Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog (28-9-2005).
lunes, 31 de enero de 2011
Una propuesta política cristiana
sábado, 15 de enero de 2011
Elección, decisión e instinto
Nuestras decisiones son fruto del razonamiento: se ponderan los pros y los contras de cada alternativa y se acaba escogiendo la que racionalmente se nos presenta como mejor. De algún modo, nuestra elección está determinada por nuestro conocimiento y por nuestra razón.
Cuando actuamos sin deliberación previa, siguiendo simplemente nuestro instinto, la falta de libertad se muestra de forma más patente: elegimos aquello que se presenta como bueno para nuestra naturaleza y difícilmente podríamos actuar de otra forma; aunque, por supuesto, el hombre siempre puede dominar su instinto. También es cierto que, en algunos casos, nuestro instinto ya está corrompido por el vicio; y se nos presenta como bueno lo que simplemente nos resulta necesario -por necesidad creada- e inevitable [por ejemplo, con las adicciones a las drogas o al sexo]. De una u otra forma, cuando actuamos instintivamente, nuestro actuar refleja más nuestro aspecto animal que el racional.
Resumiendo: el hombre, como animal racional, suele estar influido en su proceso de elección por la razón o por el instinto.
Pero no siempre es así. En ocasiones (de hecho en las más importantes de la vida), el hombre elige opciones sin que sean fruto ni de una decisión razonada ni del impulso ciego del instinto. Por ejemplo, este tipo de decisiones (ni racionales ni instintivas) se producen cuando el amor está por medio; pero no es la única circunstancia en que esto se da: elegimos "irracionalmente" nuestra vocación o carrera, nuestra pareja, nuestro trato con los demás, nuestras amistades y aficiones... Parecería como si sólo aquellos aspectos menos importantes de nuestra vida se decidiesen tras una detenida ponderación: las inversiones financieras, la elección de coche o de casa...; y no siempre. Y también suelen ser irrelevantes las decisiones que tomamos de forma exclusivamente instintiva.
Y es más, cuanto menos razonada ha sido una elección, más nos empeñamos en mantenerla, más "nuestra" nos parece.
Y la más importante de todas nuestras elecciones es nuestra fe, nuestra aceptación de un conocimiento no comprobable: precisamente por no ser comprobable, no puede ser razonada su elección (esto no excluye que la fe pueda ser a posteriori razonable); y por ser un conocimiento, no puede ser meramente instintivo. Y será la elección de nuestra fe la que más influya en todas nuestras demás elecciones.
Quizá todo esto se produzca porque la libertad del hombre no se basa tanto en su naturaleza humana -animal racional- cuanto en su alma, en aquello espiritual que juntamente con la naturaleza material constituye al hombre. Porque si no tuviésemos alma, nuestras elecciones serían siempre fruto de razonadas decisiones o impulsos instintivos, entre los que nunca podría aparecer el amor... Por tanto, la fe, el amor, la vocación, serían elecciones del alma y su manifestación más patente.
Por el contrario, quien elige el ateísmo suele hacerlo tras una larga deliberación: es una decisión meramente humana, determinada por la razón, sin escuchar al alma...; y, por tanto, menos libre.
domingo, 2 de enero de 2011
La vida, un derecho y un deber
Por desgracia, en España se vuelve a hablar de legalizar la eutanasia, es decir, de permitir que aquellos que no encuentran un motivo para seguir viviendo -en definitiva, aquellos que no se sienten amados-, se puedan quitar de en medio. Es la solución más cínica y cobarde que se le ha ocurrido a nuestra progresista civilización: aquellas vidas que no apreciamos, porque no tienen "utilidad" para nosotros, lo mejor es aniquilarlas. En vez de convencer a todos de que una vida tienen valor en sí misma porque es algo único e irrepetible, les permitimos marchar con la seguridad de que a nadie le interesa que se queden.
Se reclama la eutanasia como el derecho a una muerte digna. Pero el suicidio nunca puede ser una muerte digna, sino el más indigno de los destinos: la desaparición porque a nadie le interesamos. La eutanasia es la manifestación patente del fracaso de una sociedad que confunde "vida digna" con "satisfacción del deseo"; como si la vida no tuviese una dignidad intrínseca, independientemente se las condiciones en que se desarrolle.
La eutanasia, el suicidio -asistido o no- nunca es lícito. Hablábamos hace unas entradas de que las libertades de unos se entrelazan con las de otros, hasta un punto en el que libertades, derechos y obligaciones acaban confundiéndose con las propias personas, con el prójimo. Pues estamos ahora ante una manifestación clara de esto: la vida es nuestro derecho, que los demás deben respetar siempre; pero también es nuestro deber, que debemos respetar frente a los demás. Y es que olvidamos que nuestra vida también es un derecho de los demás: evidentemente, sin las vidas de unos y otros no existiría ni la sociedad ni la humanidad.
Así, nuestra libertad de desear una vida placentera y libre de sufrimientos (lo que constituye un aspecto muy accesorio y pobre de la vida), tiene como límite la propia vida; es decir, nunca puede llevarnos a prescindir de ella.Y siempre podremos exigir que los demás la valoren como tal, cualquiera que sean sus circunstancias.
La vida, toda vida, la vida de cada uno, es un regalo que Dios hace al resto de la humanidad y, por tanto, a cada uno de los demás seres humanos. Nuestra obligación es agradecerlas, respetarlas y cuidarlas para que se desarrollen en óptimas condiciones. Y como ese regalo pertenece a todos, nadie, ni el propio individuo, puede aniquilarlo.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Y, ¿a dónde quién iríamos?
Y..., ¿a dónde mejor podríamos ir? Esto es lo que le contestaron los apóstoles al Señor, cuando éste les preguntó: ¿También vosotros queréis abandonarme?: Tú sólo tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).
Esta contestación puede tener dos interpretaciones igualmente aplicables a nuestra vida actual:
Por una parte, los apóstoles se pueden referir a que sólo Él nos habla de la vida eterna, de nuestro futuro, de lo que debe constituir nuestra aspiración fundamental; sólo Dios nos revela el destino trascendente del hombre y nos indica cómo alcanzarlo. Hoy en día, ¿a donde quién iríamos que nos pudiese hablar del mismo modo? Por desgracia, sólo en la Iglesia Católico puede encontrarse esta creencia y esta esperanza.
Pero también podría interpretarse esa contestación como la afirmación de que "sólo Él tiene palabras eternas para la vida": porque sus palabras son siempre Verdad, sirven para todos los hombres de todos los tiempos y para todas las circunstancias... Qué importante es recordar hoy esta afirmación de que existen verdades eternas, en un mundo en el que el hombre se cree el centro del universo, con el único destino de satisfacer sus deseos y dueño incluso de la verdad, que va fabricando a su antojo.
Cielo y Tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán (Lc 16, 16).
Buen propósito para el año que comienza: buscar las verdades eternas.
martes, 28 de diciembre de 2010
¿Somos como Dios?
Como Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos hizo efectivamente libres y con voluntad; pero, porque Dios es amor, nuestra libre voluntad debe dirigirse no a la satisfacción del deseo, sino a amar. Y amar no es buscar el bien propio en lo que se ama (persona o cosa), sino buscar el bien de lo amado, incluso por encima del propio bien. Esto es lo que nos hace como Dios, lo que realmente nos asemeja a Él; lo otro -la satisfacción del deseo- nos hace diosecillos, nos aleja de Dios. Y cuanto más cerca estamos de Dios es cuando le amamos a Él sobre todas las cosas.
Este fue el engaño del maligno a nuestros primeros padres; y lo sigue siendo en la actualidad: incitarnos a ser como dioses, pero ocultándonos la diferencia que hay entre esto y ser como Dios; que es nuestro auténtico destino.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Dios y la civilización occidental
Manifiestamente, la actual civilización occidental -esa que tiene profundas raíces cristianas que la distinguen claramente del resto de civilizaciones y culturas y que, por su bondad, se ha impuesto a cualquier otro modelo y ha alcanzado grados de progreso muy superiores a los de cualquier otra-, está profundamente alejada de Dios. Y no sólo está alejada de Dios, sino que también se ha alejado bastante de la propia naturaleza humana. E incluso ha llegado a perder la racionalidad que en un principio le impulsó a renegar de Dios: el posmodernismo ha abdicado de la razón y se ha quedado en el deseo. El hombre es su propio Dios y no hay más razón ni motivo que su "santa voluntad": satisfacer su deseo en el mismo momento en el que éste se presenta. El hombre ya no es un animal racional, sino simplemente un animal que domina la técnica para satisfacer sus instintos.
Y ahora pregunto: ¿En una sociedad así puede revelarse Dios? O simplemente, ¿cabe Dios en nuestra vida técnica, irracional e instintiva? Tengo mis serias dudas.
Por supuesto, desconozco los planes de Dios; pero no me extrañaría nada que tuviese que suscitarse un nuevo pueblo, una nueva civilización para poder empezar desde cero y enderezar el rumbo absurdo que ha tomado el hombre. ¿Qué nuevo pueblo? Pues se me ocurren dos posibilidades: que aquellos pueblos que evangelizamos desde occidente ahora vengan a evangelizarnos a nosotros; o que una crisis política y económica nos devuelva a la Edad Media. Por supuestos, también existen todas esas posibilidades que Dios, en su infinita misericordia, conoce perfectamente y que nos serían menos dolorosas...
Aunque la tremenda crisis económico-financiera actual, generada por la codicia de occidente, puede ser un signo de los tiempos muy claro...; y un indicio de por dónde va a transcurrir la Historia a corto plazo...
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Dios y las antiguas civilizaciones
Dios no está reñido con las civilizaciones; pero como algunas civilizaciones sí están reñidas con Dios, frecuentemente se produce una especie de oposición entre fe y algunas culturas.
Si vamos al comienzo de la historia de la Revelación, vemos que lo primero que Dios hace es sacar a su elegido, Abrám, de la cultura que le rodeaba. Primero le saca de Ur de los Caldeos, una civilización avanzada, y le lleva a una zona más rural (Jarán, Siria mesopotámica); y después le indica que vaya hacia Canaán, tierra que heredarán sus descendientes. Es curioso cómo Dios, para preparase un Pueblo que reciba su Revelación, lo primero que hace es separarlo de las civilizaciones existentes, lo convierte en nómada e inicia una nueva dinastía. Este pueblo inculto e incapaz de dejar testimonios escritos, será el único depositario de la sabiduría del monoteísmo. Ninguna de las grandes civilizaciones de la Historia llegaron a la sencillez del Dios Creador. Y no sólo me refiero a las civilizaciones que rodeaban a Abrahám (como le llamó Dios al sellar su alianza) tales como Persia, Asiria, Babilonia o Egipto; sino que tampoco las grandes civilizaciones orientales (China, India,...) o americanas (Maya, Azteca, Inca...) llegaron al conocimiento del Dios único.
Una excepción enigmática aparece en la Biblia (Gen 14, 18): Melquisedec, rey de Salem, se presenta como sacerdote del Dios Altísimo creador de cielo y tierra y bendice a Abrahám: ¿Es que Dios ya se había revelado a otros pueblos o individuos, antes de escoger a Abrahám? Y un dato más curioso aún: Melquisedec ofrece un sacrificio de... ¡pan y vino! Más adelante, en la Biblia se volverá a citar a este enigmático sacerdote previo al pueblo de Dios: en el salmo 110 (vg 109): "Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec", referido al rey David; y en la primera carta de San Pablo a los Corintios: "Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec" (1Cor 11, 23-26), referido a Jesucristo. Ambos textos ponen de manifiesto que el sacerdocio divino es anterior incluso al propio Pueblo de Dios; y proviene de una cultura (Salem) que desconocemos totalmente.
Después, cuando Dios quiera formarse su Pueblo, lo volverá a sacar de una civilización avanzada: la egipcia; y lo mantendrá durante cuarenta años por el desierto, como para conseguir que se olvidasen de cualquier costumbre que de allí pudiesen traer.
¿Que significará todo esto?
lunes, 20 de diciembre de 2010
Perfección, sólo en la caridad
Esta es una de las muchas frases evangélicas enigmáticas, que son difíciles de interpretar: ¿Realmente el Señor nos exige que seamos "perfectos como Dios"? ¿Nos exige ese imposible? ¿Se lo decía a sus apóstoles y discípulos que tan torpes se mostraron hasta la venida del Espíritu Santo?
Estoy convencido de que el camino de la santidad nunca es el perfeccionismo reglamentario [El cristiano no es un maniaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada..., he leído en algún escrito de San Josemaría], sino la transformación del corazón: el firme propósito de amar y servir a Dios..., aunque luego lo llevemos a la práctica de forma tan deficiente.
Si estudiamos el contexto en el que esa frase fue dicha, lo veremos más claro. Es el último versículo del capítulo 5 del Evangelio de San Mateo dedicado al Sermón de la Montaña, que es el compendio de la Nueva Ley (se os dijo; pero yo os digo...) e incluye las Bienaventuranzas. Los versículos inmediatamente anteriores a éste son muy reveladores del sentido que debe darse a esa exigencia de perfección:
...Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padres que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.
Es, por tanto, la perfección en el amor, en la caridad, lo que se nos exige. Y amar es buscar el bien del otro, incluso antes que el nuestro..., ¡aunque sea enemigo! Por supuesto, la misericordia de Dios tampoco nos exigirá que esto lo hayamos llevado perfectamente a la práctica; pero sí que lo hayamos intentado.
¡Qué diferencia entre la perfección del amor evangélica y la pobre perfección reglamentaria a la que aspiramos algunos!
sábado, 18 de diciembre de 2010
El silencio y la Palabra
Pero no sé qué pasa que en la sociedad moderna es muy difícil conseguir ese silencio si uno no se lo propone de forma extraordinaria: hay que retirarse un poco de la sociedad, apagar todos los instrumentos de comunicación que tenemos al alcance (teléfono móvil incluido) y hacer un propósito expreso de permanecer en silencio. Personalmente compruebo que no siempre es posible. Me ha ocurrido que, incluso cuando me refugio en una Iglesia prácticamente vacía para orar ante el Sagrario, no es infrecuente que algún otro parroquiano aproveche ese momento para comentar a alguien las enfermedades o problemas de toda su familia y del resto del vecindario. De este modo, ni él, ni la persona que le escucha ni ninguno de los demás, logramos comunicarnos con Dios... ¡ni en su propia casa!
Por todo esto, es muy importante aprovechar los escasos momentos en los que los hombres escuchan, para transmitirles la Palabra de Dios; y no me estoy refiriendo sólo a la homilía dominical, que por supuesto es una buena ocasión. Me refiero a esos otros momentos no específicamente religiosos en los que muchos hombres escuchan lo que se les diga. Para bien o para mal, el hombre habitualmente escucha y se cree la mayor parte de lo que oye o lee: cine, tv, prensa, teatro, libros, internet, etc... Y cuando el hombre escucha, la Palabra de Dios es eficaz por si misma. Los que tenemos la obligación de evangelizar -todos los creyentes- debemos aprovechar todas las oportunidades de este tipo que se nos presenten para divulgar la Palabra, que es mucho más eficaz que nuestros pobres argumentos... Es decir, hacer de auténticos profetas, cuyo significado es el de ser portavoces de Dios (repetidores de su mensaje), más que adivinos del futuro.
Esta eficacia de la Palabra de Dios se concretará no sólo en la fe del que la oye, sino que suscitará una respuesta auténtica al mensaje. Porque la Fe no es tanto creer en abstracto lo que se nos ha revelado, cuanto hacer vida la Palabra que oímos. La auténtica eficacia de la Palabra, más que creerla o entenderla, es conseguir que la vivamos. Porque si en vez de vivirla nos dedicamos a razonarla, si la cuestionamos, entonces difícilmente la aplicaremos a nuestra vida. Es al revés: cuando ya la hemos incorporado a nuestra vida es cuando podremos interpelarla y pedirle explicaciones... si es que las necesitamos.
Este fue el ejemplo de María: asumió en su vida la Palabra que se le transmitió -sin la más mínima duda-, esperando con fe absoluta; y, cuando ya estaba hecha vida de su vida, ponderaba las circunstancias concretas en su corazón...
miércoles, 15 de diciembre de 2010
¿En qué dios no creemos?
La gente dice que no cree en Dios, del mismo modo en que podrían decir que no creen en las meigas o que no les gusta el fútbol.
Pero la fe en Dios es algo mucho más importante, algo que determinará nuestra entera existencia.
Cuando yo digo que creo en Dios, sé a qué Dios me estoy refiriendo: al Único, Creador, Redentor y Padre, según me ha sido revelado por su Palabra en las Sagradas Escrituras.
Pero yo me pregunto, ¿en qué dios no creen los ateos? ¿Se han planteado en quién no creen? ¿De verdad han pensado en la posibilidad de un Creador, Redentor y Padre y han negado su existencia? ¿No será que, más bien que no creer, lo que ocurre es que quieren rechazar a ese Dios que podría influir en sus vidas? Y, ¿en serio han llegado a la conclusión de que esa influencia sería negativa? ¿Negativa para su vida o negativa para sus pasiones? ¿Se han planteado si Dios efectivamente les limitará su libertad -que Él les ha dado- o por el contrario la potenciará?
Quizá en algún caso, alguien se haya planteado un dios tan absurdo, tan ridículo, tan pequeño, tan a su medida, que no merezca la pena creer en él.
Cuéntame cómo es el dios en el que tú no crees y yo te explicaré cómo es el Dios que se me ha revelado: te aseguro que en éste sí merece la pena creer... y amar.
lunes, 13 de diciembre de 2010
El límite de nuestra libertad
Esta disquisición podría parecer meramente teórica; pero no lo es. Es algo que debe llevarse a la práctica. Efectivamente, hay libertades aparentemente privadas que no lo son, porque forman parte de la libertad de otros. Hay actos que pueden parecer moralmente personales, en los que ninguna norma ajena a nuestra conciencia debería entrar; pero no son tan privados, tienen una repercusión social. Por ejemplo, la fidelidad conyugal no es sólo una cuestión de la pareja, sino un acto profundamente social, que la sociedad debe regular; y sociedades muy civilizadas consideraron hasta hace muy poco que el adulterio era un ataque tan grave a la sociedad, que lo tipificaron como delito. Y, por los mismos motivos, el aborto no es una cuestión privada de la madre -de la que se excluye incluso al padre- sino el más terrible de los delitos, que la sociedad debe tratar de evitar. Y lo mismo podemos decir del suicidio o la eutanasia: el derecho a la vida no nos da derecho a disponer de ella, ni siquiera a nosotros mismos, porque la vida es un bien social del que nadie puede disponer.
Pero esta sociedad posmoderna e irracional sólo ha encontrado un límite social a la libertad: el tabaco. Este es el único caso en el que la sociedad puede imponerle el bien (la salud) al individuo, porque el tabaquismo produce un desajuste social (especialmente en costes económicos de la enfermedad).
Y..., ¿es que los demás asuntos citados no producen un desajuste mayor y mayores costes?
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Al César lo que es del César
Hay que dar al César lo que es del Cesar. Y evidentemente, la administración de Justicia es algo que compete al Estado, a través del poder judicial; y con la mayor independencia posible.
Pero una cosa es que el Estado administre justicia y otra muy distinta que se "invente la justicia". Porque la Justicia es algo que nos viene dado por la Ley Natural, los derechos Humanos o como se le quiera llamar. Y la Justicia tiene un marco que no se puede saltar ni el Estado ni el Parlamento, por muy democráticamente que se haya constituido: el derecho a la vida es universal, los derechos de las minorías son tan inviolables como los de las mayorías.
¿Y qué ocurre cuando la razón humana se oscurece por la ambición, el odio, la revancha, etc? Entonces, el hombre ya no sabe distinguir la auténtica Justicia, el Derecho Natural o los Derechos Humanos. Cuando la razón se oscurece (y hemos tenido muchos episodios de oscurecimiento en la Historia, especialmente en el siglo XX), sólo nos queda la Fe: aceptar la autoridad de un Ser superior, que se nos ha revelado. En este caso, la Fe se presenta como la sabiduría natural de la humanidad: la norma última, que no puede eludirse y marca los límites del obrar humano, político y social...
El Estado administra la Justicia...; pero dentro de los límitess que le vienen impuestos.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Hombre y mujer los creó
Hoy, los defensores de la "ideología de género", necesitan muchos más argumentos para defender la igualdad de la dignidad del hombre y la mujer, porque no se reconocen como hijos de Dios. Y si somos simplemente frutos de la evolución o de la casualidad, entonces: por qué íbamos a tener la misma dignidad. Por supuesto, lo mismo puede predicarse de otros dos cualesquiera individuos: si no son ambos hijos de Dios, ¿por qué van a tener la misma dignidad?
Y es que cuando el hombre niega a Dios, lo primero que niega es su propia dignidad; y se acaba defendiendo el "proyecto simio", esa propuesta legislativa que quiere otorgar los derechos humanos a los simios, al considerarles igual de dignos que nosotros: frutos de la casual evolución.
Pero volvamos al hombre y la mujer: Dios nos ha creado con la misma dignidad, pero -al contrario de lo que la ideología de género defiende- nos ha creado como realidades antropológicas distintas, con fisonomía distinta y funciones distintas..., y estas distinciones no son meros accidentes culturales, sino constitutivas de la propia naturaleza del hombre y la mujer.
Hemos negado a Dios, hemos negado nuestra dignidad y hemos acabado negando nuestra naturaleza... Vemos ahora lo expuesto en la entrada anterior sobre lo irracional de la razón instrumental.
jueves, 2 de diciembre de 2010
La razón instrumetal
Parece como si más que encontrar la Verdad, nos importase vivir en la certeza...; aunque sea una certeza equivocada. Y, claro, como la Fe nunca nos puede llevar a la certeza, porque Fe es el conocimiento no comprobable por definición (si lo pudiésemos comprobar, ya no sería Fe, sino evidencia o experimento científico), el número de creyentes ha disminuido en favor de los agnósticos.
E incluso se llega más lejos: como no siempre es comprobable la Verdad -no podemos alcanzar la certeza-, entonces acabamos diciendo que la Verdad no existe... Esto es una barbaridad, porque lo que no existe -en su caso- es la certeza, la comprobación de la Verdad...; pero la Verdad siempre existe -la conozca yo o no-, porque la verdad es la realidad: la adecuación de la razón a una cosa.
Desde la revolución francesa, la razón es lo que habitualmente se oponía a la Fe. Se llegó incluso a renegar de Dios y entronizar a la "diosa Razón", la que nos traería la verdad. Pero en el posmodernismo hemos llegado mucho más lejos: la propia razón humana ha dejado de ser el instrumento para conocer la Verdad, porque se niega que exista la verdad. Entonces la razón se ha convertido en el instrumento para justificar la propia conducta: puedo hacer todo lo que yo considere razonable o bueno.
Así, hemos pasado de la razón lógica de los racionalistas, a la razón instrumental de los posmodernos. Y como tal razón al servicio de los caprichos de la persona, se ha corrompido y es, muy frecuentemente, irracional y esclava de la cultura del deseo.
Hoy, los descreídos no oponen sus razones a nuestra Fe, sino que simplemente oponen su capricho, su deseo; con el absurdo y único argumento: ¿por qué no?
domingo, 28 de noviembre de 2010
Entender el cristianismo
Por esto, a los santos sí se les entendió bien su cristianismo; tan bien, que en muchos casos les martirizaron para evitar que siguiesen difundiéndolo, porque sus conciudadanos de otros credos les entendían tan bien que se corría riesgo de que se convirtiesen, de que se les contagiase.
O es que no se entendió a San Francisco de Asís, o a Juan Pablo II, o a la Madre Teresa de Calcuta...
miércoles, 24 de noviembre de 2010
A vueltas con el preservativo
Lo que ocurre con este tema es que no acaba de comprenderse que el preservativo es siempre un mero instrumeto; y es ilícito aunque se use para conseguir un fin lícito. Me explico.
Los esposos deben decidir con responsabilidad su paternidad; y para ello pueden, si lo consideran necesario, distanciar los nacimientos ABSTENIÉNDOSE DE MANTENER RELACIONES en los periodos de fertilidad. Lo que no vale es el uso de dispositivos que permitan mantener relaciones evitando artificialmente una fertilizad que sí existe en ese momento. Es decir, lo que no se puede es gozar de la relación evitando artificalmente sus consecuencias.
Pero todo lo dicho es para los esposos. Porque en los demás casos el uso del preservativo no está permitido por la sencilla razón de que no está permitido tener dichas relaciones. Es decir, la cuestión no es si una prostituta usa o no usa el preservativo, sino que NO DEBE SER PROSTITUTA. Lo mismo se puede decir de los novios, los homosexuales, los violadores y cualquier otra persona que mantenga relaciones con quien no es su cónyuge.
Y el adulterio es igual de adulterio con y sin preservativo.
En el caso de los homosexuales, como la relación siempre está ciega a la fecundidad, el sexo está moralmente prohibido siempre, con o sin preservativo.
Dejado dicho lo anterior, pregunto: ¿Que es "menos peor", que una prostituta use preservativo o que no lo use? Evidentemente, la prostituya excluye la fecundidad, ya que su relación es por dinero, no por amor ni deseo de descendencia: todas sus relaciones serán rechazables. Pero si tiene el detalle de preocuparse por sus clientes y usar el preservativo para evitar contagiarles cualquier cosa, entonces seguirá siendo una prostituta inmoral, pero respetuosa con los demás. Y lo mismo con un homosexual: ya que su relación es siempre incorrecta porque está ciega a la fecundidad, el uso del preservativo será siempre algo de agradecerle, si evita contagios.
Pero no porque en algunos casos el uso del preservativo convierta en moralmente bueno un acto moralmente malo, sino porque lo hace menos malo (volvería a decir "menos peor", para que se me entienda) en un aspecto accesorio. En el caso del matrimonio, el uso del preservativo puede convertir un acto moralmente bueno -yo diría que santo- en moralmente malo, ya que su uso ciega la fecundidad artificialmente. Pero no se me ocurre ningún otro caso en el que el uso del preservativo convierta en peor un acto que ya es malo.
Sí puede ser moralmente malo fomentar la compra de preservativos, porque se están fomentando las relaciones inmorales.
Pondré un ejemplo. Acuchillar a alguien es malo; pero sería de agradecer que el agresor usase un cuchillo limpio, que no provocase mayores infecciones en la víctima y así se curase antes. Por supuesto esto no convierte en bueno el acuchillamiento, pero demuestra cierta humanidad del agresor. Por supuesto, esto no puede inducir al Estado a repartir "navajas de bolsillo limpias" entre la población.
Por el contrario, cuando un cirujano corta al paciente para operarle, es un acto muy bueno, pues busca su curación; pero si utiliza un bisturí infectado, entonces el acto se convierte en malo, pues produce una nueva enfermedad. Si uso preservativo con mi mujer, entonces no quiero compartir sexo con ella, sino obtener mi placer a su costa; y evitando las consecuencias naturales.
Repito, el preservativo es un instrumento; y el instrumento nunca convierte en bueno el acto malo; pero sí puede convertir en malo un acto bueno.
Quizá ahora sí haya quedado claro.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
La información y el deseo
He leído una explicación a esto que no es nueva -ya que proviene de un libro escrito a principios del siglo XX-, pero que es perfectamente aplicable a nuestro tiempo.
El hombre actual tiene prisa porque ha perdido la Esperanza: si no espera ya nada, ¿por qué retrasar la satisfacción de sus deseos? Así explicado, el comportamiento parece lógico: disfrutemos lo más posible y lo antes posible, pues se puede acabar en cualquier momento... y después ya no hay nada. Pero el placer no da la Esperanza ni la felicidad.
Lo mismo ocurre con la información: el hombre actual ha perdido la Fe, ya sólo se cree lo que pueda constatar en un medio informativo "de confianza". También esta conducta es lógica: ¿cómo alcanzar la sabiduría si no se tiene Fe? Pues tratando de acumular la mayor cantidad de información posible... y lo antes posible. Pero el conocimiento sin Fe no da la sabiduría. Qué bien sabía esto la Madre Teresa de Calcuta, cuando afirmaba que ella estaba perfectamente informada de todo, precisamente porque... ¡no leía los periódicos ni veía la televisión!
Y el hombre moderno ha sustituido la Caridad -el amor- por el sexo.
¿Qué queda del hombre sin esas tres virtudes? Ahora se explica la angustia vital que invade nuestra civilización.
lunes, 8 de noviembre de 2010
La fuente de los valores
Comentaba en una reunión el Catedrático Alberto de la Hera que él enseña a sus alumnos que sólo existen cuatro fuentes de generación de los valores que deben guiar nuestra conducta; y estas fuentes son:
• Dios
• El consenso
• El estado
• La subjetividad de cada uno.
Y, además, les asegura que de las mencionadas fuentes, sólo la primera es real, ya que las demás son falsas por no apoyarse en la Verdad.
Repasemos este argumento.
Si los valores nos vienen dictados por el consenso, es decir, por la mayoría, esto será garantía de que satisfacen al mayor número de ciudadanos; pero nunca será garantía de que dichos valores sean ni los correctos ni los mejores posibles. Y esto supone que la minoría se quede a merced de la mayoría... O que todos se queden a merced de la moda o de los creadores de opinión pública.
Si los valores nos viniesen dados por el Estado, entonces ya sabemos lo que ocurre, porque ya ha ocurrido antes: estaremos en uno de esos estados totalitarios que tantos desastres han causado entre propios y extraños: desde los colectivismos marxistas hasta los nazi-onalismos fanáticos.
Si, para evitar las dos situaciones anteriores, dejamos que cada uno tenga sus propios valores, dictados por su propia subjetividad, pronto alcanzaremos la sociedad hedonista, relativista y permisivista que tanta agonía causa en occidente. Y siempre habrá quien piense que sus propios valores son los mejores y rompa las reglas del juego de la tolerancia, declarando intolerables aquellos valores que no le gusten... Y la sociedad se acabará dividiendo en dos clases: por una parte, aquellos cuyos valores coinciden con los de la mayoría -consenso- o con los de la autoridad de turno -estatalismo-; y por otra parte, los que tienen valores distintos, que deberán ser rechazados y discriminados ¡por intolerantes!
Sólo queda otra posibilidad: tratar de conocer los valores dictados por Dios, que es padre de todos y no es partidista, como único medio de estar en la verdad.
Todo lo demás es falso.
martes, 2 de noviembre de 2010
La Fe, ¿comprobarla o vivirla?
Esto es así, porque la Fe es ese don que nos da Dios para que la vivamos, no para que la estudiemos: una cosa es razonar las verdades de la Fe (lo que muy a menudo hemos hecho en este blog); y otra muy distinta tratar de poner a prueba dicha Fe. Es algo que se desprende del propio concepto de Fe: la forma de conocimiento que nos proporciona certeza; pero que no es comprobable.
La Fe hay que llevarla a nuestra vida. Podemos utilizarla en nuestra toma de decisiones, en nuestro obrar cotidiano, incorporándola a nuestro criterio de conducta, ya que nos proporciona la certeza de que estamos en el buen camino; pero no podemos comprobar dicha certeza. Si la Fe fuese comprobable, entonces ya no sería Fe, sino conocimiento experimental o razonamiento científico. Y, como no es comprobable, cuando la convertimos en objeto de nuestro intelecto -cuando la miramos directamente-, entonces se difumina y parpadea, se debilita.
Y es que la Fe se vive o no se vive; pero no se puede poner a prueba.
viernes, 29 de octubre de 2010
Dos tipos de feminismo
El feminismo en sí no es bueno ni malo: es el esfuerzo de la mujeres para que se les reconozca su dignidad, sus capacidades y las limitaciones a que les somete su condición de procreadoras. En la medida en que estos objetivos coincidan con la verdad, son positivos; ya que el descubrimiento de la verdad es siempre algo bueno.
Pero la ideología de género no busca eso, sino que lo que pretende es modificar la antropología humana como está concebida: pretende difuminar la figura del varón y de la mujer, para confundirlas en una especie de ser neutro. En definitiva, creo que su objetivo es acabar con la creación de Dios: hombre y mujer los creó... Así, intenta eliminar del hombre la idea de Dios (ya que a Dios mismo no puede destruirlo); y simultaneamente intenta destruir su principal creación: el ser humano dual. Dicho lo anterior, me atrevo a afirmar que hay dos tipos de mujeres activistas:
- Las feministas, que son aquéllas que pretenden engrandecer la figura de la mujer; lograr que se realicen en plenitud en el mundo actual; reconociendo la dignidad que tienen -igual a la del varón- pero con diversidad de funciones. Las feministas quieren una mujer muy femenina, madre, esposa, trabajadora, intelectual y capaz de dar a la sociedad esa visión del mundo tan diferente de la del varón.
- Las feminazis, que son las mujeres obsesionadas por una ideología que nada tiene de femenina y mucho tiene de odio al sexo contrario, al que pretenden suplantar. Estas mujeres quieren imponer a las demás mujeres sus propias actitudes antifemeninas que sólo pretenden convertirlas en "varones sociales es con anatomía hembra"; y que acabará destruyendo a toda mujer que se deje arrastrar por ellas.