jueves, 9 de abril de 2026

Camino de Emaús

Este es uno de mis pasajes favoritos: cuando Cristo resucitado se aparece a los dos discípulos que entristecidos se vuelven desde Jerusalén al pueblo de Emaús. Entre otros motivos, me gusta porque revela cierto sentido del humor de Jesucristo, al no descubrirse hasta el final, y el cariño que quiere demostrar a los que ve alicaídos. Pero lo que quiero resaltar en esta entrada es que la iniciativa siempre es de Jesucristo, de Dios .

Él se une por el camino a los dos discípulos y les va explicando las escrituras. Ellos no solo no entienden lo que les dice es que ¡ni siquiera lo reconocen! Solo cuando Cristo decide revelarles su identidad, ya en la casa, partiendo el pan, es cuando lo reconocen y recuerdan la sensación que tuvieron mientras estuvo con ellos: "se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el  camino, cuando nos abría las Escrituras?" (Lucas 24:32).

A veces, ante la evidencia, tampoco comprendemos. Lo dice el salmo 19: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos". Pero nosotros preferimos decir que toda esa maravilla se ha creado por casualidad, evolucionando desde algo que no sabemos definir. En algún momento, Dios decide abrirnos los ojos, mostrarnos sus obras y otorgarnos la fe; y, entonces, lo vemos claro, todo cuadra y nuestro corazón arde de alegría por el descubrimiento.

Lo mismo ocurre con el mensaje evangélico: es algo maravilloso. Los judíos pudieron contemplar milagros asombrosos; pero muchos no ven ni entienden, no reconocen a Jesucristo. Al parecer, solo los sencillos tienen la mente suficientemente abierta como para reconocerlo... Y, en nuestros días, ocurre lo mismo: solo el encuentro con Cristo, a iniciativa de Él, nos permite conocerlo, creerle y acabar amándolo.

La fe cristiana es razonable; pero solo con la razón no se alcanza: necesitamos que Cristo se nos muestre.