domingo, 30 de agosto de 2009

En el Santuario de Fatima

He aprovechado las vacaciones estivales para pasar unos días en el Santuario de Fátima; y he podido comprobar que todavía sigue muy viva la fe en algunos lugares.

Una de las cosas que llama la atención es la cantidad de jóvenes y hombres que se ven por allí rezando el rosario, en la capilla del Santísimo (que está permanentemente expuesto a la adoración) o esperando en los confesionarios. Os aseguro que una visita a Fátima echa por tierra el tópico de que la religión es sólo cosa de cuatro viejas. Se ven familias enteras, matrimonios jóvenes con bebés, parejas jóvenes... y muchos sacerdotes a los que se les nota que son sacerdotes. Y, por supuesto, dentro del recinto del santuario el silencio y el recogimiento son más que aceptables (salvo los inevitables grupos de españoles e italianos, siempre tan bulliciosos).

Solíamos asistir a la Misa en castellano de las 19,15 horas. La preside algún sacerdote de cualquiera de los muchos grupos de Españoles que allí van; y es habitual que diga una pequeña homilía. En una de ellas me impresionó mucho un comentario del sacerdote. Al referirse a la fe de Nuestra Señora cuando aceptó la voluntad de Dios que le fue manifestada por el ángel en la Anunciación, comentó: "menos mal que la Virgen no fue a consultar a un cura, porque entonces todavía estaríamos esperando la encarnación"
. Inmediatamente explicó lo que quería decir. Se refirió a su experiencia de que muchos curas siempre tratan de facilitar la vida de los fieles; y trató de reproducir el supuesto diálogo de la Virgen con el cura de la época:
<<¿Estás segura de que era un ángel? ¿No estarás muy cansada y lo confundes con un sueño?
Una decisión así hay que tomarla después de pensarlo mucho.
¿Has pensado el escándalo que provocarás en tu pueblo? ¿Qué dirá el bueno de José?>>

Efectivamente, muchos curas bienintencionados aparcan la providencia y la gracia a la hora de aconsejar a sus fieles. Tratan de hacerles el cristianismo tan fácil y agradable, que lo acaban desvirtuando. Por una parte, debemos contar siempre con la ayuda de Dios: nunca nos pedirá nada que no nos haya dado Él antes. Por otra parte, tenemos las palabras de Jesús: quien quiera seguirme que cargue con su cruz... si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros... Nunca dijo el Señor que seguirle o hacer la voluntad de Dios fuese cosa fácil, al menos en el arranque; aunque luego... mi yugo es suave y mi carga ligera.

Quizá esta sea la clave del catolicismo claudicante actual: en vez de coger el rábano por las hojas... nos dedicamos a templar gaitas.

viernes, 7 de agosto de 2009

Desesperarse sería dar la espalda a Dios

Efectivamente, si Dios ha enviado a su Hijo para salvar al mundo, entonces tenemos la seguridad de que el barco de la humanidad se dirige a buen puerto, sin posibilidad de volver a extraviarse.

Evidentemente, dentro del barco se producen todo tipo de roces, fricciones, traiciones y felonías...; pero el barco sigue su singladura con Cristo por timonel.

Lo que pretende el maligno es que nos desesperemos, que pensemos que esto no tiene remedio y acabemos saltando por la borda; y esto es lo único que no debemos hacer -dar la espalda a Dios- porque es la única manera de evitar la salvación de Dios.

Este fue el error de Judas.

lunes, 3 de agosto de 2009

Santificar el mundo

Sigo con el tema de la entrada anterior: la oposición del mundo al mensaje evangélico.

Muchos ya se han dado cuenta de que la mejro manera de oponerse no es combatirlo directamente, sino tratar de santificarlo con nuestra actuación. Pero no se trata sólo de santificar nuestra vida ordinaria dentro de este mundo, de santificar sus estructuras, sino de cambiarlas por estructuras que faciliten la venida del Reino, que es algo muy distinto.

Como ya he dicho en una entrada anterior, no nos podemos conformar con ganarnos la vida santamente, por muy bueno que fuese que todo el mundo lo hiciese así. Para santificar el mundo, tenemos que luchar por aplicar el mensaje de las bienaventuranzas: tenemos que estar ajenos a las ambiciones humanas, a las seguridades humanas y a las vanidades humanas.

Con la gracia de Dios, por supuesto.

jueves, 30 de julio de 2009

Arrastrar al mundo

Los cristianos nunca podremos evitar que haya un mundo opuesto al camino marcado por Dios. El hecho de que la naturaleza humana esté caída producirá en el hombre esa tendencia a transgredir la norma de Dios, aunque sólo sea en nuestro interior. Lo que sí debemos procurar los cristianos es que ese mundo no nos arrastre. Y en esto estamos perdiendo la batalla, aunque solo sea porque utilizamos sus mismos metodos para combatirlo: odio y revancha.

Pero el problema no es que lo ataquemos con métodos inadecuados, sino que nos dejamos arrastrar... incluso con mucha complacencia. Por ejemplo, desde hace un año el mundo está en grave crisis debido a la codicia de los especuladores financieros e inmobiliarios. Pero,
¿podemos decir los cristianos que no hemos colaborado a producirla?, ¿que nos abstuvimos de la especulanion y la codicia?, ¿que realmente nos creímos que los pobres de espíritu serán bienaventurados? Si somos sinceros tenemos que reconocer que ante esta crisis los cristianos ni hemos sido ejemplo de nada, ni podemos tirar la primera piedra.

Quizá es que nos ocupamos tanto de denunciar los errores del mundo, de oponernos a él, que nos acaba arrastrando. Creo que si nos ocupasemos más de ser nosotros mejores cristianos en todo, de seguir el mensaje evangélico aunque resulte tan extraño a la sociedad occidental, a la larga seríamos nosotros los que arrastraríamos al mundo; como ya se ha hecho tantas veces y con tantas culturas durante estos dos mil años.

Una vez más, lo que nos falta es fe.

lunes, 20 de julio de 2009

El Reino de Dios y el mundo

Evidentemente, cuando Jesucristo nos prometió la venida del Reino de Dios, se estaba refiriendo a un estado de cosas totalmente diferente al que existía en el "mundo" que había existido hasta entonces. Y esto es debido a que, como consecuencia del pecado original, el reino de este mundo resulta imperfecto aún en los casos en los que nos acercamos mucho a lo que llamamos justicia social.


Pero, su promesa no se ha cumplido, el Reino de Dios no se ha realizado en la Tierra. No es que Jesús nos haya fallado, sino que nosotros no supimos recibir su Reino: o nos faltó fe o nos faltó voluntad. Por tanto, es cometido de los cristianos faenar para que el Reino llegue cuanto antes, y cambie radicalmente nuestras estructuras sociales. Si, por el contrario, lo que hacemos es acomodarnos a las estructuras de este "mundo" -por muy justas que logremos hacerlas- entonces estamos retrasando la venida del auténtico Reino. O para decirlo más claro con palabras evangélicas: nosotros estamos en este mundo, pero no somos del "mundo"; tenemos que trabajar en el mundo, pero no acomodarnos en él.

Por tanto, debemos cumplir las normas legítimas del mundo, con especial empeño aquellas que llevan a la justicia social y cambiar lo que sea necesario; pero sabiendo que será una situación imperfecta, que la perfección llegará cuando se realice aquí en la Tierra el Reino de Dios, el Reino que se deriva del mensaje evangélico.


"Los hijos de este mundo son mucho más sagaces que los hijos de la luz". Quizá esta frase sirva para resumir un poco lo que pretendo decir. Los hijos del mundo se afanan en conseguir aquello que consideran mejor y se preocupan por progresar. Entonces, ¿por qué los hijos de la luz -los que conocemos lo qué es mejor de verdad- no nos afanamos porque el Reino progrese lo más posible? Nos falta sagacidad para implantarlo; o quizá sea Fe lo que nos falta para convencernos que su Reino será mejor que cualquier sociedad que nosotros logremos idear.


Algunos cristianos han centrado su predicación evangélica en la justicia social -objetivo en sí mismo bueno-; otros han reducido el mensaje evangélico a la lucha social o nacionalista, lo que es peor; y ambos están retrasando la llegada del Reino, por muy bienintencionados que sean. La mera justicia humana no puede ser la meta de la Doctrina Social de la Iglesia; esto sería demasiado poco, sería sólo el mínimo.

Concretaré un poco más.
Para disfrutar de la riqueza no basta con haberla obtenido con esfuerzo y honradez -lo que le daría legitimidad suficiente en el "mundo"-, sino que además debemos asegurarnos de que, con nuestro disfrute no le estamos hurtando lo necesario al prógimo; que esa riqueza contribuye al bien común del mejor modo posible. Todos los derechos, riquezas, placeres y ambiciones que son justas y legítimas según el "mundo", se convierten en perniciosas si ocupan el lugar que deberíamos reservar a Dios, si retrasan la venida de su Reino. A la postre, todas las estructuras humanamente justas se convierten en obstáculos si nos acomodamos a ellas y evitamos el establecimiento del espíritu del sermón de la montaña; en definitiva, las bienaventuranzas.

Sí, ya sé que parece muy difícil: pero si esta dificultad se superase, todo sería mucho más fácil para todos,... ricos y pobres.

martes, 30 de junio de 2009

Sigamos hablando de amor

Amar es difuminar los limites de la propia persona: yo no sólo soy yo, sino que también soy algo tú; y tú eres algo yo; lo mio es nuestro y lo tuyo es nuestro. Por esto, después de un auténtico amor, restablecer los límites de la propia persona es traumático; es como una amputación de partes que ya son yo, que me pertenecen.

Si llevamos esto al orden sobrenatural, comprobamos que Dios, al amarnos, nos posee; pero también nos diviniza si le amamos, porque empezamos a ser algo de Dios. Nosotros somos totalmente de Él, por eso necesitamos que Él este también en nosotros: es nuestro fin natural y sobrenatural.

Y lo mismo ocurre con nuestros hermanos cristianos: el amor de Cristo nos funde en un mismo cuerpo místico: "ut omnes unum sint sicut Tu Pater in me et ego in te" (que todos seamos uno como Tú Padre en mí y Yo en Ti). Pero nos funde en Dios, en Cristo, mientras estamos unidos a Él. Por esto, para llegar al fondo de alguien el mejor camino es Cristo -unirse al Él, identificarse con Él-, ya que de esta forma todos seremos uno.

No es "metiéndonos en el mundo" como nos acercamos a los demás, sino alejándonos del mundo y acercándonos a Dios: si estamos identificados con Cristo, el hermano nos reconocerá mejor que si tratamos de imitarle, de semejarnos a él.

domingo, 28 de junio de 2009

¿Justicia o misericordia?

Desde siempre los cristianos nos hemos planteado como contrapuestas estas dos cualidades de Dios: es tanto infinitamente justo como infinitamente misericordioso; no acertamos a entender cómo se pueden compaginar.

Creo que he resuelto el misterio: la misericordia de Dios es su justicia impartida con las razones de su corazón. En Dios la justicia es igual a la misericordia. Si nosotros las distinguimos es porque utilizamos nuestra razón humana para impartir justicia; y utilizamos nuestro amor -la razón emocional- para obrar con misericordia. Pero Dios es uno y simple: siempre actúa con todo su ser, que es amor. En Él, justicia y misericordia son lo mismo, pero con parámetros distintos de los humanos. Nosotros sólo podemos entender la justicia como el veredicto alcanzado en función de los actos probados, la norma que los regula y la interpretación lógica que de todo esto haga el juez. No es un reproche, ya que no podríamos establecer un sistema judicial basado en nuestra razón emocional, que es intuitiva, no explicable ni transmisible; y que sólo el amor entiende.


Iré un poco más lejos. Por supuesto, es la razón emocional la que esta más cerca de la fe. Es más, fe y razón se contraponen como modo de conocimiento: no es que la fe nos haga creer cosas irracionales, sino que -por definición- no se puede alcanzar la fe por la simple razón. La fe nos ha de ser revelada para poder ser admitida por nosotros. La fe entra por el corazón y no por la cabeza: depende más de la intuición que de los sentidos.


Y lo mismo ocurre con nuestro conocimiento de Dios: sólo por la fe y la intuición podremos aproximarnos un poco a su naturaleza. La razón no es mala; pero sólo es un instrumento que Dios nos da para que entendamos y dominemos la creación. No podemos pretender utilizar ese mismo instrumento para entender y dominar al mismo Dios que nos lo ha dado. Nuestra única relación con Dios pasa por la fe; sólo con mucha humildad podemos utilizar la razón y la ciencia, para ampliar el conocimiento de Dios que se nos da por la revelación; pero sin esa humildad, el resultado es el contrario del que buscamos: la razón soberbia nos separará de Dios.


El ejemplo más claro que tenemos es la Eucaristía: sin fe humilde no se entiende este misterio. Pretender comprenderlo con la razón sería como si un ordenador quisiese entender y compartir nuestros sentimientos humanos con su programación de bits positivos y negativos.

Si queremos entender a Dios, deberemos atenernos a lo que nos ha revelado sobre sí mismo; y utilizar con mucha humildad los medios que ha puesto a nuestro alcance: fe y amor.

jueves, 25 de junio de 2009

El amor tiene razones que la razón no entiende

El amor tiene razones que la razón no entiende. Esto lo hemos experimentado todos con cierta frecuencia: sentimos la necesidad de actuar sin una razón lógica o, incluso, en contra de toda lógica. Ésta es la característica peculiar del enamoramiento.

En principio, como seres racionales que somos, es mejor que en nuestra vida nos dejemos aconsejar por la lógica; y que actuemos en base a razones de peso si queremos alcanzar nuestros objetivos humanos.

Pero si el objetivo que buscamos es la felicidad, entonces no está tan claro que sea la razón la que nos la pueda proporcionar: nadie es feliz a base de encadenar razonamientos. La felicidad tiene mucho más que ver con el amor que con la filosofía o la técnica. Tanto a nivel personal como social: será el amor el que nos consiga una sociedad más humana, un mundo más justo, en el que merezca la pena vivir. Entonces, ¿por qué hacemos más caso a las razones de nuestra lógica, que a las razones de nuestro amor?, por muy evidentes que aquéllas se presenten y muy inseguras que éstas aparezcan.

Desde que la revolución francesa entronizó la razón, hemos desechado las otras formas de conocimiento (la intuición y la fe), a pesar de que la historia nos revela que este mundo más lógico y científico no nos ha traído la felicidad que esperábamos (de hecho, la "diosa razón" provocó en Francia la "época del terror" presidida por la guillotina, el periodo más negro de su historia).

Exigimos razones para todo; pero no todo es posible razonarlo. Es muy habitual entre los jóvenes el siguiente planteamiento: "si no consigues convencerme de que algo es malo, no puedes prohibírmelo". Y no caen en la cuenta de que si algo es malo, lo seguirá siendo a pesar de mi falta de capacidad para convencerles (o de su falta de capacidad para entenderlo). Quizá sea esta la razón por la que se les puede ver disfrutando con tantas cosas que, a medio plazo, acabarán destruyéndoles; y entonces se quejarán: ¡nadie me lo advirtió!; cuando deberían decir: ¡nadie me convenció de que era malo!

No me acaba de convencer ese afán actual de intentar razonar toda la fe y la moral. Hay que ser razonables; pero la razón no puede tener ni la única ni la última palabra. Si se trata de buscar la felicidad -temporal o eterna-, la intuición y la fe son mejores consejeras que el razonamiento o la ciencia.

lunes, 22 de junio de 2009

Podríamos dividirnos en tres tipos

Podríamos dividir a la humanidad en tres tipos de personas:

Los que piensan que el hombre es el fruto casual de la evolución de la materia. Por lo tanto, sería uno más de los animales, el animal racional, el nivel superior de la escala evolutiva; pero como tenemos libertad, podemos resultar dañinos al resto de los seres vivos y alterar el "casual" proceso evolutivo. Son los partidarios del "proyecto simio", que preferirían que esta especie tan peligrosa desapareciese de la faz de la Tierra; y así la materia pudiese seguir con su evolución sin interferencias. A la postre, igualan a todos los hombres asignándoles el último puesto de la creación; aunque con frecuencia algunos de ellos creen haber encontrado el sistema perfecto y se consideran en el derecho de imponérselo al resto de la masa.

Después están los que se consideran el centro del universo: la inteligencia humana debe someter todo al servicio del hombre, muy especialmente al servicio de aquellos hombres que con su inteligencia ayudan al progreso de la especie humana. Son los partidarios del Nuevo Orden Mundial y miembros del Club Bilderberg. No les preocupa cómo ha sucedido; pero si el destino les ha puesto al frente de la humanidad, ellos deben dirigirla del modo que más convenga a sus intereses: una humanidad narcotizada por el hedonismo y el materialismo que -pensando que actúa libremente- les permita el control total y disfrutar de sus privilegios en paz. Por supuesto, cualquier ideología o creencia distinta de las que ellos propagan supone una amenaza a su hegemonía y debe ser exterminada... disimuladamente, sin imposiciones, que parezca una modificación paulatina y lógica de las costumbres sociales: hay que preservar la paz (al menos aparentemente) para que el sistema financiero mundial (que es el instrumento del poder) no sufra.

Por fin, estamos los que creemos que la evolución ha sido minuciosamente planeada por una inteligencia superior. Que el hombre es el culmen de dicha evolución con una diferencia cualitativa inmensa con los demás seres: tiene dignidad personal, valor en sí mismo, porque ha sido expresamente querido por el Creador. Esto nos encuadra en una categoría tan especial, que iguala a todos los hombres reduciendo al mínimo las diferencias que, ante la sociedad descreída, pudiesen parecer muy grandes. Pero también nos impone obligaciones: tenemos que corresponder al querer de Dios con nuestra libre voluntad; y habitualmente tendremos que responder queriendo a los demás seres que Dios quiere. En definitiva, buscar el bien común por los caminos que nuestro creador nos ha revelado.

Aparentemente, el primer grupo ha quedado superado con la caída de los absolutismos socialistas o nacional-socialistas. El segundo grupo está ahora mismo en pleno desarrollo, muy cerca ya de alcanzar sus objetivos. Pero se encuentra con un escollo terco y recalcitrante, que ni se deja comprar ni se deja convencer...; y por esto tratan de anularlo, de excluirlo de la sociedad progresista: el Cristianismo, como viene haciendo desde hace dos mil años, se opone a cualquier poder humano que quiera someterlo...; y lo seguirá haciendo dentro de otros dos mil años, cuando esta sociedad progresista y prepotente sea historia, como lo es la antigua sociedad romana, a la que tanto se parece.

Dicho esto: ¿en qué grupo queremos encuadrarnos?

viernes, 19 de junio de 2009

Pero..., ¡Satanás sí existe!

Efectivamente, Satanás sí existe. De hecho es uno de los temás más recurrentes en el Evangelio. Entoces, ¿es que el mal sí existe?

La realidad es que Satanás no produce el mal, sino que lo que hace es tratar de alejarnos del bien -de Dios- produciendo la ausencia de bien, el vacío absoluto. Por esto, en el imposible supuesto de que llegase a triunfar sobre las fuerzas divinas, no lograría establecer el reino que pretende, sino la nada: reinaría sobre el vacío, porque donde no hay bien, no hay nada.

Este es el terrible engaño al que pretende someternos el maligno: nos ofrece todo su poder a cambio de dar la espalda a Dios; pero a la postre su poder es el vacío.

Y es que no hay alternativa posible: o Dios, o nada.

jueves, 18 de junio de 2009

El mal no existe.

Los maniqueos creían que existían dos principios creadores -el bien y el mal, ambos con igual poder- que luchaban constantemente para lograr imponerse al otro.

La realidad es mucho más sencilla: sólo existe el bien, la belleza, la verdad. El mal, la fealdad y la mentira no son más que el vacío que queda cuando aquéllos están ausentes. Lo que sí existe es la "posibilidad de ausencia"; y esta posibilidad fue expresamente querida por Dios, cuando eligió hacernos libres. El mal y la mentira no existen, son el hueco que aparece cuando el hombre, en uso de su libertad, decide rechazar el bien y la verdad.

Y esto no sólo ocurre con el mal moral: incluso el mal material -la enfermedad, la muerte-, son habitualmente consecuencias de nuestra libertad y del mal uso que hacemos de ella.

Y tantas otras cosas que ni siquiera son males, sino ausencia de bienes a los que no tenemos derecho o que no nos resultan imprescindibles, pero que nuestra soberbia y nuestra envidia exigen.

Incluso nos atrevemos a considerar males aquellas cosas que, limitando nuestra libertad, nos permiten permanecer en el bien que nos empeñamos en rechazar.

Otras veces, simplemente nos tapamos los ojos para no ver el bien y así poder decir que no existe, que solo cabe conformarse con el mal y no podemos aspirar a otra cosa.

Por todo esto, me llamó poderosamente la atención la definición de pecado que leí en un libro cuyo título ya no recuerdo:

Pecado es la voluntad de experimentar el mal, habiendo conocido previamente el bien.

Es decir, empeñarnos en vaciar lo que estaba lleno.

lunes, 15 de junio de 2009

¿Es Dios un invento provocado por el miedo?

Después de varios meses, me he sacudido la pereza mental y vuelvo a compartir las ideas que se me van ocurriendo.

Esta vez, escribo impulsado por una pintada que leí el pasado sábado, justo enfrente de la casa de ejercicios en la que estaba haciendo un retiro espiritual. Alguien había llegado a la siguiente conclusión y se había visto en la obligación de comunicárnosla:

"Dios es un invento del hombre provocado por el miedo"

Quizá, el pensador que escribió esto lo hizo tras comprobar que, efectivamente, los que no creen en Dios pasan mucho más miedo que los que creemos (entre otros, el miedo a equivocarse y rechazar a un Dios que les ama). Quizá pensó que si nosotros no tenemos miedo es porque nos hemos "inventado" este antídoto. Lo que sí es seguro es que conoce bien poco a este Dios al que califica de "invento".

Si se hubiese molestado en conocerle un poco mejor, se habría dado cuenta de que, en todo caso, Dios sería un invento del amor, no del temor. Sabría que Dios se revela al hombre para comunicarle su amor, no para meterle miedo; y el hombre ve la posibilidad de saciar su necesidad de amar, aceptando el amor de este Dios que le ha creado y a quien todo se lo debe.

Y entonces, una vez conocido Dios, es cuando nos entra el miedo; pero no el miedo a Dios, ni el miedo al mundo, sino el miedo a separarnos de Dios, el miedo a volverle la espalda y perder su gracia, el miedo a quedarnos sin Él. Éste es el único miedo que el creyente se puede consentir. El temor de Dios bien entendido no es el miedo al castigo divino, sino el miedo a defraudarle.

Y mientras tanto, los no creyentes siguen teniendo miedo de todo lo que puede pasarles. Desconocedores de la providencia divina se quedan en manos del fatídico destino, que no tiene ni rumbo ni misericordia con el hombre. Y se temen siempre lo peor (en las últimas epidemias de gripe aviar y gripe porcina tenemos un buen ejemplo: a pesar de que no han sido mucho más graves que la gripe común, se extendió el miedo a que el virus mutase y causase una inmensa pandemia) y tratan con sus escasos medios de oponerse a las fuerzas de la naturaleza (terremotos, maremotos, inundaciones, etc...). Lo curioso es que, por contraste, se ríen de aquello de lo que sí deberían tener miedo: las aberraciones morales que darán al traste con la sociedad occidental y les pueden alejar definitivamente de su Creador.

No, Dios no es un producto del miedo, sino que el miedo es producto de la ausencia de Dios.

domingo, 22 de marzo de 2009

Nadar y guardar la ropa

No se puede servir a dos señores, esto está claro; y nadie que tenga un mínimo de coherencia personal pretenderá poner velas a Dios y al diablo. Pero lo que ya no tenemos todos tan claro es que tampoco se puede "nadar y guardar la ropa". Es decir, pretendemos servir sólo a Dios; pero no queremos arriesgar nada de lo que en teoría habíamos puesto a su servicio. Por supuesto, nunca iríamos en contra de Dios; pero sí admitimos pecar de omisión si el servicio a Dios nos puede traer algún perjuicio..., aunque sólo sea arriesgarnos a que nos ridiculicen. Y esto sin mencionar a aquellos que no sólo quieren guardar la ropa, sino incluso sacar algún provecho de su aparente servicio a Dios, que también los hay.

Entre unos y otros, hacemos posible que un colectivo tan numeroso como los católicos -y con una magnífica moral social-, tengan una influencia casi nula en occidente y más en concreto en España.

Como el pecado lleva la penitencia, muy frecuentemente esta desconfianza en la Providencia nos lleva a no "nadar" a gusto y, además, arriesgar "la ropa" que pretendemos guardar. Hablando claro, ni somos buenos cristianos ni gozamos de los privilegios sociales de los descreídos (los hijos de las tinieblas son más listos que los hijos de la luz). Además, nuestro Padre, al observar nuestra desconfianza, acaba dejándonos a nuestra suerte...; y al final nos quedamos sin el apoyo de Dios y con el desprecio del mundo.

Y es que no nos entra en la cabeza que este mundo, en el fondo, admira a los que tienen convicciones firmes y en su vida son coherentes con ellas; pero desprecia a los que sólo mantienen esas convicciones en teoría, pero en la práctica las aparcan para que no les estorben. El mensaje evangélico con toda su crudeza despierta admiración; y verlo hecho vida en alguien, mucho más...; y así lo difundieron los apóstoles desde el comienzo. Pero nuestra mediocridad y nuestra falta de confianza en Dios, termina alejando a tantos que, de otro modo, se hubiesen sentidos atraídos por el mensaje divino.

¡Preocupémonos de "nadar mar adentro", que ya se encargará el Señor de guardarnos la ropa"

jueves, 19 de marzo de 2009

El infierno y la confesión

Se pone en duda la existencia del infierno, incluso del purgatorio, porque se piensa que su mención disuadiría a aquellos que pudieran acercarse a nuestra Fe. Es este un planteamiento erróneo: nuestro Señor no dudó en hablar del infierno -llanto y crujir de dientes; la gehena del fuego inextinguible- a aquellos que se acercaban a escucharle. Y no voy a ser yo quien le enmiende la plana.

El infierno existe, entre otras cosas, porque es una consecuencia de la libertad humana: debe haber un lugar al que puedan ir aquellos que, en uso de su libertad, decidan rechazar a Dios. Si el hombre es libre, el amor es la manifestación por antonomasia de esa libertad: no se puede obligar a amar a nadie; y el que no quiera amar a Dios, tendrá que tener un sitio bien alejado de Dios. El primer inquilino del infierno es Lucifer, que se negó a amar a Dios (quizá porque se creyó superior a Él). Pero puede haber muchos más: todos aquellos soberbios que rechacen a Dios porque prefieren amarse sólo a sí mismos.

Y no sólo hay que hablar de la mera existencia del infierno, sino que hay que informar de que es un lugar de horror en el que no es posible ni amar ni ser amado: en donde el egoísmo que nos consumió en vida, nos seguirá consumiendo toda la eternidad. Los pastores no tienen derecho a ocultar esta realidad, a negarla o a mostrárnosla con paños calientes. Hay que hablar con toda crudeza -aún a riesgo de parecer medievales-, a ver si lo que no consigue el amor de Dios lo consigue la amenaza del castigo cierto; el miedo a quedar separado eternamente de Él.

Sin necesidad de llegar al castigo eterno, también hay que hablar del purgatorio: el estado en el que sufrimos una angustia inmensa por darnos cuenta de manera evidente que hemos desperdiciado nuestro paso por la Tierra, y que hemos dado la espalda a quien sólo pretendía amarnos.

Y los Pastores tienen obligación de hablar de todo esto -que puede parecer muy catastrófico-, porque la solución está al alcance de cualquiera. Lo que ocurre es que de la solución tampoco se habla: la Confesión sacramental. Es también infame que nuestros pastores nos oculten esta otra realidad, porque el que sólo pretendía amarnos y nos pide amor, estableció la vía de reconciliación más sencilla y asombrosa que existe: simplemente tenemos que reconocer nuestra culpa ante Jesús-sacerdote y quedamos perdonados. ¡Ya quisiéramos que la justicia humana nos absolviese cuando reconociésemos nuestra culpa!; ó que el Banco nos perdonase la deuda ¡cuando reconocemos que les debemos un dinero que no podemos pagar!

Pues parece que a muchos esta maravilla de amor y de perdón no les parece suficientemente buena como para difundirla; y, claro, si no hablan del perdón, tampoco pueden hablar del castigo, que suena desproporcionado. Piensan que es mejor ocultar todo, esconder las maravillas divinas a los hombres y dejar que se las compongan como puedan. ¡Y se llaman progresistas! Lo que sí es una barbaridad es ocultar ambas realidades y dejar al hombre a su suerte, y cerrándole el camino de vuelta.

Además, lo único desproporcionado es el Cielo, esa maravilla de amor a la que no tenemos ningún derecho y que nos fue conquistada por Cristo con su muerte. El infierno y el purgatorio no serán castigos desproporcionados, porque ni siquiera serán castigos, sino diagnósticos: ante la Verdad divina y la realidad de nuestra vida, sufriremos la angustia derivada de nuestro egoísmo y nuestras estupideces; y en ella permaneceremos temporal o eternamente.

¡No!, los Pastores no tienen derecho a esconder estas realidades.

lunes, 16 de marzo de 2009

La Cuaresma: éxodo antes de la Tierra Prometida

Podríamos decir que la primera "cuaresma" de la Historia no fueron los cuarenta días del Señor en el desierto, sino los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto.

La salida de Egipto supuso para el pueblo de Israel la libertad y el comienzo de su marcha hacia la Tierra Prometida. Pero toda meta requiere su esfuerzo. Para conseguir la libertad tuvieron que abandonar la seguridad y las comodidades de que disfrutaban en Egipto; y comenzar un largo peregrinaje en condiciones peores de las que tenían en Egipto, a pesar de la servidumbre a la que estaban sometidos.

Por esto, pasada la euforia del primer momento, ese mismo pueblo liberado le reprocha a Moisés su liberación: ¿Quién nos hubiera dado morir a manos del Señor en el país de Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta saciarnos? (Ex 16, 3); ¿porqué nos has sacad de Egipto para dejarnos morir de sed...? (Ex 17, 3). Esta primera "cuaresma" de años fue una dolorosa peregrinación llena de caídas cada vez que la fe les flaqueaba y, olvidando la promesa, sólo veían las dificultades del momento.

Pudiera ser que nuestras cuaresmas fuesen iguales: que pensásemos sólo en lo difícil del camino (ayuno, oración y limosna), sin tener en cuenta que nos espera el premio final: la Pascua. Incluso, que no sólo nos ocurriese en cuaresma, sino con toda nuestra vida: pasamos quejándonos por lo dura que es la vida del cristiano, en vez de vivir alegres pensando en la resurrección final.

Escarmentemos en cabeza ajena y tengamos presente durante nuestra cuaresma -y toda nuestra vida- que al final de la peregrinación está la Resurrección, que al final de nuestra vida nos espera el Amor.

jueves, 19 de febrero de 2009

El mal menor

A menudo se aplica mal la "teoría del mal menor". Ésta consiste en que, cuando no hay bien posible y es imperativo actuar, se debe escoger el menor de los males. Esto es evidente. Pero en casos en los que es posible elegir un bien -aunque sea éste pequeño y remoto- o incluso se puede eludir la acción, no es lícito optar por el menor de los males, ya que el mal nunca puede escogerse voluntariamente. Esto sería lo mismo que justificar los medios malos por perseguir un fin bueno.

Esta corruptela está muy extendida en nuestra sociedad católica occidental.

Y una prueba de su perversión es que, en muchos casos, aquellos que adoptan la postura del mal menor en el sentido de aceptar a "los malos" para evitar que vengan otros teóricamente peores, tampoco tienen empacho en alegar el "mal menor" cuando se trata de calumniar a "los buenos", si se hace para alcanzar un objetivo importante. Es decir, que el fin justifica los medios, ya consistan estos en disculpar lo inaceptable o en calumniar al justo. Personalmente, he sufrido esta segunda versión.

Son las dos caras de la misma moneda... ¡falsa, por supuesto!

domingo, 8 de febrero de 2009

El poder de la oración.

He recibido con estupor las noticias de corrupción moral en la cabeza de una de las más pujantes Órdenes religiosas de la actualidad, a la que tengo especial cariño por haberse cruzado en mi vida durante mi adolescencia. Y no ha sido conocer la condición de pecador de ese fundador lo que más me ha sorprendido (todos conocemos por experiencia nuestra debilidad), sino el hecho de que haya podido compaginar su pecado con la dirección impecable de la Orden religiosa.

La experiencia nos dice que cuando la cabeza se corrompe, todo el cuerpo suele acabar enfermo. Por mucho menos que eso, otras Órdenes históricamente mucho más importantes están en trance de desaparecer. Me pregunto, en este caso ¿qué es lo que ha frenado que esa gangrena se extendiese?

Se me ocurren varias respuestas. La primera es evidente: el Espíritu Santo tiene especial interés en que el carisma de esa Orden permanezca activo en la Iglesia; y, por esto, ha puesto los medios para frenar su corrupción. No es la primera vez que lo hace: en ocasiones la cabeza de la iglesia ha estado representada por individuos absolutamente indignos (quizá sea el Papa Alejandro VI el caso más conocido); pero su inmoralidad no se contagió al Cuerpo de Cristo, que ha seguido transmitiendo limpio el mensaje evangélico.

La segunda respuesta es continuación de la primera. Creo que el medio del que se ha servido el Espíritu Santo para evitar el contagio ha sido la vida de oración de los miembros de dicha Orden: si estás en contacto directo con Dios, poco pueden desviarte los errores de otros hombres, aunque sea tu superior. Parece cierta la inmoralidad de este fundador; pero también hay certeza de que fomentó una profunda vida de piedad en los miembros de su Orden. Piedad basada en la oración, la devoción a la Eucaristía y a la Santísima Virgen; y la obediencia al Magisterio de la Iglesia y al Papa. Con estas armas se puede afrontar cualquier peligro, por muy cercano y alto que esté.

Por el contrario, en las Órdenes en las que se ha relajado la vida de oración, se alejan de la Eucaristía y abandonan la piedad mariana, los errores se han propagado con tal rapidez y facilidad, que están en vías de extinción; y -nunca mejor dicho- dejadas de la mano de Dios.

Que este ejemplo nos sirva para recordar el consejo de San Pablo: "orad siempre sin desfallecer" (1Tes 5,17). Nuestra seguridad descansa en nuestra oración.
___________
Nota: Precisamente, el P. Álvaro Corcuera, L.C., en una carta del 16-1-09 dirigida a los miembros y amigos del Regnum Christi, les invita a reflexionar en la importancia de la oración, de la humildad, del amor y de la necesidad imperiosa en la vida cristiana de hacer el bien a los demás.

domingo, 1 de febrero de 2009

Dios, el azar y la evolución

El 12 de febrero se celebra el bicentenario de Darwin, el científico que creyó explicar la evolución de las especies. Con esta ocasión, en el Reino Unido se ha efectuado una encuesta, con el resultado de que un 51% de los encuestados piensan que "la evolución por sí sola no es suficiente para explicar la compleja estructura de algunos seres vivos, y por lo tanto la intervención de un diseñador es necesaria en momentos clave". Por supuesto, algunos tozudos científicos han sacado la conclusión de que los ciudadanos británicos son ignorantes: ¡sólo un ignorante puede insistir en que el universo se diseñó inteligentemente!

Lo curioso del tema es que lo que hace agua por los cuatro costados es la teoría evolucionista de Darwin, por muy científicamente que se la presente: la selección natural no explica cómo se modifica el código genético de los individuos más hábiles, para transmitir esa mejora a sus descendientes; ni explica cómo un cambio en una especie puede llevar a la aparición de otra totalmente distinta. Pero a algunos tozudos científicos estos vacíos en la teoría darwiniana no les estorban para ridiculizar a los que pensamos que "un diseño inteligente ha debido ser realizado por alguien inteligente". Por supuesto, sus argumentos de que "no se sabe" u "ocurrió por casualidad", les parecen más científicos que el encontrar una causa inteligente a un efecto inteligente.

Además, la teoría evolucionista sería compatible con la creación por Dios. Es más que probable que Dios diseñase un sistema universal que partiendo de un primer Big Bang, pudiese evolucionar hasta la perfección actual con muy poca intervención directa suya. Personalmente, creo que Dios puso en marcha la evolución de la energía y la materia que forman el cosmos; después creó directamente la vida y, por último, creó al hombre con alma trascendente. En estos tres momentos, actuó directamente... el resto del tiempo se limitó a observar el desarrollo de lo que ya había diseñado desde el principio, retocando aquí y allá algunos detalles.

Evidentemente, el magnífico sistema genético que guía la vida en general y su posible evolución, no pudo ser fruto de la casualidad. Me gustaría que algún matemático me calculase la probabilidad de que los tres mil millones de pares de genes pudiesen ordenarse exactamente como es preciso para desarrollar una vida: la probabilidad es nula. Y no sólo están ordenados, sino que informan desde el núcleo de cada célula al resto del organismo vivo, mediante un sistema del que no tenemos ni la más remota idea: ¿cómo sabe cada célula en que sitio del organismo se encuentra, para adoptar una función u otra? Ésto sólo puede existir porque ha sido diseñado y creado por un Ser inteligente; aunque quizá Dios, después de diseñar el magnífico sistema genético, se apoyó en la evolución natural para ir introduciendo la compleja diversidad de especies existentes, con alguna ayudita que otra.

De esta forma, habríamos llegado a una teoría evolucionista basada en un diseño inicial. Una teoría creacionista abierta a la evolución; pero una evolución también diseñada, no resultado de cambios genéticos aleatorios, que nunca podrían llevar a la creación de especies y su mejora. El azar, ni pudo construir un ADN perfecto con tres mil millones de pares de genes, ni pudo guiar la evolución hacia un mayor grado de perfección. La propia teoría científica de la ENTROPIA sostiene que cualquier cambio supone un menor orden que el existente anteriormente: entonces, ¿por qué en la teoría de la evolución los cambios casuales habrían llevado siempre a un mayor orden? (1)

No sé si acierto con la teoría expuesta; pero al menos ha sido un intento de explicación inteligente y razonada....Dudo mucho de la capacidad de cualquier científico que utilice como única explicación esto de la casualidad...

Al parecer, para algunos científicos... ¡lo único que no puede existir, ni por casualidad, es Dios!


(1) Un ejemplo de esto -sacado de Wikipedia-, es que si lanzamos un vaso de cristal al suelo, este tenderá a romperse y esparcirse, mientras que jamás conseguiremos que lanzando trozos de cristal se forme un vaso.

martes, 27 de enero de 2009

Mensaje de Medjugorje

Hacía tiempo que no recibía los mensajes mensuales de Medjugorje; y me ha gustado especialmente el del 25 de enero pasado. Contiene una expresión que no recuerdo haber oído nunca antes: "enamorarse de la vida eterna".

Mejor lo transcribo entero y luego lo comentamos:

¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Que la oración sea como la semilla que pondrán en mi Corazón, y que yo entregaré a mi Hijo Jesús por ustedes, por la salvación de sus almas. Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se acerquen a Dios Creador. Yo estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado. Solamente con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos. Hay muchos que al vivir mis mensajes comprenden que están en el camino de la santidad hacia la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Eso de enamorarse de la vida eterna, pero aprovechar el contacto con las criaturas para adorar al Creador, es una síntesis perfecta de nuestra vocación como hijos de Dios. Tenemos que tener muy clara nuestra meta en el más allá; pero sin desperdiciar ninguna ocasión en el más acá.

Meditando sobre todo esto, me acordaba del dicho popular que recomienda, antes de adoptar una decisión, pensar qué se hubiese preferido haber elegido a la hora de nuestra muerte. Y pensaba que sería mucho mejor situarse en la vida eterna y allí, ante la visión beatífica, imaginarnos qué le vamos a contar a Dios. Repasar de qué cosas nos vamos avergonzar de haberlas hecho o dicho; y con qué sucesos vamos a disfrutar recordándolos con Dios.

Así vistas las cosas -sabiendo que tendremos que compartir nuestros recuerdos toda la eternidad con el Eterno-, entonces está claro que tenemos que modificar nuestro orden de prioridades; y dar más importancia a lo que la tendrá en la vida eterna; acumular recuerdos que podamos compartir con Dios.


Así interpreto yo eso de "enamorarse de la vida eterna, que es nuestro futuro".


¡Y un futuro muy largo!

[Aclaro que los sucesos de Medjugorje no están confirmados por la Iglesia -ni lo estarán mientras sigan produciéndose-; y cada cual puede darles la importancia que quiera. Pero no me nieguen que el mensaje transcrito no parece humano]

jueves, 22 de enero de 2009

Dios sí existe


Ha aparecido en la católica Pamplona una pancarta que resume muy bien el contenido de mi anterior entrada: "DIOS EXISTE PARA QUE DISFRUTES LA VIDA".
¡Pues, eso!


miércoles, 7 de enero de 2009

¿Probablemente Dios existe?

Es curioso lo preocupados que están los ateos con la existencia de Dios; tanto, que necesitan refugiarse en la probabilidad de su inexistencia para poder disfrutar de la vida. Esto es lo que se desprende de los anuncios que una asociación de ateos de Cataluña ha publicado en algunos autobuses de Barcelona: "Probablemente, Dios no existe: despreocúpate y disfruta de la vida".

Aunque os extrañe, ese anuncio me parece muy bien: si eres un ateo y vives preocupado con la posibilidad de que Dios sí exista, viviendo con el miedo a equivocarte para toda la eternidad, entiendo que no puedas disfrutar de la vida con tranquilidad. Con este anuncio te animan a despreocuparte y disfrutar, al menos, de esta vida... aunque sea solo una probabilidad. Pero me atrevo a proponer otra alternativa más segura: "Probablemente Dios sí exista: despreocúpate y disfruta de la vida". Con esta alternativa acertaríamos siempre: si Dios existe, disfrutamos de esta y la otra vida; si no existe, habremos disfrutado de la única vida posible.

El problema con los ateos es que no se han dado cuenta de que Dios no es ningún obstáculo para disfrutar de la vida, sino todo lo contrario. No hay ningún bien ni ningún placer que no haya sido querido y creado por Dios; y si establece algún límite es para que podamos disfrutar de esos bienes y de esos placeres con mayor plenitud: "sigue las normas divinas y despreocúpate disfrutando de los placeres que Él creó para ti". ¿Que no te lo crees?; pues trata de averiguar una método contra el SIDA o los embarazos no deseados que sea más eficaz que el sexto y el noveno mandamientos.

Repito: el problema con los ateos y los agnósticos es que consideran un obstáculo para disfrutar de la vida a Único que puede darnos la Vida de verdad y hacernos disfrutarla a tope; y así no hay manera de disfrutar, ni siquiera por probabilidad.

Los que vivimos con la certeza de la existencia de un Dios que nos ama y nos cuida con su Providencia, sí sabemos lo que es vivir despreocupados y disfrutar de la vida...; y si no disfrutamos a tope, es porque nuestra Fe no es total, porque dejamos margen a la probabilidad; y con la duda viene también la preocupación...

Me parece muy bien ese anuncio, los pobrecitos ateos necesitan un margen de probabilidad para poder disfrutar algo de sus vidas... probablemente.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Derechos ¿humanos o divinos?

Se cumplen hoy sesenta años de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU en 1948; aunque los Derechos Humanos no se inventaron en esa fecha, sino que el hombre, desde que es hombre, ha tenido estos derechos básicos; otra cosa es que no siempre se los hayan reconocido unos a otros, ni antes ni después de la Declaración que hoy celebramos.

Los Derechos Humanos no los otorga ninguna autoridad civil, sino que nacen de la dignidad inherente a la persona humana; y esta dignidad se deriva de nuestra condición de hijos de Dios. Si olvidásemos el origen de nuestros Derechos -si prescindimos de Dios, de nuestro origen común-, los Derechos Humanos pierden su fundamento y pasan a ser algo que depende del ordenamiento jurídico de cada momento, de cada cultura. Por esto preferiría que se les llamase derechos divinos, para que ningún hombre o gobierno se sintiese tentado de eliminarlos o eludirlos.

Por el contrario, si no tuviésemos un origen común, si la dignidad intrínseca del hombre no nos igualase a todos, ¿como podrían tener los mismos derechos el salvaje, el trabajador o el intelectual? ¿Que semejanza existiría entre un paria de la India y un financiero de Wall Street? Las diferencias entre las anteriores personas serían irreconciliables; y los derechos de las mismas igual de dispares que sus situaciones sociales.

Pero cuando la filiación divina nos iguala a todos, las pequeñas diferencias entre los distintos hombres aparecen como insignificantes en comparación con su igual dignidad. Por supuesto, cuando se juzga a los hombres teniendo en cuenta criterios materialistas o hedonistas, este común denominador se difumina y se agrandan las diferencias aparentes; y entonces todo queda justificado: surge la marginación o el exterminio de aquél a quien no consideramos semejante.

Cuando se olvida la trascendencia espiritual del hombre, y se le iguala a las demás cosas materiales, tratándole como un simple objeto que puede ser manipulado a capricho, se anulan su dignidad y sus derechos; aunque nominalmente se le sigan reconociendo. Por tanto, la manipulación genética de embriones humanos, la planificación estatal de la natalidad, las condiciones infrahumanas de trabajo o la manipulación publicitaria de las apetencias, esconden una profunda ignorancia, cuando no desprecio, de la auténtica dignidad humana y sus Derechos; porque al hombre no se le debe diseñar como a un coche, ni planificar como una cosecha, ni crear reacciones reflejas como al perro de Paulov.

La Declaración de la ONU, es un buen compendio de todo aquello que garantiza al hombre su dignidad. Los principales Derechos reconocidos son:
Todo individuo tienen derecho a la vida, la libertad y la seguridad de su persona.
Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad, sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o posición social.
Todos son iguales ante la ley, que les protegerá por igual.
Toda persona tiene derecho a la libre circulación y elección de su residencia; a casarse y formar una familia.
Toda persona tiene derecho a la propiedad individual.
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión; a la libertad de opinión y expresión; a la libertad de reunión y asociación pacífica.
Toda persona tienen derecho al trabajo, el descanso y la seguridad social; y a un nivel de vida digno.
Toda persona tienen derecho a la educación; los padres tendrán prioridad para escoger la educación de sus hijos.

No obstante, como estos Derechos se han promulgado como un simple consenso entre las distintas naciones -sin fundarse en la dignidad intrínseca del hombre y teniendo en cuenta su naturaleza y sus fines-, no existe punto de referencia para su aplicación a casos concretos, permitiendo su violación incluso por naciones que los han aceptado.
El primero de ellos es, por supuesto, el derecho a la vida; pero la Declaración no concreta el término vida y deja en manos de cada país su definición. Así, un derecho universal e inalienable puede ser eliminado mediante una ley abortiva de plazos consensuada en cualquier Parlamento. ¿De qué le sirven todos los demás Derechos a aquél al que no se le permite llegar a nacer?

También se atenta al derecho a la vida con la manipulación genética y la fertilización artificial. La dignidad de la vida humana es demasiado importante como para jugar con ella; y este juego no queda legitimado por el hecho de que una pareja quiera satisfacer sus aspiraciones de descendencia o necesidades sentimentales. Estos impulsos no se pueden satisfacer a costa de la existencia de otro ser humano, porque nadie posee el "derecho" a tener hijos, por muy fuerte y legítima que sea su necesidad. La época de la esclavitud, en que se podían poseer otros seres humanos, ya quedó definitivamente -eso espero- superada.

Otra de las modernas violaciones del derecho a la vida es la eutanasia ¿Quién está facultado para decidir cuándo la vida humana deja de tener valor o cuándo pierde su dignidad? ¿Qué es una muerte digna: la cobardía de huir del dolor o la aceptación del sentido del sufrimiento? La realidad es que no hay muerte más indigna que la eutanasia: la muerte porque no se ha sabido encontrar la dignidad de la vida. En vez de ayudar a una persona a terminar con su vida, deberemos esforzarnos en devolverle su dignidad de ser humano y mostrarle el sentido de su existencia; incluso de una existencia en circunstancias extremas.

Si fuésemos más conscientes de que los Derechos Humanos no son nuestros sino de Dios, nos servirían de verdad para adecuar nuestra conducta a nuestra naturaleza; en vez de servir de excusa para adulterar esa naturaleza a nuestro capricho.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Obsesión por la técnica

El hombre tiene auténtica obsesión por la técnica. Intenta descubrir técnicas para todo, porque lo que quiere es tener controlado y manejado su entorno según su voluntad. Así que ponemos más empeño en controlar las cosas que en comprenderlas: la técnica nos hace más hábiles, pero no más sabios. Y así aplicamos muchas de las técnicas a nuestro alcance sin tener un conocimiento profundo de lo que estamos modificando... al fin y al cabo, una técnica fue lo que descubrió el burro de la fábula y le permitió tocar la flauta sin saber ni solfeo ni entender lo que realmente estaba haciendo.

Por ejemplo, hemos desarrollado una técnica que nos permite manejar el genoma, cambiando unos genes por otros, intentando clonar seres vivos, modificar sus características; pero nos limitamos a cambiar elementos del ADN de sitio, sin tener ni la más remota idea de cómo funcionan esos elementos. Jugamos con la vida, sin saber ni qué es ni cómo se transmite. Es como si yo, que apenas sé cómo cambiar el aceite de mi coche, me atreviese a desmontar todo el motor. Y así con muchas otras cosas:

Queremos controlar la natalidad, y descubrimos y aplicamos la técnica correspondiente, sin establecer antes los criterios a seguir para dicho control.

Queremos controlar la genética, para no encontrarnos con sorpresas desagradables, y aplicamos técnicas de selección de embriones, sin tener en cuenta que lo que manejamos es algo más importante que un puzle de genes: ¡es un ser humano!

Queremos controlar las enfermedades genéticas, y "fabricamos" niños medicina para curar a otros, sin tener en cuenta que para ello debemos eliminar a muchos otros por el camino.

Queremos controlar la muerte, y como no tenemos una técnica para evitarla o retrasarla, aplicamos técnicas eutanásicas para, al menos, adelantarla a nuestro capricho.

Queremos controlar el clima... pero por ahora vamos a tener que aguantarnos con el clima que nos toque... porque esta técnica todavía no la hemos inventado.


Quizá el ejemplo que más pone de manifiesto el absurdo afán del hombre por tenerlo todo bajo control sean las "técnicas de oración", mediante las que nos empeñamos en controlar también la gracia de Dios: desarrollar técnicas para alcanzar la comunicación con Dios según nuestra voluntad... en vez de pedir a Dios humildemente que se ponga en contacto con nosotros cuando tenga a bien concedérnoslo.

Si no fuese porque el hombre obsesionado por la técnica suele negar a Dios, ¡buscaría también una técnica para controlarle a Él!

viernes, 7 de noviembre de 2008

El mejor conductor

Voy a tomar prestada esta idea que he leído en un libro sobre la Virgen de Medjugorje. Se trata de comparar nuestra vida -en especial la vida espiritual- con la conducción de un coche.

A todos nos gustaría ver toda la carretera de una vez, para saber a dónde nos llevará y por qué caminos nos obligará a transitar. Pero la realidad es que, cuando iniciamos el viaje, lo más que podemos ver son unos cientos de metros por delante de nosotros; y al llegar a la siguiente curva o cambio de rasante, podremos ver otro tramo...; y así un kilómetro detrás de otro...

En algunas ocasiones, al coronar un repecho, tenemos la posibilidad de ver todo un valle ante nosotros, con sus campos, pueblos y quizá alguna ciudad; incluso podremos distinguir a lo lejos la carretera por la que más tarde transitaremos. Pero esta vista suele durar unos pocos instantes, ya que, en seguida que iniciamos el descenso, volvemos a reducir nuestro horizonte visual a un corto tramo de carretera. Por supuesto, si conducimos de noche nuestra visión se reduce aun más y sólo podremos ver el pequeño triángulo que ilumina nuestros faros.

Algo así pasa con nuestra vida: nos ponemos en camino con una meta lejana; pero ignoramos los abatares que se nos presentarán a cada momento. En realidad, ni siquiera estamos del todo seguros de haber elegido la carretera correcta para llegar al destino que nos hemos marcado. Y tampoco podemos descartar que un accidente nos retrase o nos obligue a cambiar de objetivo. No puede ser de otro modo. El que pretenda tener la absoluta seguridad de conocer cuál será su futuro, se deberá limitar a quedarse quieto.

Con la vida espiritual pasa lo mismo: Dios, cuando nos anima a ponernos en marcha, nos va revelando sólo un corto tramo de su plan para nosotros; y algunas veces nos exige conducir de noche y lo vemos todo muy negro. En ocasiones esto es para no desalentarnos: si conociésemos de antemano la cantidad de baches y curvas que tiene el camino... ¡no lo iniciaríamos! Otras veces lo hace para probar nuestra confianza. En algún momento nos deja vislumbrar su plan a largo plazo; pero en seguida nos vuelve a reducir la visión, y tenemos que conformarnos con las "señales de tráfico" que van indicando el peligro, los cruces o las desviaciones que vendrán después.

Así son los planes -la vocación- de Dios: debemos ponernos en camino con la firme determinación de no abandonar pase lo que pase. El único requisito será llevar el depósito bien lleno de gasolina: del mejor carburante, que es la Gracia de Dios. También tendremos que ir pidiéndole ayuda para sortear cada uno de los obstáculos que encontremos...Y si pinchamos, ¡no debemos desalentarnos!: ponemos un buen parche con la Confesión y seguimos adelante...

Hay un truco infalible para una buena conducción: ¡llevar a la Virgen de copiloto!

lunes, 3 de noviembre de 2008

Los tres niveles de la oración

Cuando por fin nos decidimos a hacer oración, a comunicarnos con nuestro Padre Dios, solemos empezar con oraciones vocales: esas frases que la Iglesia nos ofrece para que vayamos aprendiendo a hablar con Dios. Con el tiempo, pasamos de las oraciones vocales a la oración mental y la oración del corazón: le hablamos a Dios con nuestras propias palabras, nos soltamos a conversar con Él.

Es en este tipo de oración en el que podemos distinguir tres niveles:

Cuando comenzamos a orar, es habitual que llevemos a nuestra conversación con Dios en primer lugar nuestras necesidades materiales, lo que es perfectamente legítimo: a Dios, como Padre nuestro que es, le podemos pedir cualquier cosa, como hacemos con los padres de la Tierra. Después, también nos preocupamos por nuestras necesidades espirituales; y le pedimos a Dios que nos ayude a mejorar en esto y aquello...; y que nos resuelva aquella dificultad para poder cumplir con los planes apostólicos...; y que nos facilite los medios que necesitamos... y colaboradores... En definitiva, pedimos a Dios que nos ayude a sacar adelante nuestra vida, nuestra familia y esos planes tan santos que nos hemos propuesto. Cuando así actuamos, estamos en el primer nivel de la oración.

Cuando Dios tenga a bien concedérnoslo (aunque habitualmente bastará con pedírselo), pasaremos al segundo nivel: en éste, en vez de preocuparnos tanto por nuestros planes, empezamos a preguntarle a Dios cuál es el plan que Él tiene para nosotros: que nos muestre su voluntad. Nuestro anhelo ya no es que nos ayude a cumplir nuestros planes, sino el suyo; en definitiva: que nos ayude a hacer su voluntad. Y cambia el modo de nuestra oración, porque en vez de "hablarle tanto y pedirle tanto", permanecemos a la escucha de su palabra, de sus indicaciones...; y le pedimos fundamentalmente entendimiento para conocer su voluntad, porque hemos aprendido a confiar más en su voluntad que en nuestro criterio; a preferir sus planes antes que los nuestros. Y entonces llega la paz a nuestro corazón, porque Él ha tomado el timón de nuestra vida.

El tercer nivel es algo totalmente distinto, mucho más difícil de alcanzar y de explicar. Cuando Dios lo considera oportuno, se muestra Él mismo, en vez de mostrarnos sólo su voluntad; y el orante pasa de adherirse a la voluntad de Dios a identificarse con Cristo, compartir su vida... Como decía San Pablo: "no ya yo, es Cristo quien vive en mí"...

Pongámonos en camino y empecemos por el primer nivel..., ¡con la meta de llegar al ter
cero cuanto antes!

viernes, 31 de octubre de 2008

¿Mover Montañas?

Si tuviésemos fe como un grano de mostaza, moveríamos montañas... (cfr. Mt 17, 20)

Por supuesto, no pretende el Señor que cambiemos la orografía de la Tierra, sino que sepamos que todos los obstáculos que se presentan en nuestra vida -a veces como auténticas montañas-, pueden superarse si la Fe nos hace obrar con confianza en el Señor. Si tuviéramos suficiente Fe en que los caminos del Señor -las normas que Él nos ha revelado-, son siempre la mejor solución a cualquier problema -la única manera de alcanzar la felicidad-, avanzaríamos mucho más rápido y, además, contaríamos con su ayuda. Pero habitualmente, al ver una montaña desconfiamos del Señor y damos un rodeo para no tener que subirla: de esta forma retrasamos sus planes y, en definitiva, nuestra respuesta a su voluntad.

Pero, con Fe, ¡qué fácil mover las montañas que se interponen en el camino de nuestra conversión, o de nuestra aceptación de los planes de Dios!

Tenemos que pedir la Fe a Dios, una Fe que nos permita mover la única montaña que Dios mismo no puede mover: nuestra voluntad, porque Él no forzará nunca nuestra libertad.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Mis bodas de plata

Hoy hace veinticinco años que me casé con mi mujer y madre de nuestros nueve hijos nacidos, uno de los cuales ya goza del Cielo. Es un día de felicidad que quiero compartir con todos. No sólo porque las alegrías hay que compartirlas, sino porque en un mundo en el que el compromiso se evita a toda costa, creo que es un buen testimonio dar a conocer que el compromiso mantenido es lo que nos da la felicidad.

En la cultura del deseo hay que proclamar bien alto que la felicidad procede del convencimiento de estar en el camino correcto; y la alegría se deriva de la esperanza de llegar a la meta.

Mirando ahora hacia atrás, compruebo que merecía la pena cada una de las renuncias que me han llevado a mantener mi compromiso matrimonial. Al fin y al cabo, FIDELIDAD tiene casi las mismas letras que FELICIDAD.

lunes, 20 de octubre de 2008

La torre de Babel

"Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra" (Gen. 11).

El hombre, después del diluvio, quiso forjar su futuro con sus propias fuerzas, para no depender de Dios. Y muchas veces, además de sus propias fuerzas, usa su propio criterio, alejándose de los preceptos divinos, a los que no quiere someter ni su razón ni su voluntad. Y suele ocurrir que las consecuencias son desastrosas... Entonces culpamos a Dios por haberlo consentido y volvemos a apoyarnos en nuestras fuerzas y nuestro criterio para arreglarlo..., con lo que todo sigue empeorando. Porque no hay forma de forma de progresar adecuadamente si dejamos de lado la Ley Natural y el camino que Dios nos ha marcado.

En Babel, Dios bajó y confundió la lengua de los hombres para que no se entendiesen entre ellos; desde entonces no ha vuelto a hacerlo, porque nuestro egoísmo y nuestra desconfianza bastan para que no nos pongamos de acuerdo.

Sí, estoy pensando en la crisis económica que los hombres hemos provocado con nuestra avaricia; y en los torpes y equivocados intentos por salir de ella sin renunciar al egoismo...

jueves, 16 de octubre de 2008

Seguimos con la crisis

A pesar de las fortísimas medidas financieras adoptadas en todo el mundo la crisis sigue adelante... Aunque soy economista, no tengo experiencia en medidas macroeconómicas, por lo que podría equivocarme en mi apreciación de que las medidas, además de insolidarias e injustas con los más desfavorecidos, son equivocadas... tremendamente equivocadas. Y, aunque mi criterio en estos temas no sea de fiar, la realidad es que no están dando los resultados perseguidos. ¿Cómo pueden equivocarse tantas personas y tan profundamente? Aventuraré una teoría.

El padre de la mentira -ese felón que ha estado inflando el globo de la especulación financiera e inmobiliaria apoyándose en la avaricia humana-, ahora está induciendo a los dirigentes a tomar medidas equivocadas, medidas que a medio plazo agravarán la situación, lo que provocará un desastre económico mundial. Y, lo que es peor, hará que muchos inocentes queden sumidos en la desaparición económica -ruinas, desempleo, etc-, que es el caldo de cultivo en el que pesca el maligno a los incautos.

Y quizá remate su faena proporcionándonos a un nuevo salvador que nos libere de la crisis, alguien a quien él controle fácilmente; y a quien rendirá pleitesía la humanidad entera, como está previsto que se haga con el anti-cristo. Recordemos que de la crisis de 1929 surgió el salvador nazi que provocó la segunda guerra mundial y el holocausto judío; y de la primera guerra mundial surgió el liberador de los proletarios Stalin que tuvo subyugado a medio mundo durante setenta y cinco años.

En un mundo moderno y globalizado, el Apocalipsis bien podría ser más económico que bélico.

Es una teoría.

jueves, 9 de octubre de 2008

Hablemos de la crisis financiera

Se ha producido una acción concertada de todos los gobiernos, que gastarán centenares de miles de millones de dólares, endeudando a sus Estados, para...

¿Erradicar el hambre en el mundo?
¿Frenar el aumento del precio de los alimentos?
¿Proporcionar agua potable a tantos habitantes del planeta que carecen de ella?
¿Construir hogares para los sin-techo?
¿Erradicar la malaria, el tifus, el cólera, la tuberculosis, la lepra...?
¿Invertir en el tercer mundo para sacarlo del subdesarrollo?

Todo esto se podría hacer con ese dinero... y seguramente sobraría algo; pero no, no se va a destinar a eso, se va a destinar a salvar a las instituciones especulativas del mundo y, de paso, nuestros ahorros (muchos también especulativos)...; es decir lo que nos es superfluo...

¿Nadie se ha parado a pensar que si se invirtiesen esos miles de millones de dólares en el Tercer Mundo, se produciría tal incremento del PIB mundial que acabaría repercutiendo en los países desarrollados...?

Pero no, preferimos garantizar nuestra calidad de vida, nuestros ahorros, nuestros placeres (muchos de ellos ilícitos e innobles)... incluso quemar alimentos en nuestros vehículos para seguir desplazándonos sin contaminar nuestro mundo... ¡sí, esos alimentos que otros necesitan para seguir viviendo! Por no compartir, no queremos compartir ni con nuestros hijos... ya que nos negamos a tenerlos, condenando a occidente a extinguirse y llevarse a la tumba toda su riqueza acumulada.

No cabe duda de que hace tiempo que esta actitud constituye un delito de lesa humanidad, del que todos los occidentales somos culpables (yo, el primero)...; y todavía nos atrevemos a culpar a Dios por consentir tanta miseria...; a Él que ha dotado al mundo de mucho más de lo que se necesitaría para que toda la humanidad viviese dignamente, si no fuese por la rapiña de tanto acaparador.

Espero que la misericordia de Dios no permita el castigo que merecemos; y se limite a quedarse mirando como nuestra avaricia y materialismo provocan la mayor y mas larga crisis que se haya conocido...; quizá la crisis que definitivamente vuelque la balanza a favor de los países en vías de desarrollo... y provoque la decadencia definitiva de esta sociedad enferma y corrompida.

Porque el hombre ha puesto su confianza en la especulación financiera e inmobiliaria, no en el trabajo cotidiano y el ingenio, con los que teníamos que cumplir el mandato de Dios: multiplicaos y dominad la tierra... Ahora que ese castillo de naipes se hunde, que nuestros dioses de barro se deshacen, ya no somos capaces de fiarnos de nada ni nadie, lo que agrava aún más la situación: la crisis financiera es una crisis de confianza...; y ningún plan de ayuda nos sacara de una crisis que se alimenta a si misma.

La única solución es volver al trabajo productivo, pensando en crear riqueza para la humanidad, no en acumularla para unos pocos: en crear bienes y productos, no entelequias financieras.

Como economista que soy, me consta que todo esto que he expuesto suena a demagógico; pero... en el fondo de nuestros corazones ¿no sentimos que es verdad?

sábado, 4 de octubre de 2008

El Señor de la vida

Desde hace ya tiempo, en España y en el resto del mundo, se está produciendo un ataque generalizado contra la vida humana; y es un ataque total que trata de suprimir tanto al no nacido como al anciano. Por otra parte, el hombre se empeña en "crear" o modificar esa vida mediante técnicas de biogenética. Es evidente que el hombre moderno quiere llegar a ser el "señor de la vida"; algo así como lo que pretendieron Adán y Eva con la dichosa manzana: ser como dioses o, lo que es lo mismo, dejar de depender de Dios.

El problema es que para hacerse como dioses, tienen que eliminar la paternidad de Dios, separarle del proceso creativo; y si Dios no es nuestro Padre común, entonces los seres humanos ya no somos hermanos: nos dejan huérfanos y aislados... ¿Alguien se imagina a lo que puede llegar una sociedad así?

Parece que al hombre moderno no le basta, en su soberbia, independizarse de Dios: necesita matarle, suprimirle de todo proceso; y lo consiguen. Consiguen que Dios -el Señor de la vida- desaparezca de todos aquellos lugares en los que el ataque a la vida, el desprecio de la vida, se ha implantado... Todavía se le puede encontrár entre los que nos asustamos de este estado de cosas, entre los que nos dolemos de que la humanidad haya renegado de sí misma.

Espero que Dios tenga ahora más paciencia (¿o misericordia?) con nosotros y no acabe echándonos del Paraíso: ¡tiemblo sólo de pensar lo que esa expulsión podría significar!

jueves, 2 de octubre de 2008

La santidad en la vida ordinaria

Hoy es dos de octubre y hace ochenta años que San Josemaría fundó el Opus Dei. No quiero dejar de rendir un homenaje a este santo español que fue precursor de la santidad en la vida ordinaria -en el trabajo de cada uno-, a la que mucho después nos urgiese el Concilio Vaticano II.

La santidad de los laicos tiene especial importancia en nuestros días, en los que tanto escasean las vocaciones religiosas: es en los padres y madres de familia en los que descansa en gran parte la responsabilidad de transmitir la Fe. Y esta responsabilidad es grave, ya que lo tenemos que hacer no sólo con la palabra, sino también con el ejemplo: enseñarles a ser cristianos en medio del mundo.

Y ser cristianos en medio del mundo no significa ser cristianos en la familia y en la Iglesia, para luego salir y escondernos en medio del mundo: significa ser cristianos manifiestamente en medio de los demás... ¡No se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín!, sino para que alumbre al resto de la sociedad.

Gracias San Josemaría por habernos recordado desde hace tanto tiempo esta realidad; ayúdanos a no ser cristianos escondidos en medio del mundo.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Dios en la vida pública

Los cristianos nos quejamos con frecuencia de que la sociedad progresista pretende sacar a Dios de la vida pública y relegarlo a las conciencias de los creyentes. Contra esto último no tengo nada, ya que sería muy bueno que Dios estuviese en las conciencias de todos los creyentes; y que estuviese muy activo.

Bromas aparte, creo que efectivamente los que se dicen no creyentes -aunque se crean un montón de tonterías que los medios "progres" les cuentan a diario- están empeñados en que no se hable de Dios en público. Y constato que están ganando la batalla.

Y la están ganando no porque ellos avancen, sino porque nosotros retrocedemos: estamos dejando de hacer referencias a Dios en nuestra vida cotidiana. No me refiero a nuestro testimonio consciente de cristianos, que cada vez nos da más vergüenza manifestar, sino a esas pequeñas manifestaciones que dos mil años de cristianismo han ido incrustando en las costumbres occidentales; y que ahora se están perdiendo.

Pienso que si los nueve millones de personas que tenemos costumbre de ir a Misa los domingos volviésemos a utilizar el nombre de Dios más a menudo, en seguida volveríamos a traerle a la vida pública.

Por ejemplo, si en vez del "hastaluego", decimos "aDios", o mejor aún: "vaya usted con Dios" o "que Dios te guarde" .

Y cuando algo sale bien o se evita un mal, alegrarnos diciendo "gracias a Dios que...".

Y cuando hagamos planes o enviemos invitaciones, recuperemos la fórmula cristiana de "Dios mediante (D.m.)" o "... si Dios quiere".

Si lo hacemos con cierta picardía, para que se note que no es una fórmula rutinaria, sino que la empleamos conscientemente, que nosotros contamos con Dios, mejor aún.

A esto podríamos añadir las referencias a nuestra vida religiosa, a nuestra cita dominical con la Iglesia, la fiesta de la Virgen de nuestro pueblo o la procesión del Santo Patrón. Ya sería para nota recuperar esa costumbre tan sencilla como santiguarse al salir de casa o pasar delante de una Iglesia (que en definitiva es un Sagrario); y bendecir la comida antes de empezar o dar gracias al terminar, aunque estemos en un sitio público.

Si en vez de guardar "un minuto de silencio" al conocer la muerte de alguien o producirse una catástrofe, nosotros aprovechamos para rezar un Padrenuestro, estaremos testimoniando públicamente que nos creemos nuestra Fe.

Por supuesto, ahora que tantos "despistados" se cuelgan un rosario a modo de collar, nosotros no deberíamos tener reparo en llevar una medalla o un crucifijo; pero no como adorno, sino como devoción... y si lo besamos en público con cualquier ocasión, mejor.

Recuperar todas estas prácticas y muchas otras sería la mejor -y más sencilla- manera de volver a recordar las raíces cristianas de nuestra sociedad; y si quienes retoman estas fórmulas tienen notoriedad pública (políticos, periodistas, famosos, empresarios, etc...) animarán a los demás a hacerlo.

¡Qué menos podemos hacer por Dios!

lunes, 22 de septiembre de 2008

Salvar la vida

"El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, ése la salvará" (Lc 9, 24)

Por supuesto que esta frase tuvo su aplicación cuando a los primeros cristianos se les puso ante el dilema de renunciar a su fe o morir por ella.

Pero, yo me pregunto: ¿sigue vigente en nuestros días?; ¿que es salvar la vida?; ¿qué es perder la vida?

Pues creo que, en sentido figurado, tiene plena aplicación en nuestro tiempo; y no me estoy refiriendo a aquellos países en los que existe persecución de los cristianos, sino en nuestras sociedades libres.

¿Cuándo pretendemos salvar nuestra vida? Pues cada vez que, ante una dificultad, nos separamos de la voluntad de Dios, para aplicar nuestro propio criterio.

Por ejemplo, cuando queremos salvar nuestra vida deshaciéndonos de un embarazo no deseado; entonces la estamos perdiendo, porque matando al hijo matamos parte de nuestra propia vida... ¡y toda la suya!

Y cuando nos planteamos la idea de divorciarnos -a pesar de que le habíamos prometido delante de Dios fidelidad de por vida a nuestro cónyuge-, alegando que "tenemos derecho a rehacer nuestra vida" o "esta vida ya no hay quien la soporte"; entonces, cuando creemos que la estamos salvando, es cuando la perdemos... ¡y muy probablemente también echemos a perder la del cónyuge y las de los hijos!

O cuando queremos determinar nuestra orientación sexual al margen de nuestra propia constitución fisiológica, porque nos consideramos dueños de nuestra propia sexualidad; entonces la estamos entregando a un dueño que nos engaña y tiraniza... ¡y no estaremos viviendo nuestra vida, sino su disfraz!

Cuando consentimos que el trabajo ahogue nuestra vida familiar, porque queremos salvar nuestra calidad de vida; entonces perdemos la calidad y la vida familiar... ¡y seguramente acabemos perdiendo también la familia!

Cuando queremos decidir sobre nuestra vida sin ningún tipo de límite ni moral; entonces se la estamos entregando a nuestros vicios y dependencias... ¡y ya no seremos nosotros quienes decidamos, sino ellos!

Si queremos que nuestra buena fama esté por encima de todo; entonces seremos esclavos del qué dirán... ¡y espías de nosotros mismos!

Cuando nos dejamos dominar por la ambición y la avaricia para garantizar nuestra buena vida; entonces garantizamos que siempre estaremos dominados por ellas... ¡y nuestra vida nunca será buena!

Si queremos salir de ese apuro contando una mentira; entonces seremos esclavos de nuestra mentira... ¡y perderemos el prestigio que pretendíamos salvaguardar!

Y así cada vez que creemos que podemos resolver un problema al margen de la voluntad de Dios: no resolvemos nada y empeoramos nuestra situación.

Por eso termina recordándonos el Señor: "Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye a sí mismo o se pierde?" (Lc 9, 25)

Pues eso..., salvemos nuestra vida del modo como Jesús nos enseña, !porque sabe mucho más que nosostros de nuestros propios problemas!

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La conversión, ¿es convencimiento o flechazo?

Recientemente, el Papa Benedicto XVI comentaba la conversión de San Pablo y nos recordaba que el Cristianismo no es ni una filosofía ni una moral, sino un encuentro personal con Cristo. Además, afirmaba que el propio interesado, San Pablo, nunca admitió que su encuentro con Cristo en el camino de Damasco fuese una conversión, ya que el cambio de su vida no fue fruto de una evolución intelectual o moral, sino una renovación instantánea, derivada exclusivamente de ese encuentro. "Sólo somos cristianos si encontramos a Cristo", explicó el pontífice.

Esto significa que todos los esfuerzos por explicar la Biblia, la moral o la concepción social cristiana -incluidos los que hago desde este blog-, no sirven para acercar al Cristianismo a nadie si éste no experimenta su encuentro con Cristo: es necesario "...tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos" -afirmó el Papa.

¿Dónde encontrase con Cristo? También el Papa nos da la respuesta: "...en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia".

Los que estamos en esto de "razonar" la fe, a veces olvidamos que no se trata de "convencer" a nadie, sino de "tocarles el corazón"; olvidamos que no somos apóstoles de la moral, la familia, la vida o la justicia social, sino que somos apóstoles de Cristo, y que es a Cristo a quien debemos llevar a los demás para que el mismo Cristo les toque el corazón.

Con frecuencia nos desanimamos ante la ideología hostil que nos rodea; y nos olvidamos que el Cristianismo se difundió más con "el flechazo" que con "el razonamiento".


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P.D.: Si alguien está interesado en encuentros personales con Cristo, le remito a mi entrada de 20-3-07, en la que comento la impresión que me causó un Cursillo de Cristiandad.