Seguimos con este asunto de la colaboración que Dios necesita del hombre para poder intervenir en el mundo.
Precisamente, me encuentro que hoy el Evangelio de la misa se refiere a la multiplicación de los panes y los peces. La ocasión en la que las multitudes están hambrientas y Jesucristo siente pena por ellos. Los discípulos le advierten de que debe despedir a la gente para que puedan comprar alimentos. Él, como en tantas ocasiones, les replica con una afirmación que, aparentemente, no tiene sentido alguno: "dadles vosotros de comer". Ellos, que no tienen nada, y ni siquiera el dinero de la bolsa sería suficiente para comprar pan para tanta gente, le informan de que un muchacho tiene ¡cinco panes y dos peces! Es su manera de hacerle ver a Jesús que ellos nada pueden hacer para dar de comer a cinco mil personas; y que, definitivamente, debe despedirlos. Desde el punto de vista humano, su postura es correcta.
Jesús, para asombrarlos y mostrarles su inmenso poder, podría haber hecho aparecer panes milagrosamente -o hacer llover maná, como en el desierto-; pero Él pretende no solo dar de comer a la gente, sino que, también, quiere dar una lección a sus discípulos.
Les ha dicho que ellos den de comer a la gente, y así va a ser. Pero, antes, quiere que el hombre ponga de su parte todo lo que pueda: cinco panes y dos peces. se trata de ese "casi nada" que el hombre debe aportar siempre para que Dios ponga su "casi todo". En concreto, el muchacho pone un uno por mil y Jesús multiplica esos cinco panes por otros mil. Aun así, quiere que su intervención pase inadvertida: los discípulos van distribuyendo a la gente lo multiplicado y todos acaban comiendo; no de la mano de Dios, sino de la de otros hombres. Es así, porque Dios siempre recaba la colaboración humana, incluso cuando lo hace Él todo.
Esa multiplicación, que se repetirá otra vez, ¿es la única manera en la que Dios alimenta milagrosamente al hombre? Cuando el sembrador se limita a enterrar una pequeña semilla y, tras un proceso asombroso (¿milagroso?), aparece una espiga con treinta, sesenta o cien granos. ¿Es el hombre el que lo ha hecho? No, fue Dios mismo, al diseñar su creación y permitir que evolucionasen las plantas y los animales que, finalmente, alimentarán al hombre. Siempre es Dios la causa de todo; los que llamamos milagros no son sino ocasiones en las que Él actúa más directamente; en todo lo demás, requiere la intervención humana; pero no dejan de ser milagros.
Evidentemente, Dios lo podría hacer todo prescindiendo de la colaboración humana, porque ¡ya lo ha creado! Pero, cuando decidió crear al hombre a "su imagen y semejanza", quiso también se asemejase en eso de "crear"; y le ordenó "henchid y dominad la tierra". Y eso debemos hacer: colaborar en lo que nos sea posible.
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