Hay quien piensa que fe es lo opuesto a razón. Hay quien piensa que los que tenemos fe no somos personas razonables. No comparto estas opiniones; y para mostraros que en la razón hay mucha parte de fe y que en la fe hay mucha parte de razón, es para lo que comienzo este blog (28-9-2005).
miércoles, 14 de abril de 2010
Pero, ¿de quién es la culpa?
Como decía en la entrada anterior, el pecado es de los abusadores, no de la institución sacerdotal ni de la Iglesia. Pero, ¿tiene alguna culpa la jerarquía eclesiástica?; ¿tenemos culpa los fieles cristianos?
Por supuesto, existiría culpa en todos los casos en los que esa conducta se ha ocultado para evitar el escándalo o proteger a la Iglesia, siempre que no se hubiesen tomado, además, las debidas medidas de separación del culpable; y no basta con un trasalado de parroquia.
Pero también querría referirme a otro tipo de culpa. Muchos eclesiásticos llevan años trivializando y relativizando el pecado, relajando la exigencia moral y hablando mucho más de "amor" que de compromiso y exigencia; se ha abandonado la enseñanza de la moral. El propio ministerio sacerdotal se ha planteado mucho más despegado de la autoridad eclesiástica; y en muchas órdenes religiosas la desobediencia al Magisterio está a la orden del día. Los más progresistas incluso justifican abiertamente la homosexualidad [en muchas confesiones protestantes se ordena incluso obispos que se declaran homosexuales prácticos]. En definitiva, los cristianos hemos relajado nuestra santidad y esto se ha traducido en el descarrío moral de la sociedad; y, por contagio, de algunos sacerdotes y religiosos...
Y en esto sí tenemos toda la culpa: el cometido del Cristianismo es santificar la sociedad; y hemos fracasado por falta de santidad personal.
lunes, 12 de abril de 2010
¿De quién es el pecado?
No pretendo restar ni un ápice de la gravedad que tienen; y también con el agravante de haberse cometido con abuso de confianza y por quienes debían haber protegido la moralidad de las víctimas. Voy mas allá, en los casos en los que lleguen a ser delitos civiles, se debería procesar a los culpables (por supuesto con las garantías procesales que todo acusado merece, incluida la presunción de inocencia).
Pero sí quiero matizar la extensión de estas acusaciones a la Iglesia Católica. ¿Alguien ha sumado cuantos sacerdotes están involucrados en todo el mundo en estas actividades? Y a lo largo de las décadas en las que se han desvelado estos crímenes, ¿cuántos sacerdotes ha habido y cuántos han sido acusados? Es decir, ¿cuál es el porcentaje de sacerdotes que han traicionado su ministerio? En la actualidad hay más de 400.000 sacerdotes; y en la década de los sesenta del siglo pasado habría bastantes más. Si ha habido 4.000 acusados, el porcentaje sería del 1%. ¿Alguien conoce el porcentaje de acusaciones entre docentes laicos y monitores deportivos?
Por supuesto, no pretendo justificar ni uno sólo de los casos; pero sí poner de manifiesto que se trata de conductas personales reprobables, no de una corrupción de la institución sacerdotal. No es un pecado de la Iglesia, ni de los sacerdotes: es un pecado de quienes traicionan su ministerio y su fe.
Otro juicio merecería la conducta de quien pensó que ocultando las denuncias se hacía una favor a la Iglesia: craso error que ahora se está pagando.
viernes, 9 de abril de 2010
Las acusaciones a la Iglesia Católica
En efecto, la sociedad actual ha trivializado el sexo como si no tuviese la menor importancia; se promueve la homosexualidad ya desde las escuelas; se ridiculiza la fe, el celibato y la acción de la Iglesia. Pero cuando es un sacerdote el que incurre en homosexualidad con niños y jóvenes [lo que tanto a mí como a la Iglesia nos parece intolerable], esa sociedad tan tolerante con los demás, se rasga las vestiduras hipócritamente. Sin embargo, cuando los movimientos gays piden la liberalización de las relaciones sexuales con niños, a nadie le parece mal; o, al menos, nadie se escandaliza.
¿Por qué este doble rasero? Pues creo que es debido a que, en el fondo, todos son conscientes de que una relación sexual es algo importante, que debe tenerse una vez alcanzada la madurez y consentirse libre y conscientemente; en privado, todos reconocen la homosexualidad no es la forma natural de sexo; y, en su fuero interno, admiten que la Iglesia es la guardiana del último rescoldo de moralidad, y que sus ministros célibes, religiosos y religiosas habitualmente dan ejemplo y desarrollan una magnifica labor educativa en este sentido.
Por esto, veo que es diabólico que la sociedad simultanee la trivialización de la moral con la exigencia de que los religiosos sigan siendo los guardianes de esa misma moral.
Sólo Satán puede inducir tanta incoherencia y tanta hipocresía.
jueves, 8 de abril de 2010
Los agobios de los cristianos
Por ejemplo, la crisis de la sociedad occidental nos parece un auténtico cataclismo (y desde luego no es para tomársela a broma); pero eso nos impide ver la primavera de la Iglesia en el resto del mundo. De hecho, en la actualidad hay más vocaciones sacerdotales de las que nunca hubo; aunque, por supuesto, no se producen en occidente.
El Evangelio de la Misa de ayer sobre el acompañamiento de Jesús a los discípulos que volvían a Emaús es muy revelador: el Señor les estaba acompañando; pero ellos no se daban cuenta y, además, creían que seguía muerto. ¡Cuando en realidad ya había resucitado!
Quizá estemos demasiado tiempo mirándonos al ombligo y doliéndonos de nuestras tribulaciones, para apreciar la Resurrección que ya se produjo.
miércoles, 17 de marzo de 2010
La nueva evangelización
El hombre actual no cree ofender a Dios, porque desconoce el amor que Dios le ofrece. Si no sé que Dios tiene un plan magnífico para mí, que me amó desde toda la eternidad y que me creó para amarle y ser feliz con Él, ¿cómo voy a saber que rechazar ese plan le ofende? Si desconozco el plan del que me estoy alejando con mi pecado, ¿cómo voy a alegrarme de que alguien me devuelva a él?
El drama del hombre actual es que desconoce el amor de Dios; y entonces rechaza que un Dios pueda dirigir su vida y se aferra a su mísero placer y se ama a sí mismo; y esto le parece tan escaso, que acaba odiando a Dios por haberle creado..., rechazando así la única vía de salvación, de salida de sí mismo.
Por esto, lo importante en la evangelización es transmitir el Amor, mucho más que la moral.
sábado, 13 de marzo de 2010
Cristo, camino para endiosarnos.
Pero me atrevería a mejorar esa afirmación: tras el extravío del hombre por el pecado, Dios se hace hombre para enseñarnos el camino a la divinidad. ¿Que quiero decir? Pues que la cualidad de poder endiosarnos, esa meta, la tenemos desde que el hombre fue creado; pero nuestro pecado nos desvió del camino. Nuestro destino divino no aparece con la Redención; sino que es intrínseco a nuestra naturaleza libre, consecuencia de haber sido creados por Dios a su imagen y semejanza. La Redención lo que hace es restaurar esa naturaleza: nos enseña a amar de nuevo, para que encontremos el camino de la divinidad.
El antropocentrismo actual rechaza el pecado porque considera al hombre su propio dios: somos dueños de nosotros mismos y nuestra voluntad es la única que debe guiarnos. Pero la realidad es totalmente diferente: el pecado existe precisamente porque fuimos creados para ser dioses. Y el pecado precisamente consiste en nuestro rechazo de llegar a ser tales, dioses en Dios.
Y esto sí puede ofender a Dios: que su criatura, destinada al más alto fin, reniegue de Dios y prefiera endiosarse como simple hombre. Incluso peor, al rechazar libremente al Creador, nos endiosamos como animales, ya que pervertimos hasta la propia naturaleza humana, degradándola.
jueves, 11 de marzo de 2010
Somos dioses
Por supuesto, somos dioses porque fuimos creados a su imagen y semejanza y porque compartimos la más distintiva de sus cualidades: la libertad. Pero somos dioses en Dios.
Y como dioses, ¿podemos crear? La respuesta es afirmativa: como somos libres podemos crear; y lo que creamos con nuestra libertad es el amor. El amor, que no existe en la naturaleza, es la criatura del hombre, el producto de su libertad. Con nuestra libertad creamos amor de la nada...
Pero nuestra libertad también puede abstenerse de crear, puede negarse a amar -o amarse a sí mismo-; y esto es la ausencia del bien (lo que equivocadamente llamamos el mal); y esa ausencia es el pecado. Pecar es rechazar el amor, rechazar a Dios que es Amor y nos creó para amar. Este es el riesgo que Dios quiso correr: crearnos para el bien y que ese bien se quede sin hacer...
Pero si ejercemos nuestra libertad y amamos, hacemos el bien, entonces estamos imitando a Dios, nos hacemos dioses... Y cuanto más amemos, más creamos y más nos endiosamos.
En definitiva, el mayor acto de amor es el que más nos endiosa; y nadie tiene más amor que el que da su vida por otro. Por esto, cuando más amamos es cuando sufrimos por los demás. Luego el sufrimiento -la mayor manifestación del amor- es lo que más nos endiosa...
Esta vez he llegado muy lejos (¿demasiado?) en muy pocas frases; pero me gusta la conclusión a la que llego. Si el sufrimiento es lo que más nos endiosa, entonces Dios ha sabido dar sentido y valor [el mayor valor] a lo más inútil: al dolor.
¿No se ve distinta la Pasión de Cristo desde este punto de vista?: Jesús muriendo en la Cruz es cuando es más DIOS -si se puede hablar así-, porque sufriendo y amando se endiosa su naturaleza humana; y ¡de que manera!
martes, 9 de marzo de 2010
El alma de los seres vivos.
Los filósofos tratan de explicarlo diciendo que toda vida está ligada a un alma, que es lo permanente aunque lo material cambie. Por supuesto, hay alma vegetal, alma animal y alma humana.
Hasta aquí la filosofía... ahora empezaré a divagar...
En el caso de los seres vivos en general, sería Dios mismo su alma, quien les da forma y los mantiene en su ser a lo largo del tiempo. Sin embargo, en el caso del hombre ha querido ir más lejos. Por supuesto, nuestra alma es parte de Dios, como cualquier otra criatura que sin Él no recibe el ser (en Él somos, nos movemos y existimos); pero nos ha querido crear a su imagen y semejanza. Y como lo propio de Dios es la libertad -no está condicionado ni determinado por nada-, ha querido crear esa alma libre, con voluntad independiente. De un modo que no podemos llegar a entender (aunque estemos en Dios), nuestra alma puede decidir libremente permanecer en la vida divina o separarse de ella. Dios ha querido mantener en la existencia al hombre que rechaza s Gracia, al que le vuelve la espalda y rechaza la vida divina; a pesar de esto, siguen vivos tanto su cuerpo como su alma. Pero al alma que no está unida a Dios le falta lo fundamental; ese hombre se convierte en una naturaleza incompleta, separada de su Creador ya no es la naturaleza diseñada por Éste. Y Bien podemos decir que la naturaleza humana separada de Dios es incluso inferior a la de los animales o plantas, que siempre permanecen en Él, fieles a su naturaleza.
Hay quien dice que no existe el infierno. ¿Es que puede haber peor infierno que descubrir -en la otra vida- las consecuencias de tan garrafal error? Éste es el infierno: lamentar eternamente la eterna separación de Dios.
domingo, 7 de marzo de 2010
Eliminar la civilización cristiana
Pero yo me pregunto si alguien ha caído en la cuenta de que es precisamente el cristianismo el que ha liderado el desarrollo de la humanidad en los últimos siglos. Han olvidado que la civilización hunde sus raíces en la concepción social cristiana, que es de donde han salido los valores que sustentan nuestras avanzadas sociedades: la dignidad humana, la libertad, el respeto a la vida, la concepción del matrimonio y de la familia, los derechos de los trabajadores, la asistencia social, y un largo etcétera... a veces desconocido por el gran público que no cae en la cuenta de que todo esto es "herencia de Cristo". Incluso en las civilizaciones orientales se han ido incorporando muchos de estos valores que para ellos no existían, por ejemplo la concepción de la familia... y van avanzando en el reconocimiento social de la mujer.
Pues bien, si eliminamos la civilización cristiana, lo que estamos eliminando es simplemente la civilización como la conocemos, pues no hay otra que pueda tomarle el relevo.
¿O es que la ideología de género y la cultura de la muerte pueden ofrecer algo mejor?
viernes, 5 de marzo de 2010
Dios cambió su forma de hacer Justicia
Esta es la actitud que Dios nos pide: durante el Antiguo Testamento Dios acude para hacer Justicia con su pueblo, liberándole de sus enemigos o incluso castigándole por sus culpas. Pero desde la Redención, ha dejado de ejercer esa Justicia directa: ni nos castiga abiertamente por nuestras culpas, ni nos libra de nuestros enemigos. Lo primero, porque hemos sido rescatados por Cristo al precio de su sangre; y Dios esperará a que Él venga a juzgarnos. Lo segundo, porque nos pide que -a ejemplo de Cristo- también nosotros nos entreguemos para liberar a nuestros enemigos.
Desde la Redención debemos ser también co-redentores.
jueves, 4 de marzo de 2010
Lo que ninguna Ley nos puede dar.
Otra de las cosas que nos dice es que la Justicia distributiva nunca puede dar todo lo que un hombre necesita, ya que lo más necesario para un hombre es el amor: tanto el amor humano como el divino. Por lo tanto, no basta con distribuir lo que la sociedad tiene, aunque se haga equitativamente. Lo importante es que cada persona reciba el reconocimiento y la dignidad que merece, incluso cuando poco pueda aportar debido a sus circunstancias. Esto ya se acerca más al amor que a la justicia: valorar a cada uno por sí mismo, con independencia de sus circunstancias y sus aportación a la sociedad.
Por supuesto, no se puede pedir a una ley que nos garantice el amor, que por definición no puede forzarse. Pero sí se le debe pedir a la ley que trate de fomentar el amor entre los ciudadanos (hay leyes promulgadas expresamente para fomentar el odio) y no sólo la estricta justicia.
Pero lo que debe ser el objetivo último es que cada uno sienta que ese reconocimiento, que ese amor, le viene de Dios, de su creador; que, en definitiva, es quien nos otorga nuestra dignidad. Por esto, la actitud más injusta sería tratar de apartarnos del amor de Dios.
¿Suena a utopía? Me imagino que sí. Vivimos en una sociedad que no logra implantar la mera justicia distributiva entre sus ciudadanos (y mucho menos si comparamos a los ciudadanos de unas naciones con los de otras): ¿cómo esperar que implante el amor?
Pero creo que es importante no olvidar el objetivo último por muy lejano que lo veamos, si queremos avanzar en la dirección correcta.
miércoles, 3 de marzo de 2010
La injusticia está dentro de nosotros
Nos dice el Señor -cuando se ve recriminado porque come sin lavarse las manos-, que no es lo de fuera lo que mancha al hombre, sino lo que el hombre saca de su corazón... Por supuesto se está refiriendo a lo que mancha su alma.
Parece que hoy en día nos hemos olvidado de este pasaje evangélico, y culpamos con demasiada facilidad de los males del mundo a elementos ajenos a nosotros mismos. Ante una injusticia, siempre hay alguien a quien culpar: la sociedad, las autoridades, la casualidad, incluso nos atrevemos a culpar a Dios... Y siempre encontramos una excusa en la que escudarnos de nuestra actitud apática ante esa injusticia.
Pero el Papa nos viene a recordar que los ataques de fuera no pueden hacernos mal; que en definitiva, nada externo puede violentar nuestra libertad. Lo que nos hace mal no es la injusticia ajena, sino nuestra conducta al respecto, nuestra aceptación.
No nos hacen mal los políticos que nos atacan, ni los que aprueban el aborto o el llamado matrimonio homosexual, ni los que nos inundan con pornografía. Estas cosas nos harán mal en la medida en que nosotros las aceptemos; o, para diferenciarnos de "los malos", las aceptemos sólo en menor medida, las aceptemos sólo en la medida del "mal menor". Por ejemplo, la ley española del divorcio exprés -que permite disolver civilmente un matrimonio a los tres meses de celebrado y sin causa alguna- sólo hará mal a la sociedad si los esposos egoístamente acuden a ella. La ley que despenaliza el aborto no matará ningún niño, sin el concurso del egoísmo de la madre y el médico (1).
Por esto, nos dice textualmente el Papa: "La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal". La injusticia no proviene de las estructuras sociales ni de las ideologías nefastas, sino del egoísmo humano, que es el que, a la postre, ahoga nuestro impulso inicial para compartir y nos incita a retener lo nuestro -lo que nos pertenece-, en aferrarnos a lo que necesitaría nuestro prójimo...
Si queremos mejorar el mundo, empecemos mejorando nosotros, evitando cualquier convivencia con el mal, aunque sea menor y esté socialmente aceptado. Porque si el mal no anida en el corazón humano, entonces deja de existir.
-------------------(1) Por supuesto, dejo claro que una ley injusta será ilegítima e infame, aunque nadie llegase a aplicarla; y debe rechazarse su mera promulgación.
lunes, 1 de marzo de 2010
La Justicia de Dios
Decíamos que la justicia humana consiste en "dar a cada uno lo suyo". Pues bien, en la Justicia divina, el Justo muere en lugar del culpable, y éste recibe la bendición que le correspondería al justo... Es decir, cada uno recibe lo contrario de lo que parece merecer: lo contrario de "lo suyo". En la justicia humana, una situación así nos parecería inaceptable, sería un despropósito. Tratemos de comprenderlo.
Ya habíamos hablado de que la Justicia de Dios es su forma de hacer misericordia; y su misericordia es la forma de hacer justicia (ver entrada del 28-6-09). Así, al castigar a su Hijo inocente y perdonarnos a nosotros -los culpables-, entregándonos su Gracia, pone de manifiesto que su justicia-misericordiosa es la forma de mostrarnos su Amor. Dios es Amor; y todo lo que hace es amar. Este es el aspecto de Dios más importante, mucho más que cualquiera de las otras "cualidades" que tanto pueden impresionarnos: la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia, etc. El amor de Dios es lo que le hace que su Justicia le pida a su Hijo "todo lo que puede dar", para darnos a nosotros "todo lo que necesitamos"(1)... Y al que da lo que tiene, no puede pedírsele más. Que nos sirva este pensamiento para no volver a pedirle cuentas a Dios de las hipotéticas injusticias a las que creemos que nos somete...
Y esta forma de hacer Justicia, es el camino que Dios nos muestra para que le imitemos. Este ejemplo, es lo que nos debe animar a crear sociedades justas en las cuales cada uno reciba "lo suyo", no entendido como lo que le corresponde, sino como lo que necesita.
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Utilizo intencionadamente estas expresiones ^[que utilizó un comentarista a mi entrada anterior] para poner de manifiesto que las considero expresión del cristianismo evangélico; y que son algunos cristianos quienes más a menudo durante dos mil años las han puesto por práctica; aunque, por supuesto, el resto de cristianos estamos muy lejos de vivirlas.
lunes, 22 de febrero de 2010
Justicia es dar a cada uno lo suyo.
¿Que es Justicia? Pues, según la definición clásica latina, Justicia es "dare cuique suum": dar a cada uno "lo suyo". Todo el mundo estará de acuerdo con esta sencilla definición; pero nuestro genial Papa pone el dedo en la llaga: ¿que es "lo suyo"? La respuesta será muy distinta -radicalmente distinta- según a quién le preguntemos; y estas diferentes respuestas hacen que la palabra Justicia -que todos aceptan- signifique cosas muy diversas:
Si le preguntamos a un capitalista, nos dirá que "lo suyo" es lo que cada uno posee; que debe respetarse el "status quo" de propiedad privada que existe; y que además también serán de cada propietario los frutos y rentas de su propiedad. Aparentemente, es una concepción de Justicia que parece justa -valga la redundancia- al menos para los que poseen mucho...
Si le preguntamos a un comunista nos dirá que "lo suyo" no existe, que todo es del Pueblo y para el Pueblo, incluidos los frutos y rentas de todos los bienes comunes, que deberán ser disfrutados en solidaridad universal. Esta concepción de Justicia también podría parecernos justa, si la Historia no nos hubiese demostrado que el concepto Pueblo se queda en la práctica reducido a "unos pocos poderosos"; y que no sólo le quitan al individuo la propiedad, sino también todo rastro de dignidad.
Si le preguntásemos a otros ideólogos, como liberales o fascistas, nos dirían que "lo suyo" es lo que a cada uno le corresponde según sus méritos. A priori, esta concepción de Justicia puede parecer más justa que las anteriores, ya que se basa en el esfuerzo personal; pero en la práctica, la valoración de mérito es muy subjetiva. Los fascismos y totalitarismos consideran mérito a lo que no es sino "adhesión inquebrantable", simple peloteo y adulación a la autoridad: un individuo tiene mérito en la medida en que satisface los intereses del poder. Por el contrario, en un liberalismo son las autoridades las que tienen mérito para los particulares en la medida en que les apoyan en sus intereses privados. En definitiva, son dos ejemplos de corrupción política: una ascendente y otra descendente. Por supuesto, también hay casos en los que cada uno alcanza lo que le corresponde con su propio esfuerzo; pero no hay ningún régimen que nos garantice que esto sea así.
¿Y para un cristiano? ¿Qué es la Justicia para un cristiano? Pues Benedicto XVI nos contesta sin ambages. Para un cristiano la Justicia tiene dos acepciones: Justicia para con Dios que consiste en la adhesión personal a su voluntad; y Justicia para con los hombres, que consiste en dar a cada uno "lo suyo". Y volvemos a lo mismo: ¿qué es "lo suyo" para un cristiano? Pues también a esto contesta el Papa sin rodeos: "lo suyo", lo que pertenece a cada hombres, es "lo necesario para vivir según su propia dignidad". Es decir, todo lo que yo tengo que excede de lo que necesito para vivir según mi propia dignidad -aunque lo haya obtenido con mi esfuerzo-, en realidad pertenece al prójimo que no tienen lo suficiente para garantizar esa dignidad. Y nos insta a vivir esta Justicia -según el mandato bíblico- con el pobre [¿el parado?], el forastero [¿el inmigrante?] y el esclavo [¿el trabajador?]; y en definitiva, a "contribuir a la formación de sociedades justas".
¿Alguien concibe un remedio mejor para la actual crisis económica? Es hora de empezar a ver la alternativa social cristiana como algo más que una mera utopía; y somos los cristianos los primeros que tenemos que creerlo así.
viernes, 19 de febrero de 2010
Insisto: el mal no existe
Efectivamente, el mal no existe, es solo la ausencia de bien. Pero el que sí existe es el maligno: es el "malo" del que pedimos que nos libere Dios en la versión latina del Padrenuestro (...sed líberanos a malo, amén, en vez del líbranos del mal, amén). Pero el malo no puede "hacer" el mal, porque no puede crear nada. Es Dios el que crea, el que "hace" ; y siempre hace el bien; y el maligno se limita a intentar destruir ese bien, porque odia a Dios y todas sus obras; y cuando lo logra aparece ese vacío que llamamos mal... su máximo logro es el vacío.
Quizá esta limitación sea la causa de su odio a Dios, de su rabia; en el fondo producida por la constatación de la estupidez que es renegar de su condición de criatura y perder todos los dones que de la misma podrían venirle, para quedarse en eso, en el vacío ....
miércoles, 17 de febrero de 2010
El ataque a los cristianos
Sólo cuando nos comportemos como auténticos cristianos, que propongamos las soluciones sociales cristianas que buscan el bien común sin miedo a lo que podamos perder personalmente, nos podremos quejar de que se ataca al Cristianismo.
Cuando los cristianos actuamos en política deberíamos ser más valientes con nuestras propuestas sociales, no sólo en lo que a moral social se refiere, sino también en lo relativo a la moral económica: la especulación financiera, la inmobiliaria, la explotación laboral y las reivindicaciones laborales excesivas de los sindicatos, deberían estar abiertamente rechazadas; aunque en muchos casos perjudiquemos a amigos.
Si en nosotros viesen autenticos cristianos, tratando de vivir evangélicamente y defendiendo la dignidad del prójimo, entonces muy probablemente no seríamos el centro de sus ataques; y si lo fuésemos, podríamos estar orgullosos por ello.
lunes, 15 de febrero de 2010
Propiedad y comunismo
Decíamos que con frecuencia los descreídos nos reprochan nuestro apego a la propiedad en perjuicio del hermano que tiene menos. En ocasiones es una mera postura política para desacreditar nuestra fe; pero en otros casos se trata del planteamiento generoso de quien se preocupa seriamente por su prójimo. Puede producir escándalo hablar de la voluntad de Dios al pobre cuando uno vive en la opulencia, no porque el mensaje sea equivocado, sino porque se puede poner en tela de juicio la rectitud de nuestro discurso.
Algo así ocurre con los planteamientos radicales comunistas. ¿Qué les llevó a pensar que para abolir la propiedad privada había que eliminar la religión? ¿No recordaban que los primeros cristianos ya ponían todo en común? Quizá les condujo a ese error el comprobar que los que defendíamos la igual dignidad de todo hombre por ser hijo de Dios, estuviésemos más dispuestos a compartir la filiación divina que nuestras propiedades.
También es cierto que, una vez puesta en marcha su revolución -anulando tanto la propiedad privada como la libertad y la dignidad del hombre-, la única fuerza con capacidad de oponérseles fuese el Cristianismo, auténtico refugio frente a los más diversos ataques a la dignidad y naturaleza del hombre. El comunismo reaccionó redoblando sus ataques al Cristianismo; y nosotros, como en un acto reflejo de defensa, nos acercamos a su opuesto; y este es un grave error. Efectivamente, el capitalismo, en su empeño por mantener la propiedad privada a toda costa, también anula la libertad y la dignidad de aquellos que poco o nada poseen.
Por supuesto, el cristianismo no se alinea con ninguna de las posturas. La concepción social cristiana admite la propiedad privada como figura natural en la que descansa la estructura económica; pero no como un derecho absoluto de cada hombre, sino como el mejor método para alcanzar el bien común. Como nos recordaba Juan Pablo II, toda propiedad tiene una hipoteca social: es exclusivamente mía mientras que mi hermano no la necesite para garantizarse un nivel de vida digno.
Debemos tener cuidado los cristianos cuando defendemos con demasiado entusiasmo los derechos económicos y nos revelamos contra los altos impuestos: siempre nos podrán recordar aquello de bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.
Ahora tenemos una buena ocasión para practicar estas teorías: compartir con el inmigrante cuando estamos en crisis económica.
sábado, 13 de febrero de 2010
Fe y economía
Siempre me ha resultado muy curioso este Evangelio, no por lo que se refiere a la "legión de demonios", sino por la reacción de los conciudadanos del poseído.
Sería de esperar que los gerasenos, al encontrarse con una persona tan poderosa como para curar a un loco endemoniado con su sola palabra, se alegrasen mucho y tratasen de retener a ese personaje para que actuase en su provecho. Es decir, ante tamaña maravilla le alagarían y conminarían a quedarse en su ciudad.
Pues ¡no señor! Los gerasenos no ven la maravilla del poder de Jesús, sino el desastre al que ha arrojado a sus puercos. Es cierto que ese taumaturgo podría curar a todos los enfermos de Gerasa, podría explicarles las escrituras mejor que ningún otro rabino y, en definitiva, podría transmitirles su inmensa sabiduría; pero el precio sería demasiado caro si, a cambio, les destroza la economía de la región, basada evidentemente en la ganadería porcina: dos mil cerdos es un precio muy alto por la salvación de cuerpo y alma.
Y esos gerasenos no eran judíos -ya que criaban cerdos-, sino paganos. Es curiosa la preferencia que todas las culturas -incluyo la occidental, aunque sea cristiana- damos a la economía sobre la salud, la moral o la sabiduría. Estamos dispuestos a cualquier sacrificio por nuestra fe, siempre que no nos afecte al bolsillo.
No es de extrañar que, con tan cicatera actitud, debamos retroceder con frecuencia ante los reproches de paganos generosos: por muy equivocados que sean sus planteamientos, su generosidad es frecuentemente más cristiana. Con esta actitud no convenceremos a nadie; antes debemos convencernos nosotros de que el rico no entrará en el Reino: así de claro, sin paliativos.Y rico es todo aquél que pone su confianza en las riquezas o se afana únicamente en conseguirlas.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
viernes, 5 de febrero de 2010
Dar gloria a Dios
Cada vez que me enfrento a algún aspecto del obrar de Dios que no entiendo o me parece absurdo, en vez de rechazarlo, trato de imaginar cuál es el motivo de Dios para obrar así. Por supuesto, me es imposible conocer las razones de Dios; pero su obrar muchas veces nos da pistas de su Ser. Si Dios es capaz de crear millones de seres simplemente para que le amen en un solo acto que se prolonga por toda la eternidad, entonces es que el amor de sus criaturas es algo muy importante para Dios; y que le es muy importante el amor de cada una de ellas, porque Dios sabe distinguirlo, como cualquier madre distingue el cariño de cada uno de sus hijos.
Y ahora trataremos de llevar este razonamiento a un plano más práctico para nosotros.
Si Dios sabe distinguir a cada uno de los ángeles, que son aparentemente uniformes, cómo no va a distinguir a cada uno de los hombres, que se diferencian mucho más que aquellos. Es más, Dios busca esa diferenciación y quiere que cada hombre le dé gloria -le ame- de una manera individual e irrepetible. Dios no ha querido la uniformidad de la raza humana, sino la diversidad de caracteres, entendimientos y voluntades; así tampoco quiere la uniformidad de la santidad humana.
Así vemos que a algunos santos les concedió gracias para que le amasen de forma casi perfecta. A nuestra Santísima Madre, incluso le concedió esas gracias de forma preventiva ya que fue concebida Inmaculada: el plan de Dios para ella así lo requería y ella respondió a ese plan como ninguna otra criatura ha respondido.
Pero a otros santos no les ahorro los problemas ni las tentaciones, quizá porque buscaba que le amasen precisamente con su lucha. A San Pablo le contestó "te basta mi gracia", cuando le pidió que le liberase de cierto "aguijón" que le tentaba. Así, a algunos hombres los quiere muy identificados con Cristo [San Juan evangelista, el Padre Pío, sor Faustina Kovalska], mientras que a otros los quiere luchando en medio del mundo por parecerse cada vez más a Él. Incluso hay hombres a los que la gracia les llega muy remotamente, y se les hace muy difícil no ya la santidad, sino el no caer en demasiadas aberraciones.
¿Es que Dios nos discrimina? En absoluto, es que Dios nos va a exigir la respuesta en función a los medios que previamente nos haya dado y a su plan específico para nosotros. No es discriminación lo que produce con esas distinciones, sino diferenciación, diversidad y, en definitiva, mayor amor y gloria.
Por tanto, no se trata de encontrar el modelo de cómo Dios quiere que los hombres le amen, sino de encontrar el modo especifico como Dios quiere que cada uno de nosotros le amemos, con nuestras peculiaridades y defectos.miércoles, 3 de febrero de 2010
¿Merece la pena ese "ideal"?
Por supuesto que quien apuesta todos sus ahorros a un solo caballo debe de estar muy convencido de ello, no lo pongo en duda; pero una cosa es estar muy convencido y otra -muy distinta- es estar acertado. Además no puedo compartir sus conclusiones:
No arriesga su alma por un "ideal", sino por el mero placer. Ha echado sus cálculos y cree que le compensa apostar a la no existencia de un juicio final, con tal de poder satisfacer todos sus caprichos sin límites. No creo que nadie pueda calificar de "ideal" el embriagarse, darse golpes o acostarse con su prima [muchos no haríamos ninguna de esas cosas ni aunque nos pagasen por ello].
Tampoco comparto el final de su comentario: hacer todo eso "sin consecuencia alguna"; porque esos mal llamados ideales provocan pésimas consecuencias -exista o no exista un juicio final-, ya en esta vida.
Con razón dice que ha apostado todos sus ahorros no sólo a un solo caballo, sino al "más lento". Nunca puede ganar, ya que exista o no exista Dios -que sí existe-, pagará en esta vida las consecuencias de sus actos. Y es que no acabamos de entender que las normas que Dios nos impone con la Ley Natural son sólo el reglamento para disfrutar plenamente de la vida,... ahora y después.
Gracias a Dios, en la otra vida contamos con su Misericordia...