sábado, 30 de diciembre de 2023

Ante tanta desgracia y tanta guerra: ¿dónde está Dios?

Estamos en el tiempo de Navidad, que habitualmente nos sugiere paz, armonía, afecto familiar, reconciliación... Todo esto provocado como contagio del amor que el Dios-Hombre nos demuestra viniendo a la Tierra como niño indefenso.

Pero, por desgracia, durante este tiempo también hay conflictos, guerras (incluso en la tierra de Jesús), asesinatos y otro tipo de desgracias, que ensombrecen la alegría de estas fiestas. Y muchos, desolados, se preguntan: ¿Dónde está Dios?

Pues Dios está donde debe estar; mejor dicho, donde Él decidió estar: en el corazón del hombre, en forma de Amor. Es cierto que muchos no lo aceptan y sustituyen ese amor por odio. Pero también lo es que la mayoría muestra ese amor a los demás, incluso aquellos que no saben de dónde procede su amor. En cada conflicto se producen hechos horribles provocados por hombres malvados. Es la ausencia de Dios, no porque Él no quiera estar, sino porque es violentamente rechazado. Pero también se producen hechos heroicos, manifestaciones de amor sublimes, sacrificios por los demás que emocionan... Y esta es la presencia de Dios en esas tragedias: los hombres buenos que aman y se esfuerzan los por demás.

Dios siempre está presente junto al hombre; y, en especial, junto al que sufre. Si no lo notamos no es culpa de Dios, sino nuestra, que no sabemos mostrarlo ni actuar en su nombre. Porque el Dios creador y omnipotente quiere depender de sus creaturas para cumplir su plan y cuidarnos con su providencia. 



martes, 26 de diciembre de 2023

El Niño-Dios

 Deseo que la venida del Niño-Dios suscite en los corazones de todos paz, esperanza y amor, mucho amor.

domingo, 24 de diciembre de 2023

¡FELIZ NAVIDAD!

Lo más importante de la Navidad (en realidad: natividad) es el nacimiento del Hijo de Dios en Belén; y por esto, la Iglesia dedica el tiempo de adviento (en realidad: advenimiento) a prepararnos para la venida de Jesús.

Pero debemos recordar que Jesús ya vino hace 2023 años (aproximadamente) y que ahora lo que hacemos es recordar ese acontecimiento que cambió la historia de la humanidad (y el calendario). 

¿Y para recordar un acontecimiento es necesario prepararnos? Pues parece que sí. Porque lo que realmente se pretende no es "recordar", sino "asimilar" ese hecho. Rememorar la natividad de Jesús es darnos una oportunidad de amar a Aquél al que quizá ya teníamos olvidado, porque los agobios del mundo nos apartan de lo realmente importante. Y, recordar cómo quiso venir a la Tierra siendo niño, pobre, indefenso, en una humilde familia, seguramente nos ayude a amar a Aquél que treinta y tres años después se dejó crucificar por nosotros. Y, quizá, amando a ese Niño, acabemos amando al Hombre y a todos los demás hombres, que es en lo que consiste el cristianismo.

Pues eso: ¡feliz Navidad!, sobre todo si conseguimos este objetivo. 

sábado, 23 de diciembre de 2023

En este caso, la lotería ha bajado directa del cielo

Jorge era (es) amigo mío y su hermano también. El año pasado en enero le detectaron un cáncer y le dieron seis meses de vida; pero logró vivir nueve y falleció en septiembre, dejando viuda y cuatro hijos. Jorge regentaba un despacho de lotería y era persona querida en el barrio. Durante su enfermedad depositó su confianza en el Seños y no dejó de decirle a todo el que quisiese escucharle que se iba tranquilo a la casa del Padre. Poco antes de irse al cielo, le dijo a su mujer que este año ella repartiría el Gordo de Navidad en su despacho de lotería. A ella no le gustó, porque sería nueva en el negocio y eso siempre trae un poco de lío. Pero el Señor sabe más y, efectivamente, ayer en el despacho de lotería de Jorge se repartieron 200.000.000 de euros entre los clientes. El número premiado, el 88.008, es feo y uno de los 100.000 números que se sortean. La probabilidad era, por tanto, de uno entre cien mil; pero Jorge, desde el cielo, quiso hacerle este regalo a su mujer, aunque a ella no le gustase demasiado; y, de paso, se lo ha hecho a esos parroquianos que tanto afecto le tenían. En este enlace podréis ver la noticia en prensa: Noticia de prensa 

https://www.elmundo.es/papel/historias/2023/12/23/6585d337e9cf4a37568b45c6.html

Gracias, Jorge... O deberíamos decir ¡gracias a Dios!

Por supuesto, muchos pensarán que es una simple casualidad... Pero, sería una casualidad ¡entre cien mil!

martes, 12 de diciembre de 2023

El sentido del pecado

Recientemente, un sacerdote me dijo que los católicos ha dejado de ir a la Misa dominical porque han perdido el sentido del pecado; y, entonces, ¿para qué ir?

Desafortunadamente, tengo que coincidir con él en lo de la pérdida del sentido del pecado, porque es cierto que la moral está muy relajada y cada uno juzga su conducta según el propio criterio, que suele ser bastante benévolo. Pero no acabo de comprender su conclusión. A la Misa dominical se debería acudir para rezar, tratar con Dios y, además, hacerlo en comunidad, junto con nuestros vecinos. Cuando era niño, mi padre, los domingos nos compraba un tebeo y luego nos tomábamos el aperitivo. Quiero decir que se santificaba el domingo de todas las maneras posibles: rezando, reuniéndonos con los demás, pero también celebrando la resurrección del Señor con algún extra. Si resulta que algunos van a Misa exclusivamente por que sería pecado no hacerlo, estarían cumpliendo el precepto; pero no creo que estuviesen santificando la fiesta.

Quiero ir más allá. El cristianismo no es ni una moral ni un libro. El cristianismo es el seguimiento de una persona, Jesucristo, que nos mostró el camino de la salvación, es decir, de nuestra felicidad. Y los cristianos deberíamos estar más preocupados en amar a Jesucristo que en evitar pecados. Porque ya lo dijo Él mismo: si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y el principal mandamiento que nos dio fue: amaos unos a otros como yo os he amado. Resumiendo: el cristianismo se basa en el amor. No serviría de nada mantener una moral perfecta si no amamos. Por el contrario, si fuésemos capaces de amar a Jesucristo y a los demás, aunque pecásemos debido a la propia debilidad humana, estaríamos en el camino correcto.

Los católicos no han dejado de ir a Misa porque hayan perdido el sentido del pecado, sino porque han dejado de amar; y sin amor no merece la pena la lucha por cumplir un código moral. Ahora sí creo que procede la pregunta: ¿para qué cumplirlo?, si no amamos.

 

martes, 5 de diciembre de 2023

Amor e imperfección

Dios creó a los ángeles como espíritus puros. Unos lo adoraron y lo alaban eternamente; y otros lo rechazaron y lo odian eternamente.

Pero también quiso crear a los hombres: alma espiritual y cuerpo material, perfecto en su concepción, pero con debilidades y flaquezas. Siendo Dios todopoderoso, es extraño que quisiese crear un ser que pudiese fallarle. ¿Crearía algún ingeniero una máquina sabiendo que fallaría frecuentemente? ¿Es Dios menos listo que nuestros ingenieros? Evidentemente, no. Entonces ¿qué razones pudo tener Dios para crearnos así? 

No pretendo ser insolente pidiéndole explicaciones a Dios, sino intentar atisbar un poco su mente creadora. ¿Cuál es mi teoría? Pues creo que Dios nos crea imperfectos porque nuestra respuesta, nuestro amor, es mucho más valioso si se produce a pesar de nuestras debilidades e imperfecciones. Es más, estoy convencido de que nuestro imperfecto amor le agrada más a Dios que la perfecta y constante alabanza de sus ángeles. Porque Él conoce nuestras limitaciones y, sobre todo, nuestras flaquezas. Y, en estas condiciones, ya solo el esfuerzo por amarlo, por estar cerca de Él, tiene gran mérito.

¿Ama Dios la imperfección? ¡Claro que sí: Él nos ha creado así! Y Él nos ama como Padre nuestro que es. Lo que nos pide es nuestra respuesta esforzada; y cada uno alcanzará un grado de "menor imperfección" en función de su esfuerzo y sus capacidades. Dios amará ese esfuerzo; y cuando ni siquiera el esfuerzo podamos poner, cuando fallemos estrepitosamente, cuando le demos la espalda, entonces nos seguirá amando. Porque la otra cara de la moneda de nuestra creación imperfecta es su misericordia: sabe que nos plantea un reto que para nosotros es difícil incluso aceptarlo; e imposible cumplirlo. ¡Yo, desde luego, renuncié hace mucho tiempo a ser perfecto! 

Por esto, cuando el apóstol Pablo se queja de ese "aguijón de muerte" que le separa de Dios, el Señor le contesta: "te basta mi gracia" [2Cor. 12, 8-10]*. Me permito traducir esta respuesta muy libremente: "es que no quiero que seas perfecto, que superes ese defecto, sino que luches contra él por amor a mí". Y, claro, cuando nuestra debilidad nos hace caer de nuevo -una y otra vez- entra en juego su misericordia, porque bien sabe Dios que no nos ha querido hacer perfectos y conoce las consecuencias de esto.

El cristianismo es la religión del amor: del amor que Dios nos muestra y del amor que tenemos que compartir con los demás. Y esto es mucho más importante que el código moral que tanto nos cuesta cumplir.

*8Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. 9Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.10Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Felicidad y sufrimiento

Sigamos hablando de esa prueba de amor que es el sufrimiento. Si el secreto de la felicidad es "amar y sentirse amado"; y no hay amor sin sufrimiento, entonces ¿es compatible la felicidad con el sufrimiento? Estoy convencido de que sí, incluso por propia experiencia. Puede parecer extraño; pero esto se debe a que se habitualmente se confunde la felicidad con la alegría, el placer o la comodidad. La autentica felicidd la proporciona la sensación de estar en el buen camino, de saber que se está haciendo lo que uno está destinado a hacer. La alegría la puede proporcionar, en un momento dado, la facilidad de ese camino, la superación de un escollo o la recuperación de un amor que se consideraba perdido. La alegría es también un sentimiento del alma, como la felicidad (¡salvo cuando procede del exceso de alcohol, claro!). El placer y la comodidad son sensaciones del cuerpo y dependen de nuestros sentidos: el primero es pasajero y la segunda puede ser más perdurable; pero todos tenemos experiencia de que ni el uno ni la otra proporcionan la felicidad. En muchas ocasiones, ese placer intenso nos ha provocado desilusión o incluso amargura; y se puede ser muy infeliz disponiendo de una vida llena de comodidades. Quizá este sea el gran drama de nuestra juventud: en occidente y japón el suicidio es la primera causa de muerte de los jóvenes. Supongo que, en muchos casos -aun disponiendo de todo el placer a su alcance y disfrutando de una vida cómoda- se sienten infelices porque desconocen "nuestro secreto": amar y sentirse amado. En otras ocasiones, se dejarán llevar por la desesperación al comprobar que todos sus esfuerzos por ser felices a través de placer son vanos. También es cierto que hay casos en los que quienes quieren obtener el auténtico amor, no lo logran; y no aciertan a suplirlo con su amor hacia los demás. ¿Como compaginar felicidad y sufrimiento? Ya lo comentaba en la entrada anterior: el sufrimiento por amor escuece; pero no crea infelicidad. El sufrimiento por egoísmo (incluido el odio) genera amargura y desesperación. Es por esto por lo que se entienden las Bienaventuranzas: bendito el que sufre, el que llora, el que es pobre o perseguido, sobre todo, el limpio de corazón, el misericordioso, el que busca la paz... Porque todos estos sufrimientos, sobrellevados por amor, no solo son compatibles con la felicidad, sino que frecuentemente la alcanzan.

martes, 14 de noviembre de 2023

Si amar es sufrir, ¿cómo ama Dios?

El amor es una moneda de dos caras inseparables: el gozo y el sufrimiento. En el momento en el que empezamos a amar a alguien (amor de verdad, no simple atracción) empezamos a gozar con su presencia, su afecto (si es que nos corresponde); pero también empezamos a sufrir por él, compartiendo sus problemas y sufrimientos, echándolo de menos cuando no está presente, por el temor a perderle, etc. De este modo, se podría decir que el sufrimiento por amor es una forma de gozo. Claro que cuando ese sufrimiento lo provoca el otro con su rechazo o desprecio, entonces no es gozoso, sino doloroso; pero sigue siendo un sufrimiento generado por el amor. De hecho, la única prueba válida del amor es el dolor: si estamos dispuestos a sufrir por el otro, no hay duda de que lo amamos.

Para mí, esto es muy claro. Pero se me presenta una duda: Si Dios es amor, ¿cómo sufre? Por supuesto, un Dios NO puede sufrir de ninguna forma. Entonces, el amor de Dios estaría "exento" de esta cualidad inseparable: como su amor es perfecto, no necesita someterse a esta prueba. Es una explicación que parece acertada. Pero se me presenta otra duda: el amor hay que comunicarlo, manifestarlo. El que ama quiere que el amado lo sepa; y en nuestro caso, los hombres no somos perfectos y SI necesitamos de la "prueba" del amor, que no es otra que el dolor.

Ya os estáis imaginando la solución que Dios le dio a este dilema: que el Hijo hecho hombre y, por tanto, capaz de sufrir, nos mostrase su amor. Jesucristo se encarnó para ser "el rostro de la misericordia del Padre" (palabras de Benedicto XVI). Primero mostrando su misericordia con las dolencias humanas, curándolas y perdonando los pecados; después mostrando su amor sufriendo -"nadie tiene más amor que quien da su vida por los demás"-; y un sufrimiento extremo en su Pasión y muerte en la Cruz.

Resueltas estas dudas, me surge una pregunta: Cristo resucitado y ascendido al cielo, esa naturaleza humana inserta en el seno de la Santísima Trinidad: ¿puede sufrir? ¿Es esta la forma como nos sigue mostrando Dios su amor después de la Redención? Pues yo creo que SI, que Cristo, como cualquier hombre, sufre por nuestros desprecios y ausencias; un sufrimiento gozoso, pero real. Y esto me interpela profundamente: ¿qué parte de ese sufrimiento lo provoco yo?

jueves, 22 de octubre de 2020

El Papa y los homosexuales

 Están teniendo mucha notoriedad los últimos comentarios del Papa sobre las uniones civiles de homosexuales. Y esto me permite continuar con mi entrada anterior, pues es la plasmación práctica de lo que allí decía.

Una cosa es que Dios rechace la homosexualidad, porque esta orientación sexual es contraria a la naturaleza de la sexualidad con la que Él nos creo; y otra, totalmente compatible, que Dios ame al homosexual infinitamente. Quizá esto sea difícil de comprender, pero el ejemplo de la entrada anterior sobre el amor de una madre al hijo cuya conducta detesta, nos sirve de ayuda.

Creo que esto es lo que ha tratado de decir el Papa, al indicar que "los homosexuales son hijos de Dios". Por esto, dice que, desde el punto de vista civil, la sociedad puede regular las relaciones entre todo tipo de personas... Y estoy de acuerdo.

Lo que las noticias no dicen es que, desde el punto de vista moral, la Iglesia (y por supuesto el Papa) sigue rechazando la práctica sexual fuera del matrimonio (fornicación, adulterio, homosexualidad...). Y lo rechaza, porque considera que es contrario a la naturaleza biológica o social del hombre.... En definitiva, porque considera que es malo para él...

La regulación de uniones civiles, es otro asunto que depende de cada cuerpo legislativo. Y son estos los que deben determinar las consecuencias que se deriven de una convivencia entre personas. Pero, a mi parecer, se deberían contemplar no sólo las convivencias afectivo-sexuales, sino también otras convivencias afectivas no menos importantes. ¿Es que tienen menos derechos dos hermanos que conviven bajo el mismo techo con cariño y mutua ayuda? ¿Y si no son hermanos, pero han decidido compartir su vida en una relación afectiva no sexual? ¿Del mismo o de distinto sexo? 

Pues a Dios lo que es de Dios (el amor y la moral) y al César lo que es del César (una legislación justa).

Pero me parece que los medios de comunicación prefieren dar las noticias de forma que escandalicen, en vez de aclarar el fondo de la cuestión.




viernes, 16 de octubre de 2020

Dios ama a los pecadores

Dios es metafísicamente opuesto al pecado, ya que el pecado es "lo que es malo para el hombre" (como lo definía Santo Tomás).

Entonces, ¿cómo puede amar al pecador? Está claro: porque el pecador es hombre, criatura de Dios; y Dios ama a sus criaturas.

Dios aborrece el pecado, porque supone la transgresión de la norma que Él estableció al crear al hombre; y también supone el rechazo de su amor paternal.

Pero una cosa es aborrecer la "obra" y otra muy distinta dejar de amar "al que obra"...

Pero: ¿es esto posible? Ciertamente.

¿Cómo puede ama una madre a su hijo drogadicto, delincuente, terrorista, pederasta, degenerado, incluso al que la maltrata? Por supuesto, ella odia la droga, el delito y la degeneración...; pero no puede odiar al hijo de sus entrañas...

"Pues si vosotros, que sois malos, dais cosas buena a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo os dará cosas buenas?... (Mt 7, 11)

Si una madre puede amar así a un hijo, ¿cómo no va a amarlo su padre del cielo?

martes, 22 de septiembre de 2020

La Eucaristía base de la vida cristiana

El Papa San Juan Pablo II escribió una carta encíclica titulada ECCLESIA DE EUCHARISTIA, que comenzaba diciendo "la Iglesia vive de la Eucaristía"; y en la que afirmaba que la vida de la Iglesia gira alrededor de este sacramento.

Le he estado dando vueltas y creo que no sólo la Iglesia, sino cada uno de nosotros. Porque la Eucaristía actualiza y nos hace vivir cada una de las tres virtudes teologales.

Por supuesto, es manifestación de nuestra FE: una fe plena en la palabra de Cristo, en su afirmación de que ESTO ES MI CUERPO, que tanto escandalizó a los apóstoles cuando les predijo que deberían comer su carne. Y si tenemos fe en esto, todas las demás enseñanzas de Cristo ya son fáciles de creer.

También es cauce para nuestra CARIDAD: Cristo inventa la Eucaristía para poder quedarse con nosotros, para mantenerse en contacto (tan íntimo que nos permite comerlo): es la manifestación de su amor por nosotros y de su solicitud de nuestro amor por Él. Y, efectivamente, podemos demostrarle nuestro amor a través de nuestra veneración eucarística, de nuestras comuniones y adoraciones. Incluso es cauce para manifestarnos, compartiendo la Eucaristía, nuestro amor recíproco.

Y, finalmente, es fuente de nuestra ESPERANZA: si a Cristo podemos comerlo ya en la Tierra, ¿cómo no vamos a compartir con Él nuestra vida del cielo? Si Él ha querido quedarse con nosotros, ¿cómo no va a llevarnos con Él cuando muramos?

Sin Eucaristía, no solo no tendríamos las gracias extraordinarias que el sacramente nos aporta, sino que nuestra Fe, Esperanza y Caridad se harían mucho más difíciles.

Todos vivimos de la Eucaristía


domingo, 26 de abril de 2020

Camino de Emaús


Hoy, segundo domingo de Pascua toca el Evangelio de la aparición de Cristo a los discípulos camino de Emaús.
Es uno de los pasajes del Evangelio que más me impresionan, porque ponen de manifiesto la sensible misericordia de Cristo.
Ni siquiera eran apóstoles, sólo discípulos; y el evangelista ni menciona su nombre. Nada más se vuelve a saber de ellos. No eran en absoluto personajes importantes; pero Cristo decide aparecerse a ellos para consolarlos. Y lo hace de esa manera tan misteriosa, incluso tierna, para poder manifestar de forma más intensa su cariño por todos.
Estos dos discípulos lo habían abandonado durante la Pasión; y perdieron la fe, ya que manifiestan que “aquél que era poderoso en palabras y obras ha quedado en nada”. Reconocen su decepción, que no es sino una manera indirecta de negar al que habían considerado su Señor.
Pero Cristo los ve tristes y acude a consolarlos. Indirectamente, como queriendo darles una sorpresa, lo que no es sino una muestra de cariño. A los seres queridos, nuestras muestras de cariño las planificamos, porque nos produce gozo contemplar su sorpresa y su correspondencia.
Así es Cristo, planifica sus muestras de cariño. También lo hará cuando en Galilea se aparezca a los apóstoles que se han pasado la noche sin pescar nada “muchachos ¿tenéis pescado? Echad la red a la derecha”. “Es el Señor”, dirá Juan; y Pedro se echará al agua para volver a la orilla. Allí Cristo les ha preparado un desayuno con pescado sobre unas brasas.
Lo que me impresiona de estos pasajes es que el amor de Dios se manifiesta en ellos en forma de cariño, de afecto. No como el Señor al siervo; sino como al amigo, al hermano…incluso al que antes le ha defraudado.
Así de grande es nuestro Dios y Señor.

sábado, 18 de abril de 2020

Dios y la pandemia

Siempre que hay una gran catástrofe natural (y esta pandemia lo es; aunque muy agravada por la incompetencia humana), la gente se pregunta ¿dónde está Dios?
Pues en la película Deliver Us From Devil he oído una de las mejores respuestas: "Dios está en el corazón de todos aquéllos que quieren ayudar a los demás".
Y es que, ante el mal, culpamos a Dios de mantenerse al margen; pero cuando ese mismo mal genera infinidad de bienes ( amor, comprensión,caridad, generosidad, entrega, compasión, perdón, reconciliación, etc...), nos negamos a ver en estos bienes la influencia de Dios.
¿Por qué, si cuando hay mal le echamos la culpa a Dios, cuando hay bien (y os aseguro que es mucho más abundante) no se lo agradecemos?
Durante esta pandemia -a saber qué culpa ha tenido el hombre en su aparición y propagación-, Dios está junto a los que sufren, ayudándolos, muy cerca de ellos: en el corazón de todos esos sanitarios que se están jugando la salud y la vida por los demás.
¿Te parece poca presencia?

domingo, 22 de marzo de 2020

El coronavirus

Vive el mundo una etapa convulsa por culpa de un microscópico organismo. Algo que es imposible ver si no es con un microscopio trae en jaque a la humanidad y toda su organización: instituciones, sociedad, economía.
Ahora que el hombre se creía Dios, porque pensaba que por fin dominaba la creación, nos damos cuenta de que dependemos de factores que en modo alguno podemos controlar.
El hombre, como Dios,  ya podía estar en todas partes a la vez, mediante internet.
Los desplazamientos son instantáneos: puedo hablar y ver a alguien de las antípodas con el teléfono que llevo en el bolsillo.
La técnica y la informática están dominadas.
Conocemos tanto el universo como las partículas elementales.
Y hemos descubierto el cuaderno de apuntes de Dios (el ADN) y podemos crear y replicar vida.
Por otra parte, nos constituimos dueños de la vida y decidimos quién puede y quien no puede vivir: el aborto y la eutanasia ya son derechos en muchos países.
Nunca el hombre se pudo sentir más orgulloso de sus logros.
Sólo nos faltaba controlar el cambio climático para poder desafiar sin miedo a Dios.

Pero, como suele ocurrir, este enorme hombre tecnológico tenía los pies de barro. Y ese barro se llama miedo. Más que miedo, pánico: un microorganismo nos ha arrancado de golpe todo lo que teníamos:
Nos ha confinado en nuestras casas.
Ha interrumpido la enseñanza.
Aplica la eutanasia sin nuestra autorización (y muy probablemente también esté acabando con jóvenes que padecían otras patologías).
Toda la economía financiera se ha evaporado en unas cuantas sesiones de Bolsa.
La economía productiva se ha paralizado.
Nos ha demostrado lo equivocados que estaba nuestros miedos anteriores a una posible guerra nuclear o el cambio climático.
El microscópico virus ha afectado más a la sociedad y la economía que cualquiera de las grandes guerras mundiales.

Todo, porque tenemos miedo de perder nuestras privilegiadas vidas, porque no nos creemos que la vida posterior sea infinitamente mejor que la presente, porque nos hemos dado cuenta que el señor de la vida no es el hombre, sino el virus. Que todo el mundo moderno no es más que un castillo de naipes. Que nuestras seguras seguridades no tenían ningún fundamento, porque no se apoyaban en Aquél que todo lo puede.

Dicen que es un castigo de Dios. No es cierto. El hombre se basta para destruirse a sí mismo sin necesidad de la intervención divina. Al contrario, cuando la estupidez humana llegue al límite, será Dios quien nos saque de esta.

Y deberíamos aprovechar para construir un nuevo mundo mucho más humano, que no es otra cosa que construir el mundo que Dios quiso que hiciésemos: basado más en el amor que en la competencia; más en el trabajo que en la especulación; más en la producción que en la intermediación; y en donde toda vida se respete simplemente porque cada persona es capaz de amar y sentirse amado, al margen de su capacidad productiva o financiera.

Todo será para bien, seguro.
Mientras tanto, consolemos a los que sufren.

martes, 10 de marzo de 2020

El Verbo Divino, La Palabra.

Dice el comienzo del evangelio de San Juan que al principio existía El Verbo, La Palabra. A Dios se le designa en el cristianismo con este término: La Palabra. Y es curioso que sea precisamente la palabra, las palabras, las que vengan a demostrar (de un nuevo modo) la existencia de La Palabra. Me explico:
La semiótica (la ciencia que estudia los signos, la escritura) no puede explicarse sin pensar en que existe una mente detrás que ha creado las palabras con esos signos y que es capaz de entenderlas cuando las lee. El significado de los signos (valga la redundancia), no puede ser casual, aleatorio; el lenguaje no puede explicarse en base a meras leyes físicas y químicas. 
Si vemos una palabra escrita en la arena de una playa, no pensamos que ha sido un cangrejo que al andar erráticamente ha construido esos signos. Sabemos con certeza que un ser inteligente la ha escrito con la intención de que otros seres inteligentes la lean y la entiendan. Es decir: ha querido transmitirnos una información o un sentimiento. Entonces, la palabra más larga que existe, el ADN, el código genético, 3.500 millones de letras perfectamente ordenadas, ¿sí puede explicarse con física y química? ¿deriva de cambios aleatorios no guiados? No sería más razonable pensar que alguien inteligente la ha escrito para que las células vivas puedan interpretarla (por cierto, la ciencia no ha podido explicar cómo "leen" y aplican su código genético las células... deben ser más listas que nosotros).
La información es algo distinto de la física y la química, no se puede reducir a movimientos de partículas elementales. La información, no sólo es interpretada correctamente por alguien distinto de quien la produjo, sino que incluso puede provocar sentimientos. La información se plasma sobre la materia (un libro) pero no es material y puede generar actividad inmaterial, sentimientos (quizá porque la información es la forma de comunicarse las almas, no los cuerpos).
Esta realidad está haciendo tambalearse muchas teorías materialistas y cosmovisiones ateas del universo.
Las palabras no pueden explicarse sin una inteligencia que las produzca inteligencia: ¿será por esto por lo que Dios se denomina a sí mismo la Palabra?
Todo procede de la nada o todo procede de Dios: ¿qué es más difícil de creer?

domingo, 8 de marzo de 2020

¿Han enterrado los científicos materialistas a la Ciencia?

Si Dios no existe, todo razonamiento tiene que ir de abajo hacia arriba: de la persona hacia las cosas. Las conclusiones del cerebro humano no son sino movimientos aleatorios de las partículas fundamentales que lo forman. Entonces, ¿cómo fiarme de las conclusiones?
Pero, el entendimiento, la memoria y la voluntad, no parece que sean casuales. Estas potencias del alma -a decir de los cristianos-, no parecen casuales. Nuestro entendimiento llega a conclusiones similares para problemas similares: la respuesta nunca es casual. La memoria va almacenando información, que aflora bastante ordenada cuando la necesitamos, sólo se nos presenta aleatoriamente en los sueños. La voluntad suele seguir también pautas definidas, según el carácter y el temperamento de cada persona. 
Entonces, si la mente humana no es algo simplemente físico, la ciencia no puede explicarla, porque la ciencia sólo explica lo material. Y si no puede explicarla, tampoco podemos aceptar las conclusiones del naturalismo evolutivo: que todo ha evolucionado por casualidad.
los auténticos científicos (aquellos que no recurren a la casualidad para explicar lo que no entienden) están empezando a enterrar al ateísmo, como modo de evitar el enterrarse a sí mismos. Porque para hacer ciencia se necesita una base de racionalidad, creer que existen leyes para ser estudiadas; y el ateísmo (con su aleatoriedad) la destruye: si el cerebro es mera química, no es fiable.

jueves, 5 de marzo de 2020

¿Es el amor una mera conexión neuronal?

El ateísmo tiene una visión reduccionista del universo y el mundo: todo puede explicarse por la física y la química; hasta lo que parece menos material. Según los científicos materialistas, incluso los sentimientos no son más que consecuencias de conexiones nerviosas de mi cerebro, movimientos aleatorios de partículas elementales. Pero, si es así, ¿cómo he llegado a la conclusión de que mi cerebro está compuesto por partículas elementales? ¿Es esta conclusión también consecuencia de "movimientos aleatorios de partículas elementales". Pero hay algo que me degrada como ser humano: mi afecto, mi voluntad, mi amor, ¿son sólo conexiones nerviosas? ¿entregué mi vida a una mujer, porque en mi cerebro se produjo un cotocircuito? Cuando tomo una decisión importante: ¿son las partículas elementales las que la toman aleatoriamente por mí? ¿Que movimiento de esas partículas es el que me llevó a creer en un Dios Padre y a amarlo?
Yo prefiero pensar que fui creado por amor a imagen y semejanza de mi Creador, quien quiso que fuese libre para poder amarlo libremente, aunque eso me diese la posibilidad de desobedecerle e incluso de no creer en Él y pensar que todo es una conclusión casual de mis neuronas. Así de grande creo que es mi Creador y así de grande su amor hacia nosotros.

martes, 3 de marzo de 2020

Todos tenemos algún tipo de fe


Todos tenemos una cosmovisión, una creencia sobre cómo es el universo, de dónde procede y  a dónde va. Algunas de estas cuestiones han sido comprobadas empíricamente; pero otras son simples suposiciones [por ejemplo, lo de los agujeros negros]. Pero si nos creemos algo que no hemos comprobado, entonces es que tenemos fe en eso.
Por lo tanto, la Fe se suele referir a la religión; pero también abarca muchos otros aspectos de la vida: todo lo que creo o considero que lo sé, sin haberlo comprobado personalmente, es fe en quien me lo cuenta. A veces ese convencimiento está más fundado que otras veces. 
Hay quien cree que la Tierra es plana; yo creo que es redonda, porque esta forma explica muchos de los fenómenos que ocurren, además de que he visto fotos hechas desde satélites. Por supuesto, los que piensan que es plana, dicen que todo esto son engaños y trucos. Entonces yo razono y llego a la conclusión de que la probabilidad de que sea redonda es mayor que la probabilidad de que sea plana [lo que explica, por ejemplo, la evolución de las horas según la latitud, cómo se ve el horizonte, que Magallanes pudiese dar toda la vuelta, que el océano no se desborde por el fin de la Tierra, que la sombra sea distinta a la misma hora según la situación en el globo]. Es decir, convierto en certeza lo que sólo sé porque otros me lo han dicho.
Habitualmente se entiende por FE el conocimiento cuando no hay evidencias; pero eso no significa que sea irracional. Yo no he visto por mi mismo la redondez de la Tierra, no tengo esa evidencia; pero aseguraría lo que fuese a que es cierto, porque mi razón me dice que, aunque no tenga evidencia, es así. 
Lo mismo me ocurre con mi Fe religiosa. Tuve noticias de Dios porque de niño mi madre me lo explicó. después recibí una mejor formación religiosa en el colegio. Y ya de adulto, he podido completar mi formación por mi mismo. y esto me ha llevado a poder razonar mi Fe; y llego a la conclusión de que lo razonable es creer en la existencia de un Dios creador e inteligente del que procede todo lo que compruebo que está ordenado. Deduzco que mi Fe es correcta cuando pienso que si hay algo ordenado no será por casualidad, sino por que Alguien lo ha ordenado. Y, además, compruebo que miles y miles de personas más inteligentes que yo y más estudiosas han llegado a la misma conclusión en todas las épocas y culturas de la humanidad. No son evidencias (como tampoco las tengo de la redondez de la Tierra) pero son indicios suficientes como para asegurar que mi FE no es  “ciega”, sino razonable y razonada. 
Otros, por el contrario, piensan que todo existe y evoluciona por casualidad. Pero entonces, tendré que preguntarme, como lo hizo en su tiempo nada menos que Charles Darwin (el padre del evolucionismo)¿son de fiar las conclusiones del cerebro humano, que ha evolucionado de especies inferiores?
Pues yo le respondo: Sólo puede fiarse de su razón quien sabe que ha sido creado por un Ser Inteligente; y no por la casualidad. 

sábado, 29 de febrero de 2020

No hay contradicción entre Dios y ciencia.


Algunos confunden a Dios con los dioses mitológicos (como el dios del trueno, el de la fertilidad, etc., que les servían a los antiguos para justificar lo que no podían entender).  Dios es la causa de todo, el creador de todo, de lo que podemos explicar y de lo que no podemos explicar todavía. Dios crea las leyes que la ciencia estudia: no hay incompatibilidad ni contradicción entre Dios y la ciencia. 
Igual que un artista puede valorar mejor una obra de arte (admirar la genialidad del artista) que un lego en la materia; así un científico puede valorar o conocer la obra de Dios mejor, admirarse por sus leyes, que un inculto. Cuanto más se sabe del universo, más se admira a Dios. 
Stephen Hawking dice que no necesitamos a Dios, porque la ciencia lo explica todo; pero la ciencia no explica la gravedad, sólo nos muestra leyes para calcularla y trabajar con ella: la ciencia realmente no explica nada, sino que simplemente nos muestra cómo funciona el universo.
Lo que ocurre es que a veces se confunde el concepto de explicación. Por ejemplo, si nos hacemos la pregunta “El agua hierve en la tetera: ¿por qué?” Una explicación sería: “porque el calor del fuego la hace hervir”; pero otra explicación podría ser: “porque yo quiero una taza de té”. Ambas son correctas. La primera es científica (la causa causante)y la segunda es personal (la causa final). Estas dos explicaciones no compiten entre ellas ni se contradicen, sino que se complementan y necesitamos las dos. ¿Cuál es la más importante? Para el sediento, la importante es la segunda. Pero Hawking piensa que sólo la primera es importante. Dios no compite con la ciencia en la explicación del universo. 
Algunos científicos niegan la existencia de Dios porque dicen que han estudiado todo el universo y no han visto a Dios. Y es verdad, y lógico: Dios no está en el universo, lo ha creado. Podríamos estudiar el motor de combustión durante siglos, pero nunca encontraríamos en él a Henry Ford, que fue el que lo inventó. Veremos sólo los diseños que él hizo para que funcionase. Lo mismo ocurre con Dios y el universo, puedes explicarlo sin encontrarlo, pero ahí está su huella diseñadora. Si podemos hacer ciencia es porque existe Dios y sus leyes nos permiten estudiar lo que Él ha creado. Si podemos estudiar el motor de combustión es porque Henry Ford lo diseñó.
Quizá es sólo cuestión de que cada uno se dedique a estudiar lo que le corresponde, sin tratar de negar la existencia del otro, simplemente porque no está en su campo de estudio.

jueves, 27 de febrero de 2020

¿Es la religión un cuento de hadas?

Veíamos en la entrada anterior que la Fe o la Religión no son cuentos para niños, sino para adultos, porque son estos los que la difunden, estudian, razonan y defienden.
Algunos ejemplos:
Isaac Newton, el científico que formuló la ley de la gravedad, se maravillaba de un Dios que había creado leyes en la naturaleza para que pudiésemos entenderla y describirla.
Si embargo, Stephen Hawking se escudaba precisamente en la gravedad para negar a Dios: como ya sabía cómo funcionaba el universo, ya no necesitaba más explicaciones. Pero quizá a esa mente privilegiada [aunque demasiado orgulloso de sí mismo] se le escapaba un detalle: ¿quién había establecido esa ley que a él le permitía conocer el funcionamiento del universo? ¿La casualidad?
También fue Stephen Hawking quien pronunció una frase muy poco científica, pues no se molestó en demostrarla: “la religión es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la oscuridad”. A la que contestó el matemático John Lennox con otra frase no menos ingeniosa: "el ateísmo es un cuento de hadas para gente que tiene miedo de la luz". 
El premio Nóbel de literatura Czeslaw Misloz dijo: "el ateísmo es el auténtico opio del pueblo, porque nos libera de la posibilidad de responder por nuestros crímenes y el daño hecho a los demás". 
Es curioso cómo los científicos materialistas, que todo lo demuestran, hablan de la religión como si fuesen auténticos teólogos... pero sin molestarse en estudiar teología.