lunes, 30 de diciembre de 2013

Secularización y Etica

Insiste el Papa en algo que ya comenté en mi entrada sobre la supuesta "privacidad de la moral". Los secularizadores a ultranza (es decir: los enemigos de lo religioso), en su afán por reducir las creencias al ámbito de lo privado, de lo íntimo, han arrasado también con la moral y, como consecuencia de esto, con la ética pública: ya no existe más norma que la ley promulgada, sea ésta lícita o no.
El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios.
Quizá en parte es culpa de los cristianos, que no hemos sabido distinguir en nuestra enseñanza lo que son normas "internas" para los creyentes, de lo que son normas "universales" para todo ciudadano:
Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
Y, especialmente en Occidente, debemos recordar que los avances de nuestra civilización se deben en su práctica totalidad a la cultura cristiana: ¿o es que en Oriente ha habido alguna vez algo parecido a la Revolución Francesa, anticlerical, pero cuya justicia social nacía del concepto cristiano de dignidad humana?
Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida.
Eso sí, la moral, la ética cristiana no puede confundirse con lo que es meramente cultural: debemos insistir en lo fundamental evangélico y que cada sociedad lo desarrolle a su estilo.
El sentido unitario y completo de la vida humana que propone el Evangelio es el mejor remedio para los males urbanos, aunque debamos advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. 

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