El pasado día 6 de febrero falleció mi madre, después de casi 97 años de vida cristiana; y lo hizo 18 años y 4 días después de que falleciese mi padre a sus 90 años.
No logro imaginarme cómo puede haber sido ese encuentro entre dos almas que compartieron su vida en la tierra durante casi 50 años de matrimonio.
Por una parte, pienso que la presencia omnipotente de la Santísima Trinidad eclipsará cualquier otro tipo de relación humana; y que la compañía de Jesucristo resucitado, Dios Hijo y hombre verdadero, saciará todo el amor de nuestro corazón. Es razonable que sea así... Pero, por otra parte, pienso que quizá esta razonamiento sólo valga para la razón humana, que imagino es muy distinta de la razón divina.
Porque Dios es amor y el amor humano no es sino reflejo del amor divino; y por esto, precisamente por esto, yo creo que la presencia de la Trinidad y de Jesucristo resucitado, por muy plenas que en sí mismas sean, no harán sino acrecentar cualquier amor humano; y, además, éste se manifestará sin los defectos y limitaciones que el amor terreno siempre tiene.
Y ya puestos a imaginar, creo que, así como el cuerpo resucitará en su plenitud, sin los defectos que hubiese podido tener en la tierra, el amor humano se manifestará en el cielo también en su momento de mayor plenitud.
Por eso me imagino el encuentro de mi madre con mi padre como aquel primer encuentro que tuvo lugar hace unos ochenta años, en el que ella se enamoró de él porque le atrajo su voz.
Y espero que desde allí arriba cuiden a sus cuatro hijos, doce nietos y diez bisnietos igual que lo hicieron mientras estuvieron con nosotros.
Descansen en la gloria de Dios; y que allí nos vayamos encontrando todos.
Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog (28-9-2005).
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sábado, 8 de febrero de 2020
sábado, 3 de noviembre de 2018
¿Miedo a la muerte?
Por supuesto que un cristiano en plenitud de su fe no debería tener miedo alguno a ese tránsito entre esta vida y la futura; porque la muerte no es otra cosa que el encuentro con Cristo. Pero como ninguno estamos en la plenitud de nuestra fe; y muchos ni siquiera nos acercamos a ella, la muerte nos despierta unas incógnitas que pueden producir miedo. Y mucho más a aquellos que han seguido una vida contraria al ideal cristiano; y temen el castigo de sus faltas.
Es legítimo tener miedo al este trance, a pesar de que la muerte sea parte de la vida terrena: en concreto, su última parte. A veces lo que nos agobia de la muerte es el dejar a nuestros deudos desamparados sin nuestra ayuda. Y, por otra parte, para los parientes y amigos del difunto, la muerte supone la separación de un ser querido; y este dolor a veces no se compensa ni siquiera con la seguridad de que el difunto disfrutará de una vida gloriosa en el cielo. Por otra parte, la subsistencia de nuestros instintos animales -aunque deberían estar sometidos al control de nuestra razón- hace que el instinto de supervivencia nos induzca a rechazar la muerte.
Quizá la situación ideal de un cristiano que pretende ser coherente con su fe sea afrontar el pensamiento de la muerte con la esperanza de que en la vida futura será plenamente feliz y que desde el Cielo podrá ayudar a los suyos mucho mejor que desde la Tierra.
Para ilustrar mejor esto, incluyo el comentario de un buen cristiano, que llevó una vida santa y entregada a los demás, que contestó cuando ya de avanzada edad le preguntaron si tenía miedo a la muerte:
- La vida eterna será tan larga, que no me importaría llegar allí un poco más tarde...
Es legítimo querer seguir en la vida terrenal en la que Dios quiso que pasásemos la primera parte de nuestra existencia; y esto, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.
Es legítimo tener miedo al este trance, a pesar de que la muerte sea parte de la vida terrena: en concreto, su última parte. A veces lo que nos agobia de la muerte es el dejar a nuestros deudos desamparados sin nuestra ayuda. Y, por otra parte, para los parientes y amigos del difunto, la muerte supone la separación de un ser querido; y este dolor a veces no se compensa ni siquiera con la seguridad de que el difunto disfrutará de una vida gloriosa en el cielo. Por otra parte, la subsistencia de nuestros instintos animales -aunque deberían estar sometidos al control de nuestra razón- hace que el instinto de supervivencia nos induzca a rechazar la muerte.
Quizá la situación ideal de un cristiano que pretende ser coherente con su fe sea afrontar el pensamiento de la muerte con la esperanza de que en la vida futura será plenamente feliz y que desde el Cielo podrá ayudar a los suyos mucho mejor que desde la Tierra.
Para ilustrar mejor esto, incluyo el comentario de un buen cristiano, que llevó una vida santa y entregada a los demás, que contestó cuando ya de avanzada edad le preguntaron si tenía miedo a la muerte:
- La vida eterna será tan larga, que no me importaría llegar allí un poco más tarde...
Es legítimo querer seguir en la vida terrenal en la que Dios quiso que pasásemos la primera parte de nuestra existencia; y esto, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.
jueves, 1 de noviembre de 2018
No vamos a salir vivos.
Sigo con la entrada anterior y de la importancia de tener presente en esta vida terrena nuestra vida espiritual. Es decir, no quedarnos sólo en la visión material, y dejar para la otra vida el trato con Dios, sino frecuentar ésta ya "entre los pucheros" como decía Santa Teresa de Ávila.
A raíz de todo esto, me he acordado de lo que dice mi amigo Paco a sus conocidos cuando los ve demasiados preocupados y agobiados por las cosas de este mundo:
- No sé por qué te preocupas tanto de esta vida, si no vamos a salir vivos de aquí.
Efectivamente, nuestro cuerpo, la parte material de esta vida -que es bien corta- no va a salir viva de aquí, por mucho que nos preocupemos...
Con esta broma, quiero hacerte ver la necesidad de ir compaginando ya aquí nuestros actos materiales con los espirituales que realizaremos en la otra vida... Es lo único que nos podremos llevar para allá.
A raíz de todo esto, me he acordado de lo que dice mi amigo Paco a sus conocidos cuando los ve demasiados preocupados y agobiados por las cosas de este mundo:
- No sé por qué te preocupas tanto de esta vida, si no vamos a salir vivos de aquí.
Efectivamente, nuestro cuerpo, la parte material de esta vida -que es bien corta- no va a salir viva de aquí, por mucho que nos preocupemos...
Con esta broma, quiero hacerte ver la necesidad de ir compaginando ya aquí nuestros actos materiales con los espirituales que realizaremos en la otra vida... Es lo único que nos podremos llevar para allá.
martes, 30 de octubre de 2018
Fiesta de Todos los Santos
El próximo día 1 de noviembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de Todos los Santos; es decir, conmemoramos a todas aquellas personas que han llevado una vida santa y están en el Cielo, gozando de la presencia de Dios, que se han merecido. Pero se trata también de las personas que por su falta de notoriedad no han sido canonizadas (declaradas santas) oficialmente. Seguro que todos conocemos a algunas de ellas: personas con una vida anónima, pero entregada a Dios y a los demás.
Al día siguiente, la Iglesia celebra el día de Todos los Difuntos; es decir, aquellas personas que habiendo muerto en gracia de Dios, deseando salvarse, necesitan todavía hacer penitencia por sus pecados. Por supuesto, esto hay que entenderlo siempre teniendo en cuenta la misericordia de Dios; y viéndolo más que como una condena temporal (como si de una cárcel se tratase), como un profundo dolor por los pecados cometidos, al contemplar directamente la bondad de Dios. ¿Quién no se ha arrepentido de alguna estupidez que haya hecho y le gustaría castigarse a sí mismo por ello? Pues algo así es el purgatorio. Pues bien,. esta fiesta está instituida para que los vivos recemos a Dios por esos difuntos que todavía están purgando (si es que lo podemos entender desde una dimensión temporal), como muestra de amor por ellos. Os recuerdo que esta es una de las Obras de Misericordia Espirituales: rezar a Dios por vivos y difuntos.
Pero lo que me importaba resaltar es que estas dos fiestas no confrontan directamente con la otra vida. No me gusta llamarla vida eterna, porque para los hombres esa eternidad comienza cuando nacemos, no cuando morimos. Y quizá sea bueno aprovechar estas fiestas para pensar más en que en esa otra vida podremos disfrutar de nuestros méritos (mejor dicho, del amor de Dios) sin los sufrimientos y dificultades que padecemos en esta. Y al revés, pensar que nuestra vida terrenal y nuestras cosas materiales son sólo una pequeña parte de lo que el hombre puede vivir aquí: está también esa "vida interior" o vida espiritual que ensanchará infinitamente nuestros horizontes terrenales.
Dos buenas fiestas para pensar en todo esto.
Al día siguiente, la Iglesia celebra el día de Todos los Difuntos; es decir, aquellas personas que habiendo muerto en gracia de Dios, deseando salvarse, necesitan todavía hacer penitencia por sus pecados. Por supuesto, esto hay que entenderlo siempre teniendo en cuenta la misericordia de Dios; y viéndolo más que como una condena temporal (como si de una cárcel se tratase), como un profundo dolor por los pecados cometidos, al contemplar directamente la bondad de Dios. ¿Quién no se ha arrepentido de alguna estupidez que haya hecho y le gustaría castigarse a sí mismo por ello? Pues algo así es el purgatorio. Pues bien,. esta fiesta está instituida para que los vivos recemos a Dios por esos difuntos que todavía están purgando (si es que lo podemos entender desde una dimensión temporal), como muestra de amor por ellos. Os recuerdo que esta es una de las Obras de Misericordia Espirituales: rezar a Dios por vivos y difuntos.
Pero lo que me importaba resaltar es que estas dos fiestas no confrontan directamente con la otra vida. No me gusta llamarla vida eterna, porque para los hombres esa eternidad comienza cuando nacemos, no cuando morimos. Y quizá sea bueno aprovechar estas fiestas para pensar más en que en esa otra vida podremos disfrutar de nuestros méritos (mejor dicho, del amor de Dios) sin los sufrimientos y dificultades que padecemos en esta. Y al revés, pensar que nuestra vida terrenal y nuestras cosas materiales son sólo una pequeña parte de lo que el hombre puede vivir aquí: está también esa "vida interior" o vida espiritual que ensanchará infinitamente nuestros horizontes terrenales.
Dos buenas fiestas para pensar en todo esto.
domingo, 5 de agosto de 2018
Fuera de la Iglesia no hay salvación posible, pero todos los hombres están llamados a la salvación.
Esta otra aparente contradicción se entiende mucho mejor después
de conocer el símil del barco del que hablaba en mi entrada anterior: la
humanidad entera puede viajar en el barco de la salvación, que es la única
manera de llegar a buen puerto; solo hace falta que cada uno conserve su pasaje
con su decisión de llegar. La mejor y más segura forma de obtener un pasaje es
el bautismo de los cristianos, que es el medio que Cristo -nuestro Salvador-
instituyó. Pero en ningún sitio se dice que no haya otras formas de obtenerlo.
Ya lo comentaba san Juan Pablo II: fuera de la Iglesia no hay salvación; pero
nadie conoce con certeza los límites de esa Iglesia. Casi sería mejor dar la
vuelta a la frase: todo el que se salva es porque estaba en la Iglesia; aunque
no sepamos cómo, aunque ni siquiera él lo supiese.
No obstante, para los que conocemos un método seguro y
directo -el bautismo-: ¿no sería absurdo buscar otras vías inciertas?
jueves, 2 de agosto de 2018
La salvación depende de nosotros; pero ya nos ha sido dada.
Esta paradoja me fue aclarada hace tiempo por un sacerdote
sabio y santo de forma muy sencilla:
El tema de la salvación es como un barco cuyo rumbo conduce
directamente a buen puerto; pero depende de cada uno de los pasajeros llegar
con bien a ese puerto: si no permanecemos en el barco, si no colaboramos con
los demás, no estaremos a bordo cuando el barco atraque.
O lo que es lo mismo: nuestro comportamiento en esta vida es
“condición” para nuestra salvación;
pero no es la “causa”. La salvación
nos ha sido concedida gratuitamente por Dios y recuperada (redimida) por Cristo
cuando nosotros la perdimos. Nada de lo que nosotros pudiésemos hacer nos
otorgaría el “derecho” a salvarnos, porque compartir la vida divina es algo que
nosotros no podemos lograr, es Dios quien nos lo regala gratis (gratia en latín es gracia: todo es
gracia de Dios). Pero hay una condición imprescindible: que nosotros queramos
salvarnos y hagamos los esfuerzos oportunos para ello; mejor dicho, que no
pongamos obstáculos a la gracia de Dios para demostrar que realmente queremos
salvarnos.
martes, 24 de julio de 2018
El pecado es lo intrínsecamente opuesto a Dios; pero el pecador es el hijo amado de ese Dios.
Dios es justo y misericordioso; es más, es infinitamente justo e infinitamente misericordioso.
Por supuesto, este es el caso en el que más claro se ve que la virtud no está en el medio: Dios no es medio-justo y medio-misericordioso (¡vaya chapuza sería esto!). Dios, una vez más, nos maravilla conjugando los dos extremos: administra su justicia con toda misericordia; y es misericordioso con aquellos a los que ha de juzgar.
Por eso, en virtud de su justicia, rechaza el pecado, que es lo opuesto al plan de Dios; pero ama al pecador, como hijo extraviado que es.
Este pensamiento es el que lleva a la conclusión que de sólo se condena aquél que expresamente rechaza el amor de Dios (Dios, en justicia, tiene que respetar ese rechazo); y todo el que de algún modo desea salvarse, logrará salvarse, porque la misericordia de Dios lo hará posible a pesar de sus pecados.
Este pensamiento es el que alienta mi esperanza, mi seguridad de que encontraré en Dios un juez que, sin negar mis pecados, sabrá perdonarlos...
Cristo nos consiguió ese perdón, sólo tenemos que pedirlo.
Por supuesto, este es el caso en el que más claro se ve que la virtud no está en el medio: Dios no es medio-justo y medio-misericordioso (¡vaya chapuza sería esto!). Dios, una vez más, nos maravilla conjugando los dos extremos: administra su justicia con toda misericordia; y es misericordioso con aquellos a los que ha de juzgar.
Por eso, en virtud de su justicia, rechaza el pecado, que es lo opuesto al plan de Dios; pero ama al pecador, como hijo extraviado que es.
Este pensamiento es el que lleva a la conclusión que de sólo se condena aquél que expresamente rechaza el amor de Dios (Dios, en justicia, tiene que respetar ese rechazo); y todo el que de algún modo desea salvarse, logrará salvarse, porque la misericordia de Dios lo hará posible a pesar de sus pecados.
Este pensamiento es el que alienta mi esperanza, mi seguridad de que encontraré en Dios un juez que, sin negar mis pecados, sabrá perdonarlos...
Cristo nos consiguió ese perdón, sólo tenemos que pedirlo.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
La misericordia y la exigencia (y3)
Visto lo expuesto en las dos entradas
anteriores, ¿cómo compatibilizar esas dos actitudes tan diferentes?
Como ya indiqué, creo que la respuesta se encuentra en el corazón humano, que sólo Cristo conoce y que es lo que le permite tan dispares reacciones ante situaciones que a nosotros nos cuesta distinguir. La pista la tenemos cunado a los discípulos de Jesús se les recrimina comer sin haberse lavado antes. La respuesta de Jesús es clara: “no mancha lo que entra en la boca, sino lo que sale del corazón” (Mt 15, 11-20). Lo que mancha el alma humana, lo que nos separa irremediablemente de Dios, es nuestra actitud.
Por ejemplo, el pecador que va al Templo, reconoce su miseria y trata de reconciliarse con su Dios, vuelve justificado, perdonado, porque así sí se gana la misericordia de Dios, que está buscando la mínima excusa para concederla. Pero el fariseo cumplidor y recto, que se enfrenta a Dios desde su perfección y tiene la desfachatez de darle las gracias por esa perfección, éste no tiene nada de lo que arrepentirse y, por tanto, tampoco puede alcanzar la misericordia para sus pecados, como mínimo, el de soberbia.
Otra clave la podemos encontrar en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32): Dios esperando a que su hijo pecador se arrepienta sinceramente para organizarle un banquete de júbilo; banquete que al parecer nunca se mereció el hijo mayor que siempre cumplía, pero más por apariencia que por cariño. Dios lo que busca es el amor de nuestro corazón, aunque éste tenga que nacer del arrepentimiento de nuestras faltas; pero no aprecia el mero cumplimiento forzoso de "su reglamento".
No se trata de ser cristiano, de Misa diaria, teólogo o cumplidor: en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) se nos dice que aquéllos (sacerdotes y levitas) dieron un rodeo para no socorrer al herido; pero el samaritano (proscrito por los judíos) se acercó, le curó y le llevó a una posada en su propia cabalgadura.
Y si queremos más seguridad, no tenemos más que repasar cómo será el juicio final (Mt 25, 31-46), según relato del mismo Cristo, que será su Juez: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.
Porque la única manera de amar a Dios es amarle en los hermanos; y si le amamos, siempre encontraremos su misericordia.
jueves, 7 de noviembre de 2013
El amor y el perdón.
Sigamos profundizando en el tema de la
entrada anterior.
El amor de Dios es incondicional, porque Dios no puede cambiar su actitud hacia nosotros en función de nuestro comportamiento. Dios nos ha creado y redimido porque nos ama infinitamente, como sólo Dios puede amar; y ese amor no depende de nuestra correspondencia.
Es cierto que odia el pecado, pero no como un hecho en sí mismo, sino porque significa la separación entre el hombre y Dios: es la manifestación de nuestro rechazo a sus indicaciones y a la Creación que nos ha regalado...
Efectivamente, el pecado supone una rebelión contra la providencia de Dios, contra la naturaleza que Él nos ha otorgado; y esto hace que nosotros nos separemos de Él. Esto es lo que Dios odia: nuestro alejamiento. Por eso, en cuanto volvemos a Él, se olvida del pecado porque ha desaparecido su efecto pernicioso. Lo mismo ocurre con nuestro egoísmo y nuestras ofensas a los demás: nos separan de Dios: porque si Dios es amor, el egoísmo es el anti-Dios.
Por supuesto, Dios olvida nuestro pecado cada vez que manifestamos arrepentimiento; pero nosotros viviremos en la otra vida el amor de Dios con la misma intensidad con que lo hayamos vivido en esta vida; y si estábamos totalmente alejados, no podremos compartirlo. No es que Dios nos castigue y rechace; es que nosotros habremos optado por rechazarle a Él.
Así visto, el pecado es más grave para nosotros que para Dios, porque Él lo olvida pero nosotros recordaremos nuestro desamor, hasta que nos reciba plenamente en el cielo.
El amor de Dios es incondicional, porque Dios no puede cambiar su actitud hacia nosotros en función de nuestro comportamiento. Dios nos ha creado y redimido porque nos ama infinitamente, como sólo Dios puede amar; y ese amor no depende de nuestra correspondencia.
Es cierto que odia el pecado, pero no como un hecho en sí mismo, sino porque significa la separación entre el hombre y Dios: es la manifestación de nuestro rechazo a sus indicaciones y a la Creación que nos ha regalado...
Efectivamente, el pecado supone una rebelión contra la providencia de Dios, contra la naturaleza que Él nos ha otorgado; y esto hace que nosotros nos separemos de Él. Esto es lo que Dios odia: nuestro alejamiento. Por eso, en cuanto volvemos a Él, se olvida del pecado porque ha desaparecido su efecto pernicioso. Lo mismo ocurre con nuestro egoísmo y nuestras ofensas a los demás: nos separan de Dios: porque si Dios es amor, el egoísmo es el anti-Dios.
Por supuesto, Dios olvida nuestro pecado cada vez que manifestamos arrepentimiento; pero nosotros viviremos en la otra vida el amor de Dios con la misma intensidad con que lo hayamos vivido en esta vida; y si estábamos totalmente alejados, no podremos compartirlo. No es que Dios nos castigue y rechace; es que nosotros habremos optado por rechazarle a Él.
Así visto, el pecado es más grave para nosotros que para Dios, porque Él lo olvida pero nosotros recordaremos nuestro desamor, hasta que nos reciba plenamente en el cielo.
sábado, 15 de diciembre de 2012
21 del 12 de 2012
Por
no sé qué profecía maya, dicen que el mundo se acabará en esta fecha tan
cercana (por cierto, antes se especuló con que se acabaría el 12-12-12, día de Nuestra Señora de Guadalupe); pero ya
se ve que se equivocaron).
Pero, ¿qué es el fin del mundo?
Si se refieren a un tremendo cataclismo que extermine toda la vida (al menos la humana) sobre la faz de la Tierra, entonces el fin del mundo es una noticia realmente desoladora, porque el universo se quedaría sin quien pudiera conocerlo y disfrutarlo: ¿de qué sirve tanta maravilla si nadie la va a reconocer?
Pero si por el fin del mundo se entiende el fin de la Historia como venimos conociéndola; si el fin del mundo es el cumplimiento de la profecía cristiana de que será directamente Cristo quien tome las riendas de la Historia; entonces se trata de la mejor noticia que nos pudiesen dar. Y es una buena noticia a pesar de que todos tendremos que afrontar nuestros errores y nuestros pecados; pero la alegría de ver a Dios será muy superior a la pena por haberle dado tanto tiempo la espalda. Y sería una muy buena noticia a pesar de que dicha venida de Cristo estuviese acompañada de signos portentosos que nos hiciesen temblar de miedo, porque el hombre siempre tiene miedo a lo desconocido.
Todos los dolores de este parto merecerían la pena, porque en adelante la Historia estaría gobernada por su Dueño y Señor; y toda la creación respondería perfectamente a los fines para los que fue creada. Imagino que ante esta perspectiva hasta los más rebeldes se someterían a su Creador y Salvador…; aunque no es de descartar que un nuevo Lucifer o algún que otro Judas sigan rechazando la Bondad infinita: y es que la soberbia es el auténtico pecado imperdonable.
Espero con impaciencia el próximo día 21…; y si entonces no viene el Salvador, tendré que conformarme con la alegría del aniversario de su primera venida… la Natividad el próximo día 25; que esto sí es seguro.
Pero, ¿qué es el fin del mundo?
Si se refieren a un tremendo cataclismo que extermine toda la vida (al menos la humana) sobre la faz de la Tierra, entonces el fin del mundo es una noticia realmente desoladora, porque el universo se quedaría sin quien pudiera conocerlo y disfrutarlo: ¿de qué sirve tanta maravilla si nadie la va a reconocer?
Pero si por el fin del mundo se entiende el fin de la Historia como venimos conociéndola; si el fin del mundo es el cumplimiento de la profecía cristiana de que será directamente Cristo quien tome las riendas de la Historia; entonces se trata de la mejor noticia que nos pudiesen dar. Y es una buena noticia a pesar de que todos tendremos que afrontar nuestros errores y nuestros pecados; pero la alegría de ver a Dios será muy superior a la pena por haberle dado tanto tiempo la espalda. Y sería una muy buena noticia a pesar de que dicha venida de Cristo estuviese acompañada de signos portentosos que nos hiciesen temblar de miedo, porque el hombre siempre tiene miedo a lo desconocido.
Todos los dolores de este parto merecerían la pena, porque en adelante la Historia estaría gobernada por su Dueño y Señor; y toda la creación respondería perfectamente a los fines para los que fue creada. Imagino que ante esta perspectiva hasta los más rebeldes se someterían a su Creador y Salvador…; aunque no es de descartar que un nuevo Lucifer o algún que otro Judas sigan rechazando la Bondad infinita: y es que la soberbia es el auténtico pecado imperdonable.
Espero con impaciencia el próximo día 21…; y si entonces no viene el Salvador, tendré que conformarme con la alegría del aniversario de su primera venida… la Natividad el próximo día 25; que esto sí es seguro.
sábado, 3 de noviembre de 2012
La muerte para los no creyentes
Sigo con mis reflexiones de la entrada
anterior.
Los no creyentes, también tienen miedo a la muerte; y en muchos casos más que los creyentes. De hecho, cuanto más secularizada está una sociedad, menos se puede hablar de la muerte en público.
Volvemos a dejar aparte el comprensible miedo al color o al sufrimiento de los seres queridos. Pero además de éstos, los no creyentes también tienen miedo a la muerte en sí misma, y esto ya no es comprensible. Para alguien que no cree en la vida eterna, la muerte es un punto final del que no debería preocuparse, ya que ningún bien o mal puede depararle. Pero no es así, el miedo a ese punto final persiste irracionalmente. No creo que sea una mera cuestión de instinto, que lógicamente aflora en situaciones de peligro, ya que el miedo persiste cuando el tema se suscita en momentos en los que no existe peligro alguno.
¿Por qué coinciden en esto los creyentes y los no creyentes?
Pienso que, en ambos casos, el miedo no es al trance, ni a lo que se deja, sino a lo que se debe afrontar al llegar al más allá. Por supuesto, los creyentes saben que deberán afrontarlo –y deberían prepararse para ello, manteniendo una vida lo más cerca de Dios posible-; pero creo que los no creyentes tienen una duda tan intensa sobre la posibilidad de tener que afronta la presencia de un Dios que les ha creado y mimando en esta vida y a quién ellos ni siquiera han reconocido, que esa mera duda ya les produce terror. Y además, en su caso es más difícil refugiarse en la misericordia de un Dios en el que no creen.
Todo esto me reafirma en mi creencia de que tanto la vida como la muerte son más fáciles para el creyente.
Los no creyentes, también tienen miedo a la muerte; y en muchos casos más que los creyentes. De hecho, cuanto más secularizada está una sociedad, menos se puede hablar de la muerte en público.
Volvemos a dejar aparte el comprensible miedo al color o al sufrimiento de los seres queridos. Pero además de éstos, los no creyentes también tienen miedo a la muerte en sí misma, y esto ya no es comprensible. Para alguien que no cree en la vida eterna, la muerte es un punto final del que no debería preocuparse, ya que ningún bien o mal puede depararle. Pero no es así, el miedo a ese punto final persiste irracionalmente. No creo que sea una mera cuestión de instinto, que lógicamente aflora en situaciones de peligro, ya que el miedo persiste cuando el tema se suscita en momentos en los que no existe peligro alguno.
¿Por qué coinciden en esto los creyentes y los no creyentes?
Pienso que, en ambos casos, el miedo no es al trance, ni a lo que se deja, sino a lo que se debe afrontar al llegar al más allá. Por supuesto, los creyentes saben que deberán afrontarlo –y deberían prepararse para ello, manteniendo una vida lo más cerca de Dios posible-; pero creo que los no creyentes tienen una duda tan intensa sobre la posibilidad de tener que afronta la presencia de un Dios que les ha creado y mimando en esta vida y a quién ellos ni siquiera han reconocido, que esa mera duda ya les produce terror. Y además, en su caso es más difícil refugiarse en la misericordia de un Dios en el que no creen.
Todo esto me reafirma en mi creencia de que tanto la vida como la muerte son más fáciles para el creyente.
viernes, 2 de noviembre de 2012
El miedo a la muerte
Hoy, tras la fiesta de todos los santos
de ayer, es el día de todos los difuntos. Es decir, de aquellos que ya dejaron
este mundo y todavía no están en el Cielo; porque si ya estuviesen, serían santos, declarados o no. Y este es un
día que nos recuerda la muerte, ese trance por el que todos hemos de pasar; y
del que prácticamente no se puede hablar porque produce cierto terror en toda
la cultura occidental.
¿Qué supone la muerte para los creyentes? Pues para un cristiano, la muerte es el trance mediante el cual se separan temporalmente alma y cuerpo: el cuerpo se pudre aquí en la tierra y el alma se enfrenta a su juicio particular. ¿Por qué habría de darnos tanto miedo este trance a los que esperamos una vida mejor? Por supuesto, existe un miedo fundado a que el trance sea doloroso o traumático; y esto es comprensible. También sería comprensible estar preocupado por lo que les ocurrirá a nuestros seres queridos, si dependen de nosotros para solventar sus necesidades fundamentales. Pero yo observo que el miedo a la muerte persiste aún cuando no se prevean ni dificultades para los deudos ni un trance doloroso. Y llego a la conclusión de que si se esperase llegar a la presencia de Dios y gozar infinitamente de su gloria, el miedo no estaría en absoluto justificado; luego la mayoría de los creyentes tiene miedo a enfrentarse a un juicio del que no saldrán demasiado bien parados. Y esto también es muy comprensible, porque todos tenemos suficientes pecados como para que nos pese –y mucho- verlos todos juntos el día del Juicio.
Quizá, si tuviésemos tan presente la misericordia de Dios como nuestros pecados, el miedo disminuiría mucho; y, sobre todo, debemos tener la firme esperanza de que Dios no dejará condenarse a nadie que realmente quiera unirse a Él, por mucha que sea su debilidad. Eso sí, contemplar la bondad de Dios y nuestra mísera condición y recordar las veces que le hemos dado la espalda, nos puede hacer pasar por un mal trago en el purgatorio; pero siempre tendremos la certeza de que es algo temporal y que nos espera toda una eternidad de felicidad junto a Dios.
¿Qué supone la muerte para los creyentes? Pues para un cristiano, la muerte es el trance mediante el cual se separan temporalmente alma y cuerpo: el cuerpo se pudre aquí en la tierra y el alma se enfrenta a su juicio particular. ¿Por qué habría de darnos tanto miedo este trance a los que esperamos una vida mejor? Por supuesto, existe un miedo fundado a que el trance sea doloroso o traumático; y esto es comprensible. También sería comprensible estar preocupado por lo que les ocurrirá a nuestros seres queridos, si dependen de nosotros para solventar sus necesidades fundamentales. Pero yo observo que el miedo a la muerte persiste aún cuando no se prevean ni dificultades para los deudos ni un trance doloroso. Y llego a la conclusión de que si se esperase llegar a la presencia de Dios y gozar infinitamente de su gloria, el miedo no estaría en absoluto justificado; luego la mayoría de los creyentes tiene miedo a enfrentarse a un juicio del que no saldrán demasiado bien parados. Y esto también es muy comprensible, porque todos tenemos suficientes pecados como para que nos pese –y mucho- verlos todos juntos el día del Juicio.
Quizá, si tuviésemos tan presente la misericordia de Dios como nuestros pecados, el miedo disminuiría mucho; y, sobre todo, debemos tener la firme esperanza de que Dios no dejará condenarse a nadie que realmente quiera unirse a Él, por mucha que sea su debilidad. Eso sí, contemplar la bondad de Dios y nuestra mísera condición y recordar las veces que le hemos dado la espalda, nos puede hacer pasar por un mal trago en el purgatorio; pero siempre tendremos la certeza de que es algo temporal y que nos espera toda una eternidad de felicidad junto a Dios.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
La muerte
En la entrada anterior hablábamos del miedo al "fin del mundo". Por supuesto, sonó como algo apocalíptico y lejano. Pero si en vez de hablar del fin del mundo en general hablásemos de nuestro propio fin, entonces ya es algo que nos suena mucho más cercano y cierto.
Creo que se le puede aplicar lo mismo que allí dijimos. La muerte, como todo lo desconocido, puede generar temor; pero no es el mismo temor el del justo que el de quien tiene que rendir unas cuentas que no le cuadran: ¿y si estaba equivocado y sí existe un Dios que me ama infinitamente y a quien yo he ignorado?; ¿y si lo que realmente valía la pena no era mi placer, sino mi amor manifestado por mi sufrimiento?
Lo que nos tiene que preocupar no es la llegada de lo desconocido, el trance en sí mismo, ni el dolor que pueda conllevar. Lo que nos tiene que preocupar es evitar el chasco de encontrarnos con quien nos ama y haberle rechazado, para siempre, para siempre...
Para el cristiano que ha querido amar a su buen padre Dios, la muerte no es más que la operación quirúrgica que por fin le libera de todos sus dolores e incomodidades: despertarse de la anestesia ya en casa -el Paraíso-, o tras un mal post-operatorio -el purgatorio-, pero curados para siempre, para siempre...
Así visto: ¿quién no querría operarse cuanto antes?
Creo que se le puede aplicar lo mismo que allí dijimos. La muerte, como todo lo desconocido, puede generar temor; pero no es el mismo temor el del justo que el de quien tiene que rendir unas cuentas que no le cuadran: ¿y si estaba equivocado y sí existe un Dios que me ama infinitamente y a quien yo he ignorado?; ¿y si lo que realmente valía la pena no era mi placer, sino mi amor manifestado por mi sufrimiento?
Lo que nos tiene que preocupar no es la llegada de lo desconocido, el trance en sí mismo, ni el dolor que pueda conllevar. Lo que nos tiene que preocupar es evitar el chasco de encontrarnos con quien nos ama y haberle rechazado, para siempre, para siempre...
Para el cristiano que ha querido amar a su buen padre Dios, la muerte no es más que la operación quirúrgica que por fin le libera de todos sus dolores e incomodidades: despertarse de la anestesia ya en casa -el Paraíso-, o tras un mal post-operatorio -el purgatorio-, pero curados para siempre, para siempre...
Así visto: ¿quién no querría operarse cuanto antes?
lunes, 28 de diciembre de 2009
La venida del Reino
Es habitual el miedo -incluso entre cristianos piadosos- a la llegada del Reino de Dios a la Tierra, debido a la idea de que éste llegará con sufrimiento. Este temor está generalizado, quizá por una interpretación demasiado literal del Apocalipsis.
Evidentemente, la venida de Cristo para juzgar a vivos y muertos producirá una modificación de las leyes de la naturaleza a las que estamos acostumbrados; y es este cambio -esta inseguridad- la que producirá miedo incluso entre los justos. Pero muy distinta debe ser la actitud de unos y otros: los justos deben superar el miedo al comprobar que todo está controlado por quien nos ama; los pecadores experimentarán terror al comprobar sus errores, que han malgastado sus vidas y que ahora tendrán que rendir cuentas. E imagino que este miedo al Juicio será bastante mayor que el provocado por los fenómenos naturales producidos por la alteración de las leyes ordinarias.
Esto es en esencia lo que nos viene a decir el Apocalipsis: el Malo tratará de aprovechar el miedo para ganar la batalla definitiva entre los que duden; quizá provoque sufrimiento entre los justos en una última tentativa de ganárselos; pero a la postre, será vencido y se instaurará el Reino de Dios, algo que imagino similar a la situación del Paraíso previa al primer pecado.
Personalmente, me encantaría que esto sucediese hoy mismo. Ya sé que me va a suponer un susto inmenso; pero la perspectiva es tan maravillosa, que lo estoy deseando. Y esto no es masoquismo, no. Imaginemos que a un enfermo crónico y con constantes incomodidades se le ofreciese la posibilidad de operarse y curarse para siempre: ¿rechazaría la operación por miedo al dolor que ésta le pueda producir? Tengo certeza de que, por el contrario, estaría deseando operarse y acabar de una vez con sus problemas.
Venga a nosotros tu Reino, Señor; y venga cuanto antes.
Evidentemente, la venida de Cristo para juzgar a vivos y muertos producirá una modificación de las leyes de la naturaleza a las que estamos acostumbrados; y es este cambio -esta inseguridad- la que producirá miedo incluso entre los justos. Pero muy distinta debe ser la actitud de unos y otros: los justos deben superar el miedo al comprobar que todo está controlado por quien nos ama; los pecadores experimentarán terror al comprobar sus errores, que han malgastado sus vidas y que ahora tendrán que rendir cuentas. E imagino que este miedo al Juicio será bastante mayor que el provocado por los fenómenos naturales producidos por la alteración de las leyes ordinarias.
Esto es en esencia lo que nos viene a decir el Apocalipsis: el Malo tratará de aprovechar el miedo para ganar la batalla definitiva entre los que duden; quizá provoque sufrimiento entre los justos en una última tentativa de ganárselos; pero a la postre, será vencido y se instaurará el Reino de Dios, algo que imagino similar a la situación del Paraíso previa al primer pecado.
Personalmente, me encantaría que esto sucediese hoy mismo. Ya sé que me va a suponer un susto inmenso; pero la perspectiva es tan maravillosa, que lo estoy deseando. Y esto no es masoquismo, no. Imaginemos que a un enfermo crónico y con constantes incomodidades se le ofreciese la posibilidad de operarse y curarse para siempre: ¿rechazaría la operación por miedo al dolor que ésta le pueda producir? Tengo certeza de que, por el contrario, estaría deseando operarse y acabar de una vez con sus problemas.
Venga a nosotros tu Reino, Señor; y venga cuanto antes.
domingo, 28 de junio de 2009
¿Justicia o misericordia?
Desde siempre los cristianos nos hemos planteado como contrapuestas estas dos cualidades de Dios: es tanto infinitamente justo como infinitamente misericordioso; no acertamos a entender cómo se pueden compaginar.
Creo que he resuelto el misterio: la misericordia de Dios es su justicia impartida con las razones de su corazón. En Dios la justicia es igual a la misericordia. Si nosotros las distinguimos es porque utilizamos nuestra razón humana para impartir justicia; y utilizamos nuestro amor -la razón emocional- para obrar con misericordia. Pero Dios es uno y simple: siempre actúa con todo su ser, que es amor. En Él, justicia y misericordia son lo mismo, pero con parámetros distintos de los humanos. Nosotros sólo podemos entender la justicia como el veredicto alcanzado en función de los actos probados, la norma que los regula y la interpretación lógica que de todo esto haga el juez. No es un reproche, ya que no podríamos establecer un sistema judicial basado en nuestra razón emocional, que es intuitiva, no explicable ni transmisible; y que sólo el amor entiende.
Iré un poco más lejos. Por supuesto, es la razón emocional la que esta más cerca de la fe. Es más, fe y razón se contraponen como modo de conocimiento: no es que la fe nos haga creer cosas irracionales, sino que -por definición- no se puede alcanzar la fe por la simple razón. La fe nos ha de ser revelada para poder ser admitida por nosotros. La fe entra por el corazón y no por la cabeza: depende más de la intuición que de los sentidos.
Y lo mismo ocurre con nuestro conocimiento de Dios: sólo por la fe y la intuición podremos aproximarnos un poco a su naturaleza. La razón no es mala; pero sólo es un instrumento que Dios nos da para que entendamos y dominemos la creación. No podemos pretender utilizar ese mismo instrumento para entender y dominar al mismo Dios que nos lo ha dado. Nuestra única relación con Dios pasa por la fe; sólo con mucha humildad podemos utilizar la razón y la ciencia, para ampliar el conocimiento de Dios que se nos da por la revelación; pero sin esa humildad, el resultado es el contrario del que buscamos: la razón soberbia nos separará de Dios.
El ejemplo más claro que tenemos es la Eucaristía: sin fe humilde no se entiende este misterio. Pretender comprenderlo con la razón sería como si un ordenador quisiese entender y compartir nuestros sentimientos humanos con su programación de bits positivos y negativos.
Si queremos entender a Dios, deberemos atenernos a lo que nos ha revelado sobre sí mismo; y utilizar con mucha humildad los medios que ha puesto a nuestro alcance: fe y amor.
Creo que he resuelto el misterio: la misericordia de Dios es su justicia impartida con las razones de su corazón. En Dios la justicia es igual a la misericordia. Si nosotros las distinguimos es porque utilizamos nuestra razón humana para impartir justicia; y utilizamos nuestro amor -la razón emocional- para obrar con misericordia. Pero Dios es uno y simple: siempre actúa con todo su ser, que es amor. En Él, justicia y misericordia son lo mismo, pero con parámetros distintos de los humanos. Nosotros sólo podemos entender la justicia como el veredicto alcanzado en función de los actos probados, la norma que los regula y la interpretación lógica que de todo esto haga el juez. No es un reproche, ya que no podríamos establecer un sistema judicial basado en nuestra razón emocional, que es intuitiva, no explicable ni transmisible; y que sólo el amor entiende.
Iré un poco más lejos. Por supuesto, es la razón emocional la que esta más cerca de la fe. Es más, fe y razón se contraponen como modo de conocimiento: no es que la fe nos haga creer cosas irracionales, sino que -por definición- no se puede alcanzar la fe por la simple razón. La fe nos ha de ser revelada para poder ser admitida por nosotros. La fe entra por el corazón y no por la cabeza: depende más de la intuición que de los sentidos.
Y lo mismo ocurre con nuestro conocimiento de Dios: sólo por la fe y la intuición podremos aproximarnos un poco a su naturaleza. La razón no es mala; pero sólo es un instrumento que Dios nos da para que entendamos y dominemos la creación. No podemos pretender utilizar ese mismo instrumento para entender y dominar al mismo Dios que nos lo ha dado. Nuestra única relación con Dios pasa por la fe; sólo con mucha humildad podemos utilizar la razón y la ciencia, para ampliar el conocimiento de Dios que se nos da por la revelación; pero sin esa humildad, el resultado es el contrario del que buscamos: la razón soberbia nos separará de Dios.
El ejemplo más claro que tenemos es la Eucaristía: sin fe humilde no se entiende este misterio. Pretender comprenderlo con la razón sería como si un ordenador quisiese entender y compartir nuestros sentimientos humanos con su programación de bits positivos y negativos.
Si queremos entender a Dios, deberemos atenernos a lo que nos ha revelado sobre sí mismo; y utilizar con mucha humildad los medios que ha puesto a nuestro alcance: fe y amor.
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