Vimos que los santos se acercan bastante al plan de Dios y que alcanzan ese final feliz que Él preparó para todos.
Pero ¿qué ocurre con los demás?, los que somos pecadores que nos desviamos constantemente del rumbo marcado por Dios. Pues permitidme una comparación muy burda, pero que nos puede servir para entenderlo. En estos casos, con los que desviamos el rumbo, Dios actúa como los navegadores de los automóviles a los que les solicitamos la ruta para llegar a determinado lugar. Al partir, le indicamos al navegador el lugar al que pretendemos llegar y este nos muestra la mejor ruta. Esto hace Dios cuando se revela a la humanidad o nos transmite el mensaje evangélico. Además, en particular, nos muestra nuestra vocación: y esta será la mejor ruta para alcanzar la felicidad, aquí en la Tierra, y, después, eternamente en el cielo.
A lo largo del camino, con frecuencia, nos saltamos un desvío o preferimos otra ruta más cómoda. Entonces, el navegador, inmediatamente, nos buscan otra ruta que nos siga llevando a nuestro destino. Y así ocurrirá cada vez que haga falta. A veces, nos obligará a retroceder y retomar la ruta anterior, porque no hay otro modo de llegar; o quizá porque las demás rutas son demasiado largas o peligrosas.
La actuación de Dios es similar: si abandonamos el rumbo correcto, no nos deja a nuestro albur, sino que adapta su plan y nos conduce por otro, peor, pero también eficaz, para que alcancemos el fin: la eterna felicidad. Resulta llamativo que Dios sea quien tiene que adaptarse a los vaivenes de las criaturas; pero esto es consecuencia de su amor: se niega a abandonarnos mientras el cambio sea posible. Un ejemplo dramático es el destino final de Judas Iscariote: Cristo le dio oportunidades de arrepentimiento hasta el último momento.
No obstante, aunque sigamos la ruta que Dios nos vaya marcando, hay varias formas de recorrerla: podemos ir por el carril de la izquierda, muy rápido, a veces, demasiado rápido, poniéndonos en peligro; o por el carril de la derecha, muy lentos, alargando la ruta más de lo necesario. También debemos fijarnos en las señales de la carretera, para comprobar si seguimos en la ruta correcta o debemos desviarnos; y respetando las indicaciones o ignorándolas. Quizá conduzcamos a nuestro aire, de modo que estorbemos a los demás, pensando solo en nuestra ruta; o, por el contrario, respetando la circulación, incluso cambiándonos de carril para facilitar la incorporación de otro que llega o que quiere adelantarnos.
En cualquier caso, nuestro Divino Navegador, seguirá haciéndonos las indicaciones oportunas para que lleguemos a nuestro destino; solo hace falta que no seamos demasiado tozudos para ignorarlas. Y siempre hay un camino de vuelta hacia su ruta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario