sábado, 15 de septiembre de 2012

El matrimonio cristiano

Se dice que los cristianos le damos excesiva importancia al sexo… y quizá sea verdad. Pero la razón de eso es que a lo que le damos realmente mucha importancia es al matrimonio: hombre y mujer unidos para siempre.

Por supuesto, la sexualidad es una de las manifestaciones del matrimonio; pero ni es la primera ni la más importante. Es más, si se la disocia de las demás, de la unión total que debe existir entre los esposos, la sexualidad puede producir un efecto contrario: divide, en vez de unir.

Y esto no es algo que nos hayamos inventado, o que nos parezca socialmente muy conveniente. Para los cristianos el matrimonio es algo cuya importancia nos viene expresamente manifestada por Dios.

En la Biblia, se define en tres ocasiones (en el génesis, en los Evangelios y en las Cartas de San Pablo): “Por esto abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Géminis, 2, 24; Mt 19, 5; Mc 10, 7 y Efesios 5,31). Observad que son tres los pasos que hay que dar para formar un matrimonio: elegir frente a los demás, hacer unión de proyecto y, finalmente, ser una sola carne. Y si empezamos esta casa por el tejado (la unión carnal), difícilmente la terminaremos bien…

Cristo mismo nos recordó que el matrimonio (y no se refería al sacramento cristiano, sino que hablaba de la institución natural) es para toda la vida… Y es tal su importancia, que lo elevó, para los cristianos, a la categoría de Sacramento; es decir, se comprometió a otorgar su gracia a quienes quisieran vivirlo en plenitud.

Los cristianos no estamos obsesionados con el sexo (o no deberíamos estarlo), sino que estamos obsesionados con la más grande manifestación de un ser humano: el amor conyugal llevado a sus últimas consecuencias. Y cuando vemos que el sexo desbocado puede estropear esta maravilla, nos preocupamos… y mucho.

Por cierto, lo del matrimonio para toda la vida no es algo impuesto por Dios y ajeno a las pasiones del hombre. Es la propia pasión del hombre enamorado la que exige esa duración vitalicia: te amaré siempre… contigo para toda la vida… nada nos separará… jamás habrá otra mujer/hombre en mi vida…para mí eres la/el única/o… Estas frases no se encuentran en la Biblia, sino en el repertorio de los amantes, cualquiera que sean sus creencias.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La moral sexual

Aunque a muchos les pueda parecer extraño, la moral sexual es sólo una pequeña parte de la moral cristiana y, por supuesto, no es la más importante. El sexo, en sí mismo, es tan bueno, que ha sido creado por Dios, para disfrute del hombre e incentivo de la procreación. El sexo, como la comida, no tiene ni por asomo nada de malo.
Dicho esto, aclaro. El descontrol de la sexualidad sí es malo; como también lo es el descontrol de la comida, ya sea por gula o por anorexia. Están muy equivocados los que piensan en el sexo como en algo “consentido” para poder procrear; pero también lo están los que opinan que todo instinto sexual debe ser seguido como algo saludable y normal. La sexualidad, como cualquier otra tendencia o función del hombre, debe estar controlada para que no se desboque y acabe arrastrando a toda la persona. En el caso del sexo (concebido para ser practicado entre dos) el descontrol también acarrea problemas sociales; y quizá por esto se le dedica más atención que a los excesos de la comida.
Mi diagnóstico es que en la actualidad (y quizá por razones económicas) el sexo se ha convertido en una mercancía consumible como cualquier otro producto, adulterando una actividad que estaba reservada para expresar los más altos y profundos sentimientos del hombre.
Y el sexo así desbocado, sí es malo.
Pero quede claro que cualquier atentado a la moral social (lo que los cristianos llamamos “caridad para con el prójimo”) es mucho peor que los llamados “pecados de la carne”. Quizá por esto Cristo nos advirtió de que las prostitutas nos adelantarían en el Reino de los Cielos… (cifr. Mt. 21, 31).

martes, 11 de septiembre de 2012

Y existe una moral pública


Entendemos por moral pública la moral colectiva de la sociedad que la guía hacia su fin natural; es decir, aquella que permite a la sociedad alcanzar sus fines. Decíamos en la última entrada que sin individuos buenos no se pueden tener sociedades buenas, por muy bien diseñadas que estén… Pues sin una moral pública lo que no puede hacerse es diseñar bien la sociedad, establecer sus fines correctos y el modo de alcanzarlos. ¿De qué les sirvió a los nazis la disciplina y abnegación de sus soldados y ciudadanos (que en sí mismas son virtudes apreciables), si los fines perseguidos les llevaban a la autodestrucción?

La moral pública, esa parte de la Ley Natural que afecta al hombre como individuo social, es tan necesaria como la privada: si se desconoce el destino del hombre, difícilmente se le puede llevar a buen puerto, por muy bueno que sea el barco y a pesar de la pericia de los marineros.

El Cristianismo tiene muchas y buenas ideas sobre esa moral pública; y, de hecho, son las ideas cristianas las que construyeron Occidente hasta nuestros días (por mucho que hoy se quiera ocultar).

Y yo creo que esas ideas en su esencia siguen siendo válidas. Es absurdo rechazarlas de plano simplemente porque provienen del ámbito de las creencias: deben analizarse; y, si son válidas, aplicarlas.

Pero quede claro que el Cristianismo no es un modelo político, por lo que serán los cristianos los que propongan y apliquen las medidas concretas que en cada circunstancia les parezcan más convenientes. Por lo tanto, ni ningún cristiano puede pretender monopolizar la “política cristiana”, ni existe un “partido cristiano”; lo más que puede existir son partidos de inspiración cristiana, diversos e incluso con soluciones opuestas para un mismo problema

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La moral también es importante


El Cristianismo no es una moral; y ni siquiera la moral es lo principal de la Fe cristiana. Pero esto no significa que la moral sea algo prescindible.

La moral es lo que regula las relaciones del hombre con Dios, preserva la auténtica naturaleza humana y regula las relaciones entre los hombre. Son las tres dimensiones fundamentales de la vida terrestre del hombre. Por supuesto, en la otra vida ya no habrá ni Fe ni Esperanza ni moral: sólo Caridad.

El hombre moderno, que se considera liberado de todo límite -incluso los límites que le pueda imponer su propia naturaleza-, sólo reconoce la tercera dimensión de la moral: la que regula las relaciones entre los hombres. Y esto no por altruismo, sino por la imperiosa necesidad de establecer normas que me protejan de los abusos ajenos: sin un reglamento de conducta, los demás podrían hacerme a mí lo que quisieran.

El hombre actual no admite una moral que le imponga una conducta concreta hacia su Creador o para consigo mismo, ya que eso sería un límite inconcebible a su libertad: que el Creador me proporcione la existencia y los medios para disfrutarla, pero que me permita hacerlo incluso en contra de la propia naturaleza que ha creado. Si Dios es amor, ¿cómo no va a consentírmelo todo? Si no hago mal a nadie, todo me está permitido.

Y Dios, efectivamente, todo lo consiente –a veces nos quejamos precisamente de esto, de que consiente demasiado “a los demás” en nuestro perjuicio-; pero eso no significa que nuestra conducta consentida no provoque males a nosotros y a os demás. Si el hombre se olvida de quién es y para qué fue creado, o si el hombre se aleja de la conducta propia de su naturaleza, entonces acabará haciendo mal a los demás, porque tampoco podrá cumplir con la dimensión social de la moral, la única que en principio admite. Y esto es así, porque si fomentamos nuestra vanidad, nuestra codicia, nuestra avaricia, nuestra lujuria o nuestra ira, entonces ¿cómo vamos a poder cumplir el reglamento social que sí nos hemos impuesto? Hemos diseñado sociedades perfectas; pero consentimos que cada uno de los individuos que las formas sean todo lo imperfectos que quieran; y, claro, así no hay forma de alcanzar la perfección colectiva.

Un ejemplo podría ser nuestro modelo democrático. En teoría es perfecto: el gobierno del pueblo para el pueblo, ejercido por quienes el pueblo elige y según el programa que éstos han propuesto. Pero en la práctica ha resultado tan tiránico como cualquiera de los sátrapas de regímenes absolutistas. ¿Por qué? Pues porque no nos hemos preocupado de que los hombres que ejercen el poder se preocupen primero de ser ellos mismos lo más perfectos posibles; y porque los electores no elijen lo mejor para la comunidad, sino lo que ellos mismos más interesa.

La moralidad privada del individuo es tan importante como la pública, porque sin individuos buenos no habrá sociedades buenas (por muy bien diseñadas que estén). Como dice C S Lewis, “nada, salvo el valor y la generosidad de los individuos, conseguirá que ningún sistema funcione correctamente”.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los medios


Si el Cristianismo es el mejor camino, verdad y vida (Jn 13, 34-35), ¿Qué medios son los que nos proporciona?

El primero es la propia Fe cristiana, que da al hombre la respuesta sobre el misterio del hombre: quién es y a dónde debe ir. Además, el mensaje evangélico nos da la mejor guía del peregrino para esta vida; una guía que nos asombra y que nunca se nos podría haber ocurrido a nosotros mismos: las bienaventuranzas y el amor a los enemigos son buena muestra de la originalidad del mensaje.

Luego nos da un medio inequívoco para entrar en su Iglesia: el bautismo, que nos proporciona la seguridad de estar insertos en su Cuerpo Místico. Sin un sacramento así, nunca tendríamos la certeza de pertenecerle…

Pero también nos proporciona otros medios extraordinarios: yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20); y con la Eucaristía –ese misterio de amor- nos permite compartir su Cuerpo y su Sangre.

Como su Iglesia –de la que Él es cabeza- está formada por hombres, los fallos son continuos. Esto es algo que a muchos nos cuesta reconocer: somos humanos, somos pecadores y metemos la pata con más frecuencia de la que nos gustaría. Al insertarnos en su Cuerpo Místico, Cristo no nos otorga la inmunidad para no volver a caer –entre otras cosas, porque no nos quita la libertad-, sino que nos da los medios para sanarnos cada vez que una parte de ese cuerpo enferma. Y esta medicina es tan sencilla como los otros dos medios que ya hemos citado –bautismo y Eucaristía-: es la confesión. Otro de los asombrosos inventos de Dios: simplemente con reconocer nuestra culpa se nos perdona el pecado y el cuerpo queda restablecido. Además, al hacerlo ante un representante de Cristo, que nos absuelve expresamente, tenemos la certeza de haber sido perdonados.

Por supuesto, también contamos con Su gracia y los otros cinco sacramentos para cada momento de nuestra vida.

Y dicen que es difícil ser cristiano. Yo me pregunto si no será mucho más difícil no serlo.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La soberbia humana.


Lo que en el fondo subyace en el puritanismo moralista es una gran dosis de soberbia: el hombre considera que se gana el cielo con su esfuerzo, siendo intachable.

Es este un gran error: Dios no nos ama porque seamos buenos, sino que -por el contrario-, es porque nos ama, por lo que nos ayuda a ser buenos. Pero no debemos olvidar que, en cualquier caso, el mérito es de Él, nosotros sólo ponemos la voluntad de intentarlo. Si no fuese así, entonces Dios no amaría a los “malos” y no tendría interés en recuperarlos. Y como todos somos “malos”, ni habría habido redención ni ninguno podríamos compartir su gloria.

Pero la realidad, gracias a Dios –nunca mejor dicho- es muy distinta: Cristo nos hace parte de su Cuerpo Místico, nos inserta en su vida y nos infunde su gracia; y así sí es posible volver la vista a Dios cada vez que nos despistamos.

Y ahora se entiende el dogma Cristiano: fuera de Cristo no hay salvación posible. Todo el que se salva es por estar inserto en Su vida, por recibir Su gracia. ¿Y esto sólo ocurre con quienes comparte la fe cristiana? Pues tenemos que pensar que no, que Cristo nos dejó el mensaje evangélico como mejor camino, verdad y vida (…) para estar junto a Él; pero que ha dejado una especie de puerta trasera por la que –con mucho más esfuerzo- también puedan entrar aquéllos hombres de buena voluntad a los que no ha llegado su mensaje.

Fuera de la Iglesia –el Cuerpo Místico de Cristo- no hay salvación posible: porque todo el que se salva lo hace en Cristo, de una forma u otra.

jueves, 30 de agosto de 2012

El cristianismo no es un libro ni una moral.


Nuestra fe no es un libro, cuyas enseñanzas hay que seguir como un reglamento de vida; ni es una moral estricta, que debemos obedecer para no vernos excluidos de nuestra iglesia. Nuestra fe es una persona a la que debemos amar e imitar, en lo posible. Si cumpliésemos perfectamente la moral cristiana, pero lo hiciésemos por una especie de prurito humanista, sin referirlo al amor de Cristo, entonces seríamos naturalezas humanas cuasi-perfectas, pero no seríamos cristianos. Y digo cuasi-perfectas, porque la dimensión más importante del hombre, su relación con su Dios creador, no se vería realizada.

Dios no espera de nosotros tanto la perfección de nuestra naturaleza –si así fuese, nos habría creado infalibles-, cuanto que busquemos esa perfección por amor a él; y que sea este amor el que después le tengamos eternamente, compartiendo su gloria y su felicidad.

Cuánta gente se ha quedado estancada en la Ley mosaica en vez de evolucionar hasta el Cristianismo; y lo peor no es que ellos se pierdan la mejor parte de su fe, sino que la enseñan así a los demás…

¡Claro!, que obras son amores y no buenas razones…: por amor a Él lo intentamos una y otra vez, levantándonos cada vez que caemos.

martes, 28 de agosto de 2012

Pero, ¿y Cristo?


El Cristianismo es la religión enseñada por Cristo: luego es mucho más que la creencia en un Dios creador y Padre de todos nosotros. Y es precisamente este “plus” lo que diferencia al Cristianismo de las otras dos grandes religiones monoteístas, el Judaísmo y el Islamismo.

¿Cuál es esa diferencia?

Pues la fe cristiana nos dice que el hombre se rebeló contra Dios; y que Éste nos demostró su amor enviando a su Hijo-Dios a redimirnos, en un acto de amor supremo. Por tanto, los Cristianos no sólo creemos en Dios Padre, sino que sabemos que nos ama como a hijos únicos y que nos quiere junto a Él, compartiendo su gloria, por todo la eternidad; como cualquier padre quisiera disfrutar para siempre de sus hijos.

¿Cómo puede Cristo pagar por nuestros pecados, si Él no fue pecador? Hay quien ve en esto una especie de injusticia divina: el inocente paga por el pecador. Pero C S Lewis nos da una clave muy interesante: el que paga no lo hace como inocente, sino porque es el único que tiene posibilidad de saldar la deuda. Así visto no hay injusticia, sino generosidad: el rico paga la deuda que el pobre no puede devolver. El hombre no puede satisfacer por una ofensa hecha a Dios; pero un Dios-Hombre sí puede hacerlo. Y esto es lo que hizo Cristo: compartir nuestra naturaleza humana y morir para vencer a la muerte definitivamente en nuestro favor.

Para adherirnos a esta condonación universal de deudas, simplemente tenemos  que hacer una cosa: reconocer nuestra deuda y arrepentirnos de ella. Ojalá loa bancos actuasen igual: perdonar las deudas sólo por reconocerlas.

Cristo, de paso, nos enseñó unas cuantas cosas sobre cómo vivir esta vida pasajera lo más cerca posible de Él y de los hermanos, alcanzando el máximo de felicidad que aquí pueda alcanzarse. Por cierto, su concepto de felicidad (bienaventuranza) no coincide con nuestra ambición de placer, poder y poseer, sino más bien con la humildad, el desprendimiento y el amor generoso.

domingo, 26 de agosto de 2012

¿Consiente Dios el mal?


Entonces, ¿por qué Dios consiente la ausencia de bien, es decir lo que llamamos el mal?

Seguiremos dando vueltas a lo mismo, ya que para muchas personas esto es muy importante; y tratemos de recapitular.

Lo primero es repetir que el mal no existe, ni siquiera como intención: nadie busca el mal en sí mismo, sino que “los malos” –o nosotros, cuando hacemos el mal- buscan su propio bien –placer, poder o poseer; todas cosas buenas en su justa medida-, lo que ocurre es que lo buscan de una manera equivocada, que puede perjudicar a los demás y dejarles sin el bien que les es propio.

Lo segundo es que no debemos exigirle a Dios razones o explicaciones que coincidan con las nuestras, sino todo lo contrario. Somos nosotros los que debemos adecuar nuestros razonamientos a la realidad que comprobamos. Por tanto, si Dios ha consentido este estado de cosas, será porque es el mejor de los mundos posibles, aunque ante algunas barbaridades –recuérdense los crímenes masivos del comunismo o del nazismo- nos cueste aceptarlo. Y mucho menos llegar a esa conclusión absurda de que porque en ocasiones se aprecia la ausencia del Bien, entonces es que éste no existe nunca. Si apreciamos la ausencia del Bien es precisamente porque comprobamos su existencia en otros muchos casos.

Y en tercer lugar, sí podemos tratar de entender las razones que llevaron a Dios a crear un mundo así. Y la explicación más plausible que se me ocurre es que Dios nos quiso crear libres; es decir, con la potencialidad de hacer el bien o de no hacerlo. Y, ¿por qué nos quiso crear con la posibilidad de no hacer el bien? Pues porque es la única forma de que cuando hagamos el bien eso tenga algún mérito, pueda satisfacer a Dios. Como nos explica C S Lewis, si Dios hubiese creado un mundo de marionetas que sólo hiciesen lo que Él provocase moviendo los hilos, ¿qué satisfacción le podría producir el movimiento de éstas?

Dios es amor, y sólo el amor le puede producir esa satisfacción; y el amor es la más clara manifestación de la libertad.

viernes, 24 de agosto de 2012

Pero, ¿hay uno malo?


Dios es el bien y su ausencia es el mal; pero todos hemos sentido la acción de “algo” malo, que nos incita –incluso cuando queremos hacer el bien- a hacer el mal.

En época de san Agustín, este dualismo bien-mal se llamó maniqueísmo y se llevó al extremo de considerar que existían dos poderes en igualdad de condiciones y constante lucha: el bueno y el malo.

Pero esta falacia se desmonta fácilmente, como nos dice C S Lewis: si existen esos dos principios en igualdad de condiciones, entonces ¿por qué llamamos a uno bueno y a otro malo? ¿No deberían ser los dos buenos, aunque con diferentes objetivos? ¿Con qué los comparamos para decir que el mal es negativo y el bien positivo? Pues está muy claro: todo lo que ayuda a la Creación a mejorar y al hombre a realizarse -la Ley Natural- es lo que consideramos bueno; y a lo contrario lo consideramos malo.

Entonces, el Poder Bueno es el Creador y superior al poder malo, que se limita a tratar de deshacer esa creación: no están en igualdad de condiciones. Pero, ¿quién ha creado a ese poder malo, que tanto nos instiga? Pues sólo ha podido ser creado por el Creador de todas las cosas: Dios, el poder bueno.

Es decir, ¿Dios creó algo malo?

No, no y no. Por dos razones: la Bondad absoluta no puede crear nada malo; además, el mal no existe como tal, es simplemente la ausencia de Dios. Dios creó seres buenos, pero libres; y algunos voluntariamente se separaron de Él –¡non serviam!, ¡no serviré!- y esto les “volvió” malos. Como Dios es amor, su ausencia sólo puede se odio; y este odio lleva a revelarse contra el Creador y a tentar a los demás a hacer lo mismo.

Es curioso, pero así explicado, el “cuento” cristiano sobre el demonio no parece un cuento, sino algo que todos experimentamos a diario; al menos yo…

miércoles, 22 de agosto de 2012

Los panteistas


Existen otros no ateos que en la práctica también niegan la existencia de un Dios personal. Son  los panteístas, esos creyentes en la identidad entre el universo y Dios. En realidad confunden la obra con su Creador. Y, ¿cuáles son las consecuencias de esta postura? Pues un dios que crea el universo y al hombre; pero después se olvida de ellos, dejando que evolucionen según las leyes de la naturaleza o la casualidad. Es esta una postura muy cómoda, ya que nos permite tener un Dios creador a quien acudir para calmar nuestras ansias de trascendencia; pero no nos impone la obligación de mantener alguna moral concreta.

Y esto es lo que explica que, por ejemplo, los hindúes, puedan compatibilizar la existencia de un ser superior con sus teorías sobre las castas, que les permite convivir con los más desheredados sin sentir la obligación de asistirlos. Basta darse una vuelta por algunas de las populosas ciudades indias para entender lo que estoy explicando.

Y no es casualidad que quien se dedicó en cuerpo y alma a esos desheredados fuese una cristiana –la beata Teresa de Calcuta-, que, además, lo hacía por “amor a Cristo”.

lunes, 20 de agosto de 2012

¿Puede haber mal, si hay Dios?


Algunos ateos se escudan en que no puede haber un Dios todo poderoso si el mundo está lleno de injusticias y violencias; y efectivamente, en lo segundo tienen razón: el mundo puede ser muy injusto…

Pero de lo que no se dan cuenta es que ellos pueden apreciar la maldad del mundo –de la que por supuesto participan, como participamos todos- porque la contraponen a otro mundo posible, a un mundo justo y pacífico que hubiese sido creado por el Dios que ellos rechazan. Pero si los ateos no tuviesen esa idea de un Dios bueno, si este Dios no existiese al menos en su mente, en su conciencia, entonces el mundo no les parecería malo, simplemente lo verían como realmente es. Es precisamente porque existe Dios, por lo que los ateos pueden quejarse y negarlo…

Y es que la cuestión no es si Dios es compatible con el mal del mundo -que ya hemos dicho que sí-; la cuestión es por qué Dios lo consiente. Y la respuesta es también la que ya hemos dicho en entradas anteriores: Dios que crea sólo el bien, consiente el mal para dar la oportunidad al hombre de arrepentirse; en definitiva, es su muestra de amor al hombre y su oportunidad para ser amado por él.

No, el mal no demuestra la inexistencia de Dios, sino sólo su “ausencia”: el mal es lo que queda cuando negamos a Dios y su Ley.  

domingo, 19 de agosto de 2012

Un Dios empeñado en que le queramos


He pasado directamente de hablar de la Ley Natural a hablar del Dios de los cristianos: ¿no es un gran salto?

Pues creo que no es un salto, sino una consecuencia lógica. Si existen dos pruebas de la existencia de Dios –una material, el universo creado; otra espiritual, la libertad moral del hombre-, ambas encajan con la definición cristiana de Dios: un ser superior personal que lo crea todo y busca la salvación del hombre. Porque podría haber un Dios creador que no se preocupase de sus criaturas –el dios de los deístas-; o un dios justiciero que se limitase a eliminar todo error en su creación, incluido el error humano –sería algo parecido a los dioses paganos, a quienes se eles suponía con las mismas virtudes y errores humanos.

Pero un Dios que crea y se preocupa tanto pos sus criaturas que es capaz de modificar su plan inicial para lograr la salvación del hombre y que éste llegue a querer amarle –que es en definitiva lo más que un hombre puede llegar a hacer-, para así tener una excusa para poder admitirlo en su compañía el resto de la eternidad, un Dios así sólo existe en el Cristianismo.

Y si no hubiese otra prueba, me bastaría con esta para saber que el Cristianismo es la religión verdadera revelada por Dios; y más que revelada, traída a la Tierra por Dios mismo, en la persona de su Hijo.

sábado, 18 de agosto de 2012

Un dilema y una paradoja


Pero una religión así plantea un dilema y una paradoja. Si Dios creó la Ley Natural para regular el correcto comportamiento del hombre, será porque quiere que dicha norma se cumpla; pero como el hombre  no puede cumplirla siempre, seguramente se verá rechazado por ese Dios. Y si no es así, entonces es que Dios ha decidido rechazar su Ley. Este es el dilema: ¿quiere Dios el bien; o quiere Dios al hombre?

La paradoja es que Cristo vino a la tierra para salvar al hombre pecador, pero predicó un mensaje de perfección; exigía la plena bondad, pero se rodeó de pecadores.

Quizá haya una explicación mucho más sencilla de lo que parece. Dios crea la Ley Natural para el bien del hombre, que es lo que siempre busca. Con su Ley, le indica el camino correcto al hombre, pero Dios nunca antepone los medios al fin; y si el hombre no sigue ese camino, Dios no le vuelve la espalda. Muy al contrario, se interesa más que nada por la «oveja perdida» (Mt 18, 12-14), y «hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos» (Lc 15, 7). Si Dios creó al hombre por amor, ¿no va a buscar hasta la menor oportunidad de obtener ese amor?

Siendo Dios amor, no podía ser de otro modo: la Ley está al servicio del hombre, no el hombre al servicio de la Ley (ver Mc 2, 23-28)…).

jueves, 16 de agosto de 2012

Una ley para pecadores

Decía hace unas entradas que el hombre actual se jacta de no arrepentirse de nada; y esto es lo que más le separa del Cristianismo y de Dios: su autosuficiencia. Porque si Cristo vino a la tierra para alguien fue para los pecadores. Esta idea, que a muchos les pudiese resultar escandalosa, ya que el Cristianismo busca la perfección humana –como lo hace la Ley natural-, no es mía, sino de su Fundador. Sí, el Cristianismo es una religión para pecadores; y de hecho está fundada por aquél que vino a librarnos del pecado: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5, 27-32…). Los fariseos, aquellos que consideraban que no tenían que ser salvados, esos no entendieron ni jota del mensaje evangélico.

Qué absurda es la postura de los cristianos que rechazan evangelizar a los pecadores, precisamente por su condición de pecadores. Con un criterio así, Cristo no se hubiese molestado en encarnarse. No, el mensaje evangélico está destinado a todos, incluso a aquellos que creen que no les concierne, los que no tienen nada de qué arrepentirse, porque estos son los que más lo necesitan. Y habrá que llegar a ellos no con moralismos, en los que no creen, sino con la caridad que todo lo puede.
Una vez abierto el corazón de un hombre, es muy fácil que abra su mente.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Es un invento humano?

¿Es la Ley Natural un invento o descubrimiento humano? No, la Ley Natural es algo muy distinto que la antropología o la sociología, que estudian el comportamiento humano como es.
Podría ser un descubrimiento humano si la Ley Natural nos dijese cómo se comportan los hombres, lo mismo que la Ley de la Gravedad nos dice cómo se comportan los objetos pesados en libertad. Pero la Moral no nos dice cómo se comportan, sino cómo deberían comportarse; y constatamos contantemente que los hombres en general se comportan bastante distinto de cómo debieran; incluso los mejores, nunca cumplen completamente la norma moral. Entonces no es un descubrimiento de cómo nos comportamos…
También podría ser un invento del hombre –o de algunos hombres: los civilizados, por ejemplo- si la Ley Natural nos dijese lo que nos resulta más conveniente en cada circunstancia. Pero esto tampoco es así. Hay veces que nos conviene el mal, aunque sepamos que es malo. El ejemplo que pone C S Lewis es el del traidor: sabemos que es un gusano para con su patria, pero lo utilizamos en nuestro provecho. Otras veces no consideramos malo aquello que nos contraría, porque tenemos en cuenta la intención del que lo hace: si me tropiezo con alguien accidentalmente, no consideraré que ha actuado mal, aunque me cause un daño. Y, por el contrario, si alguien trata de ponerme una zancadilla, le consideraré malo, aunque no lo logre. Con este otro ejemplo, Lewis pone de manifiesto que la Ley Natural no es cuestión de daños ni provechos, ni siquiera de hechos, sino de intenciones: la Ley Natural nos pide que “queramos” hacer lo que es bueno y evitar lo que es malo…
No, la Ley Natural no es del hombre, le supera y le dirige…: sólo puede haber sido promulgada por Aquél que “inventó” al hombre, que es quien mejor le conoce…

martes, 14 de agosto de 2012

Lo bueno y lo malo

Ya dentro del colectivo que sí creen en una moral objetiva, se debe evitar un error que pone de manifiesto C S Lewis: considerar que hay cosas siempre buenas y cosas siempre malas. Por supuesto que hay actos intrínsecamente malos que no están justificados nunca; pero ahora no quería referirme a la filosofía moral, sino a la práctica cotidiana.
Este error se plasma de dos formas: la obsesión o el fanatismo (hoy suele llamarse fundamentalismo) que considera algunos actos -en sí mismo buenos- como prioritarios cualesquiera que sean las circunstancias; sin caer en la cuenta de que en determinados casos esa conducta puede ser gravemente errónea. Un ejemplo es el de aquél que antepone la norma a la caridad cristiana, la forma al fondo…
En el otro extremo están los que consideran que algunos actos son malos y deberían evitarse, aunque sean funciones que el mismo Dios ha creado. Y ahora caemos en el puritanismo, habitualmente el puritanismo sexual. Y es que no hay nada creado por Dios que sea intrínsecamente mal; todo lo creado es bueno, aunque deba evitarse en algunas circunstancias. El placer sexual que es bueno y necesario para los esposos, debe evitarse entre los solteros.
Y estos errores se dan por llevar al límite el hecho de que algunos sentimientos se deben generalmente fomentar; y otros habitualmente se deberán reprimir, salvo que se den las circunstancias adecuadas. Pero esto no los convierte a unos en siempre buenos ni a otros en siempre malos.

Esta es una de las maravillas del Cristianismo, que tan frecuentemente conjuga los extremos: reprueba el pecado; pero acepta siempre al pecador.

domingo, 12 de agosto de 2012

Las dificultades

El hombre es pecador porque la Ley Natural que está impresa en su corazón es precisamente eso, una Ley que hay que cumplir, no un deseo del bien que nazca espontáneamente; y mucho menos desde que el hombre cayó en el pecado. ¿qué significa todo esto? Pues está muy claro: la Ley Natural nos dice qué es lo que tenemos que hacer, nos apetezca o no. Pero como muy frecuentemente no nos apetece, entonces usamos nuestra libre voluntad para hacer lo contrario de lo que sabemos que deberíamos hacer; e inmediatamente buscamos excusas para justificar nuestra conducta errónea.
Ya sé que está de moda decir que uno no se arrepiente de nada. Pero esta postura es muy hipócrita, porque cuando son los demás los que nos hacen a nosotros eso que no queremos que nos hagan, entonces sí les exigimos que se disculpen y reparen el mal que nos hicieron. Pero, si el hombre no está regido por una Ley y no debe arrepentirse de nada, ¿con qué derecho pido yo a los demás que se disculpen? ¿No es esa la postura del niñato egoísta que aplica distinto rasero a sí mismo y a los demás?

Yo creo que debemos arrepentirnos cada vez que transgredimos la Ley; y que debemos tratar de no creernos nuestras propias excusas, para así poder transgredirla cada vez menos. Esto es lo que llamamos virtud (hábito bueno adquirido con la práctica): la costumbre de que nos apetezca con frecuencia aquello que sabemos es lo que debemos hacer.
Pero nunca como ahora el hombre –ese hombre que tanto desprecia la moral y de la virtud- había exigido que se le hiciese justicia… los demás a él, ¡claro!

viernes, 10 de agosto de 2012

Las excusas

La Naturaleza y el hombre –como parte de ella- está sometida a muchas leyes que la rigen: desde la ley de la gravedad hasta las leyes de la genética. Pero la que llamamos Ley Natural tiene una diferencia muy importante con respecto a las demás leyes de la naturaleza: aquella es de voluntario seguimiento. Efectivamente, a diferencia de las leyes físicas, que son ineludibles, la Ley Natural puede ser rechazada a simple voluntad del hombre. Esto no significa que la transgresión de la Ley Natural no tenga consecuencias negativas, sino que simplemente el hombre puede arrostrar esas consecuencias –consciente o inconscientemente- con un simple acto de su voluntad.

Este aspecto de las consecuencias no siempre es tenido en cuenta. Si nos lanzamos al vacío, sabemos con absoluta certeza que caeremos y nos haremos un grave daño. Pero cuando transgredimos la Ley de la Naturaleza, no solemos plantearnos los males que eso nos deparará; e incluso, muchos niegan que dichos males existan.
Pero si la Ley Natural no existiese o no comportase ningún mal su violación, entonces ¿por qué nos excusamos tanto cuando no la seguimos? Este es un detalle que C. S. Lewis resalta en su libro: nadie se jacta de ser un cobarde, un ladrón, un mentiroso o un depravado sexual; y cuando nos descubren en alguna de estas faltas, entonces buscamos excusas y circunstancias absolutorias para nuestra conducta. Pero si no hay un modelo de conducta, ¿por qué excusarnos de nuestra conducta?
Todo esto pone de manifiesto que una cosa es que a todos nos cueste ser buenos siempre; pero que aún así, consideramos que cada uno de nuestros fallos es reprobable. Y esto lo ha recogido muy bien el Cristianismo: predica la perfección moral; pero perdona siempre a todos con el simple requisito de arrepentirse, de reconocer el error. Esta maravilla, que no existe en ninguna otra religión o regla colectiva del mundo, sólo podía ocurrírsele a un Dios que conociese perfectamente la naturaleza humana.

Y todavía hay quien desprecia nuestro sacramento de la confesión.  

miércoles, 8 de agosto de 2012

La Ley Natural

Ya he hablado anteriormente de la Ley Natural, como conjunto de normas que regulan –o deberían regular- la conducta humana. Hoy en día está totalmente rechazada la existencia de tal Ley Natural (eterna, universal e inmutable); y se deja la conducta de cada uno a su libre albedrío, juzgándola, en todo caso, según las circunstancias concretas del momento. Pues bien, Lewis, en su libro “Mero Cristianismo” (publicado en 1942), ya nos demostraba que en el fondo, incluso los que reniegan de la existencia de una Ley moral para el hombre, la están aplicando y exigiendo a cada momento. ¿Es que estos mismos hombres no exigen que se les trate con Justicia? Y, si no existiese una Ley Natural, ¿qué significado tendría exigir Justicia a quien obra buscando sólo su progreso?

Y por poner un ejemplo más positivo: ¿es que estos hombres no saben valorar la generosidad ajena? ¿No aprecian un acto de amor? ¿No prefieren a los filantrópicos antes que a los egoístas? ¿No rechazan la mentira y la hipocresía –de la que tanto nos acusan, a veces con razón, a los católicos?
Es decir, los que no creen en la existencia de una Ley Natural que debiese regular la conducta humana, sí tienen un modelo de conducta humana y valoran positivamente a los que se ajustan a ese modelo y rechazan a los que se apartan de él.
Y me pregunto: ¿no es ese modelo de conducta la Ley Natural?

Nueva vuelta

De nuevo vuelvo con mis comentarios, después de una prolongada temporada de problemas personales y mucho trabajo –gracias a Dios, en una España en crisis, todavía tengo trabajo.

Y vuelvo para comenzar una serie de comentarios del libro de Clive Staples Lewis “Mero Cristianismo”: una recopilación de temas sobre lo que constituye la base de nuestra creencia, que, aunque se escribieron hace muchos años, son de rabiosa actualidad para explicar nuestra religión a creyentes y no creyentes.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Obras son amores...

Por supuesto, el convencimiento de que Cristo nos ama por nosotros mismos -con independencia de cual sea nuestra actuación-, no puede ser una excusa para relajarnos, sino para todo lo contrario.
El amor incondicional de Cristo nos debe llevar a amarle nosotros también incondicionalmente, sin ampararnos en nuestros constantes errores para dejar de hacerlo. Pero este amor nos llevará inmediatamente a manifestarlo con obras; y, más en concreto, en obras buenas hacia los demás, que son también objeto del amor incondicional de Cristo.
Pero hay una diferencia muy importante entre el proceso así seguido y el que sigue el "fariseo": el que comienza encontrandose con el amor de Dios, ofrece sus obras como una humilde correspondencia; aquél que se encuentra primero con la Ley y se enorgullece de cumplirla con minuciosidad, acaba presentando sus obras como el precio pagado para "merecerse" el amor de Dios. Y esto último es una estupidez por dos razones: nadie es lo suficientemente perfecto -libre de pecado- como para presentarse ante Dios con orgullo; y, aunque lo fuese, el amor de Dios no se paga con nada, sólo se recibe gratis por Su generosidad.
Por esto, el camino del pecador arrepentido es más seguro (y produce más alegría en el Cielo) que el del que se empeña en ser "santo perfecto".
Peguémonos al amor de Cristo y dejemosle hacer con nosotros lo que tenga previsto.

martes, 15 de mayo de 2012

Mira que estoy a la puerta y llamo...

¿Por qué nos cuesta tanto a los cristianos creernos el mensaje evangélico?
Unos lo encuentran tan utópico que ni siqueira se atreven a intentarlo.
Otros lo interpretan como un estricto reglamento que es necesario cumplir para salvarse o para tener contento a nuestro Dios.
Ni lo uno, ni lo otro...
He repasado recientemente un pequeño discurso/homilía de la Beata Teresa de Calcuta -¡qué bien entendió esta mujer el mensaje evangélico!- y extraigo algún párrafo en el que se explica lo que Cristo pide de nosotros:

 "Te conozco como la palma de mi mano, sé todo acerca de ti. hasta los cabellos de tu cabeza he contado. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. te he seguido a través de los años y siempre te he amado, hasta en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas. Conozco tus necesidades y tus preocupacionesy, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que has hecho o dejado de hacer, te amo pro ti, por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a Su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres y he derramado Mi Sangre para rescatarte. Si sólo me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Yo te daré la fuerza para librarte del pecado y de todo su poder destructor."

¿Está claro?

viernes, 9 de marzo de 2012

Un ejemplo de comportamiento cristiano

Pondré un ejemplo de lo que intentaba explicar en mi anterior entrada.
Decíamos que estamos atravesando una crisis económica profundísima; quizá tan profunda que todavía no hemos vislumbrado su fondo.
Y en estas circunstancias, ¿que proponemos los cristianos?
Pues unos aprovechan para rezar más, porque efectivamente, sin ayuda del Cielo de esta no salimos. Estos serían los que centran su religión en el culto, lo que no está mal, pero puede ser insuficiente.
Otros recuerdan que la crisis no es sólo económica; y que proviene de que la sociedad occidental ha perdido el norte y se ha corrompido su moral. Estos son los moralistas, que también son necesarios; pero quizá se quedan en identificar causas, sin proponer soluciones.
Los terceros recuerdan que es el momento de que los que más tienen compartan con los más desfavorecido; y que el Estado se haga cargo de todos a costa de lo que sea. Y, por supuesto, no les falta razón. Pero se olvidan de que tenemos que compartir todos, no sólo los que más tienen...; y que el Estado somos todos, y no se puede confundir con la Providencia ilimitada de Dios. En alguna medida, estos que apelan al Estado para todo, se parecen a los que rezan: piden que otro les resuelva el problema. Con la diferencia de que los que rezan sí pueden obtener ayuda; pero los que apelan al Estado están apelando a un ente inexistente: somos todos nosotros...
Y ahora me atreveré a proponer la solución evangélica a esta crisis, después de rezar, reformar la moral y exigir a los que más tienen.
La solución evangélica pasaría porque los empresarios cristianos hubiesen renunciado a su legítimo beneficio para mantener la plantilla laboral, sin poner en peligro la empresa; porque los trabajadores cristianos hubiesen aumentado su rendimiento para reducir costes y ayudar a la empresa a mantenerse, y porque hubiesen renunciado a parte de su salario, para que otros compañeros puedan mantener su puesto de trabajo. Porque la solidaridad familiar ayudase a aquellos que se han quedado sin medios de vida a mantener una vida digna. Porque los banqueros e inversionistas modificasen las condiciones de las hipotecas para evita el desahucio de tantas familias, aunque esto supusiese la reducción del dividendo y la rebaja en la cotización de sus acciones (y por supuesto, la reducción de sus astronómicas retribuciones). Y así habría que seguir hablando de renuncias, en vez de intentos -que los hay, y muchos- de sacar provecho de la crisis, haciéndose con gangas o eliminando competencia.
¿Os parece utópico? Ya lo creo que lo es, porque el egoísmo humano hace casi imposible llevarlo a la práctica... Pero os aseguro que con esas actitudes se habría destruido mucho menos empleo, la crisis habría sido mucho menor, se habrían producido menos impagos de hipotecas y el mercado se habría recuperado mucho antes...
Lo que os decía: la solución está en que triunfe el auténtico cristianismo...

martes, 6 de marzo de 2012

El cristianismo total

Ya hemos explicado que el cristianismo ni es de derechas ni es de izquierdas, sino todo lo contrario. Se podría decir que Cristo vino a la tierra para exigir a las derechas que asumiesen los postulados de la izquierda; y a la izquierda, que asumiese los de la derecha. La perfección del mensaje evangélico consiste precisamente en que conjuga siempre los dos extremos. In medio virtus: sí, pero no por la mediocridad de quedarnos a la mitad de todo, sino por la perfección de conjugar los opuestos.
Pues bien, qué pocos cristianos se esfuerzan en conocer y aplicar al totalidad del mensaje evangélico, desde la parábola del buen samaritano, hasta aquello de que quien mira a una mujer deseándola ya está adulterande con ella; y pasando por lo de la expulsión de los mercaderes que convertían el Templo en cueva de ladrones.
El cristianismo es así de exigente: tanto en la justicia social, como en la moral como en el culto y el trato con Dios.
Y por esto, ni los cristianos nos atrevemos a hacerlo triunfar: nos exigiría demasiado. Pero si en un arrebato de arrojo nos atreviésemos, seguro que teníamos más seguidores que proponiendo estas medias tintas que vamos predicando.

lunes, 5 de marzo de 2012

¿Triunfará el cristianismo?

Sigo con mi entrada anterior, en la que recomendaba el triunfo del cristianismo como solución para cualquier crisis. Y viene la pregunta: ¿triunfará alguna vez el cristianismo?; y quizá alguien también se pregunte: ¿por qué no ha triunfado ya si es tan bueno?
La respuesta a ambas cuestiones es muy simple: el cristianismo ni ha triunfado ni triunfará en sociedad alguna porque los cristianos en realidad no queremos.
Me explicaré. 
El problema es que los cristianos, como individuos o como grupos concretos, queremos que triunfen sólo aquellos valores que nos parecen más importantes; o quizá, aquellos que nos parecen más cómodos o provechosos para nosotros mismos o nuestro grupo. 
Profundizaré un poco más. 
Hay un grupo de cristianos a los que podríamos llamar "conservadores" que ponen todo su esfuerzo en mantener la moral cristiana y el culto; es decir, tratan de imponer a los demás "su" moral; y esta meta la sitúan muy por encima de otras necesidades que ese prójimo pueda tener. "Tienes que ser decente y conformarte con la vida que Dios te ha dado", parecen decir muchos cristianos acomodados a los ciudadanos menos favorecidos por la fortuna.
Hay otros cristianos que podríamos llamar "progresistas", a quienes la doctrina social de la Iglesia les parece lo principal y tratan de que triunfe a todas costa, incluso aliándose con sus propios enemigos (como hizo la teología de la liberación con las doctrinas marxistas). A estos cristianos la moral y el culto no les importa casi nada, la meta es establecer la justicia social que Cristo vino a predicar a la Tierra (ignorando que Cristo jamás habló de justicia social).
Y el problema es éste: ninguno de esos grupos está interesado en que triunfe el cristianismo total, aquella doctrina que conjuga la moral y el culto con la justicia social. Y no quieren que triunfe porque les parecería muy exigente: al moralista, porque no le apetece compartir los bienes que Dios le ha dado; al progresista, porque no está dispuesto a pagar el precio de la moral para alcanzar su objetivo social. 
Y así nos va, a los cristianos y a los no cristianos.

sábado, 3 de marzo de 2012

La esperanza de la humanidad

Se dice que estamos en la mayor crisis financiera de la Historia. Esto no puede ser un hecho aislado de otros problemas que acucian a la humanidad; y no sólo de orden económico. Quizá una crisis financiera tan profunda se ha podido producir porque también están en crisis muchos valores humanos y sociales. Por ejemplo, el mérito y el esfuerzo han dejado se ser algo estimado; y estos ha dejado paso a los únicos valores realmente reconocidos por todos: el éxito y el lucro. Por supuesto, no se puede hablar de abnegación, ni bondad, ni caridad, ni honor, ni decencia, porque son vocablos que muchos de nuestros jóvenes ni siquiera comprenderían.
Si lo meditamos detenidamente, veremos que la mayoría de los valores cristianos se han ido desmontando por la sociedad moderna y posmoderna; y lo han hecho concienzudamente.
Por supuesto, en una sociedad auténticamente cristiana, en la que se hubiese trabajado en busca del bien común y no del rápido lucro personal, en la que las instituciones financieras se hubiesen limitado a prestar a los empresarios los ahorros de los otros, mediante la oportuna comisión, pero sin pretender especular con esos préstamos, convirtiéndolos en títulos cotizables; en una sociedad así, esta crisis nunca hubiese podido estallar...
Y es que la unica esperanza para la humanidad es que el cristianismo triunfe. Pero no me estoy refiriendo al triunfo de los cristianos como colectivo u organizacion social, sino el triunfo del auténtico mensaje evangelico: prevalencia del bien comun incluso sobre los propios derechos, porque la caridad cristiana va más allá que la justicia, incluso más allá de la solidaridad.
Si alguien piensa que hay un conjunto de valores distintos de los cristianos que nos pueden proporcionar una sociedad mejor, por favor que me lo indique.

martes, 28 de febrero de 2012

La paz

En teoría, todos buscamos la paz: nos parece el valor más común a toda la humanidad. Pero esto no es realmente así. A lo largo de la Historia, muchas sociedades se han basado en la guerra como sistema social y de progreso. Todo en estas sociedades se orientaba hacia lo militar, desde la las distinciones de clase social hasta el urbanismo de sus ciudades; y su única forma de progreso era la conquista del vecino. Y en el mismo siglo XX tenemos dos ejemplos de sociedades por y para la guerra: la Alemania nazi y el Japón imperialista. Realmente, la paz como un valor social es algo que introduce el cristianismo; y muchas veces le cuesta hacerlo, pues se confundía su pacifismo con cobardía o sometimiento. De hecho, lo de bienaventurados los pacíficos se incardina entre las mismas bienaventuranzas que se dedican a los pobres, los que sufren o los perseguidos: a todos ellos se les considera utópicos.

Pero, ¿que es la paz? Pues San Agustín nos responde que paz en la tranquilidad en el orden. Es decir, si la tranquilidad no es consecuencia de una situación jurídica y socialmente ordenada, entonces no es paz: es opresión. En ambos casos se mantiene la tranquilidad social; pero todos sabemos la diferencia que hay entre una tranquilidad apacible y una tranquilidad impuesta.

Me atrevo a añadir otra característica a la definición de San Agustín: la paz debe descansar en la Verdad. El Reino de Dios, como sociedad perfecta, alcanza la paz y la justicia por fuerza de la Verdad; es decir, en base a lo que el hombre realmente es y la dignidad que intrínsecamente posee. Los reinos de los hombres -por muy democráticos que sean- alcanzan la paz por otras vías, ya sean la fuerza militar o la fuerza de los votos; pero en ambos casos se trata de que unos imperen sobre otros. Y esta paz nuca puede colmar al hombre.

martes, 14 de febrero de 2012

El humanismo

Una vez más, un político acomplejado quiere distanciarse de sus raíces cristianas. Un destacado miembro del Partido Popular (el que actualmente gobierna en España) ha solicitado de su partido que se elimine de su ideario la referencia a que se inspira en el "humanismo cristiano"; y que a cambio se diga "humanismo europeo o humanismo occidental".
Y yo me pregunto: ¿qué es lo característico de occidente o de Europa? ¿Qué es lo que distingue nuestra civilicación de la japonesa, china, india, o la islámica?
La respuesta está clara: el rasgo diferenciador de occidente (Europa y América) es precísamente su inspiración y construcción cristiana.
Ni la sociedad occidental, ni su literatura, ni su arte, ni su música, ni las relaciones entre sus pueblos, ni su influencia sobre el resto del mundo, ni su concepción de la mujer o su respeto por la paz, la justicia, la libertad o la vida, nada de esto existiría si no fuese porque tiene profundas raíces cristianas.
Ya lo he dicho en otras ocasiones: antiguamente a occidente se lo conocía simplemente como "la cristiandad"; por si a alguien le cabía alguna duda.
Eliminemos el cristianismo de occidente y habremos eliminado a occidente.
Y muchos parecen muy empeñados en ello.

domingo, 5 de febrero de 2012

Vuelvo al blog

Después de dos meses ausente del blog, vuelvo a mis comentarios. Pero ahora lo quiero hacer con una reflexión personal, que aunque siempre tendrá algo que ver con la Fe y la Razón, se aleja mucho del estilo más bien didáctico que he utilizado en otras entradas.
El motivo de mi ausencia de estos meses es que, después de muchos años en los que Dios me ha cuidado como a un hijo mimado, permitiéndome no sólo vivir la fe cristiana desde niño y sentirme muy protegido y cerca de Dios, por motivos que sólo Él conoce, me ha permitido conocer la Cruz muy de cerca y sentirla en mi propia alma.
Como cristiano, sabía de sobra que todos debemos estar dispuesto a "tomar nuestra cruz cada día y seguir al Señor"; pero una cosa es saberlo y otra tener que cargar con ella a pulso, sobre todo cuando no se tiene costumbre.
La primera reacción fue de rechazo: ¡Dios no puede hacerme esto a mí, que siempre he tratado de seguirle! Pero el Señor, a su manera, ha seguido cuidándome y no me ha permitido separarme de Él. Ha mantenido en mí la fe sin soporte racional alguno, simplemente a fuerza de voluntad.
Ya sé que he comentado muchas veces que si la Fe se razona y se comprueba, ya no es fe, sino conocimiento científico o experimental. Pero también es cierto que todos sentimos en nuestro corazón que nuestra fe es cierta, sin más.
Pues bien, incluso esa sensación interna me ha sido retirada: solo me queda la voluntad de seguir creyendo en Aquél a quien prometí amar toda mi vida. La única razón que me mantiene es esta voluntad -por ahora firme- es que cuanto peor estén las cosas, cuanto más pesada sea mi cruz, más cerca del Señor quiero estar, para seguir su recomendación de "venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré".
Y en estos momento de tribulación, he recordado la ocasión en la que más cerca estuve del Señor: cuando hace cinco años asistí a un Cursillo de Cristiandad: un auténtico encuentro personal con Cristo. Por eso, ahora que tanto le necesito, he vuelto a frecuentar las actividades de Cursillos y a sentir el amor de Dios a través del amor de los demás.
Esta es mi situación, esta ha sido mi experiencia y esta mi solución. Lo comparto con todos, porque creo que, como siempre, Dios sabrá sacar muchos bienes de este mal aparente.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El IBI de la Iglesia

No me resisto a copiar íntegro el comentario que circula por la WEB, remitido por Jorge, sacerdote de la parroquia Beata María Ana Mogas, del barrio Tres Olivos de Madrid

REFLEXIONES SOBRE EL IBI
En algunos ayuntamientos de Madrid Izquierda Unida está pidiendo a la iglesia que renuncie al privilegio de su exención del IBI. Y creo que puede ser bueno aclarar a la gente qué es eso.
Ya sabes, por si te parece oportuno difundirlo.
En estos días se han levantado voces que solicitan que la iglesia deje de estar exenta del pago del IBI, el impuesto de bienes inmuebles, porque es un privilegio y porque en estos tiempos de crisis los ayuntamientos no se pueden permitir el renunciar a lo recaudado por ese concepto.
Quiero con esta entrada aclarar algunas cosas sobre ese supuesto privilegio de la Iglesia católica, haciendo dos consideraciones.

PRIMERA CONSIDERACIÓN

La exención del IBI  (impuesto sobre bienes inmuebles) no es en absoluto un privilegio especial de la iglesia católica.
Por ley, están exentos de IBI:
·         Servicios públicos (Defensa, Seguridad, Educación y Servicios penitenciarios).
·         Los inmuebles destinados a usos religiosos por aplicación de Convenios con la Santa Sede, con la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas, con la Federación de Comunidades Israelitas y con la Comisión Islámica.
·         Pertenecientes a gobiernos extranjeros o que les sea de aplicación la exención por convenios internacionales.
·         Los pertenecientes a Cruz Roja.
·         Los terrenos ocupados por las líneas de ferrocarriles y los edificios enclavados en los mismos terrenos.
·         Colegios concertados.
·         Pertenecientes al patrimonio histórico-artístico.
·         Entidades sin fines lucrativos

Y no digamos las ventajas fiscales de que gozan partidos políticos y sindicatos: No tienen que declarar lo ingresado por cuotas, las subvenciones, las donaciones, los rendimientos de sus actividades económicas, los rendimientos procedentes de las rentas de su patrimonio.
Pues ya ven:
Nadie pide que partidos políticos y sindicatos renuncien a sus enormes ventajas fiscales.
Nadie que paguen el IBI las mezquitas o templos budistas.
Nadie clama por el pago del IBI de embajadas o colegios, o grandes palacios.
Ni exigen que lo pague el ejército o las comisarías, las estaciones de RENFE o las cárceles.
No. Nada de nada, pero que lo pague la Iglesia.

SEGUNDA CONSIDERACIÓN

Leo que se pide el pago del IBI por parte de la Iglesia porque en un momento de crisis los ayuntamientos necesitan ese dinero. Pues se me ocurren varias cosas. Pero sólo me voy a detener en una de ellas.
Esta crisis está generando evidentemente una gran pobreza.
¿Qué están haciendo por los pobres las embajadas, los propietarios de los grandes palacios, las mezquitas…?
¿Qué están haciendo por ellos los ayuntamientos?
Porque a Caritas llegan cada día personas enviadas por sus ayuntamientos para que les echemos una mano, ya que ellos andan justos de presupuesto.
No los envían a los sindicatos ni a los partidos, a las mezquitas o sinagogas, embajadas o legaciones diplomáticas.
No. Los envían a las parroquias.
En esta parroquia de un servidor llevamos atendidas más de 250 personas sin trabajo, de las que ya han conseguido empleo más de ochenta.
Ayudamos con alimentos a treinta familias a las que se llena el carro de la compra dos veces al mes. Y no es nada. Compañeros tengo que atienden a ciento cincuenta familias.
Pues ya ven la solución. Que el IBI lo pague la Iglesia para ayudar a salir de la crisis. Justo a la institución que más está haciendo por sacar adelante a esa gente, justo a ésa, que le suban los impuestos.
Y los partidos y sindicatos, tan solidarios ellos, ¿no van a renunciar a alguno de sus privilegios? ¿Nadie va a pedir que paguen el IBI las embajadas de USA, Rusia, Cuba o China? ¿Nadie exigirá impuestos a las mezquitas? ¿Y a Renfe? ¿Y a la duquesa de Alba?
Pues no, que pague la Iglesia.

Y mientras, los ayuntamientos enviándonos pobres porque ellos no tienen presupuesto.
Ayer nos llegaron otras dos familias derivadas desde la junta municipal.
Resulta divertido: Iglesia, que paguen ustedes el IBI, que hay que salir de la crisis, y de paso que me atiendan a estas familias, que me he quedado sin presupuesto.

¡¡YA ESTÁ BIEN DE CALLAR!!

domingo, 13 de noviembre de 2011

La parábola de los talentos

En este penúltimo domingo del tiempo ordinario se nos recuerda la parábola de los talentos: las diferentes reacciones de aquellos que reciben talentos.
Por supuesto, estamos todos representados en esas dos actitudes: hacer fructificar los talentos recibidos o guardarlos celosamente para no arriesgarlos.
Habitualmente se comenta esta parábola criticando a aquéllos que con comparten y pone al servicio del bien común los bienes y talentos recibidos; y me parece correcta esta interpretación.
Pero también hay otra interpretación, que incluso se ajustaría más al la literalidad de la parábola:
Dios, al repartir sus bienes, tiene más interés en que los utilicemos que en conservarlos. No le preocupa que los arriesguemos y podamos perderlos, sino que lo que reprueba es que no los pongamos en circulación.
Vayamos ahora a donde realmente quería llegar: Dios no quiere que conservemos nuestra inocencia sin pecado alguno, sino que amemos activamente, aunque de vez en cuando metamos la pata. Por esto, junto a santos que lo han sido "toda la vida", veneramos a muchos que han sido "grandes pecadores".
Y es que hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente y ama de veras, que por 100 justos que guardan celosamente sus talentos sin arriesgarlos.
Sobre este tema te recuerdo una entrada anterior: El jardín del alma

sábado, 12 de noviembre de 2011

Las fuentes del conocimiento

Ya hemos hablado de esto en otras ocasiones; pero ahora quiero comentar un matiz distinto.
Las distintas fuentes del conocimiento son aquellas vías que nos ayudan a alcanzar la verdad; porque si ni nos llevan a la verdad, entonces no obtenemos conocimiento, sino error.
El hombre actual piensa que la única forma de alcanzar dicha verdad es mediante el conocimiento científico; es decir, mediante el experimento que nos manifieste sin duda una realidad material.
Pues bien, como ya he dicho muchas veces, constatar el resultado de un experimento no significa que éste nos haya mostrado la verdad. De hecho, la Ciencia va modificando sus conclusiones experimentales constantemente: lo que ayer era una "verdad científica", hoy es un error superado. Luego, aquella verdad científica no era la verdad verdadera, auténtica.

Existen otros modos de conocimiento:

El razonamiento, que nos lleva a la verdad mediante el encadenamiento de argumentos lógicos. En otras épocas, la verdad filosófica tenía bastante más aceptación que la científica. Pero nadie nos asegura que nuestra verdad lógica o filosófica sea también la verdad verdadera, auténtica.

La evidencia, es el medio más común y aparentemente certero. Consideramos verdad aquello que se nos presenta inmediatamente como tal: ahora es de día o es de noche, de forma evidente. Pero también esta vía nos puede llevar al error; por ejemplo, un espejismo puede jugarnos una mala pasada.

Y la última vía del conocimiento es la Fe: mediante la cual consideramos verdad aquello que otros han considerado como tal. Por supuesto, nuestro acierto dependerá de la autoridad y certeza de aquél de quien nos fiamos: el catedrático, el periodista, nuestros padres, etc.

Como vemos, todas estas formas de conocimiento comparten un mismo grado de falibilidad, sin que una de ellas se pueda considerar superior a las demás; salvo la Fe en aquello que nos ha revelado Quien no puede engañarse ni engañarnos, el que posee la verdad absoluta porque Él la ha creado...

¿Porqué entonces ese complejo de superioridad de los científicos?

sábado, 5 de noviembre de 2011

La Iglesia siempre tan antigua y tan nueva

Es curioso cómo algunas formas de vocación son aptas para tiempos tan distintos. La consagración de laicos al servicio de Dios, que parecen haber inventado los nuevos Insitutos seculares nacidos en el siglo XX (Opus Dei, Neocatecumenales, Comunión y Liberación, etc...) ya existía en el siglo II. Y no podía ser de otra forma, ya que los primeros cristianos no eran sino eso: ciudadanos dedicados a Dios en medio del mundo. Os recuerdo ahora las entradas sobre la carta a Diogneto y su continuación.
Es interesante el artículo que el diario El Mundo (que no destaca por su defensa del cristianismo) ha publicado sobre las vírgenes laicas. Para que luego digan que la Religión es cosa pasada.
Quizá debiéramos ocuparnos más en transmitir al mundo las bondades del Cristianismo, que de marcar nuestras diferencias.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El Cristianismo es la mejor sociedad

Ya he comentado en entradas anteriores mi convencimiento de que la concepción social cristiana es la que nos lograría una sociedad mejor: más justa, más feliz e incluso más avanzada; pero con un avance "sostenible", como le gusta decir a los progres. No es un brindis al sol, sino la más pura realidad: la sociedad occidental actual quiso encontrar la felicidad en la elusión de los compromisos; y empezó por eludir la paternidad. Efectivamente, uno puede parecer más feliz libre de las ataduras de la prole -sobre todo si es numerosa-; pero esta felicidad no es sostenible. Occidente se está dando cuenta demasiado tarde de que la falta de paternidad -es decir, de relevo generacional- hace imposible mantener cualquiera de los demás logros sociales: sin población no hay sociedad ni progreso ni futuro.

Pero no quería volver sobre este tema que ya he tratado muchas otras veces. Lo que ahora quiero poner de manifiesto es que una cosa es que el Cristianismo sea la mejor sociedad posible y otra, muy distinta, que los cristianos tengamos como meta exclusiva la consecución de esta sociedad perfecta. De ninguna manera es así: los cristianos tenemos que transmitir el amor de Dios y muy especialmente el mensaje de su Hijo; en definitiva, tenemos que transmitir amor.

Si lo hacemos así, seguramente la consecuencia sea que alcancemos algo muy parecido a la sociedad perfecta; pero si nos empeñamos en conseguir directamente ésta, no sólo no lo conseguiremos, sino que además habremos defraudado nuestra vocación de cristianos, de hijos de Dios.

Es algo muy simple; pero cuesta verlo cuando estamos metidos en los afanes de cada día.