domingo, 10 de marzo de 2019

Entre las aparentes contradicciones del Cristianismo que ya he comentado algunas veces, se encuentra la propia misión de Cristo. Él viene a salvarnos y establecer una nueva alianza que será definitiva, ya que es el mismo Dios-Hombre el que la sella con su sangre.
Desde Abraham habían pasado 1.900 años; y 1.300 desde la salida de Egipto; 1.000 años desde el reinado de David... Demasiado tiempo para que la Ley y los Profetas no se fuesen adulterando. La misión de Cristo es cambiarlo todo; pero sin cambiar nada...

Él mismo nos lo asegura: No he venido a cambiar ni una tilde de la Ley, sino a darle cumplimiento... (Mateo 5, 17). Pero luego se enfrenta con los doctores de la Ley al cambiar algunas costumbres. Por ejemplo, con respecto al sábado, el trato con publicanos y prostitutas, la consideración de la mujer en su entorno, llega a escandalizar a los piadosos judíos. Y esto también lo explica: No se pone vino nuevo en odres viejos (Mateo 9, 14-17). Cristo necesita mostrarnos que la base del trato con Dios es el amor a Él y al prójimo, no la prolija reglamentación que habían establecido los doctores de la Ley (623 preceptos en total). Y este vino nuevo había que guardarlo en odres nuevos: pastores y costumbres nuevas.

Pero Cristo no cambia nada de lo fundamental: ni siquiera modifica una coma de los diez mandamientos. Pero elimina todo lo accesorio, lo que los hombres habían ido introduciendo pensando que así rendían mejor culto a Dios; pero olvidando que todo eso debía servirles para acercarse a Dios, no para alejarlos. Cristo elimina todo esto, que habitualmente no hace sino estorbar, y transforma totalmente la religión judaica en la cristiana, hasta el punto de que resultan irreconocibles la una por la otra, salvo por las referencias comunes al Antiguo Testamento y los Patriarcas.



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