Siguiendo con el mal en el mundo, veamos ahora el segundo punto de vista con el que puede afrontarse.
Debemos contemplar ahora el punto de vista de aquellos que sí creen en un Dios creador y preocupado por sus criaturas —fundamentalmente los judeocristianos y los islamistas—. A estos es a los que los escandaliza que, siendo Dios padre y bueno, consienta que exista ese mal en el mundo. En este caso, la explicación es más complicada; pero posible.
Como ya dijimos, el mal no existe, sino que es ausencia de bien, tanto el mal material como el moral. Dios crea al hombre libre, porque es lo óptimo, lo que le permite hacer el bien y amar, aunque esto tenga también consecuencias colaterales desagradables: la libertad le permite odiar y hacer el mal. Dios nos crea así, con una garantía finalista, que no nos asegura el bien en cada momento de nuestra vida, sino al final, proporcionándonos la gloria eterna: al final todo termina bien; y si no ha terminado bien es que todavía no era el final. Ante los reveses de la vida, esto resulta duro de sobrellevar; pero Dios sabe que esta forma de vida humana es la más perfecta que podía "diseñar", aunque tenga sus sombras.
La cuestión es que el plan de Dios —que no es ni aleatorio ni casual, como la supuesta evolución de la naturaleza— tiene sus normas que debemos cumplir para llegar a ese buen fin y se puedan afrontar las "sombras" de la vida. Aquellos que, creyendo en la dimensión espiritual del hombre, pero no siguiendo las normas divinas —el reglamento de instrucciones de nuestra vida—, se enfrentan con el mal moral o físico sin los recursos para poder sobrellevarlo; y no pueden comprenderlo y acaban culpando a Dios de lo que les ocurre. Esperan que Dios lo arregle todo milagrosamente, sin caer en la cuenta de que habitualmente el mal lo provoca el hombre con su libertad; y de que Dios nos ha proporcionado los medios para superarlo, si siguiésemos sus indicaciones. En realidad, la culpa de no entender la existencia del mal y de no saber cómo afrontarlo, no es de Dios Padre, sino nuestra por no haber seguido correctamente el designio de Dios y no haber tenido la visión sobrenatural, la esperanza en la felicidad final, que se nos exige como hijos suyos.
Con respecto al mal material, las catástrofes naturales, el sufrimiento humano, el problema es el mismo: el corto punto de vista de los creyentes pero no practicantes. Sin la visión sobrenatural, se considera que cada suceso catastrófico termina en sí mismo, en vez de verlo en el largo plazo, en ese final que Dios promete; y que nos permitiría comprender que las contrariedades de la vida son escollos de un magnífico camino que nos conduce a la felicidad.
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