jueves, 31 de julio de 2008

El yugo del Estado

Con nuestra soberbia occidental, nos hemos sacudido el yugo de Dios [suave y ligero]; y nos hemos sometido al yugo del Estado, implacable y frecuentemente absurdo.

No aceptamos los mandatos divinos, que regulan el orden natural; pero, para mantener cierta seguridad y orden social, el Estado tiene que reglamentar aspectos personales e intimos: por una parte, regula las propias desviaciones morales [fornicación, adulterio y sodomía]; por otra, establece normas arbitrarias y artificiales mucho más pesadas y menos eficaces que las divinas: sustituye convivencia [matrimonio] por coexistencia [unión de hecho]; amor por interés; caridad por solidaridad; trabajar para tener un tesoro en el Cielo, por trabajar para la ganancia mundana; conciencia por vigilancia policial. Y para implantar esta nuevo sistema amoral primero tiene que eliminar lo poco de religión que todavía hemos mantenido. Esto se ha hecho de forma más hostil con gobiernos de izquierda y de forma más solapada con los de derecha; pero todos imponen su orden social artificial en sustitución del orden natural divino.

Dimos la espalda a Dios y nos entregamos al hombre; y Dios, como el peor de los castigos, simplemente nos ha dejado hacer: no nos quejemos de las consecuencias... y volvamos a Dios.

martes, 29 de julio de 2008

La Fe es el conocimiento más certero

Seguimos hablando del conocimiento experimental, que no es más que una de las cuatro formas de conocimiento que existen, -junto con la fe, la evidencia y el razonamiento-; pero que se considera la única forma válida de conocimiento certero.

Sin embargo, el conocimiento experimental no es más que una forma de evidencia provocada, por la que se deduce de un caso particular una regla general: es una evidencia razonada, sujeta, por tanto, a la misma falibilidad que los sentidos y que la razón: el experimento es la interpretación lógica de un suceso observado, que ha sido provocado previamente. Si la observación del caso particular ha sido equivocada o su interpretación lógica ha sido errónea, también lo será la regla general que deduzcamos del mismo. Esto se produce cada vez que los científicos mejoran los métodos o instrumentos de observación: se declara equivocada la opinión que se mantuvo hasta entonces y se establece un nuevo "dogma científico irrefutable".

Y es que, efectivamente, la certeza de una evidencia o de un razonamiento depende de la habilidad de los sentidos o la confianza en el propio juicio: por ejemplo, el ciego que deduce un hecho al oír un sonido, acertará si su oído es bueno y su interpretación correcta. El conocimiento sensible viene del exterior y está sujeto a falibilidad; en el razonamiento, la certeza viene del propio sujeto, de la confianza en la propia inteligencia, no del exterior, y también está sujeto a falibilidad.

En el caso de la Fe, ésta proviene del exterior, del Revelador; y no basa su certeza en la habilidad de nuestros sentidos o nuestro razonamiento, sino en la confianza que ponemos en la sabiduría y bondad del Revelador. Por lo tanto, el conocimiento revelado está sujeto solo al error del engaño. Pero si Dios no puede ni engañarse ni engañarnos: ¿que conocimiento es más certero?; ¿por qué ese complejo de la Fe frente a los demás conocimientos?

Para los que creemos en un Dios que se revela, la Fe es la forma de conocimiento más certera; y los que no creen: ¿por qué tienen tanta fe en sus experimentos?

martes, 22 de julio de 2008

La mentalidad del mundo

Terminamos por ahora con la serie de entradas sobre Jesús de Nazaret.


Nos comenta Benedicto XVI que algunos hombres no se conforman con el Reino de los Cielos, ellos como "son hombres" quieren el "Reino de la Tierra". Interpretan el sermón de la montaña como la envidia de los cobardes e incapaces, que no están a la altura de la vida y el mundo; y quieren vengarse con las bienaventuranzas, exaltando su fracaso e injuriando a los fuertes, a los que tienen éxito, a los que son afortunados.

Los que así piensan, ante la amplitud de miras de Jesús contraponen una concentración angosta en las realidades de aquí abajo: la voluntad de aprovechar ahora el mundo y lo que la vida ofrece, de buscar el cielo aquí abajo y no dejarse inhibir por ningún tipo de escrúpulo. Y tienen razón en cuanto a la contraposición entre el Reino de Dios y el reino mundano: sí, las Bienaventuranzas se oponen a nuestro gusto espontáneo por la vida, a nuestro hambre y sed de vida. Exigen conversión, un cambio de marcha interior respecto a la dirección que tomaríamos espontáneamente. Pero esta conversión saca a la luz lo que es puro y más elevado, dispone nuestra existencia de manera correcta... sólo por la vía del amor, cuyas sendas se describen en el sermón de la montaña, se descubre la riqueza de la vida, la grandiosidad de la vocación del hombre.


Como decía Juan Pablo II, Dios revela al hombre el misterio del hombre: Jesús es nuestro Camino, la Verdad y la Vida; el que por soberbia quiera ser como Dios por otra vía, perderá su vida.

lunes, 14 de julio de 2008

El sermón de la Montaña

Seguimos con el Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI.

¿Cómo se reconoce el reinado de Dios en la tierra? ¿Cuáles son sus normas?

El sermón de la montaña es la "nueva Torá" que Jesús trae al mundo: está dirigido a todos los hombres del pasado, del presente y del futuro; pero para poder entenderlo, se exige ser discípulo de Jesús: sólo se puede vivir cuando se sigue a Jesús, cuando se camina con Él, cuando se obtiene su gracia.

Las Bienaventuranzas son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritu, son palabras orientadoras. Promesas en las que resplandece la nueva imagen del hombre y del mundo que Jesús inaugura; paradojas en las que se invierten los valores: con Jesús entra alegría en la tribulación. Las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo: se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor. "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí". Las Bienaventuranzas son la trasposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Son señales que también indican el camino a la Iglesia, que debe reconocer en ellas su modelo.

Los pobres de espíritu -piadosos-. En su pobreza, Israel se siente cercano a Dios. Los pobres, en su humildad, están cerca del corazón de Dios; los ricos, en su arrogancia, sólo confían en sí mismos. Los pobres son hombres que no alardean de sus méritos: no se presentan ante Él como socios en pie de igualdad; Llegan con las manos vacías; no con manos que agarran y sujetan, sino con manos que abren y dan. Pero la pobreza puramente material no salva, si ésta nos lleva a olvidar a Dios y codiciar los bienes materiales. Se debe entender el poseer sólo como servicio y, frente a la cultura del tener, contraponer la cultura de la libertad interior [tener como si no se tuviera], creando así las condiciones de la justicia social. El sermón de la montaña no es un programa social; pero sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia social.

Los humildes heredarán la tierra. "Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón": "mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno" (Zacarías 9,9). Jesús con su entrada en Jerusalén a lomos de una borrica, nos manifiesta toda la esencia de su reinado.

Dichosos los afligidos: la aflicción que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, destruye al hombre por dentro; pero la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad, lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal.

En Ezequiel 9 vemos cómo quedan excluidos del castigo los que no siguen a la manada, que no se dejan llevar por el espíritu gregario para participar en una injusticia que se ha convertido en algo normal, sino que sufren por ello. Aunque no está en sus manos cambiar la situación en su conjunto, se enfrentan al dominio del mal mediante la resistencia pasiva del sufrimiento: su aflicción pone límites al poder del mal; como María junto a Juan y las demás mujeres al pié de la Cruz: en un mundo plagado de crueldad, de cinismo o de connivencia provocada por el miedo, encontramos un pequeño grupo de personas que se mantienen fieles; no pueden cambiar la desgracia, pero compartiendo el sufrimiento se ponen del lado del condenado; y con su amor compartido se ponen del lado de Dios, que es amor.

Dichosos los que trabajan por la paz: "en nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios" (2 Cor. 5 20). La enemistad con Dios es el punto de partida de toda corrupción del hombre; superarla es el presupuesto fundamental para la paz en el mundo. El empeño en estar en paz con Dios, es una parte esencial del propósito por alcanzar la paz en la Tierra. Cuando el hombre pierde la vista de Dios, fracasa la paz y predomina la violencia, con atrocidades antes impensables, como lo vemos hoy de manera sobradamente clara.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia: la fe aparecerá siempre como algo que se contrapone al "mundo" -a los poderes dominantes en cada momento-, y por eso habrá persecución a causa de la Justicia en todos los periodos de la Historia.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Son personas con una sensibilidad interior que les permite oír y ver las señales sutiles que Dios envía al mundo y que así quebrantan la dictadura de lo acostumbrado. Edith Stein dijo en cierta ocasión que quien busca con sinceridad y apasionadamente la verdad está en el camino de Cristo. El pensamiento contemporáneo tiende a sostener que cada uno debe vivir su religión, o quizás también el ateísmo en que se encuentra. ¿Se salvará alguien y será reconocido por Dios como un hombre recto, porque ha respetado en conciencia el deber de la venganza sangrienta? ¿Porque se ha comprometido firmemente con y en la guerra santa? ¿O porque ha ofrecido en sacrificio determinados animales? ¿O porque ha respetado las abluciones y otras observancias rituales? ¿Porque ha convertido sus opiniones y deseos en norma de su conciencia y se ha erigido a sí mismo en el criterio a seguir? No, Dios pide lo contrario: exige mantener nuestro espíritu despierto para poder escuchar su hablarnos silencioso, que está en nosotros y nos rescata de la simple rutina conduciéndonos por el camino de la verdad; exige personas que tengan hambre y sed de justicia: ése es el camino que finaliza en Jesucristo.

Dichosos los limpios de corazón. A Dios se le puede ver con el corazón: la simple razón no basta. La voluntad debe ser pura y, ya antes, debe serlo también la base afectiva del alma, que indica a la razón y a la voluntad la dirección a seguir. El corazón ha de ser puro, profundamente abierto y libre, para poder ver a Dios. ¿Cómo se vuelve puro el ojo interior del hombre? Preguntando por Dios, buscando su rostro, esto es: la honradez, la sinceridad, la justicia con el prójimo; el contenido esencial del Decálogo. Poner el acento en la búsqueda de Dios y la justicia con el prójimo, más que en el mero conocimiento de la Revelación: de esta actitud se deriva la posibilidad de salvación del que la desconoce.

Veremos a Dios cuando entramos en los mismos sentimientos de Cristo. La purificación del corazón se produce al seguir a Cristo, al ser uno con Él. El ascenso a Dios se produce precisamente en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y, por tanto, la verdadera fuerza purificadora que capacita al hombre para percibir y ver a Dios. El amor es el fuego que purifica y une razón, voluntad y sentimiento: así entra el hombre en la morada de Dios y puede verlo.

El Reino de Dios se resume en una frase: El que quiera ganar su vida -simplemente gozar- la perderá; pero el que pierda su vida -rinda su voluntad a la de Dios- la ganará, será verdaderamente hombre.

viernes, 4 de julio de 2008

El Reino en el Evangelio

Veremos ahora cómo explica Benedicto XVI el Reino de Dios a la luz del propio Evangelio.

Afirma, en primer lugar, que el Evangelio no es un mensaje méramente informativo, se trata de un mensaje con autoridad, operativo: no es simple comunicación, sino acción, fuerza eficaz que penetra en el mundo salvándolo y transformándolo; su propio anuncio ya cambia al hombre que lo escucha. El contenido central del Evangelio es que el Reino de Dios está cerca; pero pide a los hombres una respuesta: su conversión y su fe.

El Evangelio pone de manifiesto:

- Jesús mismo ya es el Reino en medio de los hombres, porque Él es la presencia de Dios.
- Quiere que Dios reine en nosotros: su lugar está en el interior del hombre, quiere reinar en nuestro corazón.
- El Reino de Dios que predica y la Iglesia que Él instituye se relacionan entre sí.

Nuestro error sería caer en una visión secularista del Reino -el Reinocentrismo-, buscar el bienestar en la tierra, desvinculándolo de la presencia de Dios. El reinocentrismo trata de unir todas las fuerzas positivas de la humanidad: un mundo en el que reinen la paz, la justicia y la salvaguarda de la creación. El destino de las religiones sería colaborar todas juntas a la llegada de este Reino; sus tradiciones y diversas identidades serían algo secundario. En este planteamiento -idea secular utópica- Dios ha desaparecido; el respeto a las tradiciones religiosas es solo aparente: son simples costumbres que se consienten mientras no contradigan a los nuevos dogmas proclamados por una opinión pública mediáticamente creada. Pero esta utopía sin Dios es una falacia que se descubre al hacernos las siguientes preguntas: ¿quién nos dice qué es la Justicia?; ¿cómo se construye la paz? Sin una referencia a Dios, estos conceptos se convierten en cobertura de doctrinas de partido que se imponen forzosamente a todos.

Pero el mensaje evangélico anuncia el Reino de Dios, no un reino de otro tipo: anuncia la soberanía de Dios sobre el mundo, el Dios vivo capaz de actuar en el mundo y en la historia de un modo concreto. Por esto, en vez de Reino de Dios, sería mejor hablar del "reinado de Dios" en el mundo; empezando por su reino en nuestros corazones.

Por esto, el Reino de Dios tienen escasa importancia en la Historia -es como el grano de mostaza o la levadura-, pero resulta determinante para el resultado final. El reinado de Dios que Jesús anuncia es algo muy complejo que debe ser aceptado en su conjunto y dejarnos guiar por su mensaje. El Reino no consiste simplemente en la presencia física de Jesús, sino en su obrar en el Espíritu Santo: su manifestación más evidente es que expulsa a los demonios. A través de su presencia y su actividad Dios entra en la historia de un modo nuevo: como Aquél que obra. Reina al modo divino, sin poder temporal, mediante el amor que llega al extremo.

Si reducimos el Reinado de Dios al mero bienestar y progreso humanos, nos estamos conformando con bien poca cosa y estamos rechazando lo más importante.

miércoles, 2 de julio de 2008

El reino de Dios en la tierra

Seguimos repasando el libro Jesús de Nazaret, de nuestro querido Benedicto XVI. En esta entrada, vamos a ver cómo explica el Reino de Dios que Cristo nos predicó: ¿cómo realizarlo en la tierra?

Empieza con la afirmación de Jesús: "Se me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra" (Mt 28,16). El Señor tiene poder en el cielo y en la tierra: sin el cielo, el poder terreno se queda siempre ambiguo y frágil. Y solo el poder que está bajo la bendición de Dios puede ser digno de confianza. Pero Jesús tiene este poder en cuanto que resucitado, es decir: este poder presupone la cruz, presupone su muerte. El reino de Cristo no crece desde el poder temporal o la espada, crece a través de la humildad de la predicación en aquellos que aceptan ser sus discípulos y cumplen sus mandamientos. El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la Fe en un factor político de unificación imperial; pensaron que la debilidad de la Fe -la debilidad terrena de Jesucristo- debía ser sostenida por el poder político y militar: asegurar la Fe por la fuerza. Esto pone de manifiesto que la lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos y circunstancias, tanto las favorables como las adversas; porque la fusión entre Fe y poder político siempre tiene un precio: la Fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios.

La elección del pueblo ante Pilatos entre salvar a Jesús o salvar a Barrabás no es casual: se contraponen dos figuras mesiánicas, dos formas del mesianismo frente a frente. La elección se establece entre un mesías que acaudilla una lucha -que promete libertad y su propio reino-, y este misterioso Jesús que anuncia la negación de sí mismo como camino hacia la vida. El tentador nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales. En el nuevo orden, el objetivo es la paz, el bienestar del mundo y la planificación racional del progreso.

¿Qué debe hacer un salvador del mundo? La nueva forma de la tentación de elegir a Barrabás es interpretar el cristianismo como una receta para el progreso; y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también la cristiana. En el fondo, pensamos siempre que, si Jesús quería ser el mesías de todos, debería haber traído la edad de oro a la tierra: la paz y el bienestar.

Pero ningún reino de este mundo es el Reino de Dios; el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer el mundo en sus manos. ¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? Jesús simplemente ha traído a Dios; y con Él la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino [Dios explica al hombre el misterio del hombre]; trajo la fe, la esperanza y el amor. Solo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco. Los reinos de la tierra, que Satanás puso en su momento ante el Señor, se han ido derrumbando todos. Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá. Frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone a Dios como auténtico bien del hombre. Frente a la invitación a adorar el poder, el Señor propone adorar sólo a Dios; y con respecto al hombre, nos propone el amor al prójimo.


¡Qué estrechez de miras pensar que Dios es poco y deslumbrarnos por el progreso!

miércoles, 18 de junio de 2008

Conocimiento experimental

Sigo dándole vueltas al tema del conocimiento científico o experimental y a su soberbia pretensión de ser el único válido.

En la actualidad se piensa que no hay forma de conocimiento más exacta que el derivado de la ciencia experimental. Hasta tal punto es así, que nos maravillamos de que el hombre haya podido avanzar hasta nuestros días sin ese conocimiento científico fiable. Pero si lo pensamos un poco, nos damos cuenta de que, efectivamente, el hombre con la única herramienta de su razonamiento intelectual, ha sido capaz de desarrollar las actuales ciencias experimentales; por lo tanto, alguna validez tendrá -al menos en la práctica- el conocimiento que le guió hasta nuestra situación actual.

Y no solo esto: si repasamos honradamente la historia, vemos que el conocimiento derivado de la ciencia experimental está periódicamente sujeto a revisión y superación; hasta tal punto que es prácticamente seguro decir ante cualquier afirmación científica actual que es mentira... y el tiempo nos dará la razón con otra afirmación científica posterior que rechace a la actual. Parece derivarse del propio método experimental la cualidad de llegar a conclusiones erróneas, que sirven para el avance científico temporal; pero que, a la postre, serán superadas y reconocidas como grandes errores.

Sin embargo, el conocimiento derivado del propio razonamiento humano -de la fe o de la evidencia- sí ha llegado a verdades que han soportado el avance científico y el inmenso aumento del conocimiento humano en general: las matemáticas, la geometría, la poesía, la música, formas maravillosas de arte y literatura; ética y moral... Y muchos de los logros del hombre no se han visto superados por el paso de los siglos... a pesar de que el hombre no contaba más que con su propio discernimiento y mucha más tenacidad que en nuestros días: las pirámides de Egipto, las tragedias griegas, las grandes sinfonías, la metafísica y la lógica, el teatro de Shakespeare o Calderón -con la altísima psicología que revelan-, el código de Hammurabi, el palacio de Mojenjodaro o la Muralla China, los cálculos sobre la órbita de los planetas, la curvatura de la Tierra.... Todo esto fue realizado por hombres que no contaban ni con una simple calculadora, si sabían lo que es un ordenador portátil y un GPS.

Pero todo este conocimiento se desprecia y arrincona, porque no se trataba de ciencia experimental, por aquellos mismos científicos soberbios que nos tienen acostumbrados a sus constantes rectificaciones de conclusiones. La Tierra era redonda y Colón estaba en lo cierto al razonarlo así; pero cuando quiso experimentarlo, entonces se equivocó: confundió América con "las Indias"; lo mismo ha venido ocurriendo con el paulatino descubrimiento del Universo: las rectificaciones son constantes, salvo las conclusiones derivadas del simple razonamiento humano.
Entonces, por qué no damos prioridad al otras formas de conocimiento y nos despojamos de la soberbia científico-experimental. Por qué no reconocemos la validez de conclusiones de otro tipo que han permitido a la humanidad llegar hasta la perfección social de nuestros días. Si nadie rechaza el 2 + 2 = 4 -por muy antiguo e inexperimentable que sea-, por qué rechazamos la familia natural -igual de antigua y que de hecho nos ha servido fielmente- aunque no pueda demostrarse científicamente su preeminencia.


¿No estará el hombre con su soberbia científico-experimental dinamitando las propias bases de su progreso?

miércoles, 28 de mayo de 2008

Jesús de Nazaret

Quiero comenzar con esta entrada a comentar el libro de Benedicto XVI "Jesús de Nazaret", empezando por recomendar vivamente su lectura. En realidad no se trata tanto de una biografía de Jesucristo, como de una exposición en profundidad de su mensaje y, por tanto, de los fundamentos del cristianismo, saliendo al paso de las muchas desviaciones que, desde dentro, se han producido en las últimas décadas.

Aunque la totalidad del volumen es genial, algunos de los comentarios los he encontrado más específicos para la situación actual del mundo y aplicables a la generalidad de los mortales.

Empezaré por la actitud más común de nuestros días: la tentación de apartar a Dios de nuestra vida. Al respecto, afirma Benedicto XVI que éste es precisamente el núcleo de toda tentación: anteponer todo lo que parece más urgente en nuestra vida, y apartar a Dios, que pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto.

La gran tentación de siempre (desde el pecado original: seréis como dioses) es el empeño en poner orden en nuestro mundo por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades; y lo que es más grave, contando sólo con nuestro criterio. En el fondo, el hombre moderno no inventa anda, es la tentación de siempre: la soberbia que también hizo sucumbir a lucifer, antes que al hombre. La incapacidad de sentirnos creaturas que todo se lo deben a su Creador.

Para arrogarnos la función de ser nuestros propios creadores, empezamos por reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio. La tentación finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Lo real es lo que se constata: poder y pan.

Primero se plantea la pregunta: ¿No es el problema de la alimentación del mundo y, más general, los problemas sociales, el primero y más auténtico criterio con el cual debe confrontarse la redención? (El marxismo ha hecho precisamente de este ideal el centro de su promesa de salvación); y con la respuesta viene la tentación: Si quieres ser la iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después.

Benedicto XVI nos recuerda que Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida. Jesús mismo se ha convertido en grano de trigo que, muriendo, da mucho fruto. "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". "El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo mas importante de todo es la fidelidad contante y la adoración jamás traicionada" (Alfred Delp, jesuita asesinado por los nazis). Cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales. Los occidentales, con sus ayudas al tercer mundo, no sólo han dejado de lado a Dios, sino que, además, han apartado a los hombres de Él con su orgullo de sabelotodo, han hecho del Tercer mundo el Tercer Mundo en sentido actual. Si el corazón del hombre no es bueno, ninguna otra cosa puede llegar a ser buena. Y la bondad de corazón solo puede venir de Aquél que es la Bondad misma, el Bien.

Vivimos en este mundo en el que Dios no tiene la evidencia de lo palpable, y solo se le puede buscar y encontrar con el impulso del corazón... hemos de reconocer que no sólo vivimos de pan, sino ante todo de la obediencia a la palabra de Dios. Y sólo donde se vive esta obediencia nacen y crecen esos sentimientos que permiten proporcionar también pan para todos.

Seguir un atajo al camino previsto por Dios, prescindiendo de Él mismo, no conduce a un mundo mejor, sino al abismo.

miércoles, 23 de abril de 2008

La libertad y la verdad

Jesucristo nos dijo: "la verdad os hará libres"; pero el hombre moderno prefiere contraponer libertad y verdad, como si fuesen cosas incompatibles.

Efectivamente, la verdad nos libera, desde el punto de vista de que nos permite elegir con conocimiento de causa (y conocimiento de los efectos). Pero el hombre moderno que no quiere encontrar ningún obstáculo a su soberana voluntad se encuentra con que la verdad, al ser conocida en todo su esplendor, limita sus posibilidades de elección: es muy difícil conocer la verdad y darle la espalda.

Por ejemplo: ante una foto de un niño abortado en la que se ve claramente la verdad del homicidio, nadie es capaz de defender esa atrocidad y, mucho menos, de cometerla. Por eso, para no limitar las posibilidades de elección de las mujeres, se prefiere ocultar la verdad y seguir con la mentira de que el aborto es una simple operación quirúrgica, la extirpación de un pequeño tumor... del pre-embrión.

Pero el hombre moderno va más allá. No le es suficiente con dejarse engañar, con preferir la mentira a la verdad. Para poder ser "libre" totalmente, para que su soberana voluntad (la ley del deseo) no encuentre límite alguno, es preciso negar la verdad: no existe una verdad, sino mi verdad, muchas verdades, tantas como deseos... y cambiantes según las circunstancias. De este modo, se libera también de la necesidad de buscar la verdad antes de decidir, evita esa penosa sensación de estar dejándose engañar constantemente: si no hay verdad, tampoco hay mentira; si no hay verdad, la única norma es mi deseo.

Pero la realidad es muy tozuda: negar la verdad y seguir la ley del deseo no lleva a la felicidad que parecía prometer, sino al vacío existencial y la angustia.

viernes, 18 de abril de 2008

La mentira y el pecado

Dos cosas nos quitan la libertad: la mentira y el pecado. La mentira porque nos impide elegir con conocimiento de causa, por lo tanto, no hacemos lo que queremos, sino lo que nuestra ignorancia nos obliga a hacer. El pecado, porque nos esclaviza. Ambos son armas del maligno: padre de la mentira e incitador al pecado.

Entresaco del libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVI las siguientes frases: El núcleo de la revelación bíblica es el Decálogo, que no queda abolido [con el Nuevo Testamento] sino que resplandece con mayor claridad en toda su profundidad y grandeza. La voluntad de Dios nos introduce en la verdad de nuestro ser, nos salva de la auto destrucción producida por la mentira. Dice Jesús: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió".

Es decir, es la mentira lo que nos destruye, precisamente por ser lo opuesto a la voluntad de Dios; luego la mentira es el pecado y el pecado es la mentira. Ambas son la misma cosa: ¿no es el pecado la mentira con la que satán quiere destruirnos? El "seréis como Dioses" que prometió a nuestros primeros padres y nos promete a todos constantemente, ¿no es a la vez pecado y mentira; mentira y pecado?

"La verdad os hará libres"; y se podría añadir: "La verdad os liberará del pecado".

¡Hoy, quizá más que nunca, es imprescindible buscar la verdad!

domingo, 13 de abril de 2008

¿Cualquier religión vale?

Cuentan que un general mejicano, durante la persecución de los cristianos que allí se produjo, reconoció: "Para vivir cualquier religión vale; pero para morir, sólo vale la religión Católica".

¡Qué verdad más profunda!

Si lo único que pretendemos es que transcurran nuestros días, sin especiales complicaciones ni esfuerzos, entonces con cualquier sucedáneo podremos tranquilizar nuestra conciencia, saciar el hambre de trascendencia que todo ser humano siente. Con algunas prácticas de piedad o "meditación trascendental", alguna acción filantrópica y, por supuesto, mucha ecología (que compromete sólo por fuera), nos habremos engañado.

Pero si pensamos en la felicidad eterna, en el juicio que todos tendremos que rendir al final de nuestros días, que "al atardecer de la vida nos examinarán en el amor" (como decía San Juan de la Cruz), ya no nos bastará cualquier religión. Porque desde este punto de vista necesitamos el amor, la misericordia y la justicia de Dios, para no morirnos del susto sólo de pensarlo: presentarnos con nuestra mediocridad ante el que es el SER, la VERDAD y la BONDAD. Entonces necesitamos la Gracia, los Sacramentos y la ayuda de la Iglesia para poder llegar al final con un mínimo de posibilidades.

Efectivamente, para vivir nos podría bastar con la "meditación trascendental" o la Misa dominical rutinaria; pero para morir necesitamos una Religión en la que Dios es Padre... en la que Dios es Amor.

miércoles, 9 de abril de 2008

El trigo y la cizaña

Muchas veces nos quejamos de que Dios consienta el mal y la corrupción en el mundo, sin caer en la cuenta de que es precisamente la "paciencia" de Dios la mejor garantía de nuestra salvación. ¿Que sería de nosotros, si Dios nos extirpase del mundo la primera vez que metemos la pata?


Lo explicó muy bien Jesús con su parábola del trigo y la cizaña. Cuando lo sembradores preguntan al dueño de la tierra si tienen que arrancar la cizaña que ha crecido junto al trigo... "Él les dijo: no, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega". (Mt 13, 24-30).


Gracias a la bondad de Dios, la cizaña sigue creciendo junto al trigo. Y no es tanto porque al arrancar la cizaña se pueda dañar el trigo, sino porque todos somos en muchos momentos cizaña... y si nos arrancasen entonces, no tendríamos oportunidad de cambiar. En la vida real, la cizaña y el trigo se van intercambiando: todo santo tiene un pasado; y todo pecador un futuro.


Por esto, los momentos de profundas crisis morales y de fe que Dios consiente, no son sino oportunidades para que todos nosotros podamos mejorar.


La presencia del mal en el mundo no tiene que ser ocasión de desesperanza o pérdida de la fe, sino de agradecimiento a Dios por su infinita "paciencia".

martes, 8 de abril de 2008

Contra el mal, transmitir amor.

Seguiremos hablando de nuestra lucha contra el mal.

Si no es contra la carne ni contra la sangre, si nuestra lucha es contra el mal, contra el maligno, entonces debemos adaptar nuestras armas a la pelea. Si el hombre es esclavo de la mentira y del pecado (¿serán ambas la misma cosa?), no sabrá reconocer la verdad ni la virtud, por mucho que nos empeñemos en mostrárselas. Por lo tanto, no se trata de luchar contra el mal con argumentos y manifestaciones públicas: por cada razón nuestra, el maligno les suscitará cien que les llevarán a posiciones mucho más cómodas y placenteras; y quizá esos contra-argumentos confundan a muchos de los nuestros....


No se trata de con-vencer al que está equivocado; se trata de conseguir que quiera ser convencido; se trata de cambiar su corazón. Y sólo hay una forma de cambiar el corazón de un hombre: transmitiendo el bien y la bondad, en definitiva, amando. Porque hay una distancia infinita entre "explicar" el bien y la verdad y "transmitir" el bien y la bondad: las teorías se quedan en eso, en teorías; pero el amor llega fácilmente al corazón y lo transforma.


Se trata de que los demás sientan el amor en la verdad y en la virtud, para que por sí mismos quieran conseguirlos. Como la parábola de la perla valiosa, el tesoro escondido y las demás similares: el que los encuentra vende cuanto tiene para conseguirlo. Entonces ya no necesitamos armas, porque es el convertido el que está deseando que le venzamos, el que ansía la verdad y la virtud: caen sus escamas de sus ojos y ya lo ve todo claro.

¡Ay, si pudiésemos transmitir esta amor!

miércoles, 12 de marzo de 2008

Nuestra lucha es contra el mal

Nos recuerda Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret las palabras de San Pablo a los cristianos de Éfeso: .....porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos... (Efesios 6, 11-12). Esta frase tienen plena aplicación actual: los niveles de corrupción de la sociedad actual no son debidos a los simples errores o pasiones humanas. El alcance territorial y la intensidad de las aberraciones que hoy se plantean con toda normalidad, incluso contradiciendo las más elementales razones sociales, ponen de manifiesto que todo se debe a un plan perfectamente organizado por el maligno, que utiliza además las debilidades y pasiones humanas para acelerar y magnificar su efecto.

Por ejemplo, ¿cómo una mente racional puede encontrar lógico que una niña de 17 años no pueda ni siquiera comprar tabaco; pero que pueda consentir relaciones sexuales plenas con adultos o abortar desde los 12 años sin consentimiento paterno? ¿Cómo el mismo legislador que cierra los ojos ante las torturas a que se someten a los fetos durante los abortos, puede aprobar una Ley que proteja a los animales de los malos tratos en sus traslados? ¿Qué sociólogo fomenta las uniones homosexuales en una sociedad envejecida por la falta de natalidad? Ante la destrucción de la sociedad actual por falta de fidelidad matrimonial, ¿qué ciudadano recomendaría como solución el divorcio rápido? Y lo que es más extraño: las personas que no están directamente involucradas en esta situaciones, ¿cómo no denuncian estas estulticias sociales?

La propia irracionalidad de muchos de los males que actualmente acosan a la sociedad occidental, la rapidez con que se han extendido estas absurdas propuestas, y el silencio con el que son recibidas por personas supuestamente sensatas, manifiestan a las claras que responde al plan preconcebido por quien quiere destruir la naturaleza humana como forma de destruir la creación de Dios; y utiliza como primer arma la mentira, que queda encubierta por el interés de quien satisface en ella sus pasiones o fomenta su soberbia.

Porque muchos de los actuales planteamientos insensatos se han basado en mentiras que no tienen ningún apoyo ni sociológico ni científico; pero que nadie quiere desmentir; o no se atreven a hacerlo por temor a ser tachados de retrógrados, es decir por la soberbia de no perder su prestigio.


A menudo nos empeñamos en atacar a las personas que lideran estas posturas, o pensamos que cambiándolas mejorarán las cosas; pero el problema no son ellos (pobres tontos equivocados), sino en el mal que subyace y alienta esas insensateces... y subyace también en personas que sin defenderlas abiertamente, se han dejado atraer por la misma pasión o la misma soberbia; personas que nos parecen mejores o tienen actuaciones acertadas en otros campos, pero que en el fondo ya están infiltradas con ese mal.

No quiero, no puedo, ponerme pesimista, ya que me consta que el Bien triunfó sobre el mal definitivamente cuando Cristo resucitó. Simplemente quiero poner de manifiesto que nuestra lucha debe centrarse en ser nosotros mejores, en hacer mejores a los demás, en rechazar ese mal pequeño, que parece no tener relevancia, como modo de frenar el mal que nos parece enorme.


No basta con resistir pasivamente al mal, tenemos que ahogarlo con nuestro bien.

Y recemos para que Dios se decida a rectificar el rumbo de la humanidad, en vez de esperar a que nos despeñemos por el precipicio al que nos dirigimos a buen paso.

miércoles, 5 de marzo de 2008

¿Derechos de los católicos?

Otra confusión habitual con respecto al cristianismo y la vida pública es el ejercicio de nuestros derechos. Por supuesto que todo hombre -cualquiera que sea su Fe- puede reclamar sus derechos: ¡por eso son derechos!

Pero cuando un católico se adentra en la vida pública, o un particular participa en la vida social, lo hace -como ya hemos dicho- por vocación de servicio al bien común y a los demás. Entonces, por su propio peso se desprende que ya no podrá ejercer todos sus derechos, sino que cederá algunos para beneficio de los demás; y asumirá obligaciones que no le son en sí mismas exigibles, pero que facilitan su labor. En esto consiste nuestro un auténtico servicio público basado en la caridad.

Porque, si los católicos nos rigiésemos por el mismo código de derechos y obligaciones que los demás, ¿en qué nos distinguiríamos? ¿Acaso es éste el espíritu de las bienaventuranzas o el sermón de la montaña? Y mucho menos: ¿podemos usar el nombre de católicos para exigir derechos o rechazar obligaciones?


Por supuesto, esto es tan aplicable al católico particular como a la Iglesia como institución.

Civilmente tenemos los mismos derechos y obligaciones que los demás; pero nuestra Fe nos impone muchas más obligaciones sociales y nos restringe alguno de nuestros derechos.

Esta es la vocación del cristiano.

miércoles, 27 de febrero de 2008

¿Gobierno u oposición?

Otra consecuencia de la vocación hacia el bien común de todo cristiano, especialmente plasmada en aquellos que se dedican a la vida pública, es que el católico no puede seguir la táctica habitual de confrontación y división del contrario. La búsqueda del bien común nos llevará a admitir lo bueno que haya en cada propuesta, la formule quien la formule; y a rectificar los errores propios cuando se pone de manifiesto que nuestra propuesta no es la mejor.

Pero claro, para poder seguir esta táctica nueva, no podemos depender de los intereses de partido; no podemos supeditar nuestros principios a la continuidad en el servicio público, ni al beneplácito de la opinión pública. Es decir, de nada sirve mantener el gobierno a toda costa como plataforma para hacer el bien común, si para ello nos vemos obligados a forzar nuestras propias convicciones o acallarlas, en definitiva, a soslayar el bien común. En estas condiciones, el poder o la influencia política de nadas sirven para la transmisión de nuestras propuestas sociales.

El que accede a la política como servicio tiene que estar dispuesto a hacerlo desde la oposición, modelando y encauzando las propuestas y actuaciones de aquellos que ejer­cen el gobierno: una oposición leal, pensando más en servir a la población con nuestras ini­ciativas y críticas que en derribar al gobierno para sustituirlo. Parece utópico, pero sería un camino mucho más rápido, honesto y democrático de alcanzar dicho gobierno: que la defensa honrada de planteamientos y valores sociales y democráticos lleve a que el pueblo deposite su confianza en políticos tan despegados de sus intereses.

Se produciría la paradoja habitual: buscar antes el bien común que el poder es la mejor manera de que la sociedad deposite en nosotros su confianza; y así alcanzar el gobierno desde el que ponerlo en práctica.

domingo, 24 de febrero de 2008

Política y Fe

El objetivo último de un católico debe ser transmitir nuestra Fe, que es el ma­yor bien que tenemos y, por tanto, la mejor manera de cooperar al bien común.

Pero para transmitir la Fe no es necesario detentar el poder público: se puede hacer, como siempre se ha hecho, desde el callado ejemplo de nuestras vidas. Es más, el poder suele ser un flaco aliado de la Fe y la verdad... y está demasiado cerca de la tentación de corrupción, o por lo menos, del provecho personal.

Si no somos capaces de transmitir nuestra Fe sin el amparo del poder público, no la transmi­tiremos nunca: porque el objeto de la Fe no son las cuestiones públicas y materiales, sino el propio Dios y el amor al prójimo. Muy al contrario, la experiencia demuestra que el poder suele sofocar y corromper esa misma Fe que pretende defender.

Deberíamos, por tanto, preocuparnos más por transmitir nuestra Fe usando los medios comunes a nuestro alcance, que de criticar las posturas contrarias que puedan aparecer públicamente, en especial cuando provienen de formaciones políticas: podría confun­dirse nuestra evangelización con demagogia; y nuestra búsqueda del bien común, con la defensa de intereses privados, sean legítimos o no.

lunes, 18 de febrero de 2008

¿Rezar o gritar?

Hay quien asegura que la única esperanza de nuestra civilización ante la presente crisis es que los católicos triunfen al construir la sociedad de acuerdo con el plan de Dios, de acuerdo con la propia naturaleza social del hombre, empezando por rescatar la familia, su célula básica. Pero nuestro éxito dependerá más de nuestra propia vida interior, de nuestro amor personal a Dios, que de nuestra organización política.

Por esto, la actuación del católico en la política tiene que buscar más el servicio de la verdad que a la imposición de un programa concreto; la transmisión de valores, que el ámplio consenso. Nuestros escritos, nuestras manifestaciones públicas, las hacemos para sacar del error al ciudadano, tantas veces engañado por quien sólo tiene intereses partidistas. Por supuesto, podemos pro­poner soluciones técnicamente ingeniosas y convincentes, dentro del amplio márgen que la actuación pública y el bien común proporcionan; podemos dedicarnos a la organización; pero entonces no estaremos construyendo la sociedad cristiana y no podremos contar con la ayuda del Único que puede ayudarnos.

Si, además, nos limitamos a criticar al gobierno de turno -con o sin razón- con el único objetivo de derribarle o enajenarle el voto, entonces se confundirán nuestras propuestas sociales con objetivos menos nobles; y, sin darnos cuenta, podríamos estar de­fendiendo intereses incluso innobles de quien se sube a nuestro carro con el único afán de sacar provecho.

Más nos valdría, si queremos tener éxito, actuar en política más por amor al prójimo que por odio al contrario: veríamos que es bastante más efectiva una cadena de oración (que derramará sus gracias sobre ambas partes), que una manifestación callejera millonaria; y, además, ¡la oración nunca enfadará al contrario!


Nuestro único grito debería ser: ¡más oración y menos manifestación!

domingo, 17 de febrero de 2008

La política al servicio de la verdad

Hablábamos en la anterior entrada sobre la necesaria coherencia de los católicos en su actuación política; que tiene que ser una vocación de servicio al bien común.

Pues bien, quizá la primera clave nos la da Benedicto XVI en el discurso que no le dejaron pronunciar los liberales y tolerantes (que son los primeros en imponer censuras y decidir qué es lo que se puede tolerar) en la universidad La Sapienza: el primer servicio es hacer política en base a la verdad.

La actuación del católico no puede limitarse a la lucha por conse­guir mayorías aritméticas, sino que debe desarrollar un "procedimiento argumental sensible a la verdad". Pero, con frecuencia, la sensibilidad a la verdad cede ante la sensi­bilidad de los intereses partidistas o la conveniencia de dar la razón al público, para conseguir su voto. Por esto mismo, sería interesante escuchar otras instancias distintas de aquellas que, como los partidos políticos, tienen intereses concretos en la determina­ción de qué es la verdad. Por esto es especialmente necesario el servicio de aquellos que acceden a la vida pública para servir al bien común en vez de hacerlo para servirse de ella: sus opiniones resultan más fiables. También por esto es más infame el ataque a la Iglesia cuando expresa sus opiniones morales y su ética social, ya que lo hace bastante más independientemente que aquellos agentes sociales que persiguen un interés propio.

No obstante, tenemos que reconocer que el ejemplo de tantos que se dicen católicos no es precisamente el que acabamos de exponer; y que también se ha podido confundir, en algunas desafortunadas ocasiones, la defensa del bien común con la defensa de los legíti­mos derechos de la Iglesia; que los tiene, pero que deben ceder siempre ante el bien común.

Hasta que no haya un ejemplo claro de anteposición del bien común al personal en la actuación de los políticos católicos, nuestra influencia en la vida pública será nula o negativa.

jueves, 31 de enero de 2008

Los católicos y la política

Los católicos debemos participar en la vida publica por dos razones: por una parte, nuestra vocación es de servicio y éste es un servicio social; por otra, participar en la vida pública es un modo de transmitir el Evangelio de forma práctica. Pero ambas razones nos comprometen a participar de una forma específica: con espiritu de servicio y como modelo de vida evangélica. El católico que se apunta a la política no puede hacerlo como está al uso: más para servirse de ella, que para servir a los demás; y sus propuestas electorales tienen que basarse más en la búsqueda del bien común, que en el afán de ganar votos para perpetuarse en el poder.

En España estamos en pre-campaña electoral; pero vemos que ninguno de los partidos relevantes [los que tienen auténtica presencia social] cumple los anteriores requisitos: sin excepción, pretenden servirse de la política; y para conseguir los votos necesarios son capaces de cualquier cosa.

No obstante, hay católicos declarados entre los miembros relevantes de los partidos españoles; en algunos partidos, muy especialmente. Entonces ¿por qué no se cumplen en esos partidos los requisitos de servicio y bien común? Quiza sea porque la mayoría de los católicos, al poco de llegar al mundo de la politica, ya están más preocupados por los intereses de su partido que por los motivos que les llevaron a la política: ...si de todas formas no iba a conseguir cambiar nada, mejor que esté yo a que me sustituya un ateo..., se dicen. Esta es la falacia que les permite seguir en partidos e instituciones que atentan directamente contra su fe. Y esto es tremendamente falso, porque para hacer -o consentir- el mal es mejor que el responsable sea un ateo, a que sea una persona con etiqueta católica: porque el ateo, ni escandaliza ni compromete su fe; pero el católico que consiente con su voto y apoyo público ese mal, escandaliza y prostituye su Fe.

¿Cómo debe comportarse un político católico ante el actual panorama? Pues está muy claro: o actúa coherentemente con su fe, o se retira... aunque eso le cueste el puesto de trabajo.

¿Cómo debe comportarse un votante católico? Pues está igual de claro, buscando con su voto defender los valores evangélicos, o votando en blanco... aunque eso suponga la derrota del partido que más defiende su sintereses personales.

Por supuesto, estoy hablando de política; pero no es mi intención hacer política desde este blog, sino transmitir la Doctrina Social de la Iglesia al respecto.