martes, 21 de septiembre de 2010

Discurso del Papa en el Parlamenteo Británico

El discurso que pronunció Benedicto XVI el pasado día 17 en el Parlamento más antiguo del mundo, es un discurso fundamental para explicar las bases y los límites del sistema democrático; y los límites legislativos de las autoridades; y contiene importantes precisiones sobre la vinculación entre la razón y la democracia. Empieza por ponernos como ejemplo a Santo Tomás Moro, que murió por defender la coherencia política de su fe:

En particular, quisiera recordar la figura de Santo Tomás Moro, .../..., quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, .../..., pues eligió servir primero a Dios. El dilema que afrontó Moro en aquellos tiempos difíciles, la perenne cuestión de la relación entre lo que se debe al César y lo que se debe a Dios, me ofrece la oportunidad de reflexionar brevemente con ustedes sobre el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político.


Después nos recuerda que fue el Cristianismo quien empezó a reconocer la dignidad de toda la persona humana; y, en consecuencia, quien promovió las únicas entidades benéficas que existieron hasta el siglo XX:

.../... Si bien con otro lenguaje, la Doctrina Social de la Iglesia tiene mucho en común con dicha perspectiva, en su preocupación primordial por la protección de la dignidad única de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y en su énfasis en los deberes de la autoridad civil para la promoción del bien común.

Es decir, que la política tiene como fin el bien común, no el interés de un partido, aunque gobierne en mayoría.

Con todo, las cuestiones fundamentales en juego en la causa de Tomás Moro continúan presentándose hoy.../...: ¿Qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? Y ¿qué alcance pueden tener? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Estas cuestiones nos conducen directamente a la fundamentación ética de la vida civil. Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia.

El consenso, base del sistema democrático, no puede establecer los principios éticos, sino que debe limitarse a encontrar la mejor manera de aplicarlos, una vez reconocidos por todos. No puede renunciarse total o parcialmente a un principio ético con objeto de formar una mayoría parlamentaria; pues no es posible buscar el bien común con principios adulterados.

La reciente crisis financiera global ha mostrado claramente la inadecuación de soluciones pragmáticas y a corto plazo relativas a complejos problemas sociales y éticos. Es opinión ampliamente compartida que la falta de una base ética sólida en la actividad económica ha contribuido a agravar las dificultades que ahora están padeciendo millones de personas en todo el mundo. .../... igualmente en el campo político, la dimensión ética de la política tiene consecuencias de tal alcance que ningún gobierno puede permitirse ignorar.

Nos recuerda que, al igual que la crisis financiera se produce por la total ausencia de principios éticos en la búsqueda del lucro, la búsqueda del voto al margen del bien común y los principios éticos solo puede generar caos social.

Así que, el punto central de esta cuestión es el siguiente: ¿Dónde se encuentra la fundamentación ética de las deliberaciones políticas? La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos.

Nos explica cómo se debe utilizar la razón para descubrir los principios éticos; y el papel que la religión juega al exigir la recta actuación de los agentes políticos y sociales, anteponiendo el bien común a sus intereses personales. Precisamente por esta exigencia, la religión ha sido frecuentemente apartada del mundo político: porque nos recuerda constantemente que el poder tiene unos límites objetivos que ninguna mayoría puede traspasar:

Este papel "corrector" de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, .../... Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana. Después de todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó .../... la difusión de las ideologías totalitarias del siglo XX. Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe -el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas- necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización.

En definitiva: un discurso histórico que denuncia los intentos de imposición de un laicismo que anule los límites que la religión impone al poder político.

No sé por qué, pero creo que no le van a hacer mucho caso...


sábado, 18 de septiembre de 2010

Lutero

He visto recientemente la película LUTERO, que es una burda deformación de la realidad histórica; pero que, no obstante, me ha suscitado varios pensamientos interesantes.

Una vez más, cuando la Iglesia esconde sus errores en vez de corregirlos, acaba provocando -a sí misma y a los demás-un daño mucho mayor del que se pretendía evitar. Los malintencionados esconden esos errores para poder seguir aprovechándose de ellos; los bienintencionados, los esconden para evitar el escandalo de los inocentes; pero el malo acaba aprovechando esas mentiras e hipocresías para hacer su labor. Tenemos ahora un ejemplo doloroso de lo que digo: los casos de los abusos a menores por parte de eclesiásticos, que antes se trataban de ocultar.

Creo que la mejor actitud ante las vergüenzas de la Iglesia sería denunciarlas con humildad, sabiendo que todos somos pecadores, para tratar de corregirlas. De esta forma se evita el abuso de los malintencionados y no se escandaliza a nadie.

Por el contrario, Lutero no se limitó a denunciar lo que era incorrecto [la venta mercantilizada de indulgencias], sino que pretendió imponer su criterio y destruir a los corruptos [que no eran todos]; pero con su soberbia acabo destruyendo la Fe de los inocentes con doctrinas totalmente equivocadas sobre la salvación, la fe y los sacramentos. Efectivamente, afirmó que para la salvación sólo importaba la Fe, al margen de los muchos pecados, que ya no hacía falta confesar; y que esa fe dependía de la libre interpretación de las Escrituras. De esta forma, acaba con la Fe y con la moral, que son sustituidas por la propia postura personal subjetiva, por muy equivocada que esté. Estas doctrinas tan radicales no quedan reflejadas en la película, porque de hecho, en la actualidad, ni los pastores protestantes aplican esas doctrinas de Lutero, sino que exigen un comportamiento moral objetivo y se reservan la facultad de interpretar las Escrituras. Con esto actitud han logrado reducir a unas 25.000 las ramas protestantes que hoy existen, porque de otro modo habría tantas como individuos protestantes.

Lo que no tiene lógica es que los protestantes se empeñen en seguir separados de la Iglesia Católica cuando ésta ya ha superado todos esos pecados y corrupciones; y ellos han rectificado la radicalidad de sus doctrinas iniciales. Quizá se deba a esta incongruencia el constante flujo de conversiones al catolicismo.

Pero recordemos: la verdad nos hará libres..., aunque nos haga pasar vergüenza.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

¿Somos el rebaño o las ovejas perdidas?

Nos aseguró el Señor que Él dejaría a las 99 ovejas del rebaño y se iría en busca de la oveja perdida. desde luego esta forma de actuar no encaja en los utilitarios criterios humanos: ¿es lógico dejar a todo el rebaño a merced del lobo, por salvar a una sola?

Ni los planes ni los caminos de Dios son nuestros planes ni nuestros caminos.

No obstante, viendo que en la actualidad el rebaño del señor está a merced del Malo -el lobo- se me ocurre pensar que quizá el Señor nos ha dejado temporalmente para ir a buscar a las ovejas perdidas, a aquéllas a las que nosotros no hemos sabido traer al rebaño. Es más, quizá hasta las habremos extraviado más aún con teorías modernistas equivocadas: ellas querían encontrar a Dios y nosotros les hemos mostrado un monigote concebido a nuestra medida.

Quizá esto sea lo que le esta ocurriendo a occidente; ésta sea la razón por la que el lobo se enseñorea tan descaradamente entre el rebaño... Porque el Pastor ha tenido que ir a hacer lo que nosotros hemos abandonado: la catequesis...

Hasta cuándo?

lunes, 13 de septiembre de 2010

Dios y los cálculos humanos

Sigamos con la opinión de los científicos sobre Dios.

Al parecer, lo que realmente desean es someter a Dios a las propias leyes físicas que Él ha creado, que el la manera que tienen los científicos de someterlo todo a su criterio. Pero no se puede encerrar a Dios en unas leyes físicas que Él mismo ha creado; ni se le puede someter a los cálculos matemáticos que Él tiene bajos u control. Si Dios lo ha creado todo, entonces está por encima de todo; y por tanto, la ciencia que estudia lo creado no puede negar al Creador.
Por el contrario, si Dios no existiese, nunca saldríamos de la duda, pues la ciencia nada puede decirnos del momento anterior a la creación o al big bang, como se le prefiera llamar. Es decir, la ciencia puede intentar demostrar la existencia de Dios o permanecer agnóstica; pero nada puede decir en contra de su existencia, nunca podrá liberarse de su Creador.
Pero lo curioso es que este Dios irreductible, sí ha querido dejarse encerrar en un Sagrario, transustanciado desde el pan o el vino. Esta es la grandeza y el amor de Dios... Infinitamente superior a cualquier imaginación humana...

Por esto, como decíamos en la entrada anterior, ni el Dios de los cristianos ni el mensaje evangélico podría haber sido invención humana.

martes, 7 de septiembre de 2010

Dios y los científicos

Dicen que Stephen Hawking ha dicho que Dios no fue necesariopara la creación del universo; y esto es mucho decir, porque...:


¿Estaba él allí para comprobar lo que hacía falta antes del Big Bang?


Si la ciencia lo desconoce todo del momento anterior al Big Bang, ¿como se puede hacer esa afirmación?


Si antes del Big Bang todo era caos, ¿quién imprimió el orden implícito en esa energía inerte, para que su desarrollo fuese la creación como la conocemos?


En todo caso, si estuviese dispuesto a admitir que para la creación no hacía falta Dios [veanse mis entradas del 29 y 30 de septiembre de 2005, para repasar argumentos sobre la necesidad de la intervención de una Inteligencia Diseñadora]; eso no significaría que la falta de necesidad excluya la existencia de Dios.


Y, si el señor Hawking fuese capaz de convencerme de que toda la creación podría haber aparecido sin que Dios existiese, yo seguiría preguntándome: ¿es posible el Evangelio sin Dios? Podría llegar a creer que todo sea fruto de la casualidad en la evolución de la materia inerte [¡mucha casualidad sin causalidad es esa!], mientras Dios se limita a observar inactivo; pero nunca podré creer que el mensaje evangélico sea invención del hombre. No, el Evangelio no puede ser fruto de la casualidad, ni de la evolucion aleatoria de la materia. Al Cesar lo que es del Cesar [y sólo lo que es suyo] y a Dios lo que es de Dios [prácticamente todo].

Más les valdría a los científicos dejarse de tanto cálculo teórico y pararse a observar sin más la creación; o lo que es mejor, pararse a observar dentro del corazón humano. Seguro que entonces sí veían clara la necesidad de un Dios creador y padre...; y si de paso investigan dentro del Evangelio, descubrirán también al Hijo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El poder de Dios

Dice San Pablo en su carta a los corintios que él sólo predica a Cristo y éste crucificado, porque prefiere que sea el poder de Dios y no la sabiduría humana la que lleve la fe a los hombres.


Efectivamente, si apoyamos nuestra fe en nuestros hilados razonamientos, entonces ésta dependerá de nuestra sabiduría, que siempre puede torcerse. Además, ya no sería fe, sino convencimiento...; y podremos convencer a los que sean menos sabios que nosotros y se nos resistirán aquellos que se crean más sabios.


San Pablo lo vio muy claro: la fe tiene que llegar a los hombres a través de la propia fe que se manifiesta mediante una vida coherente. Entonces es cuando Dios con su poder enciende la chispa de la fe en los que nos rodean. Fe que dependerá del poder de Dios y no de que nuestros razonamientos tengan o no fallos.

Mostremos el rostro de Cristo con nuestra propia vida... y el resto llegará por añadidura.

domingo, 29 de agosto de 2010

El sexo es bueno

Me hago eco de un comentario a mi entrada anterior: el sexo no siempre es esclavitud.

¡Por supuesto! Es más: el sexo, como todo lo creado por Dios, es bueno.

Ya he aludido en alguna entrada anterior que el famoso dicho español de que "si algo es bueno o engorda o es pecado", es totalmente falso en lo que a lo segundo se refiere. No hay nada creado por Dios que sea malo utilizado en su justo momento y medida.

El sexo, en su debido modo y momento, es el lenguaje del amor, por lo que no solo es bueno, sino que es también santo... como todo lo que exprese amor, que es la esencia de Dios.

En mi entrada anterior me refería al "vicio" del sexo; es decir: cuando el sexo se utiliza indebidamente acaba creando adicción y esclavizando al hombre.

La verdad nos hará libres.

jueves, 29 de julio de 2010

La esclavitud del sexo

Es alarmante la extensión que en la sociedad ha experimentado el vicio del sexo, en cualquiera de sus manifestaciones. Incluso en esta sociedad ultra-liberal, se llega a hablar de la sexo-adicción, como una enfermedad de la que es difícil salir.

Por desgracia, la propia Iglesia Católica no ha podido escapar a esta epidemia, en parte debido a la corriente de relativismo y relajación moral que se infiltró ya hace décadas. Cada vez son más frecuentes las noticias de conductas sexuales inmorales por parte de personas consagradas, incluso de abusos a menores. Parece como si la posesión del sexo fuese en nuestros días algo similar a las posesiones diabólicas que sufrían los contemporáneos de Jesús; y a quienes vino a liberar: los ciegos ven, los sordos oyen y los poseídos son liberados...


Por supuesto, también ahora nos puede liberar, solo es necesario acudir a Él con fe y determinación; en definitiva, la primera y casi única condición es querer liberarse.

jueves, 22 de julio de 2010

La Edad Media

Se dice que la Edad Media fue una época oscura, porque no hubo en ella especiales avances científicos; y la vida social del antiguo Imperio Romano se perdió. Pero este juicio adolece de simplificación y de la exclusión arbitraria de otros aspectos en los que la humanidad no estuvo a oscuras. Y es que se juzga desde nuestra pragmática mentalidad utilitarista: no hay más progreso que el progreso científico. Esta es la razón por la que la sociedad occidental está regresando alegremente a la pre-historia humana, pero ésta decadencia queda encubierta en medio de enormes progresos científicos. Y si lo vemos así, nuestra orgullosa sociedad es mucho más oscura (menos brillante), desde el punto de vista humano, que la más profunda Edad Media: nuestros avances científicos no nos han impedido perder el conocimiento del origen y el destino del hombre, incluso de la propia naturaleza humana y la de las principales instituciones naturales de la sociedad (la identidad sexual, el matrimonio, la familia); y, como una consecuencia inevitable, también se ha oscurecido totalmente el conocimiento del bien y del mal.

Es cierto que en la Edad Media no se produjeron importantes avances científicos, y que el derecho, la participación política, la vida ciudadana y ciertas artes y letras, sufrieron una importante paralización o retroceso. Pero no es menos cierto, que la vida espiritual vio un desarrollo como no lo había habido anteriormente; y que tenían muy clara la diferencia entre el bien y el mal (aunque no siempre escogiesen lo correcto, por supuesto). La filosofía y la teología siguieron desarrollándose y lograron rescatar y superar los planteamientos clásicos de griegos y romanos. El hombre tenía un perfecto conocimiento de su naturaleza y de la dependencia que tiene del ser: sabía que la realidad es muy tozuda, aunque no se quiera admitir.

Y en algunas habilidades se siguió prosperando: el arte religioso y la arquitectura (que desarrollo hasta el máximo el arco, la bóveda y la cúpula). Y la prueba de que durante ese periodo seguían latentes todas las potencialidades humanas es que se salió de él, se recuperaron todas las artes y habilidades anteriores y se superaron con creces. El error fue pensar que la recuperación de la potencialidad humana iba a permitirnos dominarlo todo, incluso la verdad y nuestras más profundas limitaciones naturales: el progreso científico nos despertó la ambición de ser como dioses sin contar con Dios; y este fue el comienzo del descarrío en el que nos encontramos.

Y es que, como ya he dicho en anteriores entradas, la única forma de ser realmente dioses es contando con Dios.

viernes, 9 de julio de 2010

¿Ciencia y antropología?

El hombre moderno se niega a aceptar una norma que no entiende, o un hecho que no puede comprobar. Y quizá para los asuntos terrenos sea una forma correcta de actuar. Pero ese criterio no sirve para los asuntos trascendentes, ni para la moral. Supeditar nuestra fe a los datos empíricos, o el cumplimiento del Decálogo a nuestro juicio racional, sería como la actitud del niño que se negase a obedecer los mandatos de su padre simplemente porque no los entiende o no le parecen justos.

Es bueno tratar de entender las razones de Dios, cuando nos impone una norma, ya que entendiéndola podremos cumplirla mejor; pero no debemos condicionar nuestra respuesta a dicho entendimiento. Nuestra motivación debe ser la voluntad de Dios, que siempre quiere que actuemos según la naturaleza de las cosas que Él mismo nos ha revelado: si no descubrimos el porqué, tenemos la seguridad de que Dios sí lo sabe.

Por esto, limitarnos a difundir una ciencia verdadera o una antropología cristiana, como medio para que el hombre adecue su conducta a su naturaleza, relegando a un segundo plano la revelación o la moral, es un camino equivocado para traer el Reino a la tierra. Si sólo conseguimos que se obedezca la Ley Natural después de haber demostrado que Dios estaba en lo correcto -pretensión que no deja de ser una insolencia-, no podremos traer el Reino en esa infinidad de aspectos que no sabemos razonar. Difundamos el mensaje de Cristo...; y la ciencia y la antropología llegarán por añadidura.

jueves, 8 de julio de 2010

El hambre de las almas

Los cristianos tenemos el alimento que puede saciar el hambre de todas las almas; y en vez de distribuirlo entre todos, lo tenemos retenido en almacenes húmedos, sin valorarlo como se merece y permitiendo que se corrompa.
No me estoy refiriendo ahora al hambre corporal (que sí tratamos de aliviar en la medida de nuestras posibilidades), sino al espiritual, que tenemos totalmente olvidado. Y tampoco me estoy refiriendo específicamente a la Eucaristía. Me refiero al mensaje evangélico que Cristo nos dijo que ensenásemos a todas las gentes.

Nos preocupamos mucho por mejorar las condiciones materiales de nuestros hermanos; y nos olvidamos de que lo principal para un cristiano es difundir el mensaje evangélico; lo otro, la ayuda material, bien la pueden proporcionar muchos filántropos aunque sus almas también pasen hambre. Pero la ayuda espiritual sólo la puede prestar quien antes la ha recibido y aceptado.

Escamotear a los demás el mensaje evangélico, la solución cristiana para el mal del hombre, es el mayor pecado del creyente. Y lo malo es que dejamos de difundir nuestro mensaje porque pensamos que sería ridículo proponer a un mundo pagano y materialista soluciones espirituales; y son precisamente éstas las que necesitan y están esperando de nosotros.

La Historia, y en definitiva Dios, nos juzgara por esta omisión que ha permitido el extravió de la humanidad.

lunes, 5 de julio de 2010

La Bisagra

El cuarto mandamiento es el más importante de la segunda parte del Decálogo, por delante de asuntos aparentemente más graves, como el asesinato, el robo o la fornicación.

Siempre he admitido la revelación sin cuestionarla; pero cuando no lo entiendo, trato de averiguar las "razones de Dios". Por supuesto, en esto hay algo de soberbia humana: exigimos entender para obedecer. No obstante, como yo no supedito mi obediencia al entendimiento, sino que busco éste "pro demás", Dios suele hacerme el favor de permitirme entenderlo.

Y recientemente escuche de una persona la explicación al cuarto mandamiento: es tan importante, porque es la bisagra que une la primera tabla del Decálogo (obligaciones para con Dios) con la segunda tabla (obligaciones para con los demás). Es decir, todo lo referente al matrimonio y la familia, es la clave para que la sociedad sea acorde a la naturaleza humana y, a la vez, sepa en la práctica cómo tratar a Dios.

Sin familia natural, ni somos humanos ni podemos entender lo divino. Por esto el enemigo (el malo) tiene tanto empeño en corromper la familia.

viernes, 2 de julio de 2010

No puedo tener todas las respuestas

Tengo una fe firme; pero no tengo todas las respuestas a los dilemas que dicha fe me pueda plantear en la vida diaria. Pero no tener todas las respuestas no significa que mi fe no sea correcta, sino que es precisamente eso: fe.

Si tuviéramos todas las respuestas, entonces no sería fe, sería certeza de conocimiento.

Que el conocimiento de las cosas más importantes (las de Dios y las del hombre) nos venga por la fe no significa tampoco que no sea verdadero. Ya he explicado en otras entradas que existen cuatro tipos de conocimiento: la fe, la evidencia, el razonamiento y el experimento. Los cuatro están sometidos a la misma posibilidad de error; pero en la fe ese error es de interpretación del hombre, ya que Dios no puede ni engañarse ni engañarnos.

Incluso las cosas que no conocemos, también son verdaderas. Por ejemplo, la ley de la gravedad actuaba plenamente antes de que Newton la formulase; y las leyes genéticas transmitían la herencia mucho antes de que Mendel las formulase... Porque el desconocimiento de algo no supone que eso no exista (que es el absurdo argumento que algunos ateos necios aducen: si no veo a Dios, Dios no existe).

Es un gran pecado de nuestra época pensar que aquello que no vemos, o lo que no comprendemos, o aquello a lo que no podemos encontrar una razón que lo justifique (una respuesta a nuestros interrogantes ), entonces no existe o está equivocado, como si fuese nuestra razón la que "crease" la verdad o la justicia.

Dios siempre tiene motivos y razones para actuar como actúa; pero no está obligado a revelarnos (o quizá sí nos las ha revelado; pero nosotros no las entendemos). Dios nos pide sólo fe y obediencia; no que le comprendamos con nuestra raquíticas mentes.

Y es seguro que premiará más nuestra fe ciega y nuestra obediencia, que nuestra inteligencia..., sobre todo si va acompañada de la soberbia.

miércoles, 16 de junio de 2010

Dios es amor

Esta es una afirmación ya conocida; y creo que compartida por todos.
Pero creo que a esta afirmación se le puede sacar más provecho que la simple constatación de que Dios nos ama.

¿Qué es el amor? Amar es la determinación de la voluntad de buscar como único bien propio el bien del otro. Luego el amor no es un sentimiento, sino que es voluntad.

Del mismo modo, si Dios es amor, no será un sentimiento [nuestro sentimiento de que debe haber un ser superior que haya creado todo esto], sino una Voluntad; y más en concreto, Dios es voluntad absolutamente libre y creadora; es una consciencia inteligente y todopoderosa: ES UN SER PERSONAL, que me conoce y voluntariamente me ha creado para amarme.

¡Qué diferente este planteamiento del panteísmo naturalista que confunde a Dios con la naturaleza o el cosmos!

lunes, 14 de junio de 2010

Incongruencia (II)

Se me olvidaba mencionar uno de los ataques más absurdos:

Se acusa a la Iglesia de no preocuparse por las cuestiones sociales, por el progreso; pero se la tacha de retrógrada cuando promueve la natalidad, que es el único remedio de la actual hecatombe demográfica.

Ignoro si a aversión a la natalidad de los progresistas es simplemente por llevar la contraria a la postura de la Iglesia; o se debe a tratar de promover los anticonceptivos (el invento que más ha influido en la historia de la humanidad; y que tanta rentabilidad está proporcionando a más de una empresa); o se trata de promover el sexo sin consecuencias, para trivializarlo y extenderlo entre personas sin vínculo ni compromiso alguno; o simplemente de promover el sexo infértil: el homosexual. Pero la realidad es que esta postura está dando al traste con las posibilidades de futuro de nuestra civilización: sin nacimientos no hay personas, sin personas no hay sociedad ni civilización.

¡Y dicen que la doctrina de la Iglesia es dogmática e irracional!

viernes, 11 de junio de 2010

Incongruentes ataques a la Iglesia

Se acusa a la Iglesia de poco ecologista; pero cuando ésta defiende la naturaleza humana -la familia natural y el sexo natural- se la tacha de arcaica y moralista.

Se acusa a la Iglesia de pactar con los poderosos; pero cuando defiende al más débil -el feto- se la tacha de mojigata y de intentar retrasar el progreso.

Se acusa a la Iglesia de atentar contra la libertad del hombre; pero se la tacha de retrógrada cuando se niega a aceptar la fabricación de seres humanos.

Se acusa a la Iglesia de intolerante por defender que existe una auténtica naturaleza humana que debe respetarse; pero se la margina si no acepta el rígido código relativista que impone lo que debe tolerarse o repudiarse.

Se acusa a la Iglesia de intolerante por dogmática; pero cuando quiere flexibilizar las fronteras y las rígidas estructuras económicas del capitalismo o el liberalismo, entonces se la tacha de idealista.

Se acusa a la Iglesia de despreciar al pobre; pero cuando pretende liberarle de la opresión comunista se la tacha de embaucadora.

Se acusa a la Iglesia por basarse más en la fe que en la razón; pero se nos exige que nos creamos, sin dar razón alguna, que el gaymonio es igual que el matrimonio, o que un feto no es un ser humano.

Y es que es muy fácil ver la supuesta paja en el ojo ajeno, sin apreciar la viga en el propio.

martes, 8 de junio de 2010

Imitación de Cristo

Hablábamos en la entrada anterior de que el hombre moderno ha desechado la Religión como un envoltorio vacío; pero que esto es un grave error porque la Religión es el lugar en el que el hombre -individual y colectivamente- se relaciona con Dios [re-ligare].

Por esto, más que un conjunto de ritos, o una moral, o unas normas, o un libro, lo que la Religión pretende es mostrar la adecuada actitud que el hombre ha de mantener hacia su Creador.

En el Cristianismo lo tenemos muy claro: es la imitación de Cristo -Dios y hombre-, que es camino, verdad y vida. De esta forma, la nuestra no es la religión del Libro, como lo pueda ser el judaísmo o el islam, sino la religión de una Persona, humana y divina.

Y para andar este camino, para imitar a esa Persona, contamos con los sacramentos que Él mismo instituyó; en especial, con la propia compañía del Señor en la Eucaristía.

domingo, 6 de junio de 2010

¿Qué es más razonable, la ciencia o la religión?

La entrada anterior me sirve de preámbulo para poder declarar la falsedad de una creencia muy extendida, incluso entre personas religiosas: que la Ciencia se apoya más en la razón que la Religión. Hemos visto cómo cada una se apoya tanto en la razón como en la fe, según los diferentes aspectos de su propio ámbito.


La Religión establece inicialmente sus fundamentos en la fe, en sus dogmas; pero luego se dedica a comprobar la racionabilidad de éstos. Por ejemplo, la Iglesia cree en la posibilidad de los milagros y ésto es Fe. Pero no cree en un milagro concreto si no puede comprobar que es un hecho sobrenatural por encima de toda evidencia. Recientemente, las dudas sobre un milagro atribuido a la intercesión del Papa Juan Pablo II le ha supuesto el retraso en su beatificación. La Iglesia, que admite los milagros por la fe, exige pruebas razonables e irrefutables, para declararlos.

Por el contrario, la ciencia prioritariamente se basa en el experimento, la razón; pero después establece postulados "irrefutables" que le permitan fundamentar en ellas el progreso, aunque después -muy probablemente- se descubra que estaban equivocados. La ciencia comprueba experimentalmente sus postulados; pero a la postre tiene que confiar en que los resultados sean correctos, para poder seguir avanzando con su investigación; porque, si no creyese en la bondad de sus resultados, no podría construir nada sobre una teoría movediza. Y cuando se descubra que la conclusión era errónea, se rechaza y se sigue avanzando desde el último punto cierto que se alcanzó. Si los científicos hubiesen esperado a tener la absoluta certeza de sus conclusiones, nunca hubiesen avanzado, ya que siempre habrían acabado descubriendo que su fundamento, en algún punto era equivocado. Ésta en la única forma de progresar. Es curioso comprobar cómo se ha podido avanzar científicamente sobre fundamentos totalmente erróneos. Es decir, la ciencia combina el experimento racional con la fe en el propio resultado de ese experimento. Por ejemplo, si se hubiese esperado a conocer qué tipo de fuerza es la gravedad para tratar de dominarla, nunca se hubiese desarrollado la aviación; y si se hubiese esperado a saber con exactitud en qué consiste la vida, todavía no habríamos logrado curar ninguna enfermedad. Y si Colón hubiese esperado a tener la certeza de que hacia el oeste estaban "las indias orientales", nunca se hubiese descubierto América.


Resumiendo: la Religión tiene que razonar sus dogmas; y la Ciencia se tiene que creer sus postulados.

viernes, 4 de junio de 2010

Ciencia, razón y fe

El hombre es dogmático por naturaleza -por debilidad-, porque necesita seguridades. Por esto, frecuentemente busca tanto el dogmatismo de lo espiritual -la fe-, como el dogmatismo de lo material -la ciencia. Porque, de hecho, en ambos casos se trata de seguir una evidencia ya sea espiritual o científica. Me explicaré.


Seguimos nuestra fe espiritual -creencia religiosa- porque infinidad de pequeñas evidencias nos llevan a un conocimiento que estimamos seguro, aunque no nos resulta patente. Por ejemplo, la evidencia de que el mundo existe nos lleva a pensar que alguien lo ha creado... y esto es muy racional. Otro ejemplo: la evidencia de que el hombre tiene un componente espiritual nos lleva a pensar que no puede correponerse con la muerte, sino que pervivirá. Y ambas creencias -convencimientos- son deducciones muy lógicos y racionales.


Por el contrario, nos fiamos de los postulados de la ciencia porque nuestros razonamientos (más bien los razonamientos de personas autorizadas de las que nos fiamos, porque los conociemientos científicos están al alcance de muy pocos) nos los presentan evidentes; es decir, porque yo lo he razonado, entonces es cierto. Ahora se ha invertido el proceso: mi confianza en mis razonamientos es lo que me hace ver el postulado científico como evidente. En definitiva, también requiere cierta dosis de credulidad. Y por si a alquien le cabe alguna duda, os recordaré que la experiencia nos dice que todo postulado científico será rebatido después por otro "mejor comprobado".


Además, la ciencia también se apoya a veces en fundamentos dogmáticos. Por ejemplo, postula que sólo existe lo que puede verse o comprobarse científicamente, como si sólo el experimento científico pudiese dar patente de realidad a todo lo que existe. Y es éste un postulado dogmático muy prepotente, cuando la ciencia no ha sido siquiera capaz de definir científicamente algunas de las cosas más importantes que nos rodean: el bien, la belleza, el amor, el tiempo, la vida, la gravedad, ...y un largo etcétera.

Entonces, ¿qué es más razonable, la ciencia o la religión?

miércoles, 2 de junio de 2010

El misterio del hombre

La sociedad occidental se puede permitir el lujo de despreciar al Cristianismo porque ya se ha apoderado de todos sus tesoros, ya los ha incorporado a su sociedad y a su vida; y ahora desecha ese credo, como a un envoltorio vacío, porque cree que ya no lo necesita; el hombre postmoderno cree que ya puede seguir solo.

Pero se equivoca profundamente, porque el Cristianismo no es sólo el conocimiento del misterio del hombre [algo que no valoramos, porque nos resulta obvio tras dos mil años de Revelación]; sino que el Cristianismo debe ser el modo en que ese hombre agradece y ama a su Creador; y esto nunca es desechable sin dañarnos a nosotros mismos. Porque lo más importante para el hombre no es el conocimiento de su naturaleza, sino el conocimiento de su vinculación con Dios: el eje de la Revelación es la filiación divina; el conocimiento de que somos hijos de Dios, criaturas elevadas al rango de lo sobrenatural. Y despreciar esto es despreciar al hombre y animalizarlo.

El hombre postmoderno ha desechado el envoltorio, sin asegurarse antes de que estuviese vacío; y a tirado junto con él lo que hace hombre al hombre, lo que le distingue de los animales; y se ha quedado sólo con aquello que más le animaliza, por mucho progreso científico que haya alcanzado.

E incluso esto lo ha hecho mal, pues también desecha lo más obvio de su propia naturaleza material [su sexo biológico] y lo más humano de su sociedad [la familia].

lunes, 31 de mayo de 2010

Los extremos del ser humano

Uno de los mayores logros del Cristianismo ha sido desvelar la casi infinita dignidad del ser humano, como imagen de Dios y heredero del universo, y digno de encarnar al mismo Dios en Cristo. Pero a la vez, en el otro extremo, revela al hombre caído, dramáticamente frágil. El "seréis como dioses" bíblico, hay que compaginarlo con la profunda humildad del hombre pecador, criatura dependiente de la misericordia divina.

Hemos sido creados para ser perfectos como nuestro Padre; pero sin su ayuda estamos siempre a un paso de la condenación.

Por esto, quizá el siguiente mayor logro del Cristianismo sea que junto al rechazo frontal del pecado y el crimen, se encuentra la fácil absolución del pecador: simplemente ha de reconocer su culpa.

Ha vuelto a conjugar los dos extremos: las penas enormes y eternas, con el más sencillo método de perdón: el arrepentimiento.

sábado, 29 de mayo de 2010

¿Es conservador el Cristianismo?

Pues siguiendo con el tema de las últimas entradas, tenemos que afirmar que el Cristianismo es a la vez conservador y revolucionario. Sí, ambas cosas a la vez:
Pretende conservar la verdad, aquello que pertenece a la naturaleza humana y le es fundamental; pero desecha todas aquellas falsedades que el hombre -debido a su naturaleza caída- va acumulando; las cosas que le desnaturalizan y le esclavizan.

Y así fue desde el principio. Nuestro Señor y fundador, conservó hasta la última tilde de la Ley antigua; pero arrasó con todos los añadidos que algunos hombres habían echado sobre los hombros de otros hombres. De hecho, Cristo fue indudablemente un revolucionario, como lo debe ser todo cristiano: por eso le crucificaron, porque revolucionaba las estructuras establecidas, sin modificar los cimientos. Y ya nos advirtió que nosotros deberíamos imitarle; y nos ocurriría lo mismo: en el mundo padeceréis persecución; pero, ánimo, yo he vencido al mundo -nos dijo.

Tenemos que ser revolucionarios para restablecer la dignidad de Dios y la dignidad de todo hombre. Pero sin quedarnos en uno de los extremos: defender con firmeza los fundamentos de nuestra Fe y nuestra moral; pero combatir las estructuras de pecado que se han instalado en el mundo.

¿Quién dijo que el Cristianismo es enemigo del progreso?

jueves, 27 de mayo de 2010

La conjugación de los extremos

Decíamos que la virtud no está en conciliar los extremos en un medio ideal. De hecho, el Cristianismo no ha venido a conciliar ambos extremos, sino a mantenerlos en su integridad.

El Cristianismo es la religión verdadera, la interpretación verdadera del mundo, la respuesta verdadera, precisamente porque da razón de ambos extremos, porque da razón de lo que se constata en la realidad.

Y el Cristianismo suele otorgar la misma importancia a los dos extremos:

Dios es uno y trino; Cristo es Dios y hombre; sube a los Cielos y se queda con nosotros; el mundo creado es material y espiritual; el hombre es cuerpo y alma; María es virgen y madre;todas las cosas creadas son santas, pero todas nos pueden hacer pecar; Dios es infinita misericordia e infinita justicia; nos dijo: sed sagaces como serpientes pero sencillos como palomas; no se puede despreciar ni una tilde de la Ley, pero la Ley no es lo importante; el que no muere no da fruto; el que gane su vida la perderá y el que la pierda la ganará; fuera de la Iglesia no hay salvación posible, pero todos los hombres están llamados a la salvación; mi yugo es suave y mi carga ligera; el que no toma su cruz cada día y me sigue no es digno del Reino; mi reino no es de este mundo, pero es rey.

¿No hay en el mensaje evangélico tantas contradicciones aparentes como en la vida del hombre? Pues este es el Camino, la Verdad y, en definitiva, la Vida misma.

martes, 25 de mayo de 2010

In medio virtus

Estoy absolutamente en contra de esa afirmación clásica. La virtud no está en el punto medio: allí está la mediocridad, que no es precisamente virtuosa. La virtud está en saber conjugar los dos extremos; no en practicar ambos a medias. Porque, hablando de virtudes, la verdad de un extremo no excluye la del contrario; sino que la afirma. Me explicaré.

Existen tanto la justicia como la misericordia; pues bien, la virtud no está en se medio-justos y medio-misericordiosos; sino que está en practicar toda justicia con misericordia y toda la misericordia con justicia.

En la vida cristiana, existe la oración y la acción; y lo correcto no es rezar un poco y trabajar otro poco; sino que lo perfecto es alumbrar toda nuestra acción con la oración.

El mejor ejemplo lo tenemos, como siempre, en Cristo: no fue medio Dios y medio hombre; sino plenamente Dios y plenamente hombre.

Un error parecido a quedarse en el medio sería situarse en uno de los extremos y negar el otro: nuestra virtud no sería mediocre, sino coja.

Y esto es así, porque el Cristianismo le muestra al hombre el misterio del hombre. Y éste, hecho a imagen y semejanza de Dios, tiende a la perfección de ambos extremos.

Por esto debemos atender al bien espiritual del hombre, que es su salvación, sin descuidar su bien material, sus necesidades.

Por esto debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas materiales; pero al prójimo, más aún, debemos amarle como Dios le ama. ¿Que no es fácil? Efectivamente, pero es debido a la grandeza del hombre, a la complejidad de su naturaleza. Pero esto tiene una ventaja: que la moral cristiana no descansa en la certeza absoluta de un dogma, sino en la incertidumbre de querer conjugar los extremos. Y esto nos lleva a no tener nunca la certeza de haberlo hecho totalmente bien; pero tampoco podremos nunca constatar que lo hemos hecho totalmente mal.

¿No será esto una manifestación de lo que pueda ser la infinita justicia divina conjugada con su infinita misericordia?

sábado, 22 de mayo de 2010

Una gran posibilidad.

Hablábamos en la entrada anterior de que el enemigo tiene interés en cegar los sentimientos que pudiesen llevar a rechazar el crimen del aborto. Aparte del desorden moral que esto supone [y del síndrome post-aborto, del que el enemigo sabrá sacar provecho en su momento, cuando suscite los remordimientos que lleven a la desesperación], tiene otra poderosa razón para actuar así.

Y la razón es que un feto es una gran posibilidad; o, mejor dicho, una posibilidad de cosas grandes: amor, sabiduría, ternura, valor, patriotismo; y también ingeniería, descubrimientos, familia, ... Todas ellas cosas que ningún ingenio puede conseguir, salvo el propio actuar humano. El hombre es una inagotable fuente de bien, cualquier hombre, cualesquiera que sean sus circunstancias. Por esto el enemigo quiere cegar esa fuente de bien desde su comienzo.

Y el hombre no quiere ver que eliminar esa posibilidad de bien [que no puede ser sustituída por ninguna otra], atenta contra la humanidad tanto como eliminar a quien ya es una realidad por haber nacido; y atenta contra Dios, que es el diseñador y creador de todas las posibilidades, realidades y bienes posibles.

Se puede decir que, si la criatura preferida de Dios es el hombre, la del enemigo es el aborto: y hay países occidentales en los que ya se crean más de éstos que de aquéllos.

jueves, 20 de mayo de 2010

El más potente motor

Hay quien afirma, sin fundamento alguno, que la religión es el opio de los pueblos...; y para liberar a esos pueblos, les atiborran con el "opio" del sexo, el materialismo, cuando no les esclavizan directamente con regímenes totalitarios marxistas.


Es curioso que semejante visión se haya aplicado también al Cristianismo, cuando la Historia demuestra que el cristianismo fue una fuente de liberación del hombre: primero de sus propios miedos y luego de la opresión de quienes son "lobos para los hombres".


La concepción social cristiana ha sido y será el mejor y mas potente motor para el progreso social; y, a la vez, el más ético. Sí, ya sé que ha habido errores y que no todos los que actúan en nombre del Cristianismo lo hacen desinteresadamente; pero si lo vemos globalmente, ha sido el Cristianismo lo que ha hecho de la civilización occidental lo que es ahora. Y el que no quiera verlo, que compare la situación social del occidente cristiano (sí, de raíz cristiana, aunque ahora no quiera reconocerlo), con la de las sociedades orientales que a penas han recibido influencia cristiana; o con las sociedades que fueron cristianas y han estado setenta años oprimidas por la dictadura atea.


No entiendo cómo tantos hombres de bien, que pretenden sinceramente mejorar la situación social de los más desfavorecidos se han dejado engañar por doctrinas inhumanas; y no han sabido descubrir que el auténtico rostro humano se encuentra en el cristianismo.

Imagino que será el mismo motivo por el que tantos "verdes" o "antitaurinos" -tan cariñosos con los animales-; no se inmutan ante la constante masacre de niños por el aborto.

Y es que el enemigo sabe suscitar los sentimientos que le interesan y cegar los que debieran suscitarse naturalmente.

martes, 18 de mayo de 2010

Demostrar lo indemostrable

Los filósofos saben muy bien que hay diversas vías para demostrar la existencia de Dios [sin ir más lejos, en las primeras entradas de este blog se incluyen varios razonamientos que avalan la existencia de un Creador]; pero lo que es totalmente indemostrable es la inexistencia de Dios.

Pues bien, al parecer el hombre postmoderno ha encontrado una manera de demostrar lo indemostrable. Para negar a Dios, ha negado al hombre, rebajándole a una mera evolución casual de la materia, sin espíritu, sin trascendencia y que desaparece tras su muerte como cualquier animal. Al negar la existencia de un ser superior al animal, espiritual, trascendente, con capacidad de amar, se niega necesariamente también la existencia de Dios; pues no podría existir el Dios de los cristianos sin que crease una criatura a su imagen y semejanza, que le diese gloria con su capacidad de amor. Y esto, entre otros motivos, porque Dios es amor y el amor es apertura a los demás; Dios es el bien, y el bien es difusivo de sí mismo.

Ya sé que, en pura teoría, Dios podría existir muy a gusto sin necesidad del hombre...; y, si me admitís esta forma de decirlo, quizá estuviese más a gusto sin nuestros constantes fallos...; pero no puede pensarse en un Creador que no hubiese creado una criatura que le pudiese llegar a conocer.

Además, negando al hombre espiritual, se niega la posibilidad de que nada creado pueda conocer a Dios; y entonces, ¿qué más da que exista o no?

Y la razón más importante: al negar al hombre se niega a Cristo, el Hijo del Hombre, y encarnación de Dios; y, por tanto, se arrasa de un golpe con todo el cristianismo.

Casi se podría parafrasear a Nietzsche: el hombre ha muerto luego Dios ha muerto.

martes, 27 de abril de 2010

Religión social vs religión individual.

Es un debate muy de nuestro tiempo si la Religión debe ser algo individual o si, por el contrario, tiene una dimensión social.

Por supuesto, la historia de todas las civilizaciones de todos las épocas de todos los rincones del mundo ha puesto de manifiesto la importantísima dimensión social de la Religión: si alguien lo duda que repase la historia del arte y de la arquitectura de todas esas civilizaciones, épocas y rincones. La Religión ha sido siempre la principal manifestación de una sociedad; y, si me lo permitís, incluso la ausencia de Religión de las sociedades ateas (dictaduras marxistas) era la manifestación más propia de dichas sociedades.

Pero quería llevar esta dimensión social a la historia del Pueblo de Dios.

Durante la época del Antiguo Testamento, la Religión era precisamente la "constitución" del pueblo de Israel: era una teocracia precísamente porque ese pueblo había sido fundado directamente por Dios, de la estirpe de Abraham. Por lo tanto, la Ley que lo regía era una ley divina, dictada por Moisés; y que obligaba a todo el pueblo no sólo en conciencia, sino con fuerza civil e, incluso, penal. A Jesús le condenan a muerte precisamente por blasfemo: ir contra Dios es ir contra el pueblo.

Pero en el Nuevo Testamento la Ley (en especial en su dimensión más social) pierde toda su fuerza inicial porque la religión revelada deja de ser una cuestión exclusiva del pueblo de Israel y pasa a ser universal: Dios se revela en Jesús a todos los pueblos, todas las sociedades y, muy especialmente, a todos y cada uno de los individuos. Permanece la ley moral (el Decálogo); pero decae la ley social, los 613 mandamientos, porque ahora todos los ordenamientos sociales que no contradiga el Decálogo son aceptables, son susceptibles de amparar el Reino de Dios.

En este sentido es en el que se puede decir que cede su importancia la dimensión social de la Religión y adquiere mayor importancia la dimensión individual: la salvación ya no es de un Pueblo, es individual de cada persona que crea y ame a Cristo; y sobre todo, que acepte su mensaje.

Nos preocupa mucho el rumbo que siguen las sociedades actuales, que no sólo no manifiestan su dimensión religiosa, sino que pretenden evitar que cada individuo lo manifieste socialmente su fe; porque esto es malo. Pero el peligro no es tanto la corrupción de la sociedad como tal [lo que ya ha ocurrido varias veces], sino la corrupción de los individuos, de cada una de las personas...

El fin llegará cuando se corrompan más personas de las que se convierten: entonces la continuación de este tiempo ya no tendrá objeto. Y si nos ceñimos a la civilización occidental, eso ya está ocurriendo...

martes, 20 de abril de 2010

¿Qué fin persigue Dios con sus normas?

La Ley Natural es la norma que Dios nos da para que llevemos a su plenitud nuestra naturaleza humana. Esta Ley es necesaria, universal e inmutable. Pero, en último extremo, lo que Dios persigue con su norma no es tanto que el hombre alcance la perfección de su naturaleza, cuanto que se someta -por amor y confianza- a su designio. De hecho, el desorden natural del pecado queda suficientemente restaurado por el orden sobrenatural que genera el arrepentimiento por amor. Y es que el pecado ofende a Dios no por la transgresión natural que se produce, sino porque supone el rechazo de su amor. No obstante, en el orden natural, el desorden persiste (Dios perdona siempre; pero la naturaleza nunca) lo que nos muestra la necesidad, universalidad e inmutabilidad de la Norma.

A Dios le interesa más nuestro amor que nuestra virtud o nuestra perfección. De hecho, cualquier otra criatura carente de libertad y voluntad es mucho más perfecta que el hombre. Si Jesús se entregó en su Pasión, no fue para perfeccionarnos, sino para redimirnos; para poder tenernos con Él toda la eternidad: "en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso", le dijo al buen ladrón, su primer redimido.


El amor del hombre le interesa mucho más que instaurar una sociedad perfecta, lo que sólo ocurrirá con su segunda venida. Es cierto que durante el Antiguo Testamento Dios dictaba normas sociales; pero con el Nuevo Testamento y la nueva alianza, queda superada toda limitación social y el Reino se abre a cualquier hombre de cualquier sociedad. Este es, a mi entender, el significado de la afirmación del Señor: "no he venido a abolir la Ley [que es necesaria], sino a darle cumplimiento [que sirva para amar]"

Si esto es así, entonces deberíamos empeñarnos más en mostrar a los demás el rostro amable de Dios, para que sea amado por todos los hombres. Y dejemos en sus manos la realización de su Reino, lo que nunca conseguiremos con nuestras meras fuerzas.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Qué le preocupa a Dios?

Esta claro lo que nos preocupa a los cristianos: la fe, el honor de Dios y de su Iglesia; el pecado, como ofensa a Dios; nuestra libertad y la de la Iglesia, nuestro culto; y mostrar a las almas el amor de Dios. Por supuesto, actualmente nos preocupa -y mucho- la degradación moral actual, incluso entre los cristianos y, especialmente, entre los eclesiásticos (aunque se trate de pocos casos muy llamativos). Es razonable que nos preocupe todo esto a los cristianos.

Pero, ¿qué le preocupa a Dios? [si se me permite utilizar esta expresión en sentido figurado]. Me lo pregunto porque a veces pienso que a Dios no le preocupan tanto como a nosotros estas cosas "tan inquietantes". De lo contrario, ¿por qué consiente los ataques -fundados o no- a su Iglesia?; ¿por qué consiente la corrupción dentro de ella?


Imagino que el criterio que sigue Dios [sigo hablando en sentido figurado] es exactamente el mismo que siguió cuando consintió que crucificasen a su Hijo: porque, por encima de su honor, su dignidad, su alabanza, la Iglesia y la moral, lo que más estima es la salvación del hombre. Lo único que realmente le preocupa es que, al final, cada hombre se salve y pase toda la eternidad con Él, disfrutando en su gloria.

Lo curioso es que a nosotros nos preocupen mucho más las cosas de aquí abajo. Si a Dios y a los hombres nos preocupan cosas bien distintas: ¿quien debería rectificar?

viernes, 16 de abril de 2010

La fe de los jóvenes

Se dice que los jóvenes tienen menos fe y practican menos la religión; y parece ser cierto, aunque habría que matizar bastante el significado de esta realidad.

Esto no significa que la práctica de la religión vaya a menos con cada generación, sino que los jóvenes son más despreocupados, están más sometidos a sus recién estrenadas pasiones y, por falta de experiencia de la vida, son menos sabios. Si fuese de otro modo, cuando estos jóvenes llegasen a ser adultos, seguirían sin practicar la religión; y, en consecuencia, el número de adultos que practican también iría disminuyendo paulatinamente con cada generación. Pero esto no sólo no es así, sino que el número de personas religiosas se mantiene e incrementa; y muchos que no practicaron cuando fueron jóvenes, con el paso del tiempo, la antigüedad de sus pasiones y la adquisición de la sabiduría por la experiencia, se vuelven hacia Dios como fin natural del hombre y única esperanza permanente.

No, los jóvenes de cada generación son menos piadosos precisamente porque son jóvenes, no porque se pierda la fe; y la juventud es una enfermedad que siempre cura el simple paso del tiempo. De otro modo, dos mil años después de la resurrección de Cristo, ya no quedaría ni rastro de la fe en Él sobre la Tierra.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pero, ¿de quién es la culpa?

No quería terminar los comentarios sobre las acusaciones de abusos sin añadir esta última opinión personal.

Como decía en la entrada anterior, el pecado es de los abusadores, no de la institución sacerdotal ni de la Iglesia. Pero, ¿tiene alguna culpa la jerarquía eclesiástica?; ¿tenemos culpa los fieles cristianos?

Por supuesto, existiría culpa en todos los casos en los que esa conducta se ha ocultado para evitar el escándalo o proteger a la Iglesia, siempre que no se hubiesen tomado, además, las debidas medidas de separación del culpable; y no basta con un trasalado de parroquia.

Pero también querría referirme a otro tipo de culpa. Muchos eclesiásticos llevan años trivializando y relativizando el pecado, relajando la exigencia moral y hablando mucho más de "amor" que de compromiso y exigencia; se ha abandonado la enseñanza de la moral. El propio ministerio sacerdotal se ha planteado mucho más despegado de la autoridad eclesiástica; y en muchas órdenes religiosas la desobediencia al Magisterio está a la orden del día. Los más progresistas incluso justifican abiertamente la homosexualidad [en muchas confesiones protestantes se ordena incluso obispos que se declaran homosexuales prácticos]. En definitiva, los cristianos hemos relajado nuestra santidad y esto se ha traducido en el descarrío moral de la sociedad; y, por contagio, de algunos sacerdotes y religiosos...

Y en esto sí tenemos toda la culpa: el cometido del Cristianismo es santificar la sociedad; y hemos fracasado por falta de santidad personal.

lunes, 12 de abril de 2010

¿De quién es el pecado?

Seguimos hablando de las horribles acusaciones de abusos cometidos por sacerdotes. Ojalá fuesen todas falsas; pero lo realmente horrible es que en su mayor parte parecen ser ciertas.

No pretendo restar ni un ápice de la gravedad que tienen; y también con el agravante de haberse cometido con abuso de confianza y por quienes debían haber protegido la moralidad de las víctimas. Voy mas allá, en los casos en los que lleguen a ser delitos civiles, se debería procesar a los culpables (por supuesto con las garantías procesales que todo acusado merece, incluida la presunción de inocencia).

Pero sí quiero matizar la extensión de estas acusaciones a la Iglesia Católica. ¿Alguien ha sumado cuantos sacerdotes están involucrados en todo el mundo en estas actividades? Y a lo largo de las décadas en las que se han desvelado estos crímenes, ¿cuántos sacerdotes ha habido y cuántos han sido acusados? Es decir, ¿cuál es el porcentaje de sacerdotes que han traicionado su ministerio? En la actualidad hay más de 400.000 sacerdotes; y en la década de los sesenta del siglo pasado habría bastantes más. Si ha habido 4.000 acusados, el porcentaje sería del 1%. ¿Alguien conoce el porcentaje de acusaciones entre docentes laicos y monitores deportivos?

Por supuesto, no pretendo justificar ni uno sólo de los casos; pero sí poner de manifiesto que se trata de conductas personales reprobables, no de una corrupción de la institución sacerdotal. No es un pecado de la Iglesia, ni de los sacerdotes: es un pecado de quienes traicionan su ministerio y su fe.


Otro juicio merecería la conducta de quien pensó que ocultando las denuncias se hacía una favor a la Iglesia: craso error que ahora se está pagando.

viernes, 9 de abril de 2010

Las acusaciones a la Iglesia Católica

Arrecian las acusaciones contra sacerdotes por temas de abusos. Pero en todo este ataque, que en definitiva va dirigido contra la Iglesia, se observa una clara actuación diabólica. No es porque las acusaciones no sean ciertas, que por desgracia sí deben serlo [aunque también habrá falsedades y ganas de revanchismo], sino por la orquestación de todo ello y la hipocresía que manifiesta la sociedad al escandalizarse tanto.

En efecto, la sociedad actual ha trivializado el sexo como si no tuviese la menor importancia; se promueve la homosexualidad ya desde las escuelas; se ridiculiza la fe, el celibato y la acción de la Iglesia. Pero cuando es un sacerdote el que incurre en homosexualidad con niños y jóvenes [lo que tanto a mí como a la Iglesia nos parece intolerable], esa sociedad tan tolerante con los demás, se rasga las vestiduras hipócritamente. Sin embargo, cuando los movimientos gays piden la liberalización de las relaciones sexuales con niños, a nadie le parece mal; o, al menos, nadie se escandaliza.

¿Por qué este doble rasero? Pues creo que es debido a que, en el fondo, todos son conscientes de que una relación sexual es algo importante, que debe tenerse una vez alcanzada la madurez y consentirse libre y conscientemente; en privado, todos reconocen la homosexualidad no es la forma natural de sexo; y, en su fuero interno, admiten que la Iglesia es la guardiana del último rescoldo de moralidad, y que sus ministros célibes, religiosos y religiosas habitualmente dan ejemplo y desarrollan una magnifica labor educativa en este sentido.

Por esto, veo que es diabólico que la sociedad simultanee la trivialización de la moral con la exigencia de que los religiosos sigan siendo los guardianes de esa misma moral.

Sólo Satán puede inducir tanta incoherencia y tanta hipocresía.

jueves, 8 de abril de 2010

Los agobios de los cristianos

Los cristianos estamos agobiados por la situación actual, que consideramos catastrófica. En realidad, los problemas nos parecen enormes, porque los vemos desde muy cerca: los tenemos pegados a la nariz. Sin embargo, nos despreocupamos de problemas realmente importantes que están muy lejos y por eso no les damos tanta importancia.

Por ejemplo, la crisis de la sociedad occidental nos parece un auténtico cataclismo (y desde luego no es para tomársela a broma); pero eso nos impide ver la primavera de la Iglesia en el resto del mundo. De hecho, en la actualidad hay más vocaciones sacerdotales de las que nunca hubo; aunque, por supuesto, no se producen en occidente.

El Evangelio de la Misa de ayer sobre el acompañamiento de Jesús a los discípulos que volvían a Emaús es muy revelador: el Señor les estaba acompañando; pero ellos no se daban cuenta y, además, creían que seguía muerto. ¡Cuando en realidad ya había resucitado!

Quizá estemos demasiado tiempo mirándonos al ombligo y doliéndonos de nuestras tribulaciones, para apreciar la Resurrección que ya se produjo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La nueva evangelización

El problema actual con la evangelización -es decir el anuncio del Evangelio- es que se predica la salvación -la buena noticia- a quien no tiene conciencia de pecado. Y si no hay pecado, ¿de qué tenemos que salvarnos?

El hombre actual no cree ofender a Dios, porque desconoce el amor que Dios le ofrece. Si no sé que Dios tiene un plan magnífico para mí, que me amó desde toda la eternidad y que me creó para amarle y ser feliz con Él, ¿cómo voy a saber que rechazar ese plan le ofende? Si desconozco el plan del que me estoy alejando con mi pecado, ¿cómo voy a alegrarme de que alguien me devuelva a él?

El drama del hombre actual es que desconoce el amor de Dios; y entonces rechaza que un Dios pueda dirigir su vida y se aferra a su mísero placer y se ama a sí mismo; y esto le parece tan escaso, que acaba odiando a Dios por haberle creado..., rechazando así la única vía de salvación, de salida de sí mismo.

Por esto, lo importante en la evangelización es transmitir el Amor, mucho más que la moral.

sábado, 13 de marzo de 2010

Cristo, camino para endiosarnos.

Afirma Santo Tomás de Aquino que "Dios se hizo hombre, para que los hombres nos hiciésemos dioses". Es una gran verdad, como veíamos en la entrada anterior.

Pero me atrevería a mejorar esa afirmación: tras el extravío del hombre por el pecado, Dios se hace hombre para enseñarnos el camino a la divinidad. ¿Que quiero decir? Pues que la cualidad de poder endiosarnos, esa meta, la tenemos desde que el hombre fue creado; pero nuestro pecado nos desvió del camino. Nuestro destino divino no aparece con la Redención; sino que es intrínseco a nuestra naturaleza libre, consecuencia de haber sido creados por Dios a su imagen y semejanza. La Redención lo que hace es restaurar esa naturaleza: nos enseña a amar de nuevo, para que encontremos el camino de la divinidad.

El antropocentrismo actual rechaza el pecado porque considera al hombre su propio dios: somos dueños de nosotros mismos y nuestra voluntad es la única que debe guiarnos. Pero la realidad es totalmente diferente: el pecado existe precisamente porque fuimos creados para ser dioses. Y el pecado precisamente consiste en nuestro rechazo de llegar a ser tales, dioses en Dios.


Y esto sí puede ofender a Dios: que su criatura, destinada al más alto fin, reniegue de Dios y prefiera endiosarse como simple hombre. Incluso peor, al rechazar libremente al Creador, nos endiosamos como animales, ya que pervertimos hasta la propia naturaleza humana, degradándola.

jueves, 11 de marzo de 2010

Somos dioses

Hablábamos en la entrada anterior del la permanencia del alma humana en Dios, mientras libremente así lo decida por su Gracia. Entonces, ¿somos dioses?

Por supuesto, somos dioses porque fuimos creados a su imagen y semejanza y porque compartimos la más distintiva de sus cualidades: la libertad. Pero somos dioses en Dios.

Y como dioses, ¿podemos crear? La respuesta es afirmativa: como somos libres podemos crear; y lo que creamos con nuestra libertad es el amor. El amor, que no existe en la naturaleza, es la criatura del hombre, el producto de su libertad. Con nuestra libertad creamos amor de la nada...

Pero nuestra libertad también puede abstenerse de crear, puede negarse a amar -o amarse a sí mismo-; y esto es la ausencia del bien (lo que equivocadamente llamamos el mal); y esa ausencia es el pecado. Pecar es rechazar el amor, rechazar a Dios que es Amor y nos creó para amar. Este es el riesgo que Dios quiso correr: crearnos para el bien y que ese bien se quede sin hacer...

Pero si ejercemos nuestra libertad y amamos, hacemos el bien, entonces estamos imitando a Dios, nos hacemos dioses... Y cuanto más amemos, más creamos y más nos endiosamos.

En definitiva, el mayor acto de amor es el que más nos endiosa; y nadie tiene más amor que el que da su vida por otro. Por esto, cuando más amamos es cuando sufrimos por los demás. Luego el sufrimiento -la mayor manifestación del amor- es lo que más nos endiosa...

Esta vez he llegado muy lejos (¿demasiado?) en muy pocas frases; pero me gusta la conclusión a la que llego. Si el sufrimiento es lo que más nos endiosa, entonces Dios ha sabido dar sentido y valor [el mayor valor] a lo más inútil: al dolor.

¿No se ve distinta la Pasión de Cristo desde este punto de vista?: Jesús muriendo en la Cruz es cuando es más DIOS -si se puede hablar así-, porque sufriendo y amando se endiosa su naturaleza humana; y ¡de que manera!

martes, 9 de marzo de 2010

El alma de los seres vivos.

¿Que es la vida? Esta es una de las muchas respuestas que la ciencia no ha sabido darnos: no existe una definición de vida que sea aplicable a la totalidad de los seres vivos. ¿Por qué a algo que cambia totalmente a lo largo de su existencia, se le considera que es un mismo ser? ¿Qué es lo que le mantiene en la identidad, cuando han cambiado todos sus elementos? ¿Por qué el bebé y el anciano -tan diferentes- son la misma persona? ¿Y el gusano de seda y la mariposa?

Los filósofos tratan de explicarlo diciendo que toda vida está ligada a un alma, que es lo permanente aunque lo material cambie. Por supuesto, hay alma vegetal, alma animal y alma humana.

Hasta aquí la filosofía... ahora empezaré a divagar...

En el caso de los seres vivos en general, sería Dios mismo su alma, quien les da forma y los mantiene en su ser a lo largo del tiempo. Sin embargo, en el caso del hombre ha querido ir más lejos. Por supuesto, nuestra alma es parte de Dios, como cualquier otra criatura que sin Él no recibe el ser (en Él somos, nos movemos y existimos); pero nos ha querido crear a su imagen y semejanza. Y como lo propio de Dios es la libertad -no está condicionado ni determinado por nada-, ha querido crear esa alma libre, con voluntad independiente. De un modo que no podemos llegar a entender (aunque estemos en Dios), nuestra alma puede decidir libremente permanecer en la vida divina o separarse de ella. Dios ha querido mantener en la existencia al hombre que rechaza s Gracia, al que le vuelve la espalda y rechaza la vida divina; a pesar de esto, siguen vivos tanto su cuerpo como su alma. Pero al alma que no está unida a Dios le falta lo fundamental; ese hombre se convierte en una naturaleza incompleta, separada de su Creador ya no es la naturaleza diseñada por Éste. Y Bien podemos decir que la naturaleza humana separada de Dios es incluso inferior a la de los animales o plantas, que siempre permanecen en Él, fieles a su naturaleza.

Hay quien dice que no existe el infierno. ¿Es que puede haber peor infierno que descubrir -en la otra vida- las consecuencias de tan garrafal error? Éste es el infierno: lamentar eternamente la eterna separación de Dios.

domingo, 7 de marzo de 2010

Eliminar la civilización cristiana

Al parecer el objetivo primordial del NOM (Nuevo Orden Mundial) con sus ideología de género, su feminismo radical, su laicismo militante y, en definitiva, con sus ataques constantes al único baluarte que queda en pié -la Iglesia Católica-, es eliminar la civilización cristiana.

Pero yo me pregunto si alguien ha caído en la cuenta de que es precisamente el cristianismo el que ha liderado el desarrollo de la humanidad en los últimos siglos. Han olvidado que la civilización hunde sus raíces en la concepción social cristiana, que es de donde han salido los valores que sustentan nuestras avanzadas sociedades: la dignidad humana, la libertad, el respeto a la vida, la concepción del matrimonio y de la familia, los derechos de los trabajadores, la asistencia social, y un largo etcétera... a veces desconocido por el gran público que no cae en la cuenta de que todo esto es "herencia de Cristo". Incluso en las civilizaciones orientales se han ido incorporando muchos de estos valores que para ellos no existían, por ejemplo la concepción de la familia... y van avanzando en el reconocimiento social de la mujer.

Pues bien, si eliminamos la civilización cristiana, lo que estamos eliminando es simplemente la civilización como la conocemos, pues no hay otra que pueda tomarle el relevo.

¿O es que la ideología de género y la cultura de la muerte pueden ofrecer algo mejor?

viernes, 5 de marzo de 2010

Dios cambió su forma de hacer Justicia

Decíamos hace unas entradas que la justicia de Dios es muy distinta de la humana; y poníamos como ejemplo la Redención, en la que el Justo muere y el culpable recibe la gracia.

Esta es la actitud que Dios nos pide: durante el Antiguo Testamento Dios acude para hacer Justicia con su pueblo, liberándole de sus enemigos o incluso castigándole por sus culpas. Pero desde la Redención, ha dejado de ejercer esa Justicia directa: ni nos castiga abiertamente por nuestras culpas, ni nos libra de nuestros enemigos. Lo primero, porque hemos sido rescatados por Cristo al precio de su sangre; y Dios esperará a que Él venga a juzgarnos. Lo segundo, porque nos pide que -a ejemplo de Cristo- también nosotros nos entreguemos para liberar a nuestros enemigos.

Desde la Redención debemos ser también co-redentores.

jueves, 4 de marzo de 2010

Lo que ninguna Ley nos puede dar.

Seguimos con la carta cuaresmal del Papa, que es muy corta -dos folios- pero que contiene cantidad de mensajes explosivos para la sociedad actual, como ya hemos tenido ocasión de comprobar en comentarios anteriores.


Otra de las cosas que nos dice es que la Justicia distributiva nunca puede dar todo lo que un hombre necesita, ya que lo más necesario para un hombre es el amor: tanto el amor humano como el divino. Por lo tanto, no basta con distribuir lo que la sociedad tiene, aunque se haga equitativamente. Lo importante es que cada persona reciba el reconocimiento y la dignidad que merece, incluso cuando poco pueda aportar debido a sus circunstancias. Esto ya se acerca más al amor que a la justicia: valorar a cada uno por sí mismo, con independencia de sus circunstancias y sus aportación a la sociedad.


Por supuesto, no se puede pedir a una ley que nos garantice el amor, que por definición no puede forzarse. Pero sí se le debe pedir a la ley que trate de fomentar el amor entre los ciudadanos (hay leyes promulgadas expresamente para fomentar el odio) y no sólo la estricta justicia.


Pero lo que debe ser el objetivo último es que cada uno sienta que ese reconocimiento, que ese amor, le viene de Dios, de su creador; que, en definitiva, es quien nos otorga nuestra dignidad. Por esto, la actitud más injusta sería tratar de apartarnos del amor de Dios.

¿Suena a utopía? Me imagino que sí. Vivimos en una sociedad que no logra implantar la mera justicia distributiva entre sus ciudadanos (y mucho menos si comparamos a los ciudadanos de unas naciones con los de otras): ¿cómo esperar que implante el amor?

Pero creo que es importante no olvidar el objetivo último por muy lejano que lo veamos, si queremos avanzar en la dirección correcta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La injusticia está dentro de nosotros

Esta es otra de las afirmaciones explosivas del Papa en su carta cuaresmal, por mucho que no haga más que repetir la enseñanza evangélica.

Nos dice el Señor -cuando se ve recriminado porque come sin lavarse las manos-, que no es lo de fuera lo que mancha al hombre, sino lo que el hombre saca de su corazón... Por supuesto se está refiriendo a lo que mancha su alma.

Parece que hoy en día nos hemos olvidado de este pasaje evangélico, y culpamos con demasiada facilidad de los males del mundo a elementos ajenos a nosotros mismos. Ante una injusticia, siempre hay alguien a quien culpar: la sociedad, las autoridades, la casualidad, incluso nos atrevemos a culpar a Dios... Y siempre encontramos una excusa en la que escudarnos de nuestra actitud apática ante esa injusticia.

Pero el Papa nos viene a recordar que los ataques de fuera no pueden hacernos mal; que en definitiva, nada externo puede violentar nuestra libertad. Lo que nos hace mal no es la injusticia ajena, sino nuestra conducta al respecto, nuestra aceptación.

No nos hacen mal los políticos que nos atacan, ni los que aprueban el aborto o el llamado matrimonio homosexual, ni los que nos inundan con pornografía. Estas cosas nos harán mal en la medida en que nosotros las aceptemos; o, para diferenciarnos de "los malos", las aceptemos sólo en menor medida, las aceptemos sólo en la medida del "mal menor". Por ejemplo, la ley española del divorcio exprés -que permite disolver civilmente un matrimonio a los tres meses de celebrado y sin causa alguna- sólo hará mal a la sociedad si los esposos egoístamente acuden a ella. La ley que despenaliza el aborto no matará ningún niño, sin el concurso del egoísmo de la madre y el médico (1).

Por esto, nos dice textualmente el Papa: "La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal". La injusticia no proviene de las estructuras sociales ni de las ideologías nefastas, sino del egoísmo humano, que es el que, a la postre, ahoga nuestro impulso inicial para compartir y nos incita a retener lo nuestro -lo que nos pertenece-, en aferrarnos a lo que necesitaría nuestro prójimo...

Si queremos mejorar el mundo, empecemos mejorando nosotros, evitando cualquier convivencia con el mal, aunque sea menor y esté socialmente aceptado. Porque si el mal no anida en el corazón humano, entonces deja de existir.

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(1) Por supuesto, dejo claro que una ley injusta será ilegítima e infame, aunque nadie llegase a aplicarla; y debe rechazarse su mera promulgación.

lunes, 1 de marzo de 2010

La Justicia de Dios

Benedicto XVI, en la carta cuaresmal que comentábamos en la entrada anterior, no habla sólo de la Justicia distributiva, también nos trata de explicar algo de la Justicia de Dios, "profundamente distinta de la humana".

Decíamos que la justicia humana consiste en "dar a cada uno lo suyo". Pues bien, en la Justicia divina, el Justo muere en lugar del culpable, y éste recibe la bendición que le correspondería al justo... Es decir, cada uno recibe lo contrario de lo que parece merecer: lo contrario de "lo suyo". En la justicia humana, una situación así nos parecería inaceptable, sería un despropósito. Tratemos de comprenderlo.

Ya habíamos hablado de que la Justicia de Dios es su forma de hacer misericordia; y su misericordia es la forma de hacer justicia (ver entrada del 28-6-09). Así, al castigar a su Hijo inocente y perdonarnos a nosotros -los culpables-, entregándonos su Gracia, pone de manifiesto que su justicia-misericordiosa es la forma de mostrarnos su Amor. Dios es Amor; y todo lo que hace es amar. Este es el aspecto de Dios más importante, mucho más que cualquiera de las otras "cualidades" que tanto pueden impresionarnos: la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia, etc. El amor de Dios es lo que le hace que su Justicia le pida a su Hijo "todo lo que puede dar", para darnos a nosotros "todo lo que necesitamos"(1)... Y al que da lo que tiene, no puede pedírsele más. Que nos sirva este pensamiento para no volver a pedirle cuentas a Dios de las hipotéticas injusticias a las que creemos que nos somete...

Y esta forma de hacer Justicia, es el camino que Dios nos muestra para que le imitemos. Este ejemplo, es lo que nos debe animar a crear sociedades justas en las cuales cada uno reciba "lo suyo", no entendido como lo que le corresponde, sino como lo que necesita.

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Utilizo intencionadamente estas expresiones ^[que utilizó un comentarista a mi entrada anterior] para poner de manifiesto que las considero expresión del cristianismo evangélico; y que son algunos cristianos quienes más a menudo durante dos mil años las han puesto por práctica; aunque, por supuesto, el resto de cristianos estamos muy lejos de vivirlas.