Se comenta con frecuencia la diferente actitud que Dios muestra en el Antiguo con respecto al Nuevo Testamento. En aquel, Dios aparece como más justiciero y vengador, inflamado de ira cada vez que el hombre se desvía de sus caminos; lo que ocurre con demasiada frecuencia. Por el contrario, Cristo nos muestra un Dios Padre, que cuida de sus criaturas y que está pronto al perdón y la misericordia. Esto es así, basta con leer la Biblia para comprobarlo; pero, quizá, deberíamos matizarlo y tratar de encontrar la razón de esa diferente actitud.
En el Antiguo Testamento, Dios ha creado al hombre y este no hace sino desviarse de su camino, empezando por Adán y Eva (Dios ya "fracasa" con sus primeras criaturas libres), pasando por los hombres de la época de Noe o el episodio de Babel. Cuando se elije un pueblo, Israel, este le falla constantemente; y, casi siempre sus reyes también fallan (empezando por los tres primeros: Saúl, David y Salomón, sus elegidos personalmente). Al parecer, la ira de Dios está más que justificada, aunque ahora, tras el mensaje evangélico, nos asombre. Hay que mencionar que Dios, en varias ocasiones, establece alianzas con sus escogidos. Son pactos que deben cumplir ambas partes. Dios es fiel siempre a su promesa; y los hombres (con la única excepción de Abraham) siempre son infieles. Por lo tanto, es justo que el incumplimiento del pacto tenga sus consecuencias. Dios es quien da la vida, por lo que el hecho de quitarla (y en el Antiguo Testamento hay muchas muertes) no es sino la consecuencia de que esa vida se haya desviado del camino de Dios. No obstante, en el Antiguo Testamento, Dios también perdona siempre a la humanidad, aunque no lo haga a ciertas personas concretas. Si no hubiese sido así, esa humanidad no habría perdurado hasta la venida de Cristo.
En el Nuevo Testamento, el planteamiento es distinto: es Dios el que se ha hecho hombre, precisamente para redimir a la humanidad. Desde ese momento, la dignidad del hombre como tal se eleva hasta el punto de que hay una naturaleza humana incardinada en la Trinidad: la del Hijo. Una vez redimido, y a tan alto precio, Dios quiere que el hombre le siga. Ya no hay pacto, sino que la predilección de Dios por el hombre ha sido "comprada" por el Hijo, y el hombre disfruta "gratis" (sin contrapartida por su parte) de ella. Además, Dios quiere que la vida de cada hombre sirva para amarlo a Él y al prójimo; por esto, prefiere mantener las vidas desviadas, con esta esperanza del cambio; antes que suprimirla, aunque este sería su derecho como Creador.
Evidentemente, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento es el mismo; pero su actitud es diferente después de que un Dios-Hombre, al que el Padre ama como Hijo, ha redimido a la humanidad. Y el Espíritu participa de ese amor, tratando de mantener al hombre en la senda correcta, con sus inspiraciones.
Y, aun así, a pesar de la infinita misericordia de Dios, el hombre continúa desviándose.
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