jueves, 28 de noviembre de 2013

La misericordia y la exigencia

Como continuación a las entradas sobre el amor y el perdón, me gustaría poner de manifiesto otra de las aparentes contradicciones del Cristianismo: la oposición entre la misericordia de Cristo con los pecadores y la exigencia que demuestra en otros pasajes del Evangelio.
Evidentemente, la misericordia de Cristo queda clara en muchos pasajes del Evangelio, en los que se apiada de los enfermos o pecadores y después les despide diciendo: “vete y no peques más”.
Se apiada de la mujer adúltera a quien quieren lapidar (Jn 8, 3-11); también  de María Madalena, la pecadora, que le baña los pies con perfume en Betania (Mateo 26, 6-13); de Zaqueo, jefe de publicanos (Lc 19, 1-10) y de hospeda en su casa; a Mateo, también publicano, le recibe entre los apóstoles (Mt 9, 9-13). Perdona a Pedro después de la negación, y le confirma como cabeza de la Iglesia (Jn 21, 15-20). También perdona a todos los demás su huida durante la pasión; y hubiese perdonado a Judas si éste se hubiese arrepentido, como perdonó expresamente a aquellos que le estaban crucificando (Lc 23, 34). 
No cabe la menor duda de que Jesucristo era misericordioso, rápido para el perdón y la disculpa; y pronto a soslayar aquellas tradiciones que le hubiesen impedido hacer el bien a alguien, como cuando cura en sábado (Lc 13, 10-17 y  Lc 14, 1-6) o disculpa a los discípulos que recojan espigas en sábado (Mt 12, 1-8) o que coman sin haber hecho las tradicionales abluciones (Mt 15, 2-11). Cuando le preguntan por qué los apóstoles no hacen penitencia como los discípulos de Juan el Bautista, les contesta aquello de que los amigos del esposo no tienen que hacer penitencia… que ya habrá tiempo (Mt 9, 14-15). Y reflejo de todo esto es su expresión “venid a mí los que estáis cansado y agobiados…” (Mt 11, 28-30)
A la vista de todo lo anterior podría decirse que Jesús era un poco blando, poco exigente con sus propios principios; pero no es así, como podré demostraros en las siguientes entradas.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La moral, ¿es algo exclusivamente personal? (y3)

Y terminamos con el comentario de los dos últimos mandamientos -el 9º y el 10º-, los más aparentemente personales, los que se refieren al pensamiento y el deseo:

No consentirás pensamientos impuros: Esto sí que es algo exclusivamente moral, personal de la conciencia de cada uno y que dependerá de sus creencias: en el pensamiento ajeno nadie puede meterse. ¿O sí que puede? Veamos.

No, porque efectivamente el pensamiento no puede regularse en un código, entre otras cosas, porque no podríamos controlar su cumplimiento.
Sí, porque de hecho sí nos metemos en el pensamiento ajeno y tratamos de regularlo; porque el pensamiento suele ser el primer paso para una conducta… y un pensamiento impuro es el primer paso, para una conducta impura. Así, en los colegios se trata de prevenir la xenofobia y el racismo, como mejor manera de prevenir la violencia hacia estos colectivos.

Quizá tengo que aclarar que en la moral cristiana “pensamiento impuro” no se refiere sólo a la cuestión sexual –que también- sino a cualquier pensamiento de algo que no sea lícito. Por ejemplo, no debo imaginarme con demasiado detalle el cuerpo de esa vecina tan guapa, aunque no tenga intención de llegar a mayores; pero tampoco debería pensar en lo formidable que sería estafar a mi empresa aprovechando las oportunidades que me da mi cargo, aunque por ahora no tenga previsto ponerlo en práctica.
En los dos casos anteriores, ningún juez podría condenarme. Pero yo me pregunto: si se enterasen, ¿me condenaría el marido de la vecina?, ¿me condenaría mi jefe en la empresa? Por supuesto, mi vecino y mi jefe considerarían poco ético que me entretuviese con esos pensamientos, porque en el fondo, esta parte de la moral cristiana no va tan desencaminada, ya que trata de prevenir posteriores conductas que sí tienen reflejo social negativo.

No codiciarás los bienes ajenos: aquí sí que nos encontramos con la mayor de las paradojas. Es un precepto exclusivamente moral. La sociedad, muy al contrario, admira y promueve la ambición: el capitalismo y el sistema de mercado descansan en que cada uno trate de obtener el máximo beneficio, como mejor manera de optimizar la economía general. La ética nada tiene en contra de que una inmensa cantidad de dinero se concentre en unas pocas manos, siempre que lo hayan obtenido legalmente…
Pero esto es solo una apariencia, porque en realidad sí se considera reprobable la especulación, el enriquecimiento rápido, el abuso de posición, por no mencionar el tráfico de influencias y la información privilegiada. Aquél que está siempre pensando en cómo hacerse con lo ajeno, por muy legalmente que sea –en muchos casos porque las leyes no pueden prevenirlo todo-, provoca el rechazo social; y muchas veces con la consabida frase de “forrarse así es inmoral”. Repito: si hay acciones legales pero inmorales, entonces, ¿por qué hemos proscrito esa moral?
Alguien dijo que la presente crisis financiera ha sido provocada por la codicia de algunos… Creo que Occidente debería repensarse su postura frente a la moral…; si el décimo mandamiento se respetase más, el código penal tendría que aplicarse menos y habría menos crisis económicas.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La moral, ¿es algo exclusivamente personal? (2)

Seguimos repasando los mandamientos cristianos, para ver si son algo exclusivamente para los cristianos, o podrían generalizarse:

No robarás: volvemos a encontrarnos con un precepto moral que también está ampliamente reflejado no sólo en la ética social, sino en los códigos penales de todos los países. Es cierto que la moral va un paso por delante y proscribe conductas que el código penal no recoge; pero la ética sí las contempla. En estos momentos de crisis económica, la sociedad rechaza abiertamente el enriquecimiento de unos a costa de los otros, por muy legal que sea: se está tratando de imponer un código ético que deba ser respetado por políticos, sindicalistas y banqueros… Y me parece muy bien. Pero parece que nos hemos olvidado que todo eso ya lo tenía previsto la moral cristiana, cuando apela a la conciencia de cada uno para no aprovecharse del prójimo… Es más, cuando los ciudadanos se enteran de las indemnizaciones que algunos cargos cobran por dejar el puesto que tan desafortunadamente desempeñaron, suelen exclamar: ¡eso es inmoral! Entonces, ¿por qué hemos proscrito esa moral?
No mentirás ni darás falso testimonio: Lo de no mentir, sí que se considera, a priori, algo exclusivamente moral, porque la mentira no puede regularse penalmente: es algo de lo que habitualmente sólo el que miente sabe que lo está haciendo. Pero luego vemos que los ciudadanos se escandalizan -y, por supuesto, yo tambén- cuando comprueban que sus políticos les han mentido… Recuperemos, pues, en nuestro código ético la proscripción de la mentira; o mejor, recuperemos en esto la moral cristiana, para que a cada uno le vigile su conciencia para no mentir más… Por supuesto, lo del falso testimonio no solo está rechazado por la moral, sino que también está tipificado por los códigos penales como delito.

En estos dos mandamientos vemos que se mezcla la moral con el código penal: luego nuestra moral cristiana tampoco anda tan descaminada en sus recomendaciones...

Y, ala vista de esto, ¿es la moral algo exclusivamente personal?...

Seguiremos.

lunes, 18 de noviembre de 2013

La moral, ¿es algo exclusivamente personal?

Decía en la entrada anterior que se considera la moral un concepto religioso y sólo exigible, por tanto, a quien practica las creencias de las que procede dicha moral. Quizá en algún caso sea así; pero en lo que a la moral cristiana se refiere, ésta tiene amplia base y reflejo en la conducta social; y, por tanto, no es algo exclusivamente personal.
Por ejemplo, la moral judeo-cristiana se basa fundamentalmente en los Diez Mandamiento que Dios le escribió a Moisés; y que suponen un compendio de la conducta humana de lo más completo…; y, comparado con los hábitos de aquella época, supone un código de conducta avanzadísimo. Los cinco primeros regulan las relaciones del hombre con Dios: son más específicamente "religiosos", por así decirlo. Pero los demás son totalmente sociales. Repasémoslos:
Honrarás a tu padre y a tu madre: por supuesto se trata de algo íntimo de la persona que lo practica; pero también contiene toda una salvaguarda del orden social: si la familia –célula básica de la sociedad- es fuerte y marcha bien, toda la sociedad irá bien. Entonces, ¿sería lícito exigir a los no cristianos que cumpliesen esta norma en beneficio de la sociedad? ¿No es una obligación religiosa que también tiene connotaciones éticas?
No matarás: no se puede hacer mal al prójimo, porque todos somos hijos de Dios; pero ¿no está claro que también es una obligación ética exigible en cualquier sociedad de cualquier creencia?
No cometerás adulterio: es una obligación para los cristianos ser fiel a la propia esposa/marido y respetar a la esposa/marido de los demás. Pero ¿no es también una exigencia ética? ¿No es una norma fundamental para proteger la familia y, en consecuencia, el tejido social? Hasta hace bien poco, en la mayoría de los países occidentales el adulterio era un delito, ya que suponía el quebrantamiento grave del contrato matrimonial. Pero, si queremos evitar el adulterio, no sería bueno que cada uno tuviese controlada su sexualidad, evitando excesos… Por supuesto, esto ya es más difícil de regular desde el código penal, pero sí se podrían generalizar normas éticas que evitasen ese hiper-sexualismo que es lo que a la postre lleva al adulterio, las agresiones sexuales, la pederastia y tantas otras conducta que están reprobadas por la sociedad. ¿No somos un poco hipócritas? Si tanto reprobamos estas conductas que consideramos tan graves, ¿por qué no sugerimos filtros que ayuden a evitarlas? ¿Por qué no promovemos entre nuestros estudiantes el autocontrol de la sexualidad para evitar futuros problemas? ¿Por qué no se rechaza la pornografía generalizada que a muchos les lleva al descontrol de sus impulsos sexuales? Es que éstas serían posturas morales; y en esto no se puede meter la sociedad porque es algo privado. Hipocresía. Sí, son posturas morales, pero su implantación produciría beneficios sociales innegables.
Seguiremos hablando, porque nos quedan otros cuatro mandamientos...

sábado, 16 de noviembre de 2013

Moral y ética

La moral es algo muy mal considerado en la civilización occidental, incluso por aquellos que respetan la ética. En definitiva, ambas vienen a ser lo mismo: un límite a la actuación humana, la exclusión del libertinaje. Entonces, ¿por qué una está proscrita y la otra ensalzada?

Pues está muy claro. En primer lugar, porque se considera que la moral es un concepto cristiano y todo lo referente al Cristianismo no está de moda en Occidente. Es decir, se considera que la moral está ligada a las creencias religiosas, a la conciencia íntima de cada uno, a su relación personal con su Dios; y por tanto, la moral debe ser algo individual, personal de cada uno, que no puede exigirse de los demás, de la que mejor no hablar en público. Por otra parte, se considera que la ética es la norma de comportamiento social, es decir, regula la conducta que es exigible a todo ciudadano en lo que afecta a los demás ciudadanos; no tiene, por tanto, connotaciones religiosas ni depende de las creencias: todos deben respetarla.
No deja de ser acertada esa distinción. Pero tenemos que matizarla en lo referente a ambos conceptos. Con respecto a la moral, no se puede aseverar que dependa de las creencias personales, pues en su mayor parte la moral –en especial la moral cristiana- se refiere al comportamiento humano con los demás. Hablaremos de esto más adelante.
Con respecto a la ética, según es entendida en Occidente, no se puede considerar que es aplicable a todo hombre en todo lugar y circunstancia, porque la ética social puede diferir de una cultura a otra. Por ejemplo, en cualquier país de la CE sería anti-ético que un mismo producto tuviese precios diferentes para diferentes personas; pero en Oriente, el precio de algo se determina en cada momento y para cada transacción, ya que el precio justo es el que el comprador está dispuesto a pagar.
Si Occidente quisiese rescatar el concepto de Ley Natural, entonces sí podríamos hablar de una ética universal –serían lo mismo-, aplicable siempre, a todos y en todo lugar; porque la Ley Natural, aquella que regula los fundamentos del comportamiento humano, es por definición necesaria, universal e inmutable. Pero claro, el relativismo postmodernista no puede admitir tan rígida limitación de la libertad humana.
Y el problema es que lo único que no admitimos que limite nuestra libertad es precisamente la Ley Natural, porque habitualmente consentimos que muchas otras cosas nos la limiten.
Hablaremos más.

domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Amor o miedo?

Frecuentemente, la Naturaleza se toma su venganza de nuestros excesos; pero ni esto debe ser siempre así, ni es bueno que lo deseemos para los pecadores (todos lo somos), porque debemos desear que el amor de Dios supla nuestras deficiencias.
 
Pero, ¿aparte de estos efectos "naturales", ¿es por tanto igual pecar que no pecar? Ni hablar, porque cuando pecamos dejamos de sentir el infinito amor de Dios por nosotros, que es lo más grande que un hombre puede sentir.
Resumiendo: lo fundamental es la seguridad de que Dios nos ama incondicionalmente, al margen de nuestros pecados; pero es importante tratar de evitarlos (o volver a Él cuanto antes), para poder disfrutar de ese amor.
Muchos dirán -y con parte de razón- que esta enseñanza corre el riesgo de trivializar el pecado y no disuadir al pecador; pero tiene la ventaja de mostrar la verdadera naturaleza de Dios -que es Amor- y de movernos a amarle más y mejor. Digamos que esta enseñanza tan "arriesgada" consigue mejores resultados que la táctica del miedo, que tan habitualmente se ha usado y con escasa efectividad.
 
Y, además, es más acorde con la enseñanza evangélica, basada en el amor a Dios y el prójimo. Es cierto que Jesús también habló del castigo eterno, porque es una realidad que no nos podría ocultar; pero no basó en esto su enseñanza.
La enseñanza del "temor de Dios" se debe reconducir hacia el "temor de ofender a Dios"; y este temor se debe producir más por miedo a separarnos de Dios, que por miedo al castigo o las consecuencias del pecado. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

El amor y el perdón.

Sigamos profundizando en el tema de la entrada anterior.
El amor de Dios es incondicional, porque Dios no puede cambiar su actitud hacia nosotros en función de nuestro comportamiento. Dios nos ha creado y redimido porque nos ama infinitamente, como sólo Dios puede amar; y ese amor no depende de nuestra correspondencia.
Es cierto que odia el pecado, pero no como un hecho en sí mismo, sino porque significa la separación entre el hombre y Dios: es la manifestación de nuestro rechazo a sus indicaciones y a la Creación que nos ha regalado...
Efectivamente, el pecado supone una rebelión contra la providencia de Dios, contra la naturaleza que Él nos ha otorgado; y esto hace que nosotros nos separemos de Él. Esto es lo que Dios odia: nuestro alejamiento. Por eso, en cuanto volvemos a Él, se olvida del pecado porque ha desaparecido su efecto pernicioso. Lo mismo ocurre con nuestro egoísmo y nuestras ofensas a los demás: nos separan de Dios: porque si Dios es amor, el egoísmo es el anti-Dios.
Por supuesto, Dios olvida nuestro pecado cada vez que manifestamos arrepentimiento; pero nosotros viviremos en la otra vida el amor de Dios con la misma intensidad con que lo hayamos vivido en esta vida; y si estábamos totalmente alejados, no podremos compartirlo. No es que Dios nos castigue y rechace; es que nosotros habremos optado por rechazarle a Él.
Así visto, el pecado es más grave para nosotros que para Dios, porque Él lo olvida pero nosotros recordaremos nuestro desamor, hasta que nos reciba plenamente en el cielo.

martes, 5 de noviembre de 2013

La ofensa infinita y el perdón de Dios.

Se trata de otra de las compatibilidades entre dos extremos, que tan frecuentemente vemos en el Cristianismo.
Por una parte, el pecado –ofensa a Dios- es algo tan grave que exigió toda la sangre de Cristo para lavarlo. Esto es comprensible, si vemos la infinita distancia que hay entre el Ofendido y el ofensor; y el inmenso desprecio de la bondad de Dios que supone el ofenderle.
Por otra parte, todo pecado se nos perdona por el mero hecho de arrepentirnos y tener sincero propósito de enmienda, aunque es seguro que volveremos a caer.
¿Cómo se compatibiliza que algo tan caro se pueda comprar tan barato?
Si pudiésemos entender a Dios como entendemos a los hombres, entonces ya no sería Dios. Este es uno de los muchos misterios que seguramente comprenderemos cuando le conozcamos mucho mejor allá en el Cielo. Mientras tanto, nos tendremos que conformar con el ejemplo evangélico del Señor: cómo compagina su propia crucifixión, con el “perdónalos porque no saben lo que se hacen”.
Quizá el catalizador de estas dos realidades sea el amor del Dios-hombre por nosotros: ¡Basta un simple arrepentimiento nuestro, porque Cristo ya nos compró el perdón con su  infinito amor, demostrado en la Pasión!

domingo, 3 de noviembre de 2013

Creer, a pesar de lo que vemos.

Habitualmente se considera que fe es creer en lo que nos dicen, a pesar de que no podemos verlo. Por supuesto, esto es cierto. Pero en nuestros días se da un tipo de fe mucho más exigente. A los cristianos se nos está exigiendo creer “a pesar” de lo que sí vemos.

Efectivamente, se nos exige creer en un Dios todopoderoso y misericordioso, a pesar del mal y la injusticia que vemos en el mundo.
Se nos exige creer en que la Iglesia perdurará siempre, a pesar de las persecuciones que padece y las traiciones y divisiones internas que sufre.
Se nos exige creer en el triunfo definitivo de Cristo, a pesar de que, entre los que le conocen, unos le odian ferozmente y otros prácticamente le iognoran... y los demás somos bastante mediocres. 
Y el mayor de todos los actos de fe: se nos exige creer que Cristo está realmente presente en la Eucaristía, a pesar de que solo vemos pan y vino.
Quizá si practicásemos más a menudo este último acto de fe, los demás nos resultarían más fáciles…

¡Y no hay mejor manera de creer en la Eucaristía que adorarla!

miércoles, 30 de octubre de 2013

Lumen Fidei (y6)

Nos dice el Papa que Dios al revelarse no tiene reparo en mostrarse como nuestro Padre y llamarnos sus hijos; pero en la sociedad moderna existe como una vergüenza de reconocerle no ya como padre, sino como simple creador (si es que a la Creación se la puede calificar de "simple"):

¿Seremos en cambio nosotros los que tendremos reparo en llamar a Dios nuestro Dios? ¿Seremos capaces de no confesarlo como tal en nuestra vida pública, de no proponer la grandeza de la vida común que él hace posible? La fe ilumina la vida en sociedad; poniendo todos los acontecimientos en relación con el origen y el destino de todo en el Padre que nos ama, los ilumina con una luz creativa en cada nuevo momento de la historia.

Y nos recuerda que la sociedad occidental está basada en la Fe cristiana; y es debido al Cristianismo que Occidente ha influido positivamente en otras culturas, llevando lo que de más humano tiene. Pero cuando esos fundamentos desaparecen, también la civilización occidental se resiente:

Cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella, como advertía el poeta T. S. Eliot: «¿Tenéis acaso necesidad de que se os diga que incluso aquellos modestos logros / que os permiten estar orgullosos de una sociedad educada / difícilmente sobrevivirán a la fe que les da sentido?». Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida.

Y nosotros tan orgullosos de un laicismo ateo que nos está haciendo desaparece como civilización, aunqeu sólo sea por la falta de natalidad...

domingo, 27 de octubre de 2013

Lumen Fidei (5)

Uno de los aspectos más destacables de la primera encíclica del Papa Francisco es la unión que hace entre Fe y Amor.

La Fe, que procede de la absoluta autoridad de Dios, nuestro creador, sin embargo se presenta más como producto de Su amor...

Dios no nos impone la Fe; es decir, no se revela omnipotentemente para someternos (no tendríamos otra alternativa que creer en Él después de haberle visto), sino que se va revelando discretamente a través de su acción en el hombre, para que éste le ame... pero le ame libremente.

Así, la fe confiesa el amor de Dios, origen y fundamento de todo, se deja llevar por este amor para caminar hacia la plenitud de la comunión con Dios. El decálogo es el camino de la gratitud, de la respuesta de amor, que es posible porque
, en la fe, nos hemos abierto a la experiencia del amor transformante de Dios por nosotros. Y este camino recibe una nueva luz en la enseñanza de Jesús, en el Discurso de la Montaña (cf. Mt 5-7).

Así, un primer paso de ese amor de correspondencia sería cumplir el decálogo de Dios, que es el reglamento adecuado a nuestra naturaleza: reconocemos que nos ha creado por amor y cumplimos las normas que indican el camino a seguir.

Pero existe un segundo paso, el que Cristo mismo quiso dar primero y explicárnoslo después. Se trata de ir mucho más allá de lo que es correcto, lo que es bueno para nuestra naturaleza. Ahora se trata de darse, de excederse dándose a Dios; y éste quiere que lo hagamos dándonos a los hermanos, que son también sus hijos. Este camino de segundo nivel está recogido en el Sermón de la Montaña: las Bienaventuranzas y demás consejos evangélicos (amar al enemigo, rezar por los que nos persiguen, poner la otra mejilla, etc.) 

viernes, 25 de octubre de 2013

Lumen Fidei (4)

Nos explica el Papa que en la tradición judía la Fe se recibía a través de la revelación de la Palabra divina: Dios habló a Abraham y habló a Moisés. Por el contrario, en la tradición griega, la fe llega por la luz, por la contemplación de las cosas.
El Cristianismo, de hecho, ha conjugado ambas posibilidades: La fe nos puede venir tanto a través de la luz, viendo la creación; como a través de la Palabra, recibiendo el mensaje evangélico por el testimonio de los hermanos o la lectura de la Biblia.
Consecuentemente, la Fe que hemos recibido se debe convertir en luz (tenemos que reflejar la que hemos recibido, como si fuésemos espejos); pero también requiere de nuestro testimonio, de nuestra palabra: no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído... (Hechos 4, 19-20).
Y en palabras del Papa: Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. La fe, puesto que es escucha y visión, se transmite también como palabra y luz. El apóstol Pablo, hablando a los Corintios, usa precisamente estas dos imágenes. Por una parte dice: « Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos » (2 Co 4,13).
¡Es una grave responsabilidad para los que hemos recibido la Fe!

jueves, 24 de octubre de 2013

Lumen Fidei (3)

Seguimos con la encíclica del Papa Francisco.

En el primer capítulo de la enccíclica, el Papa vincula fe y amor; es más, insiste en que el objeto fundamental de la Fe debe ser el amor de Dios por su criatura:
 
La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad.
 Como decía San Pablo, de las tres virtudes teologales la primera es la Caridad; pero no solo como importancia, sino que también es la que debe aparecer primero en nuestro proceso de conversión. Es el conocimiento del amor de Dios lo que abre las puertas de nuestro corazón a la Fe; y después, como una consecuencia, vendrá la Esperanza en llegar a poseer aquello que amamos y creemos.

Los cristianos solemos basar nuestra predicación en la existencia de Dios; primero tratamos de suscitar la fe en su existencia, como paso previo a cualquier otra explicación. Quizá ese sea el camino lógico en otras religiones; pero para el Cristianismo, lo decisivo es la fe en el amor de Dios por nosotros, en que El nos amó primero y por eso Cristo nos redimió: la fe de los cristianos, o es en el amor de Cristo o no nos llegaremos a enterar de lo que es el Cristianismo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

No explotarás al jornalero

No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra o en tu ciudad. Le darás cada día su jornal, antes de la puesta del sol, pues es pobre y espera impaciente su salario. (Deuteronomio 24, 14-15).

No molestes ni oprimas al forastero, porque también vosotros fuisteis forasteros en Egipto. No maltrates a la viuda ni al huérfano... (Exodo 22, 20-21).

El problema de la inmigración es mucho más antiguo de lo que nos parece; y para los cristianos ya nos quedó claro el criterio en la Biblia, aunque no esté de más recordarlo de vez en cuando...

Y, por supuesto, esa doctrina es aplicable a todos los jornaleros... El abuso de los trabajadores es uno de los pecados que en la Biblia "claman al cielo".


lunes, 21 de octubre de 2013

Lumen Fidei (2)

Nos aclara el Papa en su encíclica que la luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. A veces pretendemos que la linterna de la fe ilumine la totalidad del campo, cuando sólo podrá iluminar el sendero por el que vamos, que es lo realmente necesario. Quizá en estos casos lo que pretendemos no es tanto iluminar nuestra vida, sino más bien saciar nuestra curiosidad; y lo absurdo es que como no lo logramos, apagamos la linterna como si fuese inútil... ¡y entonces nos quedamos totalmente a oscuras! 

Sí, eso hacemos cada vez que prescindimos de la Fe porque ésta no nos lo explica todo: renunciamos incluso a eso que sí nos explica.

El Papa nos pone un ejemplo del actuar de Cristo en nuestra vida: al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y completa nuestra fe » (Hb 12,2).

Porque bien sabemos todos que en los momentos de dolor, no queremos explicaciones, sino compañía...

domingo, 20 de octubre de 2013

Encíclica Lumen Fidei

Estamos en el año de la Fe y el Papa ha publicado su primera encíclica sobre este tema. Ya el título es muy revelador: Lumen Fidei. La Luz de la Fe. Porque como el Papa no se cansará de repetir a lo largo de toda la encíclica, la Fe es más una Luz que un mero convencimiento. Es la luz que nos permitirá ver el amor y comprendernos a nosotros mismos.

Una primera idea: en Occidente hemos tratado de eliminar la fe de nuestra vida, como si fuese algo totalmente pasado, como si la fe ya no fuese una forma posible de conocimiento. Pero es curioso que lo hemos hecho sólo en el ámbito de lo espiritual: hemos eliminado la fe religiosa como algo absurdo; sólo puede creerse aquello que puede ser comprobado empírica o científicamente; lo demás no es conocimiento válido. Y pensamos que después de esta eliminación todo puede seguir funcionando igual, porque hemos eliminado algo no sólo superfluo, sino incluso inconveniente.

Veamos si esto es así. Eliminemos la fe de los otros ámbitos de la vida, no sólo del espiritual. Eliminemos la fe de la vida ciudadana, de la comunicaciones, de la enseñanza, de las relaciones comerciales, etc. etc. Porque aunque no nos demos cuenta, estamos constantemente ejercitando nuestra fe en los demás, en lo que nos dicen. Imagináos que no nos creyésemos ninguna noticia si no la hemos comprobado personalmente. O que no comprásemos ningún producto en el supermercado sin abrir la caja y comprobar lo que tiene. Que los alumnos no se creyesen lo que les dicen sus maestros, sino que se empeñasen en comprobarlo; y por supuesto no se creerían ninguna verdad científica, por mucho que haya sido comprobada, ya que no se creerían esa comprobación... O que simplemente no nos creyésemos que los demás van a respetar un semáforo rojo, o que van a funcionar los frenos de nuestro coche,que acabamos de sacar del taller, o que el avión en el que nos hemos montado va a soportar nuestro peso, o el barco seguir a flote...
 
Es evidente que la vida como la conocemos no sería posible sin un constante ejercicio de fe; porque sin la fe como una de las fuentes del conocimiento, la vida y el progreso son imposibles.

Pues bien, nuestro mundo libre occidental se ha edificado sobre la fe cristiana, sobre la fe en la dignidad intrínseca de cada hombre porque todos somos hijos iguales de un mismo Dios. Y ahora se ha eliminado toda esta fe y se pretende que esto no tendrá consecuencias, y consecuencias graves.

Pues yo creo que esas consecuencias ya las estamos sufriendo y son muy graves; pero claro nadie quiere reconocer a qué son debidas aunque cada vez son mas evidentes. Porque reconocer esto ya sería un ejercicio de fe...; preferimos creernos cualquier otra explicación que se invente el listillo de turno.

miércoles, 16 de octubre de 2013

No se trata solo de Fe, sino de Caridad (2)

Podíamos seguir con nuestro ejemplo de la entrada anterior y repasar las diferentes actitudes con las que se puede encontrar nuestro "camarero celestial".

Podríamos encontrarnos con quien responde con grosería y malas palabras (¿blasfemias?) a las atenciones recibidas; quien nunca está contento con el servicio recibido y exige a gritos algo más y mejor. Por supuesto, esta es una actitud que cualquiera rechazaría.

También habría quien se comportase con absoluta indiferencia; algunos ni siquiera se da cuenta de que eso que se esta tomando lo ha preparado una persona, no una máquina; que todo lo que les rodea se lo deben a Alguien... Serían los ateos...

Por supuesto, una gran mayoría -como en el ejemplo de la entrada anterior-, se comportaría con agradecimiento e incluso dejando propina...; quizá  algunas oraciones. Reconocemos lo bueno que recibimos y consideramos que con nuestra respuesta cortés, compensamos sobradamente los esfuerzos de nuestro camarero celestial. Es más, después de la propina, es él quien nos tiene que estar agradecidos. Son las personas creyentes, que consideran que con rezar de vez en cuando a su Creador y asistir a algunos actos piadosos, han cumplido...

Pero la manera correcta de comportarse con quien tantas atenciones tiene constantemente con nosotros debe ir mucho más allá: tenemos que mirar a los ojos al divino camarero, para establecer una comunicación interpersonal, de corazón a corazón, reconociéndonos mutuamente los sentimientos; y entonces el agradecimiento y la propina ya no están fuera de lugar, porque se dirigen a la persona, con afecto..., no le estamos comprando, sino compartiendo...

Por supuesto, existe una respuesta perfecta: la de aquél que también se enamora del Amor, lo deja todo y se entrega...

De verdad, ¿no sientes curiosidad por conocer al divino camarero, que tantas molestias se ha tomado por ti?

domingo, 13 de octubre de 2013

No se trata sólo de Fe, sino de Caridad

Entra una mujer hermosa en la cafetería para su desayuno matutino; y el camarero que está perdidamente enamorado de ella, la atiende con mimo: le prepara ese café con leche en el punto y la temperatura que le gusta, le tuesta el pan por los dos lados, sin quemarlo, con la mantequilla necesaria para que esté crujiente, pero no grasiento,y se lo acompaña con esa mermelada especial que a ella tanto le gusta, pero que está fuera del precio del desayuno ordinario. Y, por supuesto, se lo pone todo rápido y con una sonrisa.
Ella, que es una buena mujer, no olvida agradecer la eficacia de ese camarero tan servicial. Realmente está encantada con que él recuerde sus gustos y la atienda tan bien y rápido; y no olvida dejar cada día una buena propina: es de bien nacidos estar agradecidos.
Él, espera a que ella haya salido de la cafetería para recoger su desayuno y llevarse con cierta amargura la propina. Porque él no actúa así por mera eficacia -que también tiene con otros clientes-, ni por el interés de la propina -que sí tiene cuando se trata de otros clientes-, sino porque está enamorado de ella. Y lo que espera no es su agradecimiento ni su propina; lo que él quiere es una sonrisa, una muestra de cariño, de correspondencia al amor que tiene.
Pero claro, no se puede corresponder a un amor que se ignora; y nuestro camarero seguirá pacientemente esperando día tras día...
Cuantas veces, en nuestro trato con Dios -que es el camarero que nos mima porque nos ama- somos como esa clienta: creemos en Dios, admiramos su obra, agradecemos su providencia, incluso le rezamos algunas veces a modo de propina...; pero no le amamos...
Y es que tenemos que fijarnos más en que Dios, que es Dios -y no un mero camarero- se rebaja a mimarnos y mendigar nuestro cariño porque nos ama, no por eficacia ni por preservar su Creación... Nos ama más de lo que nunca podremos imaginar; y, por supuesto, mucho más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos...
Cristo no se dejó crucificar para redimir al género humano y restablecer nuestra relación con Dios -esto lo podría haber hecho de forma mucho más sencilla-. Cristo se encarnó y se dejó crucificar porque nos ama con locura... Y hasta que no seamos consientes de esto, ni nos habremos enterado de lo que es el Cristianismo ni podremos corresponder a ese amor...

Y nuestro camarero celestial seguirá pacientemente esperando a que descubramos que nos mima, no por la propina ni el agradecimiento, sino porque está locamente enamorado de nosotros...

lunes, 23 de septiembre de 2013

Vuelta a la actividad

He estado casi séis meses sin escribir nada, debido a varios factores que me han mantenido lejos de este blog.
Trataré de volver cuanto antes, ya que nuestro querido Papa Francisco nos da frecuentes temas sobre los que comentar.

lunes, 25 de marzo de 2013

Lunes Santo

Entramos en la Semana para la que nos hemos preparado durante toda la Cuaresma.
El Lunes Santo es como el comienzo de la Pasión: podríamos fijarnos en la oración en el huerto de los olivos.
Después de celebrar la Pascua rodeado del cariño de sus apóstoles (Judas se marchó pronto), de tener con ellos el gesto de humildad del lavatorio de los piés y de instituir la Eucaristía, les pide que recen con Él durante una hora. Pero los apóstoles caen adormecidos.
No es que no lleguen a cumplir sus brabuconas promesas de que darían la vida por el Maestro, es que simplemente se quedan dormidos, ignoran todo el peligro y dejan solo al Señor.
¡Qué inexplicable es la debilidad humana!
Se entiende que Pedro, por miedo a la soldadesca y a los criados del Sumo Sacerdote, negara a su Señor tres veces; pero no se puede entender que dejen solo a su Señor (por dos veces les encontrará dormidos) después de que éste les hubiese... "amado hasta el extremo", ni siquiera pudieron velar una hora...
Entonces, Jesús no pudo contar ni con la compañía ni el cariño de los que le querían de veras...; todavía podemos remediarlo.