Por supuesto, el convencimiento de que Cristo nos ama por nosotros mismos -con independencia de cual sea nuestra actuación-, no puede ser una excusa para relajarnos, sino para todo lo contrario.
El amor incondicional de Cristo nos debe llevar a amarle nosotros también incondicionalmente, sin ampararnos en nuestros constantes errores para dejar de hacerlo. Pero este amor nos llevará inmediatamente a manifestarlo con obras; y, más en concreto, en obras buenas hacia los demás, que son también objeto del amor incondicional de Cristo.
Pero hay una diferencia muy importante entre el proceso así seguido y el que sigue el "fariseo": el que comienza encontrandose con el amor de Dios, ofrece sus obras como una humilde correspondencia; aquél que se encuentra primero con la Ley y se enorgullece de cumplirla con minuciosidad, acaba presentando sus obras como el precio pagado para "merecerse" el amor de Dios. Y esto último es una estupidez por dos razones: nadie es lo suficientemente perfecto -libre de pecado- como para presentarse ante Dios con orgullo; y, aunque lo fuese, el amor de Dios no se paga con nada, sólo se recibe gratis por Su generosidad.
Por esto, el camino del pecador arrepentido es más seguro (y produce más alegría en el Cielo) que el del que se empeña en ser "santo perfecto".
Peguémonos al amor de Cristo y dejemosle hacer con nosotros lo que tenga previsto.
Desde mi fe, pero con razón
Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog.
miércoles, 16 de mayo de 2012
martes, 15 de mayo de 2012
Mira que estoy a la puerta y llamo...
¿Por qué nos cuesta tanto a los cristianos creernos el mensaje evangélico?
Unos lo encuentran tan utópico que ni siqueira se atreven a intentarlo.
Otros lo interpretan como un estricto reglamento que es necesario cumplir para salvarse o para tener contento a nuestro Dios.
Ni lo uno, ni lo otro...
He repasado recientemente un pequeño discurso/homilía de la Beata Teresa de Calcuta -¡qué bien entendió esta mujer el mensaje evangélico!- y extraigo algún párrafo en el que se explica lo que Cristo pide de nosotros:
"Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti. hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupacionesy, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, te amo pro ti, por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si sólo me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor."
¿Está claro?
Unos lo encuentran tan utópico que ni siqueira se atreven a intentarlo.
Otros lo interpretan como un estricto reglamento que es necesario cumplir para salvarse o para tener contento a nuestro Dios.
Ni lo uno, ni lo otro...
He repasado recientemente un pequeño discurso/homilía de la Beata Teresa de Calcuta -¡qué bien entendió esta mujer el mensaje evangélico!- y extraigo algún párrafo en el que se explica lo que Cristo pide de nosotros:
"Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti. hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupacionesy, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, te amo pro ti, por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si sólo me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor."
¿Está claro?
viernes, 9 de marzo de 2012
Un ejemplo de comportamiento cristiano
Pondré un ejemplo de lo que intentaba explicar en mi anterior entrada.
Decíamos que estamos atravesando una crisis económica profundísima; quizá tan profunda que todavía no hemos vislumbrado su fondo.
Y en estas circunstancias, ¿que proponemos los cristianos?
Pues unos aprovechan para rezar más, porque efectivamente, sin ayuda del Cielo de esta no salimos. Estos serían los que centran su religión en el culto, lo que no está mal, pero puede ser insuficiente.
Otros recuerdan que la crisis no es sólo económica; y que proviene de que la sociedad occidental ha perdido el norte y se ha corrompido su moral. Estos son los moralistas, que también son necesarios; pero quizá se quedan en identificar causas, sin proponer soluciones.
Los terceros recuerdan que es el momento de que los que más tienen compartan con los más desfavorecido; y que el Estado se haga cargo de todos a costa de lo que sea. Y, por supuesto, no les falta razón. Pero se olvidan de que tenemos que compartir todos, no sólo los que más tienen...; y que el Estado somos todos, y no se puede confundir con la Providencia ilimitada de Dios. En alguna medida, estos que apelan al Estado para todo, se parecen a los que rezan: piden que otro les resuelva el problema. Con la diferencia de que los que rezan sí pueden obtener ayuda; pero los que apelan al Estado están apelando a un ente inexistente: somos todos nosotros...
Y ahora me atreveré a proponer la solución evangélica a esta crisis, después de rezar, reformar la moral y exigir a los que más tienen.
La solución evangélica pasaría porque los empresarios cristianos hubiesen renunciado a su legítimo beneficio para mantener la plantilla laboral, sin poner en peligro la empresa; porque los trabajadores cristianos hubiesen aumentado su rendimiento para reducir costes y ayudar a la empresa a mantenerse, y porque hubiesen renunciado a parte de su salario, para que otros compañeros puedan mantener su puesto de trabajo. Porque la solidaridad familiar ayudase a aquellos que se han quedado sin medios de vida a mantener una vida digna. Porque los banqueros e inversionistas modificasen las condiciones de las hipotecas para evita el desahucio de tantas familias, aunque esto supusiese la reducción del dividendo y la rebaja en la cotización de sus acciones (y por supuesto, la reducción de sus astronómicas retribuciones). Y así habría que seguir hablando de renuncias, en vez de intentos -que los hay, y muchos- de sacar provecho de la crisis, haciéndose con gangas o eliminando competencia.
¿Os parece utópico? Ya lo creo que lo es, porque el egoísmo humano hace casi imposible llevarlo a la práctica... Pero os aseguro que con esas actitudes se habría destruido mucho menos empleo, la crisis habría sido mucho menor, se habrían producido menos impagos de hipotecas y el mercado se habría recuperado mucho antes...
Lo que os decía: la solución está en que triunfe el auténtico cristianismo...
Decíamos que estamos atravesando una crisis económica profundísima; quizá tan profunda que todavía no hemos vislumbrado su fondo.
Y en estas circunstancias, ¿que proponemos los cristianos?
Pues unos aprovechan para rezar más, porque efectivamente, sin ayuda del Cielo de esta no salimos. Estos serían los que centran su religión en el culto, lo que no está mal, pero puede ser insuficiente.
Otros recuerdan que la crisis no es sólo económica; y que proviene de que la sociedad occidental ha perdido el norte y se ha corrompido su moral. Estos son los moralistas, que también son necesarios; pero quizá se quedan en identificar causas, sin proponer soluciones.
Los terceros recuerdan que es el momento de que los que más tienen compartan con los más desfavorecido; y que el Estado se haga cargo de todos a costa de lo que sea. Y, por supuesto, no les falta razón. Pero se olvidan de que tenemos que compartir todos, no sólo los que más tienen...; y que el Estado somos todos, y no se puede confundir con la Providencia ilimitada de Dios. En alguna medida, estos que apelan al Estado para todo, se parecen a los que rezan: piden que otro les resuelva el problema. Con la diferencia de que los que rezan sí pueden obtener ayuda; pero los que apelan al Estado están apelando a un ente inexistente: somos todos nosotros...
Y ahora me atreveré a proponer la solución evangélica a esta crisis, después de rezar, reformar la moral y exigir a los que más tienen.
La solución evangélica pasaría porque los empresarios cristianos hubiesen renunciado a su legítimo beneficio para mantener la plantilla laboral, sin poner en peligro la empresa; porque los trabajadores cristianos hubiesen aumentado su rendimiento para reducir costes y ayudar a la empresa a mantenerse, y porque hubiesen renunciado a parte de su salario, para que otros compañeros puedan mantener su puesto de trabajo. Porque la solidaridad familiar ayudase a aquellos que se han quedado sin medios de vida a mantener una vida digna. Porque los banqueros e inversionistas modificasen las condiciones de las hipotecas para evita el desahucio de tantas familias, aunque esto supusiese la reducción del dividendo y la rebaja en la cotización de sus acciones (y por supuesto, la reducción de sus astronómicas retribuciones). Y así habría que seguir hablando de renuncias, en vez de intentos -que los hay, y muchos- de sacar provecho de la crisis, haciéndose con gangas o eliminando competencia.
¿Os parece utópico? Ya lo creo que lo es, porque el egoísmo humano hace casi imposible llevarlo a la práctica... Pero os aseguro que con esas actitudes se habría destruido mucho menos empleo, la crisis habría sido mucho menor, se habrían producido menos impagos de hipotecas y el mercado se habría recuperado mucho antes...
Lo que os decía: la solución está en que triunfe el auténtico cristianismo...
martes, 6 de marzo de 2012
El cristianismo total
Ya hemos explicado que el cristianismo ni es de derechas ni es de izquierdas, sino todo lo contrario. Se podría decir que Cristo vino a la tierra para exigir a las derechas que asumiesen los postulados de la izquierda; y a la izquierda, que asumiese los de la derecha. La perfección del mensaje evangélico consiste precisamente en que conjuga siempre los dos extremos. In medio virtus: sí, pero no por la mediocridad de quedarnos a la mitad de todo, sino por la perfección de conjugar los opuestos.
Pues bien, qué pocos cristianos se esfuerzan en conocer y aplicar al totalidad del mensaje evangélico, desde la parábola del buen samaritano, hasta aquello de que quien mira a una mujer deseándola ya está adulterande con ella; y pasando por lo de la expulsión de los mercaderes que convertían el Templo en cueva de ladrones.
El cristianismo es así de exigente: tanto en la justicia social, como en la moral como en el culto y el trato con Dios.
Y por esto, ni los cristianos nos atrevemos a hacerlo triunfar: nos exigiría demasiado. Pero si en un arrebato de arrojo nos atreviésemos, seguro que teníamos más seguidores que proponiendo estas medias tintas que vamos predicando.
Pues bien, qué pocos cristianos se esfuerzan en conocer y aplicar al totalidad del mensaje evangélico, desde la parábola del buen samaritano, hasta aquello de que quien mira a una mujer deseándola ya está adulterande con ella; y pasando por lo de la expulsión de los mercaderes que convertían el Templo en cueva de ladrones.
El cristianismo es así de exigente: tanto en la justicia social, como en la moral como en el culto y el trato con Dios.
Y por esto, ni los cristianos nos atrevemos a hacerlo triunfar: nos exigiría demasiado. Pero si en un arrebato de arrojo nos atreviésemos, seguro que teníamos más seguidores que proponiendo estas medias tintas que vamos predicando.
lunes, 5 de marzo de 2012
¿Triunfará el cristianismo?
Sigo con mi entrada anterior, en la que recomendaba el triunfo del cristianismo como solución para cualquier crisis. Y viene la pregunta: ¿triunfará alguna vez el cristianismo?; y quizá alguien también se pregunte: ¿por qué no ha triunfado ya si es tan bueno?
La respuesta a ambas cuestiones es muy simple: el cristianismo ni ha triunfado ni triunfará en sociedad alguna porque los cristianos en realidad no queremos.
Me explicaré.
El problema es que los cristianos, como individuos o como grupos concretos, queremos que triunfen sólo aquellos valores que nos parecen más importantes; o quizá, aquellos que nos parecen más cómodos o provechosos para nosotros mismos o nuestro grupo.
Profundizaré un poco más.
Hay un grupo de cristianos a los que podríamos llamar "conservadores" que ponen todo su esfuerzo en mantener la moral cristiana y el culto; es decir, tratan de imponer a los demás "su" moral; y esta meta la sitúan muy por encima de otras necesidades que ese prójimo pueda tener. "Tienes que ser decente y conformarte con la vida que Dios te ha dado", parecen decir muchos cristianos acomodados a los ciudadanos menos favorecidos por la fortuna.
Hay otros cristianos que podríamos llamar "progresistas", a quienes la doctrina social de la Iglesia les parece lo principal y tratan de que triunfe a todas costa, incluso aliándose con sus propios enemigos (como hizo la teología de la liberación con las doctrinas marxistas). A estos cristianos la moral y el culto no les importa casi nada, la meta es establecer la justicia social que Cristo vino a predicar a la Tierra (ignorando que Cristo jamás habló de justicia social).
Y el problema es éste: ninguno de esos grupos está interesado en que triunfe el cristianismo total, aquella doctrina que conjuga la moral y el culto con la justicia social. Y no quieren que triunfe porque les parecería muy exigente: al moralista, porque no le apetece compartir los bienes que Dios le ha dado; al progresista, porque no está dispuesto a pagar el precio de la moral para alcanzar su objetivo social.
Y así nos va, a los cristianos y a los no cristianos.
sábado, 3 de marzo de 2012
La esperanza de la humanidad
Se dice que estamos en la mayor crisis financiera de la Historia. Esto no puede ser un hecho aislado de otros problemas que acucian a la humanidad; y no sólo de orden económico. Quizá una crisis financiera tan profunda se ha podido producir porque también están en crisis muchos valores humanos y sociales. Por ejemplo, el mérito y el esfuerzo han dejado se ser algo estimado; y estos ha dejado paso a los únicos valores realmente reconocidos por todos: el éxito y el lucro. Por supuesto, no se puede hablar de abnegación, ni bondad, ni caridad, ni honor, ni decencia, porque son vocablos que muchos de nuestros jóvenes ni siquiera comprenderían.
Si lo meditamos detenidamente, veremos que la mayoría de los valores cristianos se han ido desmontando por la sociedad moderna y posmoderna; y lo han hecho concienzudamente.
Por supuesto, en una sociedad auténticamente cristiana, en la que se hubiese trabajado en busca del bien común y no del rápido lucro personal, en la que las instituciones financieras se hubiesen limitado a prestar a los empresarios los ahorros de los otros, mediante la oportuna comisión, pero sin pretender especular con esos préstamos, convirtiéndolos en títulos cotizables; en una sociedad así, esta crisis nunca hubiese podido estallar...
Y es que la unica esperanza para la humanidad es que el cristianismo triunfe. Pero no me estoy refiriendo al triunfo de los cristianos como colectivo u organizacion social, sino el triunfo del auténtico mensaje evangelico: prevalencia del bien comun incluso sobre los propios derechos, porque la caridad cristiana va más allá que la justicia, incluso más allá de la solidaridad.
Si alguien piensa que hay un conjunto de valores distintos de los cristianos que nos pueden proporcionar una sociedad mejor, por favor que me lo indique.
Si alguien piensa que hay un conjunto de valores distintos de los cristianos que nos pueden proporcionar una sociedad mejor, por favor que me lo indique.
martes, 28 de febrero de 2012
La paz
En teoría, todos buscamos la paz: nos parece el valor más común a toda la humanidad. Pero esto no es realmente así. A lo largo de la Historia, muchas sociedades se han basado en la guerra como sistema social y de progreso. Todo en estas sociedades se orientaba hacia lo militar, desde la las distinciones de clase social hasta el urbanismo de sus ciudades; y su única forma de progreso era la conquista del vecino. Y en el mismo siglo XX tenemos dos ejemplos de sociedades por y para la guerra: la Alemania nazi y el Japón imperialista. Realmente, la paz como un valor social es algo que introduce el cristianismo; y muchas veces le cuesta hacerlo, pues se confundía su pacifismo con cobardía o sometimiento. De hecho, lo de bienaventurados los pacíficos se incardina entre las mismas bienaventuranzas que se dedican a los pobres, los que sufren o los perseguidos: a todos ellos se les considera utópicos.
Pero, ¿que es la paz? Pues San Agustín nos responde que paz en la tranquilidad en el orden. Es decir, si la tranquilidad no es consecuencia de una situación jurídica y socialmente ordenada, entonces no es paz: es opresión. En ambos casos se mantiene la tranquilidad social; pero todos sabemos la diferencia que hay entre una tranquilidad apacible y una tranquilidad impuesta.
Me atrevo a añadir otra característica a la definición de San Agustín: la paz debe descansar en la Verdad. El Reino de Dios, como sociedad perfecta, alcanza la paz y la justicia por fuerza de la Verdad; es decir, en base a lo que el hombre realmente es y la dignidad que intrínsecamente posee. Los reinos de los hombres -por muy democráticos que sean- alcanzan la paz por otras vías, ya sean la fuerza militar o la fuerza de los votos; pero en ambos casos se trata de que unos imperen sobre otros. Y esta paz nuca puede colmar al hombre.
Pero, ¿que es la paz? Pues San Agustín nos responde que paz en la tranquilidad en el orden. Es decir, si la tranquilidad no es consecuencia de una situación jurídica y socialmente ordenada, entonces no es paz: es opresión. En ambos casos se mantiene la tranquilidad social; pero todos sabemos la diferencia que hay entre una tranquilidad apacible y una tranquilidad impuesta.
Me atrevo a añadir otra característica a la definición de San Agustín: la paz debe descansar en la Verdad. El Reino de Dios, como sociedad perfecta, alcanza la paz y la justicia por fuerza de la Verdad; es decir, en base a lo que el hombre realmente es y la dignidad que intrínsecamente posee. Los reinos de los hombres -por muy democráticos que sean- alcanzan la paz por otras vías, ya sean la fuerza militar o la fuerza de los votos; pero en ambos casos se trata de que unos imperen sobre otros. Y esta paz nuca puede colmar al hombre.
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