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lunes, 19 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones (III)

Siguiendo con el tema del mal, veamos ahora el punto de vista de los que, además de creer en un Dios padre y providente, siguen sus normas.

Esta entrada se dirige a quienes tienen fe práctica, es decir, tratan de vivir su fe con coherencia; y asumen realmente el mensaje evangélico. En este caso, el mal, ya sea el físico o el moral, se afronta de otra forma, con una visión superior y trascendente, que hace que, esos hechos que son negativos en sí mismos, se puedan observar como etapas superables, como un paso hacia un final óptimo. Cuando realmente se piensa que esta etapa temporal es cortísima, comparada con la eterna, que existe un cielo en el que gozaremos de forma indescriptible y contemplaremos y conoceremos a Dios mismo, las contrariedades de la vida se afrontan con mucha menos gravedad.

Este planteamiento no es fácil, ya que el dolor, las tragedias, la pérdida de un ser querido, afectan a nuestro cuerpo y, también a nuestra alma; pero, pasado el primer momento de desconcierto, puede verse que el ser querido "está mejor en la otra vida de lo que lo estaba en esta", y también se puede ofrecer el dolor por una causa noble. En todo caso, esta superación solo puede conseguirse con la gracia de Dios. Y ayuda mucho el vivir el resto de las normas que nos propone el Evangelio, empezando por las bienaventuranzas. Si ponemos nuestra esperanza en los bienes materiales o en el bienestar personal, los reveses de la vida nos hundirán en el abismo.

Pero, en este tercer supuesto, también se pone de manifiesto que la culpa por no entender el misterio del mal en el mundo es nuestra, no de Dios, que nos da los instrumentos para entenderlo y sobrellevarlo; y quizá nosotros no los utilizamos con la intensidad que debiéramos.

martes, 13 de octubre de 2026

El mal en el mundo: tres visiones (II)

Siguiendo con el mal en el mundo, veamos ahora el segundo punto de vista con el que puede afrontarse. 

Debemos contemplar ahora el punto de vista de aquellos que sí creen en un Dios creador y preocupado por sus criaturas —fundamentalmente los judeocristianos y los islamistas—. A estos es a los que los escandaliza que, siendo Dios padre y bueno, consienta que exista ese mal en el mundo. En este caso, la explicación es más complicada; pero posible. 

Como ya dijimos, el mal no existe, sino que es ausencia de bien, tanto el mal material como el moral. Dios crea al hombre libre, porque es lo óptimo, lo que le permite hacer el bien y amar, aunque esto tenga también consecuencias colaterales desagradables: la libertad le permite odiar y hacer el mal. Dios nos crea así, con una garantía finalista, que no nos asegura el bien en cada momento de nuestra vida, sino al final, proporcionándonos la gloria eterna: al final todo termina bien; y si no ha terminado bien es que todavía no era el final. Ante los reveses de la vida, esto resulta duro de sobrellevar; pero Dios sabe que esta forma de vida humana es la más perfecta que podía "diseñar", aunque tenga sus sombras.

La cuestión es que el plan de Dios —que no es ni aleatorio ni casual, como la supuesta evolución de la naturaleza— tiene sus normas que debemos cumplir para llegar a ese buen fin y se puedan afrontar las "sombras" de la vida. Aquellos que, creyendo en la dimensión espiritual del hombre, pero no siguiendo las normas divinas —el reglamento de instrucciones de nuestra vida—, se enfrentan con el mal moral o físico sin los recursos para poder sobrellevarlo; y no pueden comprenderlo y acaban culpando a Dios de lo que les ocurre. Esperan que Dios lo arregle todo milagrosamente, sin caer en la cuenta de que habitualmente el mal lo provoca el hombre con su libertad; y de que Dios nos ha proporcionado los medios para superarlo, si siguiésemos sus indicaciones. En realidad, la culpa de no entender la existencia del mal y de no saber cómo afrontarlo, no es de Dios Padre, sino nuestra por no haber seguido correctamente el designio de Dios y no haber tenido la visión sobrenatural, la esperanza en la felicidad final, que se nos exige como hijos suyos.

Con respecto al mal material, las catástrofes naturales, el sufrimiento humano, el problema es el mismo: el corto punto de vista de los creyentes pero no practicantes. Sin la visión sobrenatural, se considera que cada suceso catastrófico termina en sí mismo, en vez de verlo en el largo plazo, en ese final que Dios promete; y que nos permitiría comprender que las contrariedades de la vida son escollos de un magnífico camino que nos conduce a la felicidad.

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Pedro: ¿me amas más que estos?

En una canción del grupo musical católico Hakuna se dice algo así como: ¿qué viste en mí?, que a pesar de mis pecados todavía dices que me amas...

Esto me ha hecho pensar: ¿Dios nos ama a pesar de nuestros pecados?, o, más bien, nos ama precisamente por ellos. Antes de que alguien se escandalice, me explico.

Dios nos ha creado libres y débiles, tanto que frecuentemente -al menos yo-, caemos en el pecado. Pero quizá es esto lo que Dios aprecia de nosotros -en realidad, lo único que puede apreciar, puesto que todo lo demás nos lo ha dado Él-. Aprecia que, a pesar de nuestra debilidad y torpeza, todavía queramos permanecer junto a Él.

El título de esta entrada hace referencia al pasaje en el que Cristo, ya resucitado, confirma a Pedro en el primado de la Iglesia (Juan, 21, 15-19). Pero no se limita a decírselo, sino que antes quiere recordarle su triple traición, cometida mientras Él está preso y siendo juzgado. Le recuerda que esa traición se produce justo después de que Pedro, fanfarrón, le asegure que daría su vida por Él. Por esto, le hace la triple pregunta: Pedro: ¿me amas más que estos? Cristo le está diciendo que conoce su debilidad, su impulsividad vana para ofrecer la vida y luego acobardarse; y lo hace justo antes de confirmarlo en el primado. Es como si le quisiese decir: "te conozco, sé que me has defraudado, pero, a pesar de esto que he visto en ti, te amo más de lo que tú me amas; y confío en ti".

Quizá Dios nos ama porque pecamos...; pero, como Pedro, confiamos en que Él nos siga amando y, por eso, queremos seguir a su lado. Es una idea que me suscita mucha esperanza, porque, de lo contrario... ¿qué sería de mí?