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viernes, 18 de septiembre de 2026

Sufrimiento vs sacrificio

Recientemente he escuchado una idea que me ha parecido muy oportuna: para el cristiano, la cruz, el sufrimiento, es lo que nos hace dejar de amar. Efectivamente, cuando afrontamos una angustiosa contrariedad pretendemos encontrar un culpable al que reprochárselo y llegar a odiarlo, ignorando que el odio no hace sino incrementar nuestra amargura. Algunos, ante el sufrimiento o la cruz, dan la espalda a Dios, por considerarlo el culpable por no evitarlo.

La naturaleza humana es como es; e, instintivamente, se intenta evitar el dolor, ya sea físico o moral. Esta no es una actitud reprochable, pero ¿es la mejor? ¿No hay forma de evitar que el sufrimiento nos arrastre a la desesperación y el odio? Quizá exista una alternativa.

Si es cierto que la consecuencia del sufrimiento es dejar de amar, entonces la manera de aminorar el dolor, de poder afrontarlo mejor, con esperanza, sería ¡seguir amando! La alternativa es ahogar el mal que nos agobia con amor. Es decir, convertir el sufrimiento en sacrificio, en algo que ofrecemos a los demás o por ellos. Nuestro ejemplo es Jesús durante su crucifixión: no odia a los que le están torturando, al contrario, los perdona; y aprovecha para llevarse al cielo a Dimas, el buen ladrón. Esto, junto con su aceptación voluntaria de la Pasión, es lo que transforma esa horrible tortura en sacrificio. Otro ejemplo, más cercano, es el de la madre, que sufre al traer al mundo un hijo, pero ella lo convierte en sacrificio, precisamente porque espera con amor a ese hijo.

Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austríaco, superviviente de los campos de concentración nazis, afirmaba que cualquier sufrimiento es superable si se le encuentra un sentido. Para los cristianos, ese sentido es el sacrificio por los demás.

sábado, 22 de agosto de 2026

El mandamiento más importante: amar.

Le preguntó un doctor de la ley a Jesús [Mateo 22, 34-40]: "¿Cuál es el mandamiento principal?". La respuesta fue clara, comenzando por el primer mandamiento que Dios le inspiró a Moisés: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". Pero continuó con un segundo mandamiento, que puede ser resumen de los siete últimos de las tablas de Moisés: "Amaras a tu prójimo como a ti mismo". Le pregunta por el mandamiento principal pero Jesús de responde con dos, que son similares: amar. Pero quizás esto no sea extraño, porque, en realidad, se trata de un único mandamiento: el del amor; y el amor a Dios. La segunda parte, no es sino una concreción de la primera: la forma de amar a Dios es amando al prójimo.

Colijo esta conclusión de dos circunstancias. La primera es que el hombre no sabe cómo amar a un Dios, creador, omnipotente, eterno, inmutable y que no necesita nada: ¿Cómo amar a un Ser así? La segunda es que, visto lo anterior, nuestra forma de manifestar el amor bien puede ser amando las obras de Dios; y su creación más importante, lo que hizo a su imagen y semejanza, fue el hombre.

Si queremos amar a Dios, tendremos que amar a sus hijos,  amándonos entre hermanos. No puedo estar muy desencaminado cuando el mismo Cristo nos lo especificó con su nuevo mandamiento: Amaos unos a otros como yo os he amado [Juan 13, 34].

lunes, 27 de julio de 2026

Vivir amando; amar viviendo

Vivir amando es el mejor consejo que puede darse, ya que el secreto de la felicidad está precisamente en esto: en amar y sentirse amado. Pero ¿cómo amar? Pues recientemente me he topado con esta expresión que utilizo de título de esta entrada: Vivir amando y amar viviendo.

Amar viviendo: así de simple y está al alcance de todos. El mero hecho de vivir se convierte en una manifestación de amor si entregamos nuestra vida. Y digo mal, porque la vida no es nuestra, no nos pertenece, por esto está destinada a entregarse. Decimos "nuestra" vida, porque es la que anima nuestra alma; pero no puede ser "nuestra" en sentido de propiedad, porque la hemos recibido gratis, no nos la hemos dado nosotros, ni siquiera teníamos derecho a recibirla, aunque, una vez recibida, tengamos derecho, y obigación, a conservarla. Lo mismo ocurre con esas otras vidas que se nos dan: las de nuestros hijos. Los hijos son "nuestros" en un sentido de procedencia, no de propiedad. Sus vidas no nos pertenecen, aunque tengamos la responsabilidad de cuidarlas. Por lo tanto, no tenemos derecho a que esas vidas se nos den, ni tenemos derecho a "fabricárnoslas" por medios ilegítimos, ni tenemos derecho a conseguirlas prescindiendo del progenitor que completará la vida de ese descendiente. Además, tampoco tenemos derecho a determinar sus futuros, porque la vida de nuestros hijos es suya; y serán ellos los que deberán determinarlas.

Por el mismo motivo, tampoco tenemos derecho a disponer de nuestra vida, porque no nos pertenece. Cualquier vida, por deteriorada que esté, es susceptible de seguir amando, simplemente viviendo; y tampoco puede privar a los demás de expresarnos su propio amor. Amar viviendo es entregar la vida; y quitárnosla, o pedir que nos la quiten, es la manera de arrebatársela a los demás.

La vida puede entregarse por los demás o por un ideal, porque, una vida que se entrega, en realidad se gana: ha alcanzado su objetivo final. Pero una vida que se arrebata, se pierde, no ha cumplido su finalidad.

¿Es duro? Por supuesto que es duro; pero ¿es que no lo es vivir amando? Pues amar viviendo también lo es. Pero no olvidemos que la felicidad no se puede confundir con la comodidad ni la alegría con el placer. Se pude ser feliz, incluso alegre, en condiciones duras: simplemente amando.

Este es el secreto de la felicidad...: aquí y después.

sábado, 18 de julio de 2026

La vida temporal

Aparentemente, para los cristianos lo fundamental es la salvación y la vida eterna; y esto es algo incuestionable. No obstante, no debemos olvidarnos de que, antes de ese momento, tenemos toda una vida temporal que completar. Dios no nos ha hecho ángeles, sino que quiso que tuviésemos un cuerpo material, con sus debilidades e imperfecciones, tanto físicas como morales. Al parecer, Dios quiso crear seres libres que, para demostrar su amor a Él, tuviesen que esforzarse en superar sus tendencias naturales -y una naturaleza herida por el pecado-, para poder cumplir con el plan que diseñó para nuestras vidas. Es decir: la vida temporal es la etapa que nos sirve para merecer. El propio Cristo nos lo dice en el Evangelio: en el juicio final se nos preguntará qué hemos hecho por Él y por los demás:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mateo 25, 34-36).

Creo que deberíamos valorar esta vida temporal como algo muy especial que los ángeles no tienen: poder amar a Dios y a los demás mediante el esfuerzo, demostrando así que es auténtico amor, nacido de nuestra voluntad. Imagino que el amor en el cielo será perfecto y glorioso; pero carecerá de esa característica tan especial que es el esfuerzo y la posibilidad de demostrar nuestra determinación.

Esta vida azarosa con frecuencia nos decepciona, porque no somos capaces de vivirla como nos habíamos propuesto. El propio San Pablo se queja de esto en Romanos 7, 19-25:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Pues esto, que tanto nos molesta, es el mejor regalo que Dios podía hacer a una de sus criaturas: la capacidad de amarlo, a pesar de nuestra naturaleza caída. Quizá este es el motivo por el que Dios, en su infinita misericordia, está siempre dispuesto a perdonarnos. 

Esta vida no es un valle de lágrimas, ¡sino una asombrosa oportunidad!

viernes, 10 de julio de 2026

Los pilares de nuestro cristianismo

Los primeros pilares de nuestro cristianismo son la fe y la esperanza.

La fe en Dios Padre, creador y auténtico padre; en el Hijo, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros y, a través del Evangelio, nos muestra el camino de la felicidad; y en el Espíritu Santo (el Amor Eterno), que con su gracia nos permite mantener esa fe.

La esperanza en que las promesas se cumplirán, que podremos gozar de la vida eterna junto a Dios; pero también la esperanza en que seremos capaces de mantener la fe, de llegar al final del camino, fundamentalmente con la ayuda del Espíritu.

Si esa fe y esa esperanza, creo que ni siquiera empezaríamos el camino; y esto es lo que debemos transmitir a los demás para divulgar el Evangelio. Pero ni la fe ni la esperanza podrán dar sus frutos si no se apoyan en el tercer pilar: la caridad. Sin sentir y corresponder al amor de Dios, sin enamorarnos de Jesucristo, sin el amor que nos infunde el Espíritu, sería imposible seguir el camino. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas si no nos impulsa el amor? ¿Rezar por los enemigos o poner la otra mejilla?: ¡imposible!, si no lo hacemos por Cristo, que nos enamora. Ya lo dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). O san Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor".

Es la caridad, la que nos permitirá no solo vivir nuestra fe con esperanza, sino también transmitirla: "Amaos unos a otros en esto conocerán que sois mis discípulos" (Juan 13, 35). Sin amor, no es posible evangelizar a quien no se siente amado.


viernes, 26 de junio de 2026

La cruz

La cruz, el dolor en nuestra vidas, no es una prueba que Dios nos manda, aunque muchas veces así se diga, y mucho menos es un castigo.
La cruz, el dolor, es el regalo que Dios nos permite hacerle a Él.
Porque la única prueba fiable del amor es el sufrimiento. El amor puede ser auténtico cuando produce placer; pero la certeza de que es auténtico la alcanzamos cuando seguimos amando a pesar del dolor.
La cruz, el dolor, es la posibilidad mediante la cual Dios permite que le demostremos nuestro amor: a Él y a los demás. Y, porque nos ama, no quiere sustraernos a esa posibilidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La Trinidad

Por supuesto, no pretendo haber entendido el misterio de la Santísima Trinidad; pero quizá si he comprendido un poco mejor su composición. Ha sido a raíz de una canción del grupo Hakuna. En un momento se refieren a la Trinidad como "Padre, Hijo y Amor Eterno", sustituyendo la habitual denominación de Espíritu Santo. Al principio me extrañó este cambio; pero después me emocionó. Según la teología cristiana, Dios-Padre es amor; y la fecundidad de ese amor engendra (no crea) desde la eternidad a Dios-Hijo, que es quien se encarnará en la naturaleza humana de Cristo, manteniendo también la naturaleza divina en una sola persona. El Hijo corresponde al amor del Padre y este amor recíproco de la divinidad es tan perfecto e intenso que se personifica: el Espíritu Santo no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo. Pero, si como hemos visto, todo es fruto del amor, ese Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, no tiene otra sustancia que el mismo amor, por lo que el nombre de Amor eterno le corresponde perfectamente.

El Espíritu Santo es la persona menos conocida de la Trinidad. De Él se predica que es quien actúa en el mundo y en las personas. Se le atribuyen los siete dones: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. También se mencionan sus doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero su acción pasa inadvertida a los hombres, al contrario de lo que se atribuye al Padre (la creación) o al Hijo (la redención). No pongo en duda nada de lo anterior; pero la mención del coro de Hakuna al Amor Eterno, me sugiere que quizá sería más inteligible para nuestras torpes mentes presentar al Espíritu como dador de amor, que a la postre es lo que produce sus frutos y del que proceden sus dones. 

Gracias, Hakuna.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La vida terrenal (2)

Continuando con la entrada anterior, vemos que el mensaje evangélico siempre se refiere a la vida terrenal y, después, a sus consecuencias en la otra vida, que dependerán del comportamiento en esta. Los consejos que nos da Jesucristo son siempre prácticos, aunque algunos resulten duros de oír. Cuando nos habla del juicio, se refiere a las obras de misericordia que hayamos hecho en esta vida a los demás. Al final de la vida te examinarán en el amor, afirmó San Juan de la Cruz; y debemos aprovechar este tiempo para amar lo mejor que podamos.

La parábola de los talentos es una muestra de esto que digo. Dios no nos ha conferido nuestras facultades para que las guardemos con celo sin aplicarlas, esperando a que nos llegue el momento de subir al cielo. Nos pide que arriesguemos, que las utilicemos, aunque nuestra naturaleza humana nos aboque al pecado; como Dios mismo arriesgó al crearnos con la libertad de poder rechazarlo y pecar. Si así lo hizo será porque merece la pena.

Otro pasaje evangélico que secunda mi afirmación es el de la transfiguración del Señor. Los apóstoles estaban como en el cielo y por eso se ofrecen a hacer tres tiendas para quedarse siempre allí, disfrutando de ese momento de gloria. Pero este no es el destino del hombre en la tierra. La visión de la transfiguración desaparece y ellos tienen que seguir con su vida ordinaria. Lo mismo ocurre tras la ascensión de Jesucristo al cielo: unos ángeles les preguntan: "varones de galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?". Es una manera de reprocharles que están perdiendo el tiempo, que ellos tienen que seguir con su tarea. El hombre puede tener momentos de exaltación espiritual, incluso éxtasis, pero estos son la excepción en la vida terrenal.

No podemos vivir como si estuviésemos en el cielo, ya que estamos en la tierra. Ni siquiera las vocaciones contemplativas de los monasterios, que se separan de la vida del mundo, pueden ignorar que están en su vida terrenal y deben comportarse como tal dentro de sus circunstancias: amar y servir a Dios y a los hermanos; aunque sea a distancia.

Quiero aprovechar mi vida terrenal para hacer eso que únicamente el ser humano puede hacer: amar a pesar de mi debilidad, de mi naturaleza caída que me incita al pecado, que no es otra cosa que el egoísmo. 

Quiero ser avaricioso de tiempo para poder ejercer ese amor el mayor tiempo posible, para compensar los muchos momentos que derrocho siendo egoísta. 

Y luego en la continuación eterna de la vida, disfrutar de la intensidad de amor que haya sido capaz de alcanzar; porque una vez le oí decir a un sacerdote santo y sabio que en el cielo el que más disfruta no es el que ha pecado menos, sino el que ha amado más.

¡Pues eso!



sábado, 23 de mayo de 2026

La vida terrenal

Siguiendo con la idea de mi anterior entrada, quiero insistir en que me parece que para un cristiano --y quizá para cualquier hombre-- la vida temporal en la Tierra es muy importante y determinará el resto de su vida eterna. De algún modo, pretendo elevar a la categoría de "dogma" el refrán español que dice "a Dios rogando y con el mazo dando", o "hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra". Si pensamos que lo importante es la eternidad y que esta vida es un simple pasaje que hay que superar, estaríamos desperdiciando lo que constituye nuestra propia naturaleza: somos seres racionales que debemos actuar --y actuar bien-- mientras dure nuestra vida temporal.

Esta es mi opinión, pero creo que tiene cierta base teológica.

El primer indicio lo encontramos en la propia vida de Jesucristo: ¿Por qué el Mesías pasa treinta años en la tierra sin mostrarse a su sociedad ni predicar? La única justificación es que el hombre fue creado para esto, para vivir normalmente. Por supuesto, cumpliendo las normas divinas, como lo hizo Cristo durante esos treinta años. Pero si tener que hacer nada especial hasta que en las bodas de Caná hizo su primer milagro y se reveló al mundo.

Por cierto, no eligió el Templo, ni la sinagoga para hacer su primera revelación, sino un banquete, la unión civil y religiosa de dos personas, la fundación de una futura familia: ¿hay algo más humano y terrenal que esto? Pues Jesús quiso bendecirlo no con agua, sino con abundancia de vino, porque la alegría también es muy humana; y Cristo vino a la Tierra para mostrarse como verdadero Dios, pero, sobre todo, como verdadero hombre que vivía su vida terrenal.

domingo, 17 de mayo de 2026

La ascensión de Jesucristo a los cielos

La ascensión de Jesucristo, que hoy celebramos, a los cielos es el culmen de su resurrección y de toda su vida en su naturaleza humana. También da razón de nuestra esperanza en nuestro destino final: estar por toda la eternidad a su lado en el cielo.

A veces, esta esperanza hace que minusvaloremos nuestra vida en la tierra: esta vida en el tiempo y con las limitaciones propias de toda naturaleza humana. Es cierto que lo esencial para todo creyente es la salvación eterna; y que esto se puede conseguir después de una mala vida, con el debido arrepentimiento. Pero creo que esto no es el plan de Dios para los humanos. Quiso crear ángeles que le acompañasen siempre en el cielo, una vez aceptada su voluntad; o que cayesen al infierno, en caso contrario. También quiso crear hombres, seres que tienen que renovar constantemente su voluntad y luchar contra las propias limitaciones. Esto no puede ser un "fallo" de la creación, sino algo querido expresamente por Dios. Si Él, que es amor, pide amor a sus seres creados, quiso que en el caso del hombre este fuese meritorio, que no apareciese espontáneamente, sino por un esfuerzo de la voluntad. Quiso que el amor fuese la consecuencia de "querer amar", salvando las dificultados y las propias debilidades, incluso a pesar de que el amor sea una moneda de dos caras en las que se alternan el gozo y el sufrimiento; y de que corramos el riesgo de no siempre conseguirlo o incluso refugiarnos en el egoísmo.

Ese es mi convencimiento y, por tanto, tengo la seguridad de que la vida terrena es inmensamente importante, que hay que vivirla con intensidad, disfrutando de sus bienes y luchando contra sus males. En definitiva, amando intensamente hasta que nos duela ese amor [como nos decía la Santa Teresa de Calcuta]. Y esto no es un defecto de la vida humana, sino su grandeza: lograr amar por haber querido amar.

Después, en el cielo, amaremos en un constante acto de voluntad inmutable, pero, si se me permite decirlo, ese amor ya no será meritorio. No puedo imaginarme cómo será amar a Dios en el cielo, porque "ni ojo vio ni oído oyó"; pero no quiero desperdiciar mi vida en la tierra sin intentar amar a Dios a pesar de lo mucho que me cuesta.

domingo, 19 de abril de 2026

El valor de la vida

La mentalidad moderna tiende a igualar todo tipo de vida, desde la vegetal (los ecologistas), hasta la animal y la humana, negando así cualquier atisbo de trascendencia en el hombre. Esto podría ser lógico en una sociedad influenciada por el racionalismo extremo y el cientificismo, que niegan la dimensión espiritual del hombre. Pero incluso los más escépticos deberían reconocer que en el hombre se produce algo que no existe en los demás seres vivos; y esto es lo que, a mi juicio, le da a la vida humana un valor exponencialmente mayor que cualquier otro tipo de vida: la capacidad de amar y ser amado. Sospecho que hasta el más ateo de los hombres ha amado algo alguna vez en su vida; y, con toda seguridad, ha ansiado ser amado por otro o ha gozado con dicho amor.

Los vegetales deben ser cuidados como parte de la naturaleza; pero creo que pocos sentimientos pueden despertarnos. Con respecto a los animales, se puede decir lo mismo, aunque los de compañía, las mascotas, sí que nos suscitan ciertos sentimientos: llegamos a querer a ese ser al que cuidamos y nos recibe alegre cuando volvemos a casa. Pero esto solo indica que ese animal es susceptible de ser amado; aunque nunca podrá llegar a amar, porque el amor es un acto de la voluntad, y los animales no tienen voluntad sino instinto. Su vida, por tanto, debe ser respetada e intentar evitarle cualquier sufrimiento; pero el valor de esa vida nunca podrá ser comparable al valor de la vida de un ser humano.

Esta es la razón (es decir: razonable y lógica), por la que los cristianos nos oponemos al aborto y a la eutanasia. No es un simple postulado moral que afecte a nuestra religión. Es que tanto el aborto como la eutanasia son la negación de esa capacidad especial del hombre: amar y ser amado. Cuando se mata un feto se le está negando que llegue a amar; pero, sobre todo, se está manifestando que no se le ama. Y lo mismo ocurre con aquellos que pasan por una situación tal que, a su entender, no merece la pena seguir viviendo. Siempre merece la pena ser capaz de amar y de ser amado, cualquiera que sean las circunstancias de esa vida. El que se niega a continuar su vida, también se niega a amar y a dejarse amar. Es muy duro lo que voy a decir; pero la eutanasia es, a mi parecer, un acto de egoísmo, entendido este como el rechazo del amor.

El aborto y la eutanasia son el fracaso del amor, tanto por activa como por pasiva.

martes, 31 de marzo de 2026

Semana Santa: amor y sufrimiento

Los cristianos celebramos la Semana Santa, el tiempo en el que Jesucristo fue humillado y destrozado públicamente hasta la muerte ignominiosa en la cruz; pero, después, y esto es lo importante, resucitó, demostrando así que poseía la divinidad, además de su humanidad. 

He afirmado en ocasiones que la muerte de Cristo no la provocaron los romanos o los judíos, los ejecutores materiales. Ni siquiera fue provocada por nuestros pecados, aunque sirvió para librarnos de ellos. La crucifixión de Cristo la provocó su amor: solo el amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la humanidad que había creado pudo llevar a la muerte al Dios-hombre, porque ninguna otra potencia podría haberlo hecho. Él mismo lo afirma en Juan 10, 1:  "Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar". También en Mateo 26, 53: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”.

También he afirmado que el amor tiene dos caras. Por una parte, la cara gozosa de amar y sentirse amado; por otra, el sufrimiento. Esta es la prueba del amor: llegar a sufrir por el otro. Ya sea un sufrimiento activo (buscando el bien del ser amado) o pasivo (por perder al ser amado). Dios nos ama, pero ¿también sufre? Evidentemente, Dios no puede sufrir, por mucho que nos ame. Entonces, siendo Dios el Amor, ¿cómo es que carece de esta característica del amor? No pretendo conocer a Dios más allá de lo que Él nos ha revelado; pero también me ha dado una inteligencia y el Espíritu nos inspira la sabiduría para que podamos conocerlo hasta cierto grado. Por eso, me atrevo a afirmar que Dios encontró la manera de que su Amor también fuese capaz de sufrir: hacerlo en Jesucristo. El Dios-hombre fue capaz de amar y sufrir hasta el extremo durante su paso por la Tierra. No solo durante la Pasión, sino también en otros momentos, como cuando llora la muerte de Lázaro, o ante la visión de Jerusalén que será destruida y cuando se compadece de tantos a los que alimenta o cura. Y quizá también sea capaz de sufrir esa naturaleza humana que está incardinada en la Santísima Trinidad, compartiendo la naturaleza divina en la persona del Hijo.

Es una idea... A mí me ayuda a amar más a quien me ama hasta sufrir.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Si me amáis...

Casualmente estamos llegando a la Navidad, tiempo entrañable en el que la caridad debe ser el centro, cuando hablamos en la entrada anterior de que Dios nos ha creado por amor. Y siguiendo con este tema, quiero hablar de la contrapartida: ¿Debemos amarlo nosotros? ¿Cómo debemos amarlo?

Uno de los pasajes del Evangelio que admite dos tipos de interpretación es aquel en el que Jesucristo hace las siguientes afirmaciones: "El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él... El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras..." (Jn 14, 21-24). Por una parte, parece que Cristo quiere decir que cumplir sus mandamientos es la demostración de que se le ama; y, evidentemente, eso es cierto, aunque lo podríamos matizar: hay quien cumple para demostrarse a sí mismo que es capaz de hacerlo, siendo casi una manifestación de soberbia. Pero la segunda frase admite otra interpretación: amar a Cristo es la condición previa para poder guardar su palabra. Es decir, si no es por amor, es muy difícil seguir sus mandamientos. 

Tenemos que recordar ahora que Jesús habla en varias ocasiones sobre el contenido de los mandamientos. En una de ellas le dice a un doctor de la ley que le pregunta cuál es el mandamiento más importante: Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y ​​con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22:37-39). En la última cena, tras el lavatorio de los pies, Jesús dice a sus discípulos: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Jn 13, 34-35).

Y esta es la paradoja: el mandamiento principal de la ley y el mandamiento nuevo que Él nos da consiste en amar; y este amor será la prueba de que cumplimos con su palabra y le amamos. Quizás esto no tiene mucho sentido, ya que amar sería la premisa y la consecuencia a la vez. Por esto, me gusta interpretar la frase de Juan 14, 21: "el que me ama mi palabra guardará" en el sentido de que es preciso estar enamorado de Cristo para poder cumplir su palabra: El que no me ama, no guarda mis palabras. Sería insensato empeñarse en cumplirla simplemente por convicción, por fuerza de voluntad, sin que esta fuerza venga impulsada por al amor a Él.

Si estoy en lo cierto, lo que coincide con mi experiencia personal, ¿cómo podemos pretender que los demás cumplan con el código moral del cristianismo si antes no han amado a Cristo? ¿Exigiríamos a alguien que cumpliese las promesas matrimoniales a quien no ha amado? Esto es muy importante, porque determina cómo debe divulgarse el Evangelio. Como afirmaba el Papa Benedicto XVI, el cristianismo no es un libro ni un código moral, sino un encuentro con Cristo. Sin ese encuentro, o si tras el mismo la persona no se enamora de Cristo, será inútil que intente cumplir sus palabras; será inútil que pretendamos que las cumpla. Por el contrario, tras el amor... mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él (Jn 14, 23), recibiendo así la gracia de Dios para seguir cumpliendo la palabra.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Dios crea por amor

En las anteriores entradas hemos ido viendo que el universo ha tenido que ser creado por un Ser superior que estaba fuera no solo del universo, sino también del tiempo y el espacio. Y hemos visto cómo la creación se fue perfeccionando por etapas hasta llegar a ese ser tan especial que es el hombre, y que constituye la única especie inteligente, al menos del planeta Tierra. Pero las constantes cosmológicas y el ADN nos muestran la dificultad de llegar a la existencia de este animal racional. Incluso el enorme lapso temporal desde el inicio del universo hasta la aparición de la vida y, después, de la vida humana, habría sido necesario para que se formasen moléculas que la propiciasen y para que se llegase a ordenar el ADN necesario para toda vida. Parecería que desde el Big Bang todo el proceso posterior estaba dirigido a que el hombre llegase a la existencia, siendo por tanto el culmen del universo. 

¿Por qué se toma el Creador tantas molestias? La Biblia nos dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Pero ¿qué semejanza puede haber entre el Ser superior eterno y un animal, por muy racional que sea? ¿Es su espiritualidad? Parece que sí, ya que el hombre tiene una dimensión espiritual, no material y eterna. No obstante ¿es esta característica suficiente como para decir que somos semejantes a Dios?

Personalmente creo que la semejanza radica en que el hombre, debido a su dimensión espiritual, puede amar; y si se nos creó con esta formidable capacidad sería para que pudiésemos amar, sobre todo, a nuestro Creador. Y ahora tenemos que volver al principio: ¿por qué quiere Dios que lo amemos? Y de esto no hay duda, porque fue el primer mandamiento que le comunicó a Moisés: amarás a tu Dios con todo el corazón con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Solo encuentro una respuesta lógica: Dios nos creó para que lo amásemos porque Él nos amó primero: Dios nos crea por amor.

Esta afirmación es trascendental, ya que, si nos creó porque nos ama, entonces está vinculado a su creación y también se va a preocupar por nosotros. El Ser superior que crea el universo en el Big Bang y después dirige su evolución hasta que aparece el ser humano, sigue implicado en su creación, muy especialmente en el hombre; y esta debe ser la base de nuestra esperanza. El Ser superior es fundamentalmente Padre.

jueves, 14 de noviembre de 2024

Al amor por el sufrimiento

 

Hace unos días, durante una ceremonia de boda, el sacerdote nos explicaba que la novia le dijo: "supe que estaba enamorada de él cuando empecé a preocuparme por lo que le pasaba". Es una bonita manera de ratificar que el amor es una moneda de dos caras. Por una parte, se siente el gozo de querer a alguien y compartir este sentimiento con él; por otra, precisamente porque se le quiere, se sufre con sus problemas. Y esta es la mejor prueba de que el amor es auténtico: si se llega a sufrir por el otro. Por el contrario, si lo único que sentimos es el gozo, la felicidad o el placer, entonces puede tratarse de una especie de egoísmo: quiero al otro porque me produce ese gozo o ese placer, pero no estoy dispuesto a sufrir por él. En realidad el amor auténtico debe ser "quiero que mi amado sienta gozo, felicidad y placer; y estoy dispuesto a renunciar a lo que sea por proporcionárselo".

Un amor así, si es recíproco, sí es posible mantenerlo toda la vida. Es más, merece la pena mantenerlo toda la vida... y más.

martes, 22 de octubre de 2024

Convivencia prematrimonial

En la actualidad parece no haber más razón que la de la moral cristiana para reprobar la convivencia prematrimonial. No me refiero a aquellos casos en los que por convicciones -o pura pereza- deciden vivir en pareja sin formalizarlo mediante un vínculo matrimonial, ya sea civil o religioso, pero lo hacen con una intención de permanencia. Ahora quisiera referirme a aquellos caos en los que, antes de decidirse a establecer ese vínculo permanente -ya sea civil, religioso o de hecho- quieren convivir "a modo de prueba". Incluso es habitual que algunos supuestos expertos recomienden: "no se te ocurra casarte antes de haber convivido, para comprobar que lo vuestro funciona".

Me parece el peor consejo que puede darse a una pareja que realmente se quiera; y no lo rechazo solo por una cuestión moral, sino porque esa decisión denota una ausencia de amor verdadero. Trataré de explicarme:

"Poner a prueba la convivencia" de ese modo manifiesta que lo que subyace en esa relación es egoísmo, más que amor; o, dicho de otra forma: amor a sí mismo, en vez de al otro. Cuando se pretende comprobar si una convivencia funciona es porque se quiere calibrar si lo que yo tendré que entregar en esa relación -o aquello de lo que tendré que prescindir- me será compensado por lo que recibiré a cambio. Se está poniendo a prueba que el contrato matrimonial estará equilibrado y nos merecerá la pena. Dicho de forma más descarnada: si la gratificación que recibo por mantener relaciones sexuales libres me compensa suficientemente de tener que soportar las manías del otro. Esto es lo más distinto del amor verdadero, por el cual soy capaz de renunciar a todo, para buscar la felicidad del ser amado. Repito: del ser amado, no la mía... Porque, si en esa relación busco mi felicidad, en el momento en el que no me sienta satisfecho, no habrá razón para continuarla... Y, de hecho, muchas relaciones se rompen al poco tiempo de comenzar.

El amor es la determinación de la voluntad de buscar como único bien propio el bien ajeno... Es decir, como única felicidad propia, la felicidad del otro... Es que lo que me hace feliz es ver feliz al ser amado... Y esto no se "comprueba" adelantando la convivencia, sino decidiéndose incondicionalmente a hacer feliz al otro.

Todo lo demás son formas de buscar mi felicidad; y, cuando el otro no sepa proporcionármela, pues el "supuesto amor" desaparece y todo se acaba.

A ver si va a ser que la moral cristiana es la que mejor interpreta el amor humano...

martes, 8 de octubre de 2024

La vida por amor

He leído un resumen del documental sobre la vida de Christopher Reeve, el actor que encarnó por primera vez en el cine al famoso personaje de Supermán. Años después de alcanzar la fama haciendo de superhombre, ya que estaba dotado de un formidable y atlético cuerpo, sufrió una caída mientras montaba a caballo y se quedó tetrapléjico. Él, que había podido incluso volar en sus películas, se quedó recluido en una silla de ruedas, sin poder siquiera mover las manos.

Lo que me ha llamado la atención es la reacción de su pareja cuando se enteró de la parálisis de Christopher: "Sigues siendo tú y te amo", le dijo. Al parecer, para ella lo importante de una persona es la capacidad de amar, mucho más que su posibilidad de "volar". Esto demuestra también que su amor era auténtico, no esa caricatura de sentimiento que lo único que busca es sexo.

Pero también es importante la respuesta de Christopher: se dejó amar. Y esto es muy importante. A pesar de que se pueda pensar que una vida condenada a la silla de ruedas y dependiendo de los demás no le merece la pena al tetrapléjico; no es esta la única opinión que importa. Nuestra vida no es solo nuestra, sino también de aquellos que nos aman: Christopher lo tuvo muy claro; y dedicó su vida a corresponder a ese amor.

Porque el secreto de la felicidad es amar y sentirse amado. Sin esto, no es posible ser feliz. Y, al parecer, solo con esto sí se puede.

Como dato adicional: Christopher creó una fundación para el estudio del la tetraplejia que introdujo importantes avances en el tratamiento de esta enfermedad. El amor, cuando es intenso, no se restringe a una sola persona, se expande como los gases.


martes, 20 de febrero de 2024

Estamos en Cuaresma

Ya estamos en el tiempo especial que los católicos llamamos Cuaresma, dedicado a prepararnos para los acontecimientos determinantes de la salvación del hombre: la Pasión y Resurrección de Jesucristo.

Se nos recomienda que lo afrontemos como un tiempo de conversión y arrepentimiento; y la clave es "hacer la OLA": Oración, Limosna y Ayuno. En estas tres acciones se resume toda una actitud: tratar con Dios, ayudar al prójimo y mantener a raya el cuerpo. No es un mal programa, que, realmente, debería servirnos para todo el año.

Pero quizá históricamente se ha hecho hincapié en el tema de nuestros muchos pecados, por los que debemos hacer penitencia, porque fueron los causantes de la Pasión de Cristo. Personalmente, esto me resulta aplicable; pero he conocido otras opiniones que quizá sean más acordes con el espíritu evangélico.

La primera es de Isaías 1, 16-18: Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.

Resulta que hay otra forma de convertirse y quitar nuestros pecados, aunque fuesen "rojos como el carmesí", para dejarlos "blancos como la lana". Mejor que mortificar nuestro cuerpo o lamentarnos por nuestras caídas, lo que nos dice el profeta es que debemos aprender a hacer el bien, siendo justos y ayudando al huérfano y la viuda, al pobre y necesitado. Personalmente me gusta mucho más, aunque hacer algún sacrificio en señal de arrepentimiento por mis pecados, tampoco está de más.

La otra opinión que he escuchado recientemente es de un cantante religioso que afirma -con toda la razón evangélica de su parte- que Cristo no murió en la cruz por culpa de nuestros pecados, sino porque nos amaba. De hecho, como dice una poesía, le bastaba para redimirnos un suspiro o una lágrima de amor; pero quiso darnos toda su sangre... Por eso: por amor.

Es otra forma de afrontar este tiempo; y creo que más evangélica de lo que la tradición nos ha venido transmitiendo.

martes, 12 de diciembre de 2023

El sentido del pecado

Recientemente, un sacerdote me dijo que los católicos ha dejado de ir a la Misa dominical porque han perdido el sentido del pecado; y, entonces, ¿para qué ir?

Desafortunadamente, tengo que coincidir con él en lo de la pérdida del sentido del pecado, porque es cierto que la moral está muy relajada y cada uno juzga su conducta según el propio criterio, que suele ser bastante benévolo. Pero no acabo de comprender su conclusión. A la Misa dominical se debería acudir para rezar, tratar con Dios y, además, hacerlo en comunidad, junto con nuestros vecinos. Cuando era niño, mi padre, los domingos nos compraba un tebeo y luego nos tomábamos el aperitivo. Quiero decir que se santificaba el domingo de todas las maneras posibles: rezando, reuniéndonos con los demás, pero también celebrando la resurrección del Señor con algún extra. Si resulta que algunos van a Misa exclusivamente por que sería pecado no hacerlo, estarían cumpliendo el precepto; pero no creo que estuviesen santificando la fiesta.

Quiero ir más allá. El cristianismo no es ni una moral ni un libro. El cristianismo es el seguimiento de una persona, Jesucristo, que nos mostró el camino de la salvación, es decir, de nuestra felicidad. Y los cristianos deberíamos estar más preocupados en amar a Jesucristo que en evitar pecados. Porque ya lo dijo Él mismo: si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y el principal mandamiento que nos dio fue: amaos unos a otros como yo os he amado. Resumiendo: el cristianismo se basa en el amor. No serviría de nada mantener una moral perfecta si no amamos. Por el contrario, si fuésemos capaces de amar a Jesucristo y a los demás, aunque pecásemos debido a la propia debilidad humana, estaríamos en el camino correcto.

Los católicos no han dejado de ir a Misa porque hayan perdido el sentido del pecado, sino porque han dejado de amar; y sin amor no merece la pena la lucha por cumplir un código moral. Ahora sí creo que procede la pregunta: ¿para qué cumplirlo?, si no amamos.

 

martes, 5 de diciembre de 2023

Amor e imperfección

Dios creó a los ángeles como espíritus puros. Unos lo adoraron y lo alaban eternamente; y otros lo rechazaron y lo odian eternamente.

Pero también quiso crear a los hombres: alma espiritual y cuerpo material, perfecto en su concepción, pero con debilidades y flaquezas. Siendo Dios todopoderoso, es extraño que quisiese crear un ser que pudiese fallarle. ¿Crearía algún ingeniero una máquina sabiendo que fallaría frecuentemente? ¿Es Dios menos listo que nuestros ingenieros? Evidentemente, no. Entonces ¿qué razones pudo tener Dios para crearnos así? 

No pretendo ser insolente pidiéndole explicaciones a Dios, sino intentar atisbar un poco su mente creadora. ¿Cuál es mi teoría? Pues creo que Dios nos crea imperfectos porque nuestra respuesta, nuestro amor, es mucho más valioso si se produce a pesar de nuestras debilidades e imperfecciones. Es más, estoy convencido de que nuestro imperfecto amor le agrada más a Dios que la perfecta y constante alabanza de sus ángeles. Porque Él conoce nuestras limitaciones y, sobre todo, nuestras flaquezas. Y, en estas condiciones, ya solo el esfuerzo por amarlo, por estar cerca de Él, tiene gran mérito.

¿Ama Dios la imperfección? ¡Claro que sí: Él nos ha creado así! Y Él nos ama como Padre nuestro que es. Lo que nos pide es nuestra respuesta esforzada; y cada uno alcanzará un grado de "menor imperfección" en función de su esfuerzo y sus capacidades. Dios amará ese esfuerzo; y cuando ni siquiera el esfuerzo podamos poner, cuando fallemos estrepitosamente, cuando le demos la espalda, entonces nos seguirá amando. Porque la otra cara de la moneda de nuestra creación imperfecta es su misericordia: sabe que nos plantea un reto que para nosotros es difícil incluso aceptarlo; e imposible cumplirlo. ¡Yo, desde luego, renuncié hace mucho tiempo a ser perfecto! 

Por esto, cuando el apóstol Pablo se queja de ese "aguijón de muerte" que le separa de Dios, el Señor le contesta: "te basta mi gracia" [2Cor. 12, 8-10]*. Me permito traducir esta respuesta muy libremente: "es que no quiero que seas perfecto, que superes ese defecto, sino que luches contra él por amor a mí". Y, claro, cuando nuestra debilidad nos hace caer de nuevo -una y otra vez- entra en juego su misericordia, porque bien sabe Dios que no nos ha querido hacer perfectos y conoce las consecuencias de esto.

El cristianismo es la religión del amor: del amor que Dios nos muestra y del amor que tenemos que compartir con los demás. Y esto es mucho más importante que el código moral que tanto nos cuesta cumplir.

*8Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. 9Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.10Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.