domingo, 15 de diciembre de 2019

La cabeza y el corazón

Hace poco, un sacerdote sabio me ha dado un gran consejo: no dejes que lo malo de tu cabeza pase a tu corazón. Me pareció lógico; pero he tardado en comprenderlo en profundidad.

Nuestra naturaleza humana, dañada por el pecado, permite que en nuestra cabeza se susciten pensamientos malos: el odio, la envidia, el rencor, la impureza, la avaricia y otros muchos.
Quizá esto es inevitable, porque son reacciones instintivas o generadas porque llevamos mucho tiempo sin combatirlas y permitiendo que se adueñen de nuestra cabeza.

Pero lo que sí podemos hacer es evitar que esos sentimientos negativos lleguen y se apoderen de nuestro corazón. Reaccionar a tiempo y rechazarlos, aunque sigan martilleando en nuestra cabeza para abrirse paso. Es sencillo: simplemente que nuestro corazón los rechace, que no quiera tenerlos.
Que ante el odio que nos suscita nuestro enemigo, nuestro corazón quiera amarlo, aunque no pueda. Y ante la envidia por el bien ajeno que nosotros deseamos; que nuestro corazón quiera alegrarse por el otro. Y ante el rencor, desear poder perdonar e incluso olvidar. Y ante la avaricia, querer tener un corazón generoso. Y ante la impureza, que nuestro corazón desee el bien del otro, en vez de desear al otro para nuestro placer.

Éste sería el Reino de Dios en la Tierra: que en nuestros corazones no se asentase nunca el mal de nuestras cabezas.

Y, mucho mejor, lo contrario: que en nuestras cabezas fomentemos lo que de bueno haya en nuestro corazón. Convertir en costumbre los sentimientos positivos que en nuestro corazón se despiertan a veces: al ver el sufrimiento ajeno, la pobreza, la exclusión o el desprecio. Convencer a nuestra cabeza de que tenemos que fomentar la generosidad, el amor, el acogimiento y el aprecio...

En definitiva: este es el método para llevar a la práctica el mensaje evangélico.

sábado, 7 de diciembre de 2019

¿Por qué Dios juega al escondite?

Hay una pregunta clásica de los agnósticos: ¿por qué Dios que es omnipresente ha querido ocultarse? ¿Por qué juega al escondite con el hombre, forzándonos a creer cuando podría mostrarse para que le viésemos?

Les responderé con otra pregunta: ¿quién dice que no se muestra?
Si Dios es un ser espiritual: ¿cómo podríamos verlo mejor?
Pues a Dios lo vemos constantemente de la única forma en que podemos verlo: a través de sus obras, de su magnífica y complicadísima Creación, de las leyes que tan inteligentemente rigen dicha creación y que el hombre va descubriendo poco a poco.

Lo que ocurre es que NO queremos verlo: Dios no se esconde, sino que nosotros cerramos los ojos de nuestra razón para no verlo.

Y cuando alguien, razonablemente, dice que lo ve en la naturaleza, en el alma humana, en el amor entre los hombres, en tantos sitios en los que se muestra inequívocamente, entonces los que tienen los ojos cerrados se burlan de él y dicen que es un crédulo, que tiene fe...

¿Fe? Si basta con abrir los ojos, o el corazón...



miércoles, 4 de diciembre de 2019

La luz y la gravedad

He seguido pensando en mi ejemplo de cómo la luz nos sirve para explicar la no-existencia del mal, porque es simplemente ausencia de bien, lo mismo que la sombra es ausencia de luz.
Y me doy cuenta de que la luz NO la vemos, como tampoco vemos la electricidad (los electrones en movimiento) ni vemos la gravedad (la atracción de los objetos por la Tierra o la atracción de los astros entre sí).
Y me doy cuenta de que los científicos (a los que tan habitualmente critico) tienen más fe que yo. Es cierto: ellos creen en multitud de cosas que no ven, simplemente porque al descubrir sus efectos, deducen que "eso" existe. Tienen fe en que las cosas que no ven existen: y lo afirman sin pudor alguno. Si algo está iluminado, dicen que es porque algo -la luz, que al parecer es una onda- choca con ese objeto, rebota y llega a nuestros ojos, y por eso podemos verlo. Pero lo que no vemos es a la misma luz.
La electricidad es que los electrones se mueven (la dinamo les hace moverse) y cuando llegan a un motor eléctrico, hacen mover la bobina. Por supuesto, yo veo que el motor se mueve; pero tengo que creerme que son los electrones los que lo provocan, porque no los veo.
Y si suelto algo, esto cae y se estrella en el suelo. Ocurre porque hay "algo" que llaman gravedad y no tienen ni idea de si es una onda o una "curvatura del espacio tiempo" (¡ahí queda eso!). Los científicos tienen tanta fe que, sin ver la gravedad ni saber lo que es, no sólo afirman que existe, sino que han calculado perfectamente la atracción de los astros y la rotación de los planetas alrededor del Sol. Y lo cierto es que aciertan en su previsiones: soy aficionado a la astronomía y los astros siempre están donde ellos dicen.
Y yo me pregunto: Si todo esto (luz, electricidad, gravedad) forma parte del Universo y funciona tan bien: ¿no es un comportamiento que deberá tener una causa?
Si la simple energía del Big Bang ha ido evolucionando hasta el complejo Universo que conocemos, ser humano incluido: ¿no habrá "algo" que lo ha hecho evolucionar? Algo que no vemos, por supuesto. Pues fíjense, para esto les falta fe a los científicos y en vez de creer que hay "algo" -alguien, diría yo- pues creen que es "por casualidad"... miles de billones de casualidades...
Por supuesto, esa "casualidad" tampoco se deja ver...

viernes, 29 de noviembre de 2019

El bien y el mal

He tratado este tema en varias entradas; pero como es un asunto recurrente, que se presenta cada vez que nos topamos con algo malo, vuelvo a insistir.

El bien y el mal no son opuestos. El bien existe y el mal NO existe, es simplemente la ausencia de bien.

Algo parecido ocurre con el amor y el dolor, que muchos identifican con el bien y el mal: cuando amo a alguien disfruto de un bien y cuando pierdo a ese alguien entonces me sobreviene un mal. Realmente esto no es así. El amor es un bien sin paliativos y cuando pierdo ese amor, lo que se produce es su ausencia, que me causa dolor. Pero ese dolor de la ausencia del amor se produce precisamente porque amaba. La única forma de evitarlo sería negarse a amar, para no llegar nunca a sentir el dolor de la pérdida. Porque el dolor es la mejor prueba del amor.  Santa Teresa de Calcuta lo tenía muy claro y nos dijo: ama hasta que te duela el amor. Si no llega a doler, es que no amas bastante.

No debemos confundir lo anterior con el odio: cuando odiamos (quizá a quien antes habíamos amado) lo que se produce no es sólo una ausencia del amor (el bien supremo), sino una ausencia real de cualquier bien. El odio no es sólo el rechazo del amor, sino el rechazo del bien, de la bondad. Y si el amor produce gozo y es fecundo, el odio sólo produce amargura y destrucción. El dolor por la pérdida del amado es una consecuencia lógica; el odio es una reacción irracional, por muy habitual que sea.

Volviendo al bien y el mal, el amor y el dolor: sería poco inteligente renunciar a la luz para evitar que se produjesen sombras. Si hay luz (bien, amor) forzosamente se presentarán sombras; pero no como algo opuesto a la luz, sino como su simple carencia.

Merece la pena amar,aunque tengamos la certeza de que nos acabará doliendo.
Es mi experiencia

lunes, 4 de noviembre de 2019

¿Los ateos?


Un porcentaje de la población se declara ateo; y yo me pregunto: ¿saben realmente lo que dicen? ¿Saben lo que implica declararse ateo?
En primer lugar, significa que no creen en la existencia de un Dios, esto está claro. Pero esta afirmación tiene una consecuencia que no se puede eludir: Si no existe un Dios creador, ¿de dónde ha salido el mundo?
¡Pues de la evolución, como nos muestra la Ciencia! Vale, pero repasemos esto más despacio.
En primer lugar, la Ciencia no nos muestra (ni demuestra) nada, sino que simplemente afirma que, como no tiene otra respuesta, pues es evidente que todo evolucionó desde la energía primigenia hasta la complejidad de la vida humana, incluidos los sentimientos y pasiones de los humanos.
Y en esto estamos de acuerdo: todo evolucionó desde la energía del Big Bang hasta los tres mil millones de pares de bases, constituidos por combinaciones de unos 25.000 genes distintos, que conforman el genoma humano; y éste es el que le indica a cada célula dónde y cómo debe comportarse.
Pero ¿la energía evolucionó dirigida por alguien o por simple casualidad?
Si evolucionó dirigida por alguien, ¡ya hemos encontrado a Dios?
Si evolucionó por mera casualidad… ¡Es mucha esta casualidad!
La ley de la entropía nos dice que por sí solas las cosas sólo evolucionan hacia un menor orden, nunca un mayor orden. Si tiramos un mazo de cartas ordenadas al aire, la probabilidad de que caigan perfectamente ordenadas es casi nula. Pero si tiramos las cartas ya desordenadas, es absolutamente imposible que caigan ordenadas. Igual que si tiramos un vaso se romperá en mil pedazos; pero si volvemos a tirar los pedazos, nunca se formará un vaso.
Una explosión de energía produce, como cualquier otra explosión, un gran desorden. Para que produzca un orden mayor, esa explosión debe estar previamente organizada perfectamente… Esto es claro; pero ¿quién la organiza? [1]
Es decir: o hay un Dios que dirige la evolución, o la propia energía primigenia ya estaba organizada para que su explosión acabase ordenando los tres mil millones de pares de cromosomas del genoma humano… ¡Tres mil millones!
¿Cómo hay que organizar algo para que tres mil millones de cambios después quede perfecto?
O ¿es que de verdad te crees que fueron tres mil millones de casualidades?
Y ahora, ¿te sigues declarando ateo? O ¿crees que la energía primigenia es tu dios?


[1] El astrofísico Alan Lightman reconoció que a los científicos “les parece misterioso el hecho de que el universo fuera creado con este elevado grado de orden”. Agregó que “cualquier teoría cosmológica viable debería explicar en última instancia esta contradicción de la entropía”, es decir, que el universo no se halle en estado caótico.


sábado, 11 de mayo de 2019

¿Ama Dios sólo a los buenos?


Quizá lo que mejor definiría a Dios sería decir simplemente lo Él que hace, sin más adjetivos: Dios ama. Dios es amor y hace lo que Él es: amar.
Por eso es Uno y Trino: porque ama; y para amar tiene que ser Trinidad.
Por eso crea, porque ama; porque su amor trinitario se desborda en las criaturas.
Y para mejor hacer lo que Él es, ha creado un ser a su imagen y semejanza: al hombre. A esta criatura no sólo la ama, sino que puede ser amado por ella. Esta es la gran diferencia con otras criaturas: el hombre no sólo puede ser amado, sino que es capaz de amar; y en esto radica su felicidad, en amar y sentirse amado.
Por eso, decir que Dios ama a éste o aquél hombre por sus virtudes (que Él mismo le ha concedido) no tiene sentido.
Dios ama a todos, infinitamente, como sólo Él puede amar. Y a los que no le corresponden, también los ama.
En consecuencia, como somos seres capaces de amar y ser amados, creados a la imagen y semejanza de Dios, nosotros también debemos amar a los demás, independientemente de su conducta: incluso a los enemigos. De aquí deriva todo el sermón de la montaña: amar a los enemigos y hacer el bien a los que nos persiguen.
Pero amar no es consentir. Precisamente por que amamos debemos buscar el bien -el auténtico bien- del otro. Esta es exactamente la forma de amar de Dios: nos marca la senda de nuestra felicidad, de nuestro bien, no para someternos a Él -como un tirano- sino porque sabe qué es lo mejor para nosotros -como un buen padre..

martes, 9 de abril de 2019

El amor supera el tiempo y el espacio


Me ha llamado la atención una frase de la película Interstellar (2014, Christopher Nolan.):

“El amor es el único poder que puede superar el tiempo y el espacio”.

Y es que revela una verdad mucho más profunda de lo que podría parecer.

A veces divinizamos el amor, considerándolo nuestro dios, lo más importante para nosotros, pero rebajándolo a la dimensión humana, encerrándolo en nuestra pobre comprensión. Consideramos que el amor es nuestra excusa, que si es por amor (confundido con el mero querer o desear) podemos hacer cualquier cosa.
No es lo que San Agustín pretendía decir con su frase “ama y haz lo que quieras”; porque Agustín se refería al Amor, como Dios lo entiende: “la búsqueda del bien ajeno como único bien propio”; es decir: entregar la vida.
Lo que tendríamos que hacer es todo lo contrario; divinizarnos nosotros, para para alzar nuestro amor hasta la dimensión divina… Y devolverle así su auténtica naturaleza…
Porque Dios es Amor; y para nosotros el Amor es Dios; pero no nuestro amor (que confundimos con deseo), sino el auténtico Amor que nos hace entregarlo todo por los demás. Primero por el Otro, y después por los otros. Si amásemos así, con intensidad divina, entonces sí podríamos hacer lo que quisiésemos, porque estaríamos haciendo lo que nuestro creador quiere.
Ese Dios, ese Amor, es el que supera tiempo y espacio, porque es eterno, es intemporal y está en todas partes… Por eso el amor humano auténtico también supera el tiempo y el espacio: podemos amar a personas que nos precedieron hace muchos años o que están muy lejos de nosotros.
Este amor humano es la prueba de que existe un Amor divino, del que es reflejo; y, por tanto, es la prueba de que existe un Dios. Nada que procediese de la mera materia podría evolucionar hasta el punto de buscar “como único bien propio el bien ajeno”; sólo un amor creador podría concebirlo.


martes, 2 de abril de 2019

¿Ricos o pobres?


Habitualmente se afirma que Jesús hizo una opción por los pobres, porque nunca rehusó rodearse se ellos. Pero creo que afirmarlo así no es correcto. Jesús no hace una opción, sino que no los margina como habitualmente se ha hecho en sociedad. Por otra parte, no desprecia a los ricos, sin que advierte a éstos que si ponen su confianza en el dinero, difícilmente entrarán en el Reino de los Cielos. Incluso ni siquiera condena el dinero, sino que simplemente no lo "endiosa", como solemos hacer los humanos. 
Jesús tuvo amigos pobres, incluso algunos de sus discípulos lo fueron. Otros no: Pedro era patrón de pesca, es decir, tenía barcos en propiedad y empleados. Mateo era rico, porque era recaudador. Pero también tuvo amigos ricos: Lázaro el de Betania, Nicodemo, Zaqueo. 
Jesús no está a favor ni de ricos ni de pobres, ni en contra de ninguno de ellos. Jesús ve a la persona despojada de estas circunstancias y la valora según su corazón... 
Por los que sí hizo una opción fue por los necesitados y se dispuso a ayudarles: pero unas veces les daba pan y otras curaba a los hijos de pobres viudas o de ricos magnates, porque la necesidad puede afectar a unos y otros. 
Jesús sólo rechazó a los hipócritas, nunca al que se acercó a Él con sinceridad: fuese rico o pobre, sabio o inculto, importante o paria.
Pues eso...

domingo, 10 de marzo de 2019

Entre las aparentes contradicciones del Cristianismo que ya he comentado algunas veces, se encuentra la propia misión de Cristo. Él viene a salvarnos y establecer una nueva alianza que será definitiva, ya que es el mismo Dios-Hombre el que la sella con su sangre.
Desde Abraham habían pasado 1.900 años; y 1.300 desde la salida de Egipto; 1.000 años desde el reinado de David... Demasiado tiempo para que la Ley y los Profetas no se fuesen adulterando. La misión de Cristo es cambiarlo todo; pero sin cambiar nada...

Él mismo nos lo asegura: No he venido a cambiar ni una tilde de la Ley, sino a darle cumplimiento... (Mateo 5, 17). Pero luego se enfrenta con los doctores de la Ley al cambiar algunas costumbres. Por ejemplo, con respecto al sábado, el trato con publicanos y prostitutas, la consideración de la mujer en su entorno, llega a escandalizar a los piadosos judíos. Y esto también lo explica: No se pone vino nuevo en odres viejos (Mateo 9, 14-17). Cristo necesita mostrarnos que la base del trato con Dios es el amor a Él y al prójimo, no la prolija reglamentación que habían establecido los doctores de la Ley (623 preceptos en total). Y este vino nuevo había que guardarlo en odres nuevos: pastores y costumbres nuevas.

Pero Cristo no cambia nada de lo fundamental: ni siquiera modifica una coma de los diez mandamientos. Pero elimina todo lo accesorio, lo que los hombres habían ido introduciendo pensando que así rendían mejor culto a Dios; pero olvidando que todo eso debía servirles para acercarse a Dios, no para alejarlos. Cristo elimina todo esto, que habitualmente no hace sino estorbar, y transforma totalmente la religión judaica en la cristiana, hasta el punto de que resultan irreconocibles la una por la otra, salvo por las referencias comunes al Antiguo Testamento y los Patriarcas.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Comienza la Cuaresma

Hoy es Miércoles de Ceniza, el día en el que con la tradición de la imposición de la ceniza comienzan los cuarenta días preparatorios para la Semana Santa, en que conmemoramos la muerte y, sobre todo, la resurrección de Jesucristo.
La costumbre dice que durante este tiempo debemos cuidar especialmente la Oración, la Limosna y el Ayuno (es fácil de recordar, porque si cogemos las iniciales nos sale OLA; es decir, en Cuaresma hay que "hacer la OLA").
La realidad es que el pueblo fiel se ha fijado más en la penitencia -el ayuno y los sacrificios- que en los otros dos aspectos. Quizá se pretende "purgar" nuestras almas por los pecados cometidos desde la anterior Pascua de Resurrección; y así prepararnos para la nueva Pascua.
Lo primero que quería comentar es que la penitencia no tiene ningún valor -incluso se podría confundir con el masoquismo- si no se hace por amor. Hacemos penitencia porque nos duele haber fallado a Aquél que tanto nos ama y al que nosotros queremos amar. Es como si le dijésemos: para que veas que estoy dispuesto a cambiar, para demostrártelo, hago este sacrificio. Y creo que esto es lo que le gusta a Dios. Él no creo que piense: "como pecaste, ahora te tienes que fastidiar". Sino más bien, es como si nos dijese: ¿cómo me vas a demostrar tu amor y qué estás dispuesto a hacer por mí? Y tiene derecho a preguntarlo, después de lo que cristo hizo por nosotros en su Pasión y muerte en la Cruz. Pero insisto, no se trata de intentar "devolverle el favor" sufriendo por Él. Como todo, la penitencia, si no es por amor y con amor, no vale nada...

Lo segundo que quería resaltar es que haciendo hincapié en la penitencia, nos olvidamos de lo más importante: la Cuaresma debe ser un camino para encontrarnos con Cristo. La penitencia puede ayudar, pero el mejor camino es la oración: estando y hablando con Dios es como mejor se vive la Cuaresma. Y no me refiero sólo a la oración de petición de ayuda o de perdón por nuestros pecados -que están muy bien-, ni siquiera a la repetición de oraciones vocales, como el Rosario -que también es muy bueno-, sino al trato personal con Dios de nuestras cosas y de las suyas: hablar como se habla a un Padre o a un amigo. Así visto, la Cuaresma ya no es un tiempo triste, sino gozoso, porque nos acerca a Dios. 

Y si solo nos fijamos en la penitencia, también olvidaremos el tercer aspecto: la limosna. Por supuesto que se trata de renunciar a algo de lo nuestro para dárselo a quien lo necesita. Pero no hay que reducirlo precisamente al dinero: hay muchas otras cosas que dar: tiempo, compañía, consejos, ayudas, visitas... De lo que se trata es de que durante el tiempo en el que intentamos acercarnos más a Dios, también nos acerquemos a los demás. Y que si lo hacemos para amar más y mejor al resucitado, también lo hagamos para amar más y mejor al prójimo.

Os animo a hacer la OLA...; y que el ayuno y la penitencia no os nublen este tiempo gozoso.

sábado, 23 de febrero de 2019

Fe, Esperanza y Caridad

Tres son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

Hay quienes buscan sinceramente la Fe y no acaban de encontrarla; quizá porque la Fe es un don de Dios que se lo concede a quien Él quiere; aunque en principio siempre quiera concedérselo al que se lo pida.

Esta situación les puede llevar también a perder la Esperanza en que algún día la encuentren; y así necesitarían estas dos virtudes teologales.

Pero lo curioso del asunto es que ni la Fe ni la Esperanza son las virtudes fundamentales para el trato con Dios. De hecho, el hombre que más de cerca trató a Dios, Jesucristo, nunca tuvo ni Fe ni Esperanza. No es que esté yo poniendo en duda las virtudes de Cristo, sino que Él por ser precisamente quien era, no tenía Fe, sino certeza; ni tenía que Esperar nada, porque ya sabía lo que ocurriría en el futuro. Jesucristo pasó por la Tierra practicando únicamente la Caridad, que es lo que nos ocurrirá en la otra vida: tampoco tendremos Fe, sino que veremos a Dios o sabremos que estamos condenados a no verlo; y ya no habrá nada en lo que esperar, porque habremos alcanzado nuestro fin, para bien o para mal.

Por supuesto, la idea no es mía, sino del Apóstol san Pablo:

La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía.  Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño. Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad. [1 Corintios 13 8]

Entonces, ¿por qué siempre nos preocupamos de alcanzar la FE, olvidándonos a veces de la Caridad?
¿No será la Caridad -el amor de Dios- el mejor camino para encontrar la FE? 

jueves, 21 de febrero de 2019

¿Cuál es nuestra fe?


Fe no es creer que Dios nos puede hacer lo que le pedimos, sino creer que es Todopoderoso y nos puede guardar en el bien, a pesar de los males temporales.

Si estuviésemos bien convencidos de esto, entonces no nos vendrían esas crisis de Fe cada vez que perdemos a un pariente o se nos tuerce al plan de vida que teníamos trazado.
Eugene Boylan lo expresaba muy bien con palabras parecidas a estas: Pensamos que Dios debe ayudarnos a realizar nuestros planes; pero la situación es totalmente la contraria, somos nosotros los que debemos adaptarnos a los planes que Dios tiene previstos para nosotros, porque su plan siempre es el mejor de los posibles.

Y viviendo así la Fe, nos resultaría mucho más fácil vivir la otra virtud cardinal: la Esperanza. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Pienso, luego existo


Pienso, ¡luego existo!
Esta famosa frase de Descartes (que tanta confusión trajo, haciendo creer a algunos que era el propio pensamiento el que nos daba la existencia; cuando es la existencia la que nos da la posibilidad de pensar) siempre me pareció bastante triste: hay muchos otros aspectos de la vida, bastante más agradables, ue nos confirman nuestra existencia.

Personalmente, yo la sustituiría por: Soy amado, luego existo.

La constatación de la existencia ya no es un acto inmanente de mi mismo por mí mismo, sino relacional: mi existencia se manifiesta por la existencia de otro que me ama; mi existencia se justifica por la del Otro (Dios, en primer lugar) que desea mi existencia para así poder amarme; o que se alegra de mi existencia y la suya para que pueda surgir el amor. Se nuevo amor y alegría se emparejan.

Mi existencia no es un acto casual ni evolutivo, sino la consecuencia de que otro la ha querido: como causa remota Dios, como causa inmediata los padres: ambos me engendran por amor. Por eso, soy de la opinión de que los hijos hay que engendrarlos, nunca fabricarlos...

Si tuviese esto más en cuenta cada vez que quiero transmitir el mensaje evangélico: que el Cristianismo es la religión de amor y por eso sus discípulos tienen que sentirse siempre más queridos que adoctrinados o informados. Transmitir el mensaje evangélico es transmitir el amor de Dios y la alegría de saber que nos ama; aunque -como nos recordaba el Papa- la caridad nunca puede ocultar la verdad. Precisamente por que amamos al otro es por lo que queremos que rectifique sus errores, más que por mantener una pureza de normas que sin caridad no servirían para nada.

viernes, 15 de febrero de 2019

Felicidad y alegría



La felicidad es fruto del amor, no de la comodidad de nuestra vida... El que ama y se siente amado, es feliz.
La alegría es fruto del convencimiento de estar haciendo lo que es correcto, la alegría no procede del placer ni de la diversión, salvo cuando éstas son consecuencia de dicho actuar correcto.
Y esta alegría se complementa con la esperanza (nuestra seguridad) de que si procuramos seguir en el camino, llegaremos a buen puerto, a pesar de las dificultades, a pesar de nuestras caídas.
No confundamos felicidad con confort, ni alegría con placer: son conceptos muy distintos y, a veces, incompatibles.
Si pretendemos ser felices amando, entonces tenemos que estar dispuestos a afrontar el dolor; y afrontar el dolor por amor, no apaga la alegría.



miércoles, 13 de febrero de 2019

El dolor es la prueba del amor.

Ya he comentado en alguna entrada anterior que el dolor es la prueba inequívoca del amor: si alguien está dispuesto a sufrir por otro es indudable que lo hace porque lo ama. 
Quizá otra prueba del amor es la alegría: no sólo com-padecerse con el otro es prueba de que lo amamos, sino que "com-alegrarse" (es decir: alegrarse de la felicidad o los éxitos ajenos) también es una forma de demostrar que se ama, ya que ni el dolor ni la alegría por el bien ajeno nos proporcionan personalmente nada de lo que podamos sacar un provecho (si es que amar no fuese ya en sí mismo suficiente provecho).

Por el contrario, el placer suele ser una prueba muy sospechosa del amor, porque cuando disfrutamos con el otro es difícil distinguir cuándo lo hacemos para nuestro propio placer y cuándo lo hacemos para proporcionar ese placer al otro: habitualmente estas dos situaciones son indisociables. 

Pienso ahora en nuestro maestro del amor (habría que poner ambas con mayúscula: Maestro y Amor), que no es otro que Cristo. Evidentemente, Él nos demostró su amor sufriendo gratuitamente por nosotros; pero también demostró su amor a los demás compartiendo con ellos los ratos agradables, su felicidad: en las bodas de Caná de Galilea y en tantos banquetes a los que asistió porque era invitado o porque su anfitrión quería demostrar la alegría de haberlo conocido. Fue tan habitual su voluntad de compartir la alegría de los demás, que los fariseos llegaron a reprochárselo:  "come con publicanos y pecadores".

Pero, si no me falla la memoria, Cristo no se molestó en dejarnos ni un solo ejemplo de demostración de su amor por la vía del placer. Y esto es lo que me hace afirmarme en mi opinión de que el placer es una prueba sospechosa del amor.