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martes, 13 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones (II)

Siguiendo con el mal en el mundo, veamos ahora el segundo punto de vista con el que puede afrontarse. 

Debemos contemplar ahora el punto de vista de aquellos que sí creen en un Dios creador y preocupado por sus criaturas —fundamentalmente los judeocristianos y los islamistas—. A estos es a los que los escandaliza que, siendo Dios padre y bueno, consienta que exista ese mal en el mundo. En este caso, la explicación es más complicada; pero posible. 

Como ya dijimos, el mal no existe, sino que es ausencia de bien, tanto el mal material como el moral. Dios crea al hombre libre, porque es lo óptimo, lo que le permite hacer el bien y amar, aunque esto tenga también consecuencias colaterales desagradables: la libertad le permite odiar y hacer el mal. Dios nos crea así, con una garantía finalista, que no nos asegura el bien en cada momento de nuestra vida, sino al final, proporcionándonos la gloria eterna: al final todo termina bien; y si no ha terminado bien es que todavía no era el final. Ante los reveses de la vida, esto resulta duro de sobrellevar; pero Dios sabe que esta forma de vida humana es la más perfecta que podía "diseñar", aunque tenga sus sombras.

La cuestión es que el plan de Dios —que no es ni aleatorio ni casual, como la supuesta evolución de la naturaleza— tiene sus normas que debemos cumplir para llegar a ese buen fin y se puedan afrontar las "sombras" de la vida. Aquellos que, creyendo en la dimensión espiritual del hombre, pero no siguiendo las normas divinas —el reglamento de instrucciones de nuestra vida—, se enfrentan con el mal moral o físico sin los recursos para poder sobrellevarlo; y no pueden comprenderlo y acaban culpando a Dios de lo que les ocurre. Esperan que Dios lo arregle todo milagrosamente, sin caer en la cuenta de que habitualmente el mal lo provoca el hombre con su libertad; y de que Dios nos ha proporcionado los medios para superarlo, si siguiésemos sus indicaciones. En realidad, la culpa de no entender la existencia del mal y de no saber cómo afrontarlo, no es de Dios Padre, sino nuestra por no haber seguido correctamente el designio de Dios y no haber tenido la visión sobrenatural, la esperanza en la felicidad final, que se nos exige como hijos suyos.

Con respecto al mal material, las catástrofes naturales, el sufrimiento humano, el problema es el mismo: el corto punto de vista de los creyentes pero no practicantes. Sin la visión sobrenatural, se considera que cada suceso catastrófico termina en sí mismo, en vez de verlo en el largo plazo, en ese final que Dios promete; y que nos permitiría comprender que las contrariedades de la vida son escollos de un magnífico camino que nos conduce a la felicidad.

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones

Uno de los argumentos que utilizan los ateos y agnósticos para rechazar la existencia de un Dios creador y padre de todos es la existencia de mal en el mundo. Esto, por supuesto, es innegable; pero debemos verlo más detenidamente.

En primer lugar, el mal no existe por sí mismo: es simplemente la ausencia de bien. Y si podemos llamarlo "mal", es porque lo comparamos con el bien. Tenemos una concepción de cómo son las cosas "buenas" y, cuando no ocurren así, las llamamos "malas". En realidad, lo extraño no es el "mal", sino el "bien". Si la realidad procede de la mera evolución de la materia, sin un Creador que la haya dirigido, lo extraño es que se produzca el "bien", que las cosas funcionen como lo esperamos y queremos. Resumiendo: si no existiese un Dios padre y creador que nos ha mostrado el "bien", no podríamos quejaros cuando este no sucede.

Por otra parte, existen dos tipos de males: el mal moral (el que provocamos los hombres) y el mal físico (el que provoca la naturaleza con sus catástrofes). Ambos se derivan del plan de Dios, que ha creado a los hombres libres para que puedan amar (lo más grande que puede hacer un hombre), pero también pueden usar esa libertad para el mal; y de esto no tiene culpa Dios, sino nosotros. El mal de que causa la naturaleza sí es debido a la evolución de la creación diseñada por Dios; pero ¿es realmente mal?

Pues, ante el mal en el mundo hay tres formas de afrontarlo: En primer lugar, la forma de verlo de aquellos que carecen de una fe en un Dios que nos ha creado libres y destinados a una felicidad eterna. En este grupo deberíamos incluir tanto a los ateos o agnósticos como a aquellos que creen en dioses crueles, o despreocupados de la humanidad, que nos consideran sus siervos o están más preocupados por luchar entre ellos en un paradisíaco Olimpo. En este caso, se considera que el hombre no es sino una mera evolución casual provocada por la materia, que ha llegado a alcanzar cotas de inteligencia. Es simplemente un animal un poco más evolucionado; pero el hecho de que tenga inteligencia, hoy en día, tampoco parece tan extraordinario, cuando vemos que las simples máquinas —entes no vivos— también disponen de dicha inteligencia y bastante más rápida y efectiva que la humana. Si somos producto de la naturaleza y su aleatoria evolución —que ya extinguió especies enteras de un plumazo, como pueden ser los dinosaurios— ¿por qué extrañarnos que ocurran catástrofes que acaben con mies de vidas? Sería el caso de los terremotos, erupciones, inundaciones, pandemias, etc… Si somos juguetes de la naturaleza, seres casuales, no tenemos mayor valor que los demás animales o los seres inertes. “La naturaleza lo dio, la naturaleza lo quitó”, podríamos decir. En este caso, no se trataría tanto de un “mal material”, sino de la simple evolución. 

Con respecto al mal moral, el causado por el hombre, la actitud debería ser semejante a la del caso anterior. Si todos somos fruto de la casual evolución natural, entonces no tendría sentido alegar un código moral para calificar la conducta humana. Cada ser —vegetal, animal y animal racional— debe buscar su supervivencia por encima de los demás. En todo caso, se debería respetar el instinto de supervivencia de la especie, cuidando los progenitores de su prole, para asegurar la reposición de los individuos. Pero todo lo que pase de esto no le podría ser exigible a ningún ser humano. Aquellos que por ser más débiles cayesen víctimas de los más fuertes o adaptados, serían fruto de la “limpieza” que la propia naturaleza debe efectuar, para mantener las especies lo más vigorosas posibles —de hecho, la teoría de la evolución de Darwin llevó a al eugenesia, la pseudo ciencia que pretende “mejorar la raza humana”, suprimiendo a los menos capaces—. El asesinato, la explotación de unos por otros, el robo, las violaciones, no serían sino consecuencias lógicas y aceptables de la propia evolución.

El anterior párrafo se ha redactado de forma intencionadamente muy cruda, que resultará dolorosa para la mayoría de los lectores. Pero, si lo pensamos detenidamente, todo lo dicho es coherente con una evolución casual de la naturaleza y, especialmente, con la teoría de la evolución de las especies por selección natural. La vida es así; y la ley de la selva es su norma. Al autor le ha resultado aberrante escribirlo; pero ante la ausencia de una fe en un Creador, padre de todos, esta es la postura razonable. Si nos resulta terrible, incluso a los ateos y agnósticos, quizá sea porque sí tengamos una dimensión espiritual que excede a la simple materia y que nos indica que lo dicho es una barbaridad. Pero los evolucionistas, ateos y agnósticos, que no crean en dicha dimensión espiritual, deberían encontrar razonable y coherente lo expuesto.



sábado, 18 de abril de 2020

Dios y la pandemia

Siempre que hay una gran catástrofe natural (y esta pandemia lo es; aunque muy agravada por la incompetencia humana), la gente se pregunta ¿dónde está Dios?
Pues en la película Deliver Us From Devil he oído una de las mejores respuestas: "Dios está en el corazón de todos aquéllos que quieren ayudar a los demás".
Y es que, ante el mal, culpamos a Dios de mantenerse al margen; pero cuando ese mismo mal genera infinidad de bienes ( amor, comprensión,caridad, generosidad, entrega, compasión, perdón, reconciliación, etc...), nos negamos a ver en estos bienes la influencia de Dios.
¿Por qué, si cuando hay mal le echamos la culpa a Dios, cuando hay bien (y os aseguro que es mucho más abundante) no se lo agradecemos?
Durante esta pandemia -a saber qué culpa ha tenido el hombre en su aparición y propagación-, Dios está junto a los que sufren, ayudándolos, muy cerca de ellos: en el corazón de todos esos sanitarios que se están jugando la salud y la vida por los demás.
¿Te parece poca presencia?

viernes, 29 de noviembre de 2019

El bien y el mal

He tratado este tema en varias entradas; pero como es un asunto recurrente, que se presenta cada vez que nos topamos con algo malo, vuelvo a insistir.

El bien y el mal no son opuestos. El bien existe y el mal NO existe, es simplemente la ausencia de bien.

Algo parecido ocurre con el amor y el dolor, que muchos identifican con el bien y el mal: cuando amo a alguien disfruto de un bien y cuando pierdo a ese alguien entonces me sobreviene un mal. Realmente esto no es así. El amor es un bien sin paliativos y cuando pierdo ese amor, lo que se produce es su ausencia, que me causa dolor. Pero ese dolor de la ausencia del amor se produce precisamente porque amaba. La única forma de evitarlo sería negarse a amar, para no llegar nunca a sentir el dolor de la pérdida. Porque el dolor es la mejor prueba del amor.  Santa Teresa de Calcuta lo tenía muy claro y nos dijo: ama hasta que te duela el amor. Si no llega a doler, es que no amas bastante.

No debemos confundir lo anterior con el odio: cuando odiamos (quizá a quien antes habíamos amado) lo que se produce no es sólo una ausencia del amor (el bien supremo), sino una ausencia real de cualquier bien. El odio no es sólo el rechazo del amor, sino el rechazo del bien, de la bondad. Y si el amor produce gozo y es fecundo, el odio sólo produce amargura y destrucción. El dolor por la pérdida del amado es una consecuencia lógica; el odio es una reacción irracional, por muy habitual que sea.

Volviendo al bien y el mal, el amor y el dolor: sería poco inteligente renunciar a la luz para evitar que se produjesen sombras. Si hay luz (bien, amor) forzosamente se presentarán sombras; pero no como algo opuesto a la luz, sino como su simple carencia.

Merece la pena amar,aunque tengamos la certeza de que nos acabará doliendo.
Es mi experiencia

martes, 2 de octubre de 2018

Oración por la Iglesia (2)

En concreto, el Papa nos pide que recemos el Santo Rosario durante el mes de octubre (tradicionalmente dedicado a esta oración); y, además nos pide que recemos una oración concreta a la Virgen María y otra a San Miguel Arcángel.
La oración a la Virgen es:
Bajo tu protección nos acogemos,
Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas 
que te dirigimos en nuestras necesidades, 
antes bien líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
Amén
La oración a San Miguel es:
San Miguel, defiéndenos en la lucha, 
sé nuestro amparo contra la perversidad 
y las asechanzas del demonio, 
que Dios humille su soberbia. 
Y tú, príncipe de la milicia celeste, 
arroja al infierno a Satanás 
y demás espíritus malignos 
que vagan por el mundo para
perdición de las almas. Amén.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Hacer el bien

Evidentemente, debemos evitar el pecado porque éste es lo que resulta malo para el hombre; pero si lo que nos mueve a hacerlo es el amor, entonces además de evitar el pecado, debemos intentar hacer el bien.
Y ¿qué es el bien?
Pues existen el la Biblia varias respuestas:
La primera la encontramos en el Salmo 14, en donde encontramos unas cuantas claves de lo que es hacer el bien:

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente 
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo 
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El pecado

Dios no quiere que pequemos, pero no por una manía suya de imponernos su voluntad, sino por puro amor: Él es quien mejor que nadie conoce nuestra naturaleza y lo que es bueno para ella y para nuestra felicidad; por eso, porque quiere que seamos felices, porque nos ama, es por lo que rechaza nuestro pecado.
Por supuesto, nuestro rechazo de sus normas, en definitiva de su amor, también es una ofensa hacia Aquél que tan bien nos quiere; y es por esto por lo que nosotros debemos evitar el pecado: no por el castigo, ni por sometimiento a un Ser superior (como ocurría en el Antiguo Testamento y en tantas otras religiones), sino porque no queremos ofender a quien nos ama y quisiéramos amar.

sábado, 25 de enero de 2014

El océano del bien

Quizá una de las mayores armas del maligno sea la magnificación del mal en el mundo. Los modernos medios de comunicación le permiten hacer que el mal sea inmediatamente conocido por todos; y el constante machaqueo de males nos aturde y provoca la sensación de que todo esta podrido. No es así. En el mundo prevalece el bien, la solidaridad, la bondad de unos con otros, la apreciación de la familia y el matrimonio, la defensa de la vida y de los derechos humanos, aunque todo esto rara vez salga en las noticias. Los actos de bien son innumerables y constantes; los actos malignos son raros y pocos (por esto son noticia); pero el maligno los utiliza para desanimarnos y que nos dejemos llevar por esa aparente corriente de mal, que es un simple arroyo en comparación con el inmenso océano de bien.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Evangelii Gaudium: no perder tiempo en combatir el mal.

Me ha llamado mucho la atención el siguiente párrafo:
Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectas.
Efectivamente, ya el Señor en la parábola sobre la cizaña nos advierte que no debemos preocuparnos en arrancarla, para no arrancar también el trigo; pero este nuevo enfoque de que perder tiempo en arrancar la cizaña nos podría distraer de nuestra misión evangelizadora me parece muy interesante.
¿Nos quiere decir el Papa que es más importante transmitir el bien que combatir el mal? Pues más adelante en la exhortación se dan pistas suficientes para pensar que efectivamente ese es el camino que el Papa ha indicado para la Iglesia en el futuro: lo nuestro es mostrar el bien y si lo logramos, el mal se ahogará en si mismo.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Pedir cuentas a Dios?


Me dice un amigo que no entiende tantas desgracias como ocurren actualmente, en especial las relacionadas con la violencia de género. También son habituales las catástrofes como ciclones, terremotos, tsunamis, etc. Dice que no pretende conocer el plan de Dios y que imagina que todo esto tendrá algún significado dentro de ese plan.
No coincido plenamente con él. Quizá muchas de estas cosas están muy al margen del plan de Dios; y por supuesto, todas se derivan del pecado humano. Los efectos desastrosos de muchas de las catástrofes naturales son debidos al hacinamiento humano provocado generalmente por la avaricia de los especuladores inmobiliarios, capaces de urbanizar las mismas costas y hasta los cauces secos de los ríos. Y esos crímenes por celos o peleas matrimoniales, pueden tener mucho que ver con la trivialización social del matrimonio, el rechazo de la fidelidad [recientemente se han podido ver en España anuncios que promocionaban el adulterio… ¡pagando, claro!], el desprecio de la vida humana en sus comienzos o finales, la manipulación genética antinatural [se ha cruzado material genético humano con el de animales, para “ver qué pasaba”] y tantos otros atentados contra la naturaleza humana [por motivos supuestamente ecológicos se están utilizando como combustible los cultivos que deberían servir para la alimentación humana, provocando la escalada de su precio y la hambruna de millones de personas inocentes]. Y lo peor no son los hechos en sí –que son graves- sino la aceptación social de todo esto con total naturalidad.
¿Cómo, después de provocar –o aceptar pasivamente- todo esto, nos atrevemos a pedir cuentas a Dios? ¿Cómo vamos a exigirle que evite las consecuencias de lo que nosotros mismos fomentamos?

jueves, 25 de octubre de 2012

¿Buenas personas?

El Cristianismo no es un camino para llevarnos a ser “buenas personas”; el Cristianismo pretende hacernos perfectos, aunque nunca lo logremos en esta vida. Ya comenté en una entrada antigua [el jardín del alma] que nuestra vida espiritual se parece a un jardín: no basta con que no haya cardos, sino que debe tener flores hermosas y olorosas. Por lo mismo, no basta con que el cristiano se limite a no “hacer mal a nadie”, sino que es necesario que haga el bien, mucho y a muchos. Y creo que es esta falta de obras buenas, positivas, lo que hace sospechar del cristianismo a lo que nos ven desde afuera.
En este sentido, tan lejos está de la perfección el que se limita (quizá como postura vital más cómoda) a “ser buena persona” que el que no tiene escrúpulos para aprovecharse de los demás: ninguno de los dos colabora al bien. Por supuesto, desde un punto de vista simplemente ciudadano, siempre es mejor no hacer mal a los demás; pero esta postura cómo da a veces nos lleva a consentir injusticias que deberíamos tratar de evitar; y en estos casos, nuestra omisión se parece mucho a la acción mala de los demás.
Y desde el punto de vista espiritual, todo hombre alejado de Dios y anclado en una postura egoísta con respecto a los demás, está muy lejos de su perfección como ser humano.
Lo que Cristo pretendió con su encarnación y su mensaje fue transformar al hombre en una criatura nueva, incardinarla en Dios; y esta transformación puede ser más fácil y profunda en los que llevan una “mala vida”, que en los que nos conformamos con “no hacer mal a nadie”. El Evangelio está lleno de ejemplos del empecinamiento de los buenos y el arrepentimiento de los malos.

domingo, 26 de agosto de 2012

¿Consiente Dios el mal?


Entonces, ¿por qué Dios consiente la ausencia de bien, es decir lo que llamamos el mal?

Seguiremos dando vueltas a lo mismo, ya que para muchas personas esto es muy importante; y tratemos de recapitular.

Lo primero es repetir que el mal no existe, ni siquiera como intención: nadie busca el mal en sí mismo, sino que “los malos” –o nosotros, cuando hacemos el mal- buscan su propio bien –placer, poder o poseer; todas cosas buenas en su justa medida-, lo que ocurre es que lo buscan de una manera equivocada, que puede perjudicar a los demás y dejarles sin el bien que les es propio.

Lo segundo es que no debemos exigirle a Dios razones o explicaciones que coincidan con las nuestras, sino todo lo contrario. Somos nosotros los que debemos adecuar nuestros razonamientos a la realidad que comprobamos. Por tanto, si Dios ha consentido este estado de cosas, será porque es el mejor de los mundos posibles, aunque ante algunas barbaridades –recuérdense los crímenes masivos del comunismo o del nazismo- nos cueste aceptarlo. Y mucho menos llegar a esa conclusión absurda de que porque en ocasiones se aprecia la ausencia del Bien, entonces es que éste no existe nunca. Si apreciamos la ausencia del Bien es precisamente porque comprobamos su existencia en otros muchos casos.

Y en tercer lugar, sí podemos tratar de entender las razones que llevaron a Dios a crear un mundo así. Y la explicación más plausible que se me ocurre es que Dios nos quiso crear libres; es decir, con la potencialidad de hacer el bien o de no hacerlo. Y, ¿por qué nos quiso crear con la posibilidad de no hacer el bien? Pues porque es la única forma de que cuando hagamos el bien eso tenga algún mérito, pueda satisfacer a Dios. Como nos explica C S Lewis, si Dios hubiese creado un mundo de marionetas que sólo hiciesen lo que Él provocase moviendo los hilos, ¿qué satisfacción le podría producir el movimiento de éstas?

Dios es amor, y sólo el amor le puede producir esa satisfacción; y el amor es la más clara manifestación de la libertad.

viernes, 24 de agosto de 2012

Pero, ¿hay uno malo?


Dios es el bien y su ausencia es el mal; pero todos hemos sentido la acción de “algo” malo, que nos incita –incluso cuando queremos hacer el bien- a hacer el mal.

En época de san Agustín, este dualismo bien-mal se llamó maniqueísmo y se llevó al extremo de considerar que existían dos poderes en igualdad de condiciones y constante lucha: el bueno y el malo.

Pero esta falacia se desmonta fácilmente, como nos dice C S Lewis: si existen esos dos principios en igualdad de condiciones, entonces ¿por qué llamamos a uno bueno y a otro malo? ¿No deberían ser los dos buenos, aunque con diferentes objetivos? ¿Con qué los comparamos para decir que el mal es negativo y el bien positivo? Pues está muy claro: todo lo que ayuda a la Creación a mejorar y al hombre a realizarse -la Ley Natural- es lo que consideramos bueno; y a lo contrario lo consideramos malo.

Entonces, el Poder Bueno es el Creador y superior al poder malo, que se limita a tratar de deshacer esa creación: no están en igualdad de condiciones. Pero, ¿quién ha creado a ese poder malo, que tanto nos instiga? Pues sólo ha podido ser creado por el Creador de todas las cosas: Dios, el poder bueno.

Es decir, ¿Dios creó algo malo?

No, no y no. Por dos razones: la Bondad absoluta no puede crear nada malo; además, el mal no existe como tal, es simplemente la ausencia de Dios. Dios creó seres buenos, pero libres; y algunos voluntariamente se separaron de Él –¡non serviam!, ¡no serviré!- y esto les “volvió” malos. Como Dios es amor, su ausencia sólo puede se odio; y este odio lleva a revelarse contra el Creador y a tentar a los demás a hacer lo mismo.

Es curioso, pero así explicado, el “cuento” cristiano sobre el demonio no parece un cuento, sino algo que todos experimentamos a diario; al menos yo…

lunes, 20 de agosto de 2012

¿Puede haber mal, si hay Dios?


Algunos ateos se escudan en que no puede haber un Dios todo poderoso si el mundo está lleno de injusticias y violencias; y efectivamente, en lo segundo tienen razón: el mundo puede ser muy injusto…

Pero de lo que no se dan cuenta es que ellos pueden apreciar la maldad del mundo –de la que por supuesto participan, como participamos todos- porque la contraponen a otro mundo posible, a un mundo justo y pacífico que hubiese sido creado por el Dios que ellos rechazan. Pero si los ateos no tuviesen esa idea de un Dios bueno, si este Dios no existiese al menos en su mente, en su conciencia, entonces el mundo no les parecería malo, simplemente lo verían como realmente es. Es precisamente porque existe Dios, por lo que los ateos pueden quejarse y negarlo…

Y es que la cuestión no es si Dios es compatible con el mal del mundo -que ya hemos dicho que sí-; la cuestión es por qué Dios lo consiente. Y la respuesta es también la que ya hemos dicho en entradas anteriores: Dios que crea sólo el bien, consiente el mal para dar la oportunidad al hombre de arrepentirse; en definitiva, es su muestra de amor al hombre y su oportunidad para ser amado por él.

No, el mal no demuestra la inexistencia de Dios, sino sólo su “ausencia”: el mal es lo que queda cuando negamos a Dios y su Ley.  

martes, 26 de julio de 2011

Pecado vs libertad

El pecado es una ofensa grave a Dios, por el que despreciamos su plan divino, su Providencia, y elegimos nuestro propio plan o nuestro propio capricho. No solamente ofende a Dios, sino que también afecta negativamente a toda la humanidad; y más gravemente a los más cercanos.
Pero esa posibilidad de pecar -es decir, la ausencia de bien- no es tan grave que pueda compensar la libertad humana, que es lo que permite al hombre amar; en definitiva, lo que le permite hacer el bien.
Muchas veces clamamos a Dios para que evite el mal a toda costa. Pero si el mal es al ausencia del bien posible, y para evitarlo eliminamos la libertad humana, entonces estamos anulando cualquier posibilidad de bien.
Sería un despropósito que para evitar algunas ocasiones de ausencia de bien, lo impidiésemos siempre.
Dios, en su infinita sabiduría lo tiene muy claro: la libertad del hombre, su capacidad de amar, compensa cualquier riesgo...

viernes, 6 de mayo de 2011

¿Se esconde Dios detrás del mal?

Estamos hablando de la huella de Dios en el mundo y de la queja de muchos de que Dios se esconda del hombre. Esto por supuesto es falso: es precisamente Dios quien ha tomado la iniciativa y se ha revelado al hombre para que éste pueda conocerlo. Y no le ha bastado con revelarse: también se ha encarnado para que podamos "tratarle" de una manera más humana. No obstante, reconozco que en ocasiones a todos nos parece que Dios se ha escondido o, por lo menos, se ha retirado a descansar por un tiempo.
Algunos piensan que donde mejor se esconde Dios es detrás del mal. Para muchos la constatación del mal, de los horrores que sufre la humanidad [a veces el dolor de unos hombres a manos de otros hombres] les impide ver a Dios. Pero la realidad es que Dios no se esconde detrás del mal -ni en ningún otro lugar-, porque el mal no existe por sí mismo: el mal es la ausencia de bien, la ausencia de Dios. El mal es lo que queda cuando eludimos el bien, cuando eludimos a Dios. Por desgracia tenemos dos buenos ejemplos de esta afirmación: los tres totalitarismos que negaron a Dios fueron los más terroríficos de la historia. Me refiero a la Revolución Francesa (que exaltó la razón), el Nazismo (que exaltó la superioridad de la raza) y el Comunismo (que exaltó al estado y abolió la dignidad individual).
Por tanto, no es que Dios se esconda detrás del mal o que éste le sea indiferente, sino que nosotros le hemos apartado y Él simplemente ha respetado nuestra libertad; y podríamos decir que la respeta "muy a su pesar", porque sin libertad humana no hay bien posible.
No culpemos a Dios de un mal del que sólo nosotros tenemos la culpa.

viernes, 19 de febrero de 2010

Insisto: el mal no existe

Quisiera introducir una matización en mi entrada del 18 de junio pasado, en la que afirmaba que el mal no existe.

Efectivamente, el mal no existe, es solo la ausencia de bien. Pero el que sí existe es el maligno: es el "malo" del que pedimos que nos libere Dios en la versión latina del Padrenuestro (...sed líberanos a malo, amén, en vez del líbranos del mal, amén). Pero el malo no puede "hacer" el mal, porque no puede crear nada. Es Dios el que crea, el que "hace" ; y siempre hace el bien; y el maligno se limita a intentar destruir ese bien, porque odia a Dios y todas sus obras; y cuando lo logra aparece ese vacío que llamamos mal... su máximo logro es el vacío.

Quizá esta limitación sea la causa de su odio a Dios, de su rabia; en el fondo producida por la constatación de la estupidez que es renegar de su condición de criatura y perder todos los dones que de la misma podrían venirle, para quedarse en eso, en el vacío ....

viernes, 19 de junio de 2009

Pero..., ¡Satanás sí existe!

Efectivamente, Satanás sí existe. De hecho es uno de los temás más recurrentes en el Evangelio. Entoces, ¿es que el mal sí existe?

La realidad es que Satanás no produce el mal, sino que lo que hace es tratar de alejarnos del bien -de Dios- produciendo la ausencia de bien, el vacío absoluto. Por esto, en el imposible supuesto de que llegase a triunfar sobre las fuerzas divinas, no lograría establecer el reino que pretende, sino la nada: reinaría sobre el vacío, porque donde no hay bien, no hay nada.

Este es el terrible engaño al que pretende someternos el maligno: nos ofrece todo su poder a cambio de dar la espalda a Dios; pero a la postre su poder es el vacío.

Y es que no hay alternativa posible: o Dios, o nada.

jueves, 18 de junio de 2009

El mal no existe.

Los maniqueos creían que existían dos principios creadores -el bien y el mal, ambos con igual poder- que luchaban constantemente para lograr imponerse al otro.

La realidad es mucho más sencilla: sólo existe el bien, la belleza, la verdad. El mal, la fealdad y la mentira no son más que el vacío que queda cuando aquéllos están ausentes. Lo que sí existe es la "posibilidad de ausencia"; y esta posibilidad fue expresamente querida por Dios, cuando eligió hacernos libres. El mal y la mentira no existen, son el hueco que aparece cuando el hombre, en uso de su libertad, decide rechazar el bien y la verdad.

Y esto no sólo ocurre con el mal moral: incluso el mal material -la enfermedad, la muerte-, son habitualmente consecuencias de nuestra libertad y del mal uso que hacemos de ella.

Y tantas otras cosas que ni siquiera son males, sino ausencia de bienes a los que no tenemos derecho o que no nos resultan imprescindibles, pero que nuestra soberbia y nuestra envidia exigen.

Incluso nos atrevemos a considerar males aquellas cosas que, limitando nuestra libertad, nos permiten permanecer en el bien que nos empeñamos en rechazar.

Otras veces, simplemente nos tapamos los ojos para no ver el bien y así poder decir que no existe, que solo cabe conformarse con el mal y no podemos aspirar a otra cosa.

Por todo esto, me llamó poderosamente la atención la definición de pecado que leí en un libro cuyo título ya no recuerdo:

Pecado es la voluntad de experimentar el mal, habiendo conocido previamente el bien.

Es decir, empeñarnos en vaciar lo que estaba lleno.

martes, 8 de abril de 2008

Contra el mal, transmitir amor.

Seguiremos hablando de nuestra lucha contra el mal.

Si no es contra la carne ni contra la sangre, si nuestra lucha es contra el mal, contra el maligno, entonces debemos adaptar nuestras armas a la pelea. Si el hombre es esclavo de la mentira y del pecado (¿serán ambas la misma cosa?), no sabrá reconocer la verdad ni la virtud, por mucho que nos empeñemos en mostrárselas. Por lo tanto, no se trata de luchar contra el mal con argumentos y manifestaciones públicas: por cada razón nuestra, el maligno les suscitará cien que les llevarán a posiciones mucho más cómodas y placenteras; y quizá esos contra-argumentos confundan a muchos de los nuestros....


No se trata de con-vencer al que está equivocado; se trata de conseguir que quiera ser convencido; se trata de cambiar su corazón. Y sólo hay una forma de cambiar el corazón de un hombre: transmitiendo el bien y la bondad, en definitiva, amando. Porque hay una distancia infinita entre "explicar" el bien y la verdad y "transmitir" el bien y la bondad: las teorías se quedan en eso, en teorías; pero el amor llega fácilmente al corazón y lo transforma.


Se trata de que los demás sientan el amor en la verdad y en la virtud, para que por sí mismos quieran conseguirlos. Como la parábola de la perla valiosa, el tesoro escondido y las demás similares: el que los encuentra vende cuanto tiene para conseguirlo. Entonces ya no necesitamos armas, porque es el convertido el que está deseando que le venzamos, el que ansía la verdad y la virtud: caen sus escamas de sus ojos y ya lo ve todo claro.

¡Ay, si pudiésemos transmitir esta amor!