sábado, 11 de mayo de 2019

¿Ama Dios sólo a los buenos?


Quizá lo que mejor definiría a Dios sería decir simplemente lo Él que hace, sin más adjetivos: Dios ama. Dios es amor y hace lo que Él es: amar.
Por eso es Uno y Trino: porque ama; y para amar tiene que ser Trinidad.
Por eso crea, porque ama; porque su amor trinitario se desborda en las criaturas.
Y para mejor hacer lo que Él es, ha creado un ser a su imagen y semejanza: al hombre. A esta criatura no sólo la ama, sino que puede ser amado por ella. Esta es la gran diferencia con otras criaturas: el hombre no sólo puede ser amado, sino que es capaz de amar; y en esto radica su felicidad, en amar y sentirse amado.
Por eso, decir que Dios ama a éste o aquél hombre por sus virtudes (que Él mismo le ha concedido) no tiene sentido.
Dios ama a todos, infinitamente, como sólo Él puede amar. Y a los que no le corresponden, también los ama.
En consecuencia, como somos seres capaces de amar y ser amados, creados a la imagen y semejanza de Dios, nosotros también debemos amar a los demás, independientemente de su conducta: incluso a los enemigos. De aquí deriva todo el sermón de la montaña: amar a los enemigos y hacer el bien a los que nos persiguen.
Pero amar no es consentir. Precisamente por que amamos debemos buscar el bien -el auténtico bien- del otro. Esta es exactamente la forma de amar de Dios: nos marca la senda de nuestra felicidad, de nuestro bien, no para someternos a Él -como un tirano- sino porque sabe qué es lo mejor para nosotros -como un buen padre..

martes, 9 de abril de 2019

El amor supera el tiempo y el espacio


Me ha llamado la atención una frase de la película Interstellar (2014, Christopher Nolan.):

“El amor es el único poder que puede superar el tiempo y el espacio”.

Y es que revela una verdad mucho más profunda de lo que podría parecer.

A veces divinizamos el amor, considerándolo nuestro dios, lo más importante para nosotros, pero rebajándolo a la dimensión humana, encerrándolo en nuestra pobre comprensión. Consideramos que el amor es nuestra excusa, que si es por amor (confundido con el mero querer o desear) podemos hacer cualquier cosa.
No es lo que San Agustín pretendía decir con su frase “ama y haz lo que quieras”; porque Agustín se refería al Amor, como Dios lo entiende: “la búsqueda del bien ajeno como único bien propio”; es decir: entregar la vida.
Lo que tendríamos que hacer es todo lo contrario; divinizarnos nosotros, para para alzar nuestro amor hasta la dimensión divina… Y devolverle así su auténtica naturaleza…
Porque Dios es Amor; y para nosotros el Amor es Dios; pero no nuestro amor (que confundimos con deseo), sino el auténtico Amor que nos hace entregarlo todo por los demás. Primero por el Otro, y después por los otros. Si amásemos así, con intensidad divina, entonces sí podríamos hacer lo que quisiésemos, porque estaríamos haciendo lo que nuestro creador quiere.
Ese Dios, ese Amor, es el que supera tiempo y espacio, porque es eterno, es intemporal y está en todas partes… Por eso el amor humano auténtico también supera el tiempo y el espacio: podemos amar a personas que nos precedieron hace muchos años o que están muy lejos de nosotros.
Este amor humano es la prueba de que existe un Amor divino, del que es reflejo; y, por tanto, es la prueba de que existe un Dios. Nada que procediese de la mera materia podría evolucionar hasta el punto de buscar “como único bien propio el bien ajeno”; sólo un amor creador podría concebirlo.


martes, 2 de abril de 2019

¿Ricos o pobres?


Habitualmente se afirma que Jesús hizo una opción por los pobres, porque nunca rehusó rodearse se ellos. Pero creo que afirmarlo así no es correcto. Jesús no hace una opción, sino que no los margina como habitualmente se ha hecho en sociedad. Por otra parte, no desprecia a los ricos, sin que advierte a éstos que si ponen su confianza en el dinero, difícilmente entrarán en el Reino de los Cielos. Incluso ni siquiera condena el dinero, sino que simplemente no lo "endiosa", como solemos hacer los humanos. 
Jesús tuvo amigos pobres, incluso algunos de sus discípulos lo fueron. Otros no: Pedro era patrón de pesca, es decir, tenía barcos en propiedad y empleados. Mateo era rico, porque era recaudador. Pero también tuvo amigos ricos: Lázaro el de Betania, Nicodemo, Zaqueo. 
Jesús no está a favor ni de ricos ni de pobres, ni en contra de ninguno de ellos. Jesús ve a la persona despojada de estas circunstancias y la valora según su corazón... 
Por los que sí hizo una opción fue por los necesitados y se dispuso a ayudarles: pero unas veces les daba pan y otras curaba a los hijos de pobres viudas o de ricos magnates, porque la necesidad puede afectar a unos y otros. 
Jesús sólo rechazó a los hipócritas, nunca al que se acercó a Él con sinceridad: fuese rico o pobre, sabio o inculto, importante o paria.
Pues eso...

domingo, 10 de marzo de 2019

Entre las aparentes contradicciones del Cristianismo que ya he comentado algunas veces, se encuentra la propia misión de Cristo. Él viene a salvarnos y establecer una nueva alianza que será definitiva, ya que es el mismo Dios-Hombre el que la sella con su sangre.
Desde Abraham habían pasado 1.900 años; y 1.300 desde la salida de Egipto; 1.000 años desde el reinado de David... Demasiado tiempo para que la Ley y los Profetas no se fuesen adulterando. La misión de Cristo es cambiarlo todo; pero sin cambiar nada...

Él mismo nos lo asegura: No he venido a cambiar ni una tilde de la Ley, sino a darle cumplimiento... (Mateo 5, 17). Pero luego se enfrenta con los doctores de la Ley al cambiar algunas costumbres. Por ejemplo, con respecto al sábado, el trato con publicanos y prostitutas, la consideración de la mujer en su entorno, llega a escandalizar a los piadosos judíos. Y esto también lo explica: No se pone vino nuevo en odres viejos (Mateo 9, 14-17). Cristo necesita mostrarnos que la base del trato con Dios es el amor a Él y al prójimo, no la prolija reglamentación que habían establecido los doctores de la Ley (623 preceptos en total). Y este vino nuevo había que guardarlo en odres nuevos: pastores y costumbres nuevas.

Pero Cristo no cambia nada de lo fundamental: ni siquiera modifica una coma de los diez mandamientos. Pero elimina todo lo accesorio, lo que los hombres habían ido introduciendo pensando que así rendían mejor culto a Dios; pero olvidando que todo eso debía servirles para acercarse a Dios, no para alejarlos. Cristo elimina todo esto, que habitualmente no hace sino estorbar, y transforma totalmente la religión judaica en la cristiana, hasta el punto de que resultan irreconocibles la una por la otra, salvo por las referencias comunes al Antiguo Testamento y los Patriarcas.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Comienza la Cuaresma

Hoy es Miércoles de Ceniza, el día en el que con la tradición de la imposición de la ceniza comienzan los cuarenta días preparatorios para la Semana Santa, en que conmemoramos la muerte y, sobre todo, la resurrección de Jesucristo.
La costumbre dice que durante este tiempo debemos cuidar especialmente la Oración, la Limosna y el Ayuno (es fácil de recordar, porque si cogemos las iniciales nos sale OLA; es decir, en Cuaresma hay que "hacer la OLA").
La realidad es que el pueblo fiel se ha fijado más en la penitencia -el ayuno y los sacrificios- que en los otros dos aspectos. Quizá se pretende "purgar" nuestras almas por los pecados cometidos desde la anterior Pascua de Resurrección; y así prepararnos para la nueva Pascua.
Lo primero que quería comentar es que la penitencia no tiene ningún valor -incluso se podría confundir con el masoquismo- si no se hace por amor. Hacemos penitencia porque nos duele haber fallado a Aquél que tanto nos ama y al que nosotros queremos amar. Es como si le dijésemos: para que veas que estoy dispuesto a cambiar, para demostrártelo, hago este sacrificio. Y creo que esto es lo que le gusta a Dios. Él no creo que piense: "como pecaste, ahora te tienes que fastidiar". Sino más bien, es como si nos dijese: ¿cómo me vas a demostrar tu amor y qué estás dispuesto a hacer por mí? Y tiene derecho a preguntarlo, después de lo que cristo hizo por nosotros en su Pasión y muerte en la Cruz. Pero insisto, no se trata de intentar "devolverle el favor" sufriendo por Él. Como todo, la penitencia, si no es por amor y con amor, no vale nada...

Lo segundo que quería resaltar es que haciendo hincapié en la penitencia, nos olvidamos de lo más importante: la Cuaresma debe ser un camino para encontrarnos con Cristo. La penitencia puede ayudar, pero el mejor camino es la oración: estando y hablando con Dios es como mejor se vive la Cuaresma. Y no me refiero sólo a la oración de petición de ayuda o de perdón por nuestros pecados -que están muy bien-, ni siquiera a la repetición de oraciones vocales, como el Rosario -que también es muy bueno-, sino al trato personal con Dios de nuestras cosas y de las suyas: hablar como se habla a un Padre o a un amigo. Así visto, la Cuaresma ya no es un tiempo triste, sino gozoso, porque nos acerca a Dios. 

Y si solo nos fijamos en la penitencia, también olvidaremos el tercer aspecto: la limosna. Por supuesto que se trata de renunciar a algo de lo nuestro para dárselo a quien lo necesita. Pero no hay que reducirlo precisamente al dinero: hay muchas otras cosas que dar: tiempo, compañía, consejos, ayudas, visitas... De lo que se trata es de que durante el tiempo en el que intentamos acercarnos más a Dios, también nos acerquemos a los demás. Y que si lo hacemos para amar más y mejor al resucitado, también lo hagamos para amar más y mejor al prójimo.

Os animo a hacer la OLA...; y que el ayuno y la penitencia no os nublen este tiempo gozoso.

sábado, 23 de febrero de 2019

Fe, Esperanza y Caridad

Tres son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

Hay quienes buscan sinceramente la Fe y no acaban de encontrarla; quizá porque la Fe es un don de Dios que se lo concede a quien Él quiere; aunque en principio siempre quiera concedérselo al que se lo pida.

Esta situación les puede llevar también a perder la Esperanza en que algún día la encuentren; y así necesitarían estas dos virtudes teologales.

Pero lo curioso del asunto es que ni la Fe ni la Esperanza son las virtudes fundamentales para el trato con Dios. De hecho, el hombre que más de cerca trató a Dios, Jesucristo, nunca tuvo ni Fe ni Esperanza. No es que esté yo poniendo en duda las virtudes de Cristo, sino que Él por ser precisamente quien era, no tenía Fe, sino certeza; ni tenía que Esperar nada, porque ya sabía lo que ocurriría en el futuro. Jesucristo pasó por la Tierra practicando únicamente la Caridad, que es lo que nos ocurrirá en la otra vida: tampoco tendremos Fe, sino que veremos a Dios o sabremos que estamos condenados a no verlo; y ya no habrá nada en lo que esperar, porque habremos alcanzado nuestro fin, para bien o para mal.

Por supuesto, la idea no es mía, sino del Apóstol san Pablo:

La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía.  Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño. Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad. [1 Corintios 13 8]

Entonces, ¿por qué siempre nos preocupamos de alcanzar la FE, olvidándonos a veces de la Caridad?
¿No será la Caridad -el amor de Dios- el mejor camino para encontrar la FE? 

jueves, 21 de febrero de 2019

¿Cuál es nuestra fe?


Fe no es creer que Dios nos puede hacer lo que le pedimos, sino creer que es Todopoderoso y nos puede guardar en el bien, a pesar de los males temporales.

Si estuviésemos bien convencidos de esto, entonces no nos vendrían esas crisis de Fe cada vez que perdemos a un pariente o se nos tuerce al plan de vida que teníamos trazado.
Eugene Boylan lo expresaba muy bien con palabras parecidas a estas: Pensamos que Dios debe ayudarnos a realizar nuestros planes; pero la situación es totalmente la contraria, somos nosotros los que debemos adaptarnos a los planes que Dios tiene previstos para nosotros, porque su plan siempre es el mejor de los posibles.

Y viviendo así la Fe, nos resultaría mucho más fácil vivir la otra virtud cardinal: la Esperanza. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Pienso, luego existo


Pienso, ¡luego existo!
Esta famosa frase de Descartes (que tanta confusión trajo, haciendo creer a algunos que era el propio pensamiento el que nos daba la existencia; cuando es la existencia la que nos da la posibilidad de pensar) siempre me pareció bastante triste: hay muchos otros aspectos de la vida, bastante más agradables, ue nos confirman nuestra existencia.

Personalmente, yo la sustituiría por: Soy amado, luego existo.

La constatación de la existencia ya no es un acto inmanente de mi mismo por mí mismo, sino relacional: mi existencia se manifiesta por la existencia de otro que me ama; mi existencia se justifica por la del Otro (Dios, en primer lugar) que desea mi existencia para así poder amarme; o que se alegra de mi existencia y la suya para que pueda surgir el amor. Se nuevo amor y alegría se emparejan.

Mi existencia no es un acto casual ni evolutivo, sino la consecuencia de que otro la ha querido: como causa remota Dios, como causa inmediata los padres: ambos me engendran por amor. Por eso, soy de la opinión de que los hijos hay que engendrarlos, nunca fabricarlos...

Si tuviese esto más en cuenta cada vez que quiero transmitir el mensaje evangélico: que el Cristianismo es la religión de amor y por eso sus discípulos tienen que sentirse siempre más queridos que adoctrinados o informados. Transmitir el mensaje evangélico es transmitir el amor de Dios y la alegría de saber que nos ama; aunque -como nos recordaba el Papa- la caridad nunca puede ocultar la verdad. Precisamente por que amamos al otro es por lo que queremos que rectifique sus errores, más que por mantener una pureza de normas que sin caridad no servirían para nada.

viernes, 15 de febrero de 2019

Felicidad y alegría



La felicidad es fruto del amor, no de la comodidad de nuestra vida... El que ama y se siente amado, es feliz.
La alegría es fruto del convencimiento de estar haciendo lo que es correcto, la alegría no procede del placer ni de la diversión, salvo cuando éstas son consecuencia de dicho actuar correcto.
Y esta alegría se complementa con la esperanza (nuestra seguridad) de que si procuramos seguir en el camino, llegaremos a buen puerto, a pesar de las dificultades, a pesar de nuestras caídas.
No confundamos felicidad con confort, ni alegría con placer: son conceptos muy distintos y, a veces, incompatibles.
Si pretendemos ser felices amando, entonces tenemos que estar dispuestos a afrontar el dolor; y afrontar el dolor por amor, no apaga la alegría.



miércoles, 13 de febrero de 2019

El dolor es la prueba del amor.

Ya he comentado en alguna entrada anterior que el dolor es la prueba inequívoca del amor: si alguien está dispuesto a sufrir por otro es indudable que lo hace porque lo ama. 
Quizá otra prueba del amor es la alegría: no sólo com-padecerse con el otro es prueba de que lo amamos, sino que "com-alegrarse" (es decir: alegrarse de la felicidad o los éxitos ajenos) también es una forma de demostrar que se ama, ya que ni el dolor ni la alegría por el bien ajeno nos proporcionan personalmente nada de lo que podamos sacar un provecho (si es que amar no fuese ya en sí mismo suficiente provecho).

Por el contrario, el placer suele ser una prueba muy sospechosa del amor, porque cuando disfrutamos con el otro es difícil distinguir cuándo lo hacemos para nuestro propio placer y cuándo lo hacemos para proporcionar ese placer al otro: habitualmente estas dos situaciones son indisociables. 

Pienso ahora en nuestro maestro del amor (habría que poner ambas con mayúscula: Maestro y Amor), que no es otro que Cristo. Evidentemente, Él nos demostró su amor sufriendo gratuitamente por nosotros; pero también demostró su amor a los demás compartiendo con ellos los ratos agradables, su felicidad: en las bodas de Caná de Galilea y en tantos banquetes a los que asistió porque era invitado o porque su anfitrión quería demostrar la alegría de haberlo conocido. Fue tan habitual su voluntad de compartir la alegría de los demás, que los fariseos llegaron a reprochárselo:  "come con publicanos y pecadores".

Pero, si no me falla la memoria, Cristo no se molestó en dejarnos ni un solo ejemplo de demostración de su amor por la vía del placer. Y esto es lo que me hace afirmarme en mi opinión de que el placer es una prueba sospechosa del amor.