domingo, 19 de abril de 2026

El valor de la vida

La mentalidad moderna tiende a igualar todo tipo de vida, desde la vegetal (los ecologistas), hasta la animal y la humana, negando así cualquier atisbo de trascendencia en el hombre. Esto podría ser lógico en una sociedad influenciada por el racionalismo extremo y el cientificismo, que niegan la dimensión espiritual del hombre. Pero incluso los más escépticos deberían reconocer que en el hombre se produce algo que no existe en los demás seres vivos; y esto es lo que, a mi juicio, le da a la vida humana un valor exponencialmente mayor que cualquier otro tipo de vida: la capacidad de amar y ser amado. Sospecho que hasta el más ateo de los hombres ha amado algo alguna vez en su vida; y, con toda seguridad, ha ansiado ser amado por otro o ha gozado con dicho amor.

Los vegetales deben ser cuidados como parte de la naturaleza; pero creo que pocos sentimientos pueden despertarnos. Con respecto a los animales, se puede decir lo mismo, aunque los de compañía, las mascotas, sí que nos suscitan ciertos sentimientos: llegamos a querer a ese ser al que cuidamos y nos recibe alegre cuando volvemos a casa. Pero esto solo indica que ese animal es susceptible de ser amado; aunque nunca podrá llegar a amar, porque el amor es un acto de la voluntad, y los animales no tienen voluntad sino instinto. Su vida, por tanto, debe ser respetada e intentar evitarle cualquier sufrimiento; pero el valor de esa vida nunca podrá ser comparable al valor de la vida de un ser humano.

Esta es la razón (es decir: razonable y lógica), por la que los cristianos nos oponemos al aborto y a la eutanasia. No es un simple postulado moral que afecte a nuestra religión. Es que tanto el aborto como la eutanasia son la negación de esa capacidad especial del hombre: amar y ser amado. Cuando se mata un feto se le está negando que llegue a amar; pero, sobre todo, se está manifestando que no se le ama. Y lo mismo ocurre con aquellos que pasan por una situación tal que, a su entender, no merece la pena seguir viviendo. Siempre merece la pena ser capaz de amar y de ser amado, cualquiera que sean las circunstancias de esa vida. El que se niega a continuar su vida, también se niega a amar y a dejarse amar. Es muy duro lo que voy a decir; pero la eutanasia es, a mi parecer, un acto de egoísmo, entendido este como el rechazo del amor.

El aborto y la eutanasia son el fracaso del amor, tanto por activa como por pasiva.

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