viernes, 18 de septiembre de 2026

Sufrimiento vs sacrificio

Recientemente he escuchado una idea que me ha parecido muy oportuna: para el cristiano, la cruz, el sufrimiento, es lo que nos hace dejar de amar. Efectivamente, cuando afrontamos una angustiosa contrariedad pretendemos encontrar un culpable al que reprochárselo y llegar a odiarlo, ignorando que el odio no hace sino incrementar nuestra amargura. Algunos, ante el sufrimiento o la cruz, dan la espalda a Dios, por considerarlo el culpable por no evitarlo.

La naturaleza humana es como es; e, instintivamente, se intenta evitar el dolor, ya sea físico o moral. Esta no es una actitud reprochable, pero ¿es la mejor? ¿No hay forma de evitar que el sufrimiento nos arrastre a la desesperación y el odio? Quizá exista una alternativa.

Si es cierto que la consecuencia del sufrimiento es dejar de amar, entonces la manera de aminorar el dolor, de poder afrontarlo mejor, con esperanza, sería ¡seguir amando! La alternativa es ahogar el mal que nos agobia con amor. Es decir, convertir el sufrimiento en sacrificio, en algo que ofrecemos a los demás o por ellos. Nuestro ejemplo es Jesús durante su crucifixión: no odia a los que le están torturando, al contrario, los perdona; y aprovecha para llevarse al cielo a Dimas, el buen ladrón. Esto, junto con su aceptación voluntaria de la Pasión, es lo que transforma esa horrible tortura en sacrificio. Otro ejemplo, más cercano, es el de la madre, que sufre al traer al mundo un hijo, pero ella lo convierte en sacrificio, precisamente porque espera con amor a ese hijo.

Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austríaco, superviviente de los campos de concentración nazis, afirmaba que cualquier sufrimiento es superable si se le encuentra un sentido. Para los cristianos, ese sentido es el sacrificio por los demás.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Felicidad vs sufrimiento

Recientemente, un conocido se quejaba de que Dios, cuando nos va bien, se apunta el mérito, pero cuando nos va mal se desentiende. Desde un punto de vista ateo o agnóstico, ese planteamiento puede ser válido; pero para los creyentes no lo es...; por las siguientes razones.

Dios nos ha dado la vida. De hecho, ha "creado" la vida en general y, en especial, la vida humana. Pero la vida tiene sus luces y sus sombras; sus momentos magníficos de felicidad y otros de sufrimiento, terminando con la muerte. Esto ocurre en ambos reinos: el vegetal y el animal; pero para el hombre se presenta también la felicidad o el sufrimiento moral, no solo el físico. Los creyentes sabemos esto y deberíamos recapacitar y darnos cuenta de que las quejas deberían provenir de Dios, no nuestras. Él podría reprocharnos que, cuando nos va bien y disfrutamos de la felicidad, no solemos agradecérselo, pero en cuanto las cosas se tuercen le exigimos que las arregle o le echamos las culpas. En realidad, deberíamos agradecerle constantemente el hecho de que estemos vivos y, por tanto, que puedan producirse momentos de sombra. Quizá somos conscientes de la felicidad --la luz-- porque hemos tenido experiencia de momentos de contradicción. Bien podríamos pensar que la vida es lucha y superación; y que lo excepcional son los momentos felices... En realidad, un creyente sabe que esto no es así: Dios nos creó para nuestra felicidad, en especial para la felicidad eterna; aunque no nos priva de momentos malos, porque la vida es así. Como dijo el santo Job: si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

Otro motivo por el que Dios podría recriminarnos por nuestras quejas y exigencias es que Él mismo, en la persona de Cristo se sometió a la muerte de cruz, tras horribles padecimientos, para demostrarnos que el sufrimiento, si tiene un sentido y se asume por amor, no es malo. Después de esta demostración: ¿cómo quejarnos de nuestras contrariedades?

No obstante lo dicho, Dios conoce nuestra débil naturaleza mejor que nosotros y "soporta" nuestras quejas porque sabe lo que nos cuesta afrontar el sufrimiento.

martes, 8 de septiembre de 2026

La necedad humana

Me encuentro con este pasaje de la epístola de Pablo a los corintios:

"Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: Él prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos" [1 Corintios 3, 18-20].

No es que Dios esté en contra de la sabiduría, al revés: Él es la sabiduría y la infunde en sus fieles. Lo que el apóstol quiere decir en su carta es que el hombre, al desviarse de la enseñanza divina (la propia naturaleza humana), se entrampa en su propia inteligencia, poniendo a su razón como único y perfecto medio de conocimiento; y esto es lo que lo lleva al desastre. No tenemos nada más que ver la deriva irracional de la civilización occidental, que ha logrado justificar con falsas razones lo que son meros deseos. Basta con repasar la ideología de género, para comprobar que se ha perdido el norte, que se considera que la "realidad" es lo que cada uno entiende como tal. Si el hombre se basa exclusivamente en su razón, enajenada de la evidencia y la realidad, y sometida al propio deseo, la inteligencia, la sabiduría se vuelve necedad; y esto es lo que ha ocurrido.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

La sabiduría humana

Siguiendo con la entrada de ayer, me encuentro, en con la continuación de la primera carta de san Pablo a los Corintios, con las siguientes frases:

...  pues lo que en Dios parece absurdo es mucho más sabio que lo humano, y lo que en Dios parece débil es más fuerte que lo humano. Basta, hermanos, con que se fijen en cómo se ha realizado su propia elección: no abundan entre ustedes los que el mundo considera sabios, poderosos o aristócratas. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo tiene por necio, para poner en ridículo a los que se creen sabios; ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para poner en ridículo a los que se creen fuertes; ha escogido lo sin importancia según el mundo, lo despreciable, lo que nada cuenta, para anular a quienes piensan que son algo [1 Corintios 1, 26-28]    

De nuevo, las palabras de Pablo se han vuelto realidad, ya que son los sencillos, los que todavía dudan de su razón y se abren a la fe, los que mantienen algo de racionalidad y adaptan su conducta a la naturaleza humana. Por el contrario, los que se dicen racionales y científicos, han abdicado del uso de la razón y se dejan llevar exclusivamente por su deseo, retorciendo la naturaleza humana hasta dejarla irreconocible.


sábado, 29 de agosto de 2026

La sabiduría de Dios

San Pablo, en su primera carta a los Corintios [1, 19-21]habla de la sabiduría de los hombres y la de Dios:
Como está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y confundiré el entendimiento de los inteligentes». ¿En qué queda el filósofo? ¿Cómo queda el experto en la Escritura? ¿Dónde está el intelectual que discute sobre asuntos de este mundo? Dios ha convertido en tontería la sabiduría de este mundo. El mundo en su propia sabiduría, no conoció a Dios. Así que, Dios en su propia sabiduría, prefirió salvar a los que creen por medio de la tontería del mensaje que anunciamos.
La humanidad, con la revolución industrial y el dominio de la técnica, consideró que su sabiduría era suficiente como para dirigir sus designios; y los asombrosos avances posteriores no han hecho sino incrementar esta apreciación. Se desechó el conocimiento por la fe y se basó todo en el conocimiento científico y la razón humana. Tal fue la confianza del hombre en estas dos fuentes de conocimiento que acabó convencido de que cualquier cosa que su razón decidiese sería correcta. Y no se paró para comprobar si dicha razón podía llevarlo al error. Lo peor no fueron esos errores, sino la soberbia que se suscitó en el hombre, al considerarse dueño de sus designios y conocedor supremo de su naturaleza. Y, con el tiempo, tras forzar su razón para que coincidiese con su deseo, acabó considerando que ambas coincidían: y, entonces, fue el deseo humano, el que dirigió sus designios.

En la actualidad, en gran parte de la civilización occidental, considerada el culmen del progreso humano, se ha rechazado la razón y justificado actitudes realmente irracionales, que no corresponden ni a lo que el conocimiento científico revela al hombre ni a lo que le indica su razón. Simplemente, la realidad es lo que cada hombre quiere que sea. No es que la única fuente del conocimiento, como regidor de la vida humana, sea el propio deseo, sino que se ha desechado la posibilidad de contrastar ese deseo con cualquier tipo de conocimiento.

En la época de los asombrosos avances científicos, el hombre, como tal, se ha vuelto irracional. Al parecer, y esto es paradójico, solo aquellos que todavía dudan de su razón y confían en su fe, siguen actuando de forma racional: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y confundiré el entendimiento de los inteligentes» Dios ha convertido en tontería la sabiduría de este mundo... Y san Pablo ya lo anunció hace veinte siglos.

sábado, 22 de agosto de 2026

El mandamiento más importante: amar.

Le preguntó un doctor de la ley a Jesús [Mateo 22, 34-40]: "¿Cuál es el mandamiento principal?". La respuesta fue clara, comenzando por el primer mandamiento que Dios le inspiró a Moisés: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". Pero continuó con un segundo mandamiento, que puede ser resumen de los siete últimos de las tablas de Moisés: "Amaras a tu prójimo como a ti mismo". Le pregunta por el mandamiento principal pero Jesús de responde con dos, que son similares: amar. Pero quizás esto no sea extraño, porque, en realidad, se trata de un único mandamiento: el del amor; y el amor a Dios. La segunda parte, no es sino una concreción de la primera: la forma de amar a Dios es amando al prójimo.

Colijo esta conclusión de dos circunstancias. La primera es que el hombre no sabe cómo amar a un Dios, creador, omnipotente, eterno, inmutable y que no necesita nada: ¿Cómo amar a un Ser así? La segunda es que, visto lo anterior, nuestra forma de manifestar el amor bien puede ser amando las obras de Dios; y su creación más importante, lo que hizo a su imagen y semejanza, fue el hombre.

Si queremos amar a Dios, tendremos que amar a sus hijos,  amándonos entre hermanos. No puedo estar muy desencaminado cuando el mismo Cristo nos lo especificó con su nuevo mandamiento: Amaos unos a otros como yo os he amado [Juan 13, 34].

lunes, 17 de agosto de 2026

El gozo y el goce

Aunque goce y gozo suenen tan similares, en realidad son muy distintos.

Gozar, como gozo, ocurre cuando tenemos la sensación de felicidad plena, de que no podríamos pedir nada más en nuestra vida.

Gozar, como goce, ocurre cuando nuestro cuerpo se siente placentero, derivado esto de cualquiera de sus actividades: sexo, comida, música, etc. 

Habitualmente, la expresión "¡qué gozada!" suele referirse al goce del cuerpo; aunque, dicha por un místico, se podría referir al goce del espíritu.

Resumiendo, podríamos decir que el gozo es la felicidad del alma, de nuestro espíritu, porque en ese momento nuestra vida es plena, cumple sus objetivos y se dirige hacia su fin. El goce, es la felicidad del cuerpo, el placer momentáneo de cualquiera de nuestros sentidos. Suele ser efímero y ajeno al resto de circunstancias de nuestra vida.

Esta sería la interpretación psicológica y sensorial; pero tiene también una interpretación espiritual. Cuando Jesucristo dice "¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" [Mateo 16, 26]. Es decir, ¿de qué le sirve al hombre empeñarse en obtener el goce de los sentidos, la felicidad del cuerpo, si esto le impide alcanzar la felicidad del alma, la auténtica felicidad vital?

Esto no significa que cualquier goce impida el gozo; pero, si nos obsesionamos con aquel, nunca alcanzaremos este. El goce de los sentidos es parte de la naturaleza humana, creada así por Dios; y no hay nada creado que no sea bueno; en el momento y bajo las circunstancias adecuadas, ¡claro! Pero, si obtener este goce a cualquier precio nos desvía del camino de la felicidad humana, que debe abarcar alma y cuerpo, de poco nos servirán esos efímeros ratos de placer y nos veremos abocados a la tristeza del alma.

De nuevo, Jesucristo nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida [Él mismo es esas tres cosas], porque el Dios-hombre es quien mejor conoce nuestra naturaleza.


lunes, 10 de agosto de 2026

Dios necesita de nuestra acción (II)

Seguimos con este asunto de la colaboración que Dios necesita del hombre para poder intervenir en el mundo.

Precisamente, me encuentro que hoy el Evangelio de la misa se refiere a la multiplicación de los panes y los peces. La ocasión en la que las multitudes están hambrientas y Jesucristo siente pena por ellos. Los discípulos le advierten de que debe despedir a la gente para que puedan comprar alimentos. Él, como en tantas ocasiones, les replica con una afirmación que, aparentemente, no tiene sentido alguno: "dadles vosotros de comer". Ellos, que no tienen nada, y ni siquiera el dinero de la bolsa sería suficiente para comprar pan para tanta gente, le informan de que un muchacho tiene ¡cinco panes y dos peces! Es su manera de hacerle ver a Jesús que ellos nada pueden hacer para dar de comer a cinco mil personas; y que, definitivamente, debe despedirlos. Desde el punto de vista humano, su postura es correcta.

Jesús, para asombrarlos y mostrarles su inmenso poder, podría haber hecho aparecer panes milagrosamente -o hacer llover maná, como en el desierto-; pero Él pretende no solo dar de comer a la gente, sino que, también, quiere dar una lección a sus discípulos.

Les ha dicho que ellos den de comer a la gente, y así va a ser. Pero, antes, quiere que el hombre ponga de su parte todo lo que pueda: cinco panes y dos peces. se trata de ese "casi nada" que el hombre debe aportar siempre para que Dios ponga su "casi todo". En concreto, el muchacho pone un uno por mil y Jesús multiplica esos cinco panes por otros mil. Aun así, quiere que su intervención pase inadvertida: los discípulos van distribuyendo a la gente lo multiplicado y todos acaban comiendo; no de la mano de Dios, sino de la de otros hombres. Es así, porque Dios siempre recaba la colaboración humana, incluso cuando lo hace Él todo.

Esa multiplicación, que se repetirá otra vez, ¿es la única manera en la que Dios alimenta milagrosamente al hombre? Cuando el sembrador se limita a enterrar una pequeña semilla y, tras un proceso asombroso (¿milagroso?), aparece una espiga con treinta, sesenta o cien granos. ¿Es el hombre el que lo ha hecho? No, fue Dios mismo, al diseñar su creación y permitir que evolucionasen las plantas y los animales que, finalmente, alimentarán al hombre. Siempre es Dios la causa de todo; los que llamamos milagros no son sino ocasiones en las que Él actúa más directamente; en todo lo demás, requiere la intervención humana; pero no dejan de ser milagros.

Evidentemente, Dios lo podría hacer todo prescindiendo de la colaboración humana, porque ¡ya lo ha creado! Pero, cuando decidió crear al hombre a "su imagen y semejanza", quiso también se asemejase en eso de "crear"; y le ordenó "henchid y dominad la tierra". Y eso debemos hacer: colaborar en lo que nos sea posible.



jueves, 6 de agosto de 2026

Dios necesita de nuestra oración

En ocasiones se oye esta pregunta: Si Dios lo sabe todo, nos conoce y nos ama, ¿por qué es necesaria la oración para que Él actúe?

La respuesta es sencilla: porque Dios, ante todo, nos ha hecho libres. La libertad es lo único que puede conceder mérito a nuestras acciones y lo único que permite que seamos capaces de amarlo a Él y a los demás. Sin libertad, el amor resulta imposible. En esto es en lo que Dios nos creó "semejantes" a Él: en nuestra libertad, que es lo que nos faculta para amar. Si hay algo que Dios no puede hacer, porque sería contrario a su propio proyecto creando al hombre, es forzar nuestra libertad; o modificar las circunstancias de modo que esta quede anulada. Pero, en su infinita sabiduría, supo hallar la forma de compaginar ambos objetivos, intervenir, pero sin menoscabar la libertad: la oración. Cuando somos nosotros los que le pedimos expresamente algo, lo hacemos libremente y, al concedérnoslo deja intacta nuestra libertad. Más aún: si ofrecemos algún sacrificio, lo que estamos mostrando es el interés que tenemos para que nos conceda eso que pedimos. Entonces, Dios tiene muy claro que no suplantará nuestra libertad al realizar algún acto más o menos extraordinario, en respuesta a nuestras peticiones. 

Pero la oración y el ofrecimiento de sacrificios también puede tener otro objetivo: implorar por el bien de un prójimo. Aquí Dios utiliza una escusa por semejanza: es el ser humano el que ruega por aquel que está necesitado, por lo que, si le concede esa petición, tampoco se estará menoscabando la libertad ni del que pide ni del destinatario de la oración.

En la historia de la Humanidad, y la personal de cada uno, Dios es el que lo hace el "casi todo" y nosotros aportamos el "casi nada"; pero, para salvaguardar nuestra libertad, es necesario que nosotros aportemos ese "casi nada". Nos lo dijo el propio Jesucristo: "pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá".


sábado, 1 de agosto de 2026

El justo debe ser humano

Dice el libro de la Sabiduría (12, 18-19) refiriéndose a la conducta de Dios: 

Tú nos juzgas con bondad y nos gobiernas con gran amor; porque sabes usar tu poder, y lo aplicas cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano, e infundiste a tus hijos la esperanza, porque dejas arrepentirse a los que pecan.

Porque si Dios nos juzga con bondad, el hombre, en especial el justo, también debe ser bondadoso (humanitario) con los demás, incluso con los que pecan, porque siempre tendrán la posibilidad de arrepentirse y alcanzar el perdón.

En el Evangelio encontramos muchos pasajes que son reiteración de esto: "no juzguéis y no seréis juzgados"; "no he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores"; "saca primero la viga de tu ojo para poder sacar después la paja del ojo ajeno"; "perdonad hasta setenta veces siete"...

El cristianismo es la religión del amor, pero también -o quizá por eso- es la religión de la misericordia y el perdón, que reconoce la debilidad humana y siempre da otra oportunidad.

Es una lástima que, por una serie de errores cometidos en nombre del cristianismo, esto no se reconozca o, incluso, se califique al cristianismo como una religión intransigente. Los hechos (la caridad desplegada siempre por los buenos cristianos) y los dichos (el propio Evangelio) demuestran lo contrario.

lunes, 27 de julio de 2026

Vivir amando; amar viviendo

Vivir amando es el mejor consejo que puede darse, ya que el secreto de la felicidad está precisamente en esto: en amar y sentirse amado. Pero ¿cómo amar? Pues recientemente me he topado con esta expresión que utilizo de título de esta entrada: Vivir amando y amar viviendo.

Amar viviendo: así de simple y está al alcance de todos. El mero hecho de vivir se convierte en una manifestación de amor si entregamos nuestra vida. Y digo mal, porque la vida no es nuestra, no nos pertenece, por esto está destinada a entregarse. Decimos "nuestra" vida, porque es la que anima nuestra alma; pero no puede ser "nuestra" en sentido de propiedad, porque la hemos recibido gratis, no nos la hemos dado nosotros, ni siquiera teníamos derecho a recibirla, aunque, una vez recibida, tengamos derecho, y obigación, a conservarla. Lo mismo ocurre con esas otras vidas que se nos dan: las de nuestros hijos. Los hijos son "nuestros" en un sentido de procedencia, no de propiedad. Sus vidas no nos pertenecen, aunque tengamos la responsabilidad de cuidarlas. Por lo tanto, no tenemos derecho a que esas vidas se nos den, ni tenemos derecho a "fabricárnoslas" por medios ilegítimos, ni tenemos derecho a conseguirlas prescindiendo del progenitor que completará la vida de ese descendiente. Además, tampoco tenemos derecho a determinar sus futuros, porque la vida de nuestros hijos es suya; y serán ellos los que deberán determinarlas.

Por el mismo motivo, tampoco tenemos derecho a disponer de nuestra vida, porque no nos pertenece. Cualquier vida, por deteriorada que esté, es susceptible de seguir amando, simplemente viviendo; y tampoco puede privar a los demás de expresarnos su propio amor. Amar viviendo es entregar la vida; y quitárnosla, o pedir que nos la quiten, es la manera de arrebatársela a los demás.

La vida puede entregarse por los demás o por un ideal, porque, una vida que se entrega, en realidad se gana: ha alcanzado su objetivo final. Pero una vida que se arrebata, se pierde, no ha cumplido su finalidad.

¿Es duro? Por supuesto que es duro; pero ¿es que no lo es vivir amando? Pues amar viviendo también lo es. Pero no olvidemos que la felicidad no se puede confundir con la comodidad ni la alegría con el placer. Se pude ser feliz, incluso alegre, en condiciones duras: simplemente amando.

Este es el secreto de la felicidad...: aquí y después.

miércoles, 22 de julio de 2026

Pedro: ¿me amas más que estos?

En una canción del grupo musical católico Hakuna se dice algo así como: ¿qué viste en mí?, que a pesar de mis pecados todavía dices que me amas...

Esto me ha hecho pensar: ¿Dios nos ama a pesar de nuestros pecados?, o, más bien, nos ama precisamente por ellos. Antes de que alguien se escandalice, me explico.

Dios nos ha creado libres y débiles, tanto que frecuentemente -al menos yo-, caemos en el pecado. Pero quizá es esto lo que Dios aprecia de nosotros -en realidad, lo único que puede apreciar, puesto que todo lo demás nos lo ha dado Él-. Aprecia que, a pesar de nuestra debilidad y torpeza, todavía queramos permanecer junto a Él.

El título de esta entrada hace referencia al pasaje en el que Cristo, ya resucitado, confirma a Pedro en el primado de la Iglesia (Juan, 21, 15-19). Pero no se limita a decírselo, sino que antes quiere recordarle su triple traición, cometida mientras Él está preso y siendo juzgado. Le recuerda que esa traición se produce justo después de que Pedro, fanfarrón, le asegure que daría su vida por Él. Por esto, le hace la triple pregunta: Pedro: ¿me amas más que estos? Cristo le está diciendo que conoce su debilidad, su impulsividad vana para ofrecer la vida y luego acobardarse; y lo hace justo antes de confirmarlo en el primado. Es como si le quisiese decir: "te conozco, sé que me has defraudado, pero, a pesar de esto que he visto en ti, te amo más de lo que tú me amas; y confío en ti".

Quizá Dios nos ama porque pecamos...; pero, como Pedro, confiamos en que Él nos siga amando y, por eso, queremos seguir a su lado. Es una idea que me suscita mucha esperanza, porque, de lo contrario... ¿qué sería de mí? 

sábado, 18 de julio de 2026

La vida temporal

Aparentemente, para los cristianos lo fundamental es la salvación y la vida eterna; y esto es algo incuestionable. No obstante, no debemos olvidarnos de que, antes de ese momento, tenemos toda una vida temporal que completar. Dios no nos ha hecho ángeles, sino que quiso que tuviésemos un cuerpo material, con sus debilidades e imperfecciones, tanto físicas como morales. Al parecer, Dios quiso crear seres libres que, para demostrar su amor a Él, tuviesen que esforzarse en superar sus tendencias naturales -y una naturaleza herida por el pecado-, para poder cumplir con el plan que diseñó para nuestras vidas. Es decir: la vida temporal es la etapa que nos sirve para merecer. El propio Cristo nos lo dice en el Evangelio: en el juicio final se nos preguntará qué hemos hecho por Él y por los demás:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mateo 25, 34-36).

Creo que deberíamos valorar esta vida temporal como algo muy especial que los ángeles no tienen: poder amar a Dios y a los demás mediante el esfuerzo, demostrando así que es auténtico amor, nacido de nuestra voluntad. Imagino que el amor en el cielo será perfecto y glorioso; pero carecerá de esa característica tan especial que es el esfuerzo y la posibilidad de demostrar nuestra determinación.

Esta vida azarosa con frecuencia nos decepciona, porque no somos capaces de vivirla como nos habíamos propuesto. El propio San Pablo se queja de esto en Romanos 7, 19-25:

Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

Pues esto, que tanto nos molesta, es el mejor regalo que Dios podía hacer a una de sus criaturas: la capacidad de amarlo, a pesar de nuestra naturaleza caída. Quizá este es el motivo por el que Dios, en su infinita misericordia, está siempre dispuesto a perdonarnos. 

Esta vida no es un valle de lágrimas, ¡sino una asombrosa oportunidad!

viernes, 10 de julio de 2026

Los pilares de nuestro cristianismo

Los primeros pilares de nuestro cristianismo son la fe y la esperanza.

La fe en Dios Padre, creador y auténtico padre; en el Hijo, Jesucristo, que entregó su vida por nosotros y, a través del Evangelio, nos muestra el camino de la felicidad; y en el Espíritu Santo (el Amor Eterno), que con su gracia nos permite mantener esa fe.

La esperanza en que las promesas se cumplirán, que podremos gozar de la vida eterna junto a Dios; pero también la esperanza en que seremos capaces de mantener la fe, de llegar al final del camino, fundamentalmente con la ayuda del Espíritu.

Si esa fe y esa esperanza, creo que ni siquiera empezaríamos el camino; y esto es lo que debemos transmitir a los demás para divulgar el Evangelio. Pero ni la fe ni la esperanza podrán dar sus frutos si no se apoyan en el tercer pilar: la caridad. Sin sentir y corresponder al amor de Dios, sin enamorarnos de Jesucristo, sin el amor que nos infunde el Espíritu, sería imposible seguir el camino. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas si no nos impulsa el amor? ¿Rezar por los enemigos o poner la otra mejilla?: ¡imposible!, si no lo hacemos por Cristo, que nos enamora. Ya lo dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1 Co 13,13). O san Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida nos examinarán en el amor".

Es la caridad, la que nos permitirá no solo vivir nuestra fe con esperanza, sino también transmitirla: "Amaos unos a otros en esto conocerán que sois mis discípulos" (Juan 13, 35). Sin amor, no es posible evangelizar a quien no se siente amado.


viernes, 26 de junio de 2026

La cruz

La cruz, el dolor en nuestra vidas, no es una prueba que Dios nos manda, aunque muchas veces así se diga, y mucho menos es un castigo.
La cruz, el dolor, es el regalo que Dios nos permite hacerle a Él.
Porque la única prueba fiable del amor es el sufrimiento. El amor puede ser auténtico cuando produce placer; pero la certeza de que es auténtico la alcanzamos cuando seguimos amando a pesar del dolor.
La cruz, el dolor, es la posibilidad mediante la cual Dios permite que le demostremos nuestro amor: a Él y a los demás. Y, porque nos ama, no quiere sustraernos a esa posibilidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La Trinidad

Por supuesto, no pretendo haber entendido el misterio de la Santísima Trinidad; pero quizá si he comprendido un poco mejor su composición. Ha sido a raíz de una canción del grupo Hakuna. En un momento se refieren a la Trinidad como "Padre, Hijo y Amor Eterno", sustituyendo la habitual denominación de Espíritu Santo. Al principio me extrañó este cambio; pero después me emocionó. Según la teología cristiana, Dios-Padre es amor; y la fecundidad de ese amor engendra (no crea) desde la eternidad a Dios-Hijo, que es quien se encarnará en la naturaleza humana de Cristo, manteniendo también la naturaleza divina en una sola persona. El Hijo corresponde al amor del Padre y este amor recíproco de la divinidad es tan perfecto e intenso que se personifica: el Espíritu Santo no es creado ni engendrado, sino que procede eternamente del Padre y del Hijo. Pero, si como hemos visto, todo es fruto del amor, ese Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, no tiene otra sustancia que el mismo amor, por lo que el nombre de Amor eterno le corresponde perfectamente.

El Espíritu Santo es la persona menos conocida de la Trinidad. De Él se predica que es quien actúa en el mundo y en las personas. Se le atribuyen los siete dones: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. También se mencionan sus doce frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero su acción pasa inadvertida a los hombres, al contrario de lo que se atribuye al Padre (la creación) o al Hijo (la redención). No pongo en duda nada de lo anterior; pero la mención del coro de Hakuna al Amor Eterno, me sugiere que quizá sería más inteligible para nuestras torpes mentes presentar al Espíritu como dador de amor, que a la postre es lo que produce sus frutos y del que proceden sus dones. 

Gracias, Hakuna.

martes, 9 de junio de 2026

La cruz pastoral del Papa León XIV

El Papa León XIV ha retomado el estilo de la cruz pastoral (también llamada férula pontifical) que utilizó San Juan Pablo II, tan característica por tener el travesaño horizontal curvado hacia abajo en sus extremos. 


Pero, en vez de tratarse de un Cristo agonizante, que cuelga de sus brazos ya muerto, el Papa León lo ha sustituido por un Cristo resucitado, con los brazos elevados, a pesar de que todavía tiene los pies clavados al madero.          
Me gustaría saber qué interpretación le da el Papa León a esta imagen tan atípica. La Oficina papal para las Celebraciones Litúrgicas afirma que el Papa con esta imagen pretende unir la expresión del amor de Cristo muriendo en la Cruz con la manifestación de su triunfo resucitando. Esta es nuestra esperanza: que la muerte ya no tiene la última palabra. Pero este Cristo glorioso sobre la Cruz también nos transmite la idea de que nosotros, antes de resucitar, deberemos afrontar con esperanza el dolor humano, que no nos ha sido evitado, como no le fue evitado a Cristo.
La realidad es que el cristianismo nace en la Cruz, pero se fundamenta en la resurrección. Todo el amor que Cristo nos manifiesta en la Cruz se habría quedado en una simple heroicidad, en un asombroso sacrificio, si Él no hubiese resucitado, demostrándonos que su mensaje evangélico es cierto y que podemos seguir contando con Él "todos los días hasta el fin del mundo".
La Cruz me enamora, me infunde la caridad; pero es la resurrección en lo que se fundamenta mi fe y mi esperanza.





miércoles, 27 de mayo de 2026

La vida terrenal (2)

Continuando con la entrada anterior, vemos que el mensaje evangélico siempre se refiere a la vida terrenal y, después, a sus consecuencias en la otra vida, que dependerán del comportamiento en esta. Los consejos que nos da Jesucristo son siempre prácticos, aunque algunos resulten duros de oír. Cuando nos habla del juicio, se refiere a las obras de misericordia que hayamos hecho en esta vida a los demás. Al final de la vida te examinarán en el amor, afirmó San Juan de la Cruz; y debemos aprovechar este tiempo para amar lo mejor que podamos.

La parábola de los talentos es una muestra de esto que digo. Dios no nos ha conferido nuestras facultades para que las guardemos con celo sin aplicarlas, esperando a que nos llegue el momento de subir al cielo. Nos pide que arriesguemos, que las utilicemos, aunque nuestra naturaleza humana nos aboque al pecado; como Dios mismo arriesgó al crearnos con la libertad de poder rechazarlo y pecar. Si así lo hizo será porque merece la pena.

Otro pasaje evangélico que secunda mi afirmación es el de la transfiguración del Señor. Los apóstoles estaban como en el cielo y por eso se ofrecen a hacer tres tiendas para quedarse siempre allí, disfrutando de ese momento de gloria. Pero este no es el destino del hombre en la tierra. La visión de la transfiguración desaparece y ellos tienen que seguir con su vida ordinaria. Lo mismo ocurre tras la ascensión de Jesucristo al cielo: unos ángeles les preguntan: "varones de galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?". Es una manera de reprocharles que están perdiendo el tiempo, que ellos tienen que seguir con su tarea. El hombre puede tener momentos de exaltación espiritual, incluso éxtasis, pero estos son la excepción en la vida terrenal.

No podemos vivir como si estuviésemos en el cielo, ya que estamos en la tierra. Ni siquiera las vocaciones contemplativas de los monasterios, que se separan de la vida del mundo, pueden ignorar que están en su vida terrenal y deben comportarse como tal dentro de sus circunstancias: amar y servir a Dios y a los hermanos; aunque sea a distancia.

Quiero aprovechar mi vida terrenal para hacer eso que únicamente el ser humano puede hacer: amar a pesar de mi debilidad, de mi naturaleza caída que me incita al pecado, que no es otra cosa que el egoísmo. 

Quiero ser avaricioso de tiempo para poder ejercer ese amor el mayor tiempo posible, para compensar los muchos momentos que derrocho siendo egoísta. 

Y luego en la continuación eterna de la vida, disfrutar de la intensidad de amor que haya sido capaz de alcanzar; porque una vez le oí decir a un sacerdote santo y sabio que en el cielo el que más disfruta no es el que ha pecado menos, sino el que ha amado más.

¡Pues eso!



sábado, 23 de mayo de 2026

La vida terrenal

Siguiendo con la idea de mi anterior entrada, quiero insistir en que me parece que para un cristiano --y quizá para cualquier hombre-- la vida temporal en la Tierra es muy importante y determinará el resto de su vida eterna. De algún modo, pretendo elevar a la categoría de "dogma" el refrán español que dice "a Dios rogando y con el mazo dando", o "hay que tener la cabeza en el cielo, pero los pies en la Tierra". Si pensamos que lo importante es la eternidad y que esta vida es un simple pasaje que hay que superar, estaríamos desperdiciando lo que constituye nuestra propia naturaleza: somos seres racionales que debemos actuar --y actuar bien-- mientras dure nuestra vida temporal.

Esta es mi opinión, pero creo que tiene cierta base teológica.

El primer indicio lo encontramos en la propia vida de Jesucristo: ¿Por qué el Mesías pasa treinta años en la tierra sin mostrarse a su sociedad ni predicar? La única justificación es que el hombre fue creado para esto, para vivir normalmente. Por supuesto, cumpliendo las normas divinas, como lo hizo Cristo durante esos treinta años. Pero si tener que hacer nada especial hasta que en las bodas de Caná hizo su primer milagro y se reveló al mundo.

Por cierto, no eligió el Templo, ni la sinagoga para hacer su primera revelación, sino un banquete, la unión civil y religiosa de dos personas, la fundación de una futura familia: ¿hay algo más humano y terrenal que esto? Pues Jesús quiso bendecirlo no con agua, sino con abundancia de vino, porque la alegría también es muy humana; y Cristo vino a la Tierra para mostrarse como verdadero Dios, pero, sobre todo, como verdadero hombre que vivía su vida terrenal.

domingo, 17 de mayo de 2026

La ascensión de Jesucristo a los cielos

La ascensión de Jesucristo, que hoy celebramos, a los cielos es el culmen de su resurrección y de toda su vida en su naturaleza humana. También da razón de nuestra esperanza en nuestro destino final: estar por toda la eternidad a su lado en el cielo.

A veces, esta esperanza hace que minusvaloremos nuestra vida en la tierra: esta vida en el tiempo y con las limitaciones propias de toda naturaleza humana. Es cierto que lo esencial para todo creyente es la salvación eterna; y que esto se puede conseguir después de una mala vida, con el debido arrepentimiento. Pero creo que esto no es el plan de Dios para los humanos. Quiso crear ángeles que le acompañasen siempre en el cielo, una vez aceptada su voluntad; o que cayesen al infierno, en caso contrario. También quiso crear hombres, seres que tienen que renovar constantemente su voluntad y luchar contra las propias limitaciones. Esto no puede ser un "fallo" de la creación, sino algo querido expresamente por Dios. Si Él, que es amor, pide amor a sus seres creados, quiso que en el caso del hombre este fuese meritorio, que no apareciese espontáneamente, sino por un esfuerzo de la voluntad. Quiso que el amor fuese la consecuencia de "querer amar", salvando las dificultados y las propias debilidades, incluso a pesar de que el amor sea una moneda de dos caras en las que se alternan el gozo y el sufrimiento; y de que corramos el riesgo de no siempre conseguirlo o incluso refugiarnos en el egoísmo.

Ese es mi convencimiento y, por tanto, tengo la seguridad de que la vida terrena es inmensamente importante, que hay que vivirla con intensidad, disfrutando de sus bienes y luchando contra sus males. En definitiva, amando intensamente hasta que nos duela ese amor [como nos decía la Santa Teresa de Calcuta]. Y esto no es un defecto de la vida humana, sino su grandeza: lograr amar por haber querido amar.

Después, en el cielo, amaremos en un constante acto de voluntad inmutable, pero, si se me permite decirlo, ese amor ya no será meritorio. No puedo imaginarme cómo será amar a Dios en el cielo, porque "ni ojo vio ni oído oyó"; pero no quiero desperdiciar mi vida en la tierra sin intentar amar a Dios a pesar de lo mucho que me cuesta.