miércoles, 4 de diciembre de 2019
La luz y la gravedad
He seguido pensando en mi ejemplo de cómo la luz nos sirve para explicar la no-existencia del mal, porque es simplemente ausencia de bien, lo mismo que la sombra es ausencia de luz.
Y me doy cuenta de que la luz NO la vemos, como tampoco vemos la electricidad (los electrones en movimiento) ni vemos la gravedad (la atracción de los objetos por la Tierra o la atracción de los astros entre sí).
Y me doy cuenta de que los científicos (a los que tan habitualmente critico) tienen más fe que yo. Es cierto: ellos creen en multitud de cosas que no ven, simplemente porque al descubrir sus efectos, deducen que "eso" existe. Tienen fe en que las cosas que no ven existen: y lo afirman sin pudor alguno. Si algo está iluminado, dicen que es porque algo -la luz, que al parecer es una onda- choca con ese objeto, rebota y llega a nuestros ojos, y por eso podemos verlo. Pero lo que no vemos es a la misma luz.
La electricidad es que los electrones se mueven (la dinamo les hace moverse) y cuando llegan a un motor eléctrico, hacen mover la bobina. Por supuesto, yo veo que el motor se mueve; pero tengo que creerme que son los electrones los que lo provocan, porque no los veo.
Y si suelto algo, esto cae y se estrella en el suelo. Ocurre porque hay "algo" que llaman gravedad y no tienen ni idea de si es una onda o una "curvatura del espacio tiempo" (¡ahí queda eso!). Los científicos tienen tanta fe que, sin ver la gravedad ni saber lo que es, no sólo afirman que existe, sino que han calculado perfectamente la atracción de los astros y la rotación de los planetas alrededor del Sol. Y lo cierto es que aciertan en su previsiones: soy aficionado a la astronomía y los astros siempre están donde ellos dicen.
Y yo me pregunto: Si todo esto (luz, electricidad, gravedad) forma parte del Universo y funciona tan bien: ¿no es un comportamiento que deberá tener una causa?
Si la simple energía del Big Bang ha ido evolucionando hasta el complejo Universo que conocemos, ser humano incluido: ¿no habrá "algo" que lo ha hecho evolucionar? Algo que no vemos, por supuesto. Pues fíjense, para esto les falta fe a los científicos y en vez de creer que hay "algo" -alguien, diría yo- pues creen que es "por casualidad"... miles de billones de casualidades...
Por supuesto, esa "casualidad" tampoco se deja ver...
Y me doy cuenta de que la luz NO la vemos, como tampoco vemos la electricidad (los electrones en movimiento) ni vemos la gravedad (la atracción de los objetos por la Tierra o la atracción de los astros entre sí).
Y me doy cuenta de que los científicos (a los que tan habitualmente critico) tienen más fe que yo. Es cierto: ellos creen en multitud de cosas que no ven, simplemente porque al descubrir sus efectos, deducen que "eso" existe. Tienen fe en que las cosas que no ven existen: y lo afirman sin pudor alguno. Si algo está iluminado, dicen que es porque algo -la luz, que al parecer es una onda- choca con ese objeto, rebota y llega a nuestros ojos, y por eso podemos verlo. Pero lo que no vemos es a la misma luz.
La electricidad es que los electrones se mueven (la dinamo les hace moverse) y cuando llegan a un motor eléctrico, hacen mover la bobina. Por supuesto, yo veo que el motor se mueve; pero tengo que creerme que son los electrones los que lo provocan, porque no los veo.
Y si suelto algo, esto cae y se estrella en el suelo. Ocurre porque hay "algo" que llaman gravedad y no tienen ni idea de si es una onda o una "curvatura del espacio tiempo" (¡ahí queda eso!). Los científicos tienen tanta fe que, sin ver la gravedad ni saber lo que es, no sólo afirman que existe, sino que han calculado perfectamente la atracción de los astros y la rotación de los planetas alrededor del Sol. Y lo cierto es que aciertan en su previsiones: soy aficionado a la astronomía y los astros siempre están donde ellos dicen.
Y yo me pregunto: Si todo esto (luz, electricidad, gravedad) forma parte del Universo y funciona tan bien: ¿no es un comportamiento que deberá tener una causa?
Si la simple energía del Big Bang ha ido evolucionando hasta el complejo Universo que conocemos, ser humano incluido: ¿no habrá "algo" que lo ha hecho evolucionar? Algo que no vemos, por supuesto. Pues fíjense, para esto les falta fe a los científicos y en vez de creer que hay "algo" -alguien, diría yo- pues creen que es "por casualidad"... miles de billones de casualidades...
Por supuesto, esa "casualidad" tampoco se deja ver...
viernes, 29 de noviembre de 2019
El bien y el mal
He tratado este tema en varias entradas; pero como es un asunto recurrente, que se presenta cada vez que nos topamos con algo malo, vuelvo a insistir.
El bien y el mal no son opuestos. El bien existe y el mal NO existe, es simplemente la ausencia de bien.
Algo parecido ocurre con el amor y el dolor, que muchos identifican con el bien y el mal: cuando amo a alguien disfruto de un bien y cuando pierdo a ese alguien entonces me sobreviene un mal. Realmente esto no es así. El amor es un bien sin paliativos y cuando pierdo ese amor, lo que se produce es su ausencia, que me causa dolor. Pero ese dolor de la ausencia del amor se produce precisamente porque amaba. La única forma de evitarlo sería negarse a amar, para no llegar nunca a sentir el dolor de la pérdida. Porque el dolor es la mejor prueba del amor. Santa Teresa de Calcuta lo tenía muy claro y nos dijo: ama hasta que te duela el amor. Si no llega a doler, es que no amas bastante.
No debemos confundir lo anterior con el odio: cuando odiamos (quizá a quien antes habíamos amado) lo que se produce no es sólo una ausencia del amor (el bien supremo), sino una ausencia real de cualquier bien. El odio no es sólo el rechazo del amor, sino el rechazo del bien, de la bondad. Y si el amor produce gozo y es fecundo, el odio sólo produce amargura y destrucción. El dolor por la pérdida del amado es una consecuencia lógica; el odio es una reacción irracional, por muy habitual que sea.
Volviendo al bien y el mal, el amor y el dolor: sería poco inteligente renunciar a la luz para evitar que se produjesen sombras. Si hay luz (bien, amor) forzosamente se presentarán sombras; pero no como algo opuesto a la luz, sino como su simple carencia.
Merece la pena amar,aunque tengamos la certeza de que nos acabará doliendo.
Es mi experiencia
El bien y el mal no son opuestos. El bien existe y el mal NO existe, es simplemente la ausencia de bien.
Algo parecido ocurre con el amor y el dolor, que muchos identifican con el bien y el mal: cuando amo a alguien disfruto de un bien y cuando pierdo a ese alguien entonces me sobreviene un mal. Realmente esto no es así. El amor es un bien sin paliativos y cuando pierdo ese amor, lo que se produce es su ausencia, que me causa dolor. Pero ese dolor de la ausencia del amor se produce precisamente porque amaba. La única forma de evitarlo sería negarse a amar, para no llegar nunca a sentir el dolor de la pérdida. Porque el dolor es la mejor prueba del amor. Santa Teresa de Calcuta lo tenía muy claro y nos dijo: ama hasta que te duela el amor. Si no llega a doler, es que no amas bastante.
No debemos confundir lo anterior con el odio: cuando odiamos (quizá a quien antes habíamos amado) lo que se produce no es sólo una ausencia del amor (el bien supremo), sino una ausencia real de cualquier bien. El odio no es sólo el rechazo del amor, sino el rechazo del bien, de la bondad. Y si el amor produce gozo y es fecundo, el odio sólo produce amargura y destrucción. El dolor por la pérdida del amado es una consecuencia lógica; el odio es una reacción irracional, por muy habitual que sea.
Volviendo al bien y el mal, el amor y el dolor: sería poco inteligente renunciar a la luz para evitar que se produjesen sombras. Si hay luz (bien, amor) forzosamente se presentarán sombras; pero no como algo opuesto a la luz, sino como su simple carencia.
Merece la pena amar,aunque tengamos la certeza de que nos acabará doliendo.
Es mi experiencia
lunes, 4 de noviembre de 2019
¿Los ateos?
Un porcentaje
de la población se declara ateo; y yo me pregunto: ¿saben realmente lo que
dicen? ¿Saben lo que implica declararse ateo?
En
primer lugar, significa que no creen en la existencia de un Dios, esto está
claro. Pero esta afirmación tiene una consecuencia que no se puede eludir: Si
no existe un Dios creador, ¿de dónde ha salido el mundo?
¡Pues
de la evolución, como nos muestra la Ciencia! Vale, pero repasemos esto más
despacio.
En primer
lugar, la Ciencia no nos muestra (ni demuestra) nada, sino que simplemente
afirma que, como no tiene otra respuesta, pues es evidente que todo evolucionó
desde la energía primigenia hasta la complejidad de la vida humana, incluidos los
sentimientos y pasiones de los humanos.
Y en
esto estamos de acuerdo: todo evolucionó desde la energía del Big Bang hasta
los tres mil millones de pares de bases, constituidos por combinaciones de unos
25.000 genes distintos, que conforman el genoma humano; y éste es el que le
indica a cada célula dónde y cómo debe comportarse.
Pero ¿la
energía evolucionó dirigida por alguien o por simple casualidad?
Si evolucionó
dirigida por alguien, ¡ya hemos encontrado a Dios?
Si
evolucionó por mera casualidad… ¡Es mucha esta casualidad!
La ley
de la entropía nos dice que por sí solas las cosas sólo evolucionan hacia un menor
orden, nunca un mayor orden. Si tiramos un mazo de cartas ordenadas al aire, la
probabilidad de que caigan perfectamente ordenadas es casi nula. Pero si
tiramos las cartas ya desordenadas, es absolutamente imposible que caigan
ordenadas. Igual que si tiramos un vaso se romperá en mil pedazos; pero si
volvemos a tirar los pedazos, nunca se formará un vaso.
Una
explosión de energía produce, como cualquier otra explosión, un gran desorden.
Para que produzca un orden mayor, esa explosión debe estar previamente organizada
perfectamente… Esto es claro; pero ¿quién la organiza? [1]
Es
decir: o hay un Dios que dirige la evolución, o la propia energía primigenia ya
estaba organizada para que su explosión acabase ordenando los tres mil millones
de pares de cromosomas del genoma humano… ¡Tres mil millones!
¿Cómo
hay que organizar algo para que tres mil millones de cambios después quede
perfecto?
O ¿es
que de verdad te crees que fueron tres mil millones de casualidades?
Y
ahora, ¿te sigues declarando ateo? O ¿crees que la energía primigenia es tu
dios?
[1] El astrofísico Alan Lightman
reconoció que a los científicos “les parece misterioso el hecho de que el
universo fuera creado con este elevado grado de orden”. Agregó que “cualquier
teoría cosmológica viable debería explicar en última instancia esta
contradicción de la entropía”, es decir, que el universo no se halle en estado
caótico.
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