Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Esto es lo que habitualmente se llama "vocación". En realidad, al hombre le resulta imposible cumplir ese plan a la perfección. La única que lo logró fue la Virgen María, concebida sin pecado. Ella cumplió la voluntad de Dios exactamente como Él quería que se hiciese; y no fue precisamente una vocación fácil la de ser madre del Mesías, que acabaría entregando su vida en una cruz. Algunos, los santos, con bastante fidelidad al plan. Otros, con importantes desviaciones, aunque siempre volvamos al camino. Los más díscolos se alejan definitivamente de la senda, al menos, durante una larga temporada de sus vidas. Y los demás, en el mejor de los casos, hacemos lo que podemos.
El plan de Dios, aunque nos pueda parecer arduo, es el mejor de los planes para cada uno; por supuesto, mucho mejor que el que nosotros nos trazamos. El problema es que carecemos de una visión lo suficientemente amplia como para constatarlo. Imaginemos que a uno de los leones del zoo se le ha perdonado la cautividad y se ha decidido devolverlo a su hábitat natural, en la sabana africana. Lo primero que harán será meterlo en una jaula bastante cerrada, para transportarlo por carretera y, después, por barco, hasta su destino. El animal pensará que se le está privando de la escasa libertad que tenía en el zoo; y, seguramente, su comodidad y su alimentación durante el trayecto serán mucho peores que allí. Incluso puede temerse que acabará en algún matadero y que sus días tocan a su fin. Solo al llegar descubrirá que se le ha concedido el paraíso. Todos los planes de fuga que hubiese trazado durante el cautiverio se habrían revelado contraproducentes, pues nunca lo hubiesen permitido volver a la sabana africana.
Algo así nos ocurre durante la vida: hacemos planes suponiendo que conocemos nuestro futuro, cuando la realidad es que solo Dios lo conoce y puede diseñar la ruta para alcanzarlo. En el caso de los santos, estos se han fiado del plan de Dios, a veces por caminos tortuosos, y han alcanzado el final feliz. Los demás, nos quejamos de las incomodidades y sacrificios, ignorando que son el precio para alcanzar una maravillosa meta.