martes, 27 de abril de 2010

Religión social vs religión individual.

Es un debate muy de nuestro tiempo si la Religión debe ser algo individual o si, por el contrario, tiene una dimensión social.

Por supuesto, la historia de todas las civilizaciones de todos las épocas de todos los rincones del mundo ha puesto de manifiesto la importantísima dimensión social de la Religión: si alguien lo duda que repase la historia del arte y de la arquitectura de todas esas civilizaciones, épocas y rincones. La Religión ha sido siempre la principal manifestación de una sociedad; y, si me lo permitís, incluso la ausencia de Religión de las sociedades ateas (dictaduras marxistas) era la manifestación más propia de dichas sociedades.

Pero quería llevar esta dimensión social a la historia del Pueblo de Dios.

Durante la época del Antiguo Testamento, la Religión era precisamente la "constitución" del pueblo de Israel: era una teocracia precísamente porque ese pueblo había sido fundado directamente por Dios, de la estirpe de Abraham. Por lo tanto, la Ley que lo regía era una ley divina, dictada por Moisés; y que obligaba a todo el pueblo no sólo en conciencia, sino con fuerza civil e, incluso, penal. A Jesús le condenan a muerte precisamente por blasfemo: ir contra Dios es ir contra el pueblo.

Pero en el Nuevo Testamento la Ley (en especial en su dimensión más social) pierde toda su fuerza inicial porque la religión revelada deja de ser una cuestión exclusiva del pueblo de Israel y pasa a ser universal: Dios se revela en Jesús a todos los pueblos, todas las sociedades y, muy especialmente, a todos y cada uno de los individuos. Permanece la ley moral (el Decálogo); pero decae la ley social, los 613 mandamientos, porque ahora todos los ordenamientos sociales que no contradiga el Decálogo son aceptables, son susceptibles de amparar el Reino de Dios.

En este sentido es en el que se puede decir que cede su importancia la dimensión social de la Religión y adquiere mayor importancia la dimensión individual: la salvación ya no es de un Pueblo, es individual de cada persona que crea y ame a Cristo; y sobre todo, que acepte su mensaje.

Nos preocupa mucho el rumbo que siguen las sociedades actuales, que no sólo no manifiestan su dimensión religiosa, sino que pretenden evitar que cada individuo lo manifieste socialmente su fe; porque esto es malo. Pero el peligro no es tanto la corrupción de la sociedad como tal [lo que ya ha ocurrido varias veces], sino la corrupción de los individuos, de cada una de las personas...

El fin llegará cuando se corrompan más personas de las que se convierten: entonces la continuación de este tiempo ya no tendrá objeto. Y si nos ceñimos a la civilización occidental, eso ya está ocurriendo...

martes, 20 de abril de 2010

¿Qué fin persigue Dios con sus normas?

La Ley Natural es la norma que Dios nos da para que llevemos a su plenitud nuestra naturaleza humana. Esta Ley es necesaria, universal e inmutable. Pero, en último extremo, lo que Dios persigue con su norma no es tanto que el hombre alcance la perfección de su naturaleza, cuanto que se someta -por amor y confianza- a su designio. De hecho, el desorden natural del pecado queda suficientemente restaurado por el orden sobrenatural que genera el arrepentimiento por amor. Y es que el pecado ofende a Dios no por la transgresión natural que se produce, sino porque supone el rechazo de su amor. No obstante, en el orden natural, el desorden persiste (Dios perdona siempre; pero la naturaleza nunca) lo que nos muestra la necesidad, universalidad e inmutabilidad de la Norma.

A Dios le interesa más nuestro amor que nuestra virtud o nuestra perfección. De hecho, cualquier otra criatura carente de libertad y voluntad es mucho más perfecta que el hombre. Si Jesús se entregó en su Pasión, no fue para perfeccionarnos, sino para redimirnos; para poder tenernos con Él toda la eternidad: "en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso", le dijo al buen ladrón, su primer redimido.


El amor del hombre le interesa mucho más que instaurar una sociedad perfecta, lo que sólo ocurrirá con su segunda venida. Es cierto que durante el Antiguo Testamento Dios dictaba normas sociales; pero con el Nuevo Testamento y la nueva alianza, queda superada toda limitación social y el Reino se abre a cualquier hombre de cualquier sociedad. Este es, a mi entender, el significado de la afirmación del Señor: "no he venido a abolir la Ley [que es necesaria], sino a darle cumplimiento [que sirva para amar]"

Si esto es así, entonces deberíamos empeñarnos más en mostrar a los demás el rostro amable de Dios, para que sea amado por todos los hombres. Y dejemos en sus manos la realización de su Reino, lo que nunca conseguiremos con nuestras meras fuerzas.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Qué le preocupa a Dios?

Esta claro lo que nos preocupa a los cristianos: la fe, el honor de Dios y de su Iglesia; el pecado, como ofensa a Dios; nuestra libertad y la de la Iglesia, nuestro culto; y mostrar a las almas el amor de Dios. Por supuesto, actualmente nos preocupa -y mucho- la degradación moral actual, incluso entre los cristianos y, especialmente, entre los eclesiásticos (aunque se trate de pocos casos muy llamativos). Es razonable que nos preocupe todo esto a los cristianos.

Pero, ¿qué le preocupa a Dios? [si se me permite utilizar esta expresión en sentido figurado]. Me lo pregunto porque a veces pienso que a Dios no le preocupan tanto como a nosotros estas cosas "tan inquietantes". De lo contrario, ¿por qué consiente los ataques -fundados o no- a su Iglesia?; ¿por qué consiente la corrupción dentro de ella?


Imagino que el criterio que sigue Dios [sigo hablando en sentido figurado] es exactamente el mismo que siguió cuando consintió que crucificasen a su Hijo: porque, por encima de su honor, su dignidad, su alabanza, la Iglesia y la moral, lo que más estima es la salvación del hombre. Lo único que realmente le preocupa es que, al final, cada hombre se salve y pase toda la eternidad con Él, disfrutando en su gloria.

Lo curioso es que a nosotros nos preocupen mucho más las cosas de aquí abajo. Si a Dios y a los hombres nos preocupan cosas bien distintas: ¿quien debería rectificar?

viernes, 16 de abril de 2010

La fe de los jóvenes

Se dice que los jóvenes tienen menos fe y practican menos la religión; y parece ser cierto, aunque habría que matizar bastante el significado de esta realidad.

Esto no significa que la práctica de la religión vaya a menos con cada generación, sino que los jóvenes son más despreocupados, están más sometidos a sus recién estrenadas pasiones y, por falta de experiencia de la vida, son menos sabios. Si fuese de otro modo, cuando estos jóvenes llegasen a ser adultos, seguirían sin practicar la religión; y, en consecuencia, el número de adultos que practican también iría disminuyendo paulatinamente con cada generación. Pero esto no sólo no es así, sino que el número de personas religiosas se mantiene e incrementa; y muchos que no practicaron cuando fueron jóvenes, con el paso del tiempo, la antigüedad de sus pasiones y la adquisición de la sabiduría por la experiencia, se vuelven hacia Dios como fin natural del hombre y única esperanza permanente.

No, los jóvenes de cada generación son menos piadosos precisamente porque son jóvenes, no porque se pierda la fe; y la juventud es una enfermedad que siempre cura el simple paso del tiempo. De otro modo, dos mil años después de la resurrección de Cristo, ya no quedaría ni rastro de la fe en Él sobre la Tierra.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pero, ¿de quién es la culpa?

No quería terminar los comentarios sobre las acusaciones de abusos sin añadir esta última opinión personal.

Como decía en la entrada anterior, el pecado es de los abusadores, no de la institución sacerdotal ni de la Iglesia. Pero, ¿tiene alguna culpa la jerarquía eclesiástica?; ¿tenemos culpa los fieles cristianos?

Por supuesto, existiría culpa en todos los casos en los que esa conducta se ha ocultado para evitar el escándalo o proteger a la Iglesia, siempre que no se hubiesen tomado, además, las debidas medidas de separación del culpable; y no basta con un trasalado de parroquia.

Pero también querría referirme a otro tipo de culpa. Muchos eclesiásticos llevan años trivializando y relativizando el pecado, relajando la exigencia moral y hablando mucho más de "amor" que de compromiso y exigencia; se ha abandonado la enseñanza de la moral. El propio ministerio sacerdotal se ha planteado mucho más despegado de la autoridad eclesiástica; y en muchas órdenes religiosas la desobediencia al Magisterio está a la orden del día. Los más progresistas incluso justifican abiertamente la homosexualidad [en muchas confesiones protestantes se ordena incluso obispos que se declaran homosexuales prácticos]. En definitiva, los cristianos hemos relajado nuestra santidad y esto se ha traducido en el descarrío moral de la sociedad; y, por contagio, de algunos sacerdotes y religiosos...

Y en esto sí tenemos toda la culpa: el cometido del Cristianismo es santificar la sociedad; y hemos fracasado por falta de santidad personal.

lunes, 12 de abril de 2010

¿De quién es el pecado?

Seguimos hablando de las horribles acusaciones de abusos cometidos por sacerdotes. Ojalá fuesen todas falsas; pero lo realmente horrible es que en su mayor parte parecen ser ciertas.

No pretendo restar ni un ápice de la gravedad que tienen; y también con el agravante de haberse cometido con abuso de confianza y por quienes debían haber protegido la moralidad de las víctimas. Voy mas allá, en los casos en los que lleguen a ser delitos civiles, se debería procesar a los culpables (por supuesto con las garantías procesales que todo acusado merece, incluida la presunción de inocencia).

Pero sí quiero matizar la extensión de estas acusaciones a la Iglesia Católica. ¿Alguien ha sumado cuantos sacerdotes están involucrados en todo el mundo en estas actividades? Y a lo largo de las décadas en las que se han desvelado estos crímenes, ¿cuántos sacerdotes ha habido y cuántos han sido acusados? Es decir, ¿cuál es el porcentaje de sacerdotes que han traicionado su ministerio? En la actualidad hay más de 400.000 sacerdotes; y en la década de los sesenta del siglo pasado habría bastantes más. Si ha habido 4.000 acusados, el porcentaje sería del 1%. ¿Alguien conoce el porcentaje de acusaciones entre docentes laicos y monitores deportivos?

Por supuesto, no pretendo justificar ni uno sólo de los casos; pero sí poner de manifiesto que se trata de conductas personales reprobables, no de una corrupción de la institución sacerdotal. No es un pecado de la Iglesia, ni de los sacerdotes: es un pecado de quienes traicionan su ministerio y su fe.


Otro juicio merecería la conducta de quien pensó que ocultando las denuncias se hacía una favor a la Iglesia: craso error que ahora se está pagando.

viernes, 9 de abril de 2010

Las acusaciones a la Iglesia Católica

Arrecian las acusaciones contra sacerdotes por temas de abusos. Pero en todo este ataque, que en definitiva va dirigido contra la Iglesia, se observa una clara actuación diabólica. No es porque las acusaciones no sean ciertas, que por desgracia sí deben serlo [aunque también habrá falsedades y ganas de revanchismo], sino por la orquestación de todo ello y la hipocresía que manifiesta la sociedad al escandalizarse tanto.

En efecto, la sociedad actual ha trivializado el sexo como si no tuviese la menor importancia; se promueve la homosexualidad ya desde las escuelas; se ridiculiza la fe, el celibato y la acción de la Iglesia. Pero cuando es un sacerdote el que incurre en homosexualidad con niños y jóvenes [lo que tanto a mí como a la Iglesia nos parece intolerable], esa sociedad tan tolerante con los demás, se rasga las vestiduras hipócritamente. Sin embargo, cuando los movimientos gays piden la liberalización de las relaciones sexuales con niños, a nadie le parece mal; o, al menos, nadie se escandaliza.

¿Por qué este doble rasero? Pues creo que es debido a que, en el fondo, todos son conscientes de que una relación sexual es algo importante, que debe tenerse una vez alcanzada la madurez y consentirse libre y conscientemente; en privado, todos reconocen la homosexualidad no es la forma natural de sexo; y, en su fuero interno, admiten que la Iglesia es la guardiana del último rescoldo de moralidad, y que sus ministros célibes, religiosos y religiosas habitualmente dan ejemplo y desarrollan una magnifica labor educativa en este sentido.

Por esto, veo que es diabólico que la sociedad simultanee la trivialización de la moral con la exigencia de que los religiosos sigan siendo los guardianes de esa misma moral.

Sólo Satán puede inducir tanta incoherencia y tanta hipocresía.

jueves, 8 de abril de 2010

Los agobios de los cristianos

Los cristianos estamos agobiados por la situación actual, que consideramos catastrófica. En realidad, los problemas nos parecen enormes, porque los vemos desde muy cerca: los tenemos pegados a la nariz. Sin embargo, nos despreocupamos de problemas realmente importantes que están muy lejos y por eso no les damos tanta importancia.

Por ejemplo, la crisis de la sociedad occidental nos parece un auténtico cataclismo (y desde luego no es para tomársela a broma); pero eso nos impide ver la primavera de la Iglesia en el resto del mundo. De hecho, en la actualidad hay más vocaciones sacerdotales de las que nunca hubo; aunque, por supuesto, no se producen en occidente.

El Evangelio de la Misa de ayer sobre el acompañamiento de Jesús a los discípulos que volvían a Emaús es muy revelador: el Señor les estaba acompañando; pero ellos no se daban cuenta y, además, creían que seguía muerto. ¡Cuando en realidad ya había resucitado!

Quizá estemos demasiado tiempo mirándonos al ombligo y doliéndonos de nuestras tribulaciones, para apreciar la Resurrección que ya se produjo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La nueva evangelización

El problema actual con la evangelización -es decir el anuncio del Evangelio- es que se predica la salvación -la buena noticia- a quien no tiene conciencia de pecado. Y si no hay pecado, ¿de qué tenemos que salvarnos?

El hombre actual no cree ofender a Dios, porque desconoce el amor que Dios le ofrece. Si no sé que Dios tiene un plan magnífico para mí, que me amó desde toda la eternidad y que me creó para amarle y ser feliz con Él, ¿cómo voy a saber que rechazar ese plan le ofende? Si desconozco el plan del que me estoy alejando con mi pecado, ¿cómo voy a alegrarme de que alguien me devuelva a él?

El drama del hombre actual es que desconoce el amor de Dios; y entonces rechaza que un Dios pueda dirigir su vida y se aferra a su mísero placer y se ama a sí mismo; y esto le parece tan escaso, que acaba odiando a Dios por haberle creado..., rechazando así la única vía de salvación, de salida de sí mismo.

Por esto, lo importante en la evangelización es transmitir el Amor, mucho más que la moral.

sábado, 13 de marzo de 2010

Cristo, camino para endiosarnos.

Afirma Santo Tomás de Aquino que "Dios se hizo hombre, para que los hombres nos hiciésemos dioses". Es una gran verdad, como veíamos en la entrada anterior.

Pero me atrevería a mejorar esa afirmación: tras el extravío del hombre por el pecado, Dios se hace hombre para enseñarnos el camino a la divinidad. ¿Que quiero decir? Pues que la cualidad de poder endiosarnos, esa meta, la tenemos desde que el hombre fue creado; pero nuestro pecado nos desvió del camino. Nuestro destino divino no aparece con la Redención; sino que es intrínseco a nuestra naturaleza libre, consecuencia de haber sido creados por Dios a su imagen y semejanza. La Redención lo que hace es restaurar esa naturaleza: nos enseña a amar de nuevo, para que encontremos el camino de la divinidad.

El antropocentrismo actual rechaza el pecado porque considera al hombre su propio dios: somos dueños de nosotros mismos y nuestra voluntad es la única que debe guiarnos. Pero la realidad es totalmente diferente: el pecado existe precisamente porque fuimos creados para ser dioses. Y el pecado precisamente consiste en nuestro rechazo de llegar a ser tales, dioses en Dios.


Y esto sí puede ofender a Dios: que su criatura, destinada al más alto fin, reniegue de Dios y prefiera endiosarse como simple hombre. Incluso peor, al rechazar libremente al Creador, nos endiosamos como animales, ya que pervertimos hasta la propia naturaleza humana, degradándola.

jueves, 11 de marzo de 2010

Somos dioses

Hablábamos en la entrada anterior del la permanencia del alma humana en Dios, mientras libremente así lo decida por su Gracia. Entonces, ¿somos dioses?

Por supuesto, somos dioses porque fuimos creados a su imagen y semejanza y porque compartimos la más distintiva de sus cualidades: la libertad. Pero somos dioses en Dios.

Y como dioses, ¿podemos crear? La respuesta es afirmativa: como somos libres podemos crear; y lo que creamos con nuestra libertad es el amor. El amor, que no existe en la naturaleza, es la criatura del hombre, el producto de su libertad. Con nuestra libertad creamos amor de la nada...

Pero nuestra libertad también puede abstenerse de crear, puede negarse a amar -o amarse a sí mismo-; y esto es la ausencia del bien (lo que equivocadamente llamamos el mal); y esa ausencia es el pecado. Pecar es rechazar el amor, rechazar a Dios que es Amor y nos creó para amar. Este es el riesgo que Dios quiso correr: crearnos para el bien y que ese bien se quede sin hacer...

Pero si ejercemos nuestra libertad y amamos, hacemos el bien, entonces estamos imitando a Dios, nos hacemos dioses... Y cuanto más amemos, más creamos y más nos endiosamos.

En definitiva, el mayor acto de amor es el que más nos endiosa; y nadie tiene más amor que el que da su vida por otro. Por esto, cuando más amamos es cuando sufrimos por los demás. Luego el sufrimiento -la mayor manifestación del amor- es lo que más nos endiosa...

Esta vez he llegado muy lejos (¿demasiado?) en muy pocas frases; pero me gusta la conclusión a la que llego. Si el sufrimiento es lo que más nos endiosa, entonces Dios ha sabido dar sentido y valor [el mayor valor] a lo más inútil: al dolor.

¿No se ve distinta la Pasión de Cristo desde este punto de vista?: Jesús muriendo en la Cruz es cuando es más DIOS -si se puede hablar así-, porque sufriendo y amando se endiosa su naturaleza humana; y ¡de que manera!

martes, 9 de marzo de 2010

El alma de los seres vivos.

¿Que es la vida? Esta es una de las muchas respuestas que la ciencia no ha sabido darnos: no existe una definición de vida que sea aplicable a la totalidad de los seres vivos. ¿Por qué a algo que cambia totalmente a lo largo de su existencia, se le considera que es un mismo ser? ¿Qué es lo que le mantiene en la identidad, cuando han cambiado todos sus elementos? ¿Por qué el bebé y el anciano -tan diferentes- son la misma persona? ¿Y el gusano de seda y la mariposa?

Los filósofos tratan de explicarlo diciendo que toda vida está ligada a un alma, que es lo permanente aunque lo material cambie. Por supuesto, hay alma vegetal, alma animal y alma humana.

Hasta aquí la filosofía... ahora empezaré a divagar...

En el caso de los seres vivos en general, sería Dios mismo su alma, quien les da forma y los mantiene en su ser a lo largo del tiempo. Sin embargo, en el caso del hombre ha querido ir más lejos. Por supuesto, nuestra alma es parte de Dios, como cualquier otra criatura que sin Él no recibe el ser (en Él somos, nos movemos y existimos); pero nos ha querido crear a su imagen y semejanza. Y como lo propio de Dios es la libertad -no está condicionado ni determinado por nada-, ha querido crear esa alma libre, con voluntad independiente. De un modo que no podemos llegar a entender (aunque estemos en Dios), nuestra alma puede decidir libremente permanecer en la vida divina o separarse de ella. Dios ha querido mantener en la existencia al hombre que rechaza s Gracia, al que le vuelve la espalda y rechaza la vida divina; a pesar de esto, siguen vivos tanto su cuerpo como su alma. Pero al alma que no está unida a Dios le falta lo fundamental; ese hombre se convierte en una naturaleza incompleta, separada de su Creador ya no es la naturaleza diseñada por Éste. Y Bien podemos decir que la naturaleza humana separada de Dios es incluso inferior a la de los animales o plantas, que siempre permanecen en Él, fieles a su naturaleza.

Hay quien dice que no existe el infierno. ¿Es que puede haber peor infierno que descubrir -en la otra vida- las consecuencias de tan garrafal error? Éste es el infierno: lamentar eternamente la eterna separación de Dios.

domingo, 7 de marzo de 2010

Eliminar la civilización cristiana

Al parecer el objetivo primordial del NOM (Nuevo Orden Mundial) con sus ideología de género, su feminismo radical, su laicismo militante y, en definitiva, con sus ataques constantes al único baluarte que queda en pié -la Iglesia Católica-, es eliminar la civilización cristiana.

Pero yo me pregunto si alguien ha caído en la cuenta de que es precisamente el cristianismo el que ha liderado el desarrollo de la humanidad en los últimos siglos. Han olvidado que la civilización hunde sus raíces en la concepción social cristiana, que es de donde han salido los valores que sustentan nuestras avanzadas sociedades: la dignidad humana, la libertad, el respeto a la vida, la concepción del matrimonio y de la familia, los derechos de los trabajadores, la asistencia social, y un largo etcétera... a veces desconocido por el gran público que no cae en la cuenta de que todo esto es "herencia de Cristo". Incluso en las civilizaciones orientales se han ido incorporando muchos de estos valores que para ellos no existían, por ejemplo la concepción de la familia... y van avanzando en el reconocimiento social de la mujer.

Pues bien, si eliminamos la civilización cristiana, lo que estamos eliminando es simplemente la civilización como la conocemos, pues no hay otra que pueda tomarle el relevo.

¿O es que la ideología de género y la cultura de la muerte pueden ofrecer algo mejor?

viernes, 5 de marzo de 2010

Dios cambió su forma de hacer Justicia

Decíamos hace unas entradas que la justicia de Dios es muy distinta de la humana; y poníamos como ejemplo la Redención, en la que el Justo muere y el culpable recibe la gracia.

Esta es la actitud que Dios nos pide: durante el Antiguo Testamento Dios acude para hacer Justicia con su pueblo, liberándole de sus enemigos o incluso castigándole por sus culpas. Pero desde la Redención, ha dejado de ejercer esa Justicia directa: ni nos castiga abiertamente por nuestras culpas, ni nos libra de nuestros enemigos. Lo primero, porque hemos sido rescatados por Cristo al precio de su sangre; y Dios esperará a que Él venga a juzgarnos. Lo segundo, porque nos pide que -a ejemplo de Cristo- también nosotros nos entreguemos para liberar a nuestros enemigos.

Desde la Redención debemos ser también co-redentores.

jueves, 4 de marzo de 2010

Lo que ninguna Ley nos puede dar.

Seguimos con la carta cuaresmal del Papa, que es muy corta -dos folios- pero que contiene cantidad de mensajes explosivos para la sociedad actual, como ya hemos tenido ocasión de comprobar en comentarios anteriores.


Otra de las cosas que nos dice es que la Justicia distributiva nunca puede dar todo lo que un hombre necesita, ya que lo más necesario para un hombre es el amor: tanto el amor humano como el divino. Por lo tanto, no basta con distribuir lo que la sociedad tiene, aunque se haga equitativamente. Lo importante es que cada persona reciba el reconocimiento y la dignidad que merece, incluso cuando poco pueda aportar debido a sus circunstancias. Esto ya se acerca más al amor que a la justicia: valorar a cada uno por sí mismo, con independencia de sus circunstancias y sus aportación a la sociedad.


Por supuesto, no se puede pedir a una ley que nos garantice el amor, que por definición no puede forzarse. Pero sí se le debe pedir a la ley que trate de fomentar el amor entre los ciudadanos (hay leyes promulgadas expresamente para fomentar el odio) y no sólo la estricta justicia.


Pero lo que debe ser el objetivo último es que cada uno sienta que ese reconocimiento, que ese amor, le viene de Dios, de su creador; que, en definitiva, es quien nos otorga nuestra dignidad. Por esto, la actitud más injusta sería tratar de apartarnos del amor de Dios.

¿Suena a utopía? Me imagino que sí. Vivimos en una sociedad que no logra implantar la mera justicia distributiva entre sus ciudadanos (y mucho menos si comparamos a los ciudadanos de unas naciones con los de otras): ¿cómo esperar que implante el amor?

Pero creo que es importante no olvidar el objetivo último por muy lejano que lo veamos, si queremos avanzar en la dirección correcta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La injusticia está dentro de nosotros

Esta es otra de las afirmaciones explosivas del Papa en su carta cuaresmal, por mucho que no haga más que repetir la enseñanza evangélica.

Nos dice el Señor -cuando se ve recriminado porque come sin lavarse las manos-, que no es lo de fuera lo que mancha al hombre, sino lo que el hombre saca de su corazón... Por supuesto se está refiriendo a lo que mancha su alma.

Parece que hoy en día nos hemos olvidado de este pasaje evangélico, y culpamos con demasiada facilidad de los males del mundo a elementos ajenos a nosotros mismos. Ante una injusticia, siempre hay alguien a quien culpar: la sociedad, las autoridades, la casualidad, incluso nos atrevemos a culpar a Dios... Y siempre encontramos una excusa en la que escudarnos de nuestra actitud apática ante esa injusticia.

Pero el Papa nos viene a recordar que los ataques de fuera no pueden hacernos mal; que en definitiva, nada externo puede violentar nuestra libertad. Lo que nos hace mal no es la injusticia ajena, sino nuestra conducta al respecto, nuestra aceptación.

No nos hacen mal los políticos que nos atacan, ni los que aprueban el aborto o el llamado matrimonio homosexual, ni los que nos inundan con pornografía. Estas cosas nos harán mal en la medida en que nosotros las aceptemos; o, para diferenciarnos de "los malos", las aceptemos sólo en menor medida, las aceptemos sólo en la medida del "mal menor". Por ejemplo, la ley española del divorcio exprés -que permite disolver civilmente un matrimonio a los tres meses de celebrado y sin causa alguna- sólo hará mal a la sociedad si los esposos egoístamente acuden a ella. La ley que despenaliza el aborto no matará ningún niño, sin el concurso del egoísmo de la madre y el médico (1).

Por esto, nos dice textualmente el Papa: "La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal". La injusticia no proviene de las estructuras sociales ni de las ideologías nefastas, sino del egoísmo humano, que es el que, a la postre, ahoga nuestro impulso inicial para compartir y nos incita a retener lo nuestro -lo que nos pertenece-, en aferrarnos a lo que necesitaría nuestro prójimo...

Si queremos mejorar el mundo, empecemos mejorando nosotros, evitando cualquier convivencia con el mal, aunque sea menor y esté socialmente aceptado. Porque si el mal no anida en el corazón humano, entonces deja de existir.

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(1) Por supuesto, dejo claro que una ley injusta será ilegítima e infame, aunque nadie llegase a aplicarla; y debe rechazarse su mera promulgación.

lunes, 1 de marzo de 2010

La Justicia de Dios

Benedicto XVI, en la carta cuaresmal que comentábamos en la entrada anterior, no habla sólo de la Justicia distributiva, también nos trata de explicar algo de la Justicia de Dios, "profundamente distinta de la humana".

Decíamos que la justicia humana consiste en "dar a cada uno lo suyo". Pues bien, en la Justicia divina, el Justo muere en lugar del culpable, y éste recibe la bendición que le correspondería al justo... Es decir, cada uno recibe lo contrario de lo que parece merecer: lo contrario de "lo suyo". En la justicia humana, una situación así nos parecería inaceptable, sería un despropósito. Tratemos de comprenderlo.

Ya habíamos hablado de que la Justicia de Dios es su forma de hacer misericordia; y su misericordia es la forma de hacer justicia (ver entrada del 28-6-09). Así, al castigar a su Hijo inocente y perdonarnos a nosotros -los culpables-, entregándonos su Gracia, pone de manifiesto que su justicia-misericordiosa es la forma de mostrarnos su Amor. Dios es Amor; y todo lo que hace es amar. Este es el aspecto de Dios más importante, mucho más que cualquiera de las otras "cualidades" que tanto pueden impresionarnos: la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia, etc. El amor de Dios es lo que le hace que su Justicia le pida a su Hijo "todo lo que puede dar", para darnos a nosotros "todo lo que necesitamos"(1)... Y al que da lo que tiene, no puede pedírsele más. Que nos sirva este pensamiento para no volver a pedirle cuentas a Dios de las hipotéticas injusticias a las que creemos que nos somete...

Y esta forma de hacer Justicia, es el camino que Dios nos muestra para que le imitemos. Este ejemplo, es lo que nos debe animar a crear sociedades justas en las cuales cada uno reciba "lo suyo", no entendido como lo que le corresponde, sino como lo que necesita.

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Utilizo intencionadamente estas expresiones ^[que utilizó un comentarista a mi entrada anterior] para poner de manifiesto que las considero expresión del cristianismo evangélico; y que son algunos cristianos quienes más a menudo durante dos mil años las han puesto por práctica; aunque, por supuesto, el resto de cristianos estamos muy lejos de vivirlas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Justicia es dar a cada uno lo suyo.

He estado leyendo detenidamente el mensaje cuaresmal de Benedicto XVI , como suelo hacer con todos los documentos que redacta este formidable Papa; y una vez más me ha sorprendido su capacidad de llamar la atención sobre lo fundamental, incluso en temas que todos damos por sabidos.

¿Que es Justicia? Pues, según la definición clásica latina, Justicia es "dare cuique suum": dar a cada uno "lo suyo". Todo el mundo estará de acuerdo con esta sencilla definición; pero nuestro genial Papa pone el dedo en la llaga: ¿que es "lo suyo"? La respuesta será muy distinta -radicalmente distinta- según a quién le preguntemos; y estas diferentes respuestas hacen que la palabra Justicia -que todos aceptan- signifique cosas muy diversas:

Si le preguntamos a un capitalista, nos dirá que "lo suyo" es lo que cada uno posee; que debe respetarse el "status quo" de propiedad privada que existe; y que además también serán de cada propietario los frutos y rentas de su propiedad. Aparentemente, es una concepción de Justicia que parece justa -valga la redundancia- al menos para los que poseen mucho...

Si le preguntamos a un comunista nos dirá que "lo suyo" no existe, que todo es del Pueblo y para el Pueblo, incluidos los frutos y rentas de todos los bienes comunes, que deberán ser disfrutados en solidaridad universal. Esta concepción de Justicia también podría parecernos justa, si la Historia no nos hubiese demostrado que el concepto Pueblo se queda en la práctica reducido a "unos pocos poderosos"; y que no sólo le quitan al individuo la propiedad, sino también todo rastro de dignidad.

Si le preguntásemos a otros ideólogos, como liberales o fascistas, nos dirían que "lo suyo" es lo que a cada uno le corresponde según sus méritos. A priori, esta concepción de Justicia puede parecer más justa que las anteriores, ya que se basa en el esfuerzo personal; pero en la práctica, la valoración de mérito es muy subjetiva. Los fascismos y totalitarismos consideran mérito a lo que no es sino "adhesión inquebrantable", simple peloteo y adulación a la autoridad: un individuo tiene mérito en la medida en que satisface los intereses del poder. Por el contrario, en un liberalismo son las autoridades las que tienen mérito para los particulares en la medida en que les apoyan en sus intereses privados. En definitiva, son dos ejemplos de corrupción política: una ascendente y otra descendente. Por supuesto, también hay casos en los que cada uno alcanza lo que le corresponde con su propio esfuerzo; pero no hay ningún régimen que nos garantice que esto sea así.

¿Y para un cristiano? ¿Qué es la Justicia para un cristiano? Pues Benedicto XVI nos contesta sin ambages. Para un cristiano la Justicia tiene dos acepciones: Justicia para con Dios que consiste en la adhesión personal a su voluntad; y Justicia para con los hombres, que consiste en dar a cada uno "lo suyo". Y volvemos a lo mismo: ¿qué es "lo suyo" para un cristiano? Pues también a esto contesta el Papa sin rodeos: "lo suyo", lo que pertenece a cada hombres, es "lo necesario para vivir según su propia dignidad". Es decir, todo lo que yo tengo que excede de lo que necesito para vivir según mi propia dignidad -aunque lo haya obtenido con mi esfuerzo-, en realidad pertenece al prójimo que no tienen lo suficiente para garantizar esa dignidad. Y nos insta a vivir esta Justicia -según el mandato bíblico- con el pobre [¿el parado?], el forastero [¿el inmigrante?] y el esclavo [¿el trabajador?]; y en definitiva, a "contribuir a la formación de sociedades justas".

¿Alguien concibe un remedio mejor para la actual crisis económica? Es hora de empezar a ver la alternativa social cristiana como algo más que una mera utopía; y somos los cristianos los primeros que tenemos que creerlo así.

viernes, 19 de febrero de 2010

Insisto: el mal no existe

Quisiera introducir una matización en mi entrada del 18 de junio pasado, en la que afirmaba que el mal no existe.

Efectivamente, el mal no existe, es solo la ausencia de bien. Pero el que sí existe es el maligno: es el "malo" del que pedimos que nos libere Dios en la versión latina del Padrenuestro (...sed líberanos a malo, amén, en vez del líbranos del mal, amén). Pero el malo no puede "hacer" el mal, porque no puede crear nada. Es Dios el que crea, el que "hace" ; y siempre hace el bien; y el maligno se limita a intentar destruir ese bien, porque odia a Dios y todas sus obras; y cuando lo logra aparece ese vacío que llamamos mal... su máximo logro es el vacío.

Quizá esta limitación sea la causa de su odio a Dios, de su rabia; en el fondo producida por la constatación de la estupidez que es renegar de su condición de criatura y perder todos los dones que de la misma podrían venirle, para quedarse en eso, en el vacío ....

miércoles, 17 de febrero de 2010

El ataque a los cristianos

Hablabamos de que con frecuencia se ataca a los cristianos. Unas veces, el ataque es la simple reacción de quien se ve desenmascarado en su táctica de dominar al hombre haciendole esclavo de sus pasiones. Otras veces nos atacan con razón, ya que nuestra conducta social deja mucho que desear y puede pecar de hipocresía: con nuestras denuncias buscamos más protejer nuestros propios intereses que el bien común que tanto predicamos. Y en estas ocasiones, el enemigo no ataca tanto al Cristianismo, como a nosotros, que somos un garabato de cristianos, más preocupados en defender nuestros privilegios y derechos que en defender nuestra fe.

Sólo cuando nos comportemos como auténticos cristianos, que propongamos las soluciones sociales cristianas que buscan el bien común sin miedo a lo que podamos perder personalmente, nos podremos quejar de que se ataca al Cristianismo.

Cuando los cristianos actuamos en política deberíamos ser más valientes con nuestras propuestas sociales, no sólo en lo que a moral social se refiere, sino también en lo relativo a la moral económica: la especulación financiera, la inmobiliaria, la explotación laboral y las reivindicaciones laborales excesivas de los sindicatos, deberían estar abiertamente rechazadas; aunque en muchos casos perjudiquemos a amigos.


Si en nosotros viesen autenticos cristianos, tratando de vivir evangélicamente y defendiendo la dignidad del prójimo, entonces muy probablemente no seríamos el centro de sus ataques; y si lo fuésemos, podríamos estar orgullosos por ello.