martes, 30 de octubre de 2018

Fiesta de Todos los Santos

El próximo día 1 de noviembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de Todos los Santos; es decir, conmemoramos a todas aquellas personas que han llevado una vida santa y están en el Cielo, gozando de la presencia de Dios, que se han merecido. Pero se trata también de las personas que por su falta de notoriedad no han sido canonizadas (declaradas santas) oficialmente. Seguro que todos conocemos a algunas de ellas: personas con una vida anónima, pero entregada a Dios y a los demás.

Al día siguiente, la Iglesia celebra el día de Todos los Difuntos; es decir, aquellas personas que habiendo muerto en gracia de Dios, deseando salvarse, necesitan todavía hacer penitencia por sus pecados. Por supuesto, esto hay que entenderlo siempre teniendo en cuenta la misericordia de Dios; y viéndolo más que como una condena temporal (como si de una cárcel se tratase), como un profundo dolor por los pecados cometidos, al contemplar directamente la bondad de Dios. ¿Quién no se ha arrepentido de alguna estupidez que haya hecho y le gustaría castigarse a sí mismo por ello? Pues algo así es el purgatorio. Pues bien,. esta fiesta está instituida para que los vivos recemos a Dios por esos difuntos que todavía están purgando (si es que lo podemos entender desde una dimensión temporal), como muestra de amor por ellos. Os recuerdo que esta es una de las Obras de Misericordia Espirituales: rezar a Dios por vivos y difuntos.

Pero lo que me importaba resaltar es que estas dos fiestas no confrontan directamente con la otra vida. No me gusta llamarla vida eterna, porque para los hombres esa eternidad comienza cuando nacemos, no cuando morimos. Y quizá sea bueno aprovechar estas fiestas para pensar más en que en esa otra vida podremos disfrutar de nuestros méritos (mejor dicho, del amor de Dios) sin los sufrimientos y dificultades que padecemos en esta. Y al revés, pensar que nuestra vida terrenal y nuestras cosas materiales son sólo una pequeña parte de lo que el hombre puede vivir aquí: está también esa "vida interior" o vida espiritual que ensanchará infinitamente nuestros horizontes terrenales.

Dos buenas fiestas para pensar en todo esto.

martes, 2 de octubre de 2018

Oración por la Iglesia (2)

En concreto, el Papa nos pide que recemos el Santo Rosario durante el mes de octubre (tradicionalmente dedicado a esta oración); y, además nos pide que recemos una oración concreta a la Virgen María y otra a San Miguel Arcángel.
La oración a la Virgen es:
Bajo tu protección nos acogemos,
Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas 
que te dirigimos en nuestras necesidades, 
antes bien líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
Amén
La oración a San Miguel es:
San Miguel, defiéndenos en la lucha, 
sé nuestro amparo contra la perversidad 
y las asechanzas del demonio, 
que Dios humille su soberbia. 
Y tú, príncipe de la milicia celeste, 
arroja al infierno a Satanás 
y demás espíritus malignos 
que vagan por el mundo para
perdición de las almas. Amén.

Oración por la Iglesia

El Papa nos pide oración por la Iglesia, para que supere este momento tan conflictivo por el que está pasando.
La Iglesia, como institución de Jesucristo, es perfecta; pero como sociedad humana, tiene todas las debilidades y defectos del ser humano. Por eso, no siempre hace las cosas bien; y esto sería perdonable, porque a ningún hombre se le puede exigir la perfección.
El problema es cuando algunos miembros de la Iglesia, actuando en cuanto tales, en uso de su autoridad espiritual y moral, causan un daño intencionado a otro hombre, algunas veces a los más indefensos. Esto no es perdonable; y es lógico que cuando estos casos se conocen la Humanidad entera nos lo reproche.
Cristo ve nuestras miserias y las perdona con misericordia, porque conoce nuestras debilidades. Pero cuando observa el mal intencionado realizado sobre los más indefensos por miembros destacados de la Iglesia, entonces tiene que sufrir de nuevo lo que sufrió en la Pasión, para redimir a su Iglesia de semejante abominación.
No hay excusa alguna. Ni el prestigio de la Iglesia, ni la defensa de las demás almas del escándalo que podría producirse, ni los millones de hombres a los que la Iglesia ha ayudado en su necesidad, su enfermedad o su ignorancia, son excusa para ocultar esos casos: todo eso habría que ponerlo en juego para evitar que hubiese un caso más...
La Iglesia es una institución al servicio de los hombres; y debe evitar por todos los medios a su alcance que se utilice para hacerles daño: cualquiera que sea el coste.
Y que Dios en su infinita misericordia perdone a los culpables y sane a las víctimas: la Iglesia sólo puede ocuparse de lo segundo.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Lo perfecto

Pero además de evitar el pecado (que es lo que causa el mal al hombre) y de tratar de hacer el bien, incluso con amor al prójimo, existe un camino más perfecto, que es el que Cristo nos enseña después del discurso de las Bienaventuranzas:

Pero a vosotros los que oís, os digo: 

Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen;

bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; 
y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
A cualquiera que te pida, dale; 
y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, 
así también haced vosotros con ellos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores aman a los que los aman.
Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? 
Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.
Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, 
y prestad, no esperando de ello nada; 
y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; 
porque él es benigno para con los ingratos y malos.
Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. (Lucas 6, 27-36)

Éste es el camino de la perfección. Como ninguno somos perfectos, no lograremos seguirlo; pero es bueno conocerlo para, por lo menos, intentarlo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Hacerlo por amor

La mención que más me gusta sobre lo que es hacer el bien, la encontramos en la carta del Apóstol San Pablo a los Corintios:

"Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe".

"Y si tuviera profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor, nada soy".

"Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve".(1 Corintios 13:1-13)

Porque de lo que se trata no es sólo hacer el bien, que esto lo puede hacer cualquier filántropo  o buena persona. De lo que se trata es de hacerlo con amor, como reflejo hacia los demás hombres del amor con que Dios nos ama.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Hacer el bien

Evidentemente, debemos evitar el pecado porque éste es lo que resulta malo para el hombre; pero si lo que nos mueve a hacerlo es el amor, entonces además de evitar el pecado, debemos intentar hacer el bien.
Y ¿qué es el bien?
Pues existen el la Biblia varias respuestas:
La primera la encontramos en el Salmo 14, en donde encontramos unas cuantas claves de lo que es hacer el bien:

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente 
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo 
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El pecado

Dios no quiere que pequemos, pero no por una manía suya de imponernos su voluntad, sino por puro amor: Él es quien mejor que nadie conoce nuestra naturaleza y lo que es bueno para ella y para nuestra felicidad; por eso, porque quiere que seamos felices, porque nos ama, es por lo que rechaza nuestro pecado.
Por supuesto, nuestro rechazo de sus normas, en definitiva de su amor, también es una ofensa hacia Aquél que tan bien nos quiere; y es por esto por lo que nosotros debemos evitar el pecado: no por el castigo, ni por sometimiento a un Ser superior (como ocurría en el Antiguo Testamento y en tantas otras religiones), sino porque no queremos ofender a quien nos ama y quisiéramos amar.

martes, 18 de septiembre de 2018

Los nacionalismos



Los nacionalismos radicales, entendidos como aquellas posturas en las que se rechaza de plano al que no pertenece a la propia nación y se le margina como a un ser inferior -o que simplemente se postula el separatismo como forma de diferenciación-, son opuestos a la concepción social cristiana. Pero no deben confundirse con el patriotismo, entendido como el amor por la propia patria o tierra que, como todo amor, siempre es positivo. El patriota defiende lo suyo, sin despreciar nada y orgulloso de compartir lo suyo con los demás, sin separatismos ni marginaciones.

Son contrarios a la concepción social cristiana por el mismo concepto de cristianismo, abierto a toda la humanidad, cultura, raza o concepción política; porque la llamada de Cristo, en contraposición a la Antigua Alianza que se establece sólo con el pueblo judío, fue universal. Esta es la mayor novedad del mensaje evangélico: la llamada universal. Y, de hecho, el cristianismo se extendió rápidamente por todo el mundo conocido; y posteriormente se fue extendiendo por los nuevos territorios que se fueron conociendo (América y extremo oriente) por la acción de los evangelizadores.

Fue el nacionalismo extremo de los judíos el que les lleva a crucificar al Justo: no quieren admitir que los paganos (despreciables para ellos) puedan estar llamados por Dios en igualdad de condiciones. Y para no ceder en su pretensión de superioridad, cometen el absurdo de someterse al dictamen de Pilatos, el gobernador Romano; e incluso proclamar aquello de "no tenemos más rey que el César".  Los nacionalistas, sometiéndose a los conquistadores para reivindicar su soberanía: quizá el nacionalismo, además de fanático, sea torpe. 

Pero consiguen acabar con Cristo, el rabino que vino a predicar para todos una misma esperanza, sin distinción, y una hermandad universal como hijos de Dios. ¿Acabar con Cristo? Más bien lo que consiguieron fue expandir el cristianismo por todo el Imperio Romano. 

El cristianismo es lo radicalmente opuesto al nacionalismo: y esto lo proclamó Cristo que pertenecía a un pueblo sojuzgado de verdad por los romanos.

Es mi convencimiento.

domingo, 9 de septiembre de 2018


He logrado cumplir mis aspiraciones literarias con la publicación de mi primera novela, que además ha sido galardonada con el Primer premio del Certamen literario Didaskalos (mayo 2018).
Creo oportuno anunciarlo en este blog, debido al contenido de la misma: la evolución de un alma que tras sentir el remordimiento por su pasado, es capaz de reconducir su vida; y reencontrarse con Dios.
Estoy seguro de que gustará a los lectores de este blog.
Adjunto reseña editorial con toda la información.


Un señorito nuevo en el pueblo
Primer premio en el I Certamen literario Didaskalos mayo 2018 
La editorial Didaskalos ha concedido a esta novela, “Un señorito nuevo en el pueblo”, de José Alberto Fernández López, el primer premio en el I Certamen literario organizado en 2018 por la propia editorial. Es interés de la editorial publicar relatos auténticos, que ofrezcan una trama vital, personajes densos, que viven vidas auténticas, en las que se da una verdadera transformación. Nada de esas noveluchas flácidas en las que personajes estereotipados ejecutan la trama prevista o, al revés, nos sorprenden con giros estrambóticos, pero poco reales. Creo que esta es la virtud principal de “Un señorito nuevo en el pueblo”. Fernando, el protagonista de la novela, es un hombre desgarrado por la tristeza de una vida vana. El deseo de viajar y de volver a la vieja casona familiar en el pueblo, va a abrir su vida a encuentros inauditos y le va a conducir a la visión de un nuevo sentido, al descubrimiento de nuevas posibilidades de una vida grande y bella.
EAN: 9788417185121 ; ISBN: 978-84-17185-12-1 ; Depósito legal: M-25830-2018
Páginas: 212 ; Ancho: 15 cm; Alto: 21 cm
Fecha publicación: 07-08-2018
Precio: 16 euros.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Creer en el Evangelio

Te he retado a leer el Evangelio con la mente abierta, con sencillez, sin prejuicios.
Efectivamente, allí hay algo que nos supera: un profundo conocimiento de la naturaleza humana, del designio del hombre. Algunos mensajes son tan sublimes, que no parecen humanos; parecen el consejo que un buen Dios nos quiere dar para que alcancemos la felicidad. Pero están entremezclados con otros muy duros, difíciles de aceptar y difíciles de creer...; porque son muy exigentes para lo que pensamos que la felicidad debe ser fácil de alcanzar, y que no deberíamos tener que renunciar a nada para alcanzarla.
Por eso, cuando comprobamos que el mensaje no es humano, es divino, entonces debemos hacer el propósito de creerlo en su totalidad: en lo que nos gusta y en los que nos disgusta. Tener fe en el Evangelio. La fe en general, y en concreto la fe en la Palabra de Dios, es como cuando se observan las galaxias o nebulosas a través de un telescopio: si se mira a una de ellas directamente parece como que desaparece, parpadea, una vez está y otra no. Pero si se la mira como de reojo, o se observa el conjunto, entonces aparecen todas ellas en su esplendor.
Esto pasa también en otros campos del conocimiento: por intuición, sabemos lo que algo concreto es; pero cuando tratamos de explicarlo o definirlo, no sabemos.
Con la Palabra de Dios pasa lo mismo. La espiritualidad del hombre, su determinación, sus pasiones, su generosidad y el amor traslucen sin lugar a dudas que existe algo más que la simple materialidad y que convive con ello; más que convivir de forma superpuesta, se entrelaza, lo impregna la naturaleza. Pero cuando trato de vislumbrar a Dios en un momento concreto, en un hecho concreto, sobre todo si es una desgracia, parece como que no lo veo, como que se esconde. La intuición nos muestra a Dios sin dudas; pero cuando queremos apresarlo en nuestro intelecto, se nos escapa.
Lo mismo ocurre con su Palabra de Dios: un mensaje concreto, una frase concreta, podemos no entenderla o no querer aceptarla: pero en su conjunto, sabemos que es cierta, lo intuimos.
Entonces: ¿no es insensato rechazar lo que no nos gusta? ¿Rechazaríamos de un buen médico la medicina amarga?
No vamos a encontrar un médico que nos quiera más y nos conozca mejor que Aquél que nos creó.


martes, 4 de septiembre de 2018

Creer es razonable: pero ¿eso es todo?


Creer en Dios es lo más razonable. De hecho la fe es una de las fuentes del conocimiento (ver entrada). Pero esta fe no sería más que un conocimiento que adquirimos: Dios existe, sí, ¿y qué?...
Por eso, lo importante es lo que san Juan Pablo II llamaba la fe práctica: la religión. Religión (re-ligare) significa trato con Dios; y para llevar nuestra fe al trato con Dios y con los demás, tenemos que acercarnos al Evangelio: la nueva noticia transmitida por Jesucristo.
Lo que me hace practicar la religión, tratar de ponerme en contacto con ese Dios creador no es mi inteligencia (sé que existen muchas cosas que me importan un bledo), aunque ésta sea la que me lleva a la certeza de su existencia. Yo trato a Dios porque conocí el mensaje evangélico y me enamoré de él: del mensaje y de Jesucristo, el hombre-Dios que me lo revela. No creo posible acercarse al evangelio y no salir transformado… Ni creo posible leer el Evangelio y pensar que es invención humana: un hombre no podría decir cosas tan sublimes de una forma tan sencilla.

La conversión, el acercamiento a Dios no lo produce la fe razonada, sino el encuentro personal con Cristo que se produce en el Evangelio. ¿Qué exagero?: ¡pruébalo!

jueves, 30 de agosto de 2018

Creer es lo más razonable


Creo, porque creer en Dios me parece lo más razonable.

Con respecto a la existencia de Dios, tenemos por una parte la teoría científica: que todo lo que vemos ha evolucionado hasta este punto por casualidad. No me parece razonable, porque contradice dos postulados científicos:
  • ·        Que la ciencia es el estudio de la materia y su comportamiento, por lo que no puede pronunciarse más allá del big bang: no podría ni afirmar ni negar la existencia de un ser espiritual.
  • ·         La ley de la entropía: todo tiende por sí mismo a un mayor desorden, nunca a un mayor orden.

Por otra parte, tenemos el postulado de la fe: todo lo que vemos ordenado ha sido creado por un Ser inteligente que lo ha ordenado; o, más bien, que imprimió a su creación la capacidad de ir evolucionando y ordenarse cada vez más y mejor. Este Ser tiene que actuar directamente cuando ha de producirse un salto en dicha creación: el paso de la materia a la vida y el paso de la vida vegetal o animal a la vida racional. El hombre, un ser inteligente, dotado de alma, capaz de superar sus instintos y amar o crear arte, necesita de la creación directa de Dios.

Cuando lo estudio detenidamente, veo que hay que tener más fe (¿ser más ingenuo?) para creer la teoría científica de la evolución absoluta (sin intervención de inteligencia creadora) que para profesar la fe tradicional en la existencia de Dios:
  • ·        A este último convencimiento llego por los razonamientos que he expuesto en otras entradas y muchos otros que he desarrollado en otros escritos: si hay algo ordenado es porque Alguien lo ha ordenado. No puedo creer en las casualidades.
  • ·         Pero los científicos no me dan razón alguna que rebata mi opinión de que cuando veo algo ordenado es porque Alguien lo ha ordenado: simplemente me piden que me crea que ha sido por casualidad. Les tengo que creer sin pruebas ni razonamientos, sólo porque ellos lo dicen. ¡No tengo tanta fe! El recurso a la casualidad es todo menos un razonamiento científico.


miércoles, 22 de agosto de 2018

Amar las carencias

Si el amor es buscar el bien del otro, más que sus virtudes, lo que nos perfecciona en el amor son sus carencias, sus defectos; porque estos son los que nos permitirán buscar su bien, dándole lo que le falta. 
El secreto de un matrimonio es la administración de las carencias. Primero, reconocer las propias carencias -que es la humildad- que nos llevará a pedir la gracia y la ayuda para superarlas: este es el comienzo de la solución. Después, perdonar siempre las carencias del otro, porque dejar de perdonar es desesperar del otro, pensar que ya no tiene solución.
Recordemos el himno al amor de san Pablo (1 Cor 13 4-7):
El amor es paciente, es bondadoso. 
El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. 
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. 
El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. 
Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

lunes, 20 de agosto de 2018

La cruz, escándalo para los cristianos

....pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, y necedad para los gentiles... (1Cor 1, 23).
Hoy también la cruz es escándalo para los cristianos, como antaño lo fue para los judíos; y necedad para los gentiles. El sufrimiento, el sacrificio voluntario no se entiende, porque vivimos en la cultura del deseo, del placer. 
Pero cuando ese sufrimiento se acepta por amor a Cristo, por el afán de acompañarle en la medida de lo posible en su misión redentora, entonces ya no es escándalo ni necedad, entonces es la maravillosa sensación de estar con Aquél a quien amamos. Como nos dijo san Pablo en su carta a los colosenses: Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia (Col 1, 24).
La madre Teresa de Calcuta entendió muy bien en qué consiste el amor cuando nos recomendaba: "amad hasta que os duela el amor". Porque la prueba más fiable de un amor verdadero es sufrir por el ser amado; aunque sea un sufrimiento gozoso...
Aunque, por supuesto, los que no conozcan a Cristo no podrán entenderlo.

martes, 14 de agosto de 2018

María, virgen y madre.


El 15 de agosto se celebra una de las más importantes festividades dedicadas a la Virgen María; y por esto quiero dedicarle a ella esta entrada, en la que voy a hablar de la más gloriosa contradicción del cristianismo: la virginidad y maternidad de María.

Se asombran hipócritamente muchos de que María hubiese podido ser madre sin intervención de varón; pero no se asombran del habitual milagro de la vida: una célula masculina minúscula entra en contacto con una célula femenina bastante mayor y se desencadena el más milagroso proceso que existe en la naturaleza: esas dos células acaban convertidas en unos 30 billones, perfectamente ordenadas por tejidos (piel, músculos, nervios…) y desarrollando  funciones muy complicadas; para acabar siendo el ser humano con consciencia propia, sentimientos y voluntad… Aunque esto último no puede ser un paso más de la evolución natural del cigoto, sino la específica creación espiritual del alma humana en el mismo instante de la concepción…

Pero sigamos con el proceso natural. ¿Es posible eliminar de ese proceso la primera e insignificante célula y desencadenar su desarrolla? ¿Es que el que lo diseñó con una efímera intervención de varón, no podía por una vez prescindir de él? Pues esto es lo que pasó con la Virgen María. (1)

Y convenía que fuese así, porque el Hijo de Dios, para ser auténtico hombre necesitaba un seno en el que gestarse (una madre), pero no un padre humano del que recibir herencia genética, porque ya tenía un Padre divino. No obstante, sí quiso que hubiese una figura paterna, para protección de la Virgen y mostrarnos su infancia en el seno de una familia.
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(1) Clive S. Louis en su libro “Los Milagros” explica maravillosamente esto y muchas otras cosas.


jueves, 9 de agosto de 2018

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mateo 5, 4); pero también: alegraos siempre en el Señor, de nuevo os lo digo: ¡alegráos! (Filipenses 4, 4)


¿En qué quedamos: tenemos que llorar como nos recomienda el Señor o tenemos que alegrarnos, como nos dice san Pablo?
En el discurso de las Bienaventuranzas el Señor quiere contraponer lo que el mundo considera como dicha (bienestar, placer, poder y fortuna) con lo que realmente es importante y nos hará dichosos. El mundo desprecia el llanto; pero éste puede ser dichosos en función a la causa que lo provoca: si sufrimos por una causa superior, entonces debemos aceptarlo sin tristeza y con el convencimiento de que a la larga seremos consolados.
Y esto mismo es lo que nos dice san Pablo: un cristiano que espera en el Señor no puede estar triste, porque a pesar de que sus circunstancias puedan ser desfavorables, sabe que tiene el mayor de los tesoros: el amor de Dios. El apóstol viene a combatir esa errónea creencia de que la virtud y el ascetismo son incompatibles con el buen humor. Nada más equivocado: la fe, la esperanza y la caridad cristianas nos tienen que llevar a la alegría, porque nos sabemos hijos de Dios.
Un cristiano triste es un triste cristiano; una virtud triste nunca es virtud.

martes, 7 de agosto de 2018

Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mateo 6, 3); pero id y predicad a todas las gentes (Marcos 16, 15).


Otra aparente contradicción más: si tenemos que hacer las obras buenas sólo de cara a Dios, sin que los demás se enteren, ¿cómo compaginarlo con ir proclamándolo al mundo? En este caso la explicación es sencilla: esas dos frases están en un contexto bien diferente.
Por una parte, se nos pide que cuando oremos o demos limosna, lo hagamos para satisfacer a Dios, que quiere que nosotros acudamos a Él para solicitar su ayuda, pero que también estemos nosotros dispuestos a ayudar a los demás. Esta es la manera en la que habitualmente Dios envía su ayuda a quien acude a Él: a través de los demás hombres, por esto, cuando nos desentendemos de nuestros hermanos, estamos frustrando los planes de Dios. Pero Él no quiere que nos apuntemos el mérito de nuestra ayuda, que a fin y al cabo sólo podemos prestarla porque previamente la hemos recibido de Dios. Por esto nos pide que el hermano no se entere de que le ayudamos, que no hagamos alarde ni esperemos recompensa por nuestras buenas obras.
Pero, por otra parte, sí quiere que proclamemos al mundo las misericordias de Dios con los hombres y la buena nueva de que Cristo quiso dar su vida para que supiésemos cuánto nos ama. Y en esto no quiere que seamos recatados en absoluto (¡Ay de mí si no evangelizara!, decía San Pablo 1Corintios 9, 16). En esto, quiere que demos testimonio de cómo actúa Dios en nuestra vida, cuánto lo amamos y cuánto le debemos. Cuando se trata de proclamar a Cristo, ya no importa que los demás vean las buenas obras que Dios hace en nosotros, porque no es para vanagloriarnos de ellas, sino para mayor gloria de Dios. Y, si fuese necesario, tendríamos que vencer nuestra vergüenza para manifestar nuestros sentimientos hacia Cristo.


domingo, 5 de agosto de 2018

Fuera de la Iglesia no hay salvación posible, pero todos los hombres están llamados a la salvación.


Esta otra aparente contradicción se entiende mucho mejor después de conocer el símil del barco del que hablaba en mi entrada anterior: la humanidad entera puede viajar en el barco de la salvación, que es la única manera de llegar a buen puerto; solo hace falta que cada uno conserve su pasaje con su decisión de llegar. La mejor y más segura forma de obtener un pasaje es el bautismo de los cristianos, que es el medio que Cristo -nuestro Salvador- instituyó. Pero en ningún sitio se dice que no haya otras formas de obtenerlo. Ya lo comentaba san Juan Pablo II: fuera de la Iglesia no hay salvación; pero nadie conoce con certeza los límites de esa Iglesia. Casi sería mejor dar la vuelta a la frase: todo el que se salva es porque estaba en la Iglesia; aunque no sepamos cómo, aunque ni siquiera él lo supiese.
No obstante, para los que conocemos un método seguro y directo -el bautismo-: ¿no sería absurdo buscar otras vías inciertas?

jueves, 2 de agosto de 2018

La salvación depende de nosotros; pero ya nos ha sido dada.


Esta paradoja me fue aclarada hace tiempo por un sacerdote sabio y santo de forma muy sencilla:
El tema de la salvación es como un barco cuyo rumbo conduce directamente a buen puerto; pero depende de cada uno de los pasajeros llegar con bien a ese puerto: si no permanecemos en el barco, si no colaboramos con los demás, no estaremos a bordo cuando el barco atraque.
O lo que es lo mismo: nuestro comportamiento en esta vida es “condición” para nuestra salvación; pero no es la “causa”. La salvación nos ha sido concedida gratuitamente por Dios y recuperada (redimida) por Cristo cuando nosotros la perdimos. Nada de lo que nosotros pudiésemos hacer nos otorgaría el “derecho” a salvarnos, porque compartir la vida divina es algo que nosotros no podemos lograr, es Dios quien nos lo regala gratis (gratia en latín es gracia: todo es gracia de Dios). Pero hay una condición imprescindible: que nosotros queramos salvarnos y hagamos los esfuerzos oportunos para ello; mejor dicho, que no pongamos obstáculos a la gracia de Dios para demostrar que realmente queremos salvarnos.

lunes, 30 de julio de 2018

Jesús nos dijo: sed sagaces como serpientes, pero sencillos como palomas (Mt. 1, 16)


Y también añade: Los hijos de este mundo parecen más listos que los hijos de la luz (Luc 16, 8).


Jesús nos anima a buscar el bien con sencillez, sin doblez ni hipocresía, pero con ahínco, con inteligencia, porque estrecha es la puerta que conduce al paraíso (Mt 7, 13)… No es que se trate de un paso angosto, que nos exigirá hacer contorsiones para pasarlo, sino que lo que nos dice es que de las muchas posibilidades de vida que el mundo nos ofrece, la auténtica, la que coincide con el plan de Dios es sólo una; y merece la pena encontrarla.

Por esto, tenemos que poner todos los medios humanos para hacer el bien como si no existiese la ayuda de Dios; pero con el optimismo que nos da el saber que será Él quien lo logre…, si es que tiene interés en ello. Si nosotros ponemos todos nuestros medios… el resultado ya no debe preocuparnos, sino que debemos dejarlo en sus manos…