miércoles, 15 de abril de 2026

Cristianismo social

A veces se le achaca al cristianismo el defecto de ser demasiado espiritual, pensar solo en la otra vida y desentenderse de los problemas de la vida presente. Por una interpretación equivocada de la ascética, se considera que los cristianos tienen que aceptar los reveses de la vida con paciencia y esperar la bienaventuranza del Cielo. Creo que no es así, en absoluto.

Una cosa es que el cristiano, por ascética, afronte con esperanza sus dificultades y otra es que se resigne o desentienda de los males del mundo. La prueba es que la Iglesia ha desarrollado toda una Doctrina Social, cuyo propósito es mejorar las condiciones de vida de todos los hombres. Esta idea parte de la encíclica Rerun Novarum (las nuevas cosas) de Leon XIII (el actual Papa ha querido llevar este mismo nombre, quizá para continuar con este propósito). Puede encontrarse un breve resumen en este enlace [Rerum Novarum] y comprobar que la Iglesia se preocupa por asuntos tan sociales como la cuestión obrera, la propiedad privada o el papel del Estado en la sociedad.

Pero, en realidad, esto no es un invento de León XIII, sino que la Biblia ya trata estos asuntos en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento:

El profeta Isaías (1, 17) nos ordena: "buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda...".

En el libro del Levítico (19, 13) se pide: "No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana".

En el libro del Éxodo (22, 20-27): "No molestes ni oprimas al forastero, porque también vosotros fuisteis forasteros en Egipto. No maltrates a la viuda ni al huérfano..."; "Cuando prestares dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portarás con él como avaricioso, ni le impondrás usura".

En el Deuteronomio (24, 14-15): "No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra o en tu ciudad. Le darás cada día su jornal, antes de la puesta del sol, pues es pobre y espera impaciente su salario"

En la carta a los Romanos (13, 7): "Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.

Y en la carta de Santiago (5, 4): He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos”.

En la profecía de Malaquías (3, 5): "Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos”.

Incluso la cuestión de la inmigración ya estaba contemplada en el libro del Éxodo. La Iglesia se ocupa del alma de sus fieles; pero también exige justicia para su cuerpo.

jueves, 9 de abril de 2026

Camino de Emaús

Este es uno de mis pasajes favoritos: cuando Cristo resucitado se aparece a los dos discípulos que entristecidos se vuelven desde Jerusalén al pueblo de Emaús. Entre otros motivos, me gusta porque revela cierto sentido del humor de Jesucristo, al no descubrirse hasta el final, y el cariño que quiere demostrar a los que ve alicaídos. Pero lo que quiero resaltar en esta entrada es que la iniciativa siempre es de Jesucristo, de Dios .

Él se une por el camino a los dos discípulos y les va explicando las escrituras. Ellos no solo no entienden lo que les dice es que ¡ni siquiera lo reconocen! Solo cuando Cristo decide revelarles su identidad, ya en la casa, partiendo el pan, es cuando lo reconocen y recuerdan la sensación que tuvieron mientras estuvo con ellos: "se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el  camino, cuando nos abría las Escrituras?" (Lucas 24:32).

A veces, ante la evidencia, tampoco comprendemos. Lo dice el salmo 19: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos". Pero nosotros preferimos decir que toda esa maravilla se ha creado por casualidad, evolucionando desde algo que no sabemos definir. En algún momento, Dios decide abrirnos los ojos, mostrarnos sus obras y otorgarnos la fe; y, entonces, lo vemos claro, todo cuadra y nuestro corazón arde de alegría por el descubrimiento.

Lo mismo ocurre con el mensaje evangélico: es algo maravilloso. Los judíos pudieron contemplar milagros asombrosos; pero muchos no ven ni entienden, no reconocen a Jesucristo. Al parecer, solo los sencillos tienen la mente suficientemente abierta como para reconocerlo... Y, en nuestros días, ocurre lo mismo: solo el encuentro con Cristo, a iniciativa de Él, nos permite conocerlo, creerle y acabar amándolo.

La fe cristiana es razonable; pero solo con la razón no se alcanza: necesitamos que Cristo se nos muestre.


martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa: amor y sufrimiento

Los cristianos celebramos la Semana Santa, el tiempo en el que Jesucristo fue humillado y destrozado públicamente hasta la muerte ignominiosa en la cruz; pero, después, y esto es lo importante, resucitó, demostrando así que poseía la divinidad, además de su humanidad. 

He afirmado en ocasiones que la muerte de Cristo no la provocaron los romanos o los judíos, los ejecutores materiales. Ni siquiera fue provocada por nuestros pecados, aunque sirvió para librarnos de ellos. La crucifixión de Cristo la provocó su amor: solo el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la humanidad que había creado pudo llevar a la muerte al Dios-hombre, porque ninguna otra potencia podría haberlo hecho. Él mismo lo afirma en Juan 10, 1:  "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". También en Mateo 26, 53: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”.

También he afirmado que el amor tiene dos caras. Por una parte, la cara gozosa de amar y sentirse amado; por otra, el sufrimiento. Esta es la prueba del amor: llegar a sufrir por el otro. Ya sea un sufrimiento activo (buscando el bien del ser amado) o pasivo (por perder al ser amado). Dios nos ama, pero ¿también sufre? Evidentemente, Dios no puede sufrir, por mucho que nos ame. Entonces, siendo Dios el Amor, ¿cómo es que carece de esta característica del amor? No pretendo conocer a Dios más allá de lo que Él nos ha revelado; pero también me ha dado una inteligencia y el Espíritu nos inspira la sabiduría para que podamos conocerlo hasta cierto grado. Por eso, me atrevo a afirmar que Dios encontró la manera de que su Amor también fuese capaz de sufrir: hacerlo en Jesucristo. El Dios-hombre fue capaz de amar y sufrir hasta el extremo durante su paso por la Tierra. No solo durante la Pasión, sino también en otros momentos, como cuando llora la muerte de Lázaro, o ante la visión de Jerusalén que será destruida y cuando se compadece de tantos a los que alimenta o cura. Y quizá también sea capaz de sufrir esa naturaleza humana que está incardinada en la Santísima Trinidad, compartiendo la naturaleza divina en la persona del Hijo.

Es una idea... A mí me ayuda a amar más a quien me ama hasta sufrir.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Fe, razón y ciencia

No se alcanza la fe ni por razonamientos muy sesudos ni por descubrimientos científicos, porque la fe es la adhesión voluntaria a la revelación: no es un convencimiento, sino un acto de la voluntad con la ayuda de la gracia divina.

Lo que pretendo con este blog es transmitir la idea de que, aunque la fe viene de la revelación, también puede ser razonada, razonable y respaldada por la realidad científica. Esto último, entre otros motivos, porque la ciencia es el instrumento dado por Dios para que conozcamos su creación, por lo que no puede haber incompatibilidad entre la fe y el conocimiento científico, por mucho que les pese a los neo-ateos.

La fe nunca será certeza, por lo que tampoco podemos buscar que ese razonamiento lógico o las pruebas científicas nos aporten dicha certeza. Lo que el creyente debe intentar es que con su intelecto y los conocimientos científicos pueda dar el salto a la lógica y verificar que aquello que cree es "razonable" y encaja en nuestro conocimiento de la naturaleza.

Personalmente, cuanto más razono y más conozco los avances científicos, mejor compruebo que lo que he asumido por fe no sólo es lógico, sino que se presenta como la opción más probable. En la mayoría de los casos, veo que los argumentos que se oponen a dicha fe se limitan a invocar "el azar", "la casualidad", "la capacidad ordenadora de la materia" (sin que expliquen quién le ha otorgado dicha capacidad), incluso aluden a influencias "extraterrestres", sin explicar quién creó a dichos extraterrestres o les otorgó la capacidad de crear vida u ordenarla.

Mi consuelo es que la mayoría de los científicos serios (incluyendo a muchos de los Premios Nobel de Física, Química, Biología o Medicina) opinan muy parecido.

domingo, 22 de marzo de 2026

El milagro de la vida

Ya he comentado en otras entradas que la evolución del universo en general y de la vida en particular ha requerido de ciertos saltos cualitativos que "parecen" haber estado programados desde el principio. Hablando claro: la creación fue diseñada por un Ser superior e infinitamente inteligente.

Recientemente, la Academia de las Ciencias de Estados Unidos ha premiado a varios investigadores por demostrar, de nuevo, que la evolución de la vida ha experimentado esos saltos inexplicables, salvo que estuviesen ya previstos por quien propicia esa vida. Cuatro físicos y biólogos españoles, Jordi Bascompte, Bartolo LuqueFernando Ballesteros  y  Enrique Muro, acaban de ganar  el premio Cozzarelli de la prestigiosa Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos al mejor estudio del año en biología por haber descrito el paso necesario y fundamental, para que la vida pudiese dejar de ser exclusivamente microviana y pasarse a formar organismos complejos.

Los primeros seres vivos eran microbios aparecidos hace unos 3.500 millones de años. Pero para seguir evolucionando necesitaban fabricar proteínas cada vez más largas, hasta que llegaron a un punto en el que ya no podían alargar más las moléculas. Entonces ocurrió el hecho extraordinario (¿milagro? en el sentido de intervención divina en la creación): hubo un “cambio de fase algorítmico” que permitió, por ejemplo, que un solo gen pudiese fabricar varias proteínas, y que la complejidad pudiese seguir aumentando. Esa capacidad surgió en secuencias de ADN no codificantes, que no tenían la receta para fabricar proteínas; y esto es lo extraordinario. Sin estas largas secuencias genéticas, también conocidas como  ADN basura, y capaces de multiplicarse a lo largo del genoma, no podría haber dado el salto, la revolución, 1.000 millones de años después de la aparición de la vida. Esta permitió la posterior aparición de células complejas, y de los organismos pluricelulares: hongos, plantas y animales, entre ellos, los humanos. 

Lo que muestra el trabajo de los científicos premiados “es que no puede haber formas intermedias, porque ese cambio, esa transición, tiene que suceder, como predice la física, con una transición de fase". Una intervención especial, lo llamaría yo.

Evidentemente, han sido inmediatamente criticados por los dogmáticos evolucionistas, que afirman que toda fuente de orden procede del azar (la casualidad), según la ya muy superada teoría de la evolución de Darwin; pero que ellos defienden como un dogma científico sin base probatoria alguna: ¿quién puede probar el azar? No soportan que nuestra fe pueda ser razonable cuando sus postulados no lo son (¿casualidad?) y se ven rebatidos por la Ciencia.



martes, 17 de marzo de 2026

La nebulosa de la fe (2)

Seguimos hablando del claro-oscuro de la fe y el escrutinio al que se la puede someter.   Lo curioso es que no realizamos ese mismo escrutinio para muchas otras cosas que también admitimos por fe: todo aquello que hemos aprendido porque alguien nos lo ha enseñado. Incluso las cosas más evidentes (al menos para mí) pueden llegar a ponerse en duda si nos empeñamos en razonarlas (o razonar lo contrario). Tenemos un ejemplo en los terraplanistas : aquellos que niegan que la Tierra sea un planeta esférico. Algo absolutamente evidente desde que Colón y los demás navegantes la circunvalaron; y mucho más desde que se ha podido fotografiar desde la estratosfera. Pero si se somete su esfericidad a un exhaustivo escrutinio, y al empeño de nuestra razón, se pueden encontrar "pruebas" de que, en realidad, la Tierra es plana. Es un ejemplo, pero podría poner otros: ¿¡por qué tengo que creerme que Australia o Alaska existen¡? Si me empeño, seguro que lograría aportar pruebas de lo contrario. 

Ahora un ejemplo mucho más escabroso: si empiezo a investigar sobre si mi madre es realmente mi madre, aunque toda la vida así lo he creído, ¿no encontraría indicios que me hiciesen dudar? Y mucho más fácil me suscitaría dudas si esa misma investigación la hago sobre mi padre.

Lo mismo ha ocurrido con la fe: si nos empeñamos en racionalizarla, seguro que encontramos argumentos para llegar al agnosticismo o, incluso, al ateísmo. Aquello que vemos sin dudar, nos generará dudas si tratamos de mirarlo fijamente bajo el microscopio del racionalismo puro. Y entonces, el argumento de que si algo ha sido creado, es porque alguien lo ha creado; de que si algo está ordenado, es porque alguien lo ha ordenado; de que si la vida es un auténtico milagro (seis mil millones de bases de ADN perfectamente ordenados), es porque alguien lo ha realizado; de que si el hombre siempre ha tenido una dimensión espiritual, es porque ha sido creado por un ser superior al que tiende.

Lo curioso es que, tras las dudas generadas por el microscopio racionalista, surjan certezas tan irracionales como afirmar que "todo ha salido de la nada", "el orden del universo se produce por casualidad" o "la vida la trajeron a la Tierra los extraterrestres.

Si mirar de frente a una nebulosa nos impide verla con claridad, mejor la seguimos mirando de reojo; pero, en todo caso, no por no verla, esa nebulosa dejará de existir.

sábado, 14 de marzo de 2026

La nebulosa de la fe

Como aficionado a la astronomía, me gusta contemplar el firmamento en las noches despejadas para admirar todos esos astros que brillar allá arriba; y que son prueba irrefutable de la grandeza de la creación y de la insignificancia, desde el punto de vista material, del ser humano. Lo maravilloso es que esa insignificancia material haya sido elevada al más alto grado de trascendencia espiritual, habiéndonos hecho hijos del Creador; y herederos de su gloria.

A veces, cuando trato de fijarme en alguna nebulosa o galaxia, parece como que desaparece de mi vista. Si la miro directamente no logro enfocarla, pero si lo hago como de reojo, entonces veo esa mancha blanquecina, que se comporta como si fuese tímida.

Algo parecido ocurre con esos conceptos que, si no nos empeñamos en definirlos, aparecen claros al entendimiento. Todos sabemos qué es el amor, o la vida o la gravedad...; pero parece que se desdibujan si tratamos de estudiarlos y definirlos. Por lo menos a mí, me ocurre lo mismo con la fe: la vivo como si fuese una certeza; pero cuando trato de escrutarla, aparecen las dudas. Esto le ha ocurrido también a la Humanidad durante toda su historia. El hombre ha sentido la trascendencia de su vida y ha rendido culto a seres superiores y ha honrado a sus difuntos, con la certeza de que, de alguna forma, siguen existiendo. Pero cuando los eruditos han querido estudiar esa fe, no han sabido demostrarla desde un punto de vista "humano" o material; y, entonces, muchos decidieron que, si no se veía claro se debía a que esa fe era un error, un invento de la imaginación... Como cuando a mí se me desdibuja la imagen de una nebulosa; pero ahí sique estando, tímida.


jueves, 19 de febrero de 2026

Cuaresma

Acabamos de entrar en la Cuaresma del año 2026. Se trata de un tiempo especial que los católicos dedicamos a prepararnos para vivir la Semana Santa y, sobre todo, la alegría de la Resurrección del Señor, que es el hecho más importante del cristianismo; porque, como dice San Pablo: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (I Corintios 15, 17).

Tradicionalmente, se ha considerado la Cuaresma como un tiempo de arrepentimiento y penitencia; y esto está muy bien, porque "el que esté sin pecado que tire la primera piedra" (Juan 8, 7). Pero, en realidad, es un tiempo de oración, limosna y ayuno (es decir, hacer la OLA); y la penitencia se menciona al final, después del trato con Dios y de la caridad con los hermanos.

Pero esa idea de que se trata de un tiempo triste y sacrificado, proviene de otra idea también antigua y que ha calado profundamente en los fieles: que el cristianismo es una carga para los creyentes. La realidad es todo lo contrario: el cristianismo, revelado por Jesucristo en el Evangelio, es una religión gozosa, que hace clamar a San Pablo: "¡Alegraos siempre en el Señor, de nuevo os lo digo: alegraos! (Filipenses 4, 4)

¿No es realmente un gozo saber que tenemos un Padre Eterno que nos ama? ¿No es gozoso que nuestro mandamiento fundamental sea amar? ¿No es un gozo que en el Evangelio descubramos el misterio del hombre? ¿Que tengamos una guía para nuestra vida? ¿Que se nos ofrezca el perdón siempre que nos arrepintamos? ¿Que dispongamos de la comunidad en la Iglesia y la ayuda d elos sacramentos? ¿Que la fe y la caridad nos acaben llevando a la esperanza?

Y es así como termina la Cuaresma: con la esperanza de la resurrección, la alegría de la Pascua, el alimento de la Eucaristía y el consuelo del Espíritu Santo. Como he afirmado en anteriores ocasiones: lo difícil no es ser cristiano, sino afrontar la vida sin serlo. Aunque, como todos experimentamos, la fe no nos libre de los problemas terrenos, a veces muy graves, pero nos ayuda a afrontarlos y superarlos.

¡Feliz Cuaresma!

miércoles, 11 de febrero de 2026

Creer en Dios o creer a Dios

En post anteriores (desde el 14 de octubre en adelante) he intentado transmitir razonamientos lógicos y pruebas científicas de que el universo ha debido ser causado por un Ser superior. Mi convencimiento personal es que lo más razonable es admitir la existencia de ese  Ser superior, que yo identifico como el Dios de los cristianos y judíos, creador de todas las cosas.

Pero ¿esto me convierte en una persona religiosa? Creo que no, que si admito la existencia de un Dios, entonces soy un deísta o un teísta; pero todavía no me hace una persona religiosa. Es lo que en otras entradas he definido como la fe "teórica" o la fe "práctica" de la que habló San Juan Pablo II. La fe práctica es cuando llevo a mi vida esas creencias; y los cristianos basamos nuestras creencias en la Palabra de Dios: en la Biblia y, más en concreto, en el mensaje evangélico. Cuando creo es la enseñanza de Cristo y la pongo en práctica es cuando "creo a Dios", además de creer en su existencia.

La fe en un ser superior nos puede dar noción de cuál es el "misterio del hombre"; pero es creer a Dios, la fe práctica, lo que nos permitirá asumir ese misterio y llevarlo a término... Y todo hombre puede compartir y realizar este asombroso proyecto de ser realmente humano.


domingo, 1 de febrero de 2026

El Evangelio de san Juan (y 3)

Quiero terminar con esta entrada el comentario del comienzo del Evangelio de San Juan.

14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. 15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. 16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Para poder iluminarnos mejor, la Palabra de Dios se hizo carne como nosotros, compartió todas nuestras circunstancias, debilidades y sentimientos. La ley, la normativa, nos fue revelada en el Antiguo Testa-mento, pero la realidad divina y, sobre todo, el misterio del hombre, nos fue revelado por Jesucristo, el único hombre que, por ser también Dios, podía hacerlo. El Evangelio, por tanto, no solo es una guía espiritual sobre cómo debemos los hombres tratar con nuestro Creador, es también una guía sobre la propia naturaleza humana, que nos enseña a ser hombres de verdad durante nuestra etapa temporal. Esta etapa no puede ser despreciada; al contrario, debe de ser muy importante para nuestra existencia, cuando Dios quiso que, antes de permanecer para siempre con Él, tuviésemos esta vida terrena. La clave, evidentemente, está en el amor, que solo puede desarrollarse desde la libertad. Fue su último mandamiento: amaos unos a otros como yo os he amado, en esto conocerán que sois mis discípulos [Jn 13,34]


domingo, 25 de enero de 2026

El Evangelio de san Juan (2)

 

Seguimos con el comienzo del Evangelio de San Juan. 

9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

La Palabra de Dios encarnada es la luz que alumbra a los hombres, que nos desvela el misterio del hombre: su origen, su destino y su razón de ser. Curiosamente, aunque el mensaje evangélico es sin duda la mejor noticia que puede difundirse, los hombres no hemos querido recibirlo. Quizá hemos preferido seguir nuestros criterios, porque respaldan mejor nuestra soberbia y nuestro egoísmo. El ser hijos de Dios no nos parece suficiente, ya que preferimos ser nuestros propios dioses... Y así nos va... El hombre actual, que primero rechazó la Palabra reivindicando la "razón", se ha desvinculado de su propia razón y ahora solo admite su voluntad: el hombre se empeña en ser lo que desea ser, aunque esto contradiga toda evidencia y racionalidad. Su nuevo dios, más que él mismo, es su deseo. Toda la ideología de género se basa en la quimera de considerar real lo que cada uno imagina como tal, por muy contrario que sea a la realidad.

Porque el hombre, su naturaleza, no ha sido creada por la sangre ni la carne ni la voluntad humana: ha sido creada por Dios; y él es el que mejor nos conoce y puede iluminarnos.. Pero no hemos querido escuchar su Palabra.

 



jueves, 15 de enero de 2026

Comienzo del Evangelio de san Juan.

Estamos comenzando un nuevo año y esto me ha sugerido repasar el comienzo del Evangelio de San Juan, en el que hace una especie de resumen inicial de lo que supone la llegada de Jesucristo a la Tierra, que es lo que acabamos de conmemorar esta pasada Navidad.

El Evangelio de San Juan es distinto del de los otros tres evangelistas, llamados sinópticos, porque éstos se limitan a narrar acontecimientos, sin dar más explicaciones. Por el contrario, Juan trata de interpretar estos hechos y, sobre todo, incluye la oración sacerdotal de Cristo en su capítulo 17. Pero volvamos a su comienzo: 

1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Éste era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Lo primero que hace Juan es reconocer la divinidad de Jesucristo y su unicidad con Dios desde el principio. Este hecho es el que otorga a Cristo autoridad para ser "vida" y "luz" de los hombres. Por supuesto, no se trata de la vida biológica (que comparten otros seres vegetales y animales), ni de la luz como energía, que fue lo primero creado por Dios, sino de la Vida que otorga una existencia permanente tanto en la dimensión material como en la espiritual; y la Luz de Cristo, que es la que ilumina nuestro entendimiento y nos revela la verdad sobre Dios y nuestra realidad humana. Y a esto Juan lo llama el Verbo, la Palabra de Dios, la revelación... Durante todo el Antiguo Testamento se han ido revelando al pueblo de Israel determinados aspectos sobre Dios: que es el Creador y único Señor de la humanidad; pero, fundamentalmente, se le han indicado leyes y normas que, como pueblo, debe guardar. Pero la llegada de Jesucristo supone la revelación de Dios como Padre y de su relación con los hombres, disipa esas "tinieblas" que hasta entonces velaban la naturaleza divina y la humana. Además, sustituye la Ley impuesta al pueblo de Israel por una nueva forma de comportamiento (las bienaventuranzas..., el "se os dijo..., pero yo os digo...") que ya es aplicable a "todos los pueblos". Se podría decir que es el momento en el que Dios (la Trinidad) se involucra de lleno en la Historia de la humanidad... de TODA la humanidad, y no solo del pueblo escogido.

Después de la Creación, la encarnación del Verbo de Dios es el hecho más trascendente de la historia de la evolución: la vinculación de la dimensión espiritual y eterna con la material e histórica. Esto sí que fue una "singularidad cósmica", como lo podrían llamar los astrónomos, que produjo no solo efectos evolutivos materiales, sino también espirituales, porque permitió que, en definitiva, "el misterio del hombre" ya quedará desvelado.