Como aficionado a la astronomía, me gusta contemplar el firmamento en las noches despejadas para admirar todos esos astros que brillar allá arriba; y que son prueba irrefutable de la grandeza de la creación y de la insignificancia, desde el punto de vista material, del ser humano. Lo maravilloso es que esa insignificancia material haya sido elevada al más alto grado de trascendencia espiritual, habiéndonos hecho hijos del Creador; y herederos de su gloria.
A veces, cuando trato de fijarme en alguna nebulosa o galaxia, parece como que desaparece de mi vista. Si la miro directamente no logro enfocarla, pero si lo hago como de reojo, entonces veo esa mancha blanquecina, que se comporta como si fuese tímida.
Algo parecido ocurre con esos conceptos que, si no nos empeñamos en definirlos, aparecen claros al entendimiento. Todos sabemos qué es el amor, o la vida o la gravedad...; pero parece que se desdibujan si tratamos de estudiarlos y definirlos. Por lo menos a mí, me ocurre lo mismo con la fe: la vivo como si fuese una certeza; pero cuando trato de escrutarla, aparecen las dudas. Esto le ha ocurrido también a la Humanidad durante toda su historia. El hombre ha sentido la trascendencia de su vida y ha rendido culto a seres superiores y ha honrado a sus difuntos, con la certeza de que, de alguna forma, siguen existiendo. Pero cuando los eruditos han querido estudiar esa fe, no han sabido demostrarla desde un punto de vista "humano" o material; y, entonces, muchos decidieron que, si no se veía claro se debía a que esa fe era un error, un invento de la imaginación... Como cuando a mí se me desdibuja la imagen de una nebulosa; pero ahí sique estando, tímida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario