jueves, 30 de agosto de 2018

Creer es lo más razonable


Creo, porque creer en Dios me parece lo más razonable.

Con respecto a la existencia de Dios, tenemos por una parte la teoría científica: que todo lo que vemos ha evolucionado hasta este punto por casualidad. No me parece razonable, porque contradice dos postulados científicos:
  • ·        Que la ciencia es el estudio de la materia y su comportamiento, por lo que no puede pronunciarse más allá del big bang: no podría ni afirmar ni negar la existencia de un ser espiritual.
  • ·         La ley de la entropía: todo tiende por sí mismo a un mayor desorden, nunca a un mayor orden.

Por otra parte, tenemos el postulado de la fe: todo lo que vemos ordenado ha sido creado por un Ser inteligente que lo ha ordenado; o, más bien, que imprimió a su creación la capacidad de ir evolucionando y ordenarse cada vez más y mejor. Este Ser tiene que actuar directamente cuando ha de producirse un salto en dicha creación: el paso de la materia a la vida y el paso de la vida vegetal o animal a la vida racional. El hombre, un ser inteligente, dotado de alma, capaz de superar sus instintos y amar o crear arte, necesita de la creación directa de Dios.

Cuando lo estudio detenidamente, veo que hay que tener más fe (¿ser más ingenuo?) para creer la teoría científica de la evolución absoluta (sin intervención de inteligencia creadora) que para profesar la fe tradicional en la existencia de Dios:
  • ·        A este último convencimiento llego por los razonamientos que he expuesto en otras entradas y muchos otros que he desarrollado en otros escritos: si hay algo ordenado es porque Alguien lo ha ordenado. No puedo creer en las casualidades.
  • ·         Pero los científicos no me dan razón alguna que rebata mi opinión de que cuando veo algo ordenado es porque Alguien lo ha ordenado: simplemente me piden que me crea que ha sido por casualidad. Les tengo que creer sin pruebas ni razonamientos, sólo porque ellos lo dicen. ¡No tengo tanta fe! El recurso a la casualidad es todo menos un razonamiento científico.


miércoles, 22 de agosto de 2018

Amar las carencias

Si el amor es buscar el bien del otro, más que sus virtudes, lo que nos perfecciona en el amor son sus carencias, sus defectos; porque estos son los que nos permitirán buscar su bien, dándole lo que le falta. 
El secreto de un matrimonio es la administración de las carencias. Primero, reconocer las propias carencias -que es la humildad- que nos llevará a pedir la gracia y la ayuda para superarlas: este es el comienzo de la solución. Después, perdonar siempre las carencias del otro, porque dejar de perdonar es desesperar del otro, pensar que ya no tiene solución.
Recordemos el himno al amor de san Pablo (1 Cor 13 4-7):
El amor es paciente, es bondadoso. 
El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. 
No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. 
El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. 
Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

lunes, 20 de agosto de 2018

La cruz, escándalo para los cristianos

....pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, y necedad para los gentiles... (1Cor 1, 23).
Hoy también la cruz es escándalo para los cristianos, como antaño lo fue para los judíos; y necedad para los gentiles. El sufrimiento, el sacrificio voluntario no se entiende, porque vivimos en la cultura del deseo, del placer. 
Pero cuando ese sufrimiento se acepta por amor a Cristo, por el afán de acompañarle en la medida de lo posible en su misión redentora, entonces ya no es escándalo ni necedad, entonces es la maravillosa sensación de estar con Aquél a quien amamos. Como nos dijo san Pablo en su carta a los colosenses: Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia (Col 1, 24).
La madre Teresa de Calcuta entendió muy bien en qué consiste el amor cuando nos recomendaba: "amad hasta que os duela el amor". Porque la prueba más fiable de un amor verdadero es sufrir por el ser amado; aunque sea un sufrimiento gozoso...
Aunque, por supuesto, los que no conozcan a Cristo no podrán entenderlo.

martes, 14 de agosto de 2018

María, virgen y madre.


El 15 de agosto se celebra una de las más importantes festividades dedicadas a la Virgen María; y por esto quiero dedicarle a ella esta entrada, en la que voy a hablar de la más gloriosa contradicción del cristianismo: la virginidad y maternidad de María.

Se asombran hipócritamente muchos de que María hubiese podido ser madre sin intervención de varón; pero no se asombran del habitual milagro de la vida: una célula masculina minúscula entra en contacto con una célula femenina bastante mayor y se desencadena el más milagroso proceso que existe en la naturaleza: esas dos células acaban convertidas en unos 30 billones, perfectamente ordenadas por tejidos (piel, músculos, nervios…) y desarrollando  funciones muy complicadas; para acabar siendo el ser humano con consciencia propia, sentimientos y voluntad… Aunque esto último no puede ser un paso más de la evolución natural del cigoto, sino la específica creación espiritual del alma humana en el mismo instante de la concepción…

Pero sigamos con el proceso natural. ¿Es posible eliminar de ese proceso la primera e insignificante célula y desencadenar su desarrolla? ¿Es que el que lo diseñó con una efímera intervención de varón, no podía por una vez prescindir de él? Pues esto es lo que pasó con la Virgen María. (1)

Y convenía que fuese así, porque el Hijo de Dios, para ser auténtico hombre necesitaba un seno en el que gestarse (una madre), pero no un padre humano del que recibir herencia genética, porque ya tenía un Padre divino. No obstante, sí quiso que hubiese una figura paterna, para protección de la Virgen y mostrarnos su infancia en el seno de una familia.
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(1) Clive S. Louis en su libro “Los Milagros” explica maravillosamente esto y muchas otras cosas.


jueves, 9 de agosto de 2018

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mateo 5, 4); pero también: alegraos siempre en el Señor, de nuevo os lo digo: ¡alegráos! (Filipenses 4, 4)


¿En qué quedamos: tenemos que llorar como nos recomienda el Señor o tenemos que alegrarnos, como nos dice san Pablo?
En el discurso de las Bienaventuranzas el Señor quiere contraponer lo que el mundo considera como dicha (bienestar, placer, poder y fortuna) con lo que realmente es importante y nos hará dichosos. El mundo desprecia el llanto; pero éste puede ser dichosos en función a la causa que lo provoca: si sufrimos por una causa superior, entonces debemos aceptarlo sin tristeza y con el convencimiento de que a la larga seremos consolados.
Y esto mismo es lo que nos dice san Pablo: un cristiano que espera en el Señor no puede estar triste, porque a pesar de que sus circunstancias puedan ser desfavorables, sabe que tiene el mayor de los tesoros: el amor de Dios. El apóstol viene a combatir esa errónea creencia de que la virtud y el ascetismo son incompatibles con el buen humor. Nada más equivocado: la fe, la esperanza y la caridad cristianas nos tienen que llevar a la alegría, porque nos sabemos hijos de Dios.
Un cristiano triste es un triste cristiano; una virtud triste nunca es virtud.

martes, 7 de agosto de 2018

Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mateo 6, 3); pero id y predicad a todas las gentes (Marcos 16, 15).


Otra aparente contradicción más: si tenemos que hacer las obras buenas sólo de cara a Dios, sin que los demás se enteren, ¿cómo compaginarlo con ir proclamándolo al mundo? En este caso la explicación es sencilla: esas dos frases están en un contexto bien diferente.
Por una parte, se nos pide que cuando oremos o demos limosna, lo hagamos para satisfacer a Dios, que quiere que nosotros acudamos a Él para solicitar su ayuda, pero que también estemos nosotros dispuestos a ayudar a los demás. Esta es la manera en la que habitualmente Dios envía su ayuda a quien acude a Él: a través de los demás hombres, por esto, cuando nos desentendemos de nuestros hermanos, estamos frustrando los planes de Dios. Pero Él no quiere que nos apuntemos el mérito de nuestra ayuda, que a fin y al cabo sólo podemos prestarla porque previamente la hemos recibido de Dios. Por esto nos pide que el hermano no se entere de que le ayudamos, que no hagamos alarde ni esperemos recompensa por nuestras buenas obras.
Pero, por otra parte, sí quiere que proclamemos al mundo las misericordias de Dios con los hombres y la buena nueva de que Cristo quiso dar su vida para que supiésemos cuánto nos ama. Y en esto no quiere que seamos recatados en absoluto (¡Ay de mí si no evangelizara!, decía San Pablo 1Corintios 9, 16). En esto, quiere que demos testimonio de cómo actúa Dios en nuestra vida, cuánto lo amamos y cuánto le debemos. Cuando se trata de proclamar a Cristo, ya no importa que los demás vean las buenas obras que Dios hace en nosotros, porque no es para vanagloriarnos de ellas, sino para mayor gloria de Dios. Y, si fuese necesario, tendríamos que vencer nuestra vergüenza para manifestar nuestros sentimientos hacia Cristo.


domingo, 5 de agosto de 2018

Fuera de la Iglesia no hay salvación posible, pero todos los hombres están llamados a la salvación.


Esta otra aparente contradicción se entiende mucho mejor después de conocer el símil del barco del que hablaba en mi entrada anterior: la humanidad entera puede viajar en el barco de la salvación, que es la única manera de llegar a buen puerto; solo hace falta que cada uno conserve su pasaje con su decisión de llegar. La mejor y más segura forma de obtener un pasaje es el bautismo de los cristianos, que es el medio que Cristo -nuestro Salvador- instituyó. Pero en ningún sitio se dice que no haya otras formas de obtenerlo. Ya lo comentaba san Juan Pablo II: fuera de la Iglesia no hay salvación; pero nadie conoce con certeza los límites de esa Iglesia. Casi sería mejor dar la vuelta a la frase: todo el que se salva es porque estaba en la Iglesia; aunque no sepamos cómo, aunque ni siquiera él lo supiese.
No obstante, para los que conocemos un método seguro y directo -el bautismo-: ¿no sería absurdo buscar otras vías inciertas?

jueves, 2 de agosto de 2018

La salvación depende de nosotros; pero ya nos ha sido dada.


Esta paradoja me fue aclarada hace tiempo por un sacerdote sabio y santo de forma muy sencilla:
El tema de la salvación es como un barco cuyo rumbo conduce directamente a buen puerto; pero depende de cada uno de los pasajeros llegar con bien a ese puerto: si no permanecemos en el barco, si no colaboramos con los demás, no estaremos a bordo cuando el barco atraque.
O lo que es lo mismo: nuestro comportamiento en esta vida es “condición” para nuestra salvación; pero no es la “causa”. La salvación nos ha sido concedida gratuitamente por Dios y recuperada (redimida) por Cristo cuando nosotros la perdimos. Nada de lo que nosotros pudiésemos hacer nos otorgaría el “derecho” a salvarnos, porque compartir la vida divina es algo que nosotros no podemos lograr, es Dios quien nos lo regala gratis (gratia en latín es gracia: todo es gracia de Dios). Pero hay una condición imprescindible: que nosotros queramos salvarnos y hagamos los esfuerzos oportunos para ello; mejor dicho, que no pongamos obstáculos a la gracia de Dios para demostrar que realmente queremos salvarnos.

lunes, 30 de julio de 2018

Jesús nos dijo: sed sagaces como serpientes, pero sencillos como palomas (Mt. 1, 16)


Y también añade: Los hijos de este mundo parecen más listos que los hijos de la luz (Luc 16, 8).


Jesús nos anima a buscar el bien con sencillez, sin doblez ni hipocresía, pero con ahínco, con inteligencia, porque estrecha es la puerta que conduce al paraíso (Mt 7, 13)… No es que se trate de un paso angosto, que nos exigirá hacer contorsiones para pasarlo, sino que lo que nos dice es que de las muchas posibilidades de vida que el mundo nos ofrece, la auténtica, la que coincide con el plan de Dios es sólo una; y merece la pena encontrarla.

Por esto, tenemos que poner todos los medios humanos para hacer el bien como si no existiese la ayuda de Dios; pero con el optimismo que nos da el saber que será Él quien lo logre…, si es que tiene interés en ello. Si nosotros ponemos todos nuestros medios… el resultado ya no debe preocuparnos, sino que debemos dejarlo en sus manos…

sábado, 28 de julio de 2018

Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto (Mt 5, 48).


Pero en otro pasaje añade: sin mí no podéis hacer nada (Juan 15, 5).

¿En qué quedamos: todo depende de nuestra perfección o de su ayuda? 

Es una nueva aparente contradicción en el mensaje evangélico, porque se nos exigen los dos extremos a la vez; y tenemos que compaginarlos.
La experiencia nos dice que la frase del Evangelio de San Juan es totalmente cierta: sin la ayuda de Dios, nuestros más firmes propósitos se vienen abajo a la primera de cambio. Y no sólo me refiero a la ayuda que supone el propio mensaje evangélico, que nos va indicando cuál es el camino a seguir (Yo soy el camino, la verdad y la vida Jn 14, 6); sino a la ayuda directa de la gracia de Dios: todo es gracia (gratis) que Él nos da.

Entonces, ¿de qué perfección habla Cristo en el Evangelio de San Mateo? Pues está claro: de la perfección de Dios. Y Dios, ¿qué es? Pues Dios es amor... Esto es lo único que se nos pide, que seamos perfectos en el amor, que nuestra voluntad sea amarlo y cumplir sus mandamientos...;  aunque sin su ayuda será sólo eso: un propósito efímero.


jueves, 26 de julio de 2018

El que gane su vida la perderá y el que la pierda la ganará (Luc 17, 33)

O lo que es lo mismo: el que no muere no da fruto (Juan 12, 24).
Parece una contradicción; pero está claro: si nos afanamos en "ganar" la vida según nuestros criterios, la estaremos desperdiciando; pero si nos fiamos de los criterios de Cristo, entonces la viviremos plenamente, aquí y después por toda la eternidad. Porque seguir el plan de Dios para nuestra vida es la mejor manera de aprovecharla. ¡Cuantas veces nos arrepentimos de haber seguido nuestros planes! Y en la mayoría de los casos no es por maldad, sino por ignorancia. decía Eugene Boylan en su libro El Amor de Dios que nos afanamos en pedir a Dios que nos ayude a cumplir nuestros planes, cuando debería ser al revés: deberíamos pedirle que nos ayude a cumplir sus planes, que son los que nos harán felices. Es decir, si morimos a nuestra voluntad (no por masoquismo, sino por convencimiento de que quien sabe lo que nos conviene es Él), entonces es cuando nuestra vida fructifica, tanto para nosotros mismos como para los demás.
Y si vernos en el camino correcto es lo que nos hace felices, cuando además constatamos que eso ayuda a los otros, entonces la felicidad es plena.

martes, 24 de julio de 2018

El pecado es lo intrínsecamente opuesto a Dios; pero el pecador es el hijo amado de ese Dios.


Dios es justo y misericordioso; es más, es infinitamente justo e infinitamente misericordioso.
Por supuesto, este es el caso en el que más claro se ve que la virtud no está en el medio: Dios no es medio-justo y medio-misericordioso (¡vaya chapuza sería esto!). Dios, una vez más, nos maravilla conjugando los dos extremos: administra su justicia con toda misericordia; y es misericordioso con aquellos a los que ha de juzgar.
Por eso, en virtud de su justicia, rechaza el pecado, que es lo opuesto al plan de Dios; pero ama al pecador, como hijo extraviado que es.
Este pensamiento es el que lleva a la conclusión que de sólo se condena aquél que expresamente rechaza el amor de Dios (Dios, en justicia, tiene que respetar ese rechazo); y todo el que de algún modo desea salvarse, logrará salvarse, porque la misericordia de Dios lo hará posible a pesar de sus pecados.
Este pensamiento es el que alienta mi esperanza, mi seguridad de que encontraré en Dios un juez que, sin negar mis pecados, sabrá perdonarlos...
Cristo nos consiguió ese perdón, sólo tenemos que pedirlo.

viernes, 20 de julio de 2018

La voluntad de Dios es nuestra norma; pero la conciencia individual es inviolable.

Siguiendo con lo expuesto en la entrada anterior, la dignidad de cada alma es tan alta, que sólo puede juzgársela atendiendo a su propia conciencia.
Es cierto que no se puede despreciar ni una tilde de la Ley, pero la Ley al final no es lo importante; lo importante es la actitud con la que actuamos. Y en esto, la Ley de Dios es totalmente distinta a la Ley o justicia humanas, que se fija únicamente en los actos externos y sus consecuencias. Para Dios, lo importante es que hayamos actuado según nuestro conocimiento del bien y el mal; y que lo hayamos hecho por amor a Dios y al prójimo.
Porque, en definitiva, lo que a Dios le importa es la medida de nuestro amor, no la eficacia en cumplir sus normas. si así lo hubiese querido, entonces no habría creado hombres, sino máquinas perfectas sin posibilidad de error... y carentes e todo cariño.

miércoles, 18 de julio de 2018

Somos meras criaturas de Dios; pero eso nos confiere una dignidad infinita.


La propia Humanidad constituye un ejemplo de cómo el cristianismo es capaz de conjugar los dos extremos.
Efectivamente, el cristianismo afirma que cada hombre es infinitamente valioso en sí mismo y tiene una dignidad infinita como hijo que es de Dios. Y, por tanto, respeta al máximo la libertad de su conciencia y la posibilidad de seguir el camino evangélico a su manera. Son muchos los diferentes carismas que existen en el cristianismo. Entre los católicos son innumerables las Órdenes Religiosas, Institutos Seculares, iniciativas apostólicas y movimientos espirituales; y algo similar ocurre con los protestantes o los ortodoxos…
Sin embargo, también consideramos que la Humanidad entera constituye como un solo cuerpo, del que cada uno somos uno de sus miembros. Y como ocurre en cualquier cuerpo, lo que le suceda a un miembro repercute en el resto del organismo. Por esto, los cristianos, sin menoscabar el hecho de que el amor a Dios y el camino para encontrarlo debe ser algo personal, nos exigimos el cooperar al bien de ese organismo y de cada uno de los demás miembros.


lunes, 16 de julio de 2018

Cristo es rey, pero su reino no es de este mundo…


Yo soy rey, pero mi reino no es de este mundo(Juan 18, 36)

Es una frase que se entiende a la perfección; pero quizá no signifique exactamente lo que parece a primera vista. No se trata de que Cristo sólo sea rey en los cielos, sino que es rey precisamente en la Tierra, aunque su reino no se parezca a los reinos de los humanos.
Cristo es rey y por eso nos puede exigir obediencia. No ejerce su reinado como un tirano más, que exige sumisión ejerciendo su poder y amenazando con la violencia. Cristo es rey --es nuestro Señor- porque ejerce la auténtica autoridad, que no es otra cosa que “el saber universalmente admitido”. Y Cristo es nuestra autoridad porque es quien mejor puede indicarnos cual debe ser nuestro proceder, cómo vivir nuestra vida; no porque sea quien puede obligarnos a obedecerlo.
Por eso, su reino no es como los de este mundo, porque Él, después de ejercer su autoridad, nos deja en libertad para obedecerlo o no. Es un reino que procura el bien de los súbditos; no su simple sumisión.
Tampoco es un reino territorial, no tiene fronteras, sino que puede pertenecer a este reino cualquier ser humano (id y enseñad a todas las gentes) sea cual sea su condición; y, de una manera misteriosa, incluso cualquiera que sea su religión, si es hombre de buena voluntad.

Esto no es posible para los hombres; pero para Dios no hay nada imposible...

sábado, 14 de julio de 2018

Bienaventurados los pobres; pero hay del que retenga el salario de su jornalero.

Continúo con la entrada anterior.
Ya he comentado en anteriores ocasiones que el cristianismo no es de derechas ni de izquierdas; entre otras cosas porque no es una ideología política, sino una religión. Es cierto que tanto unos como otros han tratado de apoderarse del mensaje de Cristo para justificar su propia ideología; pero difícilmente lo podrán lograr, debido precisamente a que el cristianismo conjuga los opuestos, no defiende ningún extremo, ni siquiera el centro.
En todo caso, se podría decir que Cristo vino a la tierra para exigir a las derechas que asumiesen los postulados de la izquierda; y a las izquierdas, que asumiese los de la derecha: 

  • Respetar la iniciativa privada, pero que la colectividad vele para que a nadie le falte lo necesario (ni liberalismo ni colectivismo, sino todo lo contrario). 
  • Buscar el mayor bien común, pero sin diluir al individuo en la masa (dignidad personal de cada ser humano, con derechos inviolables). 
  • Defender la propiedad privada, como mejor medio de alcanzar el bien común; pero redistribuirla mediante un sistema impositivo justo (porque sobre toda propiedad privada pesa una hipoteca en favor de las necesidades ajenas).

La perfección del mensaje evangélico consiste precisamente en que conjuga siempre los dos extremos: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios...

jueves, 12 de julio de 2018

Bienaventurados los pobres…; pero bien merece el jornalero su salario.


Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mateo 5, 3)

Es decir, la pobreza la debemos practicar para con uno mismo. Debemos tratar de no estar dominados por los bienes materiales, en el sentido más amplio del término. Muchos hombres actuales son esclavos de alguna de las llamadas tres "P": el placer, el poder o el poseer; y las ambicionan obsesivamente. Por eso, bienaventurados aquellos que estén liberados de esas tres "P".  

Pero las palabras de Jesús no sólo no nos permiten imponer esta bienaventuranza a los demás, sino que nos exigen que busquemos su bien y tratemos de cubrir con dignidad sus necesidades. Por eso también las palabras de Jesús: bien merece el jornalero su salario... Ya el antiguo testamento, exigía esto de los israelitas: No oprimirás a tu prójimo, ni lrobarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana. (Levítico 19, 13)

Alguien ha considerado que esta bienaventuranza era una forma de conformar al pueblo con su suerte: en modo alguno. La pobreza que predica es para con uno mismo, nunca para con el prójimo. 
La sobriedad la practicamos cada uno, para provecho de nuestra alma y ayuda para los demás; pero jamás se la imponemos al hermano.

miércoles, 11 de julio de 2018

Amar a Dios sobre todas las cosas; y al prójimo como a uno mismo


Porque somos cuerpo y alma, espirituales y materiales, destinados al Cielo pero viviendo muy en la Tierra, debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas materiales pero también al prójimo como a nosotros mismos. Más aún, debemos amar al prójimo como Dios le ama. ¿Que no es fácil? Efectivamente, no lo es; pero la dificultad es debida a la propia grandeza del hombre, a la complejidad de su naturaleza. Por esto, la moral cristiana no descansa en la certeza absoluta de un dogma, sino en la incertidumbre de querer conjugar los extremos: amar a Dios y al hombre, el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu. Y esto nos lleva a no tener nunca la certeza de haberlo hecho totalmente bien; pero tampoco podremos nunca constatar que lo hemos hecho totalmente mal. Mientras vivamos, nunca tendremos el Cielo asegurado; pero tampoco estaremos condenados irremediablemente al infierno. Ya conocéis el dicho: no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro.

¿No será esto una manifestación de lo que pueda ser la infinita justicia divina conjugada con su infinita misericordia?

lunes, 9 de julio de 2018

Lo importante es el alma; pero dentro de un cuerpo

Lo importante es el alma; pero ésta no es sino la forma del cuerpo. Ambos son indisociables y su unión es lo que caracteriza al ser humano y lo distingue de los demás seres que son sólo cuerpo o sólo espíritu.

Porque es Dios quien ha querido que no seamos una mera espiritualidad inmaterial, como los ángeles. Él ha querido crear un mundo que es a la vez material y espiritual; ha querido crear y amar a un hombre que es cuerpo y alma. Por esto, todas las cosas materiales creadas son santas; aunque todas, fuera de su momento oportuno y justa medida, nos pueden hacer pecar. Dominad y henchid la Tierra es el mandato que recibimos; pero si ella nos domina, entonces vamos contra el plan de Dios.

Nuestro cuerpo será glorioso en el cielo; pero mientras tanto tiene necesidades materiales; y no sólo el nuestro, sino fundamentalmente el de los demás. Así, debemos atender al bien espiritual de nuestros hermanos -que es su salvación-; pero sin descuidar su bien material, sus necesidades para mantener ese cuerpo que Dios le ha dado. El mismo Jesús quiso liberar a muchos enfermos de su enfermedad (cuidar su cuerpo); pero siempre les dijo: vete y no peques más (para cuidar también su alma). Porque, aunque sabía mejor que nadie que lo realmente malo no es el mal del cuerpo, sino el del alma, también quiso curar nuestras enfermedades, aliviar nuestras penas.


Y lo que hiciéremos con cualquier hermano, a Él se lo hacemos (Mateo 25, 40).

domingo, 8 de julio de 2018

Importa la vida eterna; pero ésta se consigue en esta vida


¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? 
Evidentemente, lo importante es disfrutar toda la eternidad en el cielo de la presencia y el amor de Dios. Pero este mismo Dios ha querido que ese disfrute nos lo ganemos durante nuestra vida temporal: nos pide nuestro amor, cuando todavía no podemos ver completamente el suyo. Y nos lo ganamos con nuestra actitud, porque en realidad el cielo es un mero regalo de Dios, que nunca podríamos alcanzar con nuestra solas fuerzas.
Por esto, en la vida cristiana, existe la oración y la acción, la meditación y el trabajo; y lo correcto no es rezar un poco y trabajar otro poco; sino que lo perfecto es alumbrar toda nuestra acción con la oración: en definitiva, mantener lo más posible a lo largo de nuestra vida esa presencia del Dios que nos ama y al que pretendemos amar. 
Si actuásemos así no sólo nos estaríamos ganando el cielo durante nuestra vida terrena, ¡es que ya lo estaríamos viviendo!