viernes, 11 de junio de 2010

Incongruentes ataques a la Iglesia

Se acusa a la Iglesia de poco ecologista; pero cuando ésta defiende la naturaleza humana -la familia natural y el sexo natural- se la tacha de arcaica y moralista.

Se acusa a la Iglesia de pactar con los poderosos; pero cuando defiende al más débil -el feto- se la tacha de mojigata y de intentar retrasar el progreso.

Se acusa a la Iglesia de atentar contra la libertad del hombre; pero se la tacha de retrógrada cuando se niega a aceptar la fabricación de seres humanos.

Se acusa a la Iglesia de intolerante por defender que existe una auténtica naturaleza humana que debe respetarse; pero se la margina si no acepta el rígido código relativista que impone lo que debe tolerarse o repudiarse.

Se acusa a la Iglesia de intolerante por dogmática; pero cuando quiere flexibilizar las fronteras y las rígidas estructuras económicas del capitalismo o el liberalismo, entonces se la tacha de idealista.

Se acusa a la Iglesia de despreciar al pobre; pero cuando pretende liberarle de la opresión comunista se la tacha de embaucadora.

Se acusa a la Iglesia por basarse más en la fe que en la razón; pero se nos exige que nos creamos, sin dar razón alguna, que el gaymonio es igual que el matrimonio, o que un feto no es un ser humano.

Y es que es muy fácil ver la supuesta paja en el ojo ajeno, sin apreciar la viga en el propio.

martes, 8 de junio de 2010

Imitación de Cristo

Hablábamos en la entrada anterior de que el hombre moderno ha desechado la Religión como un envoltorio vacío; pero que esto es un grave error porque la Religión es el lugar en el que el hombre -individual y colectivamente- se relaciona con Dios [re-ligare].

Por esto, más que un conjunto de ritos, o una moral, o unas normas, o un libro, lo que la Religión pretende es mostrar la adecuada actitud que el hombre ha de mantener hacia su Creador.

En el Cristianismo lo tenemos muy claro: es la imitación de Cristo -Dios y hombre-, que es camino, verdad y vida. De esta forma, la nuestra no es la religión del Libro, como lo pueda ser el judaísmo o el islam, sino la religión de una Persona, humana y divina.

Y para andar este camino, para imitar a esa Persona, contamos con los sacramentos que Él mismo instituyó; en especial, con la propia compañía del Señor en la Eucaristía.

domingo, 6 de junio de 2010

¿Qué es más razonable, la ciencia o la religión?

La entrada anterior me sirve de preámbulo para poder declarar la falsedad de una creencia muy extendida, incluso entre personas religiosas: que la Ciencia se apoya más en la razón que la Religión. Hemos visto cómo cada una se apoya tanto en la razón como en la fe, según los diferentes aspectos de su propio ámbito.


La Religión establece inicialmente sus fundamentos en la fe, en sus dogmas; pero luego se dedica a comprobar la racionabilidad de éstos. Por ejemplo, la Iglesia cree en la posibilidad de los milagros y ésto es Fe. Pero no cree en un milagro concreto si no puede comprobar que es un hecho sobrenatural por encima de toda evidencia. Recientemente, las dudas sobre un milagro atribuido a la intercesión del Papa Juan Pablo II le ha supuesto el retraso en su beatificación. La Iglesia, que admite los milagros por la fe, exige pruebas razonables e irrefutables, para declararlos.

Por el contrario, la ciencia prioritariamente se basa en el experimento, la razón; pero después establece postulados "irrefutables" que le permitan fundamentar en ellas el progreso, aunque después -muy probablemente- se descubra que estaban equivocados. La ciencia comprueba experimentalmente sus postulados; pero a la postre tiene que confiar en que los resultados sean correctos, para poder seguir avanzando con su investigación; porque, si no creyese en la bondad de sus resultados, no podría construir nada sobre una teoría movediza. Y cuando se descubra que la conclusión era errónea, se rechaza y se sigue avanzando desde el último punto cierto que se alcanzó. Si los científicos hubiesen esperado a tener la absoluta certeza de sus conclusiones, nunca hubiesen avanzado, ya que siempre habrían acabado descubriendo que su fundamento, en algún punto era equivocado. Ésta en la única forma de progresar. Es curioso comprobar cómo se ha podido avanzar científicamente sobre fundamentos totalmente erróneos. Es decir, la ciencia combina el experimento racional con la fe en el propio resultado de ese experimento. Por ejemplo, si se hubiese esperado a conocer qué tipo de fuerza es la gravedad para tratar de dominarla, nunca se hubiese desarrollado la aviación; y si se hubiese esperado a saber con exactitud en qué consiste la vida, todavía no habríamos logrado curar ninguna enfermedad. Y si Colón hubiese esperado a tener la certeza de que hacia el oeste estaban "las indias orientales", nunca se hubiese descubierto América.


Resumiendo: la Religión tiene que razonar sus dogmas; y la Ciencia se tiene que creer sus postulados.

viernes, 4 de junio de 2010

Ciencia, razón y fe

El hombre es dogmático por naturaleza -por debilidad-, porque necesita seguridades. Por esto, frecuentemente busca tanto el dogmatismo de lo espiritual -la fe-, como el dogmatismo de lo material -la ciencia. Porque, de hecho, en ambos casos se trata de seguir una evidencia ya sea espiritual o científica. Me explicaré.


Seguimos nuestra fe espiritual -creencia religiosa- porque infinidad de pequeñas evidencias nos llevan a un conocimiento que estimamos seguro, aunque no nos resulta patente. Por ejemplo, la evidencia de que el mundo existe nos lleva a pensar que alguien lo ha creado... y esto es muy racional. Otro ejemplo: la evidencia de que el hombre tiene un componente espiritual nos lleva a pensar que no puede correponerse con la muerte, sino que pervivirá. Y ambas creencias -convencimientos- son deducciones muy lógicos y racionales.


Por el contrario, nos fiamos de los postulados de la ciencia porque nuestros razonamientos (más bien los razonamientos de personas autorizadas de las que nos fiamos, porque los conociemientos científicos están al alcance de muy pocos) nos los presentan evidentes; es decir, porque yo lo he razonado, entonces es cierto. Ahora se ha invertido el proceso: mi confianza en mis razonamientos es lo que me hace ver el postulado científico como evidente. En definitiva, también requiere cierta dosis de credulidad. Y por si a alquien le cabe alguna duda, os recordaré que la experiencia nos dice que todo postulado científico será rebatido después por otro "mejor comprobado".


Además, la ciencia también se apoya a veces en fundamentos dogmáticos. Por ejemplo, postula que sólo existe lo que puede verse o comprobarse científicamente, como si sólo el experimento científico pudiese dar patente de realidad a todo lo que existe. Y es éste un postulado dogmático muy prepotente, cuando la ciencia no ha sido siquiera capaz de definir científicamente algunas de las cosas más importantes que nos rodean: el bien, la belleza, el amor, el tiempo, la vida, la gravedad, ...y un largo etcétera.

Entonces, ¿qué es más razonable, la ciencia o la religión?

miércoles, 2 de junio de 2010

El misterio del hombre

La sociedad occidental se puede permitir el lujo de despreciar al Cristianismo porque ya se ha apoderado de todos sus tesoros, ya los ha incorporado a su sociedad y a su vida; y ahora desecha ese credo, como a un envoltorio vacío, porque cree que ya no lo necesita; el hombre postmoderno cree que ya puede seguir solo.

Pero se equivoca profundamente, porque el Cristianismo no es sólo el conocimiento del misterio del hombre [algo que no valoramos, porque nos resulta obvio tras dos mil años de Revelación]; sino que el Cristianismo debe ser el modo en que ese hombre agradece y ama a su Creador; y esto nunca es desechable sin dañarnos a nosotros mismos. Porque lo más importante para el hombre no es el conocimiento de su naturaleza, sino el conocimiento de su vinculación con Dios: el eje de la Revelación es la filiación divina; el conocimiento de que somos hijos de Dios, criaturas elevadas al rango de lo sobrenatural. Y despreciar esto es despreciar al hombre y animalizarlo.

El hombre postmoderno ha desechado el envoltorio, sin asegurarse antes de que estuviese vacío; y a tirado junto con él lo que hace hombre al hombre, lo que le distingue de los animales; y se ha quedado sólo con aquello que más le animaliza, por mucho progreso científico que haya alcanzado.

E incluso esto lo ha hecho mal, pues también desecha lo más obvio de su propia naturaleza material [su sexo biológico] y lo más humano de su sociedad [la familia].

lunes, 31 de mayo de 2010

Los extremos del ser humano

Uno de los mayores logros del Cristianismo ha sido desvelar la casi infinita dignidad del ser humano, como imagen de Dios y heredero del universo, y digno de encarnar al mismo Dios en Cristo. Pero a la vez, en el otro extremo, revela al hombre caído, dramáticamente frágil. El "seréis como dioses" bíblico, hay que compaginarlo con la profunda humildad del hombre pecador, criatura dependiente de la misericordia divina.

Hemos sido creados para ser perfectos como nuestro Padre; pero sin su ayuda estamos siempre a un paso de la condenación.

Por esto, quizá el siguiente mayor logro del Cristianismo sea que junto al rechazo frontal del pecado y el crimen, se encuentra la fácil absolución del pecador: simplemente ha de reconocer su culpa.

Ha vuelto a conjugar los dos extremos: las penas enormes y eternas, con el más sencillo método de perdón: el arrepentimiento.

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Es conservador el Cristianismo?

Pues siguiendo con el tema de las últimas entradas, tenemos que afirmar que el Cristianismo es a la vez conservador y revolucionario. Sí, ambas cosas a la vez:
Pretende conservar la verdad, aquello que pertenece a la naturaleza humana y le es fundamental; pero desecha todas aquellas falsedades que el hombre -debido a su naturaleza caída- va acumulando; las cosas que le desnaturalizan y le esclavizan.

Y así fue desde el principio. Nuestro Señor y fundador, conservó hasta la última tilde de la Ley antigua; pero arrasó con todos los añadidos que algunos hombres habían echado sobre los hombros de otros hombres. De hecho, Cristo fue indudablemente un revolucionario, como lo debe ser todo cristiano: por eso le crucificaron, porque revolucionaba las estructuras establecidas, sin modificar los cimientos. Y ya nos advirtió que nosotros deberíamos imitarle; y nos ocurriría lo mismo: en el mundo padeceréis persecución; pero, ánimo, yo he vencido al mundo -nos dijo.

Tenemos que ser revolucionarios para restablecer la dignidad de Dios y la dignidad de todo hombre. Pero sin quedarnos en uno de los extremos: defender con firmeza los fundamentos de nuestra Fe y nuestra moral; pero combatir las estructuras de pecado que se han instalado en el mundo.

¿Quién dijo que el Cristianismo es enemigo del progreso?

jueves, 27 de mayo de 2010

La conjugación de los extremos

Decíamos que la virtud no está en conciliar los extremos en un medio ideal. De hecho, el Cristianismo no ha venido a conciliar ambos extremos, sino a mantenerlos en su integridad.

El Cristianismo es la religión verdadera, la interpretación verdadera del mundo, la respuesta verdadera, precisamente porque da razón de ambos extremos, porque da razón de lo que se constata en la realidad.

Y el Cristianismo suele otorgar la misma importancia a los dos extremos:

Dios es uno y trino; Cristo es Dios y hombre; sube a los Cielos y se queda con nosotros; el mundo creado es material y espiritual; el hombre es cuerpo y alma; María es virgen y madre;todas las cosas creadas son santas, pero todas nos pueden hacer pecar; Dios es infinita misericordia e infinita justicia; nos dijo: sed sagaces como serpientes pero sencillos como palomas; no se puede despreciar ni una tilde de la Ley, pero la Ley no es lo importante; el que no muere no da fruto; el que gane su vida la perderá y el que la pierda la ganará; fuera de la Iglesia no hay salvación posible, pero todos los hombres están llamados a la salvación; mi yugo es suave y mi carga ligera; el que no toma su cruz cada día y me sigue no es digno del Reino; mi reino no es de este mundo, pero es rey.

¿No hay en el mensaje evangélico tantas contradicciones aparentes como en la vida del hombre? Pues este es el Camino, la Verdad y, en definitiva, la Vida misma.

martes, 25 de mayo de 2010

In medio virtus

Estoy absolutamente en contra de esa afirmación clásica. La virtud no está en el punto medio: allí está la mediocridad, que no es precisamente virtuosa. La virtud está en saber conjugar los dos extremos; no en practicar ambos a medias. Porque, hablando de virtudes, la verdad de un extremo no excluye la del contrario; sino que la afirma. Me explicaré.

Existen tanto la justicia como la misericordia; pues bien, la virtud no está en se medio-justos y medio-misericordiosos; sino que está en practicar toda justicia con misericordia y toda la misericordia con justicia.

En la vida cristiana, existe la oración y la acción; y lo correcto no es rezar un poco y trabajar otro poco; sino que lo perfecto es alumbrar toda nuestra acción con la oración.

El mejor ejemplo lo tenemos, como siempre, en Cristo: no fue medio Dios y medio hombre; sino plenamente Dios y plenamente hombre.

Un error parecido a quedarse en el medio sería situarse en uno de los extremos y negar el otro: nuestra virtud no sería mediocre, sino coja.

Y esto es así, porque el Cristianismo le muestra al hombre el misterio del hombre. Y éste, hecho a imagen y semejanza de Dios, tiende a la perfección de ambos extremos.

Por esto debemos atender al bien espiritual del hombre, que es su salvación, sin descuidar su bien material, sus necesidades.

Por esto debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas materiales; pero al prójimo, más aún, debemos amarle como Dios le ama. ¿Que no es fácil? Efectivamente, pero es debido a la grandeza del hombre, a la complejidad de su naturaleza. Pero esto tiene una ventaja: que la moral cristiana no descansa en la certeza absoluta de un dogma, sino en la incertidumbre de querer conjugar los extremos. Y esto nos lleva a no tener nunca la certeza de haberlo hecho totalmente bien; pero tampoco podremos nunca constatar que lo hemos hecho totalmente mal.

¿No será esto una manifestación de lo que pueda ser la infinita justicia divina conjugada con su infinita misericordia?

sábado, 22 de mayo de 2010

Una gran posibilidad.

Hablábamos en la entrada anterior de que el enemigo tiene interés en cegar los sentimientos que pudiesen llevar a rechazar el crimen del aborto. Aparte del desorden moral que esto supone [y del síndrome post-aborto, del que el enemigo sabrá sacar provecho en su momento, cuando suscite los remordimientos que lleven a la desesperación], tiene otra poderosa razón para actuar así.

Y la razón es que un feto es una gran posibilidad; o, mejor dicho, una posibilidad de cosas grandes: amor, sabiduría, ternura, valor, patriotismo; y también ingeniería, descubrimientos, familia, ... Todas ellas cosas que ningún ingenio puede conseguir, salvo el propio actuar humano. El hombre es una inagotable fuente de bien, cualquier hombre, cualesquiera que sean sus circunstancias. Por esto el enemigo quiere cegar esa fuente de bien desde su comienzo.

Y el hombre no quiere ver que eliminar esa posibilidad de bien [que no puede ser sustituída por ninguna otra], atenta contra la humanidad tanto como eliminar a quien ya es una realidad por haber nacido; y atenta contra Dios, que es el diseñador y creador de todas las posibilidades, realidades y bienes posibles.

Se puede decir que, si la criatura preferida de Dios es el hombre, la del enemigo es el aborto: y hay países occidentales en los que ya se crean más de éstos que de aquéllos.

jueves, 20 de mayo de 2010

El más potente motor

Hay quien afirma, sin fundamento alguno, que la religión es el opio de los pueblos...; y para liberar a esos pueblos, les atiborran con el "opio" del sexo, el materialismo, cuando no les esclavizan directamente con regímenes totalitarios marxistas.


Es curioso que semejante visión se haya aplicado también al Cristianismo, cuando la Historia demuestra que el cristianismo fue una fuente de liberación del hombre: primero de sus propios miedos y luego de la opresión de quienes son "lobos para los hombres".


La concepción social cristiana ha sido y será el mejor y mas potente motor para el progreso social; y, a la vez, el más ético. Sí, ya sé que ha habido errores y que no todos los que actúan en nombre del Cristianismo lo hacen desinteresadamente; pero si lo vemos globalmente, ha sido el Cristianismo lo que ha hecho de la civilización occidental lo que es ahora. Y el que no quiera verlo, que compare la situación social del occidente cristiano (sí, de raíz cristiana, aunque ahora no quiera reconocerlo), con la de las sociedades orientales que a penas han recibido influencia cristiana; o con las sociedades que fueron cristianas y han estado setenta años oprimidas por la dictadura atea.


No entiendo cómo tantos hombres de bien, que pretenden sinceramente mejorar la situación social de los más desfavorecidos se han dejado engañar por doctrinas inhumanas; y no han sabido descubrir que el auténtico rostro humano se encuentra en el cristianismo.

Imagino que será el mismo motivo por el que tantos "verdes" o "antitaurinos" -tan cariñosos con los animales-; no se inmutan ante la constante masacre de niños por el aborto.

Y es que el enemigo sabe suscitar los sentimientos que le interesan y cegar los que debieran suscitarse naturalmente.

martes, 18 de mayo de 2010

Demostrar lo indemostrable

Los filósofos saben muy bien que hay diversas vías para demostrar la existencia de Dios [sin ir más lejos, en las primeras entradas de este blog se incluyen varios razonamientos que avalan la existencia de un Creador]; pero lo que es totalmente indemostrable es la inexistencia de Dios.

Pues bien, al parecer el hombre postmoderno ha encontrado una manera de demostrar lo indemostrable. Para negar a Dios, ha negado al hombre, rebajándole a una mera evolución casual de la materia, sin espíritu, sin trascendencia y que desaparece tras su muerte como cualquier animal. Al negar la existencia de un ser superior al animal, espiritual, trascendente, con capacidad de amar, se niega necesariamente también la existencia de Dios; pues no podría existir el Dios de los cristianos sin que crease una criatura a su imagen y semejanza, que le diese gloria con su capacidad de amor. Y esto, entre otros motivos, porque Dios es amor y el amor es apertura a los demás; Dios es el bien, y el bien es difusivo de sí mismo.

Ya sé que, en pura teoría, Dios podría existir muy a gusto sin necesidad del hombre...; y, si me admitís esta forma de decirlo, quizá estuviese más a gusto sin nuestros constantes fallos...; pero no puede pensarse en un Creador que no hubiese creado una criatura que le pudiese llegar a conocer.

Además, negando al hombre espiritual, se niega la posibilidad de que nada creado pueda conocer a Dios; y entonces, ¿qué más da que exista o no?

Y la razón más importante: al negar al hombre se niega a Cristo, el Hijo del Hombre, y encarnación de Dios; y, por tanto, se arrasa de un golpe con todo el cristianismo.

Casi se podría parafrasear a Nietzsche: el hombre ha muerto luego Dios ha muerto.

martes, 27 de abril de 2010

Religión social vs religión individual.

Es un debate muy de nuestro tiempo si la Religión debe ser algo individual o si, por el contrario, tiene una dimensión social.

Por supuesto, la historia de todas las civilizaciones de todos las épocas de todos los rincones del mundo ha puesto de manifiesto la importantísima dimensión social de la Religión: si alguien lo duda que repase la historia del arte y de la arquitectura de todas esas civilizaciones, épocas y rincones. La Religión ha sido siempre la principal manifestación de una sociedad; y, si me lo permitís, incluso la ausencia de Religión de las sociedades ateas (dictaduras marxistas) era la manifestación más propia de dichas sociedades.

Pero quería llevar esta dimensión social a la historia del Pueblo de Dios.

Durante la época del Antiguo Testamento, la Religión era precisamente la "constitución" del pueblo de Israel: era una teocracia precísamente porque ese pueblo había sido fundado directamente por Dios, de la estirpe de Abraham. Por lo tanto, la Ley que lo regía era una ley divina, dictada por Moisés; y que obligaba a todo el pueblo no sólo en conciencia, sino con fuerza civil e, incluso, penal. A Jesús le condenan a muerte precisamente por blasfemo: ir contra Dios es ir contra el pueblo.

Pero en el Nuevo Testamento la Ley (en especial en su dimensión más social) pierde toda su fuerza inicial porque la religión revelada deja de ser una cuestión exclusiva del pueblo de Israel y pasa a ser universal: Dios se revela en Jesús a todos los pueblos, todas las sociedades y, muy especialmente, a todos y cada uno de los individuos. Permanece la ley moral (el Decálogo); pero decae la ley social, los 613 mandamientos, porque ahora todos los ordenamientos sociales que no contradiga el Decálogo son aceptables, son susceptibles de amparar el Reino de Dios.

En este sentido es en el que se puede decir que cede su importancia la dimensión social de la Religión y adquiere mayor importancia la dimensión individual: la salvación ya no es de un Pueblo, es individual de cada persona que crea y ame a Cristo; y sobre todo, que acepte su mensaje.

Nos preocupa mucho el rumbo que siguen las sociedades actuales, que no sólo no manifiestan su dimensión religiosa, sino que pretenden evitar que cada individuo lo manifieste socialmente su fe; porque esto es malo. Pero el peligro no es tanto la corrupción de la sociedad como tal [lo que ya ha ocurrido varias veces], sino la corrupción de los individuos, de cada una de las personas...

El fin llegará cuando se corrompan más personas de las que se convierten: entonces la continuación de este tiempo ya no tendrá objeto. Y si nos ceñimos a la civilización occidental, eso ya está ocurriendo...

martes, 20 de abril de 2010

¿Qué fin persigue Dios con sus normas?

La Ley Natural es la norma que Dios nos da para que llevemos a su plenitud nuestra naturaleza humana. Esta Ley es necesaria, universal e inmutable. Pero, en último extremo, lo que Dios persigue con su norma no es tanto que el hombre alcance la perfección de su naturaleza, cuanto que se someta -por amor y confianza- a su designio. De hecho, el desorden natural del pecado queda suficientemente restaurado por el orden sobrenatural que genera el arrepentimiento por amor. Y es que el pecado ofende a Dios no por la transgresión natural que se produce, sino porque supone el rechazo de su amor. No obstante, en el orden natural, el desorden persiste (Dios perdona siempre; pero la naturaleza nunca) lo que nos muestra la necesidad, universalidad e inmutabilidad de la Norma.

A Dios le interesa más nuestro amor que nuestra virtud o nuestra perfección. De hecho, cualquier otra criatura carente de libertad y voluntad es mucho más perfecta que el hombre. Si Jesús se entregó en su Pasión, no fue para perfeccionarnos, sino para redimirnos; para poder tenernos con Él toda la eternidad: "en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso", le dijo al buen ladrón, su primer redimido.


El amor del hombre le interesa mucho más que instaurar una sociedad perfecta, lo que sólo ocurrirá con su segunda venida. Es cierto que durante el Antiguo Testamento Dios dictaba normas sociales; pero con el Nuevo Testamento y la nueva alianza, queda superada toda limitación social y el Reino se abre a cualquier hombre de cualquier sociedad. Este es, a mi entender, el significado de la afirmación del Señor: "no he venido a abolir la Ley [que es necesaria], sino a darle cumplimiento [que sirva para amar]"

Si esto es así, entonces deberíamos empeñarnos más en mostrar a los demás el rostro amable de Dios, para que sea amado por todos los hombres. Y dejemos en sus manos la realización de su Reino, lo que nunca conseguiremos con nuestras meras fuerzas.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Qué le preocupa a Dios?

Esta claro lo que nos preocupa a los cristianos: la fe, el honor de Dios y de su Iglesia; el pecado, como ofensa a Dios; nuestra libertad y la de la Iglesia, nuestro culto; y mostrar a las almas el amor de Dios. Por supuesto, actualmente nos preocupa -y mucho- la degradación moral actual, incluso entre los cristianos y, especialmente, entre los eclesiásticos (aunque se trate de pocos casos muy llamativos). Es razonable que nos preocupe todo esto a los cristianos.

Pero, ¿qué le preocupa a Dios? [si se me permite utilizar esta expresión en sentido figurado]. Me lo pregunto porque a veces pienso que a Dios no le preocupan tanto como a nosotros estas cosas "tan inquietantes". De lo contrario, ¿por qué consiente los ataques -fundados o no- a su Iglesia?; ¿por qué consiente la corrupción dentro de ella?


Imagino que el criterio que sigue Dios [sigo hablando en sentido figurado] es exactamente el mismo que siguió cuando consintió que crucificasen a su Hijo: porque, por encima de su honor, su dignidad, su alabanza, la Iglesia y la moral, lo que más estima es la salvación del hombre. Lo único que realmente le preocupa es que, al final, cada hombre se salve y pase toda la eternidad con Él, disfrutando en su gloria.

Lo curioso es que a nosotros nos preocupen mucho más las cosas de aquí abajo. Si a Dios y a los hombres nos preocupan cosas bien distintas: ¿quien debería rectificar?

viernes, 16 de abril de 2010

La fe de los jóvenes

Se dice que los jóvenes tienen menos fe y practican menos la religión; y parece ser cierto, aunque habría que matizar bastante el significado de esta realidad.

Esto no significa que la práctica de la religión vaya a menos con cada generación, sino que los jóvenes son más despreocupados, están más sometidos a sus recién estrenadas pasiones y, por falta de experiencia de la vida, son menos sabios. Si fuese de otro modo, cuando estos jóvenes llegasen a ser adultos, seguirían sin practicar la religión; y, en consecuencia, el número de adultos que practican también iría disminuyendo paulatinamente con cada generación. Pero esto no sólo no es así, sino que el número de personas religiosas se mantiene e incrementa; y muchos que no practicaron cuando fueron jóvenes, con el paso del tiempo, la antigüedad de sus pasiones y la adquisición de la sabiduría por la experiencia, se vuelven hacia Dios como fin natural del hombre y única esperanza permanente.

No, los jóvenes de cada generación son menos piadosos precisamente porque son jóvenes, no porque se pierda la fe; y la juventud es una enfermedad que siempre cura el simple paso del tiempo. De otro modo, dos mil años después de la resurrección de Cristo, ya no quedaría ni rastro de la fe en Él sobre la Tierra.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pero, ¿de quién es la culpa?

No quería terminar los comentarios sobre las acusaciones de abusos sin añadir esta última opinión personal.

Como decía en la entrada anterior, el pecado es de los abusadores, no de la institución sacerdotal ni de la Iglesia. Pero, ¿tiene alguna culpa la jerarquía eclesiástica?; ¿tenemos culpa los fieles cristianos?

Por supuesto, existiría culpa en todos los casos en los que esa conducta se ha ocultado para evitar el escándalo o proteger a la Iglesia, siempre que no se hubiesen tomado, además, las debidas medidas de separación del culpable; y no basta con un trasalado de parroquia.

Pero también querría referirme a otro tipo de culpa. Muchos eclesiásticos llevan años trivializando y relativizando el pecado, relajando la exigencia moral y hablando mucho más de "amor" que de compromiso y exigencia; se ha abandonado la enseñanza de la moral. El propio ministerio sacerdotal se ha planteado mucho más despegado de la autoridad eclesiástica; y en muchas órdenes religiosas la desobediencia al Magisterio está a la orden del día. Los más progresistas incluso justifican abiertamente la homosexualidad [en muchas confesiones protestantes se ordena incluso obispos que se declaran homosexuales prácticos]. En definitiva, los cristianos hemos relajado nuestra santidad y esto se ha traducido en el descarrío moral de la sociedad; y, por contagio, de algunos sacerdotes y religiosos...

Y en esto sí tenemos toda la culpa: el cometido del Cristianismo es santificar la sociedad; y hemos fracasado por falta de santidad personal.

lunes, 12 de abril de 2010

¿De quién es el pecado?

Seguimos hablando de las horribles acusaciones de abusos cometidos por sacerdotes. Ojalá fuesen todas falsas; pero lo realmente horrible es que en su mayor parte parecen ser ciertas.

No pretendo restar ni un ápice de la gravedad que tienen; y también con el agravante de haberse cometido con abuso de confianza y por quienes debían haber protegido la moralidad de las víctimas. Voy mas allá, en los casos en los que lleguen a ser delitos civiles, se debería procesar a los culpables (por supuesto con las garantías procesales que todo acusado merece, incluida la presunción de inocencia).

Pero sí quiero matizar la extensión de estas acusaciones a la Iglesia Católica. ¿Alguien ha sumado cuantos sacerdotes están involucrados en todo el mundo en estas actividades? Y a lo largo de las décadas en las que se han desvelado estos crímenes, ¿cuántos sacerdotes ha habido y cuántos han sido acusados? Es decir, ¿cuál es el porcentaje de sacerdotes que han traicionado su ministerio? En la actualidad hay más de 400.000 sacerdotes; y en la década de los sesenta del siglo pasado habría bastantes más. Si ha habido 4.000 acusados, el porcentaje sería del 1%. ¿Alguien conoce el porcentaje de acusaciones entre docentes laicos y monitores deportivos?

Por supuesto, no pretendo justificar ni uno sólo de los casos; pero sí poner de manifiesto que se trata de conductas personales reprobables, no de una corrupción de la institución sacerdotal. No es un pecado de la Iglesia, ni de los sacerdotes: es un pecado de quienes traicionan su ministerio y su fe.


Otro juicio merecería la conducta de quien pensó que ocultando las denuncias se hacía una favor a la Iglesia: craso error que ahora se está pagando.

viernes, 9 de abril de 2010

Las acusaciones a la Iglesia Católica

Arrecian las acusaciones contra sacerdotes por temas de abusos. Pero en todo este ataque, que en definitiva va dirigido contra la Iglesia, se observa una clara actuación diabólica. No es porque las acusaciones no sean ciertas, que por desgracia sí deben serlo [aunque también habrá falsedades y ganas de revanchismo], sino por la orquestación de todo ello y la hipocresía que manifiesta la sociedad al escandalizarse tanto.

En efecto, la sociedad actual ha trivializado el sexo como si no tuviese la menor importancia; se promueve la homosexualidad ya desde las escuelas; se ridiculiza la fe, el celibato y la acción de la Iglesia. Pero cuando es un sacerdote el que incurre en homosexualidad con niños y jóvenes [lo que tanto a mí como a la Iglesia nos parece intolerable], esa sociedad tan tolerante con los demás, se rasga las vestiduras hipócritamente. Sin embargo, cuando los movimientos gays piden la liberalización de las relaciones sexuales con niños, a nadie le parece mal; o, al menos, nadie se escandaliza.

¿Por qué este doble rasero? Pues creo que es debido a que, en el fondo, todos son conscientes de que una relación sexual es algo importante, que debe tenerse una vez alcanzada la madurez y consentirse libre y conscientemente; en privado, todos reconocen la homosexualidad no es la forma natural de sexo; y, en su fuero interno, admiten que la Iglesia es la guardiana del último rescoldo de moralidad, y que sus ministros célibes, religiosos y religiosas habitualmente dan ejemplo y desarrollan una magnifica labor educativa en este sentido.

Por esto, veo que es diabólico que la sociedad simultanee la trivialización de la moral con la exigencia de que los religiosos sigan siendo los guardianes de esa misma moral.

Sólo Satán puede inducir tanta incoherencia y tanta hipocresía.

jueves, 8 de abril de 2010

Los agobios de los cristianos

Los cristianos estamos agobiados por la situación actual, que consideramos catastrófica. En realidad, los problemas nos parecen enormes, porque los vemos desde muy cerca: los tenemos pegados a la nariz. Sin embargo, nos despreocupamos de problemas realmente importantes que están muy lejos y por eso no les damos tanta importancia.

Por ejemplo, la crisis de la sociedad occidental nos parece un auténtico cataclismo (y desde luego no es para tomársela a broma); pero eso nos impide ver la primavera de la Iglesia en el resto del mundo. De hecho, en la actualidad hay más vocaciones sacerdotales de las que nunca hubo; aunque, por supuesto, no se producen en occidente.

El Evangelio de la Misa de ayer sobre el acompañamiento de Jesús a los discípulos que volvían a Emaús es muy revelador: el Señor les estaba acompañando; pero ellos no se daban cuenta y, además, creían que seguía muerto. ¡Cuando en realidad ya había resucitado!

Quizá estemos demasiado tiempo mirándonos al ombligo y doliéndonos de nuestras tribulaciones, para apreciar la Resurrección que ya se produjo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La nueva evangelización

El problema actual con la evangelización -es decir el anuncio del Evangelio- es que se predica la salvación -la buena noticia- a quien no tiene conciencia de pecado. Y si no hay pecado, ¿de qué tenemos que salvarnos?

El hombre actual no cree ofender a Dios, porque desconoce el amor que Dios le ofrece. Si no sé que Dios tiene un plan magnífico para mí, que me amó desde toda la eternidad y que me creó para amarle y ser feliz con Él, ¿cómo voy a saber que rechazar ese plan le ofende? Si desconozco el plan del que me estoy alejando con mi pecado, ¿cómo voy a alegrarme de que alguien me devuelva a él?

El drama del hombre actual es que desconoce el amor de Dios; y entonces rechaza que un Dios pueda dirigir su vida y se aferra a su mísero placer y se ama a sí mismo; y esto le parece tan escaso, que acaba odiando a Dios por haberle creado..., rechazando así la única vía de salvación, de salida de sí mismo.

Por esto, lo importante en la evangelización es transmitir el Amor, mucho más que la moral.

sábado, 13 de marzo de 2010

Cristo, camino para endiosarnos.

Afirma Santo Tomás de Aquino que "Dios se hizo hombre, para que los hombres nos hiciésemos dioses". Es una gran verdad, como veíamos en la entrada anterior.

Pero me atrevería a mejorar esa afirmación: tras el extravío del hombre por el pecado, Dios se hace hombre para enseñarnos el camino a la divinidad. ¿Que quiero decir? Pues que la cualidad de poder endiosarnos, esa meta, la tenemos desde que el hombre fue creado; pero nuestro pecado nos desvió del camino. Nuestro destino divino no aparece con la Redención; sino que es intrínseco a nuestra naturaleza libre, consecuencia de haber sido creados por Dios a su imagen y semejanza. La Redención lo que hace es restaurar esa naturaleza: nos enseña a amar de nuevo, para que encontremos el camino de la divinidad.

El antropocentrismo actual rechaza el pecado porque considera al hombre su propio dios: somos dueños de nosotros mismos y nuestra voluntad es la única que debe guiarnos. Pero la realidad es totalmente diferente: el pecado existe precisamente porque fuimos creados para ser dioses. Y el pecado precisamente consiste en nuestro rechazo de llegar a ser tales, dioses en Dios.


Y esto sí puede ofender a Dios: que su criatura, destinada al más alto fin, reniegue de Dios y prefiera endiosarse como simple hombre. Incluso peor, al rechazar libremente al Creador, nos endiosamos como animales, ya que pervertimos hasta la propia naturaleza humana, degradándola.

jueves, 11 de marzo de 2010

Somos dioses

Hablábamos en la entrada anterior del la permanencia del alma humana en Dios, mientras libremente así lo decida por su Gracia. Entonces, ¿somos dioses?

Por supuesto, somos dioses porque fuimos creados a su imagen y semejanza y porque compartimos la más distintiva de sus cualidades: la libertad. Pero somos dioses en Dios.

Y como dioses, ¿podemos crear? La respuesta es afirmativa: como somos libres podemos crear; y lo que creamos con nuestra libertad es el amor. El amor, que no existe en la naturaleza, es la criatura del hombre, el producto de su libertad. Con nuestra libertad creamos amor de la nada...

Pero nuestra libertad también puede abstenerse de crear, puede negarse a amar -o amarse a sí mismo-; y esto es la ausencia del bien (lo que equivocadamente llamamos el mal); y esa ausencia es el pecado. Pecar es rechazar el amor, rechazar a Dios que es Amor y nos creó para amar. Este es el riesgo que Dios quiso correr: crearnos para el bien y que ese bien se quede sin hacer...

Pero si ejercemos nuestra libertad y amamos, hacemos el bien, entonces estamos imitando a Dios, nos hacemos dioses... Y cuanto más amemos, más creamos y más nos endiosamos.

En definitiva, el mayor acto de amor es el que más nos endiosa; y nadie tiene más amor que el que da su vida por otro. Por esto, cuando más amamos es cuando sufrimos por los demás. Luego el sufrimiento -la mayor manifestación del amor- es lo que más nos endiosa...

Esta vez he llegado muy lejos (¿demasiado?) en muy pocas frases; pero me gusta la conclusión a la que llego. Si el sufrimiento es lo que más nos endiosa, entonces Dios ha sabido dar sentido y valor [el mayor valor] a lo más inútil: al dolor.

¿No se ve distinta la Pasión de Cristo desde este punto de vista?: Jesús muriendo en la Cruz es cuando es más DIOS -si se puede hablar así-, porque sufriendo y amando se endiosa su naturaleza humana; y ¡de que manera!

martes, 9 de marzo de 2010

El alma de los seres vivos.

¿Que es la vida? Esta es una de las muchas respuestas que la ciencia no ha sabido darnos: no existe una definición de vida que sea aplicable a la totalidad de los seres vivos. ¿Por qué a algo que cambia totalmente a lo largo de su existencia, se le considera que es un mismo ser? ¿Qué es lo que le mantiene en la identidad, cuando han cambiado todos sus elementos? ¿Por qué el bebé y el anciano -tan diferentes- son la misma persona? ¿Y el gusano de seda y la mariposa?

Los filósofos tratan de explicarlo diciendo que toda vida está ligada a un alma, que es lo permanente aunque lo material cambie. Por supuesto, hay alma vegetal, alma animal y alma humana.

Hasta aquí la filosofía... ahora empezaré a divagar...

En el caso de los seres vivos en general, sería Dios mismo su alma, quien les da forma y los mantiene en su ser a lo largo del tiempo. Sin embargo, en el caso del hombre ha querido ir más lejos. Por supuesto, nuestra alma es parte de Dios, como cualquier otra criatura que sin Él no recibe el ser (en Él somos, nos movemos y existimos); pero nos ha querido crear a su imagen y semejanza. Y como lo propio de Dios es la libertad -no está condicionado ni determinado por nada-, ha querido crear esa alma libre, con voluntad independiente. De un modo que no podemos llegar a entender (aunque estemos en Dios), nuestra alma puede decidir libremente permanecer en la vida divina o separarse de ella. Dios ha querido mantener en la existencia al hombre que rechaza s Gracia, al que le vuelve la espalda y rechaza la vida divina; a pesar de esto, siguen vivos tanto su cuerpo como su alma. Pero al alma que no está unida a Dios le falta lo fundamental; ese hombre se convierte en una naturaleza incompleta, separada de su Creador ya no es la naturaleza diseñada por Éste. Y Bien podemos decir que la naturaleza humana separada de Dios es incluso inferior a la de los animales o plantas, que siempre permanecen en Él, fieles a su naturaleza.

Hay quien dice que no existe el infierno. ¿Es que puede haber peor infierno que descubrir -en la otra vida- las consecuencias de tan garrafal error? Éste es el infierno: lamentar eternamente la eterna separación de Dios.

domingo, 7 de marzo de 2010

Eliminar la civilización cristiana

Al parecer el objetivo primordial del NOM (Nuevo Orden Mundial) con sus ideología de género, su feminismo radical, su laicismo militante y, en definitiva, con sus ataques constantes al único baluarte que queda en pié -la Iglesia Católica-, es eliminar la civilización cristiana.

Pero yo me pregunto si alguien ha caído en la cuenta de que es precisamente el cristianismo el que ha liderado el desarrollo de la humanidad en los últimos siglos. Han olvidado que la civilización hunde sus raíces en la concepción social cristiana, que es de donde han salido los valores que sustentan nuestras avanzadas sociedades: la dignidad humana, la libertad, el respeto a la vida, la concepción del matrimonio y de la familia, los derechos de los trabajadores, la asistencia social, y un largo etcétera... a veces desconocido por el gran público que no cae en la cuenta de que todo esto es "herencia de Cristo". Incluso en las civilizaciones orientales se han ido incorporando muchos de estos valores que para ellos no existían, por ejemplo la concepción de la familia... y van avanzando en el reconocimiento social de la mujer.

Pues bien, si eliminamos la civilización cristiana, lo que estamos eliminando es simplemente la civilización como la conocemos, pues no hay otra que pueda tomarle el relevo.

¿O es que la ideología de género y la cultura de la muerte pueden ofrecer algo mejor?

viernes, 5 de marzo de 2010

Dios cambió su forma de hacer Justicia

Decíamos hace unas entradas que la justicia de Dios es muy distinta de la humana; y poníamos como ejemplo la Redención, en la que el Justo muere y el culpable recibe la gracia.

Esta es la actitud que Dios nos pide: durante el Antiguo Testamento Dios acude para hacer Justicia con su pueblo, liberándole de sus enemigos o incluso castigándole por sus culpas. Pero desde la Redención, ha dejado de ejercer esa Justicia directa: ni nos castiga abiertamente por nuestras culpas, ni nos libra de nuestros enemigos. Lo primero, porque hemos sido rescatados por Cristo al precio de su sangre; y Dios esperará a que Él venga a juzgarnos. Lo segundo, porque nos pide que -a ejemplo de Cristo- también nosotros nos entreguemos para liberar a nuestros enemigos.

Desde la Redención debemos ser también co-redentores.

jueves, 4 de marzo de 2010

Lo que ninguna Ley nos puede dar.

Seguimos con la carta cuaresmal del Papa, que es muy corta -dos folios- pero que contiene cantidad de mensajes explosivos para la sociedad actual, como ya hemos tenido ocasión de comprobar en comentarios anteriores.


Otra de las cosas que nos dice es que la Justicia distributiva nunca puede dar todo lo que un hombre necesita, ya que lo más necesario para un hombre es el amor: tanto el amor humano como el divino. Por lo tanto, no basta con distribuir lo que la sociedad tiene, aunque se haga equitativamente. Lo importante es que cada persona reciba el reconocimiento y la dignidad que merece, incluso cuando poco pueda aportar debido a sus circunstancias. Esto ya se acerca más al amor que a la justicia: valorar a cada uno por sí mismo, con independencia de sus circunstancias y sus aportación a la sociedad.


Por supuesto, no se puede pedir a una ley que nos garantice el amor, que por definición no puede forzarse. Pero sí se le debe pedir a la ley que trate de fomentar el amor entre los ciudadanos (hay leyes promulgadas expresamente para fomentar el odio) y no sólo la estricta justicia.


Pero lo que debe ser el objetivo último es que cada uno sienta que ese reconocimiento, que ese amor, le viene de Dios, de su creador; que, en definitiva, es quien nos otorga nuestra dignidad. Por esto, la actitud más injusta sería tratar de apartarnos del amor de Dios.

¿Suena a utopía? Me imagino que sí. Vivimos en una sociedad que no logra implantar la mera justicia distributiva entre sus ciudadanos (y mucho menos si comparamos a los ciudadanos de unas naciones con los de otras): ¿cómo esperar que implante el amor?

Pero creo que es importante no olvidar el objetivo último por muy lejano que lo veamos, si queremos avanzar en la dirección correcta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La injusticia está dentro de nosotros

Esta es otra de las afirmaciones explosivas del Papa en su carta cuaresmal, por mucho que no haga más que repetir la enseñanza evangélica.

Nos dice el Señor -cuando se ve recriminado porque come sin lavarse las manos-, que no es lo de fuera lo que mancha al hombre, sino lo que el hombre saca de su corazón... Por supuesto se está refiriendo a lo que mancha su alma.

Parece que hoy en día nos hemos olvidado de este pasaje evangélico, y culpamos con demasiada facilidad de los males del mundo a elementos ajenos a nosotros mismos. Ante una injusticia, siempre hay alguien a quien culpar: la sociedad, las autoridades, la casualidad, incluso nos atrevemos a culpar a Dios... Y siempre encontramos una excusa en la que escudarnos de nuestra actitud apática ante esa injusticia.

Pero el Papa nos viene a recordar que los ataques de fuera no pueden hacernos mal; que en definitiva, nada externo puede violentar nuestra libertad. Lo que nos hace mal no es la injusticia ajena, sino nuestra conducta al respecto, nuestra aceptación.

No nos hacen mal los políticos que nos atacan, ni los que aprueban el aborto o el llamado matrimonio homosexual, ni los que nos inundan con pornografía. Estas cosas nos harán mal en la medida en que nosotros las aceptemos; o, para diferenciarnos de "los malos", las aceptemos sólo en menor medida, las aceptemos sólo en la medida del "mal menor". Por ejemplo, la ley española del divorcio exprés -que permite disolver civilmente un matrimonio a los tres meses de celebrado y sin causa alguna- sólo hará mal a la sociedad si los esposos egoístamente acuden a ella. La ley que despenaliza el aborto no matará ningún niño, sin el concurso del egoísmo de la madre y el médico (1).

Por esto, nos dice textualmente el Papa: "La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal". La injusticia no proviene de las estructuras sociales ni de las ideologías nefastas, sino del egoísmo humano, que es el que, a la postre, ahoga nuestro impulso inicial para compartir y nos incita a retener lo nuestro -lo que nos pertenece-, en aferrarnos a lo que necesitaría nuestro prójimo...

Si queremos mejorar el mundo, empecemos mejorando nosotros, evitando cualquier convivencia con el mal, aunque sea menor y esté socialmente aceptado. Porque si el mal no anida en el corazón humano, entonces deja de existir.

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(1) Por supuesto, dejo claro que una ley injusta será ilegítima e infame, aunque nadie llegase a aplicarla; y debe rechazarse su mera promulgación.

lunes, 1 de marzo de 2010

La Justicia de Dios

Benedicto XVI, en la carta cuaresmal que comentábamos en la entrada anterior, no habla sólo de la Justicia distributiva, también nos trata de explicar algo de la Justicia de Dios, "profundamente distinta de la humana".

Decíamos que la justicia humana consiste en "dar a cada uno lo suyo". Pues bien, en la Justicia divina, el Justo muere en lugar del culpable, y éste recibe la bendición que le correspondería al justo... Es decir, cada uno recibe lo contrario de lo que parece merecer: lo contrario de "lo suyo". En la justicia humana, una situación así nos parecería inaceptable, sería un despropósito. Tratemos de comprenderlo.

Ya habíamos hablado de que la Justicia de Dios es su forma de hacer misericordia; y su misericordia es la forma de hacer justicia (ver entrada del 28-6-09). Así, al castigar a su Hijo inocente y perdonarnos a nosotros -los culpables-, entregándonos su Gracia, pone de manifiesto que su justicia-misericordiosa es la forma de mostrarnos su Amor. Dios es Amor; y todo lo que hace es amar. Este es el aspecto de Dios más importante, mucho más que cualquiera de las otras "cualidades" que tanto pueden impresionarnos: la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia, etc. El amor de Dios es lo que le hace que su Justicia le pida a su Hijo "todo lo que puede dar", para darnos a nosotros "todo lo que necesitamos"(1)... Y al que da lo que tiene, no puede pedírsele más. Que nos sirva este pensamiento para no volver a pedirle cuentas a Dios de las hipotéticas injusticias a las que creemos que nos somete...

Y esta forma de hacer Justicia, es el camino que Dios nos muestra para que le imitemos. Este ejemplo, es lo que nos debe animar a crear sociedades justas en las cuales cada uno reciba "lo suyo", no entendido como lo que le corresponde, sino como lo que necesita.

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Utilizo intencionadamente estas expresiones ^[que utilizó un comentarista a mi entrada anterior] para poner de manifiesto que las considero expresión del cristianismo evangélico; y que son algunos cristianos quienes más a menudo durante dos mil años las han puesto por práctica; aunque, por supuesto, el resto de cristianos estamos muy lejos de vivirlas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Justicia es dar a cada uno lo suyo.

He estado leyendo detenidamente el mensaje cuaresmal de Benedicto XVI , como suelo hacer con todos los documentos que redacta este formidable Papa; y una vez más me ha sorprendido su capacidad de llamar la atención sobre lo fundamental, incluso en temas que todos damos por sabidos.

¿Que es Justicia? Pues, según la definición clásica latina, Justicia es "dare cuique suum": dar a cada uno "lo suyo". Todo el mundo estará de acuerdo con esta sencilla definición; pero nuestro genial Papa pone el dedo en la llaga: ¿que es "lo suyo"? La respuesta será muy distinta -radicalmente distinta- según a quién le preguntemos; y estas diferentes respuestas hacen que la palabra Justicia -que todos aceptan- signifique cosas muy diversas:

Si le preguntamos a un capitalista, nos dirá que "lo suyo" es lo que cada uno posee; que debe respetarse el "status quo" de propiedad privada que existe; y que además también serán de cada propietario los frutos y rentas de su propiedad. Aparentemente, es una concepción de Justicia que parece justa -valga la redundancia- al menos para los que poseen mucho...

Si le preguntamos a un comunista nos dirá que "lo suyo" no existe, que todo es del Pueblo y para el Pueblo, incluidos los frutos y rentas de todos los bienes comunes, que deberán ser disfrutados en solidaridad universal. Esta concepción de Justicia también podría parecernos justa, si la Historia no nos hubiese demostrado que el concepto Pueblo se queda en la práctica reducido a "unos pocos poderosos"; y que no sólo le quitan al individuo la propiedad, sino también todo rastro de dignidad.

Si le preguntásemos a otros ideólogos, como liberales o fascistas, nos dirían que "lo suyo" es lo que a cada uno le corresponde según sus méritos. A priori, esta concepción de Justicia puede parecer más justa que las anteriores, ya que se basa en el esfuerzo personal; pero en la práctica, la valoración de mérito es muy subjetiva. Los fascismos y totalitarismos consideran mérito a lo que no es sino "adhesión inquebrantable", simple peloteo y adulación a la autoridad: un individuo tiene mérito en la medida en que satisface los intereses del poder. Por el contrario, en un liberalismo son las autoridades las que tienen mérito para los particulares en la medida en que les apoyan en sus intereses privados. En definitiva, son dos ejemplos de corrupción política: una ascendente y otra descendente. Por supuesto, también hay casos en los que cada uno alcanza lo que le corresponde con su propio esfuerzo; pero no hay ningún régimen que nos garantice que esto sea así.

¿Y para un cristiano? ¿Qué es la Justicia para un cristiano? Pues Benedicto XVI nos contesta sin ambages. Para un cristiano la Justicia tiene dos acepciones: Justicia para con Dios que consiste en la adhesión personal a su voluntad; y Justicia para con los hombres, que consiste en dar a cada uno "lo suyo". Y volvemos a lo mismo: ¿qué es "lo suyo" para un cristiano? Pues también a esto contesta el Papa sin rodeos: "lo suyo", lo que pertenece a cada hombres, es "lo necesario para vivir según su propia dignidad". Es decir, todo lo que yo tengo que excede de lo que necesito para vivir según mi propia dignidad -aunque lo haya obtenido con mi esfuerzo-, en realidad pertenece al prójimo que no tienen lo suficiente para garantizar esa dignidad. Y nos insta a vivir esta Justicia -según el mandato bíblico- con el pobre [¿el parado?], el forastero [¿el inmigrante?] y el esclavo [¿el trabajador?]; y en definitiva, a "contribuir a la formación de sociedades justas".

¿Alguien concibe un remedio mejor para la actual crisis económica? Es hora de empezar a ver la alternativa social cristiana como algo más que una mera utopía; y somos los cristianos los primeros que tenemos que creerlo así.

viernes, 19 de febrero de 2010

Insisto: el mal no existe

Quisiera introducir una matización en mi entrada del 18 de junio pasado, en la que afirmaba que el mal no existe.

Efectivamente, el mal no existe, es solo la ausencia de bien. Pero el que sí existe es el maligno: es el "malo" del que pedimos que nos libere Dios en la versión latina del Padrenuestro (...sed líberanos a malo, amén, en vez del líbranos del mal, amén). Pero el malo no puede "hacer" el mal, porque no puede crear nada. Es Dios el que crea, el que "hace" ; y siempre hace el bien; y el maligno se limita a intentar destruir ese bien, porque odia a Dios y todas sus obras; y cuando lo logra aparece ese vacío que llamamos mal... su máximo logro es el vacío.

Quizá esta limitación sea la causa de su odio a Dios, de su rabia; en el fondo producida por la constatación de la estupidez que es renegar de su condición de criatura y perder todos los dones que de la misma podrían venirle, para quedarse en eso, en el vacío ....

miércoles, 17 de febrero de 2010

El ataque a los cristianos

Hablabamos de que con frecuencia se ataca a los cristianos. Unas veces, el ataque es la simple reacción de quien se ve desenmascarado en su táctica de dominar al hombre haciendole esclavo de sus pasiones. Otras veces nos atacan con razón, ya que nuestra conducta social deja mucho que desear y puede pecar de hipocresía: con nuestras denuncias buscamos más protejer nuestros propios intereses que el bien común que tanto predicamos. Y en estas ocasiones, el enemigo no ataca tanto al Cristianismo, como a nosotros, que somos un garabato de cristianos, más preocupados en defender nuestros privilegios y derechos que en defender nuestra fe.

Sólo cuando nos comportemos como auténticos cristianos, que propongamos las soluciones sociales cristianas que buscan el bien común sin miedo a lo que podamos perder personalmente, nos podremos quejar de que se ataca al Cristianismo.

Cuando los cristianos actuamos en política deberíamos ser más valientes con nuestras propuestas sociales, no sólo en lo que a moral social se refiere, sino también en lo relativo a la moral económica: la especulación financiera, la inmobiliaria, la explotación laboral y las reivindicaciones laborales excesivas de los sindicatos, deberían estar abiertamente rechazadas; aunque en muchos casos perjudiquemos a amigos.


Si en nosotros viesen autenticos cristianos, tratando de vivir evangélicamente y defendiendo la dignidad del prójimo, entonces muy probablemente no seríamos el centro de sus ataques; y si lo fuésemos, podríamos estar orgullosos por ello.

lunes, 15 de febrero de 2010

Propiedad y comunismo

Sigamos con el tema económico de la entrada anterior.

Decíamos que con frecuencia los descreídos nos reprochan nuestro apego a la propiedad en perjuicio del hermano que tiene menos. En ocasiones es una mera postura política para desacreditar nuestra fe; pero en otros casos se trata del planteamiento generoso de quien se preocupa seriamente por su prójimo. Puede producir escándalo hablar de la voluntad de Dios al pobre cuando uno vive en la opulencia, no porque el mensaje sea equivocado, sino porque se puede poner en tela de juicio la rectitud de nuestro discurso.
Algo así ocurre con los planteamientos radicales comunistas. ¿Qué les llevó a pensar que para abolir la propiedad privada había que eliminar la religión? ¿No recordaban que los primeros cristianos ya ponían todo en común? Quizá les condujo a ese error el comprobar que los que defendíamos la igual dignidad de todo hombre por ser hijo de Dios, estuviésemos más dispuestos a compartir la filiación divina que nuestras propiedades.

También es cierto que, una vez puesta en marcha su revolución -anulando tanto la propiedad privada como la libertad y la dignidad del hombre-, la única fuerza con capacidad de oponérseles fuese el Cristianismo, auténtico refugio frente a los más diversos ataques a la dignidad y naturaleza del hombre. El comunismo reaccionó redoblando sus ataques al Cristianismo; y nosotros, como en un acto reflejo de defensa, nos acercamos a su opuesto; y este es un grave error. Efectivamente, el capitalismo, en su empeño por mantener la propiedad privada a toda costa, también anula la libertad y la dignidad de aquellos que poco o nada poseen.

Por supuesto, el cristianismo no se alinea con ninguna de las posturas. La concepción social cristiana admite la propiedad privada como figura natural en la que descansa la estructura económica; pero no como un derecho absoluto de cada hombre, sino como el mejor método para alcanzar el bien común. Como nos recordaba Juan Pablo II, toda propiedad tiene una hipoteca social: es exclusivamente mía mientras que mi hermano no la necesite para garantizarse un nivel de vida digno.

Debemos tener cuidado los cristianos cuando defendemos con demasiado entusiasmo los derechos económicos y nos revelamos contra los altos impuestos: siempre nos podrán recordar aquello de bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.

Ahora tenemos una buena ocasión para practicar estas teorías: compartir con el inmigrante cuando estamos en crisis económica.

sábado, 13 de febrero de 2010

Fe y economía

Hace pocos días se leía en el Evangelio de la Santa Misa el pasaje en el que Jesús, al pasar por la región de los gerasenos, expulsa una legión de demonios de un endemoniado y los envía a una piara de cerdos, que acaban despeñados.

Siempre me ha resultado muy curioso este Evangelio, no por lo que se refiere a la "legión de demonios", sino por la reacción de los conciudadanos del poseído.

Sería de esperar que los gerasenos, al encontrarse con una persona tan poderosa como para curar a un loco endemoniado con su sola palabra, se alegrasen mucho y tratasen de retener a ese personaje para que actuase en su provecho. Es decir, ante tamaña maravilla le alagarían y conminarían a quedarse en su ciudad.

Pues ¡no señor! Los gerasenos no ven la maravilla del poder de Jesús, sino el desastre al que ha arrojado a sus puercos. Es cierto que ese taumaturgo podría curar a todos los enfermos de Gerasa, podría explicarles las escrituras mejor que ningún otro rabino y, en definitiva, podría transmitirles su inmensa sabiduría; pero el precio sería demasiado caro si, a cambio, les destroza la economía de la región, basada evidentemente en la ganadería porcina: dos mil cerdos es un precio muy alto por la salvación de cuerpo y alma.

Y esos gerasenos no eran judíos -ya que criaban cerdos-, sino paganos. Es curiosa la preferencia que todas las culturas -incluyo la occidental, aunque sea cristiana- damos a la economía sobre la salud, la moral o la sabiduría. Estamos dispuestos a cualquier sacrificio por nuestra fe, siempre que no nos afecte al bolsillo.

No es de extrañar que, con tan cicatera actitud, debamos retroceder con frecuencia ante los reproches de paganos generosos: por muy equivocados que sean sus planteamientos, su generosidad es frecuentemente más cristiana. Con esta actitud no convenceremos a nadie; antes debemos convencernos nosotros de que el rico no entrará en el Reino: así de claro, sin paliativos.Y rico es todo aquél que pone su confianza en las riquezas o se afana únicamente en conseguirlas.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Dar gloria a Dios

Muchas veces me he preguntado para qué creó Dios a los ángeles y por qué creó a tantos. Espero que los ángeles perdonen mi supina ignorancia, pero los espíritus puros son exclusivamente "entendimientos libres o voluntades inteligentes": lo único que hacen es pensar, adherirse o no a la voluntad de Dios,... imagino que en definitiva así es como le aman. Y Dios ha creado millones de seres que se limitan a someter libremente su entendimiento y amar... sin hacer ninguna otra cosa...

Cada vez que me enfrento a algún aspecto del obrar de Dios que no entiendo o me parece absurdo, en vez de rechazarlo, trato de imaginar cuál es el motivo de Dios para obrar así. Por supuesto, me es imposible conocer las razones de Dios; pero su obrar muchas veces nos da pistas de su Ser. Si Dios es capaz de crear millones de seres simplemente para que le amen en un solo acto que se prolonga por toda la eternidad, entonces es que el amor de sus criaturas es algo muy importante para Dios; y que le es muy importante el amor de cada una de ellas, porque Dios sabe distinguirlo, como cualquier madre distingue el cariño de cada uno de sus hijos.

Y ahora trataremos de llevar este razonamiento a un plano más práctico para nosotros.

Si Dios sabe distinguir a cada uno de los ángeles, que son aparentemente uniformes, cómo no va a distinguir a cada uno de los hombres, que se diferencian mucho más que aquellos. Es más, Dios busca esa diferenciación y quiere que cada hombre le dé gloria -le ame- de una manera individual e irrepetible. Dios no ha querido la uniformidad de la raza humana, sino la diversidad de caracteres, entendimientos y voluntades; así tampoco quiere la uniformidad de la santidad humana.

Así vemos que a algunos santos les concedió gracias para que le amasen de forma casi perfecta. A nuestra Santísima Madre, incluso le concedió esas gracias de forma preventiva ya que fue concebida Inmaculada: el plan de Dios para ella así lo requería y ella respondió a ese plan como ninguna otra criatura ha respondido.

Pero a otros santos no les ahorro los problemas ni las tentaciones, quizá porque buscaba que le amasen precisamente con su lucha. A San Pablo le contestó "te basta mi gracia", cuando le pidió que le liberase de cierto "aguijón" que le tentaba. Así, a algunos hombres los quiere muy identificados con Cristo [San Juan evangelista, el Padre Pío, sor Faustina Kovalska], mientras que a otros los quiere luchando en medio del mundo por parecerse cada vez más a Él. Incluso hay hombres a los que la gracia les llega muy remotamente, y se les hace muy difícil no ya la santidad, sino el no caer en demasiadas aberraciones.

¿Es que Dios nos discrimina? En absoluto, es que Dios nos va a exigir la respuesta en función a los medios que previamente nos haya dado y a su plan específico para nosotros. No es discriminación lo que produce con esas distinciones, sino diferenciación, diversidad y, en definitiva, mayor amor y gloria.

Por tanto, no se trata de encontrar el modelo de cómo Dios quiere que los hombres le amen, sino de encontrar el modo especifico como Dios quiere que cada uno de nosotros le amemos, con nuestras peculiaridades y defectos.

miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Merece la pena ese "ideal"?

He estado apartado del blog durante todo el mes pasado y no he podido opinar hasta ahora sobre el comentario que alguien ha hecho a mi última entrada.

Por supuesto que quien apuesta todos sus ahorros a un solo caballo debe de estar muy convencido de ello, no lo pongo en duda; pero una cosa es estar muy convencido y otra -muy distinta- es estar acertado. Además no puedo compartir sus conclusiones:

No arriesga su alma por un "ideal", sino por el mero placer. Ha echado sus cálculos y cree que le compensa apostar a la no existencia de un juicio final, con tal de poder satisfacer todos sus caprichos sin límites. No creo que nadie pueda calificar de "ideal" el embriagarse, darse golpes o acostarse con su prima [muchos no haríamos ninguna de esas cosas ni aunque nos pagasen por ello].

Tampoco comparto el final de su comentario: hacer todo eso "sin consecuencia alguna"; porque esos mal llamados ideales provocan pésimas consecuencias -exista o no exista un juicio final-, ya en esta vida.

Con razón dice que ha apostado todos sus ahorros no sólo a un solo caballo, sino al "más lento". Nunca puede ganar, ya que exista o no exista Dios -que sí existe-, pagará en esta vida las consecuencias de sus actos. Y es que no acabamos de entender que las normas que Dios nos impone con la Ley Natural son sólo el reglamento para disfrutar plenamente de la vida,... ahora y después.

Gracias a Dios, en la otra vida contamos con su Misericordia...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La muerte

En la entrada anterior hablábamos del miedo al "fin del mundo". Por supuesto, sonó como algo apocalíptico y lejano. Pero si en vez de hablar del fin del mundo en general hablásemos de nuestro propio fin, entonces ya es algo que nos suena mucho más cercano y cierto.


Creo que se le puede aplicar lo mismo que allí dijimos. La muerte, como todo lo desconocido, puede generar temor; pero no es el mismo temor el del justo que el de quien tiene que rendir unas cuentas que no le cuadran: ¿y si estaba equivocado y sí existe un Dios que me ama infinitamente y a quien yo he ignorado?; ¿y si lo que realmente valía la pena no era mi placer, sino mi amor manifestado por mi sufrimiento?


Lo que nos tiene que preocupar no es la llegada de lo desconocido, el trance en sí mismo, ni el dolor que pueda conllevar. Lo que nos tiene que preocupar es evitar el chasco de encontrarnos con quien nos ama y haberle rechazado, para siempre, para siempre...


Para el cristiano que ha querido amar a su buen padre Dios, la muerte no es más que la operación quirúrgica que por fin le libera de todos sus dolores e incomodidades: despertarse de la anestesia ya en casa -el Paraíso-, o tras un mal post-operatorio -el purgatorio-, pero curados para siempre, para siempre...


Así visto: ¿quién no querría operarse cuanto antes?

lunes, 28 de diciembre de 2009

La venida del Reino

Es habitual el miedo -incluso entre cristianos piadosos- a la llegada del Reino de Dios a la Tierra, debido a la idea de que éste llegará con sufrimiento. Este temor está generalizado, quizá por una interpretación demasiado literal del Apocalipsis.


Evidentemente, la venida de Cristo para juzgar a vivos y muertos producirá una modificación de las leyes de la naturaleza a las que estamos acostumbrados; y es este cambio -esta inseguridad- la que producirá miedo incluso entre los justos. Pero muy distinta debe ser la actitud de unos y otros: los justos deben superar el miedo al comprobar que todo está controlado por quien nos ama; los pecadores experimentarán terror al comprobar sus errores, que han malgastado sus vidas y que ahora tendrán que rendir cuentas. E imagino que este miedo al Juicio será bastante mayor que el provocado por los fenómenos naturales producidos por la alteración de las leyes ordinarias.


Esto es en esencia lo que nos viene a decir el Apocalipsis: el Malo tratará de aprovechar el miedo para ganar la batalla definitiva entre los que duden; quizá provoque sufrimiento entre los justos en una última tentativa de ganárselos; pero a la postre, será vencido y se instaurará el Reino de Dios, algo que imagino similar a la situación del Paraíso previa al primer pecado.


Personalmente, me encantaría que esto sucediese hoy mismo. Ya sé que me va a suponer un susto inmenso; pero la perspectiva es tan maravillosa, que lo estoy deseando. Y esto no es masoquismo, no. Imaginemos que a un enfermo crónico y con constantes incomodidades se le ofreciese la posibilidad de operarse y curarse para siempre: ¿rechazaría la operación por miedo al dolor que ésta le pueda producir? Tengo certeza de que, por el contrario, estaría deseando operarse y acabar de una vez con sus problemas.


Venga a nosotros tu Reino, Señor; y venga cuanto antes.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El valor del sufrimiento

Seguiré con el tema de la última entrada, aunque no sea muy propio de este tiempo navideño.


Con la encarnación de Verbo y el modo que escogió para redimirnos, el sufrimiento ha dejado de ser algo inútil para convertirse en fuente de salvación; y de salvación múltiple, porque salva no sólo al que sufre, sino que también alcanzan sus efectos al pecador que permanece ajeno a dicho sufrimiento. De hecho, a todos nos alcanzó la redención, a pesar de que permanecimos ajenos al sufrimiento de Cristo en su pasión.


Por supuesto, no se trata de provocar el dolor sin más -lo que sería absurdo-, sino de aceptar el dolor como la más perfecta prueba de amor. En más, lo que realmente tiene un valor casi infinito es el amor que se manifiesta con el sufrimiento voluntariamente aceptado, incluso buscado en beneficio de otro; porque en este caso, el sufrimiento es simplemente la forma inequívoca y mejor de manifestar amor.


Ya sé que esto resultará difícil de entender o aceptar en una civilización obsesionada por el placer, el confort y la calidad de vida. Pero, ¿son estas cosas las que nos trae el amor?; ¿realmente el enamorado busca su comodidad? Evidentemente, el que ama de verdad no se preocupa de su placer, sino del bien de la persona amada. Entonces, ¿es nuestro afán de placer síntoma de que no queremos amar?, ¿de que nos queremos amar sólo a nosotros mismos?... Que cada uno se conteste...


El cristiano -también el cristiano de nuestros días- no es el que acepta el sufrimiento sin más, sino quien conoce el sentido de dicho sufrimiento, quien lo acepta por amor sabiendo que Cristo -que nos dio ejemplo en este camino- multiplicará el valor de nuestro sufrimiento y conseguirá que produzca efectos incalculables, tan inmensos como los tuvo su propia pasión: la liberación del hombre del mal y su redención plena.


Porque cuando se le da un sentido al sufrimiento, éste empieza a ser útil(1). Así lo entendieron tantos santos: atesoraban el sufrimiento como el avaro sus monedas. __________________
(1) Esto no es sólo una recomendación ascética, sino que es también una terapia psicológica: en dar sentido al sufrimiento se basa la Logoterapia de Víctor Frankl.

Feliz Navidad

En Navidad recordamos la venida de Dios a la Tierra, porque quiso compartir con nosotros la condición humana; es un simple recordatorio, pero sería bueno aprovechar para recibirle en nuestro corazón, si los agobios del año nos han hecho desalojarle de él. Y abrir nuestro corazón también a tantas personas a las que también desalojamos con demasiada facilidad.

Feliz Navidad.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Antiguo y Nuevo Testamento

Estamos en tiempo de Adviento, rememorando la época en la que se esperaba la llegada del Señor, lo que efectivamente ocurrió hace 2009 años. Pero este recuerdo se hace con una fundamental diferencia: aquellos hombres no sabían cómo iba a influir en sus vidas la venida del Mesías (de hecho, tenían una idea muy equivocada sobre la misión del Mesías); y nosotros sabemos perfectamente qué es lo que vino Jesús a cambiar en el mundo. Ahora tenemos la certeza de que no vino a proclamar la hegemonía de Israel sobre todas las naciones, sino para abrir su mensaje a todos los pueblos: a universalizar (esto es lo que significa "católico") el Reino, rechazando cualquier tentación "nacionalista" por parte del pueblo elegido. Pero también se produce otro cambio fundamental que suele pasar inadvertido. La gran diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es la actitud de Dios con los hombres.

Durante todo el Antiguo Testamento Dios defiende a su pueblo de sus enemigos (salvo cuando le quiere dar un escarmiento por su infidelidad). Así ocurre con Abraham y los amorreos, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, cuando les saca de Egipto y destruye al ejército del faraón, cuando les entrega la Tierra Prometida, cuando Elías acaba con los sacerdotes de Baal o cuando David les libera de los filisteos: Dios aniquila el mal en beneficio de su pueblo. Pero en el Nuevo Testamento cambia radicalmente esta "estrategia": ahora se combate el mal, se redime al pueblo, ofreciéndose Dios mismo como víctima y el Imperio Romano cae a base de mártires. Ya no sale Dios en nuestra ayuda cada vez que estamos en peligro. Ahora lo que se exige es que se conjure el mal con el propio sacrificio. Por decirlo con palabras del apóstol Pablo: "que completemos en nuestro cuerpo lo que le falta a la pasión de Cristo, a la redención".

Con la llegada del Señor se produce un cambio radical en nuestra relación con el mal: ahora somos nosotros los que tenemos que inmolarnos para conseguir la conversión de los enemigos, siguiendo el ejemplo de Cristo. Es una de las muchas paradojas de Dios: exige el sufrimiento del Justo para el perdón del pecador.

De esta forma, el sufrimiento ya no es algo a evitar, sino fuente de salvación.