miércoles, 7 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones

Uno de los argumentos que utilizan los ateos y agnósticos para rechazar la existencia de un Dios creador y padre de todos es la existencia de mal en el mundo. Esto, por supuesto, es innegable; pero debemos verlo más detenidamente.

En primer lugar, el mal no existe por sí mismo: es simplemente la ausencia de bien. Y si podemos llamarlo "mal", es porque lo comparamos con el bien. Tenemos una concepción de cómo son las cosas "buenas" y, cuando no ocurren así, las llamamos "malas". En realidad, lo extraño no es el "mal", sino el "bien". Si la realidad procede de la mera evolución de la materia, sin un Creador que la haya dirigido, lo extraño es que se produzca el "bien", que las cosas funcionen como lo esperamos y queremos. Resumiendo: si no existiese un Dios padre y creador que nos ha mostrado el "bien", no podríamos quejaros cuando este no sucede.

Por otra parte, existen dos tipos de males: el mal moral (el que provocamos los hombres) y el mal físico (el que provoca la naturaleza con sus catástrofes). Ambos se derivan del plan de Dios, que ha creado a los hombres libres para que puedan amar (lo más grande que puede hacer un hombre), pero también pueden usar esa libertad para el mal; y de esto no tiene culpa Dios, sino nosotros. El mal de que causa la naturaleza sí es debido a la evolución de la creación diseñada por Dios; pero ¿es realmente mal?

Pues, ante el mal en el mundo hay tres formas de afrontarlo: En primer lugar, la forma de verlo de aquellos que carecen de una fe en un Dios que nos ha creado libres y destinados a una felicidad eterna. En este grupo deberíamos incluir tanto a los ateos o agnósticos como a aquellos que creen en dioses crueles, o despreocupados de la humanidad, que nos consideran sus siervos o están más preocupados por luchar entre ellos en un paradisíaco Olimpo. En este caso, se considera que el hombre no es sino una mera evolución casual provocada por la materia, que ha llegado a alcanzar cotas de inteligencia. Es simplemente un animal un poco más evolucionado; pero el hecho de que tenga inteligencia, hoy en día, tampoco parece tan extraordinario, cuando vemos que las simples máquinas —entes no vivos— también disponen de dicha inteligencia y bastante más rápida y efectiva que la humana. Si somos producto de la naturaleza y su aleatoria evolución —que ya extinguió especies enteras de un plumazo, como pueden ser los dinosaurios— ¿por qué extrañarnos que ocurran catástrofes que acaben con mies de vidas? Sería el caso de los terremotos, erupciones, inundaciones, pandemias, etc… Si somos juguetes de la naturaleza, seres casuales, no tenemos mayor valor que los demás animales o los seres inertes. “La naturaleza lo dio, la naturaleza lo quitó”, podríamos decir. En este caso, no se trataría tanto de un “mal material”, sino de la simple evolución. 

Con respecto al mal moral, el causado por el hombre, la actitud debería ser semejante a la del caso anterior. Si todos somos fruto de la casual evolución natural, entonces no tendría sentido alegar un código moral para calificar la conducta humana. Cada ser —vegetal, animal y animal racional— debe buscar su supervivencia por encima de los demás. En todo caso, se debería respetar el instinto de supervivencia de la especie, cuidando los progenitores de su prole, para asegurar la reposición de los individuos. Pero todo lo que pase de esto no le podría ser exigible a ningún ser humano. Aquellos que por ser más débiles cayesen víctimas de los más fuertes o adaptados, serían fruto de la “limpieza” que la propia naturaleza debe efectuar, para mantener las especies lo más vigorosas posibles —de hecho, la teoría de la evolución de Darwin llevó a al eugenesia, la pseudo ciencia que pretende “mejorar la raza humana”, suprimiendo a los menos capaces—. El asesinato, la explotación de unos por otros, el robo, las violaciones, no serían sino consecuencias lógicas y aceptables de la propia evolución.

El anterior párrafo se ha redactado de forma intencionadamente muy cruda, que resultará dolorosa para la mayoría de los lectores. Pero, si lo pensamos detenidamente, todo lo dicho es coherente con una evolución casual de la naturaleza y, especialmente, con la teoría de la evolución de las especies por selección natural. La vida es así; y la ley de la selva es su norma. Al autor le ha resultado aberrante escribirlo; pero ante la ausencia de una fe en un Creador, padre de todos, esta es la postura razonable. Si nos resulta terrible, incluso a los ateos y agnósticos, quizá sea porque sí tengamos una dimensión espiritual que excede a la simple materia y que nos indica que lo dicho es una barbaridad. Pero los evolucionistas, ateos y agnósticos, que no crean en dicha dimensión espiritual, deberían encontrar razonable y coherente lo expuesto.