miércoles, 10 de octubre de 2012

¿Conocer a Dios?

¿Podemos nosotros conocer a Dios?
La respuesta es simple: como Dios trasciende todo lo que el hombre es capaz de conocer, es decir, trasciende todo lo creado, por sus propios medios el hombre no puede conocer a Dios. A lo más que puede llegar es a reconocer que debe existir un Dios que ha creado todo lo que el hombre sí es capaz de conocer. Pero llegar a conocer el ser íntimo de Dios nos está totalmente velado.
Y como Dios sabe esto mejor que nadie, ha sido Él quien ha tomado la iniciativa y nos ha revelado su ser íntimo: Yo soy el que soy; el Padre y Yo somos una sola cosa;  os conviene que Yo me marche para que el Padre envíe al Paráclito…
Es cierto que se trata de una revelación algo oscura; pero nos permite ir haciéndonos una idea de cómo es Dios. Quizá es que Dios necesita el lenguaje y los símiles humanos para tratar de explicarnos; y, claro, el lenguaje humano se queda muy corto para transmitir tan complicada realidad. Y es que nos resulta muy difícil asumir que algo tan absolutamente inmenso como es Dios sea tan simple: es el que es, aquél cuyo ser no depende de ningún otro. Pero por otra parte, también nos resulta difícil comprender que el único Dios sea tres personas…: lo simple se nos complica demasiado.
Alguien dijo que si Dios fuera comprensible para el hombre, entonces sería un dios creado por el hombre (al estilo de los dioses paganos del Olimpo), no un Dios creador del hombre.
Pero Dios se revela, y se revela a todos. ¿Por qué unos le reconocen mejor que otros? ¿Por qué unos llegan a amarle y otros ni siquiera consiguen reconocerle?
Es muy sencillo: porque algunos buscan con el corazón limpio y logran ver muy claro, mientras que a otros la suciedad de su corazón les impide a penas reconocer nada. El que quiera que haga la prueba de tratar de ver a través de unas gafas empañadas por la soberbia o el egoísmo: no logrará ver más allá de sus propias narices.

lunes, 8 de octubre de 2012

Dios y la religión

Hay quienes dicen que creen en Dios, pero que no aceptan el Cristianismo –o la Iglesia- con todas sus normas y su moral: que ellos tratan directamente con Dios. Otros se pasan el tiempo buscando la religión verdadera y van dando tumbos de un lado para otro.
Tratemos de llegar al fondo de la cuestión.
La fe, la religión, la moral, la liturgia son cosas puestas a nuestra disposición para lograr el objetivo fundamental: conocer y amar a Dios. Ya sé que muchas veces los cristianos transmitimos la sensación de que el Cristianismo no es más que un montón de reglas morales, con sus prohibiciones y deberes, que nos abruman con sentimientos de culpa y amenazas de castigos. Es culpa nuestra. Porque el Cristianismo no es más que el seguimiento de Cristo como camino, verdad y vida, para conocer y amar al Padre. Y en el Evangelio encontramos más pasajes de perdón, ayuda, compasión y amor, que de castigo y condenación (y los pocos que hay de este tipo se refieren a los hipócritas, egoístas y soberbios, nunca a los pecadores).
El Cristianismo es la religión que Cristo nos enseñó como mejor camino de llegar al Padre; y nadie mejor que Él –que es Dios- puede conocer ese camino, que, como  hombre, también ha recorrido dándonos su ejemplo. Y si queremos llegar al Padre por nuestra cuenta, haciendo caso omiso de las señales que nos muestran el camino, nos será mucho más difícil; y, si no lo logramos, habrá sido por nuestra culpa, por nuestra tozudez en no aceptar consejos.
¿Se puede llegar al Padre por otros caminos? Con nuestro mero esfuerzo, es imposible; pero por gracia de Dios, todo es posible. Esta es la puerta que se abre a todos aquellos que no conocen el mensaje evangélico porque nosotros los cristianos no se lo hemos mostrado o se lo hemos mostrado mal.
Pero conste que, fuera de la revelación, ninguna civilización ha llegado siquiera al concepto de Dios único creador de todo. Las únicas religiones que siguen este camino proceden de la misma revelación divina: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Esto nos da una idea de lo despistado que puede estar un ser humano si Dios no le guía.
Si se ha marcado una ruta segura: ¿por qué empeñarse en seguir explorando sólo?

domingo, 7 de octubre de 2012

Fe y obras

Es esta una discusión clásica en el Cristianismo: ¿Qué es lo que nos salva: la fe en Cristo o las buenas obras? Algunos, apoyados en la predicación de San Pablo, afirman que es la fe en la resurrección del señor la que nos salva. Pero el apóstol Santiago nos recrimina: ¿qué vale la fe si no practicamos las buenas obras?
Lewis, mediante un ejemplo magnífico, nos aproxima a la respuesta: la fe y las obras son como las dos cuchillas de una tijera, ambas son igualmente necesarias si queremos lograr nuestro objetivo. Porque no podemos afirmar que creemos en Cristo si luego hacemos caso omiso en nuestra vida de toda su enseñanza; y tendrían poco valor las obras realizadas por altruismo o filantropía, si nos las referimos al Dios que nos crea y nos salva.
Y yo iría un poco más lejos: ni la fe ni las obras sirven para nada si falta lo fundamental, la caridad. Porque no olvidemos que, en definitiva, lo fundamental, el principio y fin de todo, es amarás a Dios sobre todas las cosas… Si la fe no nos lleva al amor; y si no hacemos las buenas obras por amor a Dios y al prójimo, de nada nos vale ni la una ni las otras…
Además, estoy seguro de que sin amor, sin un auténtico amor a Dios y a los demás, ni la fe perdura ni es posible perseverar en las buenas obras. Y, por el contrario, el amor nos devolverá a la fe y a las buenas obras cada vez que nos hayamos desviado del camino…
Si no tengo caridad, nada soy, nos dice San Pablo en su primera carta a los Corintios:
Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena o platillos que aturden.
Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy.
Aunque repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es comprensivo, el amor e servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. [1Cor, 12]

sábado, 6 de octubre de 2012

Porta Fidei (2)

La otra clave de esta carta con la que Benedicto XVI convocó el año de la Fe es la Eucaristía. Si ya empieza diciendo que la Fe se alimenta no sólo de la Palabra de Dios, sino también del Pan de Vida, la Eucaristía; para seguir animando a la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Como manera de… redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada…
Y llega a afirmar que… Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.
Esa eficacia de la Fe será la que nos permita promover… acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos; y confesar la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

 La Fe alimentada por los sacramentos, nos permitirá reaccionar como los apóstoles de Cristo que… dejaron todo para seguir al … Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios… Vivieron en comunión de vida … fueron por el mundo entero, y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Porque, en definitiva, …Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin…
Gracias Benedicto por este Año de la Fe.

viernes, 5 de octubre de 2012

Porta Fidei: el año de la Fe.


Hablando de la Fe, el próximo día 11 de octubre comienza el Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI mediante su carta Porta Fidei (puerta de laFe); y durará hasta el 24 de noviembre de 2013, festividad de Cristo Rey del Universo.
Es un texto corto (6 páginas) y recomiendo a todos que lo lean directamente. Pero, si debiese destacar lo que más me ha gustado de dicha carta, diría que me ha gustado la constante referencia que desde la Fe hace al corazón. Transcribo las frases más significativas a este respecto:
La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre…
«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar.  
La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo...
…«con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

… el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, …, no está abierto por la gracia …
La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él…
La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino.
Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida
… la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9).
Poco se puede añadir; sin el amor a Cristo y sin sentir el amor de Dios, o la Fe se convierte en un mero conocimiento o acaba desapareciendo. De hecho, en la vida futura sólo queda el amor, ni la fe ni la esperanza tendrán sentido cuando ya veamos a Dios.

lunes, 1 de octubre de 2012

Fe en nuestra Fe

Para poder mantener nuestra Fe, lo mejor es tener fe en dicha Fe; es decir, esperanza.
Me refiero a la confianza de que las cosas en las que creemos son la mejor forma de vivir una vida plenamente humana y espiritual. Si pensamos en nuestra Fe como en una losa que el hombre debe soportar para poder alcanzar una vida espiritual, entonces estamos a merced de los sentimientos de cada momento; y cualquier sentimiento negativo o emoción que nos haga más difícil soportar esa “carga”, nos provocará un rechazo de la Fe, como un estorbo para nuestra felicidad.
Por el contrario, si tenemos la seguridad de que nuestra Fe es la forma revelada por Dios para alcanzar nuestra plenitud como hombres e hijos suyos, entonces nada podrá separarnos de ella: ni los acontecimientos, ni nuestros sentimientos, ni los problemas que nos sobrevengan.

Y lo primero que debemos tener como cierto, cuando nos propongamos vivir nuestra Fe, es que vamos a fracasar: el Cristianismo es la vía de la perfección que nunca podremos seguir los seres imperfectos. Así nuestros fracasos no nos pillarán por sorpresa ni nos producirán los sentimientos de derrota que nos induzcan a rechazar esa Fe.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Fe, razón y sentimientos

La Fe es un don de Dios que nos permite creer en aquello que nos ha sido revelado: es anterior y está por encima de la razón. Pero inmediatamente, necesitamos razonar nuestra Fe: comprobar que aquello en lo que creemos no contradice nuestra evidencia, ni nuestro conocimiento experimental. Ya sé que hay muchos aspectos de nuestra Fe que no son ni comprobables, ni demostrables, ni por supuesto evidentes. Pero entonces razonamos que si tanta gente durante tantos siglos ha creído en lo mismo, han visto cosas inexplicables y han dado su vida por esta creencia, esto mismo ya es una evidencia y demostración de la veracidad de todo ello. Por supuesto, nunca tendremos la certeza, pues entonces ya no sería Fe, sino evidencia.
Habitualmente no es la razón la que pone en duda la Fe que hemos adquirido, sino nuestros sentimientos. Aparentemente, vivimos, nos comportamos y organizamos nuestra vida en función de nuestra Fe. Pero llega un momento en el que esa vida se tambalea por un hecho extraordinario, una desgracia, una enfermedad, un revés de la fortuna; en definitiva, un sentimiento profundo de que nuestra vida ya no sigue su curso ordinario. Y entonces nos dejamos llevar por ese sentimiento y empezamos a poner en duda todo aquello en lo que creíamos. Pero no porque tengamos pruebas nuevas o hayamos llegado a sesudas conclusiones, sino simplemente porque ya no nos sentimos “confortables” con nuestra creencia.
En otras ocasiones, es el simple transcurrir de la vida con la Fe como “ruido” de fondo, pero sin practicarla en nuestro corazón, lo que hará que aflore ese sentimiento que va poco a poco disociando nuestros actos de nuestras creencias, hasta que llegamos a ignorarlas del todo.
“Ha perdido la Fe”, suele ser el diagnóstico habitual en ambos casos. Pero la Fe no se puede perder como si fuese un objeto olvidado. La realidad es que llega a estorbarnos al encontrarla contraria a nuestros nuevos sentimientos o forma de vida; y entonces la rechazamos, la expulsamos de nuestra vida.
La Fe no se pierde, sino que se duerme o se muere por falta de actividad; y la razón tiene muy poco que ver con este cambio…

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Hablando de amor al prójimo

A los cristianos no sólo se nos recomienda amar a nuestros cónyuges hasta que la muerte nos separe, sino que se nos exige que amemos incluso a nuestros enemigos.
¿Es esto posible?
Veamos: si por amor entendemos ese sentimiento que tan de moda está, amar a quienes nos hacen daño no será posible en absoluto; pero si interpretamos adecuadamente la expresión [amar es buscar el bien del otro, desear su bien] entonces sí es posible amar a los enemigos; aunque, por supuesto, primero tendremos que luchar contra el sentimiento de odiarles [desearles el mal], que es el que se nos presentará espontáneamente.
Lo curioso es que el odio, que tan gratificante aparece, en realidad produce amargura y esto nos lleva a odiar más, porque les consideramos culpables de nuestra amargura; y entonces nos amargamos más, y así sucesivamente…
Con el amor ocurre exactamente lo contrario: desear el bien del otro nos produce tal sensación positiva que tendemos a profundizarla y, poco a poco, vamos apreciando a la persona que tanto nos desagradaba. A veces me pregunto si lo de amar al enemigo es un mandato evangélico o una terapia prescrita por quien mejor conoce la naturaleza humana…
Pero, volviendo al tema, amar no significa que encontremos perfecto al prójimo, ni que nos parezca bien lo que hace; y mucho menos que le tengamos cariño o nos parezca atractivo… Y no debemos sentirnos culpables de no tener estos sentimientos, ya que los sentimientos no los podemos controlar. Amar es simplemente desear su bien, a pesar de nuestros sentimientos o de la falta de ellos.
Y el amor más perfecto es el de Dios, que no nos ama por ninguna cualidad nuestra, ni por nuestros actos; sino que nos ama simplemente porque existimos: de hecho, nos ha creado por amor.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Amar después de enamorarse

En la sociedad actual occidental se habla mucho de amor, aunque en la mayoría de los casos se suelen referir más a sexo o enamoramiento que a auténtico amor.
Y es que lo importante no es enamorarse, sino seguir amando después de que esa apasionante sensación se haya pasado. Porque los sentimientos vienen y van; y a la larga o a la corta, la pasión por otra persona debe dar paso al amor, que es la decisión de nuestra voluntad de buscar como único bien propio el bien del otro. Es decir: entregar nuestra vida, nuestra persona… Y en estas condiciones, incluso el sexo es más placentero….
¿Cómo puede amarse sin sentimiento? Parece increíble que esta pregunta sea tan frecuente en nuestros días. Quizá porque nuestra sociedad -desde el romanticismo del siglo XIX- ha dado demasiada importancia a los sentimientos y ha arrinconado la voluntad.
¡Claro que puede amarse –y profundamente- sin sentimientos! Incluso puede amarse aquello que nos molesta o nos desagrada: ¿es que una madre deja de amar al hijo que tantos problemas le causa?
La realidad es que la atracción sexual suele llevar al enamoramiento y éste al compromiso; y todo esto es muy bueno. Pero lo que hace que mantengamos nuestras promesas es el amor auténtico: nuestra firme determinación de amar.
Ama hasta que te duela el amor, nos recomendaba la Beata Teresa de Calcuta; y ella sí era una experta en amar incluso a los que parecía que no tenían nada amable.

sábado, 15 de septiembre de 2012

El matrimonio cristiano

Se dice que los cristianos le damos excesiva importancia al sexo… y quizá sea verdad. Pero la razón de eso es que a lo que le damos realmente mucha importancia es al matrimonio: hombre y mujer unidos para siempre.

Por supuesto, la sexualidad es una de las manifestaciones del matrimonio; pero ni es la primera ni la más importante. Es más, si se la disocia de las demás, de la unión total que debe existir entre los esposos, la sexualidad puede producir un efecto contrario: divide, en vez de unir.

Y esto no es algo que nos hayamos inventado, o que nos parezca socialmente muy conveniente. Para los cristianos el matrimonio es algo cuya importancia nos viene expresamente manifestada por Dios.

En la Biblia, se define en tres ocasiones (en el génesis, en los Evangelios y en las Cartas de San Pablo): “Por esto abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Géminis, 2, 24; Mt 19, 5; Mc 10, 7 y Efesios 5,31). Observad que son tres los pasos que hay que dar para formar un matrimonio: elegir frente a los demás, hacer unión de proyecto y, finalmente, ser una sola carne. Y si empezamos esta casa por el tejado (la unión carnal), difícilmente la terminaremos bien…

Cristo mismo nos recordó que el matrimonio (y no se refería al sacramento cristiano, sino que hablaba de la institución natural) es para toda la vida… Y es tal su importancia, que lo elevó, para los cristianos, a la categoría de Sacramento; es decir, se comprometió a otorgar su gracia a quienes quisieran vivirlo en plenitud.

Los cristianos no estamos obsesionados con el sexo (o no deberíamos estarlo), sino que estamos obsesionados con la más grande manifestación de un ser humano: el amor conyugal llevado a sus últimas consecuencias. Y cuando vemos que el sexo desbocado puede estropear esta maravilla, nos preocupamos… y mucho.

Por cierto, lo del matrimonio para toda la vida no es algo impuesto por Dios y ajeno a las pasiones del hombre. Es la propia pasión del hombre enamorado la que exige esa duración vitalicia: te amaré siemprecontigo para toda la vidanada nos separarájamás habrá otra mujer/hombre en mi vidapara mí eres la/el única/o… Estas frases no se encuentran en la Biblia, sino en el repertorio de los amantes, cualquiera que sean sus creencias.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La moral sexual

Aunque a muchos les pueda parecer extraño, la moral sexual es sólo una pequeña parte de la moral cristiana y, por supuesto, no es la más importante. El sexo, en sí mismo, es tan bueno, que ha sido creado por Dios, para disfrute del hombre e incentivo de la procreación. El sexo, como la comida, no tiene ni por asomo nada de malo.
Dicho esto, aclaro. El descontrol de la sexualidad sí es malo; como también lo es el descontrol de la comida, ya sea por gula o por anorexia. Están muy equivocados los que piensan en el sexo como en algo “consentido” para poder procrear; pero también lo están los que opinan que todo instinto sexual debe ser seguido como algo saludable y normal. La sexualidad, como cualquier otra tendencia o función del hombre, debe estar controlada para que no se desboque y acabe arrastrando a toda la persona. En el caso del sexo (concebido para ser practicado entre dos) el descontrol también acarrea problemas sociales; y quizá por esto se le dedica más atención que a los excesos de la comida.
Mi diagnóstico es que en la actualidad (y quizá por razones económicas) el sexo se ha convertido en una mercancía consumible como cualquier otro producto, adulterando una actividad que estaba reservada para expresar los más altos y profundos sentimientos del hombre.
Y el sexo así desbocado, sí es malo.
Pero quede claro que cualquier atentado a la moral social (lo que los cristianos llamamos “caridad para con el prójimo”) es mucho peor que los llamados “pecados de la carne”. Quizá por esto Cristo nos advirtió de que las prostitutas nos adelantarían en el Reino de los Cielos… (cifr. Mt. 21, 31).

martes, 11 de septiembre de 2012

Y existe una moral pública


Entendemos por moral pública la moral colectiva de la sociedad que la guía hacia su fin natural; es decir, aquella que permite a la sociedad alcanzar sus fines. Decíamos en la última entrada que sin individuos buenos no se pueden tener sociedades buenas, por muy bien diseñadas que estén… Pues sin una moral pública lo que no puede hacerse es diseñar bien la sociedad, establecer sus fines correctos y el modo de alcanzarlos. ¿De qué les sirvió a los nazis la disciplina y abnegación de sus soldados y ciudadanos (que en sí mismas son virtudes apreciables), si los fines perseguidos les llevaban a la autodestrucción?

La moral pública, esa parte de la Ley Natural que afecta al hombre como individuo social, es tan necesaria como la privada: si se desconoce el destino del hombre, difícilmente se le puede llevar a buen puerto, por muy bueno que sea el barco y a pesar de la pericia de los marineros.

El Cristianismo tiene muchas y buenas ideas sobre esa moral pública; y, de hecho, son las ideas cristianas las que construyeron Occidente hasta nuestros días (por mucho que hoy se quiera ocultar).

Y yo creo que esas ideas en su esencia siguen siendo válidas. Es absurdo rechazarlas de plano simplemente porque provienen del ámbito de las creencias: deben analizarse; y, si son válidas, aplicarlas.

Pero quede claro que el Cristianismo no es un modelo político, por lo que serán los cristianos los que propongan y apliquen las medidas concretas que en cada circunstancia les parezcan más convenientes. Por lo tanto, ni ningún cristiano puede pretender monopolizar la “política cristiana”, ni existe un “partido cristiano”; lo más que puede existir son partidos de inspiración cristiana, diversos e incluso con soluciones opuestas para un mismo problema

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La moral también es importante


El Cristianismo no es una moral; y ni siquiera la moral es lo principal de la Fe cristiana. Pero esto no significa que la moral sea algo prescindible.

La moral es lo que regula las relaciones del hombre con Dios, preserva la auténtica naturaleza humana y regula las relaciones entre los hombre. Son las tres dimensiones fundamentales de la vida terrestre del hombre. Por supuesto, en la otra vida ya no habrá ni Fe ni Esperanza ni moral: sólo Caridad.

El hombre moderno, que se considera liberado de todo límite -incluso los límites que le pueda imponer su propia naturaleza-, sólo reconoce la tercera dimensión de la moral: la que regula las relaciones entre los hombres. Y esto no por altruismo, sino por la imperiosa necesidad de establecer normas que me protejan de los abusos ajenos: sin un reglamento de conducta, los demás podrían hacerme a mí lo que quisieran.

El hombre actual no admite una moral que le imponga una conducta concreta hacia su Creador o para consigo mismo, ya que eso sería un límite inconcebible a su libertad: que el Creador me proporcione la existencia y los medios para disfrutarla, pero que me permita hacerlo incluso en contra de la propia naturaleza que ha creado. Si Dios es amor, ¿cómo no va a consentírmelo todo? Si no hago mal a nadie, todo me está permitido.

Y Dios, efectivamente, todo lo consiente –a veces nos quejamos precisamente de esto, de que consiente demasiado “a los demás” en nuestro perjuicio-; pero eso no significa que nuestra conducta consentida no provoque males a nosotros y a os demás. Si el hombre se olvida de quién es y para qué fue creado, o si el hombre se aleja de la conducta propia de su naturaleza, entonces acabará haciendo mal a los demás, porque tampoco podrá cumplir con la dimensión social de la moral, la única que en principio admite. Y esto es así, porque si fomentamos nuestra vanidad, nuestra codicia, nuestra avaricia, nuestra lujuria o nuestra ira, entonces ¿cómo vamos a poder cumplir el reglamento social que sí nos hemos impuesto? Hemos diseñado sociedades perfectas; pero consentimos que cada uno de los individuos que las formas sean todo lo imperfectos que quieran; y, claro, así no hay forma de alcanzar la perfección colectiva.

Un ejemplo podría ser nuestro modelo democrático. En teoría es perfecto: el gobierno del pueblo para el pueblo, ejercido por quienes el pueblo elige y según el programa que éstos han propuesto. Pero en la práctica ha resultado tan tiránico como cualquiera de los sátrapas de regímenes absolutistas. ¿Por qué? Pues porque no nos hemos preocupado de que los hombres que ejercen el poder se preocupen primero de ser ellos mismos lo más perfectos posibles; y porque los electores no elijen lo mejor para la comunidad, sino lo que ellos mismos más interesa.

La moralidad privada del individuo es tan importante como la pública, porque sin individuos buenos no habrá sociedades buenas (por muy bien diseñadas que estén). Como dice C S Lewis, “nada, salvo el valor y la generosidad de los individuos, conseguirá que ningún sistema funcione correctamente”.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los medios


Si el Cristianismo es el mejor camino, verdad y vida (Jn 13, 34-35), ¿Qué medios son los que nos proporciona?

El primero es la propia Fe cristiana, que da al hombre la respuesta sobre el misterio del hombre: quién es y a dónde debe ir. Además, el mensaje evangélico nos da la mejor guía del peregrino para esta vida; una guía que nos asombra y que nunca se nos podría haber ocurrido a nosotros mismos: las bienaventuranzas y el amor a los enemigos son buena muestra de la originalidad del mensaje.

Luego nos da un medio inequívoco para entrar en su Iglesia: el bautismo, que nos proporciona la seguridad de estar insertos en su Cuerpo Místico. Sin un sacramento así, nunca tendríamos la certeza de pertenecerle…

Pero también nos proporciona otros medios extraordinarios: yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20); y con la Eucaristía –ese misterio de amor- nos permite compartir su Cuerpo y su Sangre.

Como su Iglesia –de la que Él es cabeza- está formada por hombres, los fallos son continuos. Esto es algo que a muchos nos cuesta reconocer: somos humanos, somos pecadores y metemos la pata con más frecuencia de la que nos gustaría. Al insertarnos en su Cuerpo Místico, Cristo no nos otorga la inmunidad para no volver a caer –entre otras cosas, porque no nos quita la libertad-, sino que nos da los medios para sanarnos cada vez que una parte de ese cuerpo enferma. Y esta medicina es tan sencilla como los otros dos medios que ya hemos citado –bautismo y Eucaristía-: es la confesión. Otro de los asombrosos inventos de Dios: simplemente con reconocer nuestra culpa se nos perdona el pecado y el cuerpo queda restablecido. Además, al hacerlo ante un representante de Cristo, que nos absuelve expresamente, tenemos la certeza de haber sido perdonados.

Por supuesto, también contamos con Su gracia y los otros cinco sacramentos para cada momento de nuestra vida.

Y dicen que es difícil ser cristiano. Yo me pregunto si no será mucho más difícil no serlo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La soberbia humana.


Lo que en el fondo subyace en el puritanismo moralista es una gran dosis de soberbia: el hombre considera que se gana el cielo con su esfuerzo, siendo intachable.

Es este un gran error: Dios no nos ama porque seamos buenos, sino que -por el contrario-, es porque nos ama, por lo que nos ayuda a ser buenos. Pero no debemos olvidar que, en cualquier caso, el mérito es de Él, nosotros sólo ponemos la voluntad de intentarlo. Si no fuese así, entonces Dios no amaría a los “malos” y no tendría interés en recuperarlos. Y como todos somos “malos”, ni habría habido redención ni ninguno podríamos compartir su gloria.

Pero la realidad, gracias a Dios –nunca mejor dicho- es muy distinta: Cristo nos hace parte de su Cuerpo Místico, nos inserta en su vida y nos infunde su gracia; y así sí es posible volver la vista a Dios cada vez que nos despistamos.

Y ahora se entiende el dogma Cristiano: fuera de Cristo no hay salvación posible. Todo el que se salva es por estar inserto en Su vida, por recibir Su gracia. ¿Y esto sólo ocurre con quienes comparte la fe cristiana? Pues tenemos que pensar que no, que Cristo nos dejó el mensaje evangélico como mejor camino, verdad y vida (…) para estar junto a Él; pero que ha dejado una especie de puerta trasera por la que –con mucho más esfuerzo- también puedan entrar aquéllos hombres de buena voluntad a los que no ha llegado su mensaje.

Fuera de la Iglesia –el Cuerpo Místico de Cristo- no hay salvación posible: porque todo el que se salva lo hace en Cristo, de una forma u otra.

jueves, 30 de agosto de 2012

El cristianismo no es un libro ni una moral.


Nuestra fe no es un libro, cuyas enseñanzas hay que seguir como un reglamento de vida; ni es una moral estricta, que debemos obedecer para no vernos excluidos de nuestra iglesia. Nuestra fe es una persona a la que debemos amar e imitar, en lo posible. Si cumpliésemos perfectamente la moral cristiana, pero lo hiciésemos por una especie de prurito humanista, sin referirlo al amor de Cristo, entonces seríamos naturalezas humanas cuasi-perfectas, pero no seríamos cristianos. Y digo cuasi-perfectas, porque la dimensión más importante del hombre, su relación con su Dios creador, no se vería realizada.

Dios no espera de nosotros tanto la perfección de nuestra naturaleza –si así fuese, nos habría creado infalibles-, cuanto que busquemos esa perfección por amor a él; y que sea este amor el que después le tengamos eternamente, compartiendo su gloria y su felicidad.

Cuánta gente se ha quedado estancada en la Ley mosaica en vez de evolucionar hasta el Cristianismo; y lo peor no es que ellos se pierdan la mejor parte de su fe, sino que la enseñan así a los demás…

¡Claro!, que obras son amores y no buenas razones…: por amor a Él lo intentamos una y otra vez, levantándonos cada vez que caemos.

martes, 28 de agosto de 2012

Pero, ¿y Cristo?


El Cristianismo es la religión enseñada por Cristo: luego es mucho más que la creencia en un Dios creador y Padre de todos nosotros. Y es precisamente este “plus” lo que diferencia al Cristianismo de las otras dos grandes religiones monoteístas, el Judaísmo y el Islamismo.

¿Cuál es esa diferencia?

Pues la fe cristiana nos dice que el hombre se rebeló contra Dios; y que Éste nos demostró su amor enviando a su Hijo-Dios a redimirnos, en un acto de amor supremo. Por tanto, los Cristianos no sólo creemos en Dios Padre, sino que sabemos que nos ama como a hijos únicos y que nos quiere junto a Él, compartiendo su gloria, por todo la eternidad; como cualquier padre quisiera disfrutar para siempre de sus hijos.

¿Cómo puede Cristo pagar por nuestros pecados, si Él no fue pecador? Hay quien ve en esto una especie de injusticia divina: el inocente paga por el pecador. Pero C S Lewis nos da una clave muy interesante: el que paga no lo hace como inocente, sino porque es el único que tiene posibilidad de saldar la deuda. Así visto no hay injusticia, sino generosidad: el rico paga la deuda que el pobre no puede devolver. El hombre no puede satisfacer por una ofensa hecha a Dios; pero un Dios-Hombre sí puede hacerlo. Y esto es lo que hizo Cristo: compartir nuestra naturaleza humana y morir para vencer a la muerte definitivamente en nuestro favor.

Para adherirnos a esta condonación universal de deudas, simplemente tenemos  que hacer una cosa: reconocer nuestra deuda y arrepentirnos de ella. Ojalá loa bancos actuasen igual: perdonar las deudas sólo por reconocerlas.

Cristo, de paso, nos enseñó unas cuantas cosas sobre cómo vivir esta vida pasajera lo más cerca posible de Él y de los hermanos, alcanzando el máximo de felicidad que aquí pueda alcanzarse. Por cierto, su concepto de felicidad (bienaventuranza) no coincide con nuestra ambición de placer, poder y poseer, sino más bien con la humildad, el desprendimiento y el amor generoso.

domingo, 26 de agosto de 2012

¿Consiente Dios el mal?


Entonces, ¿por qué Dios consiente la ausencia de bien, es decir lo que llamamos el mal?

Seguiremos dando vueltas a lo mismo, ya que para muchas personas esto es muy importante; y tratemos de recapitular.

Lo primero es repetir que el mal no existe, ni siquiera como intención: nadie busca el mal en sí mismo, sino que “los malos” –o nosotros, cuando hacemos el mal- buscan su propio bien –placer, poder o poseer; todas cosas buenas en su justa medida-, lo que ocurre es que lo buscan de una manera equivocada, que puede perjudicar a los demás y dejarles sin el bien que les es propio.

Lo segundo es que no debemos exigirle a Dios razones o explicaciones que coincidan con las nuestras, sino todo lo contrario. Somos nosotros los que debemos adecuar nuestros razonamientos a la realidad que comprobamos. Por tanto, si Dios ha consentido este estado de cosas, será porque es el mejor de los mundos posibles, aunque ante algunas barbaridades –recuérdense los crímenes masivos del comunismo o del nazismo- nos cueste aceptarlo. Y mucho menos llegar a esa conclusión absurda de que porque en ocasiones se aprecia la ausencia del Bien, entonces es que éste no existe nunca. Si apreciamos la ausencia del Bien es precisamente porque comprobamos su existencia en otros muchos casos.

Y en tercer lugar, sí podemos tratar de entender las razones que llevaron a Dios a crear un mundo así. Y la explicación más plausible que se me ocurre es que Dios nos quiso crear libres; es decir, con la potencialidad de hacer el bien o de no hacerlo. Y, ¿por qué nos quiso crear con la posibilidad de no hacer el bien? Pues porque es la única forma de que cuando hagamos el bien eso tenga algún mérito, pueda satisfacer a Dios. Como nos explica C S Lewis, si Dios hubiese creado un mundo de marionetas que sólo hiciesen lo que Él provocase moviendo los hilos, ¿qué satisfacción le podría producir el movimiento de éstas?

Dios es amor, y sólo el amor le puede producir esa satisfacción; y el amor es la más clara manifestación de la libertad.

viernes, 24 de agosto de 2012

Pero, ¿hay uno malo?


Dios es el bien y su ausencia es el mal; pero todos hemos sentido la acción de “algo” malo, que nos incita –incluso cuando queremos hacer el bien- a hacer el mal.

En época de san Agustín, este dualismo bien-mal se llamó maniqueísmo y se llevó al extremo de considerar que existían dos poderes en igualdad de condiciones y constante lucha: el bueno y el malo.

Pero esta falacia se desmonta fácilmente, como nos dice C S Lewis: si existen esos dos principios en igualdad de condiciones, entonces ¿por qué llamamos a uno bueno y a otro malo? ¿No deberían ser los dos buenos, aunque con diferentes objetivos? ¿Con qué los comparamos para decir que el mal es negativo y el bien positivo? Pues está muy claro: todo lo que ayuda a la Creación a mejorar y al hombre a realizarse -la Ley Natural- es lo que consideramos bueno; y a lo contrario lo consideramos malo.

Entonces, el Poder Bueno es el Creador y superior al poder malo, que se limita a tratar de deshacer esa creación: no están en igualdad de condiciones. Pero, ¿quién ha creado a ese poder malo, que tanto nos instiga? Pues sólo ha podido ser creado por el Creador de todas las cosas: Dios, el poder bueno.

Es decir, ¿Dios creó algo malo?

No, no y no. Por dos razones: la Bondad absoluta no puede crear nada malo; además, el mal no existe como tal, es simplemente la ausencia de Dios. Dios creó seres buenos, pero libres; y algunos voluntariamente se separaron de Él –¡non serviam!, ¡no serviré!- y esto les “volvió” malos. Como Dios es amor, su ausencia sólo puede se odio; y este odio lleva a revelarse contra el Creador y a tentar a los demás a hacer lo mismo.

Es curioso, pero así explicado, el “cuento” cristiano sobre el demonio no parece un cuento, sino algo que todos experimentamos a diario; al menos yo…

miércoles, 22 de agosto de 2012

Los panteistas


Existen otros no ateos que en la práctica también niegan la existencia de un Dios personal. Son  los panteístas, esos creyentes en la identidad entre el universo y Dios. En realidad confunden la obra con su Creador. Y, ¿cuáles son las consecuencias de esta postura? Pues un dios que crea el universo y al hombre; pero después se olvida de ellos, dejando que evolucionen según las leyes de la naturaleza o la casualidad. Es esta una postura muy cómoda, ya que nos permite tener un Dios creador a quien acudir para calmar nuestras ansias de trascendencia; pero no nos impone la obligación de mantener alguna moral concreta.

Y esto es lo que explica que, por ejemplo, los hindúes, puedan compatibilizar la existencia de un ser superior con sus teorías sobre las castas, que les permite convivir con los más desheredados sin sentir la obligación de asistirlos. Basta darse una vuelta por algunas de las populosas ciudades indias para entender lo que estoy explicando.

Y no es casualidad que quien se dedicó en cuerpo y alma a esos desheredados fuese una cristiana –la beata Teresa de Calcuta-, que, además, lo hacía por “amor a Cristo”.

lunes, 20 de agosto de 2012

¿Puede haber mal, si hay Dios?


Algunos ateos se escudan en que no puede haber un Dios todo poderoso si el mundo está lleno de injusticias y violencias; y efectivamente, en lo segundo tienen razón: el mundo puede ser muy injusto…

Pero de lo que no se dan cuenta es que ellos pueden apreciar la maldad del mundo –de la que por supuesto participan, como participamos todos- porque la contraponen a otro mundo posible, a un mundo justo y pacífico que hubiese sido creado por el Dios que ellos rechazan. Pero si los ateos no tuviesen esa idea de un Dios bueno, si este Dios no existiese al menos en su mente, en su conciencia, entonces el mundo no les parecería malo, simplemente lo verían como realmente es. Es precisamente porque existe Dios, por lo que los ateos pueden quejarse y negarlo…

Y es que la cuestión no es si Dios es compatible con el mal del mundo -que ya hemos dicho que sí-; la cuestión es por qué Dios lo consiente. Y la respuesta es también la que ya hemos dicho en entradas anteriores: Dios que crea sólo el bien, consiente el mal para dar la oportunidad al hombre de arrepentirse; en definitiva, es su muestra de amor al hombre y su oportunidad para ser amado por él.

No, el mal no demuestra la inexistencia de Dios, sino sólo su “ausencia”: el mal es lo que queda cuando negamos a Dios y su Ley.  

domingo, 19 de agosto de 2012

Un Dios empeñado en que le queramos


He pasado directamente de hablar de la Ley Natural a hablar del Dios de los cristianos: ¿no es un gran salto?

Pues creo que no es un salto, sino una consecuencia lógica. Si existen dos pruebas de la existencia de Dios –una material, el universo creado; otra espiritual, la libertad moral del hombre-, ambas encajan con la definición cristiana de Dios: un ser superior personal que lo crea todo y busca la salvación del hombre. Porque podría haber un Dios creador que no se preocupase de sus criaturas –el dios de los deístas-; o un dios justiciero que se limitase a eliminar todo error en su creación, incluido el error humano –sería algo parecido a los dioses paganos, a quienes se eles suponía con las mismas virtudes y errores humanos.

Pero un Dios que crea y se preocupa tanto pos sus criaturas que es capaz de modificar su plan inicial para lograr la salvación del hombre y que éste llegue a querer amarle –que es en definitiva lo más que un hombre puede llegar a hacer-, para así tener una excusa para poder admitirlo en su compañía el resto de la eternidad, un Dios así sólo existe en el Cristianismo.

Y si no hubiese otra prueba, me bastaría con esta para saber que el Cristianismo es la religión verdadera revelada por Dios; y más que revelada, traída a la Tierra por Dios mismo, en la persona de su Hijo.

sábado, 18 de agosto de 2012

Un dilema y una paradoja


Pero una religión así plantea un dilema y una paradoja. Si Dios creó la Ley Natural para regular el correcto comportamiento del hombre, será porque quiere que dicha norma se cumpla; pero como el hombre  no puede cumplirla siempre, seguramente se verá rechazado por ese Dios. Y si no es así, entonces es que Dios ha decidido rechazar su Ley. Este es el dilema: ¿quiere Dios el bien; o quiere Dios al hombre?

La paradoja es que Cristo vino a la tierra para salvar al hombre pecador, pero predicó un mensaje de perfección; exigía la plena bondad, pero se rodeó de pecadores.

Quizá haya una explicación mucho más sencilla de lo que parece. Dios crea la Ley Natural para el bien del hombre, que es lo que siempre busca. Con su Ley, le indica el camino correcto al hombre, pero Dios nunca antepone los medios al fin; y si el hombre no sigue ese camino, Dios no le vuelve la espalda. Muy al contrario, se interesa más que nada por la «oveja perdida» (Mt 18, 12-14), y «hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos» (Lc 15, 7). Si Dios creó al hombre por amor, ¿no va a buscar hasta la menor oportunidad de obtener ese amor?

Siendo Dios amor, no podía ser de otro modo: la Ley está al servicio del hombre, no el hombre al servicio de la Ley (ver Mc 2, 23-28)…).

jueves, 16 de agosto de 2012

Una ley para pecadores

Decía hace unas entradas que el hombre actual se jacta de no arrepentirse de nada; y esto es lo que más le separa del Cristianismo y de Dios: su autosuficiencia. Porque si Cristo vino a la tierra para alguien fue para los pecadores. Esta idea, que a muchos les pudiese resultar escandalosa, ya que el Cristianismo busca la perfección humana –como lo hace la Ley natural-, no es mía, sino de su Fundador. Sí, el Cristianismo es una religión para pecadores; y de hecho está fundada por aquél que vino a librarnos del pecado: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5, 27-32…). Los fariseos, aquellos que consideraban que no tenían que ser salvados, esos no entendieron ni jota del mensaje evangélico.

Qué absurda es la postura de los cristianos que rechazan evangelizar a los pecadores, precisamente por su condición de pecadores. Con un criterio así, Cristo no se hubiese molestado en encarnarse. No, el mensaje evangélico está destinado a todos, incluso a aquellos que creen que no les concierne, los que no tienen nada de qué arrepentirse, porque estos son los que más lo necesitan. Y habrá que llegar a ellos no con moralismos, en los que no creen, sino con la caridad que todo lo puede.
Una vez abierto el corazón de un hombre, es muy fácil que abra su mente.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Es un invento humano?

¿Es la Ley Natural un invento o descubrimiento humano? No, la Ley Natural es algo muy distinto que la antropología o la sociología, que estudian el comportamiento humano como es.
Podría ser un descubrimiento humano si la Ley Natural nos dijese cómo se comportan los hombres, lo mismo que la Ley de la Gravedad nos dice cómo se comportan los objetos pesados en libertad. Pero la Moral no nos dice cómo se comportan, sino cómo deberían comportarse; y constatamos contantemente que los hombres en general se comportan bastante distinto de cómo debieran; incluso los mejores, nunca cumplen completamente la norma moral. Entonces no es un descubrimiento de cómo nos comportamos…
También podría ser un invento del hombre –o de algunos hombres: los civilizados, por ejemplo- si la Ley Natural nos dijese lo que nos resulta más conveniente en cada circunstancia. Pero esto tampoco es así. Hay veces que nos conviene el mal, aunque sepamos que es malo. El ejemplo que pone C S Lewis es el del traidor: sabemos que es un gusano para con su patria, pero lo utilizamos en nuestro provecho. Otras veces no consideramos malo aquello que nos contraría, porque tenemos en cuenta la intención del que lo hace: si me tropiezo con alguien accidentalmente, no consideraré que ha actuado mal, aunque me cause un daño. Y, por el contrario, si alguien trata de ponerme una zancadilla, le consideraré malo, aunque no lo logre. Con este otro ejemplo, Lewis pone de manifiesto que la Ley Natural no es cuestión de daños ni provechos, ni siquiera de hechos, sino de intenciones: la Ley Natural nos pide que “queramos” hacer lo que es bueno y evitar lo que es malo…
No, la Ley Natural no es del hombre, le supera y le dirige…: sólo puede haber sido promulgada por Aquél que “inventó” al hombre, que es quien mejor le conoce…

martes, 14 de agosto de 2012

Lo bueno y lo malo

Ya dentro del colectivo que sí creen en una moral objetiva, se debe evitar un error que pone de manifiesto C S Lewis: considerar que hay cosas siempre buenas y cosas siempre malas. Por supuesto que hay actos intrínsecamente malos que no están justificados nunca; pero ahora no quería referirme a la filosofía moral, sino a la práctica cotidiana.
Este error se plasma de dos formas: la obsesión o el fanatismo (hoy suele llamarse fundamentalismo) que considera algunos actos -en sí mismo buenos- como prioritarios cualesquiera que sean las circunstancias; sin caer en la cuenta de que en determinados casos esa conducta puede ser gravemente errónea. Un ejemplo es el de aquél que antepone la norma a la caridad cristiana, la forma al fondo…
En el otro extremo están los que consideran que algunos actos son malos y deberían evitarse, aunque sean funciones que el mismo Dios ha creado. Y ahora caemos en el puritanismo, habitualmente el puritanismo sexual. Y es que no hay nada creado por Dios que sea intrínsecamente mal; todo lo creado es bueno, aunque deba evitarse en algunas circunstancias. El placer sexual que es bueno y necesario para los esposos, debe evitarse entre los solteros.
Y estos errores se dan por llevar al límite el hecho de que algunos sentimientos se deben generalmente fomentar; y otros habitualmente se deberán reprimir, salvo que se den las circunstancias adecuadas. Pero esto no los convierte a unos en siempre buenos ni a otros en siempre malos.

Esta es una de las maravillas del Cristianismo, que tan frecuentemente conjuga los extremos: reprueba el pecado; pero acepta siempre al pecador.

domingo, 12 de agosto de 2012

Las dificultades

El hombre es pecador porque la Ley Natural que está impresa en su corazón es precisamente eso, una Ley que hay que cumplir, no un deseo del bien que nazca espontáneamente; y mucho menos desde que el hombre cayó en el pecado. ¿qué significa todo esto? Pues está muy claro: la Ley Natural nos dice qué es lo que tenemos que hacer, nos apetezca o no. Pero como muy frecuentemente no nos apetece, entonces usamos nuestra libre voluntad para hacer lo contrario de lo que sabemos que deberíamos hacer; e inmediatamente buscamos excusas para justificar nuestra conducta errónea.
Ya sé que está de moda decir que uno no se arrepiente de nada. Pero esta postura es muy hipócrita, porque cuando son los demás los que nos hacen a nosotros eso que no queremos que nos hagan, entonces sí les exigimos que se disculpen y reparen el mal que nos hicieron. Pero, si el hombre no está regido por una Ley y no debe arrepentirse de nada, ¿con qué derecho pido yo a los demás que se disculpen? ¿No es esa la postura del niñato egoísta que aplica distinto rasero a sí mismo y a los demás?

Yo creo que debemos arrepentirnos cada vez que transgredimos la Ley; y que debemos tratar de no creernos nuestras propias excusas, para así poder transgredirla cada vez menos. Esto es lo que llamamos virtud (hábito bueno adquirido con la práctica): la costumbre de que nos apetezca con frecuencia aquello que sabemos es lo que debemos hacer.
Pero nunca como ahora el hombre –ese hombre que tanto desprecia la moral y de la virtud- había exigido que se le hiciese justicia… los demás a él, ¡claro!

viernes, 10 de agosto de 2012

Las excusas

La Naturaleza y el hombre –como parte de ella- está sometida a muchas leyes que la rigen: desde la ley de la gravedad hasta las leyes de la genética. Pero la que llamamos Ley Natural tiene una diferencia muy importante con respecto a las demás leyes de la naturaleza: aquella es de voluntario seguimiento. Efectivamente, a diferencia de las leyes físicas, que son ineludibles, la Ley Natural puede ser rechazada a simple voluntad del hombre. Esto no significa que la transgresión de la Ley Natural no tenga consecuencias negativas, sino que simplemente el hombre puede arrostrar esas consecuencias –consciente o inconscientemente- con un simple acto de su voluntad.

Este aspecto de las consecuencias no siempre es tenido en cuenta. Si nos lanzamos al vacío, sabemos con absoluta certeza que caeremos y nos haremos un grave daño. Pero cuando transgredimos la Ley de la Naturaleza, no solemos plantearnos los males que eso nos deparará; e incluso, muchos niegan que dichos males existan.
Pero si la Ley Natural no existiese o no comportase ningún mal su violación, entonces ¿por qué nos excusamos tanto cuando no la seguimos? Este es un detalle que C. S. Lewis resalta en su libro: nadie se jacta de ser un cobarde, un ladrón, un mentiroso o un depravado sexual; y cuando nos descubren en alguna de estas faltas, entonces buscamos excusas y circunstancias absolutorias para nuestra conducta. Pero si no hay un modelo de conducta, ¿por qué excusarnos de nuestra conducta?
Todo esto pone de manifiesto que una cosa es que a todos nos cueste ser buenos siempre; pero que aún así, consideramos que cada uno de nuestros fallos es reprobable. Y esto lo ha recogido muy bien el Cristianismo: predica la perfección moral; pero perdona siempre a todos con el simple requisito de arrepentirse, de reconocer el error. Esta maravilla, que no existe en ninguna otra religión o regla colectiva del mundo, sólo podía ocurrírsele a un Dios que conociese perfectamente la naturaleza humana.

Y todavía hay quien desprecia nuestro sacramento de la confesión.  

miércoles, 8 de agosto de 2012

La Ley Natural

Ya he hablado anteriormente de la Ley Natural, como conjunto de normas que regulan –o deberían regular- la conducta humana. Hoy en día está totalmente rechazada la existencia de tal Ley Natural (eterna, universal e inmutable); y se deja la conducta de cada uno a su libre albedrío, juzgándola, en todo caso, según las circunstancias concretas del momento. Pues bien, Lewis, en su libro “Mero Cristianismo” (publicado en 1942), ya nos demostraba que en el fondo, incluso los que reniegan de la existencia de una Ley moral para el hombre, la están aplicando y exigiendo a cada momento. ¿Es que estos mismos hombres no exigen que se les trate con Justicia? Y, si no existiese una Ley Natural, ¿qué significado tendría exigir Justicia a quien obra buscando sólo su progreso?

Y por poner un ejemplo más positivo: ¿es que estos hombres no saben valorar la generosidad ajena? ¿No aprecian un acto de amor? ¿No prefieren a los filantrópicos antes que a los egoístas? ¿No rechazan la mentira y la hipocresía –de la que tanto nos acusan, a veces con razón, a los católicos?
Es decir, los que no creen en la existencia de una Ley Natural que debiese regular la conducta humana, sí tienen un modelo de conducta humana y valoran positivamente a los que se ajustan a ese modelo y rechazan a los que se apartan de él.
Y me pregunto: ¿no es ese modelo de conducta la Ley Natural?

Nueva vuelta

De nuevo vuelvo con mis comentarios, después de una prolongada temporada de problemas personales y mucho trabajo –gracias a Dios, en una España en crisis, todavía tengo trabajo.

Y vuelvo para comenzar una serie de comentarios del libro de Clive Staples LewisMero Cristianismo”: una recopilación de temas sobre lo que constituye la base de nuestra creencia, que, aunque se escribieron hace muchos años, son de rabiosa actualidad para explicar nuestra religión a creyentes y no creyentes.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Obras son amores...

Por supuesto, el convencimiento de que Cristo nos ama por nosotros mismos -con independencia de cual sea nuestra actuación-, no puede ser una excusa para relajarnos, sino para todo lo contrario.
El amor incondicional de Cristo nos debe llevar a amarle nosotros también incondicionalmente, sin ampararnos en nuestros constantes errores para dejar de hacerlo. Pero este amor nos llevará inmediatamente a manifestarlo con obras; y, más en concreto, en obras buenas hacia los demás, que son también objeto del amor incondicional de Cristo.
Pero hay una diferencia muy importante entre el proceso así seguido y el que sigue el "fariseo": el que comienza encontrandose con el amor de Dios, ofrece sus obras como una humilde correspondencia; aquél que se encuentra primero con la Ley y se enorgullece de cumplirla con minuciosidad, acaba presentando sus obras como el precio pagado para "merecerse" el amor de Dios. Y esto último es una estupidez por dos razones: nadie es lo suficientemente perfecto -libre de pecado- como para presentarse ante Dios con orgullo; y, aunque lo fuese, el amor de Dios no se paga con nada, sólo se recibe gratis por Su generosidad.
Por esto, el camino del pecador arrepentido es más seguro (y produce más alegría en el Cielo) que el del que se empeña en ser "santo perfecto".
Peguémonos al amor de Cristo y dejemosle hacer con nosotros lo que tenga previsto.

martes, 15 de mayo de 2012

Mira que estoy a la puerta y llamo...

¿Por qué nos cuesta tanto a los cristianos creernos el mensaje evangélico?
Unos lo encuentran tan utópico que ni siqueira se atreven a intentarlo.
Otros lo interpretan como un estricto reglamento que es necesario cumplir para salvarse o para tener contento a nuestro Dios.
Ni lo uno, ni lo otro...
He repasado recientemente un pequeño discurso/homilía de la Beata Teresa de Calcuta -¡qué bien entendió esta mujer el mensaje evangélico!- y extraigo algún párrafo en el que se explica lo que Cristo pide de nosotros:

 "Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti. hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupacionesy, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, te amo pro ti, por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si sólo me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor."

¿Está claro?