Estamos comenzando un nuevo año y esto me ha sugerido repasar el comienzo del Evangelio de San Juan, en el que hace una especie de resumen inicial de lo que supone la llegada de Jesucristo a la Tierra, que es lo que acabamos de conmemorar esta pasada Navidad.
El Evangelio de San Juan es distinto del de los otros tres evangelistas, llamados sinópticos, porque éstos se limitan a narrar acontecimientos, sin dar más explicaciones. Por el contrario, Juan trata de interpretar estos hechos y, sobre todo, incluye la oración sacerdotal de Cristo en su capítulo 17. Pero volvamos a su comienzo:
1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Éste era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Lo primero que hace Juan es reconocer la divinidad de Jesucristo y su unicidad con Dios desde el principio. Este hecho es el que otorga a Cristo autoridad para ser "vida" y "luz" de los hombres. Por supuesto, no se trata de la vida biológica (que comparten otros seres vegetales y animales), ni de la luz como energía, que fue lo primero creado por Dios, sino de la Vida que otorga una existencia permanente tanto en la dimensión material como en la espiritual; y la Luz de Cristo, que es la que ilumina nuestro entendimiento y nos revela la verdad sobre Dios y nuestra realidad humana. Y a esto Juan lo llama el Verbo, la Palabra de Dios, la revelación... Durante todo el Antiguo Testamento se han ido revelando al pueblo de Israel determinados aspectos sobre Dios: que es el Creador y único Señor de la humanidad; pero, fundamentalmente, se le han indicado leyes y normas que, como pueblo, debe guardar. Pero la llegada de Jesucristo supone la revelación de Dios como Padre y de su relación con los hombres, disipa esas "tinieblas" que hasta entonces velaban la naturaleza divina y la humana. Además, sustituye la Ley impuesta al pueblo de Israel por una nueva forma de comportamiento (las bienaventuranzas..., el "se os dijo..., pero yo os digo...") que ya es aplicable a "todos los pueblos". Se podría decir que es el momento en el que Dios (la Trinidad) se involucra de lleno en la Historia de la humanidad... de TODA la humanidad, y no solo del pueblo escogido.
Después de la Creación, la encarnación del Verbo de Dios es el hecho más trascendente de la historia de la evolución: la vinculación de la dimensión espiritual y eterna con la material e histórica. Esto sí que fue una "singularidad cósmica", como lo podrían llamar los astrónomos, que produjo no solo efectos evolutivos materiales, sino también espirituales, porque permitió que, en definitiva, "el misterio del hombre" ya quedará desvelado.